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jueves, 5 de enero de 2012

Libro: Fragmentos de una especie ya extinguida


Portada de: Fragmentos de una especie ya extinguida
Autor: Alejandro Ferrero
16 € en versión impresa
4 € en versión Kindle

¿Y si fuese cierto que la ciencia y la tecnología liberan a la especie humana de las exigentes leyes impuestas por la naturaleza? ¿Y si eso nos convirtiese en dioses omniscientes e inmortales? ¿No podría ser que en nuestra propia fortaleza estuviese nuestra propia debilidad? ¿No es la propia naturaleza la mejor diseñadora y la única posible? ¿Hay algún modo de evitar que la especie humana abandone este mundo del mismo modo que llegó a él, sin grandes aspavientos?

Esta fábula describe un posible futuro del hombre moderno, un hombre que, como el actual, ha conseguido huir de los dictados de la naturaleza, pero que debe adaptarse a vivir bajo las condiciones que él mismo ha definido para su propio bien. Es el recorrido de la humanidad por la historia, desde su tiempo de mayor esplendor hasta su desaparición, que viene dada de manera natural por la decadencia inherente a todo organismo vivo. En una sociedad moral y tecnológica, los seres humanos vivirán en un mundo utópico hasta el mismo día de su extinción. Como dinosaurios, en la propia grandeza del ser humano están las claves de su decadencia.


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domingo, 5 de junio de 2011

¡Absalon Absalon!


¡Absalón Absalón!

Las lecturas y comentarios literarios se me van encadenando de manera automática, enlazados a algún tipo de sincronía cuya energía de movimiento no es caótica, sino que sigue algún artilugio que determina una cobertura que ya, ahora, ha llegado a sorprenderme. Casi creo que hay un tipo de determinismo, del cual no se puede escapar: Es la sincronía universal, donde, por algún motivo que inexplicable, todo se engrana. Escribí de Borges y su Aleph, que de seguro él mismo descubrió en La Araucana de Alonso de Ercilla y Zúñiga: ¡Qué mágico ojo! Pero Borges era metafísico, no mágico, contra el impulso literario de su entorno en América. Apareció, por la magia, o más por la maravilla de la realidad americana, lo real maravilloso de Alejo Carpentier, mucho menos conocido que lo que merece. En ese momento, cuando hacía aquel comentario, Vargas Llosa recibió el Nobel de literatura y me empujó a leer La casa verde y así, como quien cavilara las lecturas, como si fueran producto de digresiones pe rsonales, empujadas, muchas veces, por algún engranaje externo inesperado, fui derivando de uno a otro. Llegué a Bolaño, que quería ser Borges. No sé si lo quería él mismo, o lo querían sus amigos. Me recordó, su Bibiano, a un homónimo, que fue acusado de tener vocación de admirador y me ocurre lo mismo con Echeverría. Bolaño inicia su Estrella distante con una cita falsa de Faulkner. La obsesión, algo casi natural, me llevó a escarbar la obra de este autor, sus entrevistas, citas notables, grandes citadores que lo citan, curiosos que lo consultan y mucho más. Sólo puedo decir que hasta ahora no encontré la cita, salvo la amplia constatación de que es citado por Bolaño con aquella frase que ya se le endilga, sin haber pruebas de que la haya dicho o escrito. Tal vez haya sido mejor. O quizás era la necesaria sincronía, para descubrir alguna entrevista y opinión de Faulkner, un cuento en formato de carta a su amigo Anderson y más.
El cuento que envía como una carta, a Sherwood Anderson, es una muestra de que Faulkner es un precursor de lo real maravilloso, que a través de Carpentier, después, se difunde en la literatura latinoamericana. En busca, siempre, de la frase perdida o falsa, me encuentro hurgueteando ¡Absalón Absalón! cuyo título, demasiado poderoso quizás, lo había marginado de la lectura ante la alternativa de El sonido y la furia o Santuario, Mientras agonizo y otros del autor. Resulta extraño cómo cierto modo de pensamiento que no se maneja, pero que es raciocinio de algún nivel primario, empuja a veces a decisiones cuyos argumentos nunca llegamos a conocer cabalmente. Federico García Lorca, uno de los poetas que más aprecio, tiene un bello romance, llamado Thamar y Amnón, que jamás leí hasta hace un par de meses, cuando buscaba de manera loca y sin sentido ninguno, en relación a una novela que voy hilvanando, sueños con pájaros. Entre otros, me llama la atención una frase del poema de García: «Tha már estaba soñando pájaros en su garganta al son de panderos fríos...». La potencia del título, algo mágico escondido en el nombre bíblico de sus personajes, me había mantenido al margen de este poema magnífico, último del Romancero Gitano. También la obsesión, me llevó por su camino, entonces, hasta llegar al libro segundo de Samuel, donde leí el mito de Thamar y Amnón y la venganza de Absalón, hermano de Thamar y medio hermano de Amnón.
Fue preferible que las cosas, en su rara sincronía, se dieran del modo que sucedieron. Fue, sin duda ninguna, un mejor regalo haber leído Thamar y Amnón en relación a una compulsión personal, que me condujo a Absalón, a quien iba a encontrar, a poco andar, de la mano de Faulkner, justo en un entorno de lecturas que me han hecho adentrarme en el análisis del realismo mágico de la literatura americana y sus descendientes putativos, como Bolaño, a quien habrá que agradecer el retorno a Faulkner.
Ya he hablado, antes, de la pedantería de Bolaño y de su afición por hablar mal del resto de los escritores, especialmente de sus compatriotas, y quizás por esa cosa rara que hace que uno jamás vea acacias en las calles, hasta que sorprendido de su ausencia en una ciudad que en algún momento estuvo llena de ellas, se encuentra con alguna; y la pondera, la admira por un momento, le roba una ramita de hojas, de esas que sirven para sacar la suerte así: "Me quiere, mucho, poquito, nada, me quiere..." y después sigue contento de la nostalgia que esa única acacia nos ha regalado. Entonces viene la extraña magia: Un par de cuadras más allá hay otra acacia, ejemplar raro entre plátanos orientales o jacarandás y después de unos metros hay otra más, y al frente: una gran plaza, llena de frondosas acacias; y luego nos pasamos días y días encontrando todas las acacias perdidas. Sí, por esa cosa rara, encontré un breve párrafo, en un artículo, donde Borges habla mal de Sabato y para complemento, una anécdota de Antonio Skármeta cuando conoció a Borges y éste por eso tan agrio de su carácter, al saber que había escrito Ardiente Paciencia, que se hizo famosa como Il Postino, o El Cartero de Neruda, le dijo: «¡Ah! sí. En Chile dos poetas han ganado el Premio Nobel; una de ellos era buena». Borges gustaba de hablar mal de los otros escritores: En eso se parece a Bolaño. Pero no sólo Borges hablaba mal de Sabato. Cortázar dijo, en una carta a Porrúa, su editor, referida a la reciente publicación, en ese momento, de Sobre héroes y tumbas: «Lo que hay que hacer es denunciar a gritos esa "seriedad" de pelotudos ontológicos que pretenden nuestros escritores» y en seguida agrega: «... nos leímos la novela de Sabato. Mi impresión es que el hombre está completamente piantado (chiflado). Le ha salido una especie de folletín, pero sin el interés de un buen Ponson du Terraill. Me asombra que una punta de amigos porteños me haya dicho que se trataba de "un libro importante". La importancia en la Argentina se está poniendo irrespirable». En fin, parece que es frecuente que los escritores latinoamericanos se despellejen a placer, unos a otros. En Faulkner por su parte, a pesar de la abundante información encontrada y examinada, no encontré una sola letra en que hablara mal de otros. En alguna entrevista le preguntan, por ejemplo: ¿Lee usted a sus contemporáneos?, y en vez de lanzarse al pescuezo de sus colegas responde: «No; los libros que leo son los que conocí y amé cuando era joven y a los que vuelvo como se vuelve a los viejos amigos: El Antiguo Testamento, Dickens, Conrad, Cervantes... leo el Quijote todos los años, como algunas personas leen la Biblia. Flaubert, Balzac -éste último creó un mundo propio intacto, una corriente sanguínea que fluye a lo largo de veinte libros-, Dostoyevski, Tolstoi, Shakespeare. Leo a Melville ocasionalmente y entre los poetas a Marlowe, Campion, Jonson, Herrik, Donne, Keats y Shelley. Todavía leo a Housman. He leído estos libros tanta s veces que no siempre empiezo en la primera página para seguir leyendo hasta el final. Sólo leo una escena, o algo sobre un personaje, del mismo modo que uno se encuentra con un amigo y conversa con él durante unos minutos». No sólo me gusta Faulkner; me gusta su forma de enfrentar la vida y la lectura.
Brevemente recuerdo el mito y la trama argumental de ¡Absalón Absalón!, tomada de aquél: Amnón, primogénito del rey David, se enamora de su media hermana Thamar, hermana de Absalón tercer hijo del rey, y la desea con desenfreno. Aconsejado del propio hermano del rey David, Amnón tiende una trampa a Thamar y la hace suya por fuerza. En la novela, el drama se va presentando sólo muy lentamente. La forma de presentación me va recordando, siempre, a Vargas Llosa. Faulkner, no obstante, tiene un relato más claro, en el cual estructura grandes tramos secuenciales. Mientras Vargas Llosa es más fragmentario. La aparición de Sutpen en la escena es curiosamente similar a la de Anselmo en la Casa Verde. Ambos vienen de algún lugar desconocido, por motivos desconocidos y construyen su casa, mágica, en el lugar. De alguna manera, la casa construida se transforma en un polo poderosísimo en la trama. Uno construye en los arenales de Piura, y el otro en la ciénaga de Mississipi. El carácter salvaje d e ambos se parece, aun cuando uno construye una casa de remoliendas y el otro busca posición social y reconocimiento. Pero ambos establecen su ley. Dentro del estilo costumbrista de los paisajes sociales de los dos, hay una fuerte carga hacia la pintura criollista, al comportamiento de la sociedad. Más allá de la trama de una y otra historia, en ambos casos se está cabalgando sobre el costumbrismo, en un lugar suspendido de la visión cósmica del autor. Es tanto así, que uno tiende a pensar, sólo porque hay diferencias estilísticas indesmentibles, que son diferentes autores, pero que sin embargo, si Faulkner hubiere sido peruano, quizás Sutpen hubiera construido la casa verde en aquellos arenales, como su mansión y Vargas habría actuado a la inversa. Pero hay todavía más: El condado de Yoknapatawpha me recuerda a Macondo. Claro está que en ambos casos estos lugares cosmogónicos son de espectro más amplio que una sola obra. En ambos autores, García Márquez en Macondo y Faulkner en Jeffe rson, el pueblo del condado donde se desarrolla la historia, están surcados por la guerra y la sociedad militar. Todos los hombres van a la guerra, donde quedan para siempre marcados por el fracaso y la derrota. El país completo, en la mirada de Faulkner, queda fracturado para siempre. El norte vencedor, de gente superior y triunfante, y el sur fracasado, destruido, atravesado para siempre por los fantasmas de la segregación, de la riqueza perdida, de las costumbres irrenunciables. En el sur, en Yoknapatawpha, en la ciudad de Jefferson, sólo les queda la dignidad feble, que luchan por sostener.
En medio del ambiente de crisis social que comienza con la guerra civil, se va desatando el drama de los Sutpen, que Faulkner relata a través de varios narradores, cuyo relato se desarrolla en la forma de conversaciones de personajes que vivieron el drama o que lo conocen, a su vez, por testigos de aquella época. De esta manera, el lector va conociendo la historia de modo fragmentario, como si fuera un gran puzzle que se va armando pieza a pieza, con las distintas narraciones, que siguen secuencias cronológicas por tramos, pero donde cada pieza del mosaico completo no es descubierta en secuencia temporal estricta, sino de acuerdo a un plan dramático, donde el autor va reservando piezas claves de manera que el lector sólo hacia el clímax planificado, finalmente, puede comprender el panorama total. De algún modo este es un recurso recurrente en Faulkner: En Mientras agonizo, donde también, pero de otra forma, se echa mano del narrador múltiple, de modo que cada uno carga una historia, l a trama central queda oculta hasta el desenlace, como si la novela fuera un cuento largo, cuyos componentes se van torciendo hasta hacerlos converger en el desenlace sorprendente, donde la mujer que agoniza, al fin muere y el lector descubre que el marido la cambia por una nueva, una plancha de dientes y un gramófono pequeño. En Santuario, como en Absalón, también la trama se va develando de manera fragmentaria, a ratos parece absurda, oscura, hasta que al final se descubre que el contrabandista de licor ha violado a Temple Drake con una mazorca de maíz; del mismo modo que en ¡Absalón Absalón! por fin se llega a descubrir de hecho, lo que se sospecha y se elucubra, desde que Sutpen repudia a su primera mujer, que ésta y por tanto su hijo, que encarna al Amnón en la tragedia bíblica, tiene sangre negra y que Enrique, su hermanastro, el Absalón de las antiguas escrituras, lo asesina no porque pretende casarse con la hermana, sino porque no puede aceptar que lo haga teniendo sangre negra


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El carro de los gitanos



El carro de los gitanos

Había intentado recrear el sueño, o reconstruir el raciocinio; si es que no había sido un sueño, durante horas en la estación, sentado en las bancas amarillas. Al fin, creyendo que el olvido sería como un bálsamo recuperador, había abordado un tren que había abandonado en la primera estación de combinación que cruzaron. Viajó al sur, distraído, observando a los gitanos que compartían el carro, mayoritariamente, con él y algún otro pasajero silencioso. Los gitanos hablaban fuerte, ya sea en un castellano modificado y con acento, o en su lengua romané, que lanzaban de un lado a otro del carro, para compartir temas. La mayoría eran gitanas, de distintas edades, todas ágiles, todas elásticas, de gestos amplios y seguros, como si el mundo les fuera propio y exclusivo. Había sólo dos gitanos, uno de cierta edad, llevaba un pañuelo en la cabeza y sobre este un sombrero. Miraba al frente, con expresión concentrada, como si estuviera observando una escena que capturaba toda su atención. Sin embargo, al seguir la línea de su visión, uno podría haber viajado hasta la inmensidad del cosmos, sin llegar jamás a un destino cierto. El anciano pensó que iba discurriendo consigo mismo y tomando decisiones que de seguro podrían afectar de forma grave a su familia, que viajaba desperdigada a lo largo del tren. Aventuró que quizás el fuera la séptima generación que había abandonado su tierra, buscando conocer los confines del reino del abuelo del abuelo del padre de su padre y en cumplimiento de esa misión, él, como jefe de familia, debía planificar siempre cuál sería el rumbo persistente a seguir, y cuándo enviar un nuevo mensajero en busca de noticias de su lejano rey o cuándo llegaría hasta ellos la noticias de su pueblo con el siguiente mensajero y cuál sería su nombre. Caviló sobre la precisión y persistencia que habría de tener su misión y la de cada jefe de cada familia gitana que en cada rama familiar, de cada lugar en donde se establecían, sostenía esa misma misión, sin abandonarla jamás, del mismo modo que sus tradiciones. "Y no obstante", pensó, "ellos tienen una libertad infinita que nosotros no tenemos". Su pensamiento se detuvo un breve instante y luego rectificó: "No debería decir nosotros. No puedo saber que tanta libertad tienen, o gozan, o creen gozar los otros. Sólo puedo decir que yo mismo jamás tuve la libertad que creo que tienen los gitanos o los artistas de los circos, o tantos otros artistas. Es tan poca la libertad que yo mismo tuve, que recién después de abandonar a mi padre muerto, tengo apenas una noción de lo que es la libertad que requiero para decidir sobre cómo cumplir su voluntad final". Sentado a su lado iba quizás su hijo, o podría ser incluso su nieto. Como sea, era sin duda el heredero de aquella sagrada misión de viajar hasta los confines de la tierra extendiendo la cultura del reino de sus antepasados nobles. Pero, a pesar de eso, y aunque el padre o abuelo vestía como cualquier persona, con excepción del pañuelo, que el hijo o nieto no llevaba, y que en todo lo demás ambos vestían como otro cualquiera, quedaba claro que el abuelo o padre era en todo mucho más gitano que el otro, en especial en la vestimenta, aun cuando el nieto o hijo dejaba ver en su ropa que era, sin ninguna duda un gitano verdadero. El nieto, si lo era, emulaba la mirada y expresión del abuelo, sin dejar de notarse que era algo espontaneo y de ninguna manera forzado o intencional. Nadie podría, por ejemplo, sostener que ese nieto; o quizás hijo del otro, pretendía ser igual que su antecesor, sino que había algo impregnado en la tradición de ambos que los igualaba, de manera que el joven, como el viejo, también tenía la mirada clavada en la misión invisible y única de su raza, con la sola diferencia que éste la traducía en una expresión alegre, como si fuera previa al momento de echarse a cantar algún himno propio de sus tradiciones, que reflejara la felicidad de ser el heredero de aquella misión; mientras el otro, el padre o abuelo, reflejaba en el ceño adusto, en la expresión admonitoria de su mirada, el juicio permanente que ya había, hace muchos años, comenzado a hacer como resumen de su misión que ya estaba por culminar. Era como si hubiera acabado de cantar aquel himno sagrado y tuviera la misión de decidir, sobre otro, de quien él era el juez definitivo, como si fuera el propio rey que le había encomendado hace innúmeros años la misión a sus antepasados, que hubiera de evaluar y dictar definitiva sentencia sobre si mismo, ahora y aquí, al final de la parte de la gran misión que le había tocado cumplir y de la cual ya no había enmienda ninguna posible, sino sólo éxito o tal vez fracaso. Pero por lo demás, eran en todo iguales y no cabía duda que en algún pasado el abuelo fue ese nieto o hijo, y este llegaría, sin poder evitarlo de manera alguna, a ser ese padre o abuelo. "Así de escrito, ellos han de sentir que está su destino" caviló el viejo. "En tanto que yo, he quedado en una encrucijada, con una misión abierta. Quizás ese haya sido el sentido de mi sueño o de aquel raciocinio que emprendí anoche en la oscuridad total". Pensó, sin darse cuenta que así lo hacía, que todo estaba ligado. Esos gitanos estaban en sincronía con él mismo y él inevitablemente había llegado a abordar este tren, en este carro, sólo con la misión de descifrar esa verdad que había recibido la noche anterior. En ese momento, sin percibir una razón, sucedieron dos cosas extrañas. Sintió una infinita alegría, que lo impulsaba a tensar su cuerpo, como si quisiera saltar y gritar, aunque no lo hizo, pero sí se sintió hermanado con el gitano joven y se dijo: "Estoy recién comenzando de nuevo. Hoy he nacido". Además una gitanita de ojos claros y nariz algo aguileña y prominente, aunque muy joven y bella, se sentó a su lado, dandole un cuarto de sus espaldas tersas y bronceadas, a la vez que arremolinaba en infinitas brisas el aire fresco que entraba por los vidrios abiertos del vagón, con sus faldas múltiples, abundantes y livianas. Sintió que estas brisas le traían aroma de mujer plena, a la vez que oía su voz muy elevada, dirigiéndose a un grupo de gitanas que estaban sentadas al frente. Sintió, con todo, producto de la mixtura de sensaciones, aromas y libertad, unas ganas irrefrenables de abrazar por la cintura a la joven gitana, cuyos pechos emancipados y sueltos alcanzaba, casi, a vislumbrar por el espacio que dejaba la blusa liviana bajo la axila, cuando la joven levantaba los brazos. Su cerebro y todo sus sistema nervioso dio la orden de abrazarla y coger esos pechos tostados. Su subconsciente alcanzó a vislumbrar, adelantado, el momento de presionarlos con sus manos y la corriente casi eléctrica que habría de recorrer su vientre y espalda. Pero nada ocurrió. ¡Miento! ¡Sí ocurrió! No sabemos cómo actúa, ni cuales son sus mecanismos, pero la censura actúa y discurre más rápido que las acciones y reprimió de manera tan veloz como el disparo del anticipo, la acción subsecuente, de modo que sólo quedó, sin que nadie, aparentemente, se percatara, el cúmulo de sensaciones intensas del acto fallido, como si este hubiera ocurrido. En ambos sucesos, el primero concluido en una sensación de intensa alegría y el segundo de intensa ansiedad, se había impuesto la represión. Seguía sentado, como aquellos dos gitanos, con la vista al frente sin expresar todas sus compulsiones interiores, aun cuando quizás su voluntad libre así hubiera querido disponerlo. Pensó, entonces, que siempre casi en todos los actos de su vida se había impuesto un sino nacido de otra voluntad, imperceptible, desconocida, que determinaba la misión del Rapsoda, que no podía explicarse o comprender a su mandante superior, ni sus razones. Quizás le era posible, de alguna manera, conocerlo: "Mi padre fue su instrumento" le dijo la voz que habla en silencio, "hasta que, terminada su misión, ahora, de un modo diferente eres determinado por la letra inarmónica trazada en un cuaderno Navegante. Así entonces, la libertad sólo está compuesta de cierta ignorancia y de la fe para aceptarla". Se quedó perplejo, mientras el tren se detenía en la estación terminal Lo Sierra. "No puede ser de ese modo" le contestó a su voz interna, lleno de inquietud, pero a la vez sentía una intensa alegría porque había al fin rescatado su reflexión de la noche anterior.
Los gitanos descendieron en diversos grupos. Como si guiaran su rumbo, pero de manera descuidada, encabezaban el grupo los dos gitanos. Junto al anciano caminaba la gitanita que se había sentado a su lado. De pronto se acercó, hasta rozarlo con su brazo y dijo:
- Te veo la sorte... tu tiene la preocupación, oye...
Volvió a sentir la misma ansiedad, pero ahora envuelta en un vago temor. Respondió:
- No tengo dinero: No podría pagarte.
- Tú no paga. La sorte no se paga: La sorte es tuya. Yo nada más te la veo, para que tú esté bien y tranquilo. Despué si tu quiere das algo a Mirka, como sea tu voluntá; ¿lo ves?
- No podría... Preferiría no saber.
Antes que pudiera terminar de negarse, la gitanita se atravesó en su camino, deteniédolo.
- Dame tu mano - dijo y se la tomó, sin forzarlo, pero con absoluta decisión -. Tú tiene mucho miedo de tu futuro, tú cree que alguien te hace mal - afirmó, poniendo un dedo largo firme, decidido, de piel morena y curtida, de uña larga y celeste que parecía haber sido teñida con alguno de los múltiples colores del estampado de la falda liviana y voladiza, que podía estimular todas las brisas del lugar, y se derramaban por las caderas y las formas íntimas e incitantes de la gitana. Con esa uña recorrió los dibujos de las líneas de la palma de la mano del viejo, a la vez que la acercaba a su propio cuerpo tibio, como si al influjo de sus vibraciones todo fuera todavía mucho más claro. El viejo recibió esa tibieza con desasosiego, pero no podía pensar, sino sólo percibir. - Tú tiene una novia más joven que tú - indicó con la larga uña celeste un punto donde dos lineas tenues se entrecruzaban -; alguien te gobierna con esa novia. Tú tiene que cuidarte del poder de esa persona: Él es un brujo. Él es poderoso -. El viejo dejó escapar una risita tenue. La gitana se acercó a él, hasta que el viejo tuvo los pechos morenos, tan tersos, casi al alcance de las caricias de su vista. La gitana cubrió la mano del anciano con toda la suya y acarició suavemente la palma de la otra, a la vez que le clavaba su mirada clara y aguda de loba, o quizás de pájara rapaz, y lo poseía con fascinación, como la loba posee al cordero, antes de devorarlo.- ¿Tú tiene un pañuelo? - le preguntó y sin darle tiempo a responder, sin soltarle la mano que tenía hechizada junto a su vientre y bajo sus pechos, alargó la mano y la metió en el bolsillo lateral de la chaqueta del anciano - A ver si aquí tiene un pañuelo para hacerte una curación de tu pena - dijo y sacó la mano llena de papeles inútiles que Rrrrabanito guardaba ahí - Tú no tiene ninguna cosa. Tú vive de puro sueño, paisano. Por eso tu novia se te va con el otro: ¿Lo ve? - y abrió la mano que había sacado llena de esos tesoros de la memoria que el anciano guardaba, quizás porque en ellos había ciertos números que formaban alguna serie extraña, o estaban emitidos en una fecha que llevaban estampada y podía tener algún significado mágico, que sólo él entendía, o quizás un ícono impreso era en especial atractivo, o mucho y mucho más, que tal vez para todos los demás no tenía sentido ninguno. Algunos papeles cayeron al suelo, resbalando entre los dedos de la mano de la gitana, otro volaron con la brisa y algunos fueron retenidos por ella, que cerrando la mano los devolvió al bolsillo - ¿Tu no tiene un pañuelo? - dijo.
- Aquí tengo uno - respondió y lo sacó del bolsillo del pantalón con la mano libre, arrugado y sucio. La gitana lo tomó sin asco ni comedimiento y lo sacudió para estiarlo. En seguida lo acomodó sobre la palma de la mano del viejo y volvió a pasar con suavidad la suya sobre esta, mientras clavaba sus ojos de pájara fascinadora en los del viejo, que sólo sentía la caricia en su mano, el aroma a mujer loba y una rara corriente que le atravesaba la espalda.
- Dame uno de tus tesoro - dijo y metió otra vez la mano al bolsillo de la chaqueta, escarbando en lo más profundo: - El más escondido, el mas antiguo - dijo y parecía buscar algo ahí, que no encontraba. Finalmente sacó la mano, que arrastró algunos papeles. Cayeron al suelo y fueron llevados por la brisa. En su mano venía uno cuya forma y textura recordaba la de un billete. Lo miró con cierta desilusión y lo dobló una y otra y otra vez y otra y más, hasta que qudó convertido en un bultito cuadrado y pequeño, que sujetó con su dedo sobre el pañuelo -. Este - dijo - es pa que conserve todo le que tu más quiere - y en seguida, casi distraída, preguntó -: ¿Tiene un dinero, una moneda o lo que tú quiere, para guardar aquí en este pañuelo?. Es pa que nadie te robe, nunca, tu dinero.
El viejo se encogió de hombros:
- No uso dinero, casi nunca.
- ¿Y tú, cómo paga toda la cosa que tú compras?
Se encogió de hombros:
- No sé - respondió -, tarjeta de banco o saco del cajero lo justo.
- ¡Por eso tú está mal! - dijo y le apoyó su uña celeste de su largo dedo, en la frente. El viejo bajó la vista. Iba a explicar algo, alcanzó a aspirar el aire necesario, pero calló. Sólo  movió la cabeza, como si fuera inútil explicar. La gitana lo miró, entonces, con atención y caviló durante un breve instante, como evaluando el gesto del anciano. Percibió en ese instante ese sentimiento que sólo las mujeres pueden tener con sus hijos, o con algunos hombres que despiertan extrañamente su ternura y que las lleva a una tonta compulsión de protección. Lo quedó mirando sin alcanzar a llegar a la sonrisa y tuvo ese impulso previo al que se siente cuando se abraza a alguien a quien, al fin, se le reconoce un cariño especial - Mira tú: Te voy a dar un amuleto para tu felicidad. Ahora te puedes acordar de mi siempre - dijo y se metió la mano en el escote. Hurgó ahí un momento y sacó tres semillas que guardaba en el sostén de color rosa, que parecía usar más como un lugar para guardar,  que para su función propia, y que el viejo miró con lujuria contenida. Tenía la ilusión de ver ese pecho hasta lo más hondo de su secreto. Puso las tres semillas junto al papel doblado, se acercó a ellos y los escupió. Después con velocidad y unos pases extraños, lo envolvió todo y lo anudo, dejando el papel y las semillas atrapadas al centro del pañuelo, dentro del nudo. Arrugó, luego, el pañuelo y lo metió en el bolsillo interior de la chaqueta del viejo, empujándolo hasta el fondo, con insistencia. Cuando sacó la mano del bolsillo, se llevó la que había tenido siempre atrapada y la oprimió contra su propio pecho. Dijo: - Tú, ahora, va a ser un hombre muy feliz - e inmediatamente se dio vuelta y emprendió su camino como si todo el suceso no hubiera ocurrido nunca, como si este anciano ni siquiera existiera.

Kepa Uriberri
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sábado, 14 de mayo de 2011

Estrella distante

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Estrella distante

Imagino la vida como una especie de malla de caminos, poblados de nudos en los que confluyen eventos centrales. Estos eventos van marcando destinos y empujan a cada uno por el camino de su destino, ya sea que éste esté trazado de antemano, o se construya de las decisiones tomadas en dichos nudos. Probablemente uno vaya eligiendo la ruta, y el destino nos provea de aquellos eventos para llevarnos, sin importar las decisiones tomadas, siempre a Roma. Tal vez uno no reconozca aquellos enclaves, o no sepa para qué sirven, pero sí son importantes para trazar alguna meta necesaria, de alguna manera atan y quizás obligan.
Tengo cierta aversión a lo francés: Lo reconozco. El francés me resulta antipático, sin importar el mérito que lo francés o algún francés tenga, es una cuestión visceral. Así es que evito leer autores franceses, por ejemplo. Cuando leo a alguno es porque uno de esos nudos que mencioné me ha atado y no me suelta, hasta que me rindo. Así llegué a disfrutar a Flaubert y su Madame Bovary, también a la Eugenia Grandet de Balzac y algún otro. Alguna vez había leído algún trozo de Proust y se me había hecho muy francés, lo que no es raro, porque lo es. Así que siempre lo evité. Pero, aun no la conozco, había alguna razón para que lo leyera, y Marcel Proust se me cruzaba cada cierto tiempo. La definitiva, aunque maduró después de más de un año, la debo a una editora que buscaba alguna manera educada de deshacerse de mi. Me preguntó si era un hombre paciente y después me dijo "Porque a veces se requiere mucha paciencia. Por ejemplo" me aseguró, "a Proust lo rechazaron cincuenta veces antes de editarlo por primera vez". Pasando el tiempo, muchas veces me sorprendí recordando la frase, de manera que comencé a decirme: "Habrá que leer a Proust para entender por qué alguien supuestamente tan universal puede ser tantas veces rechazado por el mundo editorial. A lo largo del siguiente año, si bien no llegué a cincuenta, cada una de las veces que fracasé o me sentí fracasado, la sentencia de aquella editora me ponía otra vez en el camino: "A Proust lo rechazaron cincuenta veces". Llegué a documentarme sobre esos rechazos. Quizás no fueron cincuenta, pero sí es cierto que André Gide fue uno de quienes lo rechazó y luego le pidió perdón por hacerlo. Finalmente, a principios de este año, como Gide, decidí leer Por el camino de Swann para conocer a Marcel Proust.
En fin, tal vez Proust no era mi destino. Quizás era un nudo más en el camino de Bolaño. No se engañe nadie creyendo que Bolaño es Proust, o su discípulo, ni su imitador, ni nada parecido. Los nudos y enlaces que nos guían y llevan son, con frecuencia, raros, absurdos y hasta incomprensibles o completamente tontos. Mientras leía a Proust y sus maravillosas enumeraciones, muchas veces algo bizarras, como la de la introducción del libro, que de seguro espantó a Gide, cuando describe las innumerables posturas necesarias, en la cama, para conciliar el sueño, que relata el autor, o altamente poéticas como la de los campanarios, o las flores en el camino de Swann por el lado de Méséglise; fui interrumpido en la lectura por alguien que me interrogó sobre Bolaño. Ya tenía antes varios encuentros con este autor, en diarios, revistas y hasta promociones de televisión, todos los cuales no lograba comprender. Hablando de Proust y los franceses, me pregunto si Bolaño no tendrá alguna marca constitucional francesa en la que germina mi rechazo. Leí Estrella distante hace tanto tiempo, que no recuerdo si tenía el libro porque me lo regalaron, o porque yo mismo, en un arranque de curiosidad, quizás algún nudo de la malla, lo había comprado. Entonces lo encontré una novela inútil, vacía, sin sustancia. Había encontrado a Bolaño en una entrevista con Cristián Warnken en la Feria del Libro de Santiago en mil novecientos noventa y nueve y lo había encontrado pedante y de un humor hepático, agrio (en ese momento no sabía que sufría un mal de hígado, que lo llevó, por fin, a la muerte) y se me hizo antipático. En algún momento, en alguna tertulia, alguien alabó a Bolaño y yo dije que no le encontraba nada aparte de su enorme antipatía. Su defensor me regaló, entonces, Una novelita lumpen. Recuerdo haberla leído mucho después, no tengo claro el motivo por el que, finalmente, lo hice. Tampoco recuerdo nada de la novela, salvo que son dos hermanos huérfanos que alquilan: Alquilan un auto, alquilan un piso, alquilan videos pornográficos. Me pregunté: ¿Por qué si Bolaño es chileno y los chilenos arrendamos autos, videos o departamentos él, a través de sus personajes, aunque no de sus voces sino de la propia, alquila en vez de arrendar? Encontré muchas otras señas de extranjerismo en Bolaño que me resultaron insoportables. En algún taller, decía quien interrumpió mi lectura de Proust, habrían sostenido algún concepto sobre la renovación literaria amparados en aquella entrevista del autor con Warnken, como si se tratara de doctrina bíblica. Me citó, quien me había interrumpido, una paráfrasis de Bolaño: "La nueva novela latinoamericana no debe parecerse a nada". De mis recuerdos sobre Estrella distante o Una novelita lumpen, pensé que en realidad podía parecerse a todo: A lo policial, a la narrativa de aventuras de misterio, recordaba tonos de lo absurdo y tanto más. Tanto más que su crítico más amigo, Ignacio Echeverría, había dicho en El País de España, que Estrella distante era «la novela que Borges hubiera aceptado escribir», aseverando otro parecido. La conversación sobre Bolaño, su doctrina literaria posible, la entrevista con Warnken y otros conceptos que habían sido adjudicados al escritor, me cautivaron. Entre otros una calificación de la prosa de Bolaño como "infrarealista". Me hizo gracia el término, al punto que imaginé a Bolaño escalando con desesperación el eje de la realidad, y después de denodados esfuerzos, quedar por debajo de ella. Claro, en fin, el Realismo, aunque mágico, estaba ocupado. El Hiperrealismo también, lo mismo el Surrealismo, de manera que sólo quedaba, para él, el Infrarrealismo.
De cualquier modo, hubo ahí un nudo ineludible: La entrevista de Bolaño con Warnken. Así fue que decidí buscarla y repasarla para no juzgar sin antecedentes. La encontré en los archivos del canal de televisión que la emitió, y también en una transcripción escrita. Tal vez porque  esperaba que me fuera antipático, no lo fue tanto, esta vez. De toda la entrevista, tanto al verla como al leerla, rescaté dos situaciones. Una fue, por supuesto, la respuesta sobre la nueva novela que él quisiera proponer, pero más allá de esa respuesta, el tema que ronda en sus respuestas, apunta a la búsqueda de una nueva forma de narrativa que explica lo que recuerdo de Una novelita lumpen y Estrella distante. Más adelante voy a ampliar esta idea. La segunda es la referencia a la poesía que asocia con adolescencia e inmadurez primero, para, en seguida, reconocer que no sabe qué es poesía y finalmente aseverar: «Yo creo que la mejor poesía de este siglo está escrita en prosa. Hay páginas del Ulises de Joyce, o de Proust, o de Faulkner que han  tensado el arco como no lo ha hecho la poesía en este siglo». Es una afirmación extraña, con la que, desde luego, no puedo estar de acuerdo y que habrá entristecido en sus tumbas a nuestros poetas Neruda y Mistral y también a García Lorca y a los Machado, o a Vallejo, también a Oliverio Girondo o a Juana de Ibarbourou y si lo oyeron o vieron, a Nicanor Parra y Gonzalo Rojas; sólo entre los que la hicieron en castellano. Se parece a la frase de alguien que dijo "... es la audacia del ignorante", que no se puede perdonar en Bolaño que al menos parece ser bastante sabido, aunque confiesa que no, que «Qué más quisiera yo, en realidad tengo un diccionario de literatura buenísimo y todo sale de ahí».
Tal vez la mención de Proust lanzó la última línea de la malla que me hizo buscar mi Estrella distante para tenerlo al alcance para cuando terminara de transitar el camino de Swann. También lo reforzaron Joyce y Faulkner, desde luego. Cuando recuerdo a estos tres autores y la nutrida promoción que se hace de Bolaño, no puedo sino recordar el concepto de influencia. Este concepto resume bien la intención de Bolaño. Se trasunta de la entrevista que comento y también de otras. Explica bien, también, la intención escondida detrás de las obras del autor. Habrá que esperar otro siglo para ver si la tuvo; y elijo el plazo a partir del que él mismo da, en la misma entrevista, a los autores latinoamericanos. Sin importar que sea influyente o no, al fin llegó el momento de releer la Estrella distante. Tengo una costumbre que no sé si todos comparten: Cuando leo un libro, lo leo entero, todo, desde los títulos, firmas de las ilustraciones de tapas, pequeños numeritos que pueden aparecer en los bordes de los cuadernillos, notas de imprenta y editorial, propiedades y derechos, y por supuesto las solapas y contratapas. Ahí encuentro la aseveración de Echeverría: «El tipo de novela que Borges hubiera aceptado escribir». Pienso, al leerla, que Echeverría fue un muy buen amigo de Bolaño, o lo admira demasiado, o estaba comprometido, de algún modo, en el éxito de la novela. Para lanzar claridad sobre esto, sólo citaré a Borges, en el prólogo de su libro Ficciones: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos». ¿Alguien cree, de veras, que Borges habría intentado, bajo ninguna circunstancia escribir una novela?. Yo no. Pero dejo esta digresión, porque se trata de la Estrella distante de Bolaño y no de la crítica de Echeverría. Tampoco continúo con las otras comparaciones absurdas que se menciona en la solapa del libro, y sólo sigo hasta el curioso epígrafe que el propio Roberto elige para su texto. Dice: «¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?» y asigna la cita a William Faulkner. ¡Maldita curiosidad!: Dicen que mató al gato. No sé quien dice que lo mató, pero es así el dicho. Busco la cita de Faulkner sin fortuna. Quizás mi curiosidad mate al gato, así que retruco a la cita: ¿Qué frase se escribe sin que nadie la lea?. Por desgracia ya no tenemos a Faulkner ni a Bolaño para que respondan. La busqué literal, cambié mirar por ver, la traduje al inglés de diversos modos: What star falls that no one looks?, cambié "looks" por "sees" o "watches", corregí el modo de expresarlo como "What star falls unseen?", pero cada vez que encontré la cita en castellano o inglés, era referida a la Estrella distante de Bolaño. Sólo una vez la encontré en inglés, en preguntas y respuestas de Yahoo!. Alguien quería saber dónde, Faulkner, había dicho tal cosa: Nadie respondió.
Parece, Bolaño, en esta novela, hacer gala de erudición respecto a autores y obras. Cita y enumera con frecuencia, no sólo a nombre propio, sino a veces por boca de sus personajes. Cita equívocamente a Borges, dos veces; en una vagamente habla de todas las biblias mencionadas por el argentino, en una digresión del autor sobre una supuesta cita de Wieder, y en otro momento lo cita confundido con William Beckford, en su obra Vathek. Bibiano O'Ryan, íntimo del narrador, quien siempre le escribe, le menciona las siguientes palabras que serían de Borges: «Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura». Refiere el narrador que O'Ryan en algún momento compara a Wieder o su obra con el Vathek, y para ello hace la cita de Borges. Se diría que Bolaño intenta establecer una especie de confusión que logre asimilar a Wieder con la obra de Beckford, o con el califa Vathek para lo cual echa mano del retruécano de tres autores: O'Ryan, Beckford y Borges. Más adelante volveré sobre el recurso utilizado y su por qué. Por ahora me interesa la curiosa asociación que, ya no en el libro, se va haciendo de Bolaño con Borges. El autor cita por primera vez, en esta novela al escritor en cuestión, de modo implícito en su propio prólogo.
Arturo B. (así lo nombra Bolaño en el prólogo) sería el constructor de la novela y su propia función sólo se habría limitado a «... preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con él y con el fantasma cada día más vivo de Pierre Menard, la validez de muchos párrafos repetidos». La referencia es mañosa, por no decir equivocada. El Pierre Menard de Borges no lidia con repeticiones. Muy por el contrario, su desafío es escribir el Quijote, pero no haciendo una repetición literal del Quijote de Cervantes, sino escribirlo como un texto nuevo, a través de las experiencias de Pierre Menard, pero que sea perfectamente coincidente con el del español, palabra por palabra. Incluso, dice Borges, que por esa razón excluyó «el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje» que sería Cervantes. La misión de Menard fue muy distinta de la eliminación de la redundancia.
La novela se deja leer, aun cuando con frecuencia cae en enumeraciones inútiles, en especial de autores cuya única utilidad posible, en cuanto a la novela, puede ser mostrar cierta erudición innecesaria. Hay comentaristas que quisieran catalogarla como una novela de horror. Quizás el mismo autor lo pretendiera y por eso cite a Vathek. Para mi no es primordial el intento a través de los crímenes de Wieder. Casi me pareció absurdo, más que horroroso. En términos generales, la novela me mantuvo interesado, pero no me aportó nada. Al terminar de leer me saltó la pregunta, sin buscarla: ¿Para qué?. No encontré ninguna respuesta. Hasta ahora no la encuentro: ¿Para qué escribe, Bolaño, esta novela? ¿Para que no se parezca a nada?: No. No lo creo. El mismo quiere parecer Beckford y su horror. Para eso utiliza a Borges. También lo utiliza en la técnica narrativa. Es posible que eso sea lo que confunde a Echeverría cuando cree que Borges hubiera aceptado escribir esta novela. En esto habría que reconocer cierto éxito.
El relato está narrado en primera persona, como muchas veces hace Borges, y el autor se asimila, sutilmente, en este caso, al narrador: «Por aquel entonces yo estaba internado en el Hospital Valle Hebrón de Barcelona con el hígado hecho polvo». Este detalle mínimo, junto a la narración en primera persona y varias técnicas que intentan destruir la ficción con una especie de tamiz de realidad es un recurso frecuente en Borges; incluso Borges es a veces más explícito como en el Aleph o en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Pero hay algo que Borges nunca haría, me parece que Faulkner tampoco, aunque tendría que verificar con más detención esta hipótesis sobre el último, pero sí lo hace Marcel Proust, a quien Bolaño no cita en esta novela, pero menciona en la entrevista que describo más atrás: Enumerar latamente, en digresiones que a ratos parecen esas raíces que escapan de los troncos de los filodendros. Mauricio Electorat, en algún artículo reciente en Artes y Letras del diario El Mercurio, asegura que para mantener apropiadamente el oficio, se ha hecho la obligación de escribir al menos quinientas palabras diarias. Desliza que en ocasiones, como una forma de cumplir su propia tarea con cierta rapidez necesaria, recurre a las enumeraciones, como podría ser la siguiente: «... que probablemente constituyó el  mayor de todos los golpes recibidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, peor que el Cerco de Stalingrado o que el Desembarco de Normandía, peor que la Operación Cobra o que el cruce del Dniéper (en donde él estuvo), peor que la contraofensiva  de las Árdenas o que la batalla de Kursk (en donde él estuvo)» o la que sigue de inmediato: «Supimos también que de los ejércitos rusos que participaron en la Operación Bagration (la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro) el que más se distinguió, de lejos, fue el Tercer Frente de  Bielorrusia, que su avance fue imparable y de una velocidad y profundidad hasta entonces nunca vista, que fue el primero en llegar a Prusia Oriental, que perdió a sus padres cuando era un adolescente, que estuvo de allegado en casas que no eran su casa y con familias que no eran su familia, que sufrió el escarnio y las humillaciones que sufrían los judíos, que demostró a quienes lo despreciaron que no sólo era igual que ellos sino mucho mejor, que durante su infancia presenció cómo los seguidores de Petliura (nacionalistas ucranianos) torturaron y luego quisieron asesinar a su padre en la aldea de Vérbovo (en donde las casitas blancas se diseminan por las vertientes de lomas suaves), que su adolescencia fue una mezcla de Dickens y Makarenko, que durante la  guerra perdió a su hermano Alexander y que la noticia le fue ocultada toda una tarde y toda una noche porque Iván Cherniakovski estaba dirigiendo otra de sus ofensivas, que murió solo en medio de una carretera, que fue dos veces Héroe de la Unión Soviética, que obtuvo la Orden de Lenin, cuatro órdenes de la Bandera Roja, dos órdenes de Suvórov de Primer Grado, la Orden de Kutúzov de Primer Grado, la Orden de Bogdan Jmelnitzki de Primer Grado y numerosas, incontables medallas, que por iniciativa del Gobierno  y del partido se erigieron monumentos suyos en Vilnius y Vinnitsa (el de Vilnius seguramente hoy ya no existe y el de Vinnitsa probablemente también haya sido derribado), que la ciudad de Insterburg en la antigua Prusia Oriental se llama ahora, en su honor, Cherniajovsk, que el koljós de la aldea de Vérbovo en el distrito Tomashpolsky lleva también su nombre (hoy ni siquiera existen los koljoses), y que en la aldea de Oksánino del distrito Umanski de la región de Cherkassi se levantó un busto de bronce en celebración del gran general...». Estas enumeraciones no son de Electorat; son de Bolaño y las puede encontrar cualquier lector atento en la página sesenta y uno de la segunda edición de Estrella distante de Anagrama. También, si gusta de la técnica enumerativa, puede leer en la página cincuenta el significado de Wieder e ideas afines, o en la ochenta y dos, algo más logrado y lúcido como digresión, en el suicidio y la historia consecuente de Lorenzo. Borges aborrece, precisamente de esta técnica antisintética. La Estrella distante está muy llena de estas digresiones enumerativas, que a veces sólo parecen destinadas a lograr un volumen que distancie la narración del cuento y la acerque mejor a la novela. Debo reconocer, sin embargo, con una cierta sonrisa cínica, que muchas veces las disfruté más que la propia historia que se escondía entre ellas. A ratos tienen un lustre especial, que evocan más el título de la novela, que la propia síntesis de esta. A pesar de la larga digresión, mía y más aún, la de Bolaño, no quisiera perder la oportunidad de mencionar que junto a aquel detalle, donde éste se identifica como el posible narrador, además de ser el autor, utiliza otros varios recursos, de los cuales se vale muy notoriamente Borges, como el de incrustar autores, obras, y sucesos reales, junto a otros de ficción, en una bien hecha amalgama, para cubrir, como prestidigitador, la ficción y hacer ver ésta como parte de la realidad, añadiendo interés histórico y anecdótico aparente a la narración. La digresión sobre la guerra que transcribo, y las otras mencionadas, en la que se nombra lugares y hechos históricos, apuntan a lo mismo. Son recursos de buen mentiroso, en el sentido positivo del término.
De este modo uno llega, sin dificultad al fin del texto. Habrá que anotar en los apuntes que cumple, entonces, con un requisito básico: Entretiene durante unas tres sesiones de lectura, más o menos, según la velocidad del lector. Pero se sostiene la pregunta: ¿Qué quería postular Bolaño?: ¿El horror?, ¿Postular el nuevo movimiento literario en el género de la novela?; ¿O sencillamente no postula nada, porque no es necesario hacerlo?. Tal vez sólo escribe porque disfruta haciéndolo. ¿Acaso no lo hacemos todos así, sin más ambición, por mero placer de construir otro mundo caótico? ¿Tal vez el discurso de autor nunca existe, sino sólo aparece azaroso en la medida de las cavilaciones literarias al escribir? ¿Está todo dado por un estilo narrativo personal y nada más?. Debería reconocer, aunque no lo haré del todo, que cuando uno ejerce de lector, suele determinar todo aquello que surge de esas preguntas y lo sostiene en la dialéctica que siempre aparece en medio del acto crítico de leer y comentar ya sea con o para terceros o con el propio autor, al que suponemos una postura. Pero, como ya dije en algún punto, antes, Bolaño sostiene una postura, no se si es maciza, o válida, o seria, que establece con Warnken en la entrevista de la Estación Mapocho, en la Feria del Libro del noventa y nueve: Debe haber una nueva novela latinoamericana y ésta no debe parecerse a nada de lo ya hecho. Al leer esta novela y también Una novelita lumpen, sabida la sentencia y asumida como seria, parece haber una explicación del por qué Wieder es asumido poeta, aunque sólo escribe con humo y en el cielo, donde todo resulta efímero y elusivo: ¿Será tal vez una utopía, como hacer poesía con humo, crear la nueva novela, que no se parece a nada, cuando dos novelas propias resultan, en su alma profunda ser idénticas? Sólo cambia una literatura imposible por una caja fuerte inexistente, como torpe objetivo. En ambas, del mismo modo, parece haber un afán sórdido, más que de horror. ¿Debe, la nueva novela, ser sórdida? ¿O Bolaño ve el espíritu latinoamericano como algo sórdido?. ¿Quizás sea que la idea de una nueva novela sea algo que surgió después?
Alguien sostuvo, en algún lugar, en algún momento, con o sin razón, pero yo estuve de acuerdo, que una importante diferencia del cuento con la novela, era que el cuento converge. Todo en el cuento conduce al desenlace. Lo narrado culmina en la última letra del cuento, mientras en la novela puede haber uno o más clímax, o incluso ninguno, pero en algún lugar previo al fin de la narración, ya ha quedado todo dicho. De ahí en adelante, la novela se difumina y diluye lentamente en un epílogo, muchas veces de valor poético o bien de enlace con el mundo real externo a la ficción. Mientras más convergente sea una novela, más se acerca al cuento. En Estrella distante no hay un clímax, casi diría que se mantiene un paralelismo persistente, que se fuerza a una convergencia hacia las últimas instancias. Aparece Abel Romero y transforma la narración en una casi novela policial, recurso muy útil a Bolaño, que en este caso fuerza una convergencia, al estilo del cuento. Hasta usa el recurso de asociar a Romero con E.G. Robinson. Diría que todo concluye en el título de la novela, como última divagación del narrador: «Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en cuestiones sin importancia. El tiempo, por ejemplo. El calentamiento de la Tierra. Las estrellas cada vez más distantes». El epílogo que sigue es brevísimo. Apenas separa milimétricamente la novela de un cuento que se convierte en policial.
Para finalizar diré sólo que terminé de leer Estrella distante, por segunda vez, hace más de seis semanas. En el intertanto comencé a escribir algún comentario unas cuatro o cinco veces. Los deseché uno tras otro porque no podía encontrar una sustancia para armar un comentario sobre el autor y su novela. Sigo sin haberlo logrado del todo.
Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano


 



 

El durmiente, el viejo niño, el volado y la sonriente conservadora...

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El durmiente, el viejo niño, el volado y la sonriente conservadora...

El viejo había abordado el tren justo a la hora de alto tráfico en la mañana, sin embargo en esa estación, cercana al final de la línea, aún era posible conseguir un asiento. Entre una mujer muy gorda que iba hasta la Estación Central, que a pesar de su nombre queda muy alejada del centro de la ciudad y hacia el otro extremo del recorrido; y una mujercita de aspecto temeroso y carita de luna morena, se sentó observando a los pasajeros. Los asientos del tren estaban dispuestos contra los flancos de los vagones, de a cuatro puestos por asiento. Frente a él, al extremo derecho dormía profundamente un joven, posiblemente universitario, despeinado, vestido de manera descuidada, con los faldones de la camisa medio metidos dentro del pantalón o salidos sobre estos, la barba crecida por desidia acentuaba el descuido que reflejaba el cuerpo todo, que parecía abandonado ahí  como si alguien hubiera dejado caer un saco, desparramado, y no una persona que se hubiera sentado en el lugar. Las rodillas bajo las piernas arrugadas del pantalón, que dejaban ver que había estado de juerga con amigos en una parranda intensa hasta horas profundas de la madrugada, invadían el espacio del pasajero sentado a su izquierda, una, y la otra se proyectaba hacia el pasillo entorpeciendo el paso. El viejo pensó que era una imagen fidedigna de la juventud actual, cuyo pensamiento es esencialmente libre, al punto de exigir para si todas las libertades y derechos, aunque, como todas las juventudes de todos los tiempos, no reconocía deberes, sino un mundo del todo propio.
A la izquierda del universitario había un hombre ya viejo. Lo miro un momento con dedicación, analizando su aspecto y facciones. Si bien era muy distinto a él mismo, lo imaginó como una suerte de espejo. Ya desde la primera mirada había tanto en lo que creía, de algún modo, estarse viendo reflejado. Desde luego, aun cuando se veía de menos edad y tenía el pelo cano tanto más abundante, era indudable que compartían la misma generación. Así, entonces, comenzó a analizarlo, como si fuera una ocasión propicia de verse a sí mismo. Pensó que el gesto agrio era diferente al propio. A veces se sorprendía en la imagen de los espejos de las tiendas, en los reflejos de ventanas y vitrinas, y juzgaba que el paso del tiempo iba acentuando en él, un gesto de enorme tristeza, aunque de ningún modo la sentía; ¿O quizás sí?. Aquel hombre viejo frente a él, en cambio, reflejaba un sentimiento amargo que tal vez tampoco lo invadiera hacia adentro, sino que sólo sería, posiblemente, un mero reflejo del mundo exterior. Con todo, el ceño siempre arrugado, la frente surcada, las líneas profundas que recorrían desde la base de la nariz, hasta las comisuras de los labios que señalaban un arco descendente, que simulaba desprecio, la mirada atenta, todo, daba la impresión de observación. De hecho, pudo ver que el hombre recorría, como él mismo, el fragmento de la vida que transcurría en el entorno de este vagón del ferrocarril metropolitano, como si este fuera el centro universal en el cual no se debería dejar escapar detalle alguno. Así por ejemplo, el hombre, tan pronto miraba con atención las manos de la mujer que leía, de pie unos pasos más allá, como también subía la vista hasta su rostro, como si buscara la concordancia entre ellos, para proyectar luego en otras mujeres que leen y también en otras actitudes, a partir de las manos, el pensamiento profundo de ellas. Es posible que quisiera, también, develar el pensamiento secreto que aquella lectura les producía. Más tarde bajaba la vista hasta los pies, o se detenía en la forma redondeada de una rodilla, de la cual parecía haber tomado debida nota antes de abandonarla. Después, quizás, descubría y contaba aquellas mujeres devotas, que rezaban con un rosario escondido entre las manos, cuyo número se le hacía sorprendentemente alto, en tanto que, quizás sólo hubiera descubierto en mucho tiempo tan solo dos hombres en esa actitud. A pesar de todo, y aunque por el reflejo de la propia imagen le asignara actitudes propias a ese viejo, sólo por una cuestión empática, reconoció que, por ejemplo, vestía y tenía una presencia muy diferente. Se imaginó a sí mismo vestido de un modo regular, no elegante, menos aun pretencioso ni tampoco haciéndose cargo de sostener una bella imagen, sino todo lo contrario, de un modo por completo utilitario. Quizás por eso "a veces", pensó, "llevó los bolsillos abultados de papeles y objetos necesarios". Muchas veces sus pantalones, por ejemplo, tenían dos o tres líneas cercanas y notorias, del planchado descuidado, del que había renunciado hacía una eternidad de reclamar, o bien sus zapatos, que solían, sin saber el motivo cierto, durarle años y años, podían haber sido lustrados con un buen betún, tan sólo en un par de ocasiones. Pero debían ser cómodos y funcionales. Por contraste, aquel viejo aún vestía como en su juventud, en la que debió haber sido algo pretencioso. Ahora, tal vez, la renuncia necesaria de aquellas pretenciones, haya contribuido a agriar el gesto del rostro. Vestía una chaqueta de un tono de azul un punto más bajo que el de los jóvenes de su buena época, quizás por un sentido de la realidad de su edad. Los botones de la chaqueta no eran dorados y lisos com la moda de aquel tiempo ido, sino de un dorado tratado con algún elemento que le daba la idea de antigüedad y con surcos concéntricos que producían una textura elegante y sería, que sin embargo no alcanzaba a ser reflejo de finura ninguna. Bajo la chaqueta una camisa con líneas casi gruesas, de color lila, se acompañaba de una corbata de anchas líneas diagonales del color de la chaqueta alternado con el lila de la camisa. El pantalón no era blanco, ni tampoco gris. El gris habría reflejado un sentido de regularidad que lo habría confundido, en su juventud, con otros de menor categoría, aún cuando la propia no era necesariamente demasiado alta, sin embargo implicaba una clase indispensable de conservar. El blanco, por otro lado, hubiera reflejado un afán de notoriedad que no era el deseo de un hombre de inteligencia, que lo acercaba más a lo intelectual que a lo frívolo. Los anteojos, sin embargo, de sujetadores metálicos muy delgados y sin marco, dejaban ver ese rasgo de discreta egolatría, que lo demás de su aspecto buscaba, tal vez con mucho esmero, esconder. La imagen profunda del pensamiento del viejo lo mostró a él y a aquel otro, jóvenes, en alguna instancia de recreo, quizás entre una clase y otra en alguna universidad, tal vez en un encuentro casual y amistoso a la salida de un trámite bancario, o en una reunión social informal: Ahí eran amigos, porque eran, en su tremenda diversidad y contraste, iguales sin embargo. La ironía de aquel, sólo era comprendida por este y a la inversa. La reflexión conclusiva de uno sorprendía al otro por su afinidad de pensamiento. "Pero", pensó en el plano de la reflexión, que nace de aquellas imágenes que la hacen germinar, "eso es mentira, es irreal, sólo fruto del ocio del viaje en un vagón de tren. Aunque es posible que en su interior, ese viejo esté desarrollando un proceso muy parecido al mío".  Le miró las manos, bastante grandes, de dedos gruesos y nudosos aunque no toscos. De algún modo le recordaron las del albañil, a pesar que las de aquél no podían esconder el trabajo rudo cotidiano. Se le ocurrió, al recordar al albañil, que había estado tejiendo una historia supuesta de aquel viejo que se sentaba frente a él y del universitario que dormía a su lado, que quizás no fuera universitario sino un proyecto inútil de artista, mientras aquel viejo podía ser el dueño de una industria de ropa de algodón, en la que se producía calzoncillos y camisetas estampadas, bajo una marca tan absurda y pretenciosa como por ejemplo "Cotton Brotherhood by Paños" o podía ser un arquitecto arruinado por el yugo dominante de su mujer. "Cualquiera de esas alternativas equivale a escribir el cuaderno del albañil" se dijo y pensó que quizás todo en este mundo funcionaba de esa manera: "Cada uno escribimos, en papel o en nuestra mente, una historia del mundo a nuestro alrededor. Cada una de esas historias es como un vector que tira o empuja en algún sentido dimensional a la sociedad toda y cada persona afectada en particular. La suma de esos vectores compone un acuerdo final, que son la construcción de la sociedad que habitamos y también construye la historia personal de cada cual. Por ejemplo, Kaya es una bailarina en tanto la vemos así quienes la juzgamos. Sólo será una prima ballerina en tanto muchos, que la vean bailar, piensen que es la primera. Entonces el empuje de todos esos pensamientos, de todas esas imágenes la determinarán com primera bailarina". Después de cavilar un momento sobre aquello, se propuso en su pensamiento interior que "de seguro por eso mismo huí del mundo de arriba y me refugié aquí, donde creo ser inmune a aquellos vectores torturantes. Cualquier evento que tenga relación, como la muerte del papá, su legado, o más, son sólo justificaciones que tranquilizan la conciencia". Se escandalizó, sólo por un momento, de tener ese pensamiento, pero en seguida se dijo: "En fin, no tengo que revelárselo a nadie, pero en verdad soy igual de ruin que ese viejo que va al frente, enjuiciando a todos, pero sin enjuiciarse a sí mismo primero; o como el universitario que duerme, irresponsablemente, a su lado, invadiendo el espacio ajeno con sus rodillas y su desorden, sin importarle nada".
Al otro lado del viejo, con la espalda curvada hacia adelante, otro joven miraba, ausente, a ninguna parte o a todas, sin ver ninguna. Vestía un polerón o camisón de algodón con bolsillos de canguro y una capucha de tipo monástico, debajo de la cual escondía la cabeza casi rapada, con el pelo restante peinado de modo absurdo, simulando la quilla de una embarcación que se eleva en vez de sumergirse. Su aspecto, es en todo, voluntariamente ordinario. Con intención obtiene ventajas de su tez muy morena, sus facciones toscas, cuya fealdad subraya con un aro atravesado en una ceja y una pelotilla metálica, de unos tres milímetros, ensartada en el labio inferior. El polerón está adornado con figuras de estridentes colores que representan seres monstruosos agrediéndose mutuamente. Usa unos pantalones con muchos bolsillos en lugares ridículos, atados bajo las caderas de modo que parece que se le estuvieran cayendo, o que estuviera cagado, y le llegan a unos diez centímetros bajo las rodillas, dejando a la vista unas piernas oscuras y de pelos hirsutos. Mueve lentamente la cabeza de arriba a abajo, quizás al ritmo de alguna música que ya no suena en su mente como a veces le sucede al viejo con algún tango o bolero, sino en un artefacto electrónico minúsculo que lleva escondido en algún lugar de la ropa. Quizás si su aspecto ausente provenga de la conexión permanente con ese aparato. Una de sus piernas pivotea sobre el pie cubierto de una zapatilla enorme, gruesa, construida tal vez, en vez de manufacturada, a partir de toda clase de materiales sintéticos y modernos como el poliuretano y muchos sucedáneos sintéticos del viejo y noble cuero que se calzaba en otros tiempos. No alcanza a sobresalir demasiado de la zapatilla un calcetín de caña excesivamente corta e incómoda. Pivotea el pie en la misma cadencia que su cabeza. El polerón, el pantalón, los calcetines breves, que apenas alcanzan a verse, las zapatillas y seguramente el artilugio musical conectado a sus orejas, son todos de marcas de alto precio y última moda. Todas se combinan en un conjunto que se torna intencionalmente ordinario, hasta parecer sucio, aún cuando no lo esté y le da al muchachón un aspecto agresivo y rebelde que llega a infundir cierto temor. "Quizás si uno se acercara, olería al más fino detergente y a la más cara agua de colonia" pensó el viejo, "pero da la idea, desde la distancia, de que hiede". Es posible que en algún futuro no lejano, a estos jóvenes se les diga, universalmente, "Flaites" u otro término de significado equivalente, donde se hable de otro modo o idioma. El apelativo es probable que venga de la vulgarización de la palabra inglesa "flight" que expresa el afán de volarse de la realidad.
Al otro extremo del asiento, junto al flaite, una joven sonríe, escuchando a un hombre que le conversa, de pie a su lado. Ella ignora del mismo modo al universitario, al viejo y al flaite, lo mismo que ignora a la gente que sube o baja del tren, a los que se amontonan junto a las puertas, y al anciano que la enjuicia desde el asiento del frente. "Si bien no creo que la felicidad exista como un sentimiento permanente, sí es cierto que es la apreciación de momentos a los que se accede gratamente. De esa manera, ella es feliz" sentenció el anciano. "Es feliz porque tiene un trabajo. Es seguro que viaja hacia allá. Lo es porque puede sonreír al conversar temas de ninguna importancia, porque no necesita cuidarse de otros sucesos importantes. Lo es porque la gente que encuentra en los vagones del tren cada día es gente lozana, joven como ella, comparte la misma ausencia de intereses, porque todo está bien así, de modo que la vida se transforma en una sonriente distracción despreocupada. Ella es libre. Nadie la ata ni la urge y por lo tanto no tiene nada que cambiar. Si la sociedad se construye de los innumerables vectores que cada uno representa, como una fuerza que tira o empuja en algún sentido, determinando una componente de todos que da un rumbo, ellas es un vector nulo. No tiene rumbo ni mirada, tampoco magnitud, sino sólo un peso enorme que impide el movimiento. Si hubiera que ponerle un nombre" pensó el anciano, "sería Déjalo Así".
La mirada no tiene materia, no hay sustancia ni fuerza verdadera en ella, sin embargo, de alguna manera, tiene algo que la hace sentir. El anciano sintió ese peso o esa apelación extraña y volvió la suya hacia la que lo observaba. Se encontró frente a su espejo. Desde el asiento de frente al suyo, el viejo lo miraba, no inexpresivo, porque su rostro estaba siempre lleno de expresión en la acritud de la curva de su boca, en la profundidad de las líneas de la frente, en las arrugas persistentes del ceño y en el mismo peso indefinible de su mirada tras esos anteojos que delataban un rasgo interior, que quizás él mismo no alcanzaba a percibir y que estimaba en un valor meramente estético. Quizás cuando los eligió en la óptica, habrá dicho: "Estos parecen más cristalinos, ocultan menos, a mi vista, lo que me rodea, no lo enmarca ni encierra. Eso me acomoda. Además me veo más bello". Al pensar en estas cosas, añadidas a la atención que descubrió en la mirada del otro, tuvo la certeza que si bien él estaba jugando a analizar a ese viejo, al universitario que dormía, al flaite y la joven que sonreía a la vida y a concluir qué y quiénes eran, sin ninguna duda, ese viejo estaba haciendo lo suyo con él mismo, con la joven luna morena que se sentaba a su izquierda, con la gorda que estaba encajada a su derecha y le había preguntado, si los parlantes avisaban al llegar a la Estación Central, y con la mujer ya gastada, que no alcanzaba a distinguir, en la punta del asiento y que manipulaba algo entre sus dedos mientras parecía musitar fórmulas fijas. Era posible que, como él mismo, ese viejo estuviera componiendo un enorme cuadro en el que relataba minuciosamente el mundo interior de todas las personas que viajaban, indolentes, en los trenes del ferrocarril metropolitano. Al darse cuenta de esto, en su pensamiento profundo, que sólo se compone de imágenes primarias, lo vio, no obstante que seguía siendo un viejo, con rasgos de viejo, con la expresión atenta de viejo, con manos de viejo y gestos de viejo, convertido en un niño que jugaba con todo el mundo de su entorno como si fuera propio y de juguete. "Todos somos sus marionetas" reflexionó. Y de pronto junto a la imagen de ese viejo niño se vio a sí mismo, reflejado en él y convertido en el otro niño, en ese niño que juega con él, sin necesidad de decirse ni una palabra uno a otro, sino sólo compartiendo una complicidad implícita. Es posible que muchas veces antes se lo haya dicho y es seguro que también aquel viejo al frente suyo se lo haya repetido las mismas muchas veces, sin embargo ahora se lo repitió otra vez más y sonrió, como si fuera la primera vez que lo descubría: "Siempre somos niños por dentro. Sólo nos gastamos por fuera hasta convertirnos en ancianos". En ese momento el tren detuvo su bramido en la estación de El Cacique y el viejo del frente tomó un bolsoncito de género de color verde botella y naranja, separados por una línea diagonal, que tenía entre sus pies y apuró ágilmente el paso para descender del tren. El anciano, hasta entonces, no había reparado en el bolsón del otro. Al verlo sintió envidia y deseó tener uno igual.
Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano

 

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