lunes, 12 de septiembre de 2011

Para hablar con él, nosédequé, pero más a gusto

 
Para hablar con él, nosédequé, pero más a gusto

El diez y ocho de mayo de mil novecientos veintidós el matrimonio Schiff: Violette y Sydney, que vivían enredados en el tejido de la gente famosa, disfrutando del chisme y la farándula francesa, gracias al mucho dinero de él, que pertenecía a una familia de banqueros londinenses; organizaron una comida en el Hotel Majestic de París para celebrar el estreno de Renard, ballet cómico de Stravinsky, a la que asistió toda la gente luminosa de aquel entonces. Estaban ahí desde el autor y Diaghilev su productor, todo el mundo del arte y la literatura. Entre ellos estaba James Joyce, con una mano en el mentón y la otra siempre asida a una copa de champagne, vestido de calle y mucho más silencioso de lo que hubieran querido los Schiff. Al llegar se había disculpado por no vestir de etiqueta: "Porque no tengo plata para esas vanidades" y durante la comida sólo había hablado algo cuando le preguntaban sobre el Ulises que había publicado meses antes. El resto del tiempo sólo observaba, displicente, y dejaba escapar ruidosos flatos. Pasada la medianoche, Stravinsky y Diaghilev se retiraron con la disculpa del mucho cansancio por el trabajo que habría significado el estreno y los invitados comenzaron a irse. Se dice que Picasso, con una faja roja alrededor de la cabeza, había bebido demasiado y se había quedado dormido sobre la mesa, mientras Joyce absorto bebía champaña como cualquier irlandés bebe cerveza. Entonces apareció, vestido de pieles, Marcel Proust.
Proust, por ese entonces era una celebridad, en tanto que Joyce era la luminaria emergente. Violette Schiff pensó que esta era una gran oportunidad de ver a las dos grandes figuras de la literatura del momento, juntos, para luego construir los chismes del encuentro, pero fue un fracaso. Proust preguntó a Joyce si conocía a cierta duquesa y a un príncipe nosécuál. Joyce contestó: "No". Violette interrogó, para abrir el tema, a Marcel si había leído el capítulo de "Las piedras rodantes" del Ulises. Proust contestó: "No". Mucho después, Joyce recordaría que la situación fue un insoportable intercambio de "Noes". Finalmente, quizás sólo por cortesía, Proust ofreció llevar en su taxi a Joyce y este aceptó por conveniencia. James se acomodó en el asiento, encendió un cigarrillo y abrió la ventanilla para fumar. Proust que era asmático no soportaba el cigarrillo y las corrientes de aire le hacían mal de modo que hizo cerrar la ventana. El viaje se hizo en silencio y ambos escritores se ignoraron. Andando el tiempo James Joyce reconoció que hubiera preferido conocer a Proust en otro lugar, más íntimo, "para hablar con él, nosédequé, pero más a gusto".
Esta fue la única oportunidad en que estos dos grandes novelistas del siglo veinte se encontraron en vida. Joyce, seis meses después, asistió al funeral de Marcel Proust, del cual se retiró protestando, antes de tiempo, cuando el organista comenzó a tocar La Pavana para una infanta difunta de Ravel. Quizás porque no correspondía a la liturgia acostumbrada, o muy posiblemente porque la Pavana en cuestión es una pieza para piano solo, no para órgano. O también porque se le estaba derritiendo la barra de jabón que llevaba en el bolsillo de la billetera, con la sangre del riñón de cordero que también tenía ahí.
Por mi parte, debo reconocer que siempre he sentido un rechazo visceral a priori por lo francés (creo haberlo dicho antes, en alguna ocasión) y por eso me había negado a leer a Proust, hasta que una editora me dijo que había sido rechazado más de cincuenta veces antes que Por el camino de Swann fuera publicado. Comencé a leer este tomo de la obra del autor francés después de documentarme sobre su rechazo y por una cuestión de curiosidad. Debo reconocer que me pasó lo mismo que con casi todos los autores franceses: Balzac y su Eugenia Grandet, Flaubert y Madame Bovary y a pesar de todo Albert Camus (que no es totalmente francés, sino argelino) y El extranjero, a los que he terminado de leer con especial gusto.
Había comenzado a leer El Ulises de James Joyce una infinidad de veces y había renunciado, enredado en el tráfago de las muchas e inútiles andanzas de Leo, o Leopoldo, o Leopold, o Poldy e incluso Poldo para alguna ira irónica de Molly; también agobiado por el amblar de algún perro en la playa, o por las suciedades, vómitos, desangramientos y más, inútiles de la trama. Es raro, pero, al terminar Por el camino de Swann me encontré, de improviso, sin nada para leer. En tanto me documentaba respecto a los rechazos de Proust había encontrado las trazas de la anécdota que cuento más atrás sobre el encuentro con Joyce y me dije que era la señal que necesitaba para hacer firme la decisión y tragarme el Ulises.
Mirado desde mi sillón de lectura, que enfrenta un ventanal grande, aunque humilde, y da a un parque muy vegetal, detrás del cual hay torres y también un campanario, de aquellos que a Proust le gustaba inventariar; veo muchos puntos de encuentro, más allá de los estilos y respetos muy diferentes de ambos autores. Muchos más, desde luego, que los muchos Noes de aquella famosa comida en el Majestic. Desde luego ambos son grandes inventariadores. Mencionaba el de los campanarios de Proust, para qué recordar el que le valió el rechazo de André Gide, sobre las cuarenta posturas en la cama antes de dormir, o el de las lilas y otras flores en el camino a la orilla de la casa de Swann. Para mi, al menos, uno de los encantos del Camino de Swann son sus muchos inventarios y largas enumeraciones. Hablando en otro artículo de algún autor menor, opiné que entre lo poco rescatable había un fantástico inventario de guerra, de generales, de máquinas, de medallas, de batallas, de grados, y más y más. Después, en el Ulises, encontré su inspiración y la copia de la forma. Si algo hay bellísimo en el Ulises son las enumeraciones magníficas, con una gracia y un desparpajo que casi mueven a aplauso, como el de las muchas y muchas personas que ven pasar el carruaje del virrey y se detienen, o saludan, o se devuelven y se vuelven y se detienen a mirar o se asoman como oro y bronce las rubias prostitutas, que corren la cortinilla de su ventana para verlo pasar; todo lo cual conduce después, mucho después a otro fantástico inventario de todos los presentes en la ejecución de un condenado a la horca, o la que contiene este fragmento con la enumeración de todos los santos: «Elías el profeta encabezados por el Obispo Alberto y por Teresa de Ávila, calzados y descalzos; y frailes, marrones y grises, los hijos del pobre Francisco, capuchinos, cordeleros, mínimos y observantes y las hijas de Clara: y los hijos de Domingo, los frailes predicadores, y los hijos de Vicente; y los monjes de San Wolstano; y los hijos de Ignacio; y la congregación de los hermanos cristianos encabezados por el reverendo hermano Edmundo Ignacio Rice. Y detrás seguían todos los santos y mártires, vírgenes y confesores: San Quirico y San Isidro Labrador y Santiago el Menor y San Focas de Sinopia y...» sigue y sigue con los artefactos que llevaban: «Y todas iban con nimbos y coronas y glorias portando palmas y arpas y espadas y coronas de olivo, con túnicas en las que estaban bordados los sagrados símbolos de sus eficacias, tinteros, flechas, hogazas, jarrones, grilletes, hachas, árboles, puentes, bebés en bañeras, conchas, burchacas, tijeras de esquilar, llaves, dragones, azucenas, postas zorreras, barbas, guarros, lámparas, fuelles, colmenas, cucharones, estrellas, serpientes, yunques, cajas de ungüento...». Como estas hay muchas, tantas que quisiera mostrar y es imposible y sólo me limito a enumerar algunas de las enumeraciones de James, además de la de todos los santos, todos sus instrumentos, todos los milagros que incluye, por ejemplo, «hallazgo de objetos varios que se habían perdido», o todos los títulos que incluye además de «Caballero de la Orden de la Jarretera», el de «Cabrón Meritorio Civil», o el de «Maestre de la Caza del Zorro», lo mismo que la enumeración de creencias sobre el embarazo relativas a anormalidades de labio leporino, verruga en el pecho, dedos supernumerarios, angiomas, casabillos y así. Hasta que por fin, nuestro autor ya no resiste y suelta su aún desconocida Ley atribuida a Mr. V. Lynch (Licenciado en Matemáticas) de numeración hasta ahora no descifrada.
Por razones distintas, de seguro, quizás Joyce porque le resulta más atractivo enumerar, para definir un ambiente y más efectivo que una larga descripción. También porque le permite contrastes, ironías y sarcasmos, críticas más finas que una larga y típica mirada al entorno. Proust, en cambio, enumera con un afán evocativo, que va señalando a la vida interior, a los recuerdos que se conectan con las cosas que entonces adquieren un especial significado. La herramienta parece ser la misma, pero Proust y Joyce apuntan a distintos blancos con ella.
Por supuesto que en este aspecto hay también una gran diferencia, que no obstante los hace también semejantes, claro, mirados desde este mi sillón de lectura: Las enumeraciones de Joyce a ratos me hacen pensar que el autor no está escribiendo una novela, sino que está tomándome el pelo y curiosamente lo hace más amigo, más cercano y apreciado. No es el caso de Proust. Pero Proust amalgama, lo mismo que Joyce, una cuestión que siempre he creído y que manejo como regla de oro al escribir. Marcel, a lo mejor es sólo porque es francés, o porque conoce, como James, la regla, y la ejerce; tiene un mérito que Joyce con cruel ironía se encargó de expresar diciendo que escribía frases tan largas que el lector terminaba de leerlas antes que él las hubiera terminado de escribir, marcando la característica com odiosa. Sí. Proust es quizás más odiado por esto que amado por todos sus méritos. También tiene grandes odiadores de sus digresiones y cavilaciones. Concluyo que Joyce y Proust, cada uno en lo suyo, escriben como les da la gana, sin pensar en el lector, dejando todo pudor y cuidado en algún lugar distinto y lejano de su escritorio. Esta regla la leí explicitada por Faulkner en alguna entrevista y descubro, también, que todos los escritores de los que disfruto, escriben así: Ellos son mis amigos.
Bueno, si Marcel Proust colecciona campanarios y torres de iglesias, James Joyce colecciona santos, liturgias, latines y mucho más, todo relacionado compulsivamente con lo religioso.
En un tomo cercano a las mil páginas del Ulises, leo siempre con la dificultad de no encontrar un sentido al rumbo ni al ritmo, a lo largo de doscientas sesenta páginas. Sigo porque soy tozudo, sigo porque decidí leer la novela completa para poder hacerla mierda con propiedad, a la luz de la nada que nadie había logrado decirme sobre ella, con claridad y verdad. Si hubiera sido André Gide, no habría llegado tan allá y Joyce habría tenido la suerte de Proust. De pronto leo:
«Mientras pisaban por la gruesa alfombra Buck Mulligan susurró detrás de su panamá a Haines:
«-El hermano de Parnell. Ahí en el rincón.
«Eligieron una mesita al lado de la ventana, frente a un hombre de cara alargada cuya barba y mirada caían absortas sobre un tablero de ajedrez.
«-¿Es él? preguntó Haines, volviéndose en el asiento.
«-Sí, dijo Mulligan. Ese es John Howard, su hermano, nuestro oficial mayor del ayuntamiento.
«John Howard Parnell cambió un alfil blanco discretamente y la garra gris de nuevo subió hasta la frente donde descansó. Un instante después, bajo la pantalla de la misma, sus ojos miraron vivazmente, con brillo fantasmal, a su contrincante y cayeron de nuevo sobre el tablero de operaciones.»
Si hay quienes han quedado maravillados, y son muchos, lo sé, con el té con magdalenas de Proust, a mi se me pasó por alto. Ponderé el significado que le daba el autor y el nudo con la emoción evocada que describe; pero no me fue tan claro el concepto como cuando leí a este ajedrecista. ¡Cuántas veces vi a ese ajedrecista y ese gesto de inteligencia astuta, de satisfacción por un tonto logro, que es apenas un juego pero que nos da un momento en que somos felices, como expresa la mirada de brillo fantasmal de John Howard (hermano en la realidad del sheriff de Dublin Charles Stewart Parnell). Fue como si encendieran una luz que iluminó todo el sentido de la novela, porque la escena no tenía sentido alguno en términos de los sucesos hasta ahí relatados, así como ninguno lo tenía en realidad. Pero tuvo la magia, el ajedrecista, de mostrar que un relato ambiguo, aparentemente inconexo, también va dejando una construcción. En este punto comprendí que ese era el intento de Joyce. No narrar una historia, como lo haría Albert Camus, en La peste o El extranjero, sino algo más cercano a lo que hacía Proust en El camino de Swann, donde la historia, claro está, podría contarse en dos líneas, porque la cuestión no es la historia sino el mundo interior que los sucesos estimulan en el narrador y los que asume, en los personajes, según nos los muestra. Aquí también: Bloom sale temprano y se da vueltas por la ciudad para no llegar a su casa. Pero no es lo que importa. Lo verdaderamente importante es que nos vemos metidos en Dublín, en sus bares y tabernas. En ese recorrido al lado de Bloom me voy dando cuenta que es un pobre diablo, por sus actitudes, porque se siente disminuido, porque le hacen el quite o lo desprecian, porque lo encuentran un latoso, porque su mujer lo engaña con medio mundo y mucho más; a la vez voy comprendiendo a Dublín y sus habitantes. Con otras técnicas, con otros estilos, con otras formas, Franz Kafka debería, también haber estado en la misma fiesta de los Shiff, para añadir algunos otros no. La novela que parte, desde estos escritores, da un golpe al rumbo al género que deja de ser una historia y el cómo la enfrentan los protagonistas y pasa el peso de la obra al entorno y como los personajes son afectados por éste. Más aun, para cada personaje, los otros son parte de su entorno, nada más.
Las mujeres de Marcel son fantásticas. Memorable resulta la casi misteriosa duquesa de Guermantes, Francisca, la empleada, la abuela, o la tía Leoncia y por supuesto Odette, que habría hecho buena amistad con Molly Bloom. También en la estructura y definición de las mujeres ambos autores son especialmente virtuosos. Joyce es capaz de construir mujeres no sólo completamente femeninas, lo que ya es un gran mérito, sino que sus mujeres, unas con otras no son iguales, como suele suceder a tantos autores, que todas sus mujeres son la misma. La inocencia y el deseo compulso de Gerty MacDowell, son como una joya. Repaso la escena en que imagina irse de monja dominica y visita, entonces, al padre Conroy, al que le hubiera querido regalar un cubretetera acolchado, porque parecía un santo y tenía las manos tan blancas. A Bloom le muestra las piernas, las ligas y hasta el calzón, llena de ingenuos y ardientes pensamientos. ¿Y Gilberte de Proust? una mujer niña tan perversa como su madre, que curiosamente se llama Odette como el cisne mujer encantada del que se enamora Sigfrido en el Lago de los Cisnes de Tchaikovsky. La Odette del Lago de los cisnes es el lado bueno de la perversa Odile, cisne negro, con la que Rotbart pretende engañar al príncipe. Mirando el campanario de la pequeña iglesia de la esquina recuero, a propósito, la frase musical de Vinteuil; secreto ingenuo de Swann con Odette. ¿Y las prostitutas de Joyce: Zoe, Kitty, Florry, y también la rubia oro y la rubia bronce?. Es cierto que las mujeres de ambos son dominantes y fuertes, manipuladoras y sutilmente dueñas de la acción; sin embargo las de Proust son delicadas y estatuarias, trepadas a su pedestal, donde de seguro las subió la propia madre del autor, incluso Odette, es una prostituta fina y no vulgar como las de Joyce que manipulan con el juego del deseo. Ellas son rudas y fuertes. Las de Proust dominan como matriarcas delicadas y poderosas. Son la madre que se niega a subir a besarlo, porque hay visitas.
Gerty MacDowell a pesar de su aparición breve, instala una cuestión que, al menos a mi, desde mi sillón, me deja vagando entre las jovencitas del parque que se ve desde mi ventanal y el campanario, casi Proustiano, de la iglesia que desde aquí se divisa. Toda la escena de Gerty va cruzada con los ecos y sucesos de la iglesia cercana donde el reverendo Huges y el padre Conroy celebraban oficios a la Virgen de Loreto. Dije Proustiano por el persistente inventario de iglesias, partiendo por la de San Hilario, y una gran cantidad de cúpulas y campanarios que éste cita, como esta que me quedó tan grabada: «En  el  mismo  París,  en  uno de los barrios más feos de la ciudad, sé yo de una ventana por  la que se ve, después de un primero, un segundo y hasta un tercer  término  de  tejados  amontonados  de  varias  calles,  una  campana morada, a veces rojiza, y en ocasiones, cuando la atmósfera tira una  de sus mejores pruebas, de un negro filtrado en gris, que no es más que la cúpula de San Agustín, y que da a esa vista de París el  carácter de algunas de Roma, por Piranesi»; pero las iglesias y lo religioso, en especial esto último, son en Joyce un tema no sólo recurrente sino permanente y no sólo en el Ulises; pude verlo, con enorme tedio en capítulos enteros en el Retrato del artista adolescente. Todo lo contrario sucede en esta escena de Gerty MacDowell: Es una maravilla muy lograda, todo el cruce de dos temas en contraste como son la celebración en la iglesia cercana a la playa y la mujer que a la distancia seduce a Bloom. Si hay momentos gloriosos en cada novela, o al menos los hay para cada lector en cada novela, para mi esta es inolvidable, incluida su conclusión, abrupta, contradictoria, absurda, inesperada: «Despacio, sin mirar atrás se fue por la playa rugosa hacia Cissy, hasta Edy, hasta Jacky y Tommy Caffrey, hasta el pequeño bebé Boardman. Ya estaba más oscuro y había piedras y trozos de madera en la playa y algas resbalosas. Andaba con una cierta dignidad reposada muy suya pero con cuidado y muy lentamente porque - porque Gerty MacDowell era ...
«¿Le aprietan las botas? No. ¡Es coja! ¡Oh!».
Tanto Proust como Joyce tienen un sólido nudo con lo religioso, aunque en el primero tiene un sentido mítico de lo formal, engarzado con lo místico y lo artístico. Para Proust la fe, la liturgia, los ritos y cánones que aprietan y oprimen a Joyce, casi no existen, son casi una consecuencia del arte involucrado. Lo sagrado, lo trascendente, está infundido en la belleza formal del ábside de las iglesias, de los colores que filtran los vitrales de figuras religiosas y más. Proust es agobiado por la sagrada grandeza de las arquitecturas religiosas, mientras Joyce lo es por la fuerza de la regla, el canon que produce y crea el pecado. Tal vez por eso elige a Leopold Bloom como protagonista, inspirado en un conocido judío de Dublín, amigo del padre de Joyce, que como Bloom en la novela socorre a Stephen Dedalus en una riña con unos soldados, aquél lo hace con James en las mismas circunstancias. Bloom es todo lo contrario que Stephen. Quizás entre ambos representen las caras de Joyce en su rebeldía religiosa recalcitrante. Bloom se defiende y confronta a los católicos irlandeses «porque su Dios, quiero decir Cristo, era judío también y toda su familia como yo aunque en realidad no lo soy». Bloom es despreciado y no lo consideran irlandés, porque es judío, lo que le plantea un conflicto permanente, semejante al de Joyce con lo religioso en un enfrentamiento interno de pertenencias, o al de Stephen con sus amigos por Shakespeare. El protagonista de Proust, Swann, también judío, como su mismo creador, aunque este es socialmente aceptado por su dinero. Pierde su posición y pertenencia a causa de Odette, que mantiene con él una relación de uso y engaño, que lo degrada y lo separa de su núcleo social, tanto como Bloom es degradado por Molly, que lo convierte en un pobre diablo que acepta el engaño y convive con él e incluso mantiene relaciones de bar y cantina y encuentros sociales, con los amantes de su mujer, de los que también hace un inventario, cuando al fin, muy avanzada la noche, llega a su casa.
Joyce es un rebelde, pero no lo es por que sí, sino porque se cocinó en un caldo de irracionalidades y absurdos para una mente tan brillante y por lo tanto de irrestricta libertad. Una mente, una persona así, a la que se intenta imponer una norma como la de su tiempo, donde la letra entra por la buena o entra como sea, una letra que escribe conceptos que van contra la razón, sólo podían, en un ambiente de rebeldías como el irlandés de entonces, forjar un rebelde. Un rebelde puede ser un violentista, si sólo es rebelde, o un recalcitrante opositor a todo, pero si además tiene la inteligencia que tenía Joyce, se tendrá un artista libre, capaz de entender que no hay límites en el arte y que el artista no se debe a nada establecido, sino a sí mismo. Por eso Joyce tiene el desparpajo de escribir una novela sólo destinada a sí mismo, y por supuesto a quien quiera. Por eso Joyce es un innovador para todos los que siguen lo establecido. Para otros, y esto depende del sillón de lectura donde cada cual esté sentado y hacia donde mire su ventanal y qué flores y árboles vea en su parque, o si hay un campanario o sólo hay torres urbanas, o quizás casas bajas de adobe y más; puede ser un genio, un desordenado, un burlador o simplemente una mirada aguda que se expresa con libertad absoluta, porque los viejos caminos ya no tienen más misterios. En verdad, la mirada profunda de Joyce, abre la realidad como un bisturí y la muestra como sale, con un vómito o un perro enorme en una cantina, como un aristócrata rico que se acuesta con su mujer, o con una preciosa jovencita coja que le muestra las pantorrillas, los muslos, los portaligas de colores, los calzones, mientras sueña regalar un cubretetera al padre Conroy, que tiene sus manos tan blanquitas y también como el gesto de una magnífica jugada de ajedrez que llena de placer intelectual a su ejecutante, o el largo trayecto del virrey a quién por páginas y páginas, a medida que va pasando, en su coche oficial, la gente se vuelve a saludar, mientras se dirige a presenciar una ejecución en la horca.
Hay quienes admiran los cambios de estilo que el autor hace a lo largo del Ulises. A qué dudarlo, están ahí. ¿Pero es esa la genialidad de Joyce?. Para mi no. A lo más es una muestra del uso de la absoluta libertad que dispone el autor. Diría que hay dos aspectos que no son el cambio de formato, que no llamaría cambio de estilo, tampoco; que son los innovadores del Ulises. Uno tiene que ver con el ejercicio de una libertad plena, que desecha cánones establecidos hasta ahora en la forma y estructura de una novela. Joyce corta el hilo conductor con Tolstoi, Dickens, Balzac, Flaubert, Dostoievsky y más, hace a un lado a Thomas Mann y sus contemporáneos que cultivaban aún una novela que modulaba siempre sobre una historia, con un principio, un desarrollo y un final, sin importar la motivación del autor, si era moralista, de aventura, costumbrista, de caracteres en fin. Joyce no relata una historia, sino que sigue al señor Bloom a lo largo del día y su noche de farras, lo ve comprar, asistir a un funeral, hacer entregas en un diario, almorzar, caminar por las calles y más. Cortázar quiso hacer una novela, con Rayuela, que tuviera múltiples trazados de lectura. Llegó atrasado. El Ulises se puede leer de cualquier manera y no tiene ninguna importancia. Leer esta novela es como abrir una caja de puzzle, donde las piezas están todas desordenadas. Joyce va entregando trozos del puzzle. Al final, cuando queda armado, sabemos quién es Bloom y quien Stephen. Sabemos cómo es la vida de cada uno, conocemos Dublín e Irlanda, pero no hay una historia que module la novela, o si la hay es tan sencilla como un día corriente en el que Bloom auxilió a Stephen Dedalus y lo llevó a dormir a su casa. Sin embargo, y como en la vida misma, la mirada del autor que refleja su aguda inteligencia, va haciendo la imagen total de la novela con una visión de profundidad en la que Joyce nos regala su capacidad de disección, de juicio, de interpretación, de modo que podríamos estar años leyendo y releyendo el Ulises y encontraríamos ahí, siempre, algo nuevo, otra sonrisa, otra sorpresa, otra lección para quienes pretendan escribir. Joyce abre una puerta que permite a los futuros escritores novelistas, disponer de un nuevo modo de enfrentar la novela y les entrega la libertad como herramienta, además de quitarles un corsé de hierro, que los obligaba, casi, a escribir aventuras. También les levanta el pesado e inútil manto del pudor que significa el lector crítico, el qué dirán, y el cómo decir.
Releo el párrafo anterior y yo mismo, que he ido aparejando a Joyce con Proust, me digo ¿Y ahora como los pongo a uno y otro a cada lado del mismo espejo?. Es que no cabe duda que Joyce no es Proust ni Proust Joyce. Están también llenos de diferencias, aunque esas diferencias, que los distinguen, también, sin hacerlos idénticos, los equiparan. Pero si es necesario mostrar diferencias, habrá que decir que Joyce es esencialmente un talentoso. Es su enorme talento e inteligencia, lo que le permite, con un orden mínimo, llamado Bloom y el Bloomsday como han bautizado los irlandeses al diez y seis de junio, producir una gran novela. En cambio, sin negar el talento, que a André Gide le costó y lamentó no reconocer, Proust es en todo caso un trabajador. Así lo hace ver en su narración, que aunque ficción, muestra su propia vida en muchos aspectos. Uno de ellos es este. Proust siempre quiso ser un gran escritor. Bueno: Joyce también. La diferencia es que a este se le daba y el otro hubo de batallar para conseguirlo. En este sentido, tiene ingenio la frase de Joyce, que revela conocer bien a Proust, sobre el lector que terminaría antes que él sus largas frases; pero revela más bien la irreverencia de Joyce, en cuyo Ulises se ríe del lector y tiene, también, frases larguísimas, tanto que el último capítulo llamado Penélope, en que habla Molly Bloom, pretendía ser una sola y muy muy larga frase.
Quisiera destacar este breve fragmento de Joyce, porque creo haber mencionado más de una vez que este se burla del lector y lo sentí así más de alguna vez a lo largo de la lectura, pero en este trozo se podrá refrescar la memoria en relación a lo dicho:
«UN HERRERO
«(murmura) ¡Por el amor de Dios! ¿Ése es Bloom? Si apenas parece tener treintaiún años.
«UN PAVIMENTADOR Y ENLOSADOR
«Ése es el famoso Bloom, el mayor reformista del mundo. ¡Descúbranse!
«(Todos se descubren. Las mujeres susurran ansiosamente)
«UNA MILLONARIA
«(ricamente) ¿No es sencillamente maravilloso?
«UNA NOBLE
«(noblemente) ¡Todo lo que habrá visto ese hombre!
«UNA FEMINISTA
«(masculinamente) ¡Y hecho!»
Toda la escena es absurda, al punto que me recuerda a Lewis Carrol o a Carlo Collodi, pero raya en la burla (que por lo demás me hace reír), la millonaria, que habla ricamente, la noble que habla noblemente y por último: La feminista habla "masculinamente". Son mujeres. Son las mujeres las que convierten a Bloom en un pobre diablo, y la irrefrenable lujuria, que curiosamente pierde también al otro mujeriego, al mujeriego de Proust, el señor Swann, que se degrada hasta lo último por Odette. Sin embargo el tratamiento de la lujuria es mucho más fuerte, intenso, prosaico, descarnado, en Joyce que sin asco la muestra así: «(Él vacila en medio de perfumes, música, tentaciones. Ella le conduce hacia los escalones, atrayéndole con el olor de sus sobacos, el vicio de sus ojos pintados, el frufrú de su combinación en cuyos sinuosos pliegues acecha la fetidez leonina de todos los machos bestiales que la han poseído)». En Proust en cambio, es una cuestión implícita.
Antes de concluir este comentario quisiera hacer dos alcances: Uno tiene que ver con Joyce, aunque se refiere al escritor chileno Juan Emar, casi desconocido por el gran público, aunque respetado y conocido en los medios literarios. A ratos, casi muy frecuentemente, y en especial en el capítulo Ítaca, de las interrogaciones y respuestas, me lo recuerda mucho. El otro se refiere a la  erudición del escritor, que él le presta a Bloom. Para constatarlo, vea el inventario bajo la pregunta «¿Qué admiraba en el agua Bloom, amante del agua, sacador de agua, aguador, al volver al fogón?». También los conocimientos de astronomía que muestra en varios pasajes como este: «En el mar, septentrional, por la noche la estrella polar, situada en el punto de intersección de la línea recta desde beta a alfa en la Osa Mayor prolongada y dividida externamente en omega y la hipotenusa del rectángulo formado por la línea alfa omega así prolongada y la línea alfa delta de la Osa Mayor. En tierra, meridional, una luna bisfénica, manifestada en diferentes fases lunares imperfectas a través del intersticio posterior de la falda imperfectamente ocluida de una carnosa mujernegligente que pasea, una columna de nube por el día». Siendo Joyce quien es, pensé que no sería extraño que sus aseveraciones fueran mentiras (serían mentiras y no ficción, pues habría interés, aunque quizás lúdico, de engañar) y me di el trabajo de revisarlas. Hasta para mentir es hábil y usa su erudición: Lo dicho sobre la Osa Mayor es verdadero. La luna bisfénica no fue habida y es usada en un giro hacia un tema diferente como es la falda de mujernegligente, sin embargo se escuda en la verdad de la otra, para parecer, también, verdad. Entonces me pregunto y dudo: ¿Cuánto de lo dicho, a lo largo de toda la novela, que supone realidad, no en contraposición a la ficción, sino a la mentira, es verdadero y cuanto falso?.
Por fin, para terminar, y excluyendo el último párrafo (o no), Joyce tenía razón: Habría sido preferible que se hubieran conocido con Proust en otro lugar más íntimo. Y no la tenía cuando dice "para hablar con él, nosédequé", porque es claro que tenían mucho de qué hablar.
Kepa Uriberri




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Desencuentros


Desencuentros


Con el paso de los días, sin encontrar al viejo en el café, se fue olvidando de evitarlo, de manera que volvió sin temor a su rutina habitual. Sin embargo nunca perdió el vértigo de pasar por ese portal y recorrer con cierto disimulo, con la mirada, a los parroquianos del interior, temerosa de encontrarse de pronto con sus ojos de expresión triste, bajo la carga de los años. Quizás pasaba muy temprano o demasiado tarde. Alguna vez alcanzó a divisar al albañil y un golpe de sorpresa le inundó el pecho, pero alcanzó a huir sin ser vista. "De seguro me habría atrapado, con sus raros conceptos, sus predicciones y sus manos que atenazan los brazos sin remedio" pensó. Sus imágenes interiores lo mostraron sonriente, con los dientes manchados, sentado en el café en frente de ella, proponiéndole una verdad del todo falsa, pero demostrable, al punto que tenía que llegar a creerla, incluso contra su propia voluntad. Todo estaba escrito en el cuaderno con patas de pájaro azules y negras, tachaduras y enmarcados dibujados, que le señalaba con un lápiz de pasta de plástico ordinario, con la tapa muy mascada y arrugada. En otra ocasión pasó frente a la puerta, observando a los clientes, mientras el anciano caminaba algunos metros detrás de ella. Ni ella ni el viejo se vieron uno a otra. Cuando Kaya se perdió entre la gente en un recodo, el viejo entró al café y se sentó en la mesa de siempre, junto a la puerta. En otra ocasión, Treshkaya venía distraída, casi olvidada de su aventura diaria frente a la entrada del café y de pronto, a boca de jarro, se encontró a unos pocos metros de Rrrrabanito que salía del lugar y tomaba, unos pasos delante de ella, su mismo rumbo. Sintió un terror irracional, absurdo, y se detuvo. Se quedó petrificada viendo cómo se perdía en el mismo recodo que cada día la hacía sentirse segura, cuando doblaba en su esquina para bajar a los andenes del tren. Después de un minuto o algo así, giró en sentido contrario y se alejó, pensando que si seguía detrás del viejo era posible que lo encontrara esperando el mismo tren que ella debía tomar. "¡Que horror!" pensó. "¿Qué habría hecho si lo encontrara en el andén? ¿Qué le diría?". Se imaginó entrando a la plataforma: Ahí estaba el anciano en uno de los asientos adosados al muro. Antes de poder evitarlo él la veía. Sus miradas se encontraban. "¡Dios mío! ¿Qué hago?" me preguntaría. Y el me sonreiría. Yo tendría que saludarlo y acercarme a él. El diría:
"- Qué bueno encontrarla - con una sonrisa amorosa" o algo así y yo tendría que decir algo, pero no sabría qué. Entonces, por responder lo que fuera, diría, por ejemplo:
"- Sí. ¡Qué rico! ¿No es cierto? -" y quizás lo tomara de manera equivocada. Puede que no se diera cuenta que estoy nerviosa y pensara que de verdad quería encontrarme con él. O supongamos que es peor: Él cree que yo lo venía siguiendo. ¡Ay! ¡No!. Sería terrible. ¿Y si pensara que él me gusta?, por ejemplo. Este pensamiento se materializó en una imagen de la escena. Ella de pie, junto al asiento del viejo, que la miraba con los ojillos semicerrados y sonriendo casi imperceptiblemente. No la miraba a los ojos sino a la boca, como muchas veces hacía. En esos momentos a ella le gustaba y le parecía sensual. Recordó que ese tipo de gestos y actos eran los que la habían confundido, hasta llegar a pensar que se estaba enamorando de él. "Así es como me hace ponerme colorada" se dijo y se detuvo. Sintió cómo se ruborizaba sola, ahora, y se llenó de vergüenza. "¡Eres una estúpida!" dijo para sí y se sentó en los peldaños de la escalera de la salida de la estación.
En otra ocasión su tren se detuvo, camino a la estación de La Ópera, en la estación de la Universidad. En la vía de retorno se detuvo otro tren. Sentado en su interior, con los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de observar a los pasajeros, uno tras otro, estaba el anciano. Su expresión era de profunda reflexión, como si analizara la postura y leyera los pensamientos de cada uno. Kaya lo vio de un tren a otro y lo encontró bello. Su expresión concentrada y atenta, la mirada que capturaba todo el entorno, con profundidad, le resultó tremendamente atractiva y sintió admiración. "¡Me gusta!" pensó automáticamente, sin evaluar sus sentimientos. Pero en seguida creyó que si continuaba mirándolo, él iba a sentir el peso material de su visión e iba a sorprenderla. Entonces sintió miedo. Era un miedo absurdo, ya que estaban en trenes distintos y era imposible encontrarse físicamente. No obstante pensó: "¿Y si me ve y me hace una seña para que me baje y lo espere?. ¡Ay no! No me atrevo a encontrarme con él". Desvió la vista y giró de manera de no ser reconocida. A la vez algo en su interior le decía que era ridículo. A pesar de todo, aunque en ciertas ocasiones lo vio de lejos, aunque en otras él la vio a ella al pasar, la miró con cariño y añoró aquel tiempo cuando se sentaban a conversar en el café, o cuando la esperaba después de sus ensayos de ballet en la estación de La Ópera, y no trató de acercarse; aunque en tantas otras soñó, llena de miedo, verlo y que él la llamara, pero que no sucediera nunca, aun cuando parecía que nunca iba a ser posible que volvieran a encontrarse y conversar, ella en el fondo lo deseaba y el viejo lo hubiera considerado un regalo de la fortuna; ninguno hacía nada por forzar un encuentro así. Si el viejo la veía, la dejaba ir. Si ella lo veía, trataba, llena de vergüenza y miedo, de no ser vista. Pero de todos modos, en cada una de esas ocasiones, ella disfrutaba imaginando encuentros absurdos y muchas veces románticos, que guiaba hacia un clímax en el que se reconocían uno a otro que se atraían. En ese punto se detenía horrorizada y reprimía la imagen y el pensamiento diciéndose: "¡No! No puede ser. No puedo estar enamorada de un viejo". Y sin embargo la imagen la turbaba y de algún modo raro, siempre comenzaba con un Rrrrabanito atractivo y deseado que en el momento de la entrega última, se convertía en una caricatura del viejo, en la que se subrayaba todos sus defectos, debidos a la edad. De cualquier modo, cada vez que sucedía, aumentaba sutilmente y sin que se diera cuenta, la obsesión de dejarse llevar y a la vez crecía el sentimiento de represión.
El viejo, por su parte, no pensaba en ella ni la recordaba sino sólo cuando a veces la divisaba en la distancia, o también cuando, en otras, se detenía en la estación de La Ópera y la recorría, evocando sus encuentros y conversaciones. De manera ocasional se le aparecía su imagen mientras comía en el café de la estación de la Plaza de los Constituyentes. Para él, la bailarina se había convertido, desde que se despidió fugazmente ese día que le puso su mano suave sobre la suya dura y le dejó la marca de ese contacto y esa despedida; en la imagen de una evocación de aquella otra mujer cuyos rasgos no recordaba, cuya voz no podría describir, pero que sin tener ya, con el paso del tiempo, sustancia alguna, sino sólo ese difuso halo, que estuvo dormido tanto tiempo; se materializaba ahora en Kaya, inexplicablemente. Tal vez por eso, sin haberlo notado antes, la bailarina siempre había despertado en él un ansia que revivía el ansia de lo femenino, como deseo erótico, aunque lo erótico ahora tenía una dimensión del todo racional, que buscaba la fuerza del impulso y el deseo incontenible. Más aún, con la pura fuerza de la razón, intentaba revivir el placer del deseo inmanejable que mueve al hombre potente hacia la mujer como posesión. Sin embargo, Kaya siempre le había sido atractiva, pero de una forma diferente. Si la buscaba desde lo romántico, intentando revivir esa cualidad del romance joven que lleva al hombre a idealizar a la mujer, elevarla a un pedestal, donde se la instala como diosa de belleza, de perfección y anhelo, no lograba la magia que el romance tenía en la juventud, sino una tranquila apreciación estética que envolvía la imagen de ella en una especie de belleza casi de arte, de admiración de la cercanía con la perfección. Admiraba la tersura y suavidad de su piel lozana, la redondez de la curva de los hombros, la longitud precisa de los brazos en relación a su envergadura, la longitud y suavidad del cuello, la rara imperfección de la nariz demasiado recta que se iba sobre el labio superior, que daba la sensación de arremangarse al sonreír y ponía el preciso toque de prosa en la poesía que era el resto de su figura, no sólo estática sino también en movimiento, cuando salía lanzada en un paso de ballet, o cuando se iba caminando con movimientos tan precisos de cadera, que parecía ejecutar una curva geométrica única para resaltar el ancho de éstas y el estrechamiento que llevaba a una cintura casi frágil. Toda ella le producía una admiración de la belleza exacta, un deseo de contemplación de su risa, del pelo desordenado con ondulada precisión, de las manos finas y largas que volaban como zorzales, de los ojos que recordaban los de un zorro joven y atento y por último de la energía que desplegaba en cada actitud, en cada conversación, al escuchar o al hablar. No obstante no llegaba a ese amor absurdo del hombre joven que era arrollado por un hato de cualidades que tantas veces nacían más en la imaginación propia que en la realidad femenina. Para él era como apreciar el arte vivo de la precisión estética. Hubiera sido feliz, sin embargo, si se hubiera enamorado de Kaya como si tuviera quince años, pero sabía que era imposible. También se habría sentido virilmente realizado si la risa femenina, el caminar sensual, los pechos precisos y levantados, la mirada de zorrito, la geografía de su cuerpo elástico, de curvas perfectas hubiera despertado el deseo erótico incontenible, como lo había hecho en ese tiempo pasado, esa mujer que ya no era sino la evocación de un recuerdo parecido a esta realidad; pero tampoco era así. A veces imaginaba que la hacía suya, que presionaba ese cuerpo joven contra el propio, vencido, revivía el recuerdo de las sensaciones que hacerlo habrían provocado en algún pasado, pero no producían las ansias que no hubiera, entonces, podido evitar. Era como si tanto el romance como lo erótico hubieran, al fin, sido vencidos, domeñados, sin saber cómo había sucedido, por la razón. Era como tener un cuerpo sin carne y sin entrañas, solo con la razón y los nervios envolviendo a los huesos. Sabía que si llegara a poseerla, sentiría todos los placeres, sabía que sería delicioso sentir sus pechos excitados sobre el propio o el fuego de sus deseos rodeando al propio, pero sería sólo un placer estético que llegaría por los sentidos a la razón. Sabía que no tendría esa explosión que nace de las mismas tripas y calma, al fin, todos los anhelos irrefrenables que en ese momento sustituyen todo pensamiento, liberando a la bestia que devora con su sangre hirviente. ¡No! ¡Ya no!. Tal vez por eso sólo sentía su ausencia como el recuerdo de aquella otra ausencia voluntaria, que fue necesaria y necesitada, y que ahora volvía al contacto de una mano sobre la propia y de un escrito, con letras desordenadas, en un cuaderno Navegante.
Mientras tomaba desayuno en el café de siempre, en la estación de la Plaza de los Constituyentes, entre un tren y su transbordo, el albañil robaba minutos al viaje, de manera disciplinada, para escribir su cuaderno, donde se trazaba la historia que iba creando.  Releía, mordiendo el sujetador de la tapa del lápiz, lo último escrito, para enlazar las ideas:«No quería; se resistía a obedecer a sus impulsos torpes, pero la emoción del vértigo, de pasar frente a ese portal, la impulsaban al riesgo de ser sorprendida por el viejo. O tal vez era lo único que deseaba: Volver a verlo, ser poseída por lo inevitable, después de haber hecho lo posible por regalarse. Quizás sólo quería que por fin, sorpresivamente, el hombre estuviera ahí y la llamara a gritos, sin pudor, lleno de ansias:
«- ¡Tereshita!, ¡Tereshita!, a donde vas tan de prisa Tereshita -. Ella lo miraría casi con indiferencia, para no parecer que lo había buscado. Sólo se detendría un momento y diría:
«- Tengo ensayo... Ahora que ya soy primera bailarina debo ensayar más...
«- ¿Acaso no tienes un breve momento para regalarme? - diría el viejo.
«- Quisiera... pero... - y haría ademán de seguir su camino con un jeté.
«- Tan sólo un solo momento... breve... al menos nada más... - suplicaría; y entonces ella accedería, como si se sintiera casi obligada.»
Enmendó alguna frase, retocó alguna letra y retorció, con sus dientes amarillentos, el sujetador de la tapa del lápiz de pasta barato, con que escribía. Apoyó la punta, otra vez sobre el blanco del papel. La levantó indeciso. Comenzó a escribir, pero se arrepintió y tachó con intensidad, con varias líneas horizontales, otras tantas sinuosas, unas más en zigzag y luego otra como un resorte. Luego con decisión escribió:
«Sin embargo él nunca estuvo. A veces lo veía de un tren a otro o en el andén contrario. Hubiera querido que el solo peso denso de su mirada lo llamara, de modo que la viera y la recordara, pero jamás sucedía. Imaginaba historias de encuentros irrealizables, que al final terminaban avergonzándola y haciendo que se odiara a sí misma: "No. No quiero pensar en él. El es un viejo y yo necesito un hombre joven, bello, viril" y entonces pensaba en ese otro que le era atractivo, aunque lo consideraba inferior. "Tampoco quiero un hombre pobre o sin futuro, ni uno tosco". Sentía de este modo que odiaba su vida, que no tenía una salida, que sus logros eran todos un fiasco: Un hombre viejo, o un hombre basto, prima bailarina sustituta, una madre soltera, un padre desconocido. "En resumen: ¡Nada!"»
Volvió a leer lo escrito. Tachó "bello" y debajo escribió "hermoso". Apoyó el lápiz sobre "hermoso" para tacharlo a su vez, pero después de un momento trazó un signo de aprobación a su lado. Miró la hora y se sorprendió. Recogió con prisa el cuaderno, el morral, del cual se asomaban varias herramientas cuidadosamente envueltas en papel de diario y atadas con cáñamo plástico y mordiendo el lápiz corrió al andén. Al salir  del café tropezó con una figura femenina, con el pelo desordenado y una mochila colgando de un brazo, con una camiseta canguro atada de uno de los tirantes, que se arrastraba por el suelo.
- Hola - dijo la mujer - tanto apuro...
Recién el albañil vio que era Treshkaya y sin detener su carrera dijo:
- ¡Ah! Hola... se me hizo tarde... ¡Adiós! nos vemos... - Mientras corría al andén con el lápiz mordido con los dientes amarillentos dijo en voz baja, para sí mismo: "Vértigo. Ese es el concepto. Habrá que subrayarlo".
Subió al tren y se apoyó junto a la puerta. Dejó el morral en el suelo y comenzó a escribir con letras desordenadas sobre el vértigo de jugar a caer y no caer en un amor no deseado con el corazón, sino con el desafío del querer y no querer, caer y no caer. A la vez hacía el contrapunto del hombre viejo que querría caer y ya no le era permitido, querría ejercer la imprudencia de la juventud y ya no podía. Pero sus empeños lo empujaban a los recuerdos de un amor olvidado, quizás por prohibido, de su juventud tardía. Escribió:
«No había buscado el amor, sino la satisfacción egoísta del deseo que ya no había en lo propio. A la vez no buscaba que le dieran amor, sino dar el que no le recibían. Quería ser recibido, pero no necesitaba recibir amor. Sin embargo no fue así, no podía durar una relación trunca, coja, y duró lo mismo que la paciencia de la mujer. Al final lo dejó y se llevó su recuerdo tangible. Quizás no necesitaba más». Continuó escribiendo sobre la mujer de hoy y su vértigo y los recuerdos del hombre a través de esta mujer que heredaba los viejos recuerdos. A la vez sugería, casi sin hacerlo, que había un hilo que ataba a ambas mujeres. Siguió:
«En la mujer de ahora quiso encontrar a la de ayer. Pero ésta ama el vértigo de jugar con un amor casi absurdo con un anciano. Es la gata con el viejo gorrioncito que capturó en el jardín. El gorrión ya no tiene fuerzas para resistir el juego, para volar, y lo acepta. Acepta el juego. Además carga en la conciencia la muerte de su progenitor: Entre los gorriones es costumbre dar muerte a los ejemplares viejos o heridos, que son una carga para la parvada; pero eso no los libra del peso de la conciencia. Quizás cree que este es un dulce castigo». Escribió luego varios desarrollos que jugaban con la metáfora de la gata y el pajarito. Se divertía al hacerlo y sonreía con su propio juego, pero siempre llegaba a un punto donde descubría que sólo llenaba su propio deseo de placer en la escritura, pero no conducía al cruce de la trama que deseaba, sino que se alejaba de manera torpe. Intentaba con correcciones adaptar el fragmento a lo que requería, pero era como si quisiera doblar a mano la enfierradura de las cadenas de los muros de la construcción. El tren entró a la estación terminal Parque de las Empresas y calló su bramido. Una voz de mujer automática pidió a los pasajeros que abandonaran el convoy. El albañil, sin apuro, guardó su cuaderno Navegante, el lápiz, y descendió con la imagen de la gata y el pajarito en lugar del pensamiento de donde nacía su relato. Pensó que ya debía apartarla y reemplazarla por Tereshita y el viejo, pero no lograba una conexión apropiada entre las imágenes. Tenía ahí, donde se produce la razón definitiva, a Rrrrabanito abrazando contra su pecho, casi como un juego, a Tereshita. Él sentiría la emoción de presionar su cuerpo esbelto y elástico contra el propio; se sentiría avergonzado al suponer que, a su vez, ella lo sentiría grueso y blando, gastado. Él la miraría, lozana y deseable: Un premio para cualquier hombre joven y desearía merecerlo, mientras ella, creía, lo vería surcado por el tiempo, casi acabado. Querría hacerla sentir la atracción, el deseo de sentir la virilidad del hombre al que se admira, el que protege, que abraza no sólo con brazo fuerte sino con ese halo inexplicable de potencia que fuerza la pertenencia que la mujer desea; pero temía que Tereshita sólo sintiera rechazo, o si lo toleraba fuera por un sentimiento más bien filial.Ella, en tanto, sentiría la densidad de la experiencia del hombre. Admiraría la capacidad de haber transformado, en ella, la imagen del anciano casi inútil, incapaz de comprarse una tarjeta de ingreso al ferrocarril, al que sólo la ternura la llevó a proteger, en la de un hombre fuerte que ya ha recorrido todos los caminos y es capaz de enseñarle a ella, todos los rumbos. De algún modo él, poco a poco, la iba haciendo suya, incluso contra su propio deseo y su única defensa, porque su razón rechazaba al anciano como una pareja posible, era el juego, incluso transformando el deseo en juego, la reticencia en juego. Así, pondría sus manos sobre el pecho del hombre y lo apartaría sin forzarlo. Le diría, aunque no era lo que sentía: "Usted abraza como el papá que no tuve". En su pensamiento profundo se dibujó, como resumen de toda la situación, este abrazo, en el momento en que el viejo iniciaba el movimiento de su rostro hacia el de ella, mirando sus labios que sonreían y el movimiento de rechazo inteligente, que sin herir, derrite la fuerza de la voluntad que avanza. La frase de ella, a su vez, la veía representada por una saeta que se clavaba en el núcleo del corazón del viejo: "... como el papá que no tuve". Esa idea se expandería como un extraño veneno. Recordaría esa mano antigua, posada sobre la propia que decía: "¡Adiós! Que estés bien!" y que se había repetido en la de ella: "¡Adiós! Que esté bien". Se detuvo en su propio relato y se dijo que el anciano no recordaba las palabras de aquella otra despedida, sino sólo el roce de la mano. "No importa" pensó, "la mano de ahora sí le recordó aquella otra. Con eso deberá bastar".
A pesar de todo, cuando entró al café esa mañana y se encontró con su mirada y su sonrisa alegre, con su saludo efusivo, ya no pudo eludirla. Kaya había sentido un salto en el corazón y había reaccionado de manera instintiva. Su propio saludo amplio, notorio, le cerró toda posibilidad de huida. De algún modo se alegró de cómo había sucedido el encuentro, tal que sin intentarlo se había roto una barrera que de alguna forma le hacía daño. Con alegría invitó al viejo a sentarse con ella.
- ¡Qué suerte! - dijo - ¡Qué rico encontrarnos! - y sintió que enrojecía. En sus imágenes profundas, allá al fondo del pensamiento, antes que éstas se conviertan en reflexión, se vio a si misma transformada en una niña de quince años, ruborizada al encontrarse con su joven enamorado. En esa imagen ella no era ella misma sino quizás algún personaje de alguna película antigua y Rrrrabanito no era el viejo, sino un joven precioso, pero igual al viejo, aunque joven. Sólo que vestía como visten los galanes jóvenes de las películas románticas y todo su aspecto era una especie de bello rejuvenecimiento del mismo Rrrrabanito. No supo, entonces, por qué la imagen se transformó en la expresión: "Me gusta mucho" y en una sensación de gozo intenso; no supo si quien le gustaba mucho era el anciano y el gozo se debía al encuentro, o si sólo era el reflejo de aquella imagen profunda la que lo producía.
- Qué bueno. También lo creo. Hace tanto que sólo nos veíamos de lejos, o de ventana a ventana - se sentó a su lado y ella se inclinó hacia él y lo saludo besándolo en la mejilla.
- El albañil también estuvo aquí...
- Pensaba que ya no volveríamos a... -. Sentía un placer interior que su juicio profundo catalogó de absurdo: "No hay motivo para esto" se dijo y se dio cuenta que veía todas las cosas como si tuvieran un relieve nuevo y diferente, como si todas las imágenes fueran más nítidas o más grandes, o quizás sólo más precisas, pero diferentes. "¿Es que la alegría es así?" pensó por un momento y después, sin necesidad de que hubiera palabras de por medio, tuvo la idea que hubiera querido vivir para siempre este momento. Entonces se le escapó una risita torpe - jejeje - y se sintió como un niño absurdo que se sienta a conversar por primera vez con la niña que le gusta.
- Dijo que era demasiado tarde y se fue... Si no, nos habríamos juntado los tres: Raro ¿no?
- ¿Todavía bailas? Bueno... supongo que sí... El otro día me baje en la Ópera. Recordé tus ensayos de La siesta del Fauno... - "Sólo digo estupideces" pensó. "Cómo me gustaría ser más joven y estar así: Nervioso y lleno de deseos. Si yo pudiera abrazarla. Cómo quisiera hacerla mía". Creyó que esos mismos pensamientos los había tenido alguna vez, cuando era joven. Pero aquella mujer de entonces, cuyo rostro no podía recordar y cuando lo intentaba era, extrañamente, el rostro de Treshkaya, había sido su amante, había sido suya y la había dejado porque la mujer que le pertenecía y a la que pertenecía, así como siempre, también, había pertenecido él a su propio padre y a la sociedad que era dueña de todo, tenían una voluntad egoísta y diferente. "También tuve que ser egoísta. No supe tampoco ser libre" pensó.
- No se por qué hoy se me ocurrió venir temprano a ensayar. Que si no lo hago, no nos hubiéramos encontrado. ¿Siempre vienes a esta hora? - Hizo la pregunta y se dio cuenta que no sabía hacia dónde iba el viejo, o si siempre estaba vagando de tren en tren, de andén en andén sin ningún rumbo: ¿Alguna vez salía de los túneles del metropolitano? No lo sabía. "No sé nada de él" pensó entonces. "Nunca me dijo su nombre. Sólo dijo algo absurdo: Aún no me construyo uno" - ¿Por qué no sé nada de usted?
- Fue culpa mía - dijo, pero no le respondía. Hablaba para sí mismo -. Nací cuando entré por primera vez a estas galerías ocultas. Antes alguien vivía por mi: Por eso la perdí. No quisiera que volviera a suceder -. Le miró la mano, que tenía cerca de la suya y con la otra se la tomó y la posó sobra la propia cercana. Mientras ella la mantuvo, extrañada, ahí, sobre la del viejo, él miró esas manos, ensimismado, casi como si fueran ajenas, o pertenecieran al pasado, o a una rara convergencia de ambos tiempos: aquel ido y este.
- Nunca me ha dicho ni siquiera su nombre. ¿Cómo podría hacerlo, si ni siquiera sé eso? - Se preguntó a sí misma si se refería a pertenecerle, sin saber ni su nombre y pensó que se había traicionado con esa frase. Sintió miedo, pero después pensó que del mismo modo que se habían reunido, sorpresivamente, sin quererlo, tal vez era bueno que sin querer se decidiera a aceptar que se había enamorado de este viejo. Pero, además, sintió que el anciano hablaba de otra cosa y quizás no se había dado cuenta de su equivocación. ¿O no era equivocación, sino un tropiezo necesario?. Agregó entonces -: ¿Usted: Qué piensa de mi?
- Si no fuera un cobarde... - y en el interior de su pensamiento dijo: "¿Qué será de ella? ¿Quién será ahora?"
- A veces es difícil ser sincero con uno mismo... Pero si lo intenta... -. No se había dado cuenta que el viejo le había puesto su mano sobre la de él, "¿o quizás no quise darme cuenta?". Pero sintió la indecisión de él y la retiró con suavidad.
- Ya es tarde para lamentarlo. Sólo puedo intentar no cometer de nuevo un error así - dijo y levantó la vista hasta los ojos de ella. Tenía una expresión triste, o quizás melancólica, pero Kaya pensó que era tristeza y creyó que el viejo sentía que todo estaba perdido, justo cuando ella había decidido reconocer que se había enamorado de él, a pesar de todo.
- No - dijo -. No es tarde... No te sientas triste. Desde ahora podemos cambiarlo todo - y le acarició la mano que había dejado. Rrrrabanito volvió a sentir que ese contacto se transfería de una manera casi material, como si la tibieza del contacto pudiera recogerse y guardarse en un relicario.
- ¿A qué hora ensayas? - dijo sonriendo, como si fuera necesario tomar otro rumbo en la conversación.
- De verdad: Estoy atrasada, pero no quisiera irme. ¡Estamos tan bien aquí!
- ¿Te puedo esperar esta tarde?
- A lo menos me encantaría.
Sólo esperaba la hora de encontrarse en la estación de La Ópera con la bailarina, de manera que ir de una estación a otra en este o aquél tren no tenía diferencia alguna. En la línea del sur oriente subió a la máquina, distraído, y contesto vaguedades al conductor que hizo preguntas vagas, de esas que se hace cuando el silencio parece ser una falta, ya sea a la cortesía o a la imaginación. Así comentaron sobre los tejados de industrias y universidades del sector por el cual el tren pasa elevado sobre la gran avenida que hiere a la urbe desde el río hasta que pierde sus contornos en los primeros cerros cordilleranos. El anciano, en tanto, iba consigo mismo. La conversación, la gente que subía y bajaba en multitudes enajenadas en sus mundos propios, a los carros, el contorno de los edificios, los vehículos que se movían allá abajo, todo, era como el telón de fondo de sus propios pensamientos, en los que veía a Kaya bailando para él, plástica, sutil y hermosa. A ratos la veía en sus brazos y la acariciaba, en ocasiones como si fuera un pájaro de cristal que evolucionaba en torno y descendía de pronto a sus manos o a veces como si fuera una ninfa que emergiera de las aguas, pura y entregada, llena de vivacidad que exaltaba sus sentidos al tocarla y recibirla en sus brazos; entonces la veía desnuda e imaginaba su piel blanca y suave como la de un hada y sentía su pelo en la cara que lo enceguecía por un momento de manera que al volar rodeando su cabeza volvía a ver y estaban, ahora, ambos desnudos. El contacto del cuerpo de la bailarina convertida en náyade salvaje, sobre el propio era idéntico al de aquellas manos sobre la suya, que habían quedado marcadas para siempre como un ícono de las ansias de tenerla. Su propio cuerpo quedaba para siempre bendito de ese contacto de tibieza precisa, y suavidad perfecta.
- A veces los imagino como si fueran las cumbres de la cordillera, cuando se la atraviesa desde el aire - dijo el maquinista.
La pájara de cristal se fragmentó en millares de trozos que se esparcieron en inciertas cumbres y picos erizados. Dijo:
- ¿Qué?... ¿Cómo?...
- Los techos de las construcciones, los edificios...
- ¡Ah!...
Sobre las cumbres de cristal se irguió en puntas, como una sílfide, que surgiera de un lago cuya superficie fuera ondeada por la brisa permanente. A cada evolución, en cada vuelo sobre la superficie del agua brillante de luces espejeantes, sentía que aumentaba sus ansias y su deseo. Dentro del pecho sentía una suave corriente vibrátil que irradiante lo inundaba y bajaba por el vientre hasta el centro mismo de su energía. Otra vez en el clímax del baile, ambos se elevaban desnudos en medio del sonido de la brisa, encarnados en el concierto de violines de Beethoven. Ambos eran como hojas amarillas del tiempo, que flotaban sobre el agua llevada por la brisa del solo del violín en el suave allegro inicial.
Quería reír. A la vez sentía vértigo. Aunque los túneles y estaciones parecían todos iguales al pasar junto a la ventana donde se había sentado, tal vez por el vértigo y la alegría de su paisaje interior, no veía la oscuridad de la vía ni la monotonía de las estaciones, sino sus imágenes interiores en las que la ventana del moderno metropolitano se habían trocado en vieja madera noble y afuera transcurría un panorama agreste, rural y verde, donde ella bailaba paralela al movimiento del tren convertida en Odile y el viejo es el barón Rotbart que de algún modo la observa desde el tren y la señala. Dice: "Será mi prima ballerina". Pero, a la vez, el mismo viejo Rrrrabanito es el joven y hermoso Sigfrido. El joven Sigfrido desafía al viejo Rotbart, entonces ella en un jeté cae en sus brazos fuertes y él dice, elevando la voz sobre la cadencia del tren convertido en músicas: "Será mía" de manera que el tutú negro de Odile se trueca por el plumaje blanco de Odette y ambos ríen. Sentada en el asiento plástico del carro del metro Kaya dejó escapar una risa suave, ajena al bramido del tren y a los silencios ensimismados de los pasajeros. No le importó. Algo en su interior, que no alcanzaba a ser una voz, sino quizás unas notas musicales o el fulgor luminoso del reflejo del lago, le decía: "¡Feliz!" y "Sí; ¡lo amo! y qué importa" y era como si el vértigo la llevara más rápido que la velocidad propia del tren. Quería salir y bailar, como si su voluntad diera órdenes a sus miembros y estos quisieran ejecutarlas en un baile amplio y alegre, pero estuvieran atados por la presencia de quienes viajaban en el tren, estáticos y atentos a su comportamiento.
Amarillo rojizos, recostados sobre la suave corriente que la brisa hacía sobre la superficie espejada y trémula del agua, como hojas de otoño, evolucionaban por el larghetto dejándose llevar desnudas, en el flujo que los arrastraba con placer, sin prisa: Suave, acelerado, circular, y luego lento, tranquilo en el agudo del violín. Se acariciaba una y otra hoja, convertidas en cuerpos que se tocan tibios y se esfuman desde su propia materia, convertidos en una especie de líquido placer de color sepia en la plata del agua.- Otra vez hundirse en la oscuridad.
- ¿Oscuridad? - dijo en medio de los reflejos de luz en el agua que purificaba las hojas unidas, abrazadas en la superficie.
- Otra vez se mete bajo tierra... el tren - contestó, al verlo distraído. - ¿En qué va pensando? - se atrevió a preguntar.
Sacudió una mano, en un gesto que podía significar que no tenía importancia, o también que apartaba al otro de sus pensamientos, para no contaminarlos. Pero al entrar en ellos otra vez, concluía el larghetto de manera abrupta, como si hubiera sido suspendido a la fuerza. El rondó con su ciclo: arriba, abajo, arriba, arriba, arriba, abajo, abajo, y agudo y todo otra vez hasta un nuevo clímax, elevó las hojas amarillas, convertidas en un abrazo ansioso en que se fundían los cuerpos de la bailarina y el suyo. Cerró los ojos y la música fue casi real al interior del pensamiento y el deseo se convirtió en imágenes de sueño culminante y casi tangibles. Finalmente abrió los ojos y dijo:
- Nada... Sólo recordaba los violines.
- ¿Aficionado a la música clásica?
- También.
Bailó sintiendo una alegría inmensa de manera que los pasos, las figuras parecían ir adelantadas a su impulso, como si ella misma hubiera sido, no sólo más liviana, sino que su impulso tuviera más bríos. Quería terminar luego para ir a juntarse con el viejo y en su pensamiento las imágenes del futuro encuentro se superponían con las del baile que iba ejecutando. Por fin terminaron los ensayos, las presentaciones, pero no la ansiedad. Corrió a la estación de La Ópera con la imagen del abrazo con que la recibiría Rrrrabanito y cómo ella misma se lanzaría a su cuello. Casi podía sentir en su torso la tensión de los brazos del anciano y el contacto de su cuerpo grueso y grande en su pecho, la aspereza de su barba en la mejilla y la fuerza que la alzaba del suelo como si fuera su deseado compañero de danza. Lo vio desde lo alto de las escaleras, paseando en el andén, con las manos enlazadas en la espalda y mirando las baldosas del suelo. Bajó brincando de a tres escalones y corrió a su encuentro. El viejo sorprendido, salió de sus cavilaciones, en las que las dudas lo atormentaban desde distintos flancos. "Sólo es un sueño equivocado" se decía, "una joven llena de vida nunca se va enamorar de un viejo". Se imaginaba a sí mismo, con su escasa energía, intentando satisfacer a una mujer plena, deseosa de vitalidad y fuerza que el no lograba acopiar. Se veía frustrando a esa mujer tan deseada, con un deseo imposible de acceder. Se veía buscando energías que no tenía, agobiado físicamente por la imposibilidad, quizás recurriendo a trucos que sólo pondrían en evidencia la distancia entre su ansiedad intelectual y su potencia real, y entre su deseo y el de ella, trocado en desilusión. "No quiero correr esos riesgos" se decía y se imaginaba acostado junto a ella, laxo, rendido y avergonzado: Incapacitado y disminuido.
Ella corrió hacia él con el rostro iluminado y los brazos abiertos, como si fuera la pájara del triunfo que volaba al ras a capturar a su presa desprevenida. Abrió, a su vez los brazos, lleno de sorpresa y la recibió, trastabillando hacia atrás. Ella se colgó de su cuello de un salto y le plantó un beso en los labios, que el viejo recibió con asombro. Sólo atinó a decir: "¡Perdón! no quise hacerlo", como si la iniciativa hubiera sido suya y le limpió los labios con el dedo pulgar, lleno de vergüenza. Kaya se ruborizó a la vez que sentía una corriente fría que le bajaba desde los hombros, por la espalda y le penetraba en el corazón. Se separó de él y dijo, casi en silencio: "Soy una tonta...". Pensó que había estado todo el tiempo equivocada y se dijo: "Por supuesto, él me ve como una niñita, algo como su hija, que lo llena de ternura, pero jamás me ha visto como una mujer. ¡Si podría ser mi padre!".
- Estaba tan contenta de volver a... Perdona no... Me equivoqué. Pero te quiero... ¿sabes? Quisiera que me entendieras. Soy una estúpida... Creí...
- No. No. No te culpes. Es que no lo esperaba. Nunca creí que tú quisieras besarme. Pensaba que quizás me vieras como un anciano. No sé. Como tu papá, tal vez... - y se acercó para tomarla de los brazos y acercarla; pero el momento mágico había pasado. Lo habían perdido.
Ella, tensa, se resistió, aunque al fin cedió, pero con la vista baja y el pensamiento repleto de imágenes oscuras, donde el viejo era otra vez un anciano de chaqueta arrugada, con los bolsillos repletos de papeles inútiles, todo sobre un vientre abultado y un poto grueso y plano, que en un todo recordaba a un zapallo. Sus manos nudosas y acartonadas ya no eran atractivas, sino que recordaban el cuero de algún animal áspero, lo mismo que su cara triste en la que tendían a perderse los ojos llenos de fracaso. De pronto había dejado de ser Rotbart y Sigfrido y se había transformado en el anciano al que había tenido que auxiliar en la cola para la compra de la tarjeta del metro.
Como si todo el derrumbe del ánimo de ella hubiera sido un fluido material que lo empapaba, se sintió inundado del mismo fracaso. Intentando revertirlo la atrajo hacia sí, casi con fuerza para vencer su resistencia y la estrechó. Dijo:
- Soy un viejo y tú eres una joven preciosa. Al menos me confundes... Haces que sea como el más tonto de los niños. No sabes como deseo besarte y llegar a quemarte como si tuviera todo el fuego que mereces. ¡La cagué! - y como ella no lo miraba y mantenía sus brazos colgando, vencidos, entonces atrajo su cabeza hasta hacerla descansar sobre su pecho y acarició su pelo como si fuera una niña. Así lo sintió ella con inconmensurable tristeza.


Kepa Uriberri

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