miércoles, 14 de abril de 2010

Una rosa desierto para Rosina... ¡Asiste, Apoya, Participa!


Una rosa del desierto para Rosina
Festival en apoyo a la compañera Rosina Conde Zambada

Miércoles 14 de abril de 2010

Teatro Emiliana de Zubeldía
Explanada del Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora

Objetivo Principal: Reunir fondos en apoyo a nuestra compañera escritora enferma de cáncer.

A partir de las dos de la tarde y hasta la medianoche: maratón musical en el auditorio y expo-venta

Participantes: Músicos, grupos musicales, escritores, artistas de diversas disciplinas,
artesanos y público en general.

¡Asiste, Apoya, Participa!

Grupos invitados

Los Cachá
Hilda Castillo
Gaspar Madrigal y Ruletero
El Piojo y La Pulga (son jarocho)
Mario Enríquez y Evaristo Casas
Fito Lizárraga y Tassne
La compañía de Dionisio
El Piojo y La Pulga (son jarocho)
Ignacio Hernández
Susana Salcido
Luis Rey Moreno Gil
Saúl Álvarez
Pancho Jaime
El Betín y Compañía
Don Ángel Váldez
Buena Vibra
Julio Mendoza
Rubén Duarte y Compañía
Linaloé Moreno
Eva Calderón recrea un texto  de Rosina Conde

Y tú _________________________


Lectura de Obra

Casildo Rivera
Carlos Sánchez
Alejandro Aguilar Zeleny
Francisco Luna
Iván Camarena
Miguel Manríquez
Fidelia Caballero
Pío Daniel
Alejandra Robles
Raquel Sámano
Y tú _______________

Artistas plásticos

Natchío
Momo
Alejandro Clarck
Uribe hijo
Joel Montoya
Joel García
Juan Casanova
Joel Verdugo
Mario Moreno Zazueta
Marisela Moreno Cano
Cheyk
Y tú _________________

Proyección de video Pluma forever, Casildo Rivera.

Actividades complementarias: Exposición / Venta Plástica y Artesanal,
venta de comida / performances
 Programa “Letras al vuelo”, Radio Universidad
Programa “Cada loco con su tema”, Radio Bemba
Información, ideas y apoyos: elwatusi_oasis@hotmail.com

Correos


Nota: Texto enviado por: http://www.orbispress.com 




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viernes, 9 de abril de 2010

Nada qué decir

 Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir? De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir? ¿Para que me leyeran? ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?

Nada que decir

De repente me quedé sin más que decir. No: Me estoy explicando mal. Tendría mucho que decir, mucho que relatar, tal vez; pero me pregunto: ¿Y para qué? ¿Y para quién? Entonces me digo, a mí mismo, que no quiero decir nada. No quiero hacer el esfuerzo de intentarlo. Me quedo mirando las cosas sobre mi escritorio y veo que el ratón está sucio. Me paro a buscar un trapito húmedo para limpiarlo. Mientras lo hago, veo el parque frente a mi ventana, completamente verde hacia fines del verano y recuerdo cuan azul se veía el jacarandá en primavera: ¿En qué minuto se cayeron sus flores?. Escribo todo esto, casi como un borrador. Quizás nadie, nunca, lo lea. 

Y vuelvo a caer otra vez en la estúpida reflexión sin fin: ¿Para qué escribir?. De manera recurrente, hoy, ahora, emprendo el mismo inútil camino de siempre: El obsesivo camino de siempre. Voy al principio: ¿Por qué empecé a escribir?; ¿Para que me leyeran?, ¿Para recordar lo que discurría? ¿Para qué?. En verdad no estoy muy seguro. Comencé a escribir lleno de pudor: Escribía porque me era necesario, quizás compulsivo, pero no para ser leído, sino para recordar, solo, escondido. Al recordarlo, lo veo casi onanista. Tal vez era el resultado de una compulsión masturbatoria del pensamiento, de la reflexión, de la imaginación. Al comienzo, escribía, escribía, escribía y cada tanto, volvía atrás y me releía. Al hacerlo sentía un goce fantástico, que con el tiempo fue decayendo. Me resultaba placentero leerme, pero quedaba insatisfecho, o incluso, frustrado. En ese momento perdí el pudor y comencé a buscar quien me leyera. Al decirlo parece haber un punto de quiebre, pero no es así: Economizo espacio. Fue un proceso gradual, hasta llegar a la instancia en que me fue necesario ser leído, y transitando por ese camino, llegó a ser necesario un sentido o un objetivo para escribir. Nunca lo he tenido claro: ¿Alguien sabe para qué practica una disciplina de arte? Yo no lo sé. Muchas veces he buscado esa respuesta. Muchas veces me di alguna. Nunca completa, nunca total, nunca definitiva.
Aquella pregunta, como el proceso de escribir, va erosionando en un lento devenir. ¿El arte se practica para uno mismo? ¿Para los otros? ¿Para ambos? ¿Para el propio arte?. Hay mas alternativas, quizás si sean infinitas. Hasta aquí, en lo que va de esta reflexión, podría decir que como el sexo, se comienza a practicar las artes como una autosatisfacción. Se pinta para uno mismo, se hace música para uno, se escribe para reflexionarse o para decirse, para autoamarse. Al madurar en la actividad, si es que se llega a madurar; la obra personal se deviene una entrega. A veces implica, puede significar, un profundo dolor, un íntimo reconocimiento, que deja a disposición del otro, el que escucha, el que lee, el que mira o toca, lo más íntimo y preciado de uno mismo. Pero aquí vienen las contraposiciones de conceptos, que nos llenan de confusión, de discusiones con nuestros pares, de profundos desacuerdos, hasta el punto en que se llega a dudar de uno mismo: De los propios por qué y para qué, más aún de los para quienes y cómos. He oído a alguna escritora decir que jamás se emociona cuando escribe, a otro, que escribe por el placer de crear, a uno más, que lo hace para promover sus ideas y combatir por ellas. 

Del camino recorrido hasta aquí, recuerdo cada etapa, con claridad. Recuerdo cómo disfrutaba escribiendo como ese niño que juega, a escondidas, a no ser descubierto en sus juegos maravillosos e íntimos. Tal vez buscando una estima personal o un conocimiento de uno mismo. Casi puedo ver las primeras cosas que escribí para otros, para que otros las leyeran: ¡Cuánta expectación! ¿Les gustará, así como a mí mismo me place lo que escribo? ¿Lo juzgarán pueril? ¿Sentirán alguna identificación con lo que razono y relato?. Así deseo que sea. Así se va haciendo casi un vicio, una necesidad imperiosa: Quiero que me lean, busco quien me lea, quiero atrapar a quien, a veces por descuido, me lee. Descubro que esto le sucede también a otros que escriben, pero no sólo a ellos: También le ocurre a quienes hacen música, a quienes pintan, al que actúa en teatro u otras escenas, al que hace cine, y creo que a todos. Pero no es fácil. Tal vez para quienes escribimos sea más difícil aún. El músico, compositor o ejecutante, entrega una obra de recepción colectiva y por formato cultural y social son muchos los que acceden a su obra sin proponérselo siquiera. Mientras espero, mientras camino o voy de viaje, escucho música y me dejo llevar de la oferta. Cuando estoy sólo me acompaño de la música, en fin; hasta cuando escribo, o leo, tantas veces lo hago con música: Cuántas otras cosas van con la música. El pintor, el escultor y otros plásticos, exponen su obra y muchas veces es vista al pasar y en su totalidad. Se la puede ignorar o apreciar, pero se la ve. Quienes escriben, suelen ser lectores: Creo. Incluso siendo así y leyendo, por lo tanto, con especial interés, me cuesta leer. Leer requiere un esfuerzo, una dedicación, que no es de absoluta necesidad en otros artes. Me ha sucedido estar conversando con un amigo músico, de diversas cosas, también de arte y también de literatura y música. Él instala en un reproductor lo último que está trabajando y es nuestro fondo, mientras conversamos. Yo no podría hacerlo leer mientras seguimos la conversación. En muchas ocasiones, cuando leo, me vence el cansancio: Sí. Así ha de sucederle a mis lectores, de seguro. Me ha sucedido, en este cansancio, que se me mezclan mis ensueños del dormitar, con la obra que leo, contaminando y falseando la lectura. Recuerdo haber discutido con un seguidor de Sabato, una escena de Abaddón el exterminador. Era una bellísima que ocurría en el Puente Alsina, en la que el mismo Sabato era joven y se tendía sobre un camastro con Agustina, a mirar el curso del riachuelo, la placidez los conducía al sexo, y el sexo a las confesiones. En esa instancia Sabato le dice: "Jamás fui feliz en París". "¿Y qué fumaste mientras lo leías?" me dijo el experto en Sabato. Lo miré extrañado mientras él sostenía una sonrisa burlona. "Esa escena no existe en Abaddón" sentencia. Le aseguré que sí. Tan seguro estaba, que lo insulté al negar su conocimiento del autor. Yo casi podía recordar la página donde aquella situación era descrita. Lo negó hasta el fin, hasta que me dijo: "Bien; tráeme el libro marcado en la página donde ocurre. Por ahora, pasemos a Sándor Márai". Recuerdo haber estado hasta el amanecer buscando el pasaje. Incluso copié el libro a texto de computador, con un reconocedor óptico de caracteres. Lo copié completo. Usé técnicas personales y ciertos programas de búsqueda temática y no había escena en el Puente Alsina. En el proceso desesperado de escarbar a Sabato, recordé que en ese entonces, cuando leía Abaddón el exterminador, encontré una versión magnífica de Susana Rinaldi sobre el tango El choclo, donde mezcla, virtuosa, París con Puente Alsina. A mi vez, cansado de la lectura, debo haber ensoñado a Sabato y Agustina, a París y el Puente Alsina, donde jamás habrá habido una cama, sino a penas un gavión y su mina, que yo escuchaba de fondo al dormitar. Son las dificultades que hacen difícil ser lector. Serlo requiere una disposición de voluntad necesaria. Tal vez por eso sea más difícil ser leído, que exhibir una muestra fotográfica, por ejemplo, o acceder al público con la música. 

Quizás la dificultad de ser leído nos cae sobre las espaldas mucho antes que la página blanca a la que muchos temen. Tal vez esta última sea una consecuencia de lo primero. Cuando se llega a creer que nadie está interesado en leer lo que se hace como una entrega, sin importar si es o no valioso, aunque uno siempre lo cree tal, o bien, que nadie valioso considera leíble lo que uno pare con tanto cariño, entonces cae en las manos de uno el peso enorme de la pantalla en blanco, sobre la que no se siente tener nada que derramar que valga una lágrima, una sonrisa, o una reflexión. Entonces veo el sarro en el ratón, las flores del viejo jacarandá del parque y limpio el lomo del animalito plástico con un paño húmedo durante muchos minutos, hasta que Susana deja de cantar "A pesar de todo". Así es que busco otra música, tal vez Lucho Gatica, Mercedes Soza, ahí donde canta "La Cigarra" y voy ya por el senderito que me saca de la escritura y me distrae en otras cosas. Puede ser que dé una vuelta por el parque para ver si hay otros jacarandás que aún tengan flores y me enrede en el nombre de las azucenas con su aroma profundo. Al volver ya es tarde, ya queda para mañana. 

No recuerdo, ya, por qué llegué a leer a alguien que escribía que esperaba ser descubierto por la industria editorial. Ese anhelo tan tonto e irreal me hizo sentir identificado. La trayectoria natural de todo artista tiene esa falsa lucecita al fondo del camino. ¿Acaso escribe uno para ser descubierto y masificado por la industria del arte? ¿Cuántas veces sumadas, o de a una, quienes me leen, ahora, habrán tenido esa discusión tan vana? A raíz de ella escribí hace tiempo un ensayo sobre el Epifenómeno; por ahí está en algún recoveco de la enorme red universal. A un extremo de la discusión está el intimismo, o al menos una postura a la que puedo llamar así, porque si se sostiene que se escribe para el arte, no debe ser la finalidad el gusto masivo que cultiva la industria editorial. Al extremar esta posición, cuando se escribe no se debería pensar en el lector, sino sólo en el arte. Ni siquiera en la belleza: Sólo arte. La belleza es belleza, no es arte. Puede ser utilizada o no en él, pero no es arte. ¿Entonces se escribe para mostrar una reflexión de autor? ¿Y si es así, es una reflexión íntima, poco compartible? Pienso que la reflexión es un camino a la verdad, aunque esta no exista, aunque el sendero al fin no conduzca a ella, pero surge de aquí, en todo caso, la pregunta: ¿La verdad que la reflexión busca, debe ser privada, no compartida? Y si la respuesta fuera: Sí; entonces el arte sería egoísta, o la verdad inútil y digresiva. El arte se habría quedado en esa situación inmadura, regresiva, onanista. Es un concepto demasiado Hessiano que no puedo aceptar. No entiendo a su Siddharta cuyo proceso, finalmente, lo conduce sólo sobre sí mismo y para sí mismo. Sólo el amor por Kamala es generoso y refleja una entrega. No obstante es visto, desde Hesse, por Siddharta como una digresión en su proceso, un error que se ha de superar. El hijo resulta una suerte de vicio que lo impulsa y resulta colateral al numen del proceso Hessiano de Siddharta. Tampoco me identifica el Lobo Estepario o su lema central: "esto es sólo para ti". Y sin embargo, esta idea promovida por Hermman Hesse no le resta un ápice de genialidad como escritor o como artista. Es que contra su dogma, Hesse es entrega y difusión, es lo contrario de su postura. Quizás él mismo sea más su Demian que su Siddharta. Pero no es el único: Otro gran intimista es Kafka, que llega al extremo de negar su obra: "Cuando muera quémalo todo" le dice a Max Brod. A la vez, en su "El Proceso", hacia la conclusión moral de la novela, en la catedral, le entrega al lector el relato de la puerta de la justicia: "Fue construida sólo para ti. Una vez que mueras la cerrare para siempre y podré irme" le dice el guardián de la puerta al campesino. 

En el otro extremo se encuentra tantos y tantos súper ventas sin contenido alguno, cuyo fin sólo es el éxito editorial. Pero pregunto: ¿Por qué cada uno, cuando escribe, en lo más íntimo siempre espera ese "ser descubierto"? Estoy convencido que nadie deja de albergar un secreto afán de éxito. Más aún, creo que el éxito editorial no resta arte a la obra, ¿o este se desvanece en Dostoievsky, o en Hesse, en Kafka, Tolstoi, García Márquez, Borges, Kundera, Melville, y tantos y tantos más? La negación al éxito editorial es una forma de inmadurez, es el Oskar Matzerath de Günter Grass, que se niega a crecer. O tal vez es una forma reactiva y rencorosa a la falta de reconocimiento. Tiendo a creer que quienes defienden que el arte no ha de ser público o masivo, basados en que lo masivo es comercial, escinden de modo vano los conceptos. Mucho de lo masivo, exitoso, súper vendido está vacío; pero no todo. El concepto inverso no es válido. No todo lo masivo carece de arte y tampoco todo lo íntimo lo es. Conozco mucha obra íntima que permanece íntima, no por una disposición íntima del autor, sino por carecer de valor. 

Al concluir, este es el gran problema: La falta de reconocimiento editorial, previo al enfrentamiento del mercado de la masa. Aquel ojo que juzga y acepta o rechaza ve principalmente lo comercial, porque es más abundante que lo artístico. Se agrega aquí lo que siempre subyace y nunca llega a tener una definición final, cuantificable: ¿Qué es arte y qué no lo es?. Más aun, el que escribe, cuando lo hace: ¿Quiere hacer arte, o sólo quiere entregarse al lector? Después de terminada la obra viene el juicio relativo a si es o no arte. El arte es algo abstracto, conceptual y elusivo. Quizás el arte más reúne una obra en conjunto que un escrito preciso. Creo que sólo Juan Rulfo ha podido hacer arte en una sola gran novela y un tomo magro de cuentos. Mucho antes que arte, en el escritor hay sólo talento y este casi siempre es un producto deseado por el mundo editorial. Después vienen las razones del escritor, la discusión de los por qué y más. Es decir, se escribe; yo al menos lo hago, para producir un regalo que se dona: ¡Nada más!. El escritor verdadero, el descubrible, escribe una obra invalorable, impagable. Ningún volumen de ventas podría pagar La Montaña Mágica o Los Buddenbrok, ni El Quijote o siquiera el mínimo y tierno Ladrón honrado de Dostoievsky. Son sólo regalos que se dan y dan y dan en el tiempo. Esa, creo, es la búsqueda del escritor. Ser descubierto, como deseaba aquel aficionado, es nada más la oportunidad de hacer inconmensurable el regalo. Hacerlo reverberar en su propio eco. 

Por cierto, la aceptación editorial, incluso antes del éxito, es parte del epifenómeno que rodea al arte, o la disciplina que busca serlo, pero a la vez es una forma de consagración que está en el camino de maduración del escritor, como lo es la galería para el pintor, o el escenario para el actor. En este sentido, los intimismos y purismos virginales o son absurdos o son disculpas que se comparte en cofradías secretas. El artista, y entre ellos el escritor, ignorado, muere como demiurgo: Se queda vacío porque necesita saberse recibido. A veces en el hogar de un desconocido se rechaza, por pudor, la hospitalidad ofrecida: "No. ¡Muchas gracias!. No quisiera molestar". Suele ser tanto más frecuente de lo creído, que ese rechazo es ofensivo para quien hace la oferta, más, le resulta doloroso; lo hace sentirse despreciado. Es tanto más doloroso no ser recibido que no recibir. 

En cuanto a mí, escribo como un jardinero, que va sembrando un parque donde ha de haber belleza, algo de exótico, no debe faltar la magia ni tampoco el cuidado y la dedicación. Como un jardín se requiere, muchas veces, más poda que siembra y más encanto que belleza. Pero como el jardinero, una vez creado el jardín: ¿Para que los senderitos?, el perfume de las flores: ¿Para qué?. ¿Por qué lugares donde nunca dejará de haber sol y luz, y otros donde los medios tonos de la sombra y el frío de la brisa sean un remanso para descansar?. Porque, como sea, el jardín por sí mismo no tiene valor alguno, casi ni siquiera existe sin quienes disfruten su paseo. Tal vez necesite un columpio y un balancín y huevos de chocolate en pascua de resurrección, mesas de té y laberintos de crataegus y bojs. El problema está cuando, por atraer al visitante se instala carruseles y calesitas, trenecitos y artificios electrónicos, caballitos pequeños de montar, jaulas de pajarotes y más. El arte está en algún lugar intermedio en una banda muy fina, más acá de la cual la obra no apela a nadie, a nada, y más allá de ella sólo apela al comercio. Por mi, sólo espero llegar a un lector como niño, que busca y encuentra la magia del huevo de chocolate, que guarda el recuerdo de la sorpresa y la nostalgia de los senderos y laberintos; ese que dialogó con mi monólogo y atesoró los descubrimientos hechos en el jardín. Sin embargo preferiría exceder el límite, a quedar en una intimidad forzosa y solitaria. 

Para eso se hace el mejor esfuerzo y aunque sabes que no es cierto, es casi siempre tu mejor parto; pares la mejor de tus obras y la pones en manos de tu más implacable juez. Entre todos los fracasos, éste quizás sea el peor de todos, este es el que enfrenta, por fin, a la verdad con uno mismo. Quizás sea como el gran espejo, donde te ves desnudo, con un sello en el pecho que muchas veces dice: No. Entonces sabes por qué nunca fuiste descubierto, amigo. Nunca lo serías. No era cuestión de embarrar a los que pasaban a tu vera sin descubrirte, ni de reunir a otros que tenían ese mismo sello y editar un protocolo que convierta una suma de fracasos en arte. Habría que mirar por esta ventana, el jardín cultivado y ver si las flores azules del jacarandá no decían, en sí mismas, nada, si quizás decía más el ratón sucio y el hombre solo que lo limpia con un trapito mojado, porque ya se quedó, por fin, frente a su espejo, sin nada que decir. O peor, con tanto que decir que no vale nada y se pregunta: ¿Y para qué? ¿Y para quién? y se responde, a sí mismo, que ya no quiere decir nada. 

Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano

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martes, 30 de marzo de 2010

Me gusta escribir pero no sé si lo hago bien


Me gusta escribir pero no sé si lo hago bien.
Por: Melissa Cruz.

 


 

Jamás he asistido a una clase de escritura creativa en mi vida, pero he leído y garabateado mucho. Una de las cosas interesantes en el 2009 es que fue el año en que comencé mi novela. No es en absoluto un destello de ficción, tampoco un cuento. Honestamente es una novela de Dios.
 
He construido más de 100 páginas por ahora. Pero me gustaría decir que he trabajado mucho en él semana tras semana, y ya casi lo termino. El problema es que nunca he hecho nada igual con anterioridad y tengo mis dudas si lo he hecho bien.

 
Veo que necesito algo de ayuda. He oído y leído que se recomienda someterlo a una evaluación profesional y también que puedo conseguir trabajarlo a petición de alguna editorial interesada. Pero hasta ahora no he tenido suerte.
 
El año pasado, probablemente, fue el año más feliz de mi vida por el simple hecho de haberme entregado a escribir mi novela. Tal vez necesito darle un pequeño descanso a mi musa, que holgazanee un poco. Perdí a mi abuelo hace algunos meses. La navidad pasada fue la primera que la pasé sin él. Tengo casi 40 años… quiero decir, lo que podría esperar… pero la pérdida es la pérdida, no importa cuándo pasa. Parece que siempre pensamos que tenemos derecho a más tiempo del que realmente tenemos. Vivimos en el ahora pero nuestras cosas parecen ser empujadas más tarde hacia otra dimensión.
 
De todo esto ronda mi novela, pero no sé si voy por buen camino.

 

 

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Cuando No Sepas Qué Escribir


Entonces sacudí mi cabeza y marqué el paso un poco. Y escribí sobre lo que me sucedía y lo que posiblemente le pasaba a otros escritores. Así que escribí sobre esta experiencia.


  Cuando No Sepas Qué Escribir.
Por: Leandro Banzán

 

Cuando no sepas qué escribir: ¡Escribe algo!
 
Cada escritor alguna vez se ha encontrado con que simplemente no sabe qué escribir después. Muchas veces, este bloqueo viene a través de una asignación o proyecto en la que se siente obligado a cumplir. O bien, sucede al principio y sin ninguna presión. Por lo general no se tiene siquiera una pista con lo que pudiera comenzar. En otras, aun conociendo la causa, ésta misma le impide poner la primera palabra.
 
Yo utilizo los miércoles por la mañana para escribir mi columna. Un particular miércoles me senté delante de mi hoja en blanco durante varios minutos sin tener una pista sobre qué quería escribir. Sé exactamente por qué. Tengo otro proyecto que honestamente me tiene emocionado y ansioso por comenzarlo. Pero yo debía terminar mi columna primero. Entonces sacudí mi cabeza y marqué el paso un poco. Y escribí sobre lo que me sucedía y lo que posiblemente le pasaba a otros escritores. Así que escribí sobre esta experiencia.
 
En mi opinión, el comienzo es la clave.
 
Pude haberme puesto a cocinar, saltar en mi patio o tomarme una siesta. En realidad no hubiese pasado nada, excepto que el tiempo para cumplir mi compromiso en la columna se me acortara. Por otra parte, si realmente pongo algunas palabras sobre el papel las posibilidades de terminar la columna se ampliaban.
 
Escribiendo experiencias iguala nuestra confianza.
 
He estado escribiendo durante años, y hoy confío totalmente en mi proceso.
 
No siempre lo he hecho así. Cuando comencé a escribir, tiempo atrás, realizar cualquier proyecto era una agonía. Conseguía escribir algunas palabras, luego me detenía, los borraba y a comenzar otra vez. Este proceso lo repetía varias veces.
 
Por suerte conseguí hacer suficiente trabajo que después publiqué cuando me ofrecieron un empleo de edición para la revista de una iglesia. Así fue que me encontré en la posición de revistar los textos de otros. ¡Qué bendición!
 
Esto no sucedió antes de que yo reconociera que los artículos presentados por los nuevos escritores, a menudo necesitaban los dos o tres primeros párrafos ser suprimidos.
 
Pregunté a un escritor con experiencia sobre esto, y él dijo: "Ah, yo también escribo esos primeros párrafos, sólo que tengo bastante experiencia para borrarlos antes de que yo envíe el artículo. Tengo que calentar antes de que la verdadera material comience a fluir."
 
¡Qué lección!
 
Sólo escribe y no te preocupes demasiado de cómo quedan las primeras oraciones o párrafos. Antes de enviarlos a publicar, tienes muchas posibilidades y oportunidades para borrarlos. Estos primeros párrafos sólo sirven para ver el camino a seguir en tu juego creativo.
 
Escibe, y escribe algo más. Escribe hasta que hayas agotado el tema o te hayas agotado tú. Entonces deja a la edición comenzar. Pule, poda, clarifica y reorganiza tu texto hasta que tu tema esté tan bien como puedas hacerlo.
 
Ahora, preséntalo y comienza con el siguiente trabajo.
 
Escribe bien y a menudo.

   
Leandro Bazán a escrito: "La Sátira de Albondiguita", puedes obtener su libro aquí:

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lunes, 29 de marzo de 2010

La Grandeza del Azar


Como tal, Manuel Murrieta-Saldívar, autor de “La grandeza del azar: eurocrónicas desde París”, no necesita poseer a la capital francesa para lograr una autodefinición propia, solamente desea observarla y captarla. Su propósito no es conseguir la validación de la metrópoli porque el autor no la requiere.
 


Por Mía Lilly
—California State University, campus Stanislaus —

*Ponencia presentada en la conferencia de “The Mid-Atlantic Council of Latin American Studies”, John Hopkins University, Baltimore, Maryland, USA, marzo de 2010. Este ensayo es también el prólogo de la 2da edición, ya en circulación, producida por Editorial Orbis Press (marzo 2010). 

Ninguna otra ciudad ha proveído una destinación literaria tan consistente para Hispanoamérica que París. Esta ciudad ha sido invocada por escritores e intelectuales igual como metáfora de un amplio espectro de deseos y de diversas imágenes, como la vida de bohemia, el prestigio social, calles sensuales parisinas y la política revolucionaria (Schwartz, 1). Por mucho años, la cultura urbana, latinoamericana, designó a París como el centro cultural idealizado, hegemónico de la modernidad europea (Schwartz, 1). La mitificación de la gran urbe llegó a ser tan extensa, que el contacto con la ciudad misma se hizo problemático para muchos escritores (Jones, 14). Sin embargo, durante esta época, ningún autor realmente exploró a este problema, prefiriendo reproducir nociones bastantemente estandarizadas de los encantos o peligros de la metrópoli sin cuestionar su modelo (Jones, 15). No fue hasta mediados del siglo XX que los literatos latinoamericanos comenzaron a contestar abiertamente e insistentemente la complejidad que acompañaba al deseo de representar a un lugar que se había convertido tan común en el arte y en la literatura (Jones, 15). El estatus privilegiado de París y su imagen de jerarquía social y cultural se sometió al escrutinio.

Siguiendo los pasos de varios escritores latinoamericanos que habitaron a París, como Rubén Darío, Amado Nervo, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, el periodista, escritor y editor mexicano, Manuel Murrieta Saldívar, se traslada a la capital francesa, encaminado por el azar, en su quinto libro. Murrieta, quien ha sido galardonado con el Premio Estatal de Periodismo por Crónica en Prensa y ha tomado primer lugar en tres ocasiones en el Concurso del Libro Sonorense, explora la imagen de la ciudad concebida en Latinoamérica y cuestiona esa creación, descontruyéndola en un terreno literario, lingüístico y social. La desconstrucción consiste en exponer cómo se ha formado esta urbe a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas, mostrando que lo axiomático dista de serlo. En otras palabras, “la desconstrucción revisa y disuelve el canon en una negación absoluta de significado” (Ribadeniera, 1). El propósito de este ensayo es demostrar cómo Murrieta retoma el París letrado de sus antecesores y lo desconstruye a través de la crónica, presentando una novísima visión de la ciudad en La grandeza del azar: eurocrónicas desde París, publicada en 2006 en su primera edición y ahora en su segunda edición (2010).

Mas información en la publicación Culturadoor...


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martes, 23 de marzo de 2010

El cerebro es el creador y beneficiario de la religiosidad

Enviado por las puertas del escritor a través de Google Reader:


vía Tendencias 21 de Yaiza Martínez el 23/03/10

El antropólogo Lionel Tiger y el neurocientífico Michael McGuire han publicado recientemente un libro titulado God's Brain, en el que se da una novedosa explicación al hecho de que la religión sea un fenómeno presente y persistente en todas las sociedades humanas. Según ellos, el cerebro habría sido el creador de la religiosidad y, también, el principal beneficiario de este fenómeno. Los investigadores sugieren que el estrés propio de la vida cotidiana, capaz de modificar la química del cerebro, encuentra alivio en las creencias y los rituales religiosos, lo que ayuda al cerebro a apaciguarse. Por Yaiza Martínez.
El cerebro es el creador y beneficiario de la religiosidad
Lionel Tiger, antropólogo de la Rutgers University de Estados Unidos, y Michael McGuire, psiquiatra y neurocientífico de la Universidad de California en Los Ángeles, han publicado recientemente un libro titulado God's Brain, en el que se da una novedosa explicación al hecho de que la religión sea un fenómeno presente y persistente en todas las sociedades humanas.

Tiger y McGuire, que han basado su explicación en la biología evolutiva y en las ciencias del cerebro, responden en su obra a las preguntas clásicas: ¿cuál es el propósito de la religión?, ¿cómo surge?, ¿de dónde procede? o ¿por qué cada cultura presenta sus propias formas religiosas?

La respuesta que aportan es sencilla, pero al mismo tiempo muy compleja: el cerebro es el creador de la religión y de los diversos conceptos de Dios y, además, nutre su propia creación para satisfacer necesidades neurológicas innatas y necesidades sociales relacionadas con ellas.

Religión necesaria para el cerebro

Según publica Eurekalert, la perspectiva de Tiger y McGuire se centra, por tanto, en cómo el cerebro humano ha desarrollado y ha buscado la religión.

La neurología ha revelado que los humanos y otros primates similares suelen estar sometidos a altos niveles de estrés procedentes de fuentes ineludibles. Dichas fuentes son descritas por los científicos en su libro como "tormento cerebral" ("brainpain").

Para lidiar con estas tensiones, se necesita encontrar un "apaciguamiento cerebral" ("brainsoothe"). Tiger y McGuire afirman que las religiones y sus estructuras sociales propician dicho apaciguamiento, aliviando así la ansiedad que nos es innata y que se deriva de las circunstancias más corrientes de la vida.

En el cerebro, y según observaciones detalladas realizadas en los últimos tiempos, la química se ve afectada y modificada como consecuencia del estrés. A este respecto, la religión tiene efectos paliativos en la química del cerebro que no pueden proporcionar remedios no-religiosos.

Alivio y normas

A nivel social, según los autores, la religión ayuda a que se desarrollen ciertos aspectos positivos de la socialización, regula las conductas sexuales, ayuda a soportar la realidad de la muerte, gracias a la idea de la vida después de ésta; y también puede influir con sus normas de comportamiento en las leyes.

Esencialmente, McGuire y Tiger ven, por tanto, la religión como mecanismo de adaptación del cerebro para afrontar la ansiedad el miedo y el estrés propios del entorno en el que la vida humana se desarrolla, publica Blogcritics.

La socialización, los rituales y las creencias religiosas ayudarían al cerebro a apaciguarse, a soportar las tensiones corrientes. Un ejemplo que aportan los autores es el de la culpa: a través de ciertos rituales religiosos, como la confesión de los católicos o la oración, los individuos pueden pedir perdón por sus pecados y liberar así cierta cantidad de estrés.

Comprender la naturaleza de la religiosidad

Tiger y McGuire no son los primeros científicos que han analizado el papel del cerebro en la religión. Algunos especialistas han señalado que la religión es una herramienta evolutiva que ha servido a los seres humanos para afrontar el conocimiento de la muerte como algo inevitable, una capacidad que otras especies no poseen.

Otra idea existente sobre el papel del cerebro en la religiosidad humana es que ésta sería el resultado de conexiones neuronales que se formaron inicialmente con fines distintos, no religiosos, para dar lugar a ciertas capacidades cognitivas únicas de nuestra especie.

Lo que han hecho Tiger y McGuire, como antropólogo y neurocientífico respectivamente, ha sido combinar sus especialidades para concluir que el cerebro es tanto la fuente como el principal beneficiario de la religión.

Según ellos, con el presente libro no se pretende negar la verdad o afirmar la falsedad de las religiones, sino que, simplemente, y dado que la religiosidad humana parece tan necesaria para nuestra especie como el oxígeno, se intenta comprender su naturaleza.

(Tendencias21)


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Rivera Letelier: “No sé nada de literatura, yo escribo”

Rivera Letelier: “No sé nada de literatura, yo escribo”

Hernán Rivera Letelier, ganador del premio Alfaguara de Novela 
2010. Foto cortesía: alfaguara.santillana.es
Rivera Letelier ganó el Premio Alfaguara con su novela El arte de la resurrección.
"Cambió la tranquilidad. No me he podido tomar mi taza de té acostumbrada de las cinco de la tarde. Pero bueno son los sacrificios que hay que hacer". Con ironía, Hernán Rivera Letelier, ganador del XIII Premio Alfaguara de Novela por El arte de la resurrección, cuenta qué pasó luego de enterarse de la noticia.
Con ironía, porque este chileno de 50 años sabe lo que son los sacrificios. Durante cuarenta y cinco años sufrió las exigencias del desierto de Atacama, el lugar donde se crió, donde durante 30 años trabajó como minero y donde se forjó como escritor.
Las andanzas de un predicador que se cree reencarnado en Cristo en el desierto chileno en las primeras décadas del siglo XX, narradas en tono de realismo mágico, lo llevaron a embolsarse US$175.000 y una escultura.
Un premio que no desestima, pero coloca en el lugar que cree indicado.
"Más que el dinero, lo importante es que mi obra la van a leer más personas y en el fondo lo que uno busca cuando escribe es que lo lean", le dice a BBC Mundo desde Antofagasta.
Y explica que el premio le va a sacar tiempo: "Voy a tener que dar muchas entrevistas, conferencias, viajar mucho, le va a quitar tiempo a mi ocio. Yo soy en verdad un ocioso. Yo no hago nada más que leer, escribir y hacer el amor".
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Entre la convicción y la sorpresa

Rivera Letelier cuenta que cuando se sienta a escribir una novela lo hace "pensando que es mi obra maestra, sino no me sentaría a escribirla. Y cuando envío una novela a un premio, la envío con la convicción absoluta de que esa novela gana".
Esa convicción, que estuvo presente cuando mandó la copia bajo el seudónimo Manuel Madero, desapareció el lunes a las ocho y media de la mañana. "Cuando me dijeron que gané no lo podía creer", cuenta entre risas el escritor, ya galardonado por otras obras.
En mi escritura nada es consciente. No soy un teórico soy un práctico. No sé nada de literatura, yo sencillamente escribo. No soy un intelectual, los intelectuales trabajan a base de ideas y conceptos. Yo trabajo a base de intuición, imaginación, memoria… los intelectuales creen en lo que escriben, en sus títulos, en sus master. Yo no creo en lo que escribo, yo tengo fe en lo que escribo”. Y lo dice de forma convencidamente humilde
Hernán Rivera Letelier, escritor chileno
El jurado –presidido por el escritor y periodista valenciano Manuel Vicent– destacó el "aliento y la fuerza narrativa de la novela, así como la creación de una geografía personal a través del humor, el surrealismo y la tragedia".
Todos elementos que se plasmaron en el papel de forma inconsciente, reconoce el escritor.
"En mi escritura nada es consciente. No soy un teórico soy un práctico. No sé nada de literatura, yo sencillamente escribo. No soy un intelectual, los intelectuales trabajan a base de ideas y conceptos. Yo trabajo a base de intuición, imaginación, memoria… los intelectuales creen en lo que escriben, en sus títulos, en sus master. Yo no creo en lo que escribo, yo tengo fe en lo que escribo". Y lo dice de forma humilde.
Una humildad forjada por la aridez del desierto y la rudeza de la mina. Una etapa de su vida -la de los 30 años como minero- que le dejó como legado a sus "amigos, arrugas en la cara y un porcentaje de tierra en mis pulmones".
"Y me queda también un recuerdo muy lindo de ese desierto, que fue donde me críe, donde trabajé 30 años como un obrero, pasé peripecias increíbles, y me sirvió mucho para forjarme como escritor y como hombre".

La enseñanza del desierto

"De no haber vivido los 45 años que viví en ese desierto, no sería un escritor. El desierto me enseñó a conocerme a mí mismo, a estar conmigo mismo, que es fundamental para escribir", asegura.
Y el desierto está presente en El arte de la resurreción, una novela que el autor define como "la historia de un iluminado, un hombre que aparece diciendo que es la reencarnación de Cristo en su segunda venida, que aparece en el valle del Elqui, vestido como Cristo".

Premio Alfaguara

  • El premio Alfaguara de Novela se entrega a una obra inédita escrita en castellano.
  • La obra ganadora de la décimo tercer edición del premio Alfagura de Novela fue escogida entre seis novelas por el jurado.
  • Las seis últimas obras habían sido seleccionadas de un total de 539 manuscritos.
"Era un semianalfabeto pero apareció predicando, haciendo milagros, bendiciendo, bautizando, y cuando hablaba la gente quedaba oyéndolo con la boca abierta. Es la historia de este personaje en el desierto de Atacama en busca de una puta beata".
El personaje Domingo Zárate ya había estado presente en otros libros de Rivera Letelier. Apareció en su primera obra, La Reina Isabel cantaba rancheras (1994), en Los trenes se van al purgatorio (2000) y en Mi nombre es Malarrosa (2008).
"Y cuando apareció por tercera vez me di cuenta en verdad que el Cristo me venía persiguiendo hacía 15 años para que contara su historia. Y tuve que hacerlo. Tuve que sentarme, y cantarla y contarla", le explica a BBC Mundo.
¿Qué tanto hay de Rivera Letelier en el personaje? "El Cristo tiene mucho de mí. Yo me crié en un hogar con padres evangélicos. Mi papá, que también era un minero analfabeto, era un pastor evangélico y salía a predicar a las calles y me llevaba a que lo acompañara, siendo un niño yo".
"Y cuando predicaba la gente se quedaba oyendo fascinada. Entonces ése es un mundo que yo conozco por dentro. Y creo que yo era el más indicado para contar y cantar la historia de este Cristo. La prédica de mi padre fue fundamental. Yo me crié con la Biblia en mi almohada. Entonces el lenguaje que se precisaba para contar esta historia estaba en mis genes", agrega.
Dice que esta novela es lo mejor que ha hecho, "hasta el momento". Pues no demora en aclarar: "Porque estoy empezando otra que creo va a ser mucho mejor que ésta".


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