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viernes, 29 de julio de 2011

Permutando la muerte.


Ya es hora… tengo que llamar a Árbin y pedirle que prepare todo. No puede, no debe defraudarme, me lo ha prometido. Debo confiar en él.


Permutando la muerte.

 Por: Anselmo Bautista López


Nada he hecho bien en mi vida. Quise ser maestro, doctor, abogado, ingeniero… para darme cuenta hoy que no me he convertido en ninguno. Me he quedado solo. Mi padre falleció hace un año en la cama del hospital donde lo atendieron de una brutal cirrocis epática que le destruyó el hígado. Mis últimos amigos han desaparecido de mi localizador.  Mi fiel amigo “Chaqui” agarró calle buscando su destino hacia un lugar dónde pueda dejar sus pulgas… y alguien que le dé de comer. Mi novia de plano se rindió de consolar al pobre diablo de mi. Seguro se fue con otro, eso que ni qué.

Pero como la Física dice: “Nada desaparece, todo se transforma”, he comprendido también que una cosa es sustituida por otra. Un objeto no puede ocupar el mismo espacio que otro objeto ocupa. Tal vez esta sea la explicación del porqué no llegué a ser abogado ni ingeniero, y ninguna otra profesión. Seguro es que todos los lugares estaban ocupados y no había modo de desplazarlos. Pero yo sí fui desplazado. Los lugares que quedaron vacíos a mi alrededor –no todos, sólo cuatro– también fueron ocupados.

Conocí a Margarita, una chica muy bonita cuyos ojos bailoteaban sin ton ni son. Jamás lograban ubicarse en su órbita. Excelente amiga, amante de la vida y aferrada a ella. Muy positiva y luchona. Enseñaba a un grupo de niños a leer braille.

Teodoro, un oficinista, dedicaba su tiempo libre a los ejercicios de respiración y yoga para fortalecer su corazón. Un hombre recto, responable y cuidadoso de su aspecto.

Benjamín, el jovencito rebozante de ternura, creaba cuentos espontáneos y fantásticos. Como todos los niños le gustaba la pelota. Soñaba jugar con ella algún día.

Árbin Ríos, doctor especialista en operaciones quirúrjicas y guía espiritual, al menos, de este que les narra. Íntimo amigo que a pesar de tratarme poco tiempo, conoce a perfección mi pasado, mi presente y hasta mi futuro.

Con todos he creado lazos de afectividad tan estrechos que me resultaría difícil poder separarme de ellos. Los frecuento contantemente. Me alientan con su emotividad a seguir adelante con mi propósito, con mi resolución, con mi proyecto.

Gracias a ellos seré alguien. Gracias a ellos seré el que quiero ser, el hombre que me he fijado ser. El hombre que hará, por fín, una cosa bien. Pero tengo que abandonarlo todo. Tengo que abandonar este piso que muchos recuerdos tristes me trae.

Ya es hora… tengo que llamar a Árbin y pedirle que prepare todo. No puede, no debe defraudarme, me lo ha prometido. Debo confiar en él.
Si tú Margarita estás leyendo esta carta frente a Benjamín y Teodoro, tal cual es mi deseo, es que Árbin –la persona que les llamó y metió a quirófano- es un gran hombre, y todo lo que ahora poseen de mí, se lo deben a él. Yo, en cambio, he permutado la muerte porque seguiré viviendo en ustedes.

Que Dios los bendiga.

Margarita terminó de leer la carta. Levantó su mirada húmeda y corrió a abrazar con ternura a Benjamín y Teodoro.





Editamos, publicamos y promovemos tu libro. 




viernes, 23 de abril de 2010

¿Te da miedo escribir tu libro?

 ¿Te da miedo escribir tu libro?





Si eres de los que les da miedo escribir su propio libro, entonces échale una mirada a tus miedos.

Hace un par de años, por la vía de la amistad, conocí a un joven que deseaba escribir su libro. Me invitó a formar parte del proyecto como coautor. La historia debía narrar el mundo de los negocios y su protagonista debía ser un inversionista exitoso.

Me negué en un principio. En primera porque ese mundo es desconocido para mí y tendría que chuparme literatura técnica como las obras de autores que hubiesen escrito al respecto. Era tanto su entusiasmo y su actitud positiva que me contagió y acepté únicamente a orientarlo. No hubimos comenzado cuando me llamó de su oficina para explicarme su desánimo y la decisión de abandonar el proyecto. En realidad se dio cuenta que aquello que pretendía estampar en papel le exigía más esfuerzo y tiempo del que había supuesto.

Su amigo, enterado de ese propósito, también me abordó. Era un joven que había desarrollado un modo bastante único de mirar la vida y quería expresarlo en un libro. Así que para no sentir que otra vez perdería el tiempo con alguien, cuyo entusiasmo podría esfumársele a la vuelta de la esquina, me alquilé para ayudarle a poner en orden su libro. Después de armar algunos capítulos dejó de responder mi correo electrónico y mis llamadas telefónicas.

Lo mismo ocurrió con una mujer. Tuvimos algunas dificultades para poner su libro en marcha. Después de varias citas canceladas y salidas en falso, me admitió que escribir su libro la tenía muy asustada.

Estos son algunos ejemplos con los que me he topado de frente. Pero existen otros que han sido de manera virtual, y a pesar de no conocer personalmente al sujeto, puedo percibir su miedo por la manera en que escriben y cómo se expresan a través del correo electrónico.

Cada ejemplo anterior es diferente, por supuesto, pero sólo superficialmente porque al final todos abandonaron por miedo su deseado proyecto.

¿Cuál es el Miedo?

Cuando piensas escribir un libro, existen varias cosas que pueden ponerte asustadizo. Trataré de señalar los miedos más típicos que he podido detectar. 

·         El tamaño escabroso del proyecto: 40,000 palabras arrojan unas 200 páginas. Es un proyecto grande que exige esfuerzo constante y concentración por un tiempo más o menos prolongado dependiendo del género y la temática. Sin embargo, si es un proyecto importante para ti, escribe el libro. Si es importante, seguro encontrarás el tiempo y el modo de escribirlo.

·         Miedo a revelarse. Si escribes un libro y se vende bien, expones tus ideas a muchos puntos de vista, a cientos, a miles de lectores. Nadie sabe qué destino tendrá tu libro. Al publicarlo se vuelve un acto público. Estarás ahí en los registros, en la letra, en cualquier idea que hayas puesto. La gente de varios niveles te conocerá a través de él y te juzgarán. ¿Realmente te importa esto?

·         Miedo al éxito. Si tu libro es moderadamente exitoso, probablemente cambiará tu vida. Te dará cierta autoridad y respeto en ciertos sectores. Algunos esperarán más de ti porque eres ya un autor publicado. Si tu libro tiene éxito podrías, tal vez, enriquecerte de su venta. ¿No lo quieres?

·         Miedo al fracaso. También te expones a este riesgo. Quizá tu libro venda una docena de copias y entonces te tomarán por escritor fracasado. Pero yo te digo, por supuesto, que no lo eres. No eres un fracasado si sólo se logra vender unas insignificantes copias, pero tú, probablemente te sientas en este camino.

·         Temer arrepentirte después por lo que escribiste. Probablemente las ideas que estampaste en tu libro ya no sean las mismas que tengas después de algunos años. ¿Cómo podrás sostener aquello si tus ideas han cambiado? Bueno, míralo de esta manera: estás listo para escribir un segundo libro o quizá un tercero. ¿No es agradable?

·         Miedo a ser juzgado. Con toda seguridad serás juzgado y apedreado, sobre todo por quienes no comparten tus ideas. Habrá quienes hasta se rasguen las vestiduras. Probablemente pierdas amistades por lo que has escrito, pero conseguirás otros. No te preocupes por esto, siempre tendrás detractores, halagadores y reconocedores. Sólo escribe con total honestidad. Si algo tiene que decirse duro y crudo, habrá que decirlo así. Este mundo está compuesto de dualidades y la mitad la tienes asegurada.

En mi experiencia, estos son algunos miedos típicos que impiden que concluyas un libro. No hay nada incorrecto con el miedo. El problema con él es que te detiene y no te deja continuar si no lo enfrentas.
Última recomendación: Escribe a menudo y esfuérzate por escribir bien.

 El Editor.






Editamos, publicamos y vendemos tu libro. 



viernes, 9 de abril de 2010

Nada qué decir

 Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir? De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir? ¿Para que me leyeran? ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?

Nada que decir

De repente me quedé sin más que decir. No: Me estoy explicando mal. Tendría mucho que decir, mucho que relatar, tal vez; pero me pregunto: ¿Y para qué? ¿Y para quién? Entonces me digo, a mí mismo, que no quiero decir nada. No quiero hacer el esfuerzo de intentarlo. Me quedo mirando las cosas sobre mi escritorio y veo que el ratón está sucio. Me paro a buscar un trapito húmedo para limpiarlo. Mientras lo hago, veo el parque frente a mi ventana, completamente verde hacia fines del verano y recuerdo cuan azul se veía el jacarandá en primavera: ¿En qué minuto se cayeron sus flores?. Escribo todo esto, casi como un borrador. Quizás nadie, nunca, lo lea. 

Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir?. De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir?; ¿Para que me leyeran?, ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?. En verdad no estoy muy seguro. Comencé a escribir lleno de pudor: Escribía porque me era necesario, quizás compulsivo, pero no para ser leído, sino para recordar, solo, escondido. Al recordarlo, lo veo casi onanista. Tal vez era el resultado de una compulsión masturbatoria del pensamiento, de la reflexión, de la imaginación. Al comienzo, escribía, escribía, escribía y cada tanto, volvía atrás y me releía. Al hacerlo sentía un goce fantástico, que con el tiempo fue decayendo. Me resultaba placentero leerme, pero quedaba insatisfecho, o incluso, frustrado. En ese momento perdí el pudor y comencé a buscar quien me leyera. Al decirlo parece haber un punto de quiebre, pero no es así: Economizo espacio. Fue un proceso gradual, hasta llegar a la instancia en que me fue necesario ser leído, y transitando por ese camino, llegó a ser necesario un sentido o un objetivo para escribir. Nunca lo he tenido claro: ¿Alguien sabe para qué practica una disciplina de arte? Yo no lo sé. Muchas veces he buscado esa respuesta. Muchas veces me di alguna. Nunca completa, nunca total, nunca definitiva.
Aquella pregunta, como el proceso de escribir, va erosionando en un lento devenir. ¿El arte se practica para uno mismo? ¿Para los otros? ¿Para ambos? ¿Para el propio arte?. Hay mas alternativas, quizás si sean infinitas. Hasta aquí, en lo que va de esta reflexión, podría decir que como el sexo, se comienza a practicar las artes como una autosatisfacción. Se pinta para uno mismo, se hace música para uno, se escribe para reflexionarse o para decirse, para autoamarse. Al madurar en la actividad, si es que se llega a madurar; la obra personal se deviene una entrega. A veces implica, puede significar, un profundo dolor, un íntimo reconocimiento, que deja a disposición del otro, el que escucha, el que lee, el que mira o toca, lo más íntimo y preciado de uno mismo. Pero aquí vienen las contraposiciones de conceptos, que nos llenan de confusión, de discusiones con nuestros pares, de profundos desacuerdos, hasta el punto en que se llega a dudar de uno mismo: De los propios por qué y para qué, más aún de los para quienes y cómos. He oído a alguna escritora decir que jamás se emociona cuando escribe, a otro, que escribe por el placer de crear, a uno más, que lo hace para promover sus ideas y combatir por ellas. 

Del camino recorrido hasta aquí, recuerdo cada etapa, con claridad. Recuerdo cómo disfrutaba escribiendo como ese niño que juega, a escondidas, a no ser descubierto en sus juegos maravillosos e íntimos. Tal vez buscando una estima personal o un conocimiento de uno mismo. Casi puedo ver las primeras cosas que escribí para otros, para que otros las leyeran: ¡Cuánta expectación! ¿Les gustará, así como a mí mismo me place lo que escribo? ¿Lo juzgarán pueril? ¿Sentirán alguna identificación con lo que razono y relato?. Así deseo que sea. Así se va haciendo casi un vicio, una necesidad imperiosa: Quiero que me lean, busco quien me lea, quiero atrapar a quien, a veces por descuido, me lee. Descubro que esto le sucede también a otros que escriben, pero no sólo a ellos: También le ocurre a quienes hacen música, a quienes pintan, al que actúa en teatro u otras escenas, al que hace cine, y creo que a todos. Pero no es fácil. Tal vez para quienes escribimos sea más difícil aún. El músico, compositor o ejecutante, entrega una obra de recepción colectiva y por formato cultural y social son muchos los que acceden a su obra sin proponérselo siquiera. Mientras espero, mientras camino o voy de viaje, escucho música y me dejo llevar de la oferta. Cuando estoy sólo me acompaño de la música, en fin; hasta cuando escribo, o leo, tantas veces lo hago con música: Cuántas otras cosas van con la música. El pintor, el escultor y otros plásticos, exponen su obra y muchas veces es vista al pasar y en su totalidad. Se la puede ignorar o apreciar, pero se la ve. Quienes escriben, suelen ser lectores: Creo. Incluso siendo así y leyendo, por lo tanto, con especial interés, me cuesta leer. Leer requiere un esfuerzo, una dedicación, que no es de absoluta necesidad en otros artes. Me ha sucedido estar conversando con un amigo músico, de diversas cosas, también de arte y también de literatura y música. Él instala en un reproductor lo último que está trabajando y es nuestro fondo, mientras conversamos. Yo no podría hacerlo leer mientras seguimos la conversación. En muchas ocasiones, cuando leo, me vence el cansancio: Sí. Así ha de sucederle a mis lectores, de seguro. Me ha sucedido, en este cansancio, que se me mezclan mis ensueños del dormitar, con la obra que leo, contaminando y falseando la lectura. Recuerdo haber discutido con un seguidor de Sabato, una escena de Abaddón el exterminador. Era una bellísima que ocurría en el Puente Alsina, en la que el mismo Sabato era joven y se tendía sobre un camastro con Agustina, a mirar el curso del riachuelo, la placidez los conducía al sexo, y el sexo a las confesiones. En esa instancia Sabato le dice: "Jamás fui feliz en París". "¿Y qué fumaste mientras lo leías?" me dijo el experto en Sabato. Lo miré extrañado mientras él sostenía una sonrisa burlona. "Esa escena no existe en Abaddón" sentencia. Le aseguré que sí. Tan seguro estaba, que lo insulté al negar su conocimiento del autor. Yo casi podía recordar la página donde aquella situación era descrita. Lo negó hasta el fin, hasta que me dijo: "Bien; tráeme el libro marcado en la página donde ocurre. Por ahora, pasemos a Sándor Márai". Recuerdo haber estado hasta el amanecer buscando el pasaje. Incluso copié el libro a texto de computador, con un reconocedor óptico de caracteres. Lo copié completo. Usé técnicas personales y ciertos programas de búsqueda temática y no había escena en el Puente Alsina. En el proceso desesperado de escarbar a Sabato, recordé que en ese entonces, cuando leía Abaddón el exterminador, encontré una versión magnífica de Susana Rinaldi sobre el tango El choclo, donde mezcla, virtuosa, París con Puente Alsina. A mi vez, cansado de la lectura, debo haber ensoñado a Sabato y Agustina, a París y el Puente Alsina, donde jamás habrá habido una cama, sino a penas un gavión y su mina, que yo escuchaba de fondo al dormitar. Son las dificultades que hacen difícil ser lector. Serlo requiere una disposición de voluntad necesaria. Tal vez por eso sea más difícil ser leído, que exhibir una muestra fotográfica, por ejemplo, o acceder al público con la música. 

Quizás la dificultad de ser leído nos cae sobre las espaldas mucho antes que la página blanca a la que muchos temen. Tal vez esta última sea una consecuencia de lo primero. Cuando se llega a creer que nadie está interesado en leer lo que se hace como una entrega, sin importar si es o no valioso, aunque uno siempre lo cree tal, o bien, que nadie valioso considera leíble lo que uno pare con tanto cariño, entonces cae en las manos de uno el peso enorme de la pantalla en blanco, sobre la que no se siente tener nada que derramar que valga una lágrima, una sonrisa, o una reflexión. Entonces veo el sarro en el ratón, las flores del viejo jacarandá del parque y limpio el lomo del animalito plástico con un paño húmedo durante muchos minutos, hasta que Susana deja de cantar "A pesar de todo". Así es que busco otra música, tal vez Lucho Gatica, Mercedes Soza, ahí donde canta "La Cigarra" y voy ya por el senderito que me saca de la escritura y me distrae en otras cosas. Puede ser que dé una vuelta por el parque para ver si hay otros jacarandás que aún tengan flores y me enrede en el nombre de las azucenas con su aroma profundo. Al volver ya es tarde, ya queda para mañana. 

No recuerdo, ya, por qué llegué a leer a alguien que escribía que esperaba ser descubierto por la industria editorial. Ese anhelo tan tonto e irreal me hizo sentir identificado. La trayectoria natural de todo artista tiene esa falsa lucecita al fondo del camino. ¿Acaso escribe uno para ser descubierto y masificado por la industria del arte? ¿Cuántas veces sumadas, o de a una, quienes me leen, ahora, habrán tenido esa discusión tan vana? A raíz de ella escribí hace tiempo un ensayo sobre el Epifenómeno; por ahí está en algún recoveco de la enorme red universal. A un extremo de la discusión está el intimismo, o al menos una postura a la que puedo llamar así, porque si se sostiene que se escribe para el arte, no debe ser la finalidad el gusto masivo que cultiva la industria editorial. Al extremar esta posición, cuando se escribe no se debería pensar en el lector, sino sólo en el arte. Ni siquiera en la belleza: Sólo arte. La belleza es belleza, no es arte. Puede ser utilizada o no en él, pero no es arte. ¿Entonces se escribe para mostrar una reflexión de autor? ¿Y si es así, es una reflexión íntima, poco compartible? Pienso que la reflexión es un camino a la verdad, aunque esta no exista, aunque el sendero al fin no conduzca a ella, pero surge de aquí, en todo caso, la pregunta: ¿La verdad que la reflexión busca, debe ser privada, no compartida? Y si la respuesta fuera: Sí; entonces el arte sería egoísta, o la verdad inútil y digresiva. El arte se habría quedado en esa situación inmadura, regresiva, onanista. Es un concepto demasiado Hessiano que no puedo aceptar. No entiendo a su Siddharta cuyo proceso, finalmente, lo conduce sólo sobre sí mismo y para sí mismo. Sólo el amor por Kamala es generoso y refleja una entrega. No obstante es visto, desde Hesse, por Siddharta como una digresión en su proceso, un error que se ha de superar. El hijo resulta una suerte de vicio que lo impulsa y resulta colateral al numen del proceso Hessiano de Siddharta. Tampoco me identifica el Lobo Estepario o su lema central: "esto es sólo para ti". Y sin embargo, esta idea promovida por Hermman Hesse no le resta un ápice de genialidad como escritor o como artista. Es que contra su dogma, Hesse es entrega y difusión, es lo contrario de su postura. Quizás él mismo sea más su Demian que su Siddharta. Pero no es el único: Otro gran intimista es Kafka, que llega al extremo de negar su obra: "Cuando muera quémalo todo" le dice a Max Brod. A la vez, en su "El Proceso", hacia la conclusión moral de la novela, en la catedral, le entrega al lector el relato de la puerta de la justicia: "Fue construida sólo para ti. Una vez que mueras la cerrare para siempre y podré irme" le dice el guardián de la puerta al campesino. 

En el otro extremo se encuentra tantos y tantos súper ventas sin contenido alguno, cuyo fin sólo es el éxito editorial. Pero pregunto: ¿Por qué cada uno, cuando escribe, en lo más íntimo siempre espera ese "ser descubierto"? Estoy convencido que nadie deja de albergar un secreto afán de éxito. Más aún, creo que el éxito editorial no resta arte a la obra, ¿o este se desvanece en Dostoievsky, o en Hesse, en Kafka, Tolstoi, García Márquez, Borges, Kundera, Melville, y tantos y tantos más? La negación al éxito editorial es una forma de inmadurez, es el Oskar Matzerath de Günter Grass, que se niega a crecer. O tal vez es una forma reactiva y rencorosa a la falta de reconocimiento. Tiendo a creer que quienes defienden que el arte no ha de ser público o masivo, basados en que lo masivo es comercial, escinden de modo vano los conceptos. Mucho de lo masivo, exitoso, súper vendido está vacío; pero no todo. El concepto inverso no es válido. No todo lo masivo carece de arte y tampoco todo lo íntimo lo es. Conozco mucha obra íntima que permanece íntima, no por una disposición íntima del autor, sino por carecer de valor. 

Al concluir, este es el gran problema: La falta de reconocimiento editorial, previo al enfrentamiento del mercado de la masa. Aquel ojo que juzga y acepta o rechaza ve principalmente lo comercial, porque es más abundante que lo artístico. Se agrega aquí lo que siempre subyace y nunca llega a tener una definición final, cuantificable: ¿Qué es arte y qué no lo es?. Más aun, el que escribe, cuando lo hace: ¿Quiere hacer arte, o sólo quiere entregarse al lector? Después de terminada la obra viene el juicio relativo a si es o no arte. El arte es algo abstracto, conceptual y elusivo. Quizás el arte más reúne una obra en conjunto que un escrito preciso. Creo que sólo Juan Rulfo ha podido hacer arte en una sola gran novela y un tomo magro de cuentos. Mucho antes que arte, en el escritor hay sólo talento y este casi siempre es un producto deseado por el mundo editorial. Después vienen las razones del escritor, la discusión de los por qué y más. Es decir, se escribe; yo al menos lo hago, para producir un regalo que se dona: ¡Nada más!. El escritor verdadero, el descubrible, escribe una obra invalorable, impagable. Ningún volumen de ventas podría pagar La Montaña Mágica o Los Buddenbrok, ni El Quijote o siquiera el mínimo y tierno Ladrón honrado de Dostoievsky. Son sólo regalos que se dan y dan y dan en el tiempo. Esa, creo, es la búsqueda del escritor. Ser descubierto, como deseaba aquel aficionado, es nada más la oportunidad de hacer inconmensurable el regalo. Hacerlo reverberar en su propio eco. 

Por cierto, la aceptación editorial, incluso antes del éxito, es parte del epifenómeno que rodea al arte, o la disciplina que busca serlo, pero a la vez es una forma de consagración que está en el camino de maduración del escritor, como lo es la galería para el pintor, o el escenario para el actor. En este sentido, los intimismos y purismos virginales o son absurdos o son disculpas que se comparte en cofradías secretas. El artista, y entre ellos el escritor, ignorado, muere como demiurgo: Se queda vacío porque necesita saberse recibido. A veces en el hogar de un desconocido se rechaza, por pudor, la hospitalidad ofrecida: "No. ¡Muchas gracias!. No quisiera molestar". Suele ser tanto más frecuente de lo creído, que ese rechazo es ofensivo para quien hace la oferta, más, le resulta doloroso; lo hace sentirse despreciado. Es tanto más doloroso no ser recibido que no recibir. 

En cuanto a mí, escribo como un jardinero, que va sembrando un parque donde ha de haber belleza, algo de exótico, no debe faltar la magia ni tampoco el cuidado y la dedicación. Como un jardín se requiere, muchas veces, más poda que siembra y más encanto que belleza. Pero como el jardinero, una vez creado el jardín: ¿Para que los senderitos?, el perfume de las flores: ¿Para qué?. ¿Por qué lugares donde nunca dejará de haber sol y luz, y otros donde los medios tonos de la sombra y el frío de la brisa sean un remanso para descansar?. Porque, como sea, el jardín por sí mismo no tiene valor alguno, casi ni siquiera existe sin quienes disfruten su paseo. Tal vez necesite un columpio y un balancín y huevos de chocolate en pascua de resurrección, mesas de té y laberintos de crataegus y bojs. El problema está cuando, por atraer al visitante se instala carruseles y calesitas, trenecitos y artificios electrónicos, caballitos pequeños de montar, jaulas de pajarotes y más. El arte está en algún lugar intermedio en una banda muy fina, más acá de la cual la obra no apela a nadie, a nada, y más allá de ella sólo apela al comercio. Por mi, sólo espero llegar a un lector como niño, que busca y encuentra la magia del huevo de chocolate, que guarda el recuerdo de la sorpresa y la nostalgia de los senderos y laberintos; ese que dialogó con mi monólogo y atesoró los descubrimientos hechos en el jardín. Sin embargo preferiría exceder el límite, a quedar en una intimidad forzosa y solitaria. 

Para eso se hace el mejor esfuerzo y aunque sabes que no es cierto, es casi siempre tu mejor parto; pares la mejor de tus obras y la pones en manos de tu más implacable juez. Entre todos los fracasos, éste quizás sea el peor de todos, este es el que enfrenta, por fin, a la verdad con uno mismo. Quizás sea como el gran espejo, donde te ves desnudo, con un sello en el pecho que muchas veces dice: No. Entonces sabes por qué nunca fuiste descubierto, amigo. Nunca lo serías. No era cuestión de embarrar a los que pasaban a tu vera sin descubrirte, ni de reunir a otros que tenían ese mismo sello y editar un protocolo que convierta una suma de fracasos en arte. Habría que mirar por esta ventana, el jardín cultivado y ver si las flores azules del jacarandá no decían, en sí mismas, nada, si quizás decía más el ratón sucio y el hombre solo que lo limpia con un trapito mojado, porque ya se quedó, por fin, frente a su espejo, sin nada que decir. O peor, con tanto que decir que no vale nada y se pregunta: ¿Y para qué? ¿Y para quién? y se responde, a sí mismo, que ya no quiere decir nada. 

Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano

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martes, 30 de marzo de 2010

Me gusta escribir pero no sé si lo hago bien


Me gusta escribir pero no sé si lo hago bien.
Por: Melissa Cruz.

 


 

Jamás he asistido a una clase de escritura creativa en mi vida, pero he leído y garabateado mucho. Una de las cosas interesantes en el 2009 es que fue el año en que comencé mi novela. No es en absoluto un destello de ficción, tampoco un cuento. Honestamente es una novela de Dios.
 
He construido más de 100 páginas por ahora. Pero me gustaría decir que he trabajado mucho en él semana tras semana, y ya casi lo termino. El problema es que nunca he hecho nada igual con anterioridad y tengo mis dudas si lo he hecho bien.

 
Veo que necesito algo de ayuda. He oído y leído que se recomienda someterlo a una evaluación profesional y también que puedo conseguir trabajarlo a petición de alguna editorial interesada. Pero hasta ahora no he tenido suerte.
 
El año pasado, probablemente, fue el año más feliz de mi vida por el simple hecho de haberme entregado a escribir mi novela. Tal vez necesito darle un pequeño descanso a mi musa, que holgazanee un poco. Perdí a mi abuelo hace algunos meses. La navidad pasada fue la primera que la pasé sin él. Tengo casi 40 años… quiero decir, lo que podría esperar… pero la pérdida es la pérdida, no importa cuándo pasa. Parece que siempre pensamos que tenemos derecho a más tiempo del que realmente tenemos. Vivimos en el ahora pero nuestras cosas parecen ser empujadas más tarde hacia otra dimensión.
 
De todo esto ronda mi novela, pero no sé si voy por buen camino.

 

 

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Cuando No Sepas Qué Escribir


Entonces sacudí mi cabeza y marqué el paso un poco. Y escribí sobre lo que me sucedía y lo que posiblemente le pasaba a otros escritores. Así que escribí sobre esta experiencia.


  Cuando No Sepas Qué Escribir.
Por: Leandro Banzán

 

Cuando no sepas qué escribir: ¡Escribe algo!
 
Cada escritor alguna vez se ha encontrado con que simplemente no sabe qué escribir después. Muchas veces, este bloqueo viene a través de una asignación o proyecto en la que se siente obligado a cumplir. O bien, sucede al principio y sin ninguna presión. Por lo general no se tiene siquiera una pista con lo que pudiera comenzar. En otras, aun conociendo la causa, ésta misma le impide poner la primera palabra.
 
Yo utilizo los miércoles por la mañana para escribir mi columna. Un particular miércoles me senté delante de mi hoja en blanco durante varios minutos sin tener una pista sobre qué quería escribir. Sé exactamente por qué. Tengo otro proyecto que honestamente me tiene emocionado y ansioso por comenzarlo. Pero yo debía terminar mi columna primero. Entonces sacudí mi cabeza y marqué el paso un poco. Y escribí sobre lo que me sucedía y lo que posiblemente le pasaba a otros escritores. Así que escribí sobre esta experiencia.
 
En mi opinión, el comienzo es la clave.
 
Pude haberme puesto a cocinar, saltar en mi patio o tomarme una siesta. En realidad no hubiese pasado nada, excepto que el tiempo para cumplir mi compromiso en la columna se me acortara. Por otra parte, si realmente pongo algunas palabras sobre el papel las posibilidades de terminar la columna se ampliaban.
 
Escribiendo experiencias iguala nuestra confianza.
 
He estado escribiendo durante años, y hoy confío totalmente en mi proceso.
 
No siempre lo he hecho así. Cuando comencé a escribir, tiempo atrás, realizar cualquier proyecto era una agonía. Conseguía escribir algunas palabras, luego me detenía, los borraba y a comenzar otra vez. Este proceso lo repetía varias veces.
 
Por suerte conseguí hacer suficiente trabajo que después publiqué cuando me ofrecieron un empleo de edición para la revista de una iglesia. Así fue que me encontré en la posición de revistar los textos de otros. ¡Qué bendición!
 
Esto no sucedió antes de que yo reconociera que los artículos presentados por los nuevos escritores, a menudo necesitaban los dos o tres primeros párrafos ser suprimidos.
 
Pregunté a un escritor con experiencia sobre esto, y él dijo: "Ah, yo también escribo esos primeros párrafos, sólo que tengo bastante experiencia para borrarlos antes de que yo envíe el artículo. Tengo que calentar antes de que la verdadera material comience a fluir."
 
¡Qué lección!
 
Sólo escribe y no te preocupes demasiado de cómo quedan las primeras oraciones o párrafos. Antes de enviarlos a publicar, tienes muchas posibilidades y oportunidades para borrarlos. Estos primeros párrafos sólo sirven para ver el camino a seguir en tu juego creativo.
 
Escibe, y escribe algo más. Escribe hasta que hayas agotado el tema o te hayas agotado tú. Entonces deja a la edición comenzar. Pule, poda, clarifica y reorganiza tu texto hasta que tu tema esté tan bien como puedas hacerlo.
 
Ahora, preséntalo y comienza con el siguiente trabajo.
 
Escribe bien y a menudo.

   
Leandro Bazán a escrito: "La Sátira de Albondiguita", puedes obtener su libro aquí:

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domingo, 28 de febrero de 2010

Escribir Para Ser famoso y rico



 
Escribir Para Ser famoso y rico.

 
¿Cómo ser famoso y rico escribiendo un libro? Esta pregunta me patea. Existen en internet páginas que te dicen cómo, e incluso ¡cómo hacerlo fácilmente en 5 días! Ésta es mi respuesta, tan floja como la misma pregunta.

Sí, pues, ¿cómo voy a saberlo? Me hacen la pregunta como si: a) Yo lo fuera; y, b) Suponiendo que lo fuera, ¿cómo poder explicar el cómo sucedió?

Primero, la persona que lo pregunta asume, de hecho, que la escritura es un modo bueno de enriquecerse.

No estoy seguro cómo se haga ni cómo se comience a escribir. Los logros más creativos siempre han tenido menos que un estilo de vida lucrativo.

Si los libros que has leído han sido sólo éxitos de librería (bestsellers), entonces no tienes idea del mundo de la publicación. Por otra parte, el hecho de que un libro se venda bien, no tiene absolutamente nada qué ver con qué tan bueno sea.

En los países de mayor producción anual de libros como Estados Unidos, son pocos los títulos que se venden arriba de unas miles de copias.

En realidad, no existe nada que justifique tu esfuerzo, excepto tus propios motivos para escribir un buen libro, muy independiente de los beneficios económicos que puedas obtener con él (que bien pueden ser nulos o millones) Así que antes de preocuparte en hacer un libro para ganar millones, preocúpate primero por escribirlo bien.

¿Desalentado?

Bueno. Aquí te doy mi aspecto positivo: amo escribir libros. Amo leer libros. Amo la noción entera de que puedo arreglar cosas en mi mente y luego hacerlos verdaderos en una página, por placer personal o utilidad de alguien más. Sólo esto es lo que impone.

Si te gusta escribir, si disfrutas el agridulce de arreglar palabras en oraciones, entonces, puedes amar escribir libros, a pesar de o debido a todo lo que he dicho más arriba.

De ser así, consigue trabajar, ahora. Y quizá, lo que escribas, te hará famoso y rico.
 
El Editor


Editamos, Publicamos y Vendemos tu Libro



Cómo Ser Publicado


Cómo Ser Publicado.

 
Para los que se preguntan cómo se le hace para encontrar a un editor, creo que olvidan que existen librerías en donde pueden tomar un libro cualquiera y anotar la dirección de la editorial que publicó el libro; también olvida la existencia de un directorio telefónico como la Sección Amarilla; y en última instancia, creo que aún no se han enterado de la existencia de Internet y los motores de búsqueda para localizar alguno.

El mercado de escritores, literalmente, ha empezado a ayudar a los escritores a encontrar editores. Muchos editores, siendo positivo en la idea entera de la comunicación, ponen la información en su sitio Web de cómo el escritor debe presentar el material. La magnífica comedia es que pocos escritores siguen las instrucciones, lo cual conduce a los redactores a desestimar de entrada, el "esfuerzo" del escritor. Pocos escritores hacen realmente su tarea. 

El punto de fricción para el autor que quiere ser publicado es, otra vez, el esfuerzo. Quieren oír algún secreto que se salte las partes difíciles. Desafortunadamente, no existe ningún secreto ni pócima para ello. O te esfuerzas o te esfuerzas si es que quieres en realidad ser publicado.

Los grandes editores son en forma legítima: melindrosos. Diariamente reciben astronómicas propuestas.

Para llegar a ellos requiere, otra vez, esfuerzo, para aprender cómo tocan las cuerdas, enviar preguntas elegantes, y hacer la investigación requerida tanto para trabajar la idea del libro como para luego proponerlo con eficacia.
 
De hecho, el "escritor" que no quiere hacer su trabajo para ser publicado, realmente, tiene pocas probabilidades de ser capaz de cubrir los requerimientos para terminar un manuscrito decente. Es un "escritor" que en realidad no desea ser escritor, debido a su propensión a rechazar el esfuerzo que su mismo manuscrito le exige.

Se dice que es más fácil autopublicar un libro hoy en día de lo que alguna vez fue. Pero otra vez, si quieres presentar un libro decente, también tendrás que desempeñar un esfuerzo decente.
 
Todo es cuestión de esfuerzo. Al esforzarte se te irán descubriendo los secretos de cómo otros autores publicaron sus libros.

 
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