Mostrando entradas con la etiqueta Frank Kafka. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Frank Kafka. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de octubre de 2011

El argumento precario y el recurso ingenuo



“La literatura no trabaja con la verdad, sino con lo verosímil; es decir con aquello que podría ser verdad, que parece ser verdad aunque no lo sea.”




El argumento precario y el recurso ingenuo
Kepa Uriberri



«Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo». Esta frase, que inicia El Proceso de Franz Kafka, tiene tres sentencias que construyen una aseveración lógica impecable y engañosa, como toda la lógica formal. Esta rara característica de esta disciplina matemática confunde a muchos de quienes se dedican a las letras, quienes terminan creyendo que la lógica semántica y la matemática son productos de la mente humana alejados uno del otro, y no es así. Hay dos antecedentes en la frase de Kafka: El primero asevera que Josef K fue detenido y el segundo asegura que no había hecho nada malo. Un lector literario dará por ciertas ambas sentencias. No tiene motivos para pensar que no lo son y por lo tanto, aceptará la consecuencia propuesta como cierta: Alguien calumnió a K. Sin embargo, el análisis lógico, que el lector literario suele no hacer, concluye que sólo si Josef K fue detenido y no había hecho nada malo, entonces es cierto que alguien lo ha calumniado. En cambio, en el evento que K no estuviera detenido, se concluye que no ha sido calumniado. Pero K. podría estar detenido y haber hecho algo malo, entonces sería falso que ha sido calumniado. Visto a la rápida, hacer este análisis parece absurdo. Pero si se le mira con calma, se ve que los tres elementos juegan entre ellos sin ninguna libertad, sino atados por la sentencia lógica, de modo que la calumnia sólo depende de la maldad y la detención. Para el universo de la lógica sería idéntico si dijera "Hubo una conspiración, pues Josef K fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo". También sería equivalente a esta otra: "La noche fue muy oscura, pues Josef K amaneció con dolor de cabeza, sin haber bebido una gota de alcohol" y por último, también es la misma construcción lógica que: "Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues amaneció con dolor de cabeza, sin haber bebido una gota de alcohol". No voy a aburrir más, reduciendo la sentencia a una fórmula de lógica matemática, porque me interesa llegar a lo literario. Sólo quiero hacer notar que hay, en esto, una cuestión lógica que se quiera o no, está presente. Ahora giro a lo semántico: La frase tiene una trampa formal, de la que la lógica no se hace cargo. Josef K puede no haber hecho nada malo y haber sido detenido, por ejemplo, por motivos políticos. También podría haber hecho algo malo sin que el lector lo sepa, o incluso podría ser mentira que ha sido detenido y tratarse de una broma. Es decir, la frase, semánticamente, es sólo una propuesta, pero cada sentencia que la compone debe ser considerada cierta, cuestión que no ocurre en la lógica matemática, para que adquiera un significado. Como argumento, la frase de Kafka, es precaria bajo el punto de vista de la semántica. Los antecedentes no son suficientes para acusar a alguien de haber calumniado a K. No obstante, la fuerza dramática del argumento empuja al lector a aceptar la aseveración. Al suceder este fenómeno, semántico, el lenguaje literario, que no el lógico matemático, se acerca a la música. Es aquí, en esta precariedad, donde la literatura se hace arte cuando este recurso lleno de libertades es manejado con talento por el autor.

La literatura no trabaja con la verdad, sino con lo verosímil; es decir con aquello que podría ser verdad, que parece ser verdad aunque no lo sea. Me atrevo a decir que esto es cierto en todos los géneros. Incluso el ensayo es apenas una propuesta, es como una sospecha de una verdad que quizás llegue a ser acogida por otras disciplinas. El escritor, ensayista, poeta o narrador, utiliza como principal recurso el engaño amable, por llamarlo de algún modo, para formar su creación. En este sentido casi podría decir que el mago y el escritor son metáforas uno de otro. Un movimiento preciso de la mano del mago, es un recurso que convierte una paloma en un pañuelo y un bastón en una flor. El escritor hace algo similar con la palabra: «Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo». Esta frase, que es un argumento idiota equivalente a tantos como él, que escuchamos a diario en tertulias, conversaciones, en televisión, en discursos políticos, en disculpas deportivas y más, construida por Franz Kafka, se convierte en una síntesis genial, que representa todo el desarrollo de una novela maravillosa como es El Proceso. Esta novela comienza con dicha frase, que en algo menos de una línea de texto define a K. como un acusado injusto, establece que no ha hecho nada malo, pero lo sumerge en un proceso judicial por el cual se le ha detenido. Sin decirlo, impone un enemigo oculto que calumnió al protagonista; sin que parezca intentarlo, nos pone del lado de Josef K y asegura que no ha hecho nada malo. Más aun, como estructura literaria, plantea de inmediato el drama que se desarrollará en trescientas páginas. ¡Qué uso tan maravilloso de un recurso tan sencillo y a la mano como el argumento idiota!. Lo llamo argumento idiota porque siendo una proposición, su antecedente no sustenta la consecuencia, sin embargo resulta aceptable y establece una conclusión que se asume solventada: La calumnia sustenta la detención y además confirma, al ser una calumnia, que el acusado no ha hecho nada malo. El equilibrio lógico precario, es suficiente en el argumento idiota.

En una tertulia que compartí, hace unos días, alguien decía a otro que escribe: "Tú pareces escribir con las tripas, con las entrañas, se siente tan profunda tu escritura que a ratos es casi autista; pero por desgracia, de repente, a veces, la ensucias con diálogos y opiniones contingentes que son hasta pueriles". En el largo tiempo que leo con seriedad y análisis, como método de aprendizaje, he dado infinidad de vueltas en torno a estos conceptos. Suelo ramonear en cuentos y novelas analizando diálogos, a veces tan sesudos y densos como los de Setembrini y Nafta en Thomas Mann y en otras tan sencillos y tiernos como los de Dostoievski en El Ladrón honrado. Este relato se va hilvanando sobre argumentos precarios y diálogos ingenuos. Va penetrando con ellos en lo profundo del alma del pobre Yamelia, en torno al robo pueril de unas calzas que este borrachito inútil y perdido comete por necesidad. Desbrozando el cuento, no hay un solo momento en que Dostoievski proponga una reflexión profunda, o que una frase tenga un sentido sentencioso. Toda la estructura es livianita, ingenua, sutil, pero penetra hasta lo más hondo como si fuera una afilada hoja de afeitar. La ingenuidad también es un recurso precario y como el argumento precario utilizado con talento, es una herramienta poderosa. Si alguien tiene dudas de esto, que se haga de un buen tomo de cuentos de Chejov, pero no lo lea como obras de Chejov, sino como material de estudio: Cuanta fuerza hay en "Ionich", por ejemplo, un relato precario sobre situaciones tan cotidianas, que demuestra que el arte no está en la pirotecnia, en lo raro, en lo difícil, sino, muchas veces, o casi siempre, en la mirada aguda de lo cotidiano.


Kepa Uriberri






Editamos, publicamos y promovemos tu libro. 



domingo, 10 de julio de 2011

Frank Kafka, 1536 meses después.


Frank Kafka, 1536 meses después.


 Tumba de Frank Kafka


A 128 años de su nacimiento aún se recuerda a Frank Kafka como el máximo escritor alemán influyente en la literatura universal.

Nace en Praga el 3 de julio de 1883 –año en que Engels escribe Del Socialismo utópico al socialismo científico y Friedrich Nietzsché, considerada su máxima obra Así habló Zaratustra–, en el seno de una familia numerosa.

Educado por su padre Hermann bajo una actitud prepotente y autoritaria permanente no dejó de tenerle un profundo respeto, pero también detestó su falta de sensibilidad y lejanía para con él. Su madre, proveniente de una familia más próspera en lo económico y con una educación más refinada, fue relegada por su marido a un papel secundario en cuanto a la educación de sus hijos.

Al fallecimiento de sus dos hermanos Georg y Heinrich, a quienes celaba, se siente culpable en cierto modo por vincular sus muertes a sus deseos de que desapareciesen.

La familia fue envuelta en la tragedia. Durante la ocupación nazi tres de sus hermanas fueron llevadas a los campos de concentración. Una de ellas, Ottillie, falleció en la cámara de gas en el campo de exterminio de Auschwitz, lugar donde otras 1318 personas más perdieron la vida.

Como estudiante se interesó por la literatura. De hecho, a sus catorce años realizó sus primeros intentos como escritor. Aunque destruyó sus trabajo, fue la ocasión para darse cuenta de la diferencia que había con los trabajos de sus compañeros, sobre todo en el aspecto formal.

Tenía entre sus autores privilegiados a Flaubert, Dickens, Cervantes y Goethe. Además consumió  lecturasde Darwin y Haeckel, así como autores que defendieran el socialismo, sobre todo aquellos con ideas de solidaridad.

Al concluir sus estudios de leyes (1906) fue cuando comenzó a escribir. Y en 1912, se da a conocer como escritor y toma conciencia de ello con una colección de 18 relatos que previamente habían aparecido en diversos medios: Contemplación (Betrachtung). En 1913 escribe su libro inicial Consideración y en 1915 el famoso relato La metamorfosis. En 1914, un antecedente de El proceso (Fragmento de Josef K.) y la narración En la colonia penitenciaria.

Intenta casarse por segunda vez, pero su padre se opone. Esto dio lugar a escribir Carta al padre (Brief an den Vater), en el que lanza una fuerte diatriba contra su progenitor haciendo referencia a la historia de su niñez y adolescencias, y al cúmulo de carencias vividas por culpa del mismo. Es una lectura en la que se puede entender la soledad y la tristeza que impregnan toda su obra en donde volca todas sus dolencia y frustraciones. La muerte y la soledad son temas que ocupan  mayormente sus páginas. 

También profundiza en aspectos de su vida privada, el desgarro de la incomprensión como en La Metamorfosis, los miedos ante la vida, la soledad y la muerte, el miedo al poder, la sinrazón de la burocracia y sus abusos de poder, las leyes impuestas.

Sus obras utilizan palabras como “demonios”, “embates”, “desamparo”, “persecución”, “soletad”, entre otras, lo mismo que en sus epístolas repetidamente menciona insomnios insoportables y fuertes dolores de cabeza.
Tal es su influencia universal (especialmente al último siglo) que el adjetivo “kafkiano” se refiere a toda la simbología que recuerda a la suya.

Fue un hombre atormentado que supo disfrutar de la risa y la alegría. Discordante, sí, pero que puede deberse a su vida triste y cercana a la muerte por padecer tuberculosis pulmonar, a la sensación de fealdad y desprecio hacia su cuerpo. Y sin embargo, supo vivir su vida con una poco común intensidad.

Su obra ha sido sometida a la crítita literaria y los resultados han sido tan variados y distantes entre sí que puede uno concluir que la obra de Kafka ha revazado la comprensión de aquellos que lo han escudriñan desde diversos enfoques.

Pero Kafka, al final, parece que se encargó él mismo de describirnos su obra y dentro de ella con la siguiene insinuación:

“No esperen utilizarme para salvarse, ni siquiera de ustedes mismos.”

Fallece en Praga el 3 de junio de 1924.

Existe la convicción de que Dora, la última esposa de Kafka, guardó en secreto la mayoría de sus últimos escritos, incluyendo 20 cuadernos y 35 cartas, hasta que fueron confiscados por la Gestapo, en 1933. 

Actualmente se está realizando una búsqueda a escala internacional para encontrar los manuscritos.



Editamos, publicamos y promovemos tu libro. 



viernes, 9 de abril de 2010

Nada qué decir

 Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir? De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir? ¿Para que me leyeran? ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?

Nada que decir

De repente me quedé sin más que decir. No: Me estoy explicando mal. Tendría mucho que decir, mucho que relatar, tal vez; pero me pregunto: ¿Y para qué? ¿Y para quién? Entonces me digo, a mí mismo, que no quiero decir nada. No quiero hacer el esfuerzo de intentarlo. Me quedo mirando las cosas sobre mi escritorio y veo que el ratón está sucio. Me paro a buscar un trapito húmedo para limpiarlo. Mientras lo hago, veo el parque frente a mi ventana, completamente verde hacia fines del verano y recuerdo cuan azul se veía el jacarandá en primavera: ¿En qué minuto se cayeron sus flores?. Escribo todo esto, casi como un borrador. Quizás nadie, nunca, lo lea. 

Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir?. De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir?; ¿Para que me leyeran?, ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?. En verdad no estoy muy seguro. Comencé a escribir lleno de pudor: Escribía porque me era necesario, quizás compulsivo, pero no para ser leído, sino para recordar, solo, escondido. Al recordarlo, lo veo casi onanista. Tal vez era el resultado de una compulsión masturbatoria del pensamiento, de la reflexión, de la imaginación. Al comienzo, escribía, escribía, escribía y cada tanto, volvía atrás y me releía. Al hacerlo sentía un goce fantástico, que con el tiempo fue decayendo. Me resultaba placentero leerme, pero quedaba insatisfecho, o incluso, frustrado. En ese momento perdí el pudor y comencé a buscar quien me leyera. Al decirlo parece haber un punto de quiebre, pero no es así: Economizo espacio. Fue un proceso gradual, hasta llegar a la instancia en que me fue necesario ser leído, y transitando por ese camino, llegó a ser necesario un sentido o un objetivo para escribir. Nunca lo he tenido claro: ¿Alguien sabe para qué practica una disciplina de arte? Yo no lo sé. Muchas veces he buscado esa respuesta. Muchas veces me di alguna. Nunca completa, nunca total, nunca definitiva.
Aquella pregunta, como el proceso de escribir, va erosionando en un lento devenir. ¿El arte se practica para uno mismo? ¿Para los otros? ¿Para ambos? ¿Para el propio arte?. Hay mas alternativas, quizás si sean infinitas. Hasta aquí, en lo que va de esta reflexión, podría decir que como el sexo, se comienza a practicar las artes como una autosatisfacción. Se pinta para uno mismo, se hace música para uno, se escribe para reflexionarse o para decirse, para autoamarse. Al madurar en la actividad, si es que se llega a madurar; la obra personal se deviene una entrega. A veces implica, puede significar, un profundo dolor, un íntimo reconocimiento, que deja a disposición del otro, el que escucha, el que lee, el que mira o toca, lo más íntimo y preciado de uno mismo. Pero aquí vienen las contraposiciones de conceptos, que nos llenan de confusión, de discusiones con nuestros pares, de profundos desacuerdos, hasta el punto en que se llega a dudar de uno mismo: De los propios por qué y para qué, más aún de los para quienes y cómos. He oído a alguna escritora decir que jamás se emociona cuando escribe, a otro, que escribe por el placer de crear, a uno más, que lo hace para promover sus ideas y combatir por ellas. 

Del camino recorrido hasta aquí, recuerdo cada etapa, con claridad. Recuerdo cómo disfrutaba escribiendo como ese niño que juega, a escondidas, a no ser descubierto en sus juegos maravillosos e íntimos. Tal vez buscando una estima personal o un conocimiento de uno mismo. Casi puedo ver las primeras cosas que escribí para otros, para que otros las leyeran: ¡Cuánta expectación! ¿Les gustará, así como a mí mismo me place lo que escribo? ¿Lo juzgarán pueril? ¿Sentirán alguna identificación con lo que razono y relato?. Así deseo que sea. Así se va haciendo casi un vicio, una necesidad imperiosa: Quiero que me lean, busco quien me lea, quiero atrapar a quien, a veces por descuido, me lee. Descubro que esto le sucede también a otros que escriben, pero no sólo a ellos: También le ocurre a quienes hacen música, a quienes pintan, al que actúa en teatro u otras escenas, al que hace cine, y creo que a todos. Pero no es fácil. Tal vez para quienes escribimos sea más difícil aún. El músico, compositor o ejecutante, entrega una obra de recepción colectiva y por formato cultural y social son muchos los que acceden a su obra sin proponérselo siquiera. Mientras espero, mientras camino o voy de viaje, escucho música y me dejo llevar de la oferta. Cuando estoy sólo me acompaño de la música, en fin; hasta cuando escribo, o leo, tantas veces lo hago con música: Cuántas otras cosas van con la música. El pintor, el escultor y otros plásticos, exponen su obra y muchas veces es vista al pasar y en su totalidad. Se la puede ignorar o apreciar, pero se la ve. Quienes escriben, suelen ser lectores: Creo. Incluso siendo así y leyendo, por lo tanto, con especial interés, me cuesta leer. Leer requiere un esfuerzo, una dedicación, que no es de absoluta necesidad en otros artes. Me ha sucedido estar conversando con un amigo músico, de diversas cosas, también de arte y también de literatura y música. Él instala en un reproductor lo último que está trabajando y es nuestro fondo, mientras conversamos. Yo no podría hacerlo leer mientras seguimos la conversación. En muchas ocasiones, cuando leo, me vence el cansancio: Sí. Así ha de sucederle a mis lectores, de seguro. Me ha sucedido, en este cansancio, que se me mezclan mis ensueños del dormitar, con la obra que leo, contaminando y falseando la lectura. Recuerdo haber discutido con un seguidor de Sabato, una escena de Abaddón el exterminador. Era una bellísima que ocurría en el Puente Alsina, en la que el mismo Sabato era joven y se tendía sobre un camastro con Agustina, a mirar el curso del riachuelo, la placidez los conducía al sexo, y el sexo a las confesiones. En esa instancia Sabato le dice: "Jamás fui feliz en París". "¿Y qué fumaste mientras lo leías?" me dijo el experto en Sabato. Lo miré extrañado mientras él sostenía una sonrisa burlona. "Esa escena no existe en Abaddón" sentencia. Le aseguré que sí. Tan seguro estaba, que lo insulté al negar su conocimiento del autor. Yo casi podía recordar la página donde aquella situación era descrita. Lo negó hasta el fin, hasta que me dijo: "Bien; tráeme el libro marcado en la página donde ocurre. Por ahora, pasemos a Sándor Márai". Recuerdo haber estado hasta el amanecer buscando el pasaje. Incluso copié el libro a texto de computador, con un reconocedor óptico de caracteres. Lo copié completo. Usé técnicas personales y ciertos programas de búsqueda temática y no había escena en el Puente Alsina. En el proceso desesperado de escarbar a Sabato, recordé que en ese entonces, cuando leía Abaddón el exterminador, encontré una versión magnífica de Susana Rinaldi sobre el tango El choclo, donde mezcla, virtuosa, París con Puente Alsina. A mi vez, cansado de la lectura, debo haber ensoñado a Sabato y Agustina, a París y el Puente Alsina, donde jamás habrá habido una cama, sino a penas un gavión y su mina, que yo escuchaba de fondo al dormitar. Son las dificultades que hacen difícil ser lector. Serlo requiere una disposición de voluntad necesaria. Tal vez por eso sea más difícil ser leído, que exhibir una muestra fotográfica, por ejemplo, o acceder al público con la música. 

Quizás la dificultad de ser leído nos cae sobre las espaldas mucho antes que la página blanca a la que muchos temen. Tal vez esta última sea una consecuencia de lo primero. Cuando se llega a creer que nadie está interesado en leer lo que se hace como una entrega, sin importar si es o no valioso, aunque uno siempre lo cree tal, o bien, que nadie valioso considera leíble lo que uno pare con tanto cariño, entonces cae en las manos de uno el peso enorme de la pantalla en blanco, sobre la que no se siente tener nada que derramar que valga una lágrima, una sonrisa, o una reflexión. Entonces veo el sarro en el ratón, las flores del viejo jacarandá del parque y limpio el lomo del animalito plástico con un paño húmedo durante muchos minutos, hasta que Susana deja de cantar "A pesar de todo". Así es que busco otra música, tal vez Lucho Gatica, Mercedes Soza, ahí donde canta "La Cigarra" y voy ya por el senderito que me saca de la escritura y me distrae en otras cosas. Puede ser que dé una vuelta por el parque para ver si hay otros jacarandás que aún tengan flores y me enrede en el nombre de las azucenas con su aroma profundo. Al volver ya es tarde, ya queda para mañana. 

No recuerdo, ya, por qué llegué a leer a alguien que escribía que esperaba ser descubierto por la industria editorial. Ese anhelo tan tonto e irreal me hizo sentir identificado. La trayectoria natural de todo artista tiene esa falsa lucecita al fondo del camino. ¿Acaso escribe uno para ser descubierto y masificado por la industria del arte? ¿Cuántas veces sumadas, o de a una, quienes me leen, ahora, habrán tenido esa discusión tan vana? A raíz de ella escribí hace tiempo un ensayo sobre el Epifenómeno; por ahí está en algún recoveco de la enorme red universal. A un extremo de la discusión está el intimismo, o al menos una postura a la que puedo llamar así, porque si se sostiene que se escribe para el arte, no debe ser la finalidad el gusto masivo que cultiva la industria editorial. Al extremar esta posición, cuando se escribe no se debería pensar en el lector, sino sólo en el arte. Ni siquiera en la belleza: Sólo arte. La belleza es belleza, no es arte. Puede ser utilizada o no en él, pero no es arte. ¿Entonces se escribe para mostrar una reflexión de autor? ¿Y si es así, es una reflexión íntima, poco compartible? Pienso que la reflexión es un camino a la verdad, aunque esta no exista, aunque el sendero al fin no conduzca a ella, pero surge de aquí, en todo caso, la pregunta: ¿La verdad que la reflexión busca, debe ser privada, no compartida? Y si la respuesta fuera: Sí; entonces el arte sería egoísta, o la verdad inútil y digresiva. El arte se habría quedado en esa situación inmadura, regresiva, onanista. Es un concepto demasiado Hessiano que no puedo aceptar. No entiendo a su Siddharta cuyo proceso, finalmente, lo conduce sólo sobre sí mismo y para sí mismo. Sólo el amor por Kamala es generoso y refleja una entrega. No obstante es visto, desde Hesse, por Siddharta como una digresión en su proceso, un error que se ha de superar. El hijo resulta una suerte de vicio que lo impulsa y resulta colateral al numen del proceso Hessiano de Siddharta. Tampoco me identifica el Lobo Estepario o su lema central: "esto es sólo para ti". Y sin embargo, esta idea promovida por Hermman Hesse no le resta un ápice de genialidad como escritor o como artista. Es que contra su dogma, Hesse es entrega y difusión, es lo contrario de su postura. Quizás él mismo sea más su Demian que su Siddharta. Pero no es el único: Otro gran intimista es Kafka, que llega al extremo de negar su obra: "Cuando muera quémalo todo" le dice a Max Brod. A la vez, en su "El Proceso", hacia la conclusión moral de la novela, en la catedral, le entrega al lector el relato de la puerta de la justicia: "Fue construida sólo para ti. Una vez que mueras la cerrare para siempre y podré irme" le dice el guardián de la puerta al campesino. 

En el otro extremo se encuentra tantos y tantos súper ventas sin contenido alguno, cuyo fin sólo es el éxito editorial. Pero pregunto: ¿Por qué cada uno, cuando escribe, en lo más íntimo siempre espera ese "ser descubierto"? Estoy convencido que nadie deja de albergar un secreto afán de éxito. Más aún, creo que el éxito editorial no resta arte a la obra, ¿o este se desvanece en Dostoievsky, o en Hesse, en Kafka, Tolstoi, García Márquez, Borges, Kundera, Melville, y tantos y tantos más? La negación al éxito editorial es una forma de inmadurez, es el Oskar Matzerath de Günter Grass, que se niega a crecer. O tal vez es una forma reactiva y rencorosa a la falta de reconocimiento. Tiendo a creer que quienes defienden que el arte no ha de ser público o masivo, basados en que lo masivo es comercial, escinden de modo vano los conceptos. Mucho de lo masivo, exitoso, súper vendido está vacío; pero no todo. El concepto inverso no es válido. No todo lo masivo carece de arte y tampoco todo lo íntimo lo es. Conozco mucha obra íntima que permanece íntima, no por una disposición íntima del autor, sino por carecer de valor. 

Al concluir, este es el gran problema: La falta de reconocimiento editorial, previo al enfrentamiento del mercado de la masa. Aquel ojo que juzga y acepta o rechaza ve principalmente lo comercial, porque es más abundante que lo artístico. Se agrega aquí lo que siempre subyace y nunca llega a tener una definición final, cuantificable: ¿Qué es arte y qué no lo es?. Más aun, el que escribe, cuando lo hace: ¿Quiere hacer arte, o sólo quiere entregarse al lector? Después de terminada la obra viene el juicio relativo a si es o no arte. El arte es algo abstracto, conceptual y elusivo. Quizás el arte más reúne una obra en conjunto que un escrito preciso. Creo que sólo Juan Rulfo ha podido hacer arte en una sola gran novela y un tomo magro de cuentos. Mucho antes que arte, en el escritor hay sólo talento y este casi siempre es un producto deseado por el mundo editorial. Después vienen las razones del escritor, la discusión de los por qué y más. Es decir, se escribe; yo al menos lo hago, para producir un regalo que se dona: ¡Nada más!. El escritor verdadero, el descubrible, escribe una obra invalorable, impagable. Ningún volumen de ventas podría pagar La Montaña Mágica o Los Buddenbrok, ni El Quijote o siquiera el mínimo y tierno Ladrón honrado de Dostoievsky. Son sólo regalos que se dan y dan y dan en el tiempo. Esa, creo, es la búsqueda del escritor. Ser descubierto, como deseaba aquel aficionado, es nada más la oportunidad de hacer inconmensurable el regalo. Hacerlo reverberar en su propio eco. 

Por cierto, la aceptación editorial, incluso antes del éxito, es parte del epifenómeno que rodea al arte, o la disciplina que busca serlo, pero a la vez es una forma de consagración que está en el camino de maduración del escritor, como lo es la galería para el pintor, o el escenario para el actor. En este sentido, los intimismos y purismos virginales o son absurdos o son disculpas que se comparte en cofradías secretas. El artista, y entre ellos el escritor, ignorado, muere como demiurgo: Se queda vacío porque necesita saberse recibido. A veces en el hogar de un desconocido se rechaza, por pudor, la hospitalidad ofrecida: "No. ¡Muchas gracias!. No quisiera molestar". Suele ser tanto más frecuente de lo creído, que ese rechazo es ofensivo para quien hace la oferta, más, le resulta doloroso; lo hace sentirse despreciado. Es tanto más doloroso no ser recibido que no recibir. 

En cuanto a mí, escribo como un jardinero, que va sembrando un parque donde ha de haber belleza, algo de exótico, no debe faltar la magia ni tampoco el cuidado y la dedicación. Como un jardín se requiere, muchas veces, más poda que siembra y más encanto que belleza. Pero como el jardinero, una vez creado el jardín: ¿Para que los senderitos?, el perfume de las flores: ¿Para qué?. ¿Por qué lugares donde nunca dejará de haber sol y luz, y otros donde los medios tonos de la sombra y el frío de la brisa sean un remanso para descansar?. Porque, como sea, el jardín por sí mismo no tiene valor alguno, casi ni siquiera existe sin quienes disfruten su paseo. Tal vez necesite un columpio y un balancín y huevos de chocolate en pascua de resurrección, mesas de té y laberintos de crataegus y bojs. El problema está cuando, por atraer al visitante se instala carruseles y calesitas, trenecitos y artificios electrónicos, caballitos pequeños de montar, jaulas de pajarotes y más. El arte está en algún lugar intermedio en una banda muy fina, más acá de la cual la obra no apela a nadie, a nada, y más allá de ella sólo apela al comercio. Por mi, sólo espero llegar a un lector como niño, que busca y encuentra la magia del huevo de chocolate, que guarda el recuerdo de la sorpresa y la nostalgia de los senderos y laberintos; ese que dialogó con mi monólogo y atesoró los descubrimientos hechos en el jardín. Sin embargo preferiría exceder el límite, a quedar en una intimidad forzosa y solitaria. 

Para eso se hace el mejor esfuerzo y aunque sabes que no es cierto, es casi siempre tu mejor parto; pares la mejor de tus obras y la pones en manos de tu más implacable juez. Entre todos los fracasos, éste quizás sea el peor de todos, este es el que enfrenta, por fin, a la verdad con uno mismo. Quizás sea como el gran espejo, donde te ves desnudo, con un sello en el pecho que muchas veces dice: No. Entonces sabes por qué nunca fuiste descubierto, amigo. Nunca lo serías. No era cuestión de embarrar a los que pasaban a tu vera sin descubrirte, ni de reunir a otros que tenían ese mismo sello y editar un protocolo que convierta una suma de fracasos en arte. Habría que mirar por esta ventana, el jardín cultivado y ver si las flores azules del jacarandá no decían, en sí mismas, nada, si quizás decía más el ratón sucio y el hombre solo que lo limpia con un trapito mojado, porque ya se quedó, por fin, frente a su espejo, sin nada que decir. O peor, con tanto que decir que no vale nada y se pregunta: ¿Y para qué? ¿Y para quién? y se responde, a sí mismo, que ya no quiere decir nada. 

Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano

 Editamos, publicamos y vendemos tu libro



lunes, 22 de febrero de 2010

Fracaso (Del Escritor)


"Este sentimiento de fracaso inminente y persistente es tan fuerte que va opacando, continuamente, cualquier efímero éxito, que siempre termina por ser casual, inmerecido y escaso, hasta que llega el momento en que el escritor, o tal vez el artista cualquiera, es incapaz de resistir el peso de la frustración y la pérdida y abandona definitivamente el intento."

Fracaso

Kepa Uriberri, (Escritor Invitado) desde Chile nos obsequia esta reflexión en torno al escritor.

Sándor MáraiTantas veces sucede que un pensamiento absurdo ronda la mente y angustia. Se lo rechaza con la razón y sin embargo, por torpe que la idea parezca, la sensación de realidad prevalece, quizás a través del sentimiento, de una emoción vaga, y se va imponiendo sobre la lógica que la refuta. Finalmente se acoge la idea de manera secreta, reprimida, inconfesada, a lo mejor por temor al ridículo si se la llega a compartir. El conjunto de estas ideas van estructurando un pensar mágico íntimo que a veces marca el carácter y la ruta que se sigue por la vida.

Con sorpresa, muy de vez en cuando, de modo tan casual como puede llegar a verse morir a un pájaro, sin razón ninguna, en pleno vuelo, y caer a su perdición, se encuentra a alguien, posiblemente más audaz que uno mismo, que expresa de manera pública y abierta algún pensamiento que uno atesoraba, temeroso de caer con él en el ridículo, y entonces recién se descubre que ese sentimiento íntimo no sólo se comparte con aquel que lo ha reconocido con valentía, sino con muchos otros que también lo reprimían. Se descubre, ahora, en esa idea, un pensamiento universal siempre callado. Así me sucedió hace pocos días, escuchando al poeta Raúl Zurita, tan parecido a mis hermanos G. y J., pero sin embargo de pensamiento y estilo tan diferentes a los míos. Tan diferentes que fue mayor mi sorpresa cuando dijo algo tan cierto en mi intimidad y tan absurdo en la realidad, tan privado, que jamás lo habría expresado casi como un axioma, así como él lo hizo y que nunca habría sospechado, justo de este poeta, que pensara y sintiera como yo mismo. Fue algo parecido a esto, cuya precisión soy incapaz de recordar, y tampoco tiene mucho sentido hacerlo, de manera que lo cito como una paráfrasis: "Cuando el poema que terminas de escribir hoy, a las cuatro de la tarde, así con tal precisión y singularidad, resulta, a tu propio juicio tan malo, es tan malo que contamina de inmediato toda tu obra pasada y la hace pésima. Más aún: es, ya, tan poderosamente malo que daña toda tu posible obra futura y te deja inmóvil. Nunca más podrás volver a escribir un poema, ni una estrofa, o un simple verso. Quizás nunca vuelvas a decir una palabra poética". No recuerdo si lo dijo en esa ocasión, o si sólo lo proyecté yo mismo en mi propio interior, o si no lo dijo explícitamente pero quedó claro de su discurso consecuente: La actividad del escritor, o quizás si la de todo artista, está sin duda alguna, sin excepción y dramáticamente, marcada por el fracaso. Tarde o temprano el escritor fracasa y en ese fracaso queda comprometida toda su obra, de manera irrecuperable. No sólo aquella que ya ha sido dada a luz, sino también aquella que está aún en la tiniebla del incierto futuro.
Virginia Wolf Este sentimiento de fracaso inminente y persistente es tan fuerte que va opacando, continuamente, cualquier efímero éxito, que siempre termina por ser casual, inmerecido y escaso, hasta que llega el momento en que el escritor, o tal vez el artista cualquiera, es incapaz de resistir el peso de la frustración y la pérdida y abandona definitivamente el intento. Unos no vuelven a escribir jamás; como Rimbaud, otros abandonan la vida como Sándor Márai, Virginia Wolf, o Ernest Hemingway. Algunos más se niegan a mostrar su obra y sólo la producen como una especie de detrito necesario a la economía del ánima, como Franz Kafka. Estos últimos a veces son traicionados por sus amigos. Sólo a veces: bendita traición.
No sabría asegurarlo, pero es posible, aunque más difícil de expresar que lo anterior, a lo mejor por parecer pecado de soberbia, o cuando menos escasez de humildad; es posible que en todo escritor, y desde luego en cualquier artista, pueda darse el caso inverso, y antisimétrico. Quizás sea necesario, para navegar en el fracaso persistente, como el océano cuyas tempestades se debe evitar, que el escritor ame en demasía su obra, su hacer, su estilo, como una manera de alejar la frustración. Con la misma honestidad que se reconoce que se vive rodeado del fracaso y que este es casi la única suerte segura, aun cuando parezca pesimista e irreal, habrá que reconocer que cuando se encuentra, revisando, o corrigiendo, o sólo buscando, ese párrafo singular, escrito cualquier día a las cuatro de la tarde, que se acerca, casi, a una mínima epifanía literaria, se siente un absurdo gozo, que se parece tanto al triunfo, que permite tolerar, muchas veces el rechazo, la soledad y la aparente ignorancia que acosa permanente al escritor y al artista.
Robert Walser Es posible que esta traicionera dicotomía haga más doloroso el fracaso y el abandono que acucia cuando a las cuatro de la tarde no se tiene nada que decir, cuando a las cuatro de la tarde no se es capaz de continuar. Cuando ese relato singular que nos molesta al interior del ánima no logra un curso de acción y permanece como una bruma que oscurece el océano en el que se zozobra y por fin, tal vez, salte la pregunta definitiva: ¿Y para qué escribir?. Entonces tal vez uno se retira como Walser o Rubirosa, a escribir ideas incomprensibles en letras mínimas o enormes una y otra vez repetidas o seriadas, o como Hölderlin se encierra en una buhardilla a escribir relatos extravagantes que firma con seudónimos del todo absurdos. O quizás ya lo haya estado haciendo siempre y sólo ahora, al final, me doy cuenta. 

 Kepa Uriberri

Visita mi sitio
Y este otro.
 Editamos, Publicamos y Vendemos tu Libro
Visítanos en: http://editorialatreyo.yolasite.com



miércoles, 9 de diciembre de 2009

Hombre o Insecto

El fallido intento de llegar a sus familiares lo precipita a encerrase progresivamente en sí mismo hasta entregarse y aceptar su condición de insecto.




Hombre o Insecto.

Por Gretel Ramírez.


El autor checo nos relata como un hombre se levanta una mañana y (sin que medie explicación alguna) aparece convertido en insecto. Se trata de una situación tan surrealista y delirante que es imposible no quedarse subyugado por ella. Sin embargo, reducir el valor de la metamorfosis a su originalidad, a su deliberada huida de parámetros realistas, a su rupturismo literario, sería desvirtuar un ingente trasfondo que va mucho más allá de la mera narración de una situación "extraña". La amalgama filosófica y reflexiva de esta novela es tan densa que resulta difícil hacer una síntesis fiable de todos sus significados. Por eso nada mejor que evitar conclusiones categóricas y entregarse a la subjetividad.

La metamorfosis es la gran metáfora de la soledad. Durante toda la novela, Gregorio Samsa tiene que afrontar su tragedia desde la más absoluta soledad. Aislado, recluido en el pequeño mundo que es su habitación, con la única compañía de sus pensamientos y cavilaciones, vive ajeno a cualquier contexto social. Grete Samsa, hermana de Gregorio, lo alimenta y se preocupa por él, pero no le ofrece el apoyo emocional o moral que Gregorio necesitaría. Por medio del personaje de la hermana, Kafka critica veladamente a todas aquellas personas que lavan sus conciencias procurando sustento y cubriendo las necesidades materiales y físicas de sus semejantes (la caridad de guardarropía) pero que, en el fondo, son incapaces de escuchar y sentir la verdadera conmiseración. La pregunta queda en el aire: ¿Grete ayuda a su hermano porque se siente en la obligación moral o le ayuda porque verdaderamente le importa?

La idiosincrasia del insecto Gregorio se desenvuelve bajo el manto de una opresiva soledad, que deriva en otro aspecto fundamental de la novela: La incomunicación. Y ésta, a su vez, planea angustiosamente durante todo la narración. Aunque obvio, resulta inevitable subrayar que Gregorio está solo porque no puede comunicarse El fallido intento de llegar a sus familiares lo precipita a encerrase progresivamente en sí mismo hasta entregarse y aceptar su condición de insecto. De Kafka se ha dicho hasta la saciedad que era una persona extremadamente introvertida y solitaria. ¿Puede ser esta novela sea un reflejo hiperbólico de su propia vida?

Soledad, incomunicación y pesimismo son las piedras angulares sobre las que se asienta La Metamorfosis. Tampoco elude Kafka contextualizar el carácter alienante del trabajo haciendo que la máxima preocupación de un hombre que, sin venir a cuento, se despierta convertido en un insecto, sea el saber que no va a poder trabajar.

Pero lo más destacable de todo es la curiosa forma en que Gregorio Samsa afronta el convertirse en insecto; angustiado, pero sin preguntarse en ningún momento el porqué de esa nueva existencia. El no hacerse esas preguntas se sustenta, tal vez, en los preceptos existencialistas que formulara Jean Paul Sartre: "la existencia precede a la esencia" y "el infierno es el otro". De esto se deduce que mientras existimos somos, cuando dejamos de existir dejamos de ser. Gregorio Samsa como insecto sólo existe y en ningún momento quiere plantearse quién es el verdadero otro, si el hombre o el insecto.



Editamos, Publicamos y Vendemos tu Libro