Siempre muerto Entra al consultorio, la sala de espera, algo sucia, está llena. Al fondo hay una ventanilla sin nadie. Espera largo rato. Detrás, pasan mujeres gordas, vestidas de blanco, con gestos ausentes. "¡Buenos días!" dice, pero no le contestan. Tampoco la miran. De pronto, con un zumbido, se abre al fondo una puerta grande, una mujer de aspecto hosco se asoma y grita un número. Ella se acerca: "¡Buenos días!" dice, "sólo necesito la píldora del día después; ¿Cómo lo hago?". La persona que tiene el número anunciado se acerca, también. Su mirada da la idea de súplica. La funcionaria observa con desprecio a la que consulta, la evalúa, piensa: "¿Por qué no irá a una farmacia a comprarla? Se ve que plata: ¡Tiene!". Pregunta, pero a la vez instruye: "¿Sacó número?" y muestra el dispensador de turnos cerca de la ventanilla donde nadie atiende. "No" dice con tono de disculpas. "Tiene que tomar número y esperar que la llamen" y desaparece con la paciente de mirada suplicante, sin responder a la pregunta que la otra le hiciera. Hay uno al que se llama el mundo interior. No es el mismo que el mundo interno; este es orgánico y misterioso. En este mundo protegido, casi autónomo, se está desarrollando un proceso duplicador. Aquel ser, cuyo impulso vital fue formado de la compulsión necesaria de dos seres diferentes, fundidos en uno, va duplicando su ser, particionando su cuerpo en sí mismo. Dicha partición no lo divide, sino por el contrario, lo multiplica, en un puñado que es un sólo ser de la misma condición que sus progenitores, aun cuando diferentes. En este trance va adquiriendo formas: ¿Miembros? ¿Cabeza? ¿Órganos?. Pero no conciencia ni conocimientos, ¿O sí? Quizás mínimos, incipientes, pero en algún momento comienza a oír. Oye el tom, tom, tom de su propio corazón recién formado, o el de su huésped; también otros ruidos orgánicos gratos para él. Quizás ya comience a enlazar, a establecer cadenas incipientes de raciocinio. Nadie puede recordarlo. El recuerdo aún no se le ha dado. Su memoria es breve. Se concentra en crecer vertiginosamente, doblando, doblando su ser esencial. No repara en daño o peligro, está en el estado de máxima protección con tal que tenga una cierta capacidad básica, mínima, que lo valide. Le hicieron un revisión rápida y una encuesta. Tuvo la sensación que era más importante la encuesta que el resultado de la revisión. De ésta sólo derivó una orden para hacerse una variedad de exámenes clínicos posteriores: "¿Cuándo fue su último Papanicolau?" preguntó la doctora (¿O era una matrona? Para el caso no le importaba demasiado). No lo recordaba bien: Mintió. "Espere diez días después que le llegue, con el Levonorgestrel, y se lo viene a hacer. Deje la hora pedida". Le preguntaron si había sido violada, o si se había roto el condón, si usaba algún anticonceptivo, dispositivo intrauterino, cantidad de hijos, si era casada o soltera y muchas otras cosas que contestó con cierta sorna, pensando que su destino no era médico sino político. Finalmente le dieron una orden de requisición, que debía presentar en la ventanilla cuando la llamaran. Una mujer gorda, de uniforme blanco, de aspecto algo sucio asomó a la ventanilla, después de mucho esperar, y gritó su nombre, que leyó en un papel. Verificó los datos, estampó un timbre, rayó encima un garabato ilegible y se fue sin decir nada. Volvió a aparecer pasados unos minutos con la copia de un formulario que le entregó y una caja demasiado grande para el estampado metálico con dos cápsulas del interior. Mostró la caja blanca con verde que a la mujer le pareció casi un emblema, quizás una bandera de lucha concentrada en cartulina y con un gesto rayano en la amenaza, dijo: "Se toma una cuando llegue a su casa y veinticuatro horas después se toma la otra. ¡No antes!" y estremeció la caja. Hizo un breve silencio, quizás para separar conceptos y agregó: "Puede sentir náuseas, tener vómitos, espasmos y dolores. Sólo si tiene hemorragia intensa vuelve a control. Si no; no es necesario. ¿Entiende?" y volvió a estremecer la cajita, que la otra vio como si la bandera de lucha flameara libre. Afirmó con la cabeza. Con un gesto que no alcanzaba a ser de amenaza, pero que podía resultar de advertencia o admonición, en especial por los labios muy apretados, la gorda de blanco le entregó la caja con dos dosis de setecientos cincuenta microgramos de levonorgestrel, sobre ella, en verde, decía: "Postinor 2". La mujer pasó, de vuelta a su casa, por un restorancito pequeño, donde sólo servían en la barra. Era apenas algo más que un kiosco. Pidió una bebida con gas de color oscuro y abrió la caja. Sacó ambas cápsulas de color verde y blanco y guardó en su cartera los envases. Se sintió agitada, pero decidida. Miró las cápsulas en su mano, las empuñó con decisión y pensó, tal vez nada más que para darse ánimo, o es posible que lo creyera firmemente: "¡Tengo derecho!". Se sirvió el vaso colmado con el líquido negro y espumeante y con un movimiento decidido, algo desafiante, se echó ambas cápsulas a la boca. Bebió como un camello después de atravesar el desierto, hasta secar el vaso. Vertió el resto de la lata y lo tragó del mismo modo. Pagó y se fue. La dependiente, al recibir el pago le hizo un gesto, levantando las cejas y abriendo mucho los ojos. Es posible que quisiera decir: "¡Qué bruta! ¡Cuánto apuro!". Un centenar de metros más allá, la mujer se detuvo junto a un basurero. Dejó escapar un flato mientras escarbaba su cartera y luego otro, sonoro como un desprecio, después de arrojar el envase vacío del Postinor 2. Cuando llegó, cerca de una hora después, a su casa, se tiró de espaldas en la cama. No se sentía bien. "Es posible que sólo sea nervioso", se dijo. Suaves contracciones primero, que fueron transformándose en espasmos dolorosos, acompañados de náuseas, atacaron la matriz donde se alojaba aquel ser nuevo, que no tiene capacidad de reflejar una imagen de sí mismo. ¿Qué es?: ¿Un parásito?. Sí. En gran medida es como un parásito que se aferra al sustento que su huésped otorga, y se ampara en ella para su desarrollo. Pero un parásito es de naturaleza y origen diferente a su huésped: ¿Qué es, entonces? Se dice que el levonorgestrel engrosa y fortalece la mucosa de la matriz de la madre, para impedir el alojamiento del nuevo ente, que finalmente es expulsado. Si ya está anidado, el efecto compulsivo podría desgarrar al ente recién adherido a la matriz, siendo, del mismo modo, por su debilidad propia, desalojado. Pero si no se ha producido la unión el levonorgestrel evita la penetración de un ser de origen masculino en el otro, femenino. En este caso no llega a existir el nuevo ente, producto de aquella fusión, que comienza el proceso de la vida humana, sólo será, entonces, un procedimiento para evitarla. El puñado de células alojadas, en todo caso, no tiene sensibilidad, ni manera de sentir dolor, o peligro, ni puede desarrollar angustia o tomar decisiones. Sería como un hombre encerrado en un cofre bien aislado, que podría tener la capacidad de imaginar peligros, pero si no oye las advertencias, si no las ve, si no recibe señal alguna en su aislamiento, que le dé indicios del mundo exterior, podría estar en un océano tormentoso que lo esté conduciendo a una muerte segura, o en medio de unvoraz incendio; ignorante de su futuro. Eso es el embrión humano, incrustado en la pared de la matriz de su madre: Indefenso e incapaz. ¿Es por eso, menos humano?. ¿Perdería humanidad el hombre en el cofre, arrojado al océano o al fuego?. En el útero de la mujer, de algún modo, estaba todo esto en discusión, sólo que tal vez la sentencia sería dictada por el destino. El destino que tiene que ser, y es, la única verdad. Se recogió sobre un almohadón oprimiendo el vientre y transpiró hielo durante horas, hasta que perdió la conciencia, lentamente. Soñó con la culpa. Veía a su pareja en la semioscuridad; no alcanzaba a percibir sus rasgos, tampoco la forma de la cara, sino una silueta difusa, imposible de identificar, pero sin duda ninguna era él. Decía: "Tú sabes que lo quería; era mi hijo". Su voz no se oía, pero lo escuchaba claramente. Sin embargo no podía ser, porque no lo sabía y a pesar de eso, su sombra lo repetía, sin enojo, con dolor: "Tú sabes que lo quería; era mi hijo" y su voz no era, como cualquiera hubiera esperado, un susurro, sino como una canción. Era el estribillo de una canción de moda que la sombra cantaba sin cesar, como esas canciones odiosas y pegajosas: "Tú sabes que lo quería; era mi hijo". Despertó helada, cuando ya comenzaba esa oscuridad tenue del otoño que no se decide a entrar del todo. Tenía la cabeza empapada, también la espalda. Las ropas se le pegaban al cuerpo como cuando hace mucho calor, pero la transpiración era fría. Sintió húmeda la entrepierna. No mojada; sólo húmeda. No era hemorragia, era transpiración sucia, fría. Se levantó y se fue al baño. Sentía el vientre adolorido, como con las primeras menstruaciones sorpresivas, cuando parecía que había un río que quería saltar, pero el dolor lo atajaba. Una quería que al fin estallara, para que viniera el alivio, pero cuando lo hacía, era todavía peor, aun más doloroso. Se sacó los calzones y se sentó en el retrete, se doblo con los brazos oprimiendo el bajo vientre. Sintió un calor que manaba de su interior, terrible, doloroso. Dijo con esperanzas: "¡Qué alivio! Ya va a pasar". Pero no fue cierto. Tres gotas rojas se diluyeron en preciosas formas aleatorias en el agua del fondo. ¡No más!. Soltó todos los músculos hasta que el dolor se hizo conocido y se quedó ahí, con él, enroscada sobre él, oprimiéndolo con los brazos. Recordó su sueño y le habló al dolor: "Al menos tu papá será feliz". Los días pasaron, pero no le llegó. Los dolores, las contracciones cedieron. Echó cuentas y calculó que llevaba cuatro semanas enteras de atraso. Volvió al consultorio para hacerse los exámenes. "Tiene siete semanas", oyó con resignación, pero no le dio importancia a la sentencia de la ginecóloga: "Me preocupa el resultado del Papanicolau" y la dejó citada a control para diez días después. Se fue caminando lento de vuelta a su casa. El mundo estaba ahí pero no tenía importancia ninguna. Algo vacío le pesaba como hierro puro. Se imaginaba otra vez agobiada por el nuevo hijo, empobrecida por la merma de ingresos, abusada por las necesidades de toda la familia: No deseaba este hijo. Casi lo aborrecía más, al saber que haría la felicidad de su pareja. Todo ese mundo que iba, en su entorno, de luces a sombras, y en el tiempo de verdes a amarillos, a tierras, a hojarascas, a ventiscas, le parecía hecho para los demás, no para ella. Pasaban los niños corriendo, escapados de la mano de sus madres, las parejas enlazadas, sonriendo a la brisa, pájaros sin rumbo, flotando hacia ninguna parte, hombres que se apresuraban a llegar, mujeres que los esperaban: Nada era para ella. Al llegar a casa su pareja la abrazó. Le dijo alegre: "¡Resultó el negocio de la Esperanza Grande. Me gané un millón!". Sin entusiasmo lo felicitó:- Me alegro. Vamos a pagar algunas deudas. - ¡Si! También voy a aprovechar de comprarme un computador nuevo. Este se lo podemos dejar a las niñas. - No es necesario. Para qué comprar otro computador, este está bien y es tan caro comprar otro. - ¡Oye!: ¡Entiende!; me gané un millón. - Pero así no te va a durar nada. Y tenís que juntar plata pa tu hijo - le respondió como si lo escupiera. - ¿Cómo? ¿Qué hijo?... ¿Por qué? - Estoy embarazada... - ¡Pero putas que erís huevona! ¡Cómo se te ocurre preñarte justo ahora! - Bueno; yo tampoco quería, pero así resultó no más. Además no me embaracé sola. ¡Vos también tenís la culpa!. Y no me vengái con que no querías un hijo que fuera tuyo. - Sí. Está bien, pero no justo ahora que voy a tener un poco de plata y se la va a llevar toda. Ella se repitió: "justo ahora". Nunca dejaba de ser, siempre, una carga para ella. Embarazada iba a tener menos trabajo, menos ingresos y cuando se acabaran los beneficios maternales la iban a despedir. ¿Quién iba a mantener la casa, entonces?. "¡Maldita sea! no quiero este niño" se dijo. Miró a su pareja y su rara desilusión: Quería al hijo, pero no quería pagar por él. Por otro lado se miró a sí misma: Necesitaba un hombre y este le acomodaba, porque dependía de ella. Además era bien plantado, y bien hombre aunque fuera un inútil. Le gustaba su estampa, su humor y su desempeño en el sexo: Era un macho comprado. Así lo vio siempre. Cuando hablaba de tener un hijo, le sacaba el cuerpo, le cambiaba el tema, se reía: "Cuando tengái plata, poh" le decía. "Estoy en eso. Tengo un negocio casi listo con la gente de la Esperanza Grande" decía. Pero nunca cristalizaba el negocio. Era como el nombre de la empresa: Una pura ilusión. El otro, el silente, sólo seguía trabajosamente su tactismo: Duplicar, seleccionar, replegar, imbuir, replegar, seleccionar, duplicar, tactismos, tactismos ancestrales, creados y probados lentamente en la naturaleza de barro, con ese soplo que lo hacía procedimiento vital, del agua y la materia, del agua donde alguna vez sólo flotaba el gran demiurgo que hizo estallar la luz y el limo disuelto en ella, que prosperó en el ensayo y en el error, en lo bueno y lo descartable. Pero ese ser mínimo y silencioso, nada más tenía una sola oportunidad de cumplir su misión: Triunfo o fracaso. No tenía enmienda; era único en sí mismo y su propia obra. Si erraba, cargaría siempre el peso del error, que jamás dejaría de acompañarlo. Su huésped, en cambio, podía volver a intentarlo, podía decidir, y se le reconocía tácitamente el derecho, a negarse, a no intentarlo, a desechar y ante el error, siempre tendría otras oportunidades. Su huésped podía preguntar y ser preguntada; recibir respuesta o responder. Él, ese silencioso proceso de pliegue y repliegue, de doble o nada de intento único ni siquiera estaba dotado de entendimiento. Sólo de hacer y si de hacer tenía éxito y si todo en su entorno le era amable, incluso las respuestas de su huésped, quizás un día se llamara niño, o mi niño, y su huésped ya no lo sería, y el no sería un parásito y tendría vida y algún derecho. ¡Pero había tanto en juego! ¡Ni siquiera tenía un millón! Tampoco una Esperanza Grande; y ya había cometido un error. El médico estudió los exámenes una y otra vez. Ella estudiaba la expresión del médico. Quizás todo paciente hace lo mismo; más aún si aquél repasa y pondera silencioso los papeles, induciendo en ella la sospecha. En varios momentos estuvo por preguntar si todo estaba bien, si no había algún problema, pero por cobardía no lo hizo. - Bueno chiquilla -; dijo al fin, - vamos a lo nuestro, a la ecografía, para que conozcamos a tu niño, pues. A ella, algo no le gustaba. No sabía qué era, no sabía qué sospechaba, pero imaginó que el médico ocultaba algo. - Síííí... - dijo el médico, alargando la "í", - bueno chiquilla, esta es tu guagüita - y le mostró, haciendo un círculo con su dedo, más o menos vago, sobre la pantalla del aparato. - Ya tienes unas ocho o nueve semanas de embarazo, pues - afirmó, y extrañamente preguntó: - ¿Viniste sola, chiquilla?. - Sí, doctor. - Comprendo..., ¿eres casada? - No, doctor, pero tengo pareja. - ¿Es el padre de este niño? - Sí, doctor -, respondió y pensó que la pregunta encerraba cierta insolencia desagradable, que ponía, de alguna manera, en tela de juicio su honra. Sintió alguna antipatía por el médico, a la vez que en su interior profundo, algo dijo que la paternidad era en todo caso bastante nominal. Creía que su pareja no tenía suficiente responsabilidad como para merecer con propiedad el título completo de "el padre de este niño". No era discutible su paternidad física. La paternidad emocional ni siquiera la conocía: Sospechaba que podía ser precaria; pero la paternidad responsable era muy dudosa. El médico, sin embargo, no le dio más importancia al tema y se concentró en la imagen en pantalla. Le mostró varias protuberancias de el que se suponía era su hijo y dijo que eran los pies, los brazos, este lado sería el pecho, este otro la espalda. Todo de manera vaga y fría, sin el entusiasmo que solía compartir un médico con su paciente en estos casos. - ¿Es niño o niña? - preguntó ella. - Todavía no podemos saberlo -. Hizo un silencio largo - Así es que me gustaría hacerte una nueva ecografía el martes o cuando puedas venir con tu pareja, pues chiquilla. Ella pensó que debía alarmarse. No deseaba este hijo, ni menos si tenía problemas. Preguntó: - ¿Tiene algún problema mi guagua? - y en ese momento se sorprendió a sí misma del posesivo usado: Era primera vez que pensaba en su embarazo como un ser nuevo y propio. ¿Era por el sentido instintivo de peligro? - No pienses esas cosas. Ven el martes con tu pareja y conversamos los cuatro. - ¿Cómo los cuatro? - ¿Tu niño? - dijo el médico y se alejó hacia el escritorio. Todo el resto del día estuvo distraída en el taller. Le preocupaba que el médico la hubiera citado con alguien más. Algo no estaba bien. Trataba de concentrarse en el trabajo, pero siempre, como un pájaro que flotara alto en el cielo, aparecía la idea: Algo no está bien. De repente sintió una especie de rubor, y como si una corriente eléctrica instantánea la traspasara: "¡Es mongólico!" pensó. En unos cuantos segundos repasó un pronóstico atroz para su vida: No volvería a trabajar más. Viviría la vida dedicada a cuidar a un ser impedido, que no podría, jamás, valerse a sí mismo. Imaginó a su pareja diciendo: "¡No!. Yo no tengo hijos mongos. Este es hijo tuyo; no mío" después la abandonaría. "¡Pal caso!" pensó con despecho anticipado, "el tipo es un inútil. ¡Que se vaya a la cresta con su millón de la Esperanza Grande!". Al final llegaba siempre a la misma conclusión: "Odio a este niño, odio estar preñada". Y sin embargo, al fondo de su ser, quizás su conciencia, la hacía odiar este sentimiento egoísta y decía: "¿Y qué culpa tiene? Él es inocente. Sólo quiere una oportunidad". Intentaba trabajar, a pesar del peso que sentía, de todas las culpas, de todos los presagios que le apretaban el pecho, para olvidar. "Ahora no puedo arreglar nada" pensaba, "tengo que esperar. Algo bueno tendrá que pasar". Así lograba distraerse un momento, pero luego venía la otra oleada y volvía a odiar a su pareja que la había preñado, se odiaba a sí misma por dejarse preñar y sobre todo odiaba al fruto de ese error que le coartaba todas las libertades, e imaginaba soluciones para deshacerse de él. Se sentía perversa, de sólo pensar en eso, y se justificaba diciendo: "Es mi derecho, pues; ¿Acaso no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo?". Con eso sentía un falso alivio. Nunca se había visto en esta encrucijada y cuando la juzgaba en otras mujeres lo veía como algo sencillo. Se llamaba derechos reproductivos, derechos de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, y otros conceptos tan usados en las discusiones de sobremesa, de televisión, de revistas y diarios, sin un niño real y sobre deberes y derechos de otras mujeres. "Pero es mi hijo, es una persona que depende de mi; indefensa" reflexionó y sintió un golpe de ira. "¡Putas! ¡lo odio! ¡lo odio! ¡lo odio! ¿Por qué tiene que hacerme esto? ¡Huevón puta! ¡Puta! ¡Putas!" se dijo rechinando los dientes.Una simbiosis se produce cuando dos seres, diferentes e independientes uno de otro, se unen en un sólo mecanismo, para mutuo beneficio. Una madre y su hijo no se benefician mutuamente; ella no se beneficia. No se unen por una cuestión de intercambio de intereses y por tanto no hay en ellos una simbiosis. El hijo es un amparado. Lo es desde su gestación hasta el parto. No obstante, una vez parido se dice que es autosuficiente, o viable, pero el amparo continuará, necesariamente, mucho más allá y el niño no será realmente viable por sí mismo hasta entonces. Solo, moriría. Pero, como quiera que sea, el último destino de todo ser vivo, es la muerte: ¿Se nace para la muerte? o ¿Se nace para cualquier proceso anterior?. Más aún: ¿Se gesta para el proceso que conduce, sin alternativa a la muerte? o ¿Se es creado para morir?. Si la vida no comienza para culminar en su destino final: la muerte; entonces su razón sería la propia vida, el proceso entre sus extremos. En ese proceso se esmeraba aquel ser, que no era parte de una simbiosis. Cumplía con intensidad su destino impuesto, expuesto a errores que no se le permitía enmendar, justificar ni discutir. Debía continuar, continuar como única recompensa a la persistencia de ser. Por otra parte, todo juicio y valor humano nace del raciocinio, que sólo aparece junto al uso del lenguaje; es decir, es muy posterior al proceso de este ser en desarrollo. Si es así, ¿cómo puede juzgar algo cuya realidad precede y por lo tanto ignora, y cuya naturaleza ética, valórica y moral desconoce? En fin, cómo alzar la voz de quien no la tiene y fue creado sin ella. Sólo es posible saber que continúa su proceso irrenunciable, sin destino cierto. Venía cargado con cajas que fue bajando del taxi y metiendo en la casa. Ella se quedó sorprendida observando su actividad. Finalmente él dijo: - ¡Ya! Ahora vamos a ver donde lo ponemos. O mejor, donde le ponemos el otro a las niñas. - ¿Qué, mierdas, es esto? - El computador nuevo que me compré, pues - y lo mostró con infantil alegría extendiendo las manos hacia todas las cajas, plenas de colores que sugerían dinámica, velocidad, potencia sublime y, precisión de sonido e imagen. - Pero ¿Cómo? Si todavía no has hecho, ni siquiera, el trabajo. ¿Son tan idiotas que te pagaron anticipado? - ¡Tai más tonta! Lo pagué con tu cuenta en la tienda, pues. - ¿Pero cómo? ¿Cómo usaste mi cuenta sin autorización? ¿Cómo autorizaron el uso de mi cuenta sin preguntarme? - ¡Putas! porque dije que erai mi mujer y les di todos los datos. ¿Cómo iba a ser si no? - Es que es un robo. Yo no te di permiso para usar mi cuenta y no entiendo cómo te autorizaron - gesticulaba furiosa. - Vas a tener que devolver todo eso. Yo no lo voy a pagar... - ¿Y quién dijo que lo ibas a pagar? Lo voy a pagar yo. Pa eso tengo el millón de la Esperanza Grande, ¿entendís?. - ¿Y por qué no lo pagaste con ese millón, entonces? - Bueno, porque todavía no me lo pagan, pero es un hecho, ¿te dai cuenta? No estoy usando tu plata. Estoy usando la mía: ¡Mía! ¿entendiste?. Cuando te cobren: Yo voy a pagar, porque entonces voy a tener la plata. Sintió rabia. Llevaba a cuestas un problema enorme y necesitaba de su apoyo, pero en vez, el le usaba la plata, con cargo a ilusiones futuras. "Ahora no quiero decirle nada; tengo otras preocupaciones" pensó, pero su voz interior le decía que temía decirle que era un abuso, si lo hacía él le reprocharía su embarazo. "Voy a tener que soportar que instale su juguete nuevo. ¡Puto niño!". El médico los miró, largo rato, casi sonriendo, con un gesto de suave tensión en los labios, que convertía su casi sonrisa en algo falso, frío. Movía suavemente la cabeza de arriba a abajo, mientras paseaba la vista de uno a otro. Dijo: - ¡Bueno! ¡bueno! ¡bueno!. ¡Qué bueno!, ¡qué bueno que estemos todos juntos! Los dos lo miraban con expectación. Dijo ella: - Él es mi pareja - y sonrió con una expresión un poco boba, o quizás incómoda. - Muy bien pues. Me parece muy bien - y levantó unos papeles que tenía delante. Los miró como si eso fuera algo del todo necesario, aun cuando sabía que no. Lo que tenía que decir lo sabía de memoria. ¿Cómo decirlo?, no estaba escrito, tampoco, ahí. Después de una pausa continuó: - Bueno; el Papanicolau que te hiciste está un poco alterado, chiquilla. No es para alarmarse, pero te vamos a tener que controlar más frecuentemente. ¿Comprendes?. Ella pensó que aquello quería decir cáncer y clavó la vista en el médico, a la espera de su sinceridad. Él sostuvo la mirada en silencio, un momento y dijo: - ¿Alguna pregunta? - ¿Es cáncer? - No. No podría decir eso -. Miró al hombre que se veía atónito, como golpeado, junto a su pareja. - ¿Podría decir que no es cáncer? - insistió ella en un tono que dibujaba cierta agresión. - Bueno... No. Tampoco podría decirlo definitivamente. Para tener claridad habría que hacer algunos exámenes que no se recomiendan durante el embarazo. - ¿Significa que cuando sea posible tener certeza podría ser demasiado tarde? - No lo creo - dijo el médico, pero alargó demasiado el sonido de la "N", de manera que a ella le pareció que mentía. El otro buscó refugio en la mirada, ahora llena de preocupación y quizás de un dejo de emoción, del hombre. - Por eso la vamos a controlar con más frecuencia y podremos tomar las decisiones necesarias. Por ahora me interesa hacer una ecografía más profunda: Para eso la cité hoy - concluyó, y llamó a la enfermera. "Prepárela para una ecografía vaginal" le instruyó. Cuando quedó solo con el hombre, el médico lo observó durante un rato incómodo, mientras intentaba interpretar sus sentimientos. Creyó que estaba sinceramente afectado. Dijo: - Bueno; lo más importante es la guagüita. ¿Tienen otros niños? - Sí. Bueno, no. Ella tiene dos niñas, pero no son hijas mías. - ¿Y usted tiene más hijos? Negó con la cabeza. El médico creyó ver cierta emoción en la mirada y en la respuesta silenciosa. Le pareció que los ojos del hombre estaban húmedos. - Entonces vamos a conocer a este - dijo, tratando de proyectar entusiasmo, que él mismo juzgó falso. Maniobró durante bastante rato el instrumento, con aire concentrado; quizás hasta cinco minutos. Finalmente, como si respondiera en voz alta una pregunta que se hubiera estado haciendo en silencio, durante todo ese tiempo dijo cortante: - ¡Sí! - Tomó un puntero y comenzó a señalar con precisión sobre la pantalla del artefacto: - Este es su hijo, o hija. Aún no podemos saber el sexo - rodeando una figura que parecía una especie de renacuajo, flotando en la nada, colgado de su larga cola. Lo señaló y dijo: -Este es el cordón umbilical. Hacia este lado están las piernas, aquí; ¿ven? - señaló con el puntero. - Estos son los brazos. ¿Se dan cuenta?. - No le veo la cabeza - observó el padre - ¿Dónde está?. El médico hizo un silencio, quitando la vista de la pantalla y bajando el puntero. Se quedó mirando los mandos del artefacto y golpeó suavemente sobre alguno, con su dedo cordial. La mujer lo miraba atenta, como si esperara con ansias la respuesta. Pensó: "Este imbécil es un mentiroso; algo esconde" y comenzó a sentir una rabia incipiente, por el posible engaño. - Bueno; el feto comienza a desarrollarse y mientras lo hace es primero como una pequeña pelotilla. Después parece aplastarse y luego, cerca de las dos o tres semanas comienza a replegarse y se forma un tubo con la espina dorsal y el cerebro en un extremo, como si fuera una porra. No se sabe bien por qué, a veces, ese tubo no se cierra totalmente en los extremos y en la porra donde se forma el cerebro, la maduración se retarda o incluso se detiene. Es un fenómeno que se llama anencefalia. Todo el desarrollo continúa, excepto el del cerebro y el sistema nervioso. Miró a la mujer y vio un gesto reactivo, agresivo, sospechoso, aunque permanecía en silencio. El hombre, en cambio, mostraba sorpresa atónita, incrédula; como si no entendiera la razón por la que el médico hablaba de ésto. Ella preguntó taxativa: - ¿Significa que es mongólico? - No. No. De ningún modo. - ¿Retrasado? ¿Idiota? ¿Qué? El médico observó que la expresión del hombre había cambiado, como si después de estar en plena oscuridad, abrieran de pronto las cortinas y se viera, entonces, el horror de la realidad. Su cara, ahora, reflejaba congoja. Otra vez el médico creyó ver ese brillo húmedo en sus ojos. - No tiene encéfalo - dijo, esforzándose por mantener un tono absolutamente neutro. - No hay calota craneal, sólo rasgos blandos sobre la piel: Ojos, nariz, oídos... - ¿Y qué habría que hacer, entonces? - preguntó ella. El médico movió lentamente la cabeza de uno a otro lado. - Nada - dijo por fin. - No va a sobrevivir. Puede morir en cualquier instante del embarazo, o incluso podría nacer normalmente y morir después de unas pocas horas. Nunca sobreviviría fuera del útero materno. Ella miró al médico. Sentía, ahora, una rabia sorda contra él, como si el hacer la revelación que había hecho fuera la causa de la desgracia que caía sobre ella. Si la libertad hubiera sido algo definitivo y total, se habría abalanzado en ese instante sobre éste, rugiendo su ira y lo habría destrozado con sus propias manos: "¡Te odio, huevón! ¡Te odio!", pensó apretando los dientes. No obstante en ese momento pasó una luz por el centro de su pensamiento: "No era viable; no viviría. Entonces, ¿por qué no hacer un aborto, si era lo mismo que sacarse un tumor muerto? Además si tengo cáncer, la cuestión es la vida de la madre contra un muerto vivo: un bofe". Así lo dijo, casi como una imposición: - Es decir, hay que hacer un aborto de inmediato. El médico percibió la resolución de ella, pero desvió la vista hacia su pareja. Notó que tenía los ojos enrojecidos y húmedos. Los abría de modo desmesurado para evitar que la humedad acumulada rodara por sus mejillas. - ¿Por qué un aborto, si es mi hijo? - dijo con esfuerzo. El médico negó con la cabeza. Dijo: - No es posible hacer un aborto. - ¿Por qué no? Si ya está prácticamente muerto. Y si tengo cáncer soy yo o él. Yo opto por mi. Él no puede vivir: Usted lo dijo - el tono que empleaba era taxativo, imperioso. - Para ti es fácil porque tienes dos hijas; pero para mí, es mi único hijo - intervino el hombre, de modo apenas audible. El médico pensó que levantaba la voz por temor a ser desbordado por la emoción que venía conteniendo desde hacía rato. - ¡Es un engendro abominable; huevón! ¡Entiende!. ¿No te dai cuenta que me está carcomiendo por dentro? ¿Eres tan egoísta que no te das cuenta?: Voy a morir de cáncer. El médico alzó las manos para pedir cordura. - A ver - dijo, - No es posible hacerte un aborto, chiquilla - su voz se tornó suave y arrulladora; tomó ese modo tan médico, tan suave, que impone respeto por la serenidad de sus palabras. - El médico debe dar vida, no quitarla, ¿comprendes?. Por otro lado, la ley no permite el aborto bajo ninguna circunstancia. - ¿Y si hay que optar entre la vida de la madre y del hijo? Volvió a alzar las manos y sacudió la cabeza: - Bajo ninguna circunstancia se puede realizar un aborto. - Pero es una estupidez. Yo no quiero esperar. No quiero parir un monstruo. Su compañero sorbió los mocos y se pasó, con disimulo el dorso de la mano bajo los ojos. El doctor pensó que era como esos perros de ojos largos y orejas gachas, que se echan a los pies del amo, con una tristeza inconmensurable, en el silencio inquebrantable de su naturaleza. Sólo a veces y a penas, un ladrido casi arrepentido, da cuentas de sus sentimientos profundos de sumisión. - Sólo nos queda esperar y mantener un control atento - concluyó el médico. Pero la mujer no quería darse por vencida. Inició su defensa por otro flanco: - ¿Y cuando comenzamos el tratamiento contra el cáncer del cuello del útero? - Hehehe - rió bajito el médico, como si sólo subrayara una sonrisa - No tenemos un cuadro de cáncer, sino sólo una posible sospecha de riesgo, que si la descuidamos podría derivar en un cáncer -. Se esforzó en enfatizar la condicionalidad del suceso, de manera que sin descartarlo, lo que sabía que sería irresponsable, lo alejó todo lo que pudo como amenaza plausible. No obstante, pensó que el protocolo a que los considerandos legales obligaban, no estaba en nada exento de riesgo. Había un pie forzado en el asunto. Una madre embarazada no podía ser tratada porque era riesgoso para el feto. El médico debía ser especialmente cuidadoso, porque cualquier efecto abortivo, lo ponía en situación de conflicto jurídico. "Más aún en un caso como el de esta mujer" se dijo. "Si hiciera una crioterapia o una escisión electroquirúrgica, por ejemplo, y se produjera un aborto concurrente, de inmediato se arriesga una acusación de aborto provocado. Habría motivos y sospechas". Imaginó su propia carrera amagada por un error así y concluyó que eran muchas las mujeres que evitaban, sin necesidad, los tratamientos, por temor, por incomodidad o incluso desidia y sólo aceptaban tratarse cuando el problema era inminente. ¿Valía, entonces, la pena el riesgo?. "¡No! En absoluto" se respondió. "No sería responsable truncar mi carrera por un intento audaz". Más atrás, en el pensamiento no racional, que siempre acompaña a la razón, como un relámpago cruzó un concepto: "¡Además, esta mujer es una egoísta!". Dijo: - Dos meses después del parto, si fuera necesario, iniciaríamos un tratamiento preventivo. - ¿Y si el feto se muere antes? - El proceso siempre terminaría con un parto - sentenció, a la vez que terminó de configurar una incipiente antipatía por la mujer. - De todos modos, ustedes pueden consultar otra opinión si lo desean -. Con especial intención incluyó al hombre, que en silencio le parecía que hacía esfuerzos por contener la emoción. - Para qué - dijo él - si usted ya fue bien claro, doctor. - ¡Ah no! Yo voy a consultar otras opiniones, de todos modos. ¿Tu crees que me voy a quedar tan tranquila con un monstruo así, creciendo en mi vientre? ¡Es atroz, horroroso! Ustedes como son hombres no lo entienden. ¡Quiero una doctora mujer! - dictaminó. Al salir del consultorio la mujer apretó el paso, adelantándose, como si fuera a perder el tren, a la vez que golpeaba los tacos reflejando la ira que la dominaba. - ¡Espérame! - pidió él, sumiso, - ¿Qué apuro tienes? No respondió, ni soltó el paso. Sólo hizo una sacudida de hombros, a la vez que resopló, como si escupiera la rabia. - Pero... ¿Por qué estás enojada conmigo? ¿Qué te hice? Se detuvo. Iba tres o cuatro pasos adelante. Giró y lo encaró: - Entiende de una vez: No voy a tener este monstruo. ¡De ninguna manera! ¡No lo voy a tener! No me va a cagar la vida: ¿Está claro? No me importa nada lo que tú pienses. Soy yo la que lo va a parir. No tú. Si quieres un monstruo anda a tenerlo con otra: ¡Conmigo no!. Quedó atónito, plantado delante de la mujer, en la acera, mientras ella le gritaba su furia, entre gotas de saliva espumosa, sin importarle la curiosidad de la gente que pasaba por su lado. Se sintió avergonzado de ser apabullado de esa manera, en medio de la tarde serena, donde la gente caminaba de regreso, quizás contenta de terminar otro día, en medio del otoño tibio. Le pareció que los transeúntes eran una multitud y aunque no era así, sentía que todos se detenían y hacían corrillo rodeándolos y lo miraban a él, con aire de condena. No tenía respuesta para el exabrupto de la mujer. Hubiera, quizás, repetido penosamente y sin sentido alguno: "Es mi hijo, también", pero el pensamiento estaba en blanco. No había palabras, ni imágenes, ni conceptos o ideas que urdir. Habían sido arrasadas por la sorpresa inesperada de la explosión de la mujer. La primera instancia de su conciencia, capaz de responder al estímulo que le habían lanzado, era la sensitiva. Ahí se estrellaban, ahora, las imágenes de la pared lisa del edificio a su izquierda, de color gris sucio; el reticulado amarillo pesado de las baldosas de la acera; el color metálico y blanco de los automóviles que pasaban sin prisa por la calzada y los ojos: Los ojos de la gente sorprendida y atrapada en una sorpresa que él mismo aún no llegaba a comprender. Finalmente, tal vez como una defensa automática, impensada, dijo: - ¡Ándate a la mierda, entonces! - y dando media vuelta se fue caminando en sentido contrario, con las manos en los bolsillos. No sabía con qué rumbo. Alcanzó a dar algunos pasos y oyó el grito en respuesta. - ¡Claro, huevón marica, ahora como tenís tu millón de la Esperanza Grande, te mandái cambiar! ¿No es cierto?. Decide de una buena vez: ¿De parte de quién estás tú? Tom-tom, tom-tom, tom-tom, quizás ese sonido interior, que iba lentamente creciendo, como reflejo de la única oportunidad de vida, bajo el amparo reactivo de su huésped no era percibido por ese ser que lo originaba. Quizás nunca llegaría a reconocerlo como una sensación de existencia, como prueba de conciencia, como origen de sí mismo: No estaba, nunca llegaría a estar, capacitado para eso. Tampoco habría podido comprender las sutilezas llenas de finos conceptos que condicionaba su presencia, que a sí mismo sólo imponía la plácida obligación de ser y crecer, mientras a su huésped y a otros que ni siquiera podrían llegar nunca a ser comprendidos por él, con una inteligencia que ya se le habría negado, les sacudía lo más profundo que un ser cree tener: Conciencia, derechos, tal vez deberes. Siguió, entonces, en la única oportunidad que la naturaleza, o cualquier causa pudo otorgarle recorriendo el decurso de su vida limitada, mientras esta le era permitida por aquella o aquellos que lo tutelaban: Tom-tom, tom-tom, tom-tom... El diagnóstico de la obstetra no fue diferente. No podía serlo. Es posible que la diferencia fuera que la paciente ya conocía su situación y que acudía a ella más en busca de contención que de solución. Sin embargo insistió en su interés de abortar. - ¿Y entonces, doctora, por qué no hacer un aborto, si va a morir de todos modos? - Si yo pudiera, no dudes que estudiaría la posibilidad. Pero la ley es dura: No lo permite. - ¿Aunque yo me pueda morir de cáncer por culpa de un engendro que no va a vivir? - La ley considera que la vida humana comienza con la fecundación, por lo tanto ese niño es una vida humana y mientras viva se le debe respetar su derecho. Ese respeto lo garantiza la ley, negando cualquier aborto. - Pero, doctora, eso no es justo. ¿Es que no lo entienden? Es sólo un monstruo fallido y está dañando mi vida; la está poniendo en riesgo. Ellos están equivocados. Esta cosa no puede vivir: Nunca va a ser feliz, nunca será un niño y si nace va a vivir dos horas de sufrimiento. - No sabes cuánto te entiendo. Pero hay otras formas de ver el asunto. Quienes hicieron la ley creían que tu guagüita ya está viviendo una vida feliz y protegida. Creían que tenía derecho a disfrutar esta vida, sobre todo si es la única que va a tener. Piensa tú, que la enorme desgracia de ese niño, baldado, recibe el beneficio de la incapacidad de sufrir. Nunca va sufrir: Ni cuando está en tu vientre, ni en el parto, ni cuando muera. No puede sufrir. El sufrimiento es de los padres. Ellos sufren por su hijo. - Yo sufro sola. Mi pareja no sufre, no me apoya. No está conmigo; está en otra. - Eso es parte del problema, desgraciadamente. Muchos hombres rechazan a estos hijos con problemas y se apartan, rechazando a la mujer también. Pero tú tienes que ser fuerte. Lucha por ti y por tu hijo: No hay más alternativa. - Pero si el feto no sufre, no siente y nunca va sentir nada: ¿Qué vida es esa? ¿Acaso eso es estar vivo?. Y entonces, si no puede sufrir, ¿qué importa abortarlo?, si con el aborto se evita, al menos, el sufrimiento mío. - Te entiendo. Y doy gracias a la vida de no tener un sufrimiento igual. Debe ser atroz llevar en el vientre un niño con esa deformidad que sólo nos produce dolor y sufrimiento. Sin embargo estoy atada de manos. Sólo puedo aconsejarte que intentes pensar que tu niño no sufre, que es feliz, que él no tiene más vida que esta que tú le vas a regalar, que él no tiene culpa de esta desgracia. Intenta pensar en cuánto amor puedes darle, mientras lo esperas y en las breves horas de vida que tenga -. La quedó mirando. Su expresión era de dulce comprensión, de solidaridad, sin embargo su paciente, tenía una expresión escéptica. Quizás la rebeldía no le permitía aceptar la realidad y asumir sus consecuencias. Pensó: "¿Cómo moldearla y transformarla en conformidad?". Mucho más atrás, en su interior, donde el pensamiento surge como expresiones emotivas, sin el filtro de las razones, como el reflejo de la luz nocturna en el agua, pensó que todo avance de los hombres, nace de esas rebeldías. De la rebeldía de vivir en carne y nervio propio la desgracia. En tanto que aquél cuya rebeldía nace sólo del pensamiento, de la razón, sin haber, nunca, hecho carne el sufrimiento, apenas si puede pulir o mellar los bordes de la potencia de la verdadera rebeldía. Sólo a veces, con tanto esfuerzo, podría canalizarla. Entonces dijo: - ¡Cuanto más quisiera decirte! pero no sé como darte la templanza que necesitas -. Hizo una pausa, como si temiera decir lo siguiente, pero al fin propuso: - Ponle un nombre, cómprale ropita, prepárale su llegada. Quizás eso te alivie algo. Se encogió de hombros, hizo un gesto de rechazo y dijo: - ¡Malaonda le voy a poner! - y de inmediato una expresión de alegría se superpuso, sin que se borrara la de enojo, en su rostro y se le escapó una risa nerviosa e involuntaria. Después de un momento agregó: - Ni siquiera sé si es hombre o mujer para ponerle un nombre. Tom-tom, tom-tom, tom-tom... La fuerza de las instrucciones de los tactismos que impulsan su desarrollo, su crecimiento, el progreso vital de su trayectoria, no requieren de un sistema nervioso, ni de un entendimiento o una razón. Son sólo eso: Comandos, instrucciones, procesos, replegar, imbuir, plegar, seleccionar, duplicar, tactismos, tactismos ancestrales. Estaba vivo y era fuerte. ¿Era humano? ¿Por qué?. - ¡Amorcita! - gritó desde la entrada - mira lo que le compré a mi guagüita. Venía con una enorme bolsa plástica que tenía estampada una imagen entrelazada de un niño recién nacido con el ícono de una gran tienda de departamentos. Ella sacudió la cabeza, mientras abría mucho los ojos, con un gesto de molestia. - ¡Ah! También compré un regalo para nosotros - agregó. Y desparramó el contenido de la enorme bolsa sobre la cama. Cayeron una infinidad de artículos: Zapatitos minúsculos, calcetines mínimos, camisetas pequeñas, tenidas de colores y más. Mientras ella los miraba, con curiosidad y algo de molestia, el salió del dormitorio. Volvió cargando con dificultad una enorme caja, plana y alargada. Dijo: - Cuarenta y dos pulgadas de alta definición y viene con tres meses gratis de señal satelital. ¿Ah? ¿Qué te parece? - ¡Tú erís tonto! - respondió, cargando la fuerza en el epíteto - ¿Cómo se te ocurre comprar estas huevás? ¿Es que no entendís que este huevón está muerto, que no es una persona? ¿Y cómo vai a pagar todo esto; y ese enorme televisor? - ¡Bah! Yo sabré. ¿Acaso no tengo el millón de la Esperanza Grande? Abrí una tarjeta en la tienda, ya que no quieres prestarme la tuya. La obstetra calibró los parámetros que mostraba la pantalla del ecógrafo, analizó y concluyó un diagnóstico bastante cierto. Dijo: - Bueno; sin dudas ya estás en la semana treinta y ocho, el niño está colocado y listo para el nacimiento, así que ya podemos inducir el parto sin ningún riesgo. El martes tengo espacio para solicitar pabellón, para que tengas a tu hijo -. La miró con curiosidad, intentando penetrar en sus pensamientos y sentimientos. La mujer sólo se encogió de hombros. La doctora pensó que con resignación. Había sufrido ocho meses de calvario incomprendido. Pensó que esta era una de aquellas situaciones en que las mujeres mejor percibían la soledad irreparable del ser humano: Nadie, sino ella misma; ni siquiera otra mujer, podía comprender cuan sola se está frente a los desafíos que la vida plantea. Percibió que ante el fracaso, ahora ya consumado, de lograr deshacerse del sufrimiento de sentir que llevaba un engendro indeseable, que ni siquiera consideraba humano, ni valioso de modo alguno, nada tenía importancia. Por eso se encogió de hombros: Nada tenía, ya, importancia. La obstetra se aventuró a preguntar, quizás buscando alguna forma de alivio de su propio fracaso, que no había podido dar conformidad a esta mujer ante lo inevitable: - ¿Le pusieron un nombre? Negó con la cabeza. Pensó que la médico era torpe, al creer que podría ponerle un nombre a esa especie de renacuajo, pero había algo en ella, quizás un espíritu solidario y comprensivo que le daba algún alivio y la hacía respetarla. Dijo: - Ni siquiera he querido saber el sexo; ¿Cómo podría ponerle nombre? -. La respuesta era más bien una deferencia que el motivo de la abstención, pero la doctora preguntó: - ¿Quieres saber el sexo? - No. No me interesa. No es mi hijo, es un castigo. La obstetra la miró con cierta tristeza. Pensó en la facilidad con que se le niega los derechos a los débiles. Creía, con todo, que si bien ese niño sufría una deformación irreparable que le restaba posibilidades de sobrevivir, era necesario reconocer que tenía derecho, lo mismo que cualquier ser vivo, a una vida en los términos y condiciones que la naturaleza le otorgara. Más aun, creía que debería tener derecho a ser reconocido como hijo, al menos. Se dijo, luego, que los más débiles jamás tenían oportunidad de reivindicar sus derechos: La única manera que lo logren es a través de la generosidad de los más fuertes, quienes se los coartan. Mientras no hubo grupos de poder, entre los blancos, que decididamente lucharan por los derechos de los esclavos, no se pudo reivindicar el derecho de aquellos a ser libres e iguales. Los niños, por sí mismos, jamás lograrían que se les reconociera sus derechos. Ni siquiera serían capaces de determinar cuáles son. Reconocer el derecho del más débil es un acto de voluntad generoso que no siempre el fuerte está dispuesto a ejercer. Sintió, en su pecho, un cierto dolor culpable por no poder conseguir que esa madre, cuando menos, aceptara a su hijo y su desgracia, así como lo haría si la desgracia le hubiera sobrevenido después de tiempo de haber nacido.Pom-pom, pom-pom, pom-pom... se seguía oyendo, robusto y sano, desde el interior del útero de la mujer el testigo de la única vida que ese ser indeseado tendría, sin importar que fuera un engendro, un monstruo o una desgracia. Sin importar tampoco si tenía los implementos necesarios para percibir la placidez o el gozo de ser. Pero quizás ese gozo estaba ahí aunque su error no le permitiera aprisionarlo y hacerlo suyo. Para eso no importaba si estaba adherido a su huésped o independiente de él: Era el único mezquino regalo que el destino irrenunciable le entregaba. ¿Tenía derecho a ese destino magro? ¿Era lícito querer negárselo? - Este martes me operan - dijo con desinterés. - ¿Cómo "me operan"? ¿De qué te van a operar? - Me van a sacar esta cosa - replicó con desprecio. - ¿Va a nacer? - preguntó su pareja, con alegría. - La médica, estúpida, me preguntó si le tenía un nombre. - No hemos pensado ninguno todavía - dijo sorprendido y se preguntó: - ¿Será hombre o mujer? - También me preguntó si quería saber el sexo. - ¿Y te lo dijo? - No quise saber. - Si fuera hombre yo le pondría Yacson Alexander y si fuera mujer: Hémili. - ¡Jajaja! - se rio ella, sarcástica -: ¡Jémili! - dijo, marcando mucho la "J" que el otro había pronunciado con una suave aspiración. - ¡Qué estúpido! ¡Jémili! - y repitió sarcástica: - ¡Jémili! - y no dejaba de reírse. - Hémili... - repitió -, no Jémili. No es jota sino hache, aunque te dé mucha risa, o mucha rabia que le ponga un nombre, pero también es mi hija ¿Entendís? - ¡Qué va a ser tu hija! ¿No te dai cuenta que es una cosa... un sapo...? - Será un sapo, pero si yo la abrazo, así apretadita y le doy un beso, a lo mejor se convierte en princesa ¿Viste?. - ¡Qué tonto! ¡Qué niño! - replicó con desprecio. El lunes por la tarde él llegó con una bolsa de la gran tienda, mientras ella preparaba su maleta para el hospital. Se instaló al frente, y sacó de la bolsa una caja de cartulina satinada y de la caja una cámara de video que apuntó hacia ella, como si la estuviera filmando. - ¡Mira lo que tengo! - dijo. - Oye: ¿Cómo sigues comprando cosas? ¿De donde sacas la plata? ¡Putas que eres irresponsable! ¿Cómo piensas pagar el hospital?... y estás gastando plata en tonteras. - ¡Bah! es mi plata... Pa eso tengo el millón de la Esperanza Grande. - Pero ya te lo has gastado varias veces con todas las estupideces que has comprado y además tenemos que pagar la intervención en el hospital. - ¡Bah! Yo sabré, pues. - Te juro que no lo entiendo... ¿Y pa qué quieres, ahora, esa filmadora? - ¡Bah! Pa tomar videos del parto y de la guagua cuando nazca. Pa tener de recuerdo, sobre todo si va a vivir tan poquito. A la mujer se le congestionó la cara de ira. Sentía una rabia infinita, como si todas las intenciones inocentes del otro le produjeran un daño enorme, más que por la ilusión que consideraba torpe, porque de alguna manera sentía que la actitud del otro revolvía una herida secreta que nunca había querido reconocer, producida por su incapacidad de procrear un niño sano y la cargaba de culpa, que no podía manejar y sentía injusta. Pensaba que el pie forzado de la ley le había impedido tener otra oportunidad o deshacerse de esta desgracia, como si quisieran castigarla de manera persistente. También sentía, en el fondo de sí misma, una sospecha que se esforzaba en negar, pero que cada vez que su pareja manifestaba esa alegría casi pueril, volvía a aparecer: Tal vez la vida la estaba castigando por querer deshacerse del niño cuando se dio cuenta que estaba embarazada. La castigaba por cuenta de su pareja, que no sabía de su culpa. Muchas veces se decía que quizás esas píldoras, de levonorgestrel que se tomó juntas, habían dañado al feto. Nunca quiso preguntar si podía ser esa la causa. Tenía terror que le confirmaran sus sospechas, aunque jamás había oído nada de ese estilo que pudiera corroborar una conjetura así. Pero los castigos que se infiere de la culpa siempre son irracionales. Ella lo sabía, y el solo hecho de saberlo, la sola contradicción que la hacía recelar de un imposible, agravaba y era parte de la mortificación que se infligía a sí misma. Entonces, la ingenuidad y la alegría de su pareja actuaba com un reflejo de su propio castigo, trasladando el origen de éste al padre de su hijo fallido. Este acto interior disparaba, a la vez, una sensación de injusticia, porque era ella la que soportaba el horror; y la alegría, la felicidad que apreciaba en el otro era peor que si en vez se trocara en un vendaval de ira, que sólo pudiera detener oponiendo la furia equivalente que ella sentía. Le gritó: - ¡Córtala imbécil! ¡Huevón! ¡Puta! ¡Puto! ¡Es que no te das cuenta que no es un niño sino un tumor! ¡Es un tumor! ¡Un tumor! ¡Entiéndelo de una buena vez, estúpido, boludo, ingenuo, huevón! - y le lanzó una patada que el otro apenas alcanzó a esquivar. - ¡Ya! ¡ya! mi amorcita, no te enojes conmigo. Yo no tengo ningún hijo: ¿Me dejái soñar un poquito? Yo te entiendo, pero ¿qué sacamos con amargarnos tanto? - y la abrazó con fuerza. Ella lloró de manera incontenible. Sentía una enorme pena y compasión de sí misma, además de temor. Detrás de todos los pensamientos, en las imágenes irracionales que originan los sentimientos, se dibujaba un parto atroz. Daba a luz un raro engendro venenoso que al pasar por su interior iba quemando la carne hasta dejarla estéril y enferma. Sin embargo, al salir fuera de su cuerpo, aunque no tenía un rostro, ni miembros y menos una boca, la miraba con ansiedad y se inclinaba hacia ella. Decía, con una voz ronca, de timbre metálico y hueco: "¡Maaaaaaaaaaa...!" y ese llamado que emergía de esa cosa destruía su ánimo a la vez que despertaba una ira impotente, que derivaba en este llanto convulso e incontenible. Ante esta aparición, recordó que el niño una vez limpio, después de nacer, se lo entregan a la madre y se lo ponen sobre el pecho. Sintió un nuevo horror y se vio tendida en la camilla del parto, con el engendro sobre el pecho, sobándose sobre ella, envuelto en una sustancia viscosa y buscando con desesperación sus mamas. Ella quería gritar que se lo sacaran de ahí, pero sus gritos quedaban opacados por el lastimero llamado metálico y hueco, que con un timbre ronco suplicaba: "¡Maaaaa...!". No podía ver su propia carne bajo el contacto con el bofe que reposaba ansioso en su pecho, pero la imaginaba quemada y muerta. Dijo: - No quiero que entres a la sala de partos, no quiero que me filmes, ni quiero aparecer en ninguna parte con esa cosa. No me tomes fotos con eso, ni videos, ni nada. Una vez que suceda y termine, quiero poder olvidarlo por completo, como si nunca hubiera sucedido. Lo único que ruego, es que no se me haya extendido el cáncer. - Pero mi amorcita, si el médico dijo que no era cáncer, que sólo había algún riesgo que habría que cuidar. - Para ti es muy fácil decirlo, porque no eres tú el enfermo. Entiende, de una vez, que ese médico era un mentiroso. - Pero la doctora tampoco dijo que tuvieras cáncer. - ¡Que estúpido eres! Sabes demás que los médicos se protegen unos con otros -. Con el llanto arrasador, los mocos y las lágrimas le empapaban la parte superior del labio. Sorbió con estrépito por las narices y tomando un reborde de la camisa de él, se enjugó y se sonó con fuerzas. - Ya, ya, ya mi amorcita: ¡Ya pasó! - dijo, como si ella fuera una niña pequeña - ¡Ahora viene la felicidad! - No. No es cierto. No viene ninguna felicidad. No quiero tu felicidad... A las cuatro de la tarde la inducción del parto, que había comenzado a las diez de la mañana, apenas había logrado una dilatación del cuello del útero de entre tres y cuatro centímetros. Las contracciones iban y venían, a ratos a un ritmo de cinco minutos, para luego retardarse a ocho o diez. La incomodidad y reactividad de la madre, temprano en la mañana, provenía de una cierta culpa y tal vez alguna vergüenza, de exponerse ante la gente con un niño deforme, con alguna apariencia de niño, pero con la cabeza abierta, que ella imaginaba como un tomate maduro y reventado. A la vez se sentía manipulada y obligada por el entorno a culminar un proceso indeseado con un protocolo que pretendía acercarse a la normalidad que en realidad no existía. Al salir de la casa, su pareja le daba instrucciones que no se referían a ella, sino a requerimientos del niño que iba a nacer. - ¿Le llevas su ropa a Hémili? - ¡Ay! ¡Para qué quieres que le lleve ropa, si es una cosa, un mono, no una persona -. ¿Por qué no le preguntaba si llevaba todo el ajuar necesario para ella misma? ¿Acaso era menos importante para él que esa cosa? También le molestaba la certeza que había adquirido respecto al sexo del niño y que le hubiera elegido un nombre. Sentía que a su pareja sólo le importaba esa niña. Muchas veces era así con los hombres, pero en este caso la empujaba a ella a fingir que todo era normal, aunque no lo era. Temía que esa ansiedad absurda por el nacimiento de una bola de carne sin vida, sólo animada, lo hiciera exponerla a ella al ridículo. Así se habían pasado las horas, tensas, renuentes, que atajaban el proceso, tan deseado pero tan resistido. Así había llegado a las cuatro de la tarde. Ahora sentía que el castigo se doblaba: Fracasar como mujer engendrando un monstruo y ser, a la vez, puesta en evidencia ante el mundo con su fracaso. Imaginaba irracionalmente que todos, cada posible par de ojos cercano, la miraría con curiosidad y la juzgaría. Quizás unos le tuvieran lástima, y eso le producía una ira rebelde: No quería merecerla. Otros en cambio, tal vez la miraran con asco y rechazo por haber parido ese monstruo que habría nacido con la tapa de los sesos volada. Sentía rabia frente a la injusticia de recibir aquel juicio a pesar que ella hubiera querido evitar ese nacimiento. Era como si la sociedad toda quisiera hacer escarnio de su desgracia. De este modo, ahora que al fin llegaba el momento, aunque fuera doloroso para el ánimo, de librarse del suplicio de más de ocho meses, en algún lugar profundo de su ser, donde es imposible pensar, no quería parir; ahí donde sólo hay emociones que se hacen imágenes, sonidos, deseos; en ese lugar recóndito se negaba a parir. Ahí había una fuerza potente e incontrolable que se negaba a entregar a ojos del mundo, como si fuera un pecado, y su confesión atroz, el fracaso de su condición más íntima de mujer: Un hijo abominable. El parto, en cierto modo, lo sentía como un acto de regalar y parir esta cosa era como regalar un excremento. Alrededor de las seis la mujer botó el tapón mucoso y perdió el líquido. La matrona la auscultó pero apenas tenía un poco más de cuatro centímetros. Le puso sobre el vientre aquella rara corneta de palo, de aspecto tan antiguo, que imaginaba tan arcaica, tanto que teñía con su aspecto ancestral a la propia matrona, que asemejaba tener todos los años, sin excepción. Tac-tac, tac-tac, tac-tac... escuchó. Estaba ahí. Seguía los mandatos de la vida, aunque arrastrara un error irreparable, que ni siquiera conocía, que no podía conocer y del que no se le podía culpar. Hizo un gesto, abriendo mucho los ojos y arrugando la boca, de manera que parecía que la nariz, flaca y muy larga, quería precipitarse sobre aquella. "No hay problemas" dijo, "su corazoncito late fuerte y claro. Sólo que no colabora en nada: No hace nada por nacer". Después desapareció a paso firme, como si tuviera una importante misión fuera del pabellón de partos. La mujer pensó que todo estaba mal. "No quiere nacer" pensó. "Prefiere quedarse ahí, agazapado". Lo imaginó, allá atrás, con el último pensamiento, como una especie de lagarto muy viejo, que expandía un cuello horrible, como un abanico de colores amenazantes, que le impedía ser extraído a través del cuello cervical. Tenía un hocico delgado y enorme lleno de pequeños dientecillos agudos y una mirada penetrante y fiera. "Quizás me devore lentamente por dentro" le dijo ese pensamiento mágico y absurdo, y sintió angustia. "Tengo que parirlo antes que me dañe" pensó y comenzó a pujar con fuerzas. De repente se dio cuenta que estaba empapada y sospechó que se había orinado. Las contracciones seguían a intervalos irregulares, como si algo inmanejable, a ratos, las frenara. Quería pujar con más intensidad, pero se daba cuenta que era inútil: Algo en su propio ser atajaba el proceso, como si se opusiera al parto. La matrona volvió, acompañando a la obstetra. Vio que del bolsillo lateral de la bata blanca, ceñida al cuerpo flaco, emergía la boca ancha de la corneta de palo. Extrañamente pudo observar la veta de la madera, de color rojizo, sobre el suave color té con leche de la base del palo. Algo parecía falso. Trató de concentrarse en ello y se dio cuenta que las líneas de la veta eran demasiado precisas y regulares en su forma, aunque su recorrido intentaba parecer azaroso y natural. "¡Es de plástico!" se dijo y sintió una absurda alegría, como si ese descubrimiento fuera fundamental. La obstetra se acercó y la miró con dulzura. "¿Cómo vamos, chiquilla?" le preguntó. Ella la miró y dijo de manera automática: "¡Bien!; Súper bien". De inmediato pensó que esa respuesta que siempre se repite, como una forma de saludo, era del todo absurda: Había estado un día completo e infinito recibiendo un suero lento y persistente. No había comido ni tampoco había descansado un solo minuto. No iba bien. Además algo en sí misma, que a la vez le era imposible de reconocer, le jugaba en contra y se oponía al avance del proceso, entonces ¿cómo podía decir: súper bien?. Sonrió, con una sonrisa boba, y se corrigió: "En realidad pésimo" dijo, "estoy agotada". En ese momento observó que la bata de la obstetra era blanca como la de la matrona, pero no ceñida como aquella. A la vez la matrona tenía una toca que le protegía el pelo y una mascarilla que le colgaba del cuello y que hasta ahora jamás usó en la nariz y boca. La doctora estaba apenas maquillada. A la parturienta le pareció extraño percibir ese detalle, lo mismo que el pelo castaño y ondulado. Siempre lo había visto así, pero nunca había pensado en eso hasta ahora. "Qué raro" se dijo y se preguntó si ese color tan luminoso sería natural o teñido. Se sentía incómoda, a la vez que no podía observar bien el pelo de la médico como para tener una opinión clara, de manera que intentó acomodarse un poco. Al hacerlo sintió una fuerte contracción. Más fuerte que ninguna que hubiera sentido hasta ahora. Se le escapó un quejido doloroso e involuntario. - Bien - dijo la obstetra - me voy a preparar y vemos como va el proceso. Si no avanza vamos a tener que hacer una cesárea. A poco de salir la obstetra, otra contracción, casi más intensa, le arranco un quejido que no pudo contener. "Me está destrozando por dentro" pensó, y lo imaginó debatiéndose feroz por no nacer, porque "sabe que si nace va a morir: Es un monstruo. Yo tampoco quisiera que naciera". -¡Ah! ¡Bien! - exclamó la matrona - Estamos empezando el trabajo de parto. Cuando la contracción cedió la parturienta dijo, entre sollozos: - No quiero... no quiero que nazca. No quiero parir un engendro, ¡por favor! - ¡Ah! ¡No, no, no! Ya estamos aquí, tiene que nacer no más. Para eso vinimos. "¡Que se habrá creído esta huevona!: ¿Que va a parir conmigo?" se dijo y pensó que aborrecía a la gente que hablaba en "nosotros", ya sea para incluir a los otros en las culpas propias o para hacerse parte de los méritos de los otros, cuando no les correspondían. "Este es mi parto y mi drama" pensó. "Yo soy la preñada, la de los dolores, la de las contracciones. Ella ni siquiera sabe cuanto odio estar aquí. No sabe que no es un sacrificio el que hago, sino que cumplo con un castigo, porque Dios no castiga ni con palo ni con piedra. Castiga con crueldad, golpea donde más duele, y deja caer el castigo justo a tiempo para hacer el mayor daño. Después construye lentamente las puertas que cierra y abre las ventanas que jamás cruzaría, ni cruzaríamos con esta vieja huevona. Entonces alguien asoma por esas ventanas y dice: Él ahorca pero no asfixia, o algo así y cree que de ese modo se gana un lugar en el cielo, a costas del castigo de una". Dijo: - No. Yo vine a terminar con un suplicio injusto que me impuso la ley que hicieron los milicos asesinos con los curas elegantes: ¡Nada más! -. Al decirlo sintió un raro alivio, como si de repente se despejara el cielo de un día tormentoso y se sintió extrañamente alegre y excitada. Le bajó un ataque de risa incontenible, mientras en la censura del fondo de sí misma, donde sólo hay emociones, se le apareció su propia imagen riendo, con el vientre enorme, las patas abiertas y el rostro desencajado: "Me estoy volviendo loca" le dijo la censura. No habían pasado dos minutos más: Sintió una nueva contracción, aún más intensa y con un esfuerzo que no creía posible gritó: "¡Mierdas! ¡estoy pariendo al demonio!". En ese momento entró al pabellón la obstetra con el resto del equipo médico. - Parece que avanzamos - dijo la obstetra detrás de su mascarilla. - Pienso que está lista para la epidural - respondió la matrona. La obstetra auscultó a la parturienta después que el equipo de anestesia administrara la epidural, que en modo alguno la calmó. Entre contracciones, pujos inútiles y gritos, comprobó que la dilatación ya estaba en diez centímetros, sin embargo el niño no hacía nada por nacer. "¡Sáquenmelo! ¿No ven que no puedo parirlo? ¿No se dan cuenta que es un engendro? ¡Aunque sea a pedazos! No me importa; ¡Sáquenlo de una buena vez!" gritaba la mujer. - ¡Ayúdela! - dijo la obstetra a la matrona. Ésta, se encaramó en la camilla de parto y le cargó con fuerzas la rodilla y la pantorrilla de su pierna derecha sobre la parte superior del abultado vientre preñado, e impulsó, al ritmo de las contracciones a la criatura que nacía, como quien aprieta un tubo de pasta de dientes que ya comienza a mezquinar su contenido. - ¡Puja!... ¡Puja!... - ordenaba la matrona, inútilmente. De esta manera, se fue haciendo de noche; noche de fines de primavera de cielos limpios, después de las últimas lluvias, cuando los árboles se rebalsan de esas pequeñas florcitas blancas y rosadas, de aromas tenues, que parecen estimular la belleza de las cosas e iluminar los ojos de las mujeres. - No tiene caso - dijo la matrona, bajando de la camilla. Miró la hora: Pasaban de las siete y media - tiene inercia - sentenció y sacando su corneta de aspecto de palo del bolsillo lateral, la aplicó al vientre de la madre. - Ahí está; fuerte y claro, pero no colabora. Tom-tom, tom-tom, tom-tom... se escuchaba. En ese mundo interior y protegido, todo era silencioso y calmo. Quizás sabía, no como sabe la madre o la obstetra, ni la matrona, sino con una certeza instintiva o táctil, que todavía no era su momento. Tal vez su cerebro alterado, inmaduro, incipiente, no le permitía concebir la idea de un alumbramiento provocado y sólo esperaba su hora en algún momento futuro, aún no decidido. - Vamos a ensayar los forceps antes de ir a la cesárea - decidió la obstetra. Una nueva contracción arrancó un sollozo desesperado a la mujer. Desde el fondo irracional de sus pensamientos algo le gritaba: "Está muerto. No va a nacer nunca. Es un castigo". Dijo: - ¡Por favor! ¡Ayúdenme! - y su propia voz le pareció desgarradora, tanto que sintió lástima de sí misma. En ese pensamiento emocional profundo veía a la criatura como la minaba por dentro, con eficacia, sin cansancio, con una irremisible voluntad de matarla y morir. Le pareció ver su propio interior orgánico muerto, descompuesto y devorado con lentitud plácida por aquella especie de pez o sapo, con la cabeza abierta, con los sesos flotando en un mar interior lleno de sangre que se difundía en estrías e hilillos en torno a su hocico voraz. Algo le decía que esa gente que simulaba ayudarla a parir no tenían interés en el resultado del proceso, o no lo tenían suficiente. Creía que estaban perdiendo una batalla por su vida, mientras intentaban reproducir un protocolo imposible, para hacer nacer a un engendro que estaba destruyéndola por dentro. - No puedo más - gimió - me voy a morir, me va a matar. ¡Por favor hagan algo! ¡Sáquenme esta cosa de adentro!. La obstetra verificó la posición de la criatura y calzó las tenazas del mejor modo posible, intentando evitar el daño al escaso cerebro abierto. "Ya lo tengo" dijo, "ahora puja con fuerza, ya puedes parir, chiquilla". En la siguiente compulsión, entre maldiciones de la parturienta, la doctora sacó al niño. No hubo llanto. La obstetra lo entregó a la matrona y esta a una ayudante que lo limpió y lo envolvió en un paño con especial cuidado de cubrir la cabeza abierta como una fruta reventada. Después se lo pasó a la madre. Ella abrió los brazos, evitando el contacto, y lo miró con espanto. "Es mujer" dijo en tono neutro la enfermera. La madre gritó: - ¡Quítenmelo! ¡Quítenmelo! ¡No quiero verla! - y su actitud era la de alejarse de la criatura. En ese momento eran las ocho y doce minutos de la noche. No se hizo a la recién nacida ninguno de los exámenes de rigor post parto. A la madre se la atendió según los procedimientos de costumbre. El equipo médico terminó su trabajo y cada uno continuó su rutina. La médico obstetra salió del pabellón con un sentido de vacío que en el fondo de si misma imaginaba como un enorme hueco, que la sobrepasaba más allá de sus dimensiones físicas, tanto que le impedía sentir la tristeza profunda que creía que debería llenarla. Mientras se aseaba se hizo esta pregunta, que parecía como un pájaro triste que volaba sin interés alguno a merced de su liviandad: "¿Que es la vida? ¿Y para qué?". Se miró en el espejo que la enfrentaba. "Al menos alivié, en algo, el sufrimiento de la madre" le dijo a su imagen. Esta le respondió: "Sí; a costa de dos semanas menos de vida de la criatura". Entonces ella le preguntó al espejo: "¿Quizás fue una forma de eutanasia?". Madre e hija fueron llevadas a la sala de recuperación. A la niña la habían vestido con la tenida que el padre, ignorante de tamaños y tallas, había metido en el equipaje de la mujer. Nunca su hija Hémili llegaría a tener el tamaño para llenar apropiadamente aquella ropa. El padre sonreía temeroso, sin saber claramente que decía, preguntó: - ¿Que fue: Hombre o mujer? - Ahí está - contestó la mujer - fue un sapo, y casi me mata. La auxiliar que empujaba la pequeña cunita le respondió con voz fría: "Es una mujercita". - ¿La puedo tomar? - preguntó él. - Por supuesto - respondió la enfermera mientras se iba -, sólo tenga cuidado con la cabecita. El padre se acercó a la cuna, y la miró emocionado. Dijo: - Es preciosa - y con infinito cuidado la tomó en los brazos. - ¡Preciosa!... - exclamó ella con sorna, - Es un monstruo... ¡Una sapo asquerosa!... El padre la apretó suavemente contra el pecho y acercando su boca a la cara de la niña le besó la mejilla y dijo:- Es una princesita. La niña estaba, aún, de color rosa muy pálido, casi violeta. Mientras pasaba el tiempo, sin detenerse, su respiración se fue haciendo irregular, y su color azuloso, mientras sus ojos vacíos y grises parecían vagar, sin acierto, por el rostro de su padre. La mujer en silencio luchaba en sí misma entre la rabia y la vergüenza. Sentía que las otras madres en la sala la miraban con curiosidad insana. Se sentía expuesta y su pareja subrayaba ese sentimiento, mimando a una especie de muñeca de trapo sin vida, con la cabeza descosida. Hubiera querido gritárselo, pero sólo habría aumentado su propia vergüenza. El hombre mantuvo a su hija en brazos hasta que dejó de respirar, y sus ojos grises que nunca pudieron llevar las imágenes a ninguna parte, se desviaron hacia su izquierda como si quisiera encontrar la imagen, inútil, de la madre. Eran las diez y cuarenta y siete minutos, de dos semanas antes. Kepa Uriberri |
sábado, 9 de abril de 2011
Siempre muerto
Una tarde cultural
Una tarde cultural Abro mi casilla de correo personal; esa que va a mi nombre y no con el seudónimo que utilizo para firmar cuando me transformo en el señor Hyde literario. Suele haber ahí mucho spam, que me empeño en recibir y borrar, por una cuestión de principios: Odio que alguien más decida qué debo recibir y qué no, de modo que nunca uso filtros y siempre decido uno a uno que correo vale y cuál se rechaza. También hay correos de amigos, del banco, relaciones sociales intimas, formales, indeseadas, en fin. A veces, sólo pocas veces, llegan a esta casilla invitaciones a concursos y premios literarios, ya que alguna participación previa me hace candidato a una nueva versión. En esta ocasión, entre correos de reclamo de mi hija que se encuentra en Canadá y me exige que me comunique: ¡ya!, encuentro uno de un remitente que no conozco y cuya referencia, sencilla, dice sólo "Invitación". Antes de tomar ninguna decisión, examino la casilla del señor Brodsky, quien remite: Pertenece al Consejo de la Cultura. Abro, entonces, el correo: Esperan contar con mi presencia en la Ceremonia de entrega de los Fondos de Cultura, en los que estoy postulando a una Beca de Creación Literaria. Me reconozco tímido. Suelo no participar de estos eventos, que se hacen tan masivos, tan llenos de figurines y figurones, de artistas semi conocidos, de caras tristes; de lindas actrices de teleseries, que de seguro son tan diferentes a sus papeles en pantalla, y muchos, muchos desconocidos, como uno mismo, que deambulan como pollos en corral ajeno esperando que se cumplan los protocolos ignorados de la ceremonia y quizás sus sueños. Algunos se refugian en grupos de conocidos, donde conversan en voz muy alta, como para afirmar su posible importancia, fuman, comen y toman a placer: Son los iniciados, los conocedores, los cófrades de siempre. En fin, yo, que soy un solitario, prefiero no ir. Mientras pienso en estas cosas, me digo: "Como sea, la invitación, en todo caso, ha de significar que me otorgaron la beca que solicité". Sin embargo, de inmediato rectifico mi apreciación: "No necesariamente. Quizás han invitado a todos quienes postularon a algún fondo". Es que muchos invitados no llegan, y el riesgo de invitar a unos pocos es el fracaso del evento. Esta duda tuvo la virtud, después de varias vueltas por el pensamiento, de inclinar la balanza. La ceremonia era en una de las cumbres del cerro San Cristóbal, en la plaza Antilén, desde donde se divisa el sector oriente de la ciudad, con sus edificios elegantes y modernos, y se accede por un sector fino y tradicional de Santiago, donde pequeños busecitos van subiendo por turnos a una cantidad enorme de público que no sospeché que hubiera. Además, otros muchos suben en sus vehículos propios, de modo que al llegar a la plaza, ésta está repleta. Pero, como a veces soy afortunado, llego justo cuando los mozos parten cargados de bandejas con bebidas y otros con pequeños sandwichitos, todo lo cual alegra el ánimo. Rápidamente me hago de una copa de pisco sour, espirituoso e industrial, y alcanzo a comer dos pequeños pancitos con alguna pasta casi picante y sabrosa. Los mozos desaparecen entre la gente y me encuentro solo en medio de la multitud, con un trago en la mano. Entonces me desdoblo, por un breve instante, y me miro desde la distancia: ¿Soy un ancianito ridículo, tomando solo, en medio de la multitud, con aspecto perdido?. Me imagino a mí mismo como ese viejo actor cómico inglés, que no voy a nombrar por pudor personal, que solía representar estos papeles. Al centro de la plaza hay una enorme pelota plástica, transparente, dentro de la cual se ha instalado un proscenio, varias pantallas que exhiben íconos y lemas, equipos de sonido que difunden música ensordecedora, y en un rincón una mesa con un pequeño conjunto de trofeos. Me digo que esa veintena de figurillas de acrílico no alcanzaría para los cientos de fondos aprobados, con seguridad más de un millar. Por su parte, las sillas instaladas frente al proscenio, que calculé en torno a las ciento cincuenta, estaban cubiertas con un paño albísimo, que me hizo pensar que quizás no cualquier culo de poca alcurnia podría posarse, honradamente, ahí: Me imaginé sentado en una de ellas. Veía llegar junto a mí al gran poeta Z, premio nacional de literatura, que me decía, con el inconfundible gesto de su cabeza calva y los ojos enormes, que lo hacen tan igual y tan distinto a mis hermanos: "¡Perdona! Estas sentado en mi silla, ¿podrías hacerme el señalado favor de levantarte de inmediato?". Incluso después de terminar de decirlo, el bailecito de su cabeza, donde cabrá tanta poesía, seguía insistiendo persistente. Me vi avergonzado, devolviendo lo robado. Z sacudía la indignidad que había quedado adherida al asiento, con un pañuelo tan albo como el propio forro protector del tapiz de la silla. Estos pensamientos admonitorios a veces son proféticos. Lo comprobaría dos veces durante la tarde. Mientras pensaba esas cosas, veo a tres jóvenes, bonitas, vestidas elegantes, peinadas con esmero, con carpetas rojas, papeles, y más en las manos. Evolucionan de un lado a otro en el interior de la pelota plástica. A ratos se juntan, conversan, anotan, miran sus apuntes, comparten datos, ríen y siguen revisando las instalaciones; arreglando detalles del acto que luego se llevará a efecto y que presidirá el propio ministro de cultura, el señor L.C. Ellas se ven contentas; todo ha salido bien hasta aquí. Incidentalmente, de repente, se juntan a conversar a un paso mío. Hago un esfuerzo para vencerme y decido preguntarles: "¡Hola! Quisiera saber ¿cómo es la organización de la ceremonia? ¿quiénes recibieron invitaciones? y más". Una de ellas sonríe alegre, me pone su manito en el brazo en que tengo la copa casi vacía y dice: "Es todo confidencial; pero está lleno de sorpresas. Tómate otro pisco sour y espera. ¡Va a estar todo muy bueno!". "Sí, me imagino" respondo, "pero, por ejemplo, toda esta gente: ¿somos los favorecidos con algún fondo de cultura?". "Confidencial" mueve la cabeza, "pero tómate otro pisco sour. En serio. Hay sorpresas muy buenas para todos". "Y, también" insisto, "estas sillas tan blanquitas, ¿son para la gente más cultural? (subrayo "más cultural" para que se entienda el sentido), porque a juzgar por la cantidad de gente que hay, no alcanzan para todos". "Bueno, en realidad, no pensamos que iba a venir tanta gente. El año pasado apenas si vino público. Pero no. Aquí son todos iguales. No hay lugares reservados". Entonces le expongo mi visión: "¿No va suceder que este sentado en una silla y, por ejemplo, venga el poeta Z y me haga levantarme, dejándome en ridículo ante toda la gente?". Se rio de la idea, pero enfatizó: "¡No!. No debería suceder. Tú tranquilo. Tómate otro pisco sour". Las tres se alejaron, riendo y comentando, a revisar otros aspectos de la organización. Mi copa ya estaba vacía. La dejé encima de una mesita que había instalada sobre el pasto de la plaza y no quise buscar otra, por temor al efecto del alcohol. Es que sin dudas la ceremonia terminaría ya caída la noche y tendría que caminar muchas cuadras por calles solitarias para llegar al metro que me llevaría a mi casa, incluso debería atravesar un puente, oscuro, sobre el río Mapocho, de fama, al menos, no santa. Recordé al lobo estepario de Hesse y la calle tenebrosa, con el cartel elusivo de letras de oro: «Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera. ¡Sólo para locos!». Deambulé entre la gente, reconociendo mi previsión: Por ahí estaba el fotógrafo L.P. que conocí hace muchos años, cuando yo mismo me dedicaba a eso; me hablo de sus muchos éxitos, su peregrinaje por el mundo; ¡No! ¡Mentira!, su peregrinaje por todo el universo y también por Chile con su exposición sobre los mapuches vistos con otra mirada. L. es un enorme fotógrafo. Su problema, en cambio es una cierta inseguridad que lo lleva a extremar su autorreferencia; pero por fin, es un buen tipo. "¿También tienes un proyecto fotográfico?" me preguntó. "No. Una aventura literaria" dije. "¡Ah!" se recordó, "vienes como Elgato Pardo". Me dio ternura ese recuerdo. L., tan autorreferente, me demostraba un recuerdo emotivo inesperado. Ni yo mismo recordaba ese seudónimo con el que escribía, ya en esa época tan pretérita, en una revista del club fotográfico en que compartíamos. Al fin miré el aspecto gordo y pequeño de L., tan gordo que los ojos quedan casi ocultos, con simpatía. También vi al escritor G.C., al actor R.B. a P.S. del grupo C, con esa mirada que parece siempre sorprendida tras los anteojitos redondos y también a tanto otro famoso, famosito, algún figurín o figurón y así. Entre todos los muchos presentes que luego excederían con creces las sillas albas, instaladas en la enorme pelota plástica, veo a una mujer joven, preciosa, morena de pelo muy negro, boca justo gruesa que la hacía muy sensual, suficientemente alta para conseguir un aspecto flexible y atléticamente tenso. Su rostro me resulta evocador: Se que es alguien, aunque no fuera nadie. ¿Será porque me gusta?: ¡Quizás!. Sigo ramoneando entre la gente, pasada ya, casi una hora desde que llegué y de pronto evalúo si habrá tenido algún sentido venir a dar vueltas solo y tal vez para nada. ¿Y si me trago una tarde negra, un discurso largo, una tediosa exposición de un ministro nuevo, una cuenta de una directora repleta de números sin valor y eso? Pero ya es tarde. Tendría que ir cerro abajo, en la penumbra de la noche que caía, entre perros vagos y oportunistas de lo ajeno: Es claro que no me puedo ir. Ahí va, sola, de rojo, bellísima, C.M. ¡Qué mujer tan preciosa! Hace unos días la vi en un programa de televisión ajeno a su rol de actriz; simplemente una persona común, sometida a la tensión de mostrar su propia cultura sin trampas, sin maquillaje, nada: Ella y su interrogador. Ahí era sólo una mujer y me encantó. Ahora, me distraje viéndola perderse en la multitud. Otra vez veo esos ojos enormes, la boca sensual, el porte perfecto; una mujer plena, magnífica: ¿Me miró? o ¿sólo paseaba, distraída, la vista, mientras conversaba con sus amigos?. De nuevo me ronda una idea rara, evocadora: Se parece a alguien. Disimuladamente la miro, la examino y de pronto superpongo varias imágenes. Son de una niña, de su mamá, de varios años, y el resultado al trasluz de todo eso es esta mujer: ¡Claro! ¡Por supuesto! es la hija de la S. Decido acercarme y saludarla, pero recuerdo entonces mi experiencia con Oyarzún, que no era Oyarzún sino Lutero Leiva y detengo el paso. Pero después de un instante lo reanudo y me digo: "Lo primero que tengo que hacer es preguntarle si ella es ella y si no lo es le pido disculpas: ¡Eso! ¡Nada más!". Así lo hago, me acerco y le digo: "Discúlpame, ¿tal vez tú eres la C.A.?". "Sí. Y tú eres José Malgrite" me responde con una suave sonrisa tan linda como ella misma. "Lo que pasa es que ahora soy una mujer grande". En fin, no voy a aburrir con detalles, sólo diré que recordamos a su mamá, la patagua del patio de su casa que se veía desde la ventana de la mía, y esos fragmentos de memoria menores que dan tanto sabor a las evocaciones. También me preguntó si estaba aquí por algún proyecto fotográfico, me contó que ella esperaba la aprobación de uno de comunicaciones y fomento de las artes. Fue grato encontrarla. Encontrarla linda. Mucha de la gente que estaba en el lugar era muy joven. Su inclinación a lo cultural se reflejaba en la libertad de sus ropas, arreglos, tatuajes y maquillajes, de hombres y mujeres. La marca de la juventud, además de la lozanía que casi todos se esmeraban en perjudicar, se veía en las botellas verdes, de cerveza que la mayoría tenía en las manos. Las generaciones mayores se distribuían entre las bebidas, el vino tinto y nada. Este pensamiento me llevó a acercarme, para soportar una espera ya larga, al mesón donde se servía a los invitados y pedir una copa de vino. En el camino me encuentro a un hombre bajito, pelado, con un moño largo en la cumbre de la coronilla, vestido entero de blanco salvo por unos calzones rojos, a pie pelado y completamente pintado de blanco. En las manos traía una bola blanca bastante grande, como si fuera la pantalla de una lámpara, que hacía evolucionar con la misma lentitud exagerada con que caminaba, de modo estrafalario, con las rodillas dobladas, produciendo un efecto de enanismo extravagante. Su rostro se mantenía, además de blanco, completamente inexpresivo. Lo seguía una mujercita en todo similar, como si fuera su perfecta pareja, ambos disfrazados de extraterrestres u otra especie inidentificable. Los vi atravesar la escena y perderse entre la gente, curioso por descubrir el sentido de su presencia, pero cruzaron la plaza, entera, sin que nadie pudiera aventurar una explicación. Sólo ahora, mientras escribo, quizás, sólo tal vez, haya encontrado el por qué de estas raras figuras; pero lo aclararé más tarde. Seguí mi camino a la mesa de servicio. Fue extraño. Había gente que hacía diversos pedidos, todos con su propio vaso o copa. Yo sin nada, pedí una de vino tinto: "Lo lamento no hay copas" me dijo el mozo que atendía. "No importa. En un vaso" respondí. Sólo estiró el gesto de la cara, para expresar que tampoco había. En la esquina del mesón que nos separaba, sin embargo, alguien había dejado cuatro o cinco copas sucias. Le pedí una, y que me sirviera, apenas un fondo, como si fuera para catar. Con ese concho de vino lavé como pude la copa y me hice servir. No sé si este hecho refleja que se estimó mal la cantidad de gente que habría, o una falla logística o un error de banquetería. No importa. Me fui con mi copa de vuelta a mi paseo.Había cometido un error de cálculo fatal. La gente estaba entrando, en masa, al interior de la pelota plástica y ocupando, en tropel, las sillas cubiertas de blanco. Resignado, me puse en la cola de entrada y apenas logré quedar dentro, cuando ya todo estaba repleto. Tuve sólo un consuelo: A mi lado, en iguales condiciones estaba la actriz C.M. quizás con la misma cara de desorientación que nosotros los seres comunes, aún cuando a ella la acompañaba, fuera quien fuera,gracias a su belleza y garbo, un glamour que yo jamás podría tener. Alguien que pasó, en sentido inverso, junto a ella, bromeando le dijo: "Los que se quedaron de pie no se les asigna el fondo de cultura". A veces uno hace estupideces, quizás son irreflexivos golpes de audacia. Eso hice. Le dije, en respuesta a la broma del otro: "Tal vez por ser los últimos, sólo nos toque primero... ¡y más!". No fue exactamente así, pero también, si no una profecía, aquí hubo una sincronía interesante, que comprobé después. En fin, no sé si ella, por cierta timidez, parecida a la mía, se adelantó un paso. O yo, por mi propia inseguridad no di el mismo paso. O sólo quiso evitarme. Después de un rato C.M, retrocedió y salió. La perdí de vista. Adelante, en la primera fila, había algunas sillas vacías. Las miré y recordé a la joven que me había dicho: "No te preocupes; aquí son todos iguales". "Sí" me dije, "pero hay iguales a los que les guardan lugar en primera fila". La imagen de la joven, que era bonita y gentil, y además tenía una risa linda, me volvió a tocar el brazo donde tenía la copa de vino, y dijo de nuevo: "¡Todos iguales!". Esas visiones son las que desatan en mi, la audacia, a pesar de ser un hombre tímido. Avancé, entre la gente y me dirigí a una de esas sillas. Aquí comenzó a insinuarse la primera profecía. Hacia la derecha de donde me senté había un gordito de anteojos, desconocido. Conversaba animado con un ex actor, ahora diputado de la república, que estaba a su lado. "Esos", me dijo, haciendo un gesto hacia los asientos donde me estaba instalando, "están reservados para las autoridades". A la derecha del diputado también había un puesto vacío: "¡En fin!" respondí, "en ese caso me siento en este otro lugar". "No, no" dijo el diputado. "Este está reservado para mi señora". "Ajajá. Si algo se de ti, es que estás separado de tu mujer" retruqué, pues él había estado casado con otra diputada, también ex actriz y se divorció no hace demasiado tiempo. Me miró sonriendo cazurro, con simpatía y dijo, abriendo los brazos: "¡Permíteme! La vida continúa. El asiento es para mi señora actual". Me volví a la silla donde había estado antes y dije: "En ese caso, me quedo en esta, mientras las autoridades llegan". Fue un albur. Fue un audaz albur, por lo demás absurdo, que quizás había sido planeado por la mano del gran profeta universal. Quizás la vida sea así, como la ficción, escrita para diversión de los dioses, de alguno de los cuales uno no es nada más que un recurso. Lo creo, no sólo porque ocupé una de las únicas sillas reservadas, según mi propia admonición y profecía: "Toda silla que uno ocupa en un evento público está reservada para alguien más importante", sino porque C.M. había dado la vuelta por fuera de la gran pelota y había entrado por un acceso lateral. Estaba ahí, de pie, al otro lado, sola y preciosa. ¿Escriben los dioses estas situaciones para reírse de la audacia de sus creaturas? Le hice señas y la invité a sentarse conmigo. "¿Yo?" me preguntó con una seña sorprendida. "Sí, tú" respondí con otra. Conversamos de nuestros proyectos culturales y alguna cuestión general, durante algunos pocos minutos. De repente llega junto a nosotros un grupo de personas, de entre los cuales aparece el ministro L.C. Con una actitud casi diplomática y fina gentileza saludó a la actriz, que de inmediato, después de responder, desapareció de la escena. En seguida me saludó a mi, casi como si fuera su hermano, o un amigo entrañable: "Hola ¿cómo estás? ¿Qué gusto verte?". Sin ninguna duda el ministro había aprendido de "politesse" con alguna abuela francesa. Jamás diría: "Estos asientos están reservados", por el cotrario utilizará una saeta envuelta en perfume de ironías. Durante los cinco segundos en que ocurrió esta escena, quedé rodeado de la comitiva que lo acompañaba, quizás sólo para que todo se consumara según mi propia profecía. Fue divertido. Al buscar por donde retirarme con discreción, me encuentro, de improviso, frente a un hombre alto macizo de pelo tieso, de sonrisa extremadamente amplia y forzada, que me detiene. Dice: "Por favor, debes retirarte porque estos asientos están reservados para el señor ministro, que viene con la secretaria ejecutiva, el señor (ya no recuerdo el cargo) y el escritor Ampuero". "Por supuesto" digo sorprendido de que uno de los integrantes de la comitiva tenga el cargo de "el escritor Ampuero", mientras los otros eran ministro, secretaria ejecutiva y director de algo. Recordé a un conocido figurón, cuyo cargo era ser él mismo. Más raro aún, porque en el ambiente literario culto, a Ampuero se le suele escatimar su carácter de escritor. Pero eso ya es otra cosa.¡La primera profecía se había cumplido!. En todo caso, mi silla la ocupó el propio ministro y la que había estado usando aquel gordito que me quiso echar, le fue asignada al escritor Ampuero. Me retiré a un costado. C.M. estaba ahí, parecía querer ser anónima: Ella no era, en absoluto, como el escritorAmpuero, y no sólo por eso, sé que la puedo estimar mucho más. También estaban ahí las tres jóvenes que organizaban todo. En tono de broma le digo a la que estaba junto a mi: "Bueno, al final no éramos todos igual de iguales". En tono molesto me replica, sin humor ninguno: "¡Es que era el ministro! ¡Comprende!". Me quedé en silencio, pensando en que la vida es como una enorme mina, riquísima en recursos literarios. Mientras pensaba en esto, apareció una mujer muy maquillada, vestida de dorado, muy embarazada, aunque era evidente que su embarazo era falso. Corrió hacia el escenario, entre gritos estridentes, subió con cierta incerteza la escalera a un costado del proscenio, de manera que recordé a mi prima JM que profetizaba (¿o las causaba?) caídas estrepitosas. Decía, por ejemplo, en tono de completa desidia: "Esa huevona que viene con la guagua en brazos, se va a sacar la chucha" (Esa mujer que viene con el niño en brazos, se va a caer). Cuatro, o quizás seis, pasos más allá la mujer daba un traspié y caía, escandalosamente al suelo. En este momento vi la segunda profecía: "Se va a caer" me dije y sentí miedo, aunque creí que era completamente irracional. Una vez en el escenario, entre alaridos y luces, la mujer parió un horrible muñeco, morocho, vestido de azul con aspecto de adulto enano. Lo acarició, le hizo mimos y le musitó canciones de cuna. Más tarde supe que ese engendro era el poeta Vicente Huidobro. Terminado el parto y los mimos, la madre del poeta, con las mismas prisas con que había llegado, emprendió la huida del escenario. Volví a recordar a la JM: "Se va a caer" pensé. "Incluso viene con la guagua en brazos". Corriendo, bajó por los traicioneros escalones del proscenio. En la mitad de la escalera tuvo un traspié, ahí a un metro de donde yo estaba, y se fue de bruces. Salte hacia ella, sintiéndome culpable y la ayudé a incorporarse. No me miró. No me dio las gracias. Sólo miró su ruta de salida predeterminada y emprendió por ahí, su carrera interrumpida, hasta desaparecer. Su actitud no me extrañó en absoluto: Vi, cierta vez, a un hombre recién atropellado, ponerse de pie y salir corriendo para no perder un bus que estaba a unos cuarenta metros del lugar. A esto se le llama inercia. En fin, la segunda profecía estaba cumplida. Había botado a la madre de Vicente Huidobro, que apareció después, encarnado en un actor que recitó versos de su Altazor. Siguió un interesante fragmento, acrobático, alusivo a los versos de la obra de la cual la compañía en escena ha hecho un montaje de mismo nombre. ¿Me pregunto si los enanos blancos, con las bolas en las manos, que caminaban con infinita lentitud, representaban algún ser espacial de las alturas desde las que habría de caer Altazor? No lo sé responder. Sólo lo imagino. Terminada esta representación, la joven que me había replicado, con enojo: "¡Es el ministro!" llenándolo de una arrogancia que L.C. demostró no tener en absoluto, sino todo lo contrario; subió al proscenio y lo anunció, cediéndole el escenario. Subió con una prisa que me pareció extraña para un actor, quizás también para un ministro y mejor para un ejecutivo. Subió entre pifias y aplausos. Apenas hubo saludado fue interrumpido por un grupo espontáneo que ingresó a la pelota con un largo cartel, llenaron el lugar de volantes y fueron acompañados de un grupo de peludos de negro, con guitarritas de esas pequeñas; comenzaron a cantar canciones proselitistas, alusivas a los despidos en el sector público emprendidos por el gobierno en distintas reparticiones. Con la misma velocidad con que había subido, el ministro dobló su discurso, bajó del escenario y se sentó en la misma silla que yo había dejado para él. Una mujercita pequeña, también de estatura; muy maquillada en blancos y negros, con un cartelito pequeño, alusivo al tema de sus reclamos se paró frente al ministro, mientras los peludos de negro cantaban, y le paseó el cartelito frente a la cara, a unos diez centímetros de distancia, con evidente insolencia. No es este espacio en que escribo un lugar para discutir (sería unilateral) conceptos políticos. Sólo digo que todo el que ha sido despojado, por cuestiones políticas, de su trabajo, tiene una herida tan profunda, no sólo en el orgullo, sino en su vida misma, que debe tener derecho a expresar su dolor y reclamo. El ministro L.C. tuvo un comportamiento tan tranquilo, ponderado y respetuoso, que se ganó mi admiración. Esperó que el grupo agresor (a pesar de sus razones, de su dolores y de sus derechos, sin duda eran agresores, sin importar las simpatias o conceptos de unos y otros) terminara su manifestación, hasta agotar todos sus reclamos y recursos, hasta que se detuvieron los aplausos y algunas, pocas, pifias y silencios, y volvió al escenario. Volvió a saludar, agradeció, como tenía programado, al grupo que representó el fragmento de Altazor y a los manifestantes que lo habían interrumpido, en tanto su protesta había sido una manifestación de arte "y todo arte merece agradecimiento", opinó. Más adelante, de algún modo, introdujo en su discurso el concepto de tolerancia: "El arte debe ser tolerante y comprender todas las expresiones". Diré que lo encontré mejor ministro que actor. Como actor nunca me convenció demasiado. Como político me sorprendió. En representación de los muchos favorecidos por los fondos de cultura, se eligió a un breve grupo, que recibió los trofeos que había en el escenario. Subieron y bajaron por la escalera por la que había caído la madre de Huidobro, unas cuarenta personas, enfrentando el peligro, pero nada pasó. Entonces la joven que conducía la ceremonia anunció, con gran pompa, el último de los que representaría a los ganadores de algún fondo, quien nos dejaría disfrutar de una de sus piezas musicales, acompañado de su guitarra. Antes de dejarnos con este último acto, nos informó que al término de la ceremonia se nos repartiría un folleto con la lista completa de los favorecidos por los fondos de cultura de este año. "Bueno; espero estar ahí" le dije a la joven que estaba ahora a mi lado, la misma mujer bonita que me había dicho: "Tómate otro pisco sour y espera. ¡Va a estar todo muy bueno!". Con una sonrisa linda me respondió: "Yo creo que sí". El artista que nos cantaría al cierre se presentó con una guitarra acústica, pintada de un feo celeste, que me recordó el color de los antiguos catres de guagua, de fierro o palo. Fue agasajado con abrazos y remezones de mano, con un ejemplar del trofeo acrílico igual al que habían recibido los otros, y se le dejó el escenario a su disposición. Si los alaridos de la madre de Huidobro habían sido atroces al parir al poeta, que muchos años después viajaría a Francia con un vaca, que su madre insistiría en incluir en su equipaje para que no le faltara leche; los del artista de la guitarra celeste no fueron menores. Además, después de algunas horas de pie, me sentía cansado y adolorido de cintura. A mis pies, un poco más allá, se había sentado la actriz C.M. La miré con envidia. Pensé entonces: "¿Por qué no?" y decidí sentarme en el suelo. No sé si fue la irregularidad del terreno bajo la alfombra sobrepuesta, algún largo clavo que la sujetaba, un error de cálculo, o todo junto; o quizás fue el pago de la vida que siempre lo equilibra todo, por botar a la madre de Huidobro: Al sentarme me fui de espaldas y quedé, ridículamente tirado como si fuera el Gregorio Samsa de la Metamorfosis de Kafka, junto a la actriz, con las cuatro patas hacia el cielo. En fin, no me quedó más que reírme con ella y decir: "Los gritos del cantante, allá arriba estaban peores". Por fin el músico terminó su actuación y la actriz a mi lado, haciendo gala del dominio del cuerpo que tiene la gente de teatro, se paró como si fuera un resorte. Me tendió una mano y me dijo: "¿Te ayudo?". El gesto fue grato, pero al menos sombrío para el orgullo. Respondí: "¡No, gracias!. Para pararme soy mucho más airoso". Sonriendo desapareció entre la gente, mientras me incorporaba solo. Al lado de afuera de la enorme pelota plástica conseguí un folleto con los resultados de la asignación de Fondos de Cultura. De modo falso, aquí se cumpliría otra admonición profética. Estaba demasiado oscuro para leer nada de manera que aunque me esforcé no me fue posible saber si me habían favorecido con la beca que esperaba. Me rendí. Me acerqué a la ruda competencia por abordar uno de los busecitos que nos bajarían al pie del cerro, mientras intentaba llamar a mi casa para que me vinieran a buscar. Después de muchas dificultades logré ambas cosas. Al interior del bus con la tenue iluminación de este, logré ubicar la categoría "Becas de Creación Literaria", pero la letra que especificaba a cada favorecido era tan pequeña, que apenas distinguía, en las líneas que hurgaba, que ninguno era mi proyecto. Al fin llegamos al pie del cerro. La gente bajó del vehículo y desapareció con increíble velocidad. Me fui a parar bajo un poste de alumbrado para leer la lista de favorecidos mientras esperaba. No estaba ordenada por región, tampoco por nombre de autor, ni por título del proyecto. Tampoco me encontraba a mí mismo de manera azarosa. Recorrí a golpe de ojo la lista, un par de veces. Después descubrí que ese método nunca consulta los extremos de la lista. Bajaron dos, tres pequeños buses, de los cuales descendía la gente y desaparecía casi al instante. Algunos abordaban sus propios autos, otros conseguían que los llevaran y algunos más emprendían el camino en grupos a pie. De pronto los buses no subieron más. Se fueron bordeando el cerro hacia ningún lado. Sólo quedé yo bajo mi farol y una mujer allá a lo lejos, sentada en una piedra junto a la entrada del parque. Aburrido, decidí leer la lista completa buscando nombres conocidos. El primer proyecto de ésta era "Así se muere". ¡Era mi proyecto! Se había cumplido, aunque sin significado alguno, la admonición: Había entrado al último y era el primero. Más abajo estaba el escritor G.C. a quien había visto en la plaza con cierta tristeza en la mirada, que debe haber sido parecida a la mía. También encontré a otros varios escritores y poetas. C.M., estaba entre los favorecidos, lo que me alegró. Después de un rato apareció, bajando el cerro, un furgón grande, de esos que uno imagina que manejan los hombres, pero siempre son de las mujeres, al llegar junto a mi encendió las luces intermitentes y se detuvo. Se asomó un sonrisa linda que me preguntó: "¿Cómo te fue?". Le hice una seña con el pulgar y le devolví la sonrisa: "Del uno" dije. La joven que me había dicho: "No te preocupes; tómate otro pisco sour" dijo: "¡Bien!" y siguió su camino. Al día siguiente apareció en internet la evaluación del jurado. Ahí había otro profecía, esta vez del evaluador de mi proyecto. Espero que se cumpla, pero eso ya fue al día siguiente. Kepa Uriberri |
El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción
El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción Hablar de Borges, o más aun, comentar su obra, tiene varias dificultades añadidas, no porque sea Borges, o porque Borges sea más complejo o difícil, sino por su carácter argentino. Tampoco es que él o su obra sean esencialmente argentinos ya que su literatura y quizás especialmente su prosa, son más europeas que propiamente argentinas y él mismo, de argentino no tiene mucho más que cualquier ginebrino. Pero es argentino y siendo argentino es diferente y único: No hay otro Borges en Argentina. Quizás nunca llegue a haberlo y eso es lo que hace difícil comentar a Borges, dada la conjunción de este hecho y el carácter argentino (no el de Borges sino el de los argentinos). Los argentinos tienen una forma peculiar de ser conservadores, que heredan de los españoles, pero que se infunde del espíritu italiano, haciendo del caudillismo una especie de idolatría, a través del carácter pasional de aquél. Mientras el español avanza del caudillismo personal a un tipo de sentimiento regional, quizás por falta de caudillos; no lo sé, que transforma la idea madre a seguir desde la pasión del guía carismático a un sentimiento de cuerpo global que se asienta en lo que se llama las autonomías, que es una forma de sentimiento más amplio, común, pero hasta cierto punto personal y diferenciador; el argentino, en cambio, lo decanta en un ídolo argentino e identificador. Así nacen Perón y Evita. Por eso es posible un Diego Armando, o también por eso se esbozan los Mennemismos y otros, aunque luego mueren al defraudar con sus pies de barro. Así, hoy, Argentina emprende un nuevo camino "K". Y en la literatura no podía ser de otra manera. El ídolo sagrado ahí es Borges. Eso obliga a hacer una introducción tan larga, cuando lo dicho puede llegar a ojos argentinos y tocar una fibra que va más allá del autor y está conectada al sentir nacional de cada uno de ellos. Borges crece y prospera en el entorno del llamado "Boom latinoamericano" de la realidad mágica, iniciado por Alejo Carpentier con su obra que pretendía contraponer a la gran literatura europea surrealista realzando el carácter americano que él llamaba "Real maravilloso". Nunca he llegado a saber, creo que no, si Carpentier fue influenciado por William Fawlkner como el resto de los latinoamericanos del Boom. Pienso que Borges tampoco. Borges, en términos latinoamericanos, es un lobo estepario. Su literatura no es real mágica sino metafísica, que a ratos puede estar teñida de criollismos, como en El Sur, El Fin y otras obras, pero este está al servicio de una inquietud metafísica y por tanto es un recurso como otro cualquiera. En este sentido Borges utiliza una multiplicidad de recursos, siempre fantásticos, pero no magicorealistas, ni tampoco cosmogénicos como hace, por ejemplo, García Márquez con Macondo y sus omnipresentes generales y caudillos militares, que pueblan su universo literario. Borges en cambio es urbano. Seduce con elementos cultistas, como cuando deja caer la idea que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres, con lo que siempre está pasando un mensaje en algún plano diferente, y metafísico. Hay dos elementos en Borges, uno declarado y otro él que nunca revelaría, por inconveniente, que le son esencialmente característicos. El primero lo devela, él mismo en el prólogo de su obra Ficciones cuando dice: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Cualquier lector atento del autor irá descubriendo en su obra una pléyade de autores falsos, con sus falsas obras correspondientes, que constituyen el recurso que se menciona aquí; Desde el tomo tercero de Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, de 1874, a algún manual eventual de estrategia de Clausewitz o F.N. Maude. El segundo quizás lo haya derivado Borges del propio primero, al convertirse en comentarista de supuestas obras de terceros, de manera que el relato suele establecer un narrador en primera persona; aún cuando constituye un recurso literario conocido y utilizado desde, tal vez, siempre en literatura, como un medio de invalidación y destrucción de la resistencia a la ficción, para engañar al oyente en la tradición y uso oral, y después al lector. En todo relato existe un acuerdo entre el relator y el receptor relativo a la fe y confianza entre ambos, que establece que el relator no desea engañar al receptor y que si los hechos del relato son ficticios, el receptor los interpretará como ciertos, en beneficio del relato. No obstante, es frecuente que el relator pretenda, para mejor hacer, engañar al receptor, destruyendo el sentido de ficción de un relato a través de un artilugio que lo haga aparecer verídico. En este sentido, el autor muchas veces apuesta su prestigio como aval del relato, a sabiendas que se hace, más fácil, fe de aquello que se relata en primera persona, que lo que se refiere a un relato recibido de otro tercero, o más aun de uno ofrecido por un tercero omnisciente o más. Así, por ejemplo, Borges comienza el relato de El Aleph del siguiente modo: «La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita». Quien lee esto, no tiene dudas que oponer al relato. ¿Quién es Beatriz Viterbo? ¿Podrá ser Beatrice Portinari? ¿O quizás Helena de Troya?. Alguien lo ha pretendido. Hasta este instante introductorio, esta Beatriz no es más que una mujer que ha muerto. Más adelante será un excelente distractor, más aun para la fantasía necesaria de quienes deben entrar al juego pretendido por el autor. Dentro de esta distracción, Beatriz adquiere realidad por dos hechos sencillos: El primero es que si ha muerto, no la conocemos, y el autor avalado por su prestigio dice que es así, no tendríamos por qué no aceptarlo. El segundo es que Borges no sólo lo relata, sino que lo entrega como un hecho de su experiencia personal. Para un lector más avezado, el relato en primera persona es conocido como recurso, por tanto sabe que el narrador y el autor no son la misma instancia ni, por supuesto, la misma persona. Borges lo sabe y se cuida de cubrir este gambito, no de inmediato, lo que sería obvio, sino más tarde en el relato, bastante más tarde, cuando escribe: «No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: - Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges». Aquí completa la trampa, aquí la cierra y atrapa a su presa, caza a su pajarito fascinado, con sus dotes de hechicero o de audaz embaucador: El narrador es el propio Borges y Borges es digno de toda fe. Somos pocos, muy pocos, los que leemos consultando y analizando cada instancia. Uno suele leer después de firmado irrenunciablemente el pacto de fe con el autor y a estas alturas puede dar fe: Primero en Borges, después en la realidad de Beatriz, secreto amor de aquél y finalmente en todo lo que de aquí en más se relate en esta historia fantástica, aun cuando hasta ahora sólo haya una melancólica historia de amores desgraciados y de muertos desprecios, que a otros analistas los llevaron por Dante o por la antigua mitología griega, en pos de los, con todo, firmes pasos de Borges. Recién ahora, cuando Borges tiene bien atado y seguro a su lector, cuando Carlos Argentino ya es un pobre aficionado a la poesía, que sólo conocemos por la destructiva descripción de Borges, viejo cazurro, que solía, del mismo modo destruir a muchos poetas y escritores de carne y hueso duro, con lo cual también lo hace casi real y perseguible en textos y enciclopedias; primo hermano de la real Beatriz Viterbo, de la que, quizás, la propia María Codama haya conservado el retrato con el pekinés que le regaló Villegas Haedo, o aquel otro grande, en torpes colores; recién ahora nos revela su Aleph, lugar mágico donde convergen todas las imágenes del universo. En este momento nos lleva, con Carlos Argentino Daneri al cuarto oscuro, en el cual se devela, o se revela, todas las imágenes que han convergido en el Aleph. Al destruir la ficción, a pesar que el lector se da cuenta que ha entrado en un universo fantástico, más allá de la realidad conocida, Borges hace cómplice a su lector de la posibilidad cierta que la fantasía exista en algún punto de realidad. Más todavía, para quien quiera seguir el juego con Borges, la construcción de la historia está trazada y subrayada por varios elementos: La persistente mención de retratos y fotografías, la ubicación del Aleph en un cuarto a oscuras, la mujer que recibe a Borges, que le asegura que: «El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías» y el propio tamaño del Aleph, que no sería mayor de dos o tres centímetros, como una lente de una cámara fotográfica. A la vez, el Aleph es un punto donde convergen todos los otros puntos, así como en la placa fotográfica converge la luz formando una imagen, punto a punto, en esa convergencia. ¿Quizás, este Aleph de Borges es un homenaje, o un juego en razón de la cámara fotográfica y la fotografía en sí como artilugio? ¿Nos está hablando, el autor, de la fotografía como cuestión genérica, como fenómeno? ¿Eso es el Aleph? ¿O esto es un falso Aleph?. Si así fuera, no habría fantasía ni metafísica alguna, sino sólo el maravillarse ante el fenómeno físico. Ya no habría ficción y la magia quedaría destruida. Hay quienes quieren verlo de este modo. Sólo por alargar la conversación con Borges, sobre este Aleph: Ya hacia el final, el relato establece que «Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph» Quien no crea en el homenaje a la fotografía, siga a caballo de esta frase, y busque el poema épico "La Araucana" de Alonso de Ercilla y Zúñiga, donde en el canto XXVII el poeta encuentra un mago que le muestra un «círculo luciente, donde todas las cosas parecían en su forma distinta y claramente: Los campos y ciudades se veían, el tráfago y bullicio de la gente, las aves, animales, lagartijas, hasta las más menudas sabandijas». Ahí el mago le va mostrando «Mira al principio de Asia a Calcedonia, junto al Bósforo enfrente de la Tracia a Lidia, Caria, Licia y Licaonia, a Panfilia, Bitinia y a Galacia; y junto al Ponto Euxino a Paflagonia, la llana Capadocia y la Famacia, y la corriente de Éufrates famoso que entra en el mar de Persia caudaloso» y así sucesivamente lo hace recorrer todo los lugares en un solo círculo misterioso, donde el mundo entero se refleja. Todo esto escrito más de trescientos años antes que Borges viera el Aleph de la calle Garay. La sola descripción del Aleph va contra la corriente de la ficción y a favor de la metafísica. Quizás Borges lo relaciona con la fotografía y duda, según se insinúa, motivo de sus propias dudas incrédulas. Quizás este sea uno de los únicos cuentos en que Borges no es categórico y deja al lector una misión: «Creo que hay otro Aleph». A la vez revela que su opinión es que este de Garay, sería un falso Aleph. ¿O es otro truco del perfecto oficio de farsante, para mejor convencer? Quizás Borges se burla de nosotros todos sus lectores, hasta la saciedad. Lo digo por la postdata de marzo del cuarenta y tres, a este mismo relato, que en parte dice: «Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen». Incluso más allá del relato mismo, Borges insiste en destruir cada traza de ficción del relato, para hacerlo aparecer real. Ahora sólo restaría por investigar si alguna vez el autor escribió una obra titulada Los naipes del tahúr. ¿O quizás, por qué no, Borges nunca existió y sólo es el nombre del personaje, y narrador en primera persona, del Aleph?. Por supuesto que el autor se llame Borges es sólo una rara coincidencia. ¡Nada más! Kepa Uriberri |
La reina que murió con la cabeza entre las piernas
La reina que murió con la cabeza entre las piernas Cierto día de comienzos de diciembre, no puedo recordar, o no sé cuál, se lo llevaron y ya no lo volví a ver hasta que su juicio terminó con su condena. Durante mucho tiempo quise obligarme a pensar de un modo diferente, pero la primera señal ya la había tenido a mediados de septiembre, cuando oí la algarabía desde la calle, que festejaba la abolición de la monarquía. Recuerdo que entonces sentí un gran peso en el pecho y los hombros, y me acosté intentando dormir, para no pensar. Ese día me dije a mí misma: "Und alles ist verloren!"[1]. Sin embargo él había ignorado los gritos que entraban por las ventanas y siguió leyendo. Cuando fue condenado, lo trajeron con nosotros ya muy entrada la tarde. Había oscurecido hacía varias horas y en la escasa iluminación que se nos permitía, lo vi arrasado. Nos relató, sin orden ni ilación, los sucesos de su juicio, con Luis Carlos sentado en sus rodillas. En algún momento dijo: "Fue terrible. Felipe que es de mi propia sangre, votó por mi muerte" y se quebró. Ya no pudo dejar de llorar. Finalmente dijo: "Mañana a las once me llevarán a la guillotina en la plaza de Luis XV". María Teresa cree que su padre lloraba por nosotros: No lo sé. Le pedí que pasara la noche aquí, porque hubiera querido reconfortarlo, pero insistió: "Preferiría no hacerlo" y fue llevado aparte. No volví a verlo ni a saber de él. Me quedé sumida en una pena seca, sin llantos ni sollozos, pero tal que parecía afectar el color del que veía las cosas y la luz, tanto que no podía ver nada con atención, todo delante de los ojos era como una sola masa construida por los objetos, que vagaban en el espacio, sin contenido alguno. La mañana del veintiuno casi no se veía nubes en el cielo. Había amanecido hacía unas pocas horas cuando llegó a nosotros, de pronto, el griterío: "¡Viva la república!" y los cantos de las gentes. Pensé en ese momento que ya no había esperanzas para ninguno de nosotros: Luis había muerto; ¡sin duda! No obstante, desde entonces me aferraba a la vana ilusión que la oposición de Austria y de otras potencias, lograran nuestra liberación. Imaginaba que mi amado Axel montaba alguna conspiración exitosa y me rescataba, pero sólo eran sueños irrealizables, ¡imposibles!. Medido en un calendario, o comparado con aquellos tiempos felices de la niñez, en los jardines de Hofburg, cinco meses no son nada, pero comparados con la nada de la torre del Temple resultan una eternidad, que transcurre sin cesar nunca, bajo el peso del persistente peligro de una condena y de la separación de mis hijos. Hasta julio sólo gravité sobre un denso abismo de incertidumbre, que sin Luis Carlos y María Teresa, mis hijos, habría sido insoportable. Ese día un funcionario, acompañado de los carceleros se llevaron al Delfín: Fue como si me hubieran arrancado un brazo. Quise oponerme, con razones, con órdenes, con explicaciones y por fuerza. No fue posible. "El niño Capet no debe estar con las mujeres" fue la única explicación que se me dio. De ahí en adelante todo sería más y más rápido, como si fuera tomando velocidad en el rodado de una montaña. Unos pocos días más tarde me trasladaron a la Conciergerie. Nunca más volvería a ver a mi hija María Teresa, ni a saber de ella. Tampoco de Isabel, la hermana de Luis, compañera necesaria en tanta soledad. A veces me parecía que mis pensamientos eran como un fluir de barro sucio y espeso, sin significado alguno. Revolcados en ellos aparecían los recuerdos de mis dos hijos de los que había sido despojada, también los de aquellos otros dos que dejé que me arrebatara la vida. Otras veces lograba serenarme y aparecían recuerdos, siempre cargados de culpas por no haber sabido manejar la estela de mis actos. ¿Qué culpa tenía yo en la estafa del collar de la Du Barry urdido por Jeanne de La Motte? o de la imprudencia de las princesas de Lorena: ¿Por qué, si ellas habían roto el protocolo, la culpable tenía que ser "l'Autriche" [2]? Al fin siempre concluía que Francia jamás me quiso o siempre quiso despreciarme, como si sus viejas y rígidas costumbres fueran superiores. Cuando recordaba aquellos tiempos me llenaba de ira. Yo era la hija del emperador y me había casado con un imbécil, como premio a su colaboración en juegos de poder que no comprendía. ¿De qué me valió? ¿De qué le valió a mi madre? ¿Y a mis hermanos que me abandonaron como si me arrojaran a los lobos porque no era bueno para Austria defenderme?. Al fin, Francia, sus franceses, siempre conseguían humillarme. Me hacían sentir su superioridad intelectual y moral, como la nobleza más luminosa de Europa, como la sociedad más refinada, a la que yo no pertenecía en modo ninguno, sin importar mi origen, que por lo demás creían menor. Yo no tenía, para ellos, un nombre. Era "l'Autriche". Siempre que caía en estos pensamientos terminaba en el recuerdo de la abominable Ceremonia de Coucher en la que toda la corte de Francia debía observar y comprobar que la joven austríaca era desvirgada por el Delfín adolescente. Pero el futuro rey de los franceses no era capaz de cumplir su deber. ¡Vaya luces! ¡Miren que príncipe! Y para eso tenía que soportar la humillación. Fui recluida en una sala menor, apenas amoblada, donde reposaban, antaño, los carceleros que les correspondía descanso. Para estos franceses, los del pueblo, era "Madame Deficit". Me sentía sometida a venganzas que no merecía, estaba enferma y debilitada por una persistente hemorragia, además del peso de la certeza de la suerte que me esperaba sin remedio. Más tarde añoraría, sin embargo, esta celda, como un aposento regio. Aquí fui rehén y moneda de cambio estratégica para Francia en los conflictos con las otras potencias de Europa; quizás con la propia Austria, pero no le sé. No tenía casi noticias. Me parecía que habitaba una pequeña pecera de piedra que sin tocarme me oprimía. Sentía fuego en el vientre y me invadía la obsesión de que me estaba desangrando con aquella hemorragia mía. Tal vez alguien montaba una conspiración para salvarme, quizás habían descubierto una, o sólo fue una forma de tortura: Un día me sacaron de esa celda mísera y me llevaron a otra peor. Ahora estaba separada de mis guardianes por una cortina inmunda y sólo disponía de un catre de fierro una mesa pequeña y una silla de madera. Aquí, se decía, estaría mejor vigilada. Sólo sé que ya no tenía intimidad ninguna. Por una ventana menor, en un rincón alto, alcanzaba a entrar algo de luz de otoño, durante unas pocas horas. Sólo se me permitía leer, pero no tenía velas, de modo que la mayor parte del tiempo vivía encerrada en la piedra y en mí misma. Se me había requisado todas las pertenencias. Puede ser que hayan creado, ya, un falso expediente para calmar sus conciencias y condenarme, para desprestigiarme ante el pueblo de Francia; cuestión que no necesitan. Cubierta de mentiras y atroces acusaciones, en algunos días podrán, al fin ejecutarme ante el pueblo, ansioso de sangre. Quizás hayan sido dos meses o más, no lo sé bien, lo que habían tardado. Sólo era otoño, quizás fines de septiembre o algunos días entrado octubre, cuando me llevaron por ese lúgubre pasillo al gran salón donde sesionaba el tribunal. Me interrogaron y me asignaron la calidad de acusada, para someterme a juicio. ¡Cuánto coraje! ¡Cómo mentían con descaro! Enredaban las declaraciones que se supone había hecho a mis interrogadores y las mostraban como si yo me acusara a mí misma. Tuve dos abogados que no estaban preparados ni me defendieron. No tuve oportunidad de elegirlos, me fueron dispuestos por el tribunal. Todas las acusaciones fueron infames, pero llegaron al extremo de presentar, y leer, una declaración escrita, firmada por Luis Carlos en contra mía. Con las más soeces palabras, que él mismo no podía comprender, aseguró que Isabel la hermana de su padre, y yo misma, su propia madre, lo obligábamos a participar en juegos impúdicos e íntimos, que practicábamos desnudas con él en el Temple. Le habríamos enseñado a buscar su satisfacción y la nuestra. Ya nada me importó: Podían llevarme de ahí, de inmediato, al cadalso, o podían decapitarme, ahora, ante mis acusadores y jueces, ante todo el público presente, para quienes éste era un espectáculo que los llenaba de gozo. Levanté la voz con ira y decisión, para hablar a las mujeres que ahí había: "Vosotras sois madres, como yo misma lo soy. Ni vosotras lo sois más que yo, ni esta mujer; en desgracia, es más madre que vosotras" les grité. "¿Alguna de vosotras, cualquier madre, ni yo misma ni nadie, puede creer que una madre enseñará esas cosas a un hijo al que se ama con todo el corazón? ¡Esta es una infamia que las mujeres de Francia no pueden permitir! ¡Hacedlo saber así!". Quise creer que todas las mujeres gritaron a mi favor. Quise creer que todas esas voces se alzaban para defenderme, pero no lo sé. Sólo sé que hubo desorden, que el juicio debió suspenderse, y que me sacaron del tribunal mientras la policía intentaba poner orden entre los presentes. Llevaba la cabeza plena de pensamientos encontrados y el corazón rebalsado de furia. Sólo cuando me dejaron a solas en mi celda tuve conciencia de mí misma y de mi cuerpo. Sentí que tenía empapadas; tibiamente empapadas, las entrepiernas. Fue peor que cualquier tortura. ¿Quién sabe si algún día, ese niño, llegará a ser el rey de Francia o de los franceses? ¿Cuánto tendrá que renegar de mi, su madre, para lograrlo? ¿Para eso lo habían apartado de mi?. Hoy, otra vez, me habían arrancado un trozo del alma. Era como si quisieran quitarme la vida lentamente. Yo nací, creo que así nacemos todos: inmortales. La muerte era algo ajeno, sucedía a otros, mientras una tenía toda la vida eterna por delante. Cuando vi que el golpe que me habían dado, a través de mi propio hijo amado, en el tribunal, había hecho estallar mi vientre, el mismo que lo había parido, y que ahora manaba en un lento río de sangre tibia, supe por primera vez en mi vida que no era inmortal. Sentí, ahora sí, terror: Estaba muriendo, se me escapaba la vida. Nunca antes, ni siquiera cuando se llevaron al rey para decapitarlo, había dejado de ser inmortal, aun cuando sabía que mi destino cierto era la guillotina, de algún modo lo negaba. Quizás abrigaba esperanzas o quizás ni siquiera las necesitaba: La muerte propia no existía. Sólo nació en este río rojo que cristalizaba lento entre mis piernas, llevándose mis fuerzas y señalándome que estaba irremisiblemente rota por dentro. En este momento tuve miedo. Tuve el miedo que no tenía de morir en el cadalso, quizás porque nunca llegaría a suceder, quizás porque la muerte era hasta entonces algo que sólo sucedía a los otros. ¿Qué más conoce una de la muerte, que la de los demás? Sólo ahora sé que una también muere, sólo ahora que la muerte comienza a cubrirme con su sombra y bebe mi vida de mi sangre. Tuve miedo. Y aunque nada podía hacer, sentí que el miedo nacía de la certeza de perder a mis hijos Luis y María Teresa, en la muerte, como si la muerte fuera la de ellos: Yo los perdía, no ellos a mi. "¿Que va a ser de ellos sin mí?" me pregunté, ahora que estaba muriendo. ¿Cuánto tiempo demoraría en vaciarme? ¿Cuánto me duraría la vida que se me escapaba sin remedio?. Cuando entran a mi celda, de nuevo, siento que el vientre se me recoge y me acucia un intenso dolor. Me llevan otra vez al tribunal y siento terror, no de una condena, sino de ser enfrentada, quizás, de manera cruel, con mi hijo y a verme condenada por él; por su inocencia. Quizás hoy él no sepa cómo me estaba dañando, pero llegará el momento en que esta condena, que arroja sobre mi, sin comprenderla, se convierta en un peso atroz en su conciencia. Fueron muchas horas. Horas inútiles de testimonios ambiguos, a veces pueriles, las más falsos y sin pruebas y sin embargo me eran agobiantes; agotadores. Sentía que me desangraba y que ya no tenía fuerzas. Por fin terminaron los testigos y el acusador público me conminó a presentar mis últimos descargos. "No se ha presentado aquí prueba para acusación alguna en mi contra" aseguré, "Sólo se me acusa de ser la mujer de Luis XVI; como tal me correspondió siempre acatar su voluntad". Y sin embargo sabía que todo era imposible. Ya estaba condenada desde aquel día en que llegué a Francia. No fue sorpresa oír la sentencia, después de la farsa de la deliberación del jurado: Era su deber y su terror. Jamás podrían haber considerado mi inocencia, aún creyendo fervientemente en ella. Pero nada importaba: Yo ya estaba muriendo desangrada lentamente. La muerte ya había tomado mi mano. Esa noche no dormí: No pude ¿o no quise?. Tal vez vi cómo se repetía el destino que tenía trazado desde que entré a Francia, como si fueran ondas concéntricas que hubiera generado una piedrecilla en el agua. Toda la nobleza debía reunirse en torno de mi compromiso con Francia, en el lecho conyugal: Moría como austríaca y renacía francesa por la penetración del Delfín de Francia. Pero no fue posible. Nunca fue posible. Ahora sería francesa para siempre recostada en el lecho de la guillotina y ya había comenzado a sangrar y morir. Se consumaría por la penetración de la guillotina del pueblo en mi cuello: El círculo concéntrico se cerraría. Aun no ha salido el sol. Un renegado entra a ofrecerme sus sacramentos. ¿Cómo podría, en esta última hora, la hija del emperador cuya misión de vida es la defensa de la verdadera fe, encomendar su alma a Dios, en las manos de un renegado de aquella fe? El hombre insiste. - ¿Puedo al menos acompañaros y orar por tu alma?- Si así es vuestro deseo - digo, y reflexiono: - Ya no soy dueña de nada. ¿A quién podría prohibir o imponer mi voluntad?Se quedó ahí, tras la cortina que me servía de última intimidad mientras me vestía para ser ejecutada. Había vestido, hasta ahora, un luto casi de harapos desde que me habían quitado todo lo que me pertenecía. Aún, sin embargo conservo un vestido, o más bien un camisón blanco y una cofia. Me dejé cortar el pelo como era rigor, por la muchacha que a veces atendía las necesidades que la guardia no podía cumplir, y me vestí de blanco para simbolizar mi inocencia, renunciando al luto debido. Sospecho un sol helado, que a esa hora todavía no entra por la alta ventanuca enrejada de la celda, cuando entra el verdugo. Es un hombre enorme, "demasiado amable para su oficio" considero. Dice llamarse Sansón, "¿o es su apodo revolucionario?". Me pongo la cofia en la cabeza y me dejo atar las manos a la espalda. El verdugo lleva asegurada, consigo, la otra punta de la cuerda y el tricornio bajo el brazo. Al salir de la Conciergerie, la luz del día, que hace meses no he visto, me hiere los ojos. Sin precisión veo una guardia numerosa, que aparta al público de curiosos, y la carreta miserable que me espera. Noto que el caballo, si bien es enorme, está sucio y descuidado. Su cuerpo macizo se ve surcado por las costillas y siento que su sumisión es una alegoría de mi propio sometimiento. El verdugo me ayuda a subir a la carreta mientras me tortura el silencio raro de los murmullos, de quienes han venido a ver mi capitulación, y de las oraciones del apóstata que se sienta a mi lado. Soy una cáscara vacía: Nada pienso, nada siento. Sólo sensaciones, murmullos de la gente, oraciones de este renegado a mi izquierda, el ruido y la textura de las ruedas toscas al avanzar sobre el empedrado. La luz que me hiere tiñendo todo de gris, convierte las figuras en una sola cascarilla que ondula al ritmo del murmullo, como si fueran un solo ser, así como las siluetas que se traslucen tras las cortinas tenues. Nada tiene individualidad; ni yo misma. También soy parte de esa nada superficial y vacía en su interior, como un inmenso trapo que flameara agitado por un cierto vendaval. La carreta avanza lenta por la Rue de Saint-Honoré, al poco de atravesar el puente desde la Conciergerie. Alguien, quizás un bufón, se ha puesto delante de la carreta y va recitando algo que no escucho con claridad entre los gritos de las gentes. Se refiere a mi con palabras soeces. Sólo una idea me sostiene: "Soy la reina de Francia. Y si no lo soy, soy archiduquesa de Austria y Lorena. ¡Nadie avasallará la dignidad que me corresponde!". El camino se hace eterno, ensordecedor, enceguecedor. A veces veo rostros. A veces gritan. A veces son irónicos, a veces se acompañan de brazos alzados. Todos son iguales, todos son el mismo rostro enajenado y vacío. Yo estoy vacía y soy parte de esos rostros que nada son; avanzo al centro de esta lenta marea que nunca termina. No hay alegría en esos rostros que quizás algún día buscaron libertad, ansiaban alguna extraña igualdad que los igualaba pisando sobre sus superiores, revirtiendo una igualdad imposible, igualdad no deseada: ¡Venganza! ¡Revancha! El pueblo fraterno asesinando a los que no eran iguales en un absurdo sentido de justicia para construir la libertad que me restaban. Para eso, yo debía pagar el precio. El precio no era mi muerte sino ser arrancada de mis hijos. Todo lo demás: ¡Nada! y esos rostros llenos de fervor falso; de fanatismo, ni siquiera sabían cuál era el castigo que me imponían. ¿La muerte?: La muerte todavía era un concepto; no tenía realidad. Para esa muerte aún era inmortal. Iba al patíbulo, me esperaba la decapitación y sin embargo no concebía mi muerte. Mi muerte estaba en ese lento arroyo de sangre que manaba entre mis piernas, sin detenerse nunca. No sabían que no había, para ellos, en mi muerte, premio ninguno. Siempre, desde que llegué a Francia, estuve rodeada: Hoy de este pueblo de sordos rumores y gritos porque me odian. Ayer, rodeada también, de rumores silenciosos. Siempre estuve sola en Francia, pero rodeada de franceses que no me querían. Vuelve a mi, en la soledad tumultuosa, la tumultuosa soledad de la Ceremonia de la Coucher: Toda la noble Francia, hierática, estólida, observando a su Delfín, tan incapaz de restar la virginidad de su joven princesa: ¿Habrá aumentado el odio de los nobles hacia su futura reina, la torpeza de su delfín?. Llegamos al fin a la Rue Royale, donde a la derecha, al girar la carreta, pesada y lenta, vi mi muerte verdadera, al fin. Se veía como una alta y esbelta máquina, casi bella, casi inocente. Entre mi muerte y yo, sobre el pedestal de la estatua de Luis XV, último símbolo de la monarquía francesa y su absoluto poder, divisé la estatua de una mujer, en yeso pintado, imitando piedra, que me daba las espaldas, sentada en un trono, con una lanza en su diestra. Todavía le tomó, al fatigado caballo, tirar la carreta hasta el cadalso, otra eternidad. Cuando al fin llegamos, y el verdugo, con ademanes de ayuda de cámara, con su tricornio, respetuosamente, bajo el brazo y la cuerda que ataba mis manos a la espalda, varias veces enrollada en ese brazo y sujeta firmemente con aquella mano, me ayudó a descender de la carreta, pude ver, de frente, la estatua de la mujer: Tenía la mirada vacía, quizás como yo misma. Su gesto era severo, aunque tranquilo, y si hubiera tenido pupilas en los ojos habría estado mirado un horizonte lejano, en el sur, quizás si en España, o más allá, pero era ciega. Su mano izquierda caía, tranquila, sobre el reposo para el brazo del trono que ocupaba. Vestía una túnica larga y calzaba sandalias, mientras su cabeza no estaba laureada sino tocada con un birrete frigio pintado de rojo. Sin ninguna duda esa estatua era sólo la cáscara de yeso, vacía por dentro, como yo. El verdugo me tomó del brazo y me ayudó a subir al cadalso, mientras yo miraba a la estatua. Casi al llegar arriba, distraída, en mi observación, tropecé en un peldaño y pisé al verdugo. Me disculpé con cortesía:- ¡Oh! perdone usted, fue involuntario -. Lo miré por primera vez, a la cara, con cierta atención. A pesar de su tamaño, su cara reflejaba casi la bondad de un niño y su mirada dulce me sorprendió. Dijo:- Il n'a pas d'importance, Madame.No obstante, una vez arriba del cadalso, sus gestos y movimientos son duros, tensos, y su gesto completamente rígido. Me empuja y me inclina, para recostarme contra el vientre en el tablado de la máquina. Cuando asegura el marco en torno a mi cuello y me quita la cofia que oculta el pelo recortado la certeza de sus movimientos, me aterra y me muestra una imagen contradictoria de este niño enorme, anciano, a cargo de la máquina de matar. Siento un golpe de sangre que me inunda el pecho de horror y percibo, por fin, que voy a morir. Veo el fondo del canasto dispuesto para recibir mi cabeza. No sé qué me hace estudiar el tejido de esa cesta, manchada de sangre seca. Veo su tramado circular, enlazado con el tejido cruzado de mimbre, con tal nitidez que pienso que quisiera ignorar que esa sangre seca puede ser la de Luis. Y después será la mía. Entonces se me ocurre que esa sangre cristalizada y esa nervadura tejida, que la sustenta, allá al fondo, son como la figura en un espejo de mi matriz profunda y desgarrada. Todo, incluso el borbotear de rumores de la gente, empuja la emoción hasta mi garganta, hasta nublar mis ojos. Me resisto y presto atención al trabajo del verdugo que ata mis piernas al tablado, para vencerla. El tiempo es eterno y lento. Cada segundo es inconmensurable, como si viviera la vida eterna en este momento infinito: ¿Cómo es la vida eterna? ¿Quedarán, por fin, en este castigo, purgadas todas mis faltas? Pero estoy en paz: ¿Entonces por qué este instante se hace eterno, como su fuera el único? Sin embargo esta eternidad, de este momento, es así: Metida en esta trama manchada de sangre cristalizada. De pronto se hace el silencio. Algo, que no alcanzo a ver, ha sucedido, y concita la expectación general. Vislumbro, a mi derecha, difusa, la figura del verdugo y escucho alguna orden militar. Percibo un movimiento brusco de él, a mi lado, seguido de un ruido seco de madera, como si se cerrara bruscamente un cajón. El verdugo ha activado el cuchillo. Durante una eternidad el corazón me golpea el pecho con fuerza, mientras oigo un zumbido como si alguien pasara las uñas sobre madera. Aprieto los dientes con fuerza y la tensión de todo el cuerpo me resulta dolorosa y aunque no alcanza a pasar una fracción de segundo, siento el tiempo detenido, hasta que de repente me cae un golpe seco en la nuca y caigo en el fondo del canasto sobre la sangre seca de quienes fueran ajusticiados antes que yo. Oigo gritos de júbilo y me siento ahogada. Quiero respirar y no puedo. Siento en la frente y la mejilla, la textura de la nervadura del mimbre del canasto. Alguien me tira del pelo, con cierta dificultad, porque me lo han rapado demasiado y me levanta, jalándome del pelo y una mejilla. Veo, en medio de la desesperación de la asfixia, a la gente vociferando y gesticulando con manos y brazos, como si todos fueran un solo ser, como un gran manto que flameara agitado por el viento. Me arrastran de uno a otro lado de la tarima del cadalso, con una extraña liviandad. En algún momento, al exhibirme, alcanzo a ver allá, a un par de metros, mi cuerpo descabezado, aún atado a la plancha de madera del cadalso. Un hombre lo está desatando y percibo que todavía tiene algunas convulsiones suaves de las piernas y las manos, que, todavía, amarradas a la espalda parecen querer agarrar algo que no ven. El soldado que me sujeta y exhibe ante el populacho me lleva más allá y con tristeza pierdo de vista mi propio cuerpo. Siento una pena infinita, llena de sorpresa. El pecho, que ya no está conmigo, se me rebalsa de angustia. Quisiera aspirar aire por la boca pero es imposible y pienso, en medio de la confusión mía y de la euforia de quienes me gritan, que ya estoy muerta y me pregunto si esta será la forma de la eternidad, si ya estoy purgando mis pecados, si jamás veré a Luis, que quizás haya merecido la gloria de Dios y esté a su lado, mientras yo comienzo a purgar esta angustia para siempre. Quizás él esté junto a mis hijos muertos. Quiero llorar pero no puedo. El hombre que me tiene en sus manos me lleva hacia la escalera del cadalso, ahí dos hombres bajan el canasto donde caí decapitada y lo arrojan en la carreta que me trajo desde la Conciergerie. Me acercan hasta ésta y veo mi propio cuerpo dentro del canasto, descabezado. Todavía agita con suavidad las manos, como si tratara, ciego, de asirse de algo, para no caer. El hombre que me tiene en sus manos me arroja, también, al cesto, donde caigo entre mis propias piernas, mirando al cielo brumoso. El carretero sube al pescante y azuza al percherón flaco que arrastra lentamente la carreta. Veo la espalda y la nuca del hombre. Ya no me angustia el ahogo. Alcanzo a ver mis muslos y rodillas, y acude a mi memoria un recuerdo tan antiguo: Soy una niña de muy pocos años. Juego en los jardines, no sé que jardines son, quizás los recuerdos los han modelado de una manera antojadiza, de modo que no los reconozco. Madame Brandeiss está sentada, vestida de blanco, en una silla a la sombra de un gran olmo. Corro y me abrazo a sus piernas. Descanso mi cabeza en su regazo y veo sus muslos y rodillas del mismo modo que las mías propias, ahora. Siento un sueño pesado. Ya los ojos no me obedecen. Me parece que se quieren ir hacia atrás, como si quisieran ver mi propio ser interior. Me opongo con las fuerzas que aún me quedan, mientras las imágenes de los frisos y techos de algunos edificios en la Rue Royale se desvanecen lentamente y la nuca del carretero baila y se esfuma. Sé que si me duermo ya no despertaré: ¡Jamás! Kepa Uriberri[1] ¡Ya todo está perdido! [2] La Austríaca |
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"¡No!. Yo no tengo hijos mongos. Este es hijo tuyo; no mío" después la abandonaría. "¡Pal caso!" pensó con despecho anticipado, "el tipo es un inútil. ¡Que se vaya a la cresta con su millón de la Esperanza Grande!". Al final llegaba siempre a la misma conclusión: "Odio a este niño, odio estar preñada". Y sin embargo, al fondo de su ser, quizás su conciencia, la hacía odiar este sentimiento egoísta y decía: "¿Y qué culpa tiene? Él es inocente. Sólo quiere una oportunidad". Intentaba trabajar, a pesar del peso que sentía, de todas las culpas, de todos los presagios que le apretaban el pecho, para olvidar. "Ahora no puedo arreglar nada" pensaba, "tengo que esperar. Algo bueno tendrá que pasar". Así lograba distraerse un momento, pero luego venía la otra oleada y volvía a odiar a su pareja que la había preñado, se odiaba a sí misma por dejarse preñar y sobre todo odiaba al fruto de ese error que le coartaba todas las libertades, e imaginaba soluciones para deshacerse de él. Se sentía perversa, de sólo pensar en eso, y se justificaba diciendo: "Es mi derecho, pues; ¿Acaso no tengo derecho a hacer lo que quiera con mi cuerpo?". Con eso sentía un falso alivio. Nunca se había visto en esta encrucijada y cuando la juzgaba en otras mujeres lo veía como algo sencillo. Se llamaba derechos reproductivos, derechos de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, y otros conceptos tan usados en las discusiones de sobremesa, de televisión, de revistas y diarios, sin un niño real y sobre deberes y derechos de otras mujeres. "Pero es mi hijo, es una persona que depende de mi; indefensa" reflexionó y sintió un golpe de ira. "¡Putas! ¡lo odio! ¡lo odio! ¡lo odio! ¿Por qué tiene que hacerme esto? ¡Huevón puta! ¡Puta! ¡Putas!" se dijo rechinando los dientes.
La obstetra la miró con cierta tristeza. Pensó en la facilidad con que se le niega los derechos a los débiles. Creía, con todo, que si bien ese niño sufría una deformación irreparable que le restaba posibilidades de sobrevivir, era necesario reconocer que tenía derecho, lo mismo que cualquier ser vivo, a una vida en los términos y condiciones que la naturaleza le otorgara. Más aun, creía que debería tener derecho a ser reconocido como hijo, al menos. Se dijo, luego, que los más débiles jamás tenían oportunidad de reivindicar sus derechos: La única manera que lo logren es a través de la generosidad de los más fuertes, quienes se los coartan. Mientras no hubo grupos de poder, entre los blancos, que decididamente lucharan por los derechos de los esclavos, no se pudo reivindicar el derecho de aquellos a ser libres e iguales. Los niños, por sí mismos, jamás lograrían que se les reconociera sus derechos. Ni siquiera serían capaces de determinar cuáles son. Reconocer el derecho del más débil es un acto de voluntad generoso que no siempre el fuerte está dispuesto a ejercer. Sintió, en su pecho, un cierto dolor culpable por no poder conseguir que esa madre, cuando menos, aceptara a su hijo y su desgracia, así como lo haría si la desgracia le hubiera sobrevenido después de tiempo de haber nacido.
El padre la apretó suavemente contra el pecho y acercando su boca a la cara de la niña le besó la mejilla y dijo:
Lo seguía una mujercita en todo similar, como si fuera su perfecta pareja, ambos disfrazados de extraterrestres u otra especie inidentificable. Los vi atravesar la escena y perderse entre la gente, curioso por descubrir el sentido de su presencia, pero cruzaron la plaza, entera, sin que nadie pudiera aventurar una explicación. Sólo ahora, mientras escribo, quizás, sólo tal vez, haya encontrado el por qué de estas raras figuras; pero lo aclararé más tarde. Seguí mi camino a la mesa de servicio. Fue extraño. Había gente que hacía diversos pedidos, todos con su propio vaso o copa. Yo sin nada, pedí una de vino tinto: "Lo lamento no hay copas" me dijo el mozo que atendía. "No importa. En un vaso" respondí. Sólo estiró el gesto de la cara, para expresar que tampoco había. En la esquina del mesón que nos separaba, sin embargo, alguien había dejado cuatro o cinco copas sucias. Le pedí una, y que me sirviera, apenas un fondo, como si fuera para catar. Con ese concho de vino lavé como pude la copa y me hice servir. No sé si este hecho refleja que se estimó mal la cantidad de gente que habría, o una falla logística o un error de banquetería. No importa. Me fui con mi copa de vuelta a mi paseo.
Conversamos de nuestros proyectos culturales y alguna cuestión general, durante algunos pocos minutos. De repente llega junto a nosotros un grupo de personas, de entre los cuales aparece el ministro L.C. Con una actitud casi diplomática y fina gentileza saludó a la actriz, que de inmediato, después de responder, desapareció de la escena. En seguida me saludó a mi, casi como si fuera su hermano, o un amigo entrañable: "Hola ¿cómo estás? ¿Qué gusto verte?". Sin ninguna duda el ministro había aprendido de "politesse" con alguna abuela francesa. Jamás diría: "Estos asientos están reservados", por el cotrario utilizará una saeta envuelta en perfume de ironías. Durante los cinco segundos en que ocurrió esta escena, quedé rodeado de la comitiva que lo acompañaba, quizás sólo para que todo se consumara según mi propia profecía. Fue divertido. Al buscar por donde retirarme con discreción, me encuentro, de improviso, frente a un hombre alto macizo de pelo tieso, de sonrisa extremadamente amplia y forzada, que me detiene. Dice: "Por favor, debes retirarte porque estos asientos están reservados para el señor ministro, que viene con la secretaria ejecutiva, el señor (ya no recuerdo el cargo) y el escritor Ampuero". "Por supuesto" digo sorprendido de que uno de los integrantes de la comitiva tenga el cargo de "el escritor Ampuero", mientras los otros eran ministro, secretaria ejecutiva y director de algo. Recordé a un conocido figurón, cuyo cargo era ser él mismo. Más raro aún, porque en el ambiente literario culto, a Ampuero se le suele escatimar su carácter de escritor. Pero eso ya es otra cosa.
Decía, por ejemplo, en tono de completa desidia: "Esa huevona que viene con la guagua en brazos, se va a sacar la chucha" (Esa mujer que viene con el niño en brazos, se va a caer). Cuatro, o quizás seis, pasos más allá la mujer daba un traspié y caía, escandalosamente al suelo. En este momento vi la segunda profecía: "Se va a caer" me dije y sentí miedo, aunque creí que era completamente irracional. Una vez en el escenario, entre alaridos y luces, la mujer parió un horrible muñeco, morocho, vestido de azul con aspecto de adulto enano. Lo acarició, le hizo mimos y le musitó canciones de cuna. Más tarde supe que ese engendro era el poeta Vicente Huidobro. Terminado el parto y los mimos, la madre del poeta, con las mismas prisas con que había llegado, emprendió la huida del escenario. Volví a recordar a la JM: "Se va a caer" pensé. "Incluso viene con la guagua en brazos". Corriendo, bajó por los traicioneros escalones del proscenio. En la mitad de la escalera tuvo un traspié, ahí a un metro de donde yo estaba, y se fue de bruces. Salte hacia ella, sintiéndome culpable y la ayudé a incorporarse. No me miró. No me dio las gracias. Sólo miró su ruta de salida predeterminada y emprendió por ahí, su carrera interrumpida, hasta desaparecer. Su actitud no me extrañó en absoluto: Vi, cierta vez, a un hombre recién atropellado, ponerse de pie y salir corriendo para no perder un bus que estaba a unos cuarenta metros del lugar. A esto se le llama inercia. 
