sábado, 9 de abril de 2011

El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción

El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción

Arreglo sobre una fotografía de Diane Arbus, de Juan Luis Pinedo
Hablar de Borges, o más aun, comentar su obra, tiene varias dificultades añadidas, no porque sea Borges, o porque Borges sea más complejo o difícil, sino por su carácter argentino. Tampoco es que él o su obra sean esencialmente argentinos ya que su literatura y quizás especialmente su prosa, son más europeas que propiamente argentinas y él mismo, de argentino no tiene mucho más que cualquier ginebrino. Pero es argentino y siendo argentino es diferente y único: No hay otro Borges en Argentina. Quizás nunca llegue a haberlo y eso es lo que hace difícil comentar a Borges, dada la conjunción de este hecho y el carácter argentino (no el de Borges sino el de los argentinos). Los argentinos tienen una forma peculiar de ser conservadores, que heredan de los españoles, pero que se infunde del espíritu italiano, haciendo del caudillismo una especie de idolatría, a través del carácter pasional de aquél. Mientras el español avanza del caudillismo personal a un tipo de sentimiento regional, quizás por falta de caudillos; no lo sé, que transforma la idea madre a seguir desde la pasión del guía carismático a un sentimiento de cuerpo global que se asienta en lo que se llama las autonomías, que es una forma de sentimiento más amplio, común, pero hasta cierto punto personal y diferenciador; el argentino, en cambio, lo decanta en un ídolo argentino e identificador. Así nacen Perón y Evita. Por eso es posible un Diego Armando, o también por eso se esbozan los Mennemismos y otros, aunque luego mueren al defraudar con sus pies de barro. Así, hoy, Argentina emprende un nuevo camino "K". Y en la literatura no podía ser de otra manera. El ídolo sagrado ahí es Borges. Eso obliga a hacer una introducción tan larga, cuando lo dicho puede llegar a ojos argentinos y tocar una fibra que va más allá del autor y está conectada al sentir nacional de cada uno de ellos.
Borges crece y prospera en el entorno del llamado "Boom latinoamericano" de la realidad mágica, iniciado por Alejo Carpentier con su obra que pretendía contraponer a la gran literatura europea surrealista realzando el carácter americano que él llamaba "Real maravilloso". Nunca he llegado a saber, creo que no, si Carpentier fue influenciado por William Fawlkner como el resto de los latinoamericanos del Boom. Pienso que Borges tampoco. Borges, en términos latinoamericanos, es un lobo estepario. Su literatura no es real mágica sino metafísica, que a ratos puede estar teñida de criollismos, como en El Sur, El Fin y otras obras, pero este está al servicio de una inquietud metafísica y por tanto es un recurso como otro cualquiera. En este sentido Borges utiliza una multiplicidad de recursos, siempre fantásticos, pero no magicorealistas, ni tampoco cosmogénicos como hace, por ejemplo, García Márquez con Macondo y sus omnipresentes generales y caudillos militares, que pueblan su universo literario. Borges en cambio es urbano. Seduce con elementos cultistas, como cuando deja caer la idea que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres, con lo que siempre está pasando un mensaje en algún plano diferente, y metafísico.
Hay dos elementos en Borges, uno declarado y otro él que nunca revelaría, por inconveniente, que le son esencialmente característicos. El primero lo devela, él mismo en el prólogo de su obra Ficciones cuando dice: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Cualquier lector atento del autor irá descubriendo en su obra una pléyade de autores falsos, con sus falsas obras correspondientes, que constituyen el recurso que se menciona aquí; Desde el tomo tercero de Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, de 1874, a algún manual eventual de estrategia de Clausewitz o F.N. Maude. El segundo quizás lo haya derivado Borges del propio primero, al convertirse en comentarista de supuestas obras de terceros, de manera que el relato suele establecer un narrador en primera persona; aún cuando constituye un recurso literario conocido y utilizado desde, tal vez, siempre en literatura, como un medio de invalidación y destrucción de la resistencia a la ficción, para engañar al oyente en la tradición y uso oral, y después al lector. En todo relato existe un acuerdo entre el relator y el receptor relativo a la fe y confianza entre ambos, que establece que el relator no desea engañar al receptor y que si los hechos del relato son ficticios, el receptor los interpretará como ciertos, en beneficio del relato. No obstante, es frecuente que el relator pretenda, para mejor hacer, engañar al receptor, destruyendo el sentido de ficción de un relato a través de un artilugio que lo haga aparecer verídico. En este sentido, el autor muchas veces apuesta su prestigio como aval del relato, a sabiendas que se hace, más fácil, fe de aquello que se relata en primera persona, que lo que se refiere a un relato recibido de otro tercero, o más aun de uno ofrecido por un tercero omnisciente o más. Así, por ejemplo, Borges comienza el relato de El Aleph del siguiente modo: «La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita». Quien lee esto, no tiene dudas que oponer al relato. ¿Quién es Beatriz Viterbo? ¿Podrá ser Beatrice Portinari? ¿O quizás Helena de Troya?. Alguien lo ha pretendido. Hasta este instante introductorio, esta Beatriz no es más que una mujer que ha muerto. Más adelante será un excelente distractor, más aun para la fantasía necesaria de quienes deben entrar al juego pretendido por el autor. Dentro de esta distracción, Beatriz adquiere realidad por dos hechos sencillos: El primero es que si ha muerto, no la conocemos, y el autor avalado por su prestigio dice que es así, no tendríamos por qué no aceptarlo. El segundo es que Borges no sólo lo relata, sino que lo entrega como un hecho de su experiencia personal. Para un lector más avezado, el relato en primera persona es conocido como recurso, por tanto sabe que el narrador y el autor no son la misma instancia ni, por supuesto, la misma persona. Borges lo sabe y se cuida de cubrir este gambito, no de inmediato, lo que sería obvio, sino más tarde en el relato, bastante más tarde, cuando escribe: «No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: - Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges». Aquí completa la trampa, aquí la cierra y atrapa a su presa, caza a su pajarito fascinado, con sus dotes de hechicero o de audaz embaucador: El narrador es el propio Borges y Borges es digno de toda fe. Somos pocos, muy pocos, los que leemos consultando y analizando cada instancia. Uno suele leer después de firmado irrenunciablemente el pacto de fe con el autor y a estas alturas puede dar fe: Primero en Borges, después en la realidad de Beatriz, secreto amor de aquél y finalmente en todo lo que de aquí en más se relate en esta historia fantástica, aun cuando hasta ahora sólo haya una melancólica historia de amores desgraciados y de muertos desprecios, que a otros analistas los llevaron por Dante o por la antigua mitología griega, en pos de los, con todo, firmes pasos de Borges.
Recién ahora, cuando Borges tiene bien atado y seguro a su lector, cuando Carlos Argentino ya es un pobre aficionado a la poesía, que sólo conocemos por la destructiva descripción de Borges, viejo cazurro, que solía, del mismo modo destruir a muchos poetas y escritores de carne y hueso duro, con lo cual también lo hace casi real y perseguible en textos y enciclopedias; primo hermano de la real Beatriz Viterbo, de la que, quizás, la propia María Codama haya conservado el retrato con el pekinés que le regaló Villegas Haedo, o aquel otro grande, en torpes colores; recién ahora nos revela su Aleph, lugar mágico donde convergen todas las imágenes del universo. En este momento nos lleva, con Carlos Argentino Daneri al cuarto oscuro, en el cual se devela, o se revela, todas las imágenes que han convergido en el Aleph. Al destruir la ficción, a pesar que el lector se da cuenta que ha entrado en un universo fantástico, más allá de la realidad conocida, Borges hace cómplice a su lector de la posibilidad cierta que la fantasía exista en algún punto de realidad. Más todavía, para quien quiera seguir el juego con Borges, la construcción de la historia está trazada y subrayada por varios elementos: La persistente mención de retratos y fotografías, la ubicación del Aleph en un cuarto a oscuras, la mujer que recibe a Borges, que le asegura que: «El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías» y el propio tamaño del Aleph, que no sería mayor de dos o tres centímetros, como una lente de una cámara fotográfica. A la vez, el Aleph es un punto donde convergen todos los otros puntos, así como en la placa fotográfica converge la luz formando una imagen, punto a punto, en esa convergencia. ¿Quizás, este Aleph de Borges es un homenaje, o un juego en razón de la cámara fotográfica y la fotografía en sí como artilugio? ¿Nos está hablando, el autor, de la fotografía como cuestión genérica, como fenómeno? ¿Eso es el Aleph? ¿O esto es un falso Aleph?. Si así fuera, no habría fantasía ni metafísica alguna, sino sólo el maravillarse ante el fenómeno físico. Ya no habría ficción y la magia quedaría destruida. Hay quienes quieren verlo de este modo.
Sólo por alargar la conversación con Borges, sobre este Aleph: Ya hacia el final, el relato establece que «Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph» Quien no crea en el homenaje a la fotografía, siga a caballo de esta frase, y busque el poema épico "La Araucana" de Alonso de Ercilla y Zúñiga, donde en el canto XXVII el poeta encuentra un mago que le muestra un «círculo luciente, donde todas las cosas parecían en su forma distinta y claramente: Los campos y ciudades se veían, el tráfago y bullicio de la gente, las aves, animales, lagartijas, hasta las más menudas sabandijas». Ahí el mago le va mostrando «Mira al principio de Asia a Calcedonia, junto al Bósforo enfrente de la Tracia a Lidia, Caria, Licia y Licaonia, a Panfilia, Bitinia y a Galacia; y junto al Ponto Euxino a Paflagonia, la llana Capadocia y la Famacia, y la corriente de Éufrates famoso que entra en el mar de Persia caudaloso» y así sucesivamente lo hace recorrer todo los lugares en un solo círculo misterioso, donde el mundo entero se refleja. Todo esto escrito más de trescientos años antes que Borges viera el Aleph de la calle Garay.
La sola descripción del Aleph va contra la corriente de la ficción y a favor de la metafísica. Quizás Borges lo relaciona con la fotografía y duda, según se insinúa, motivo de sus propias dudas incrédulas. Quizás este sea uno de los únicos cuentos en que Borges no es categórico y deja al lector una misión: «Creo que hay otro Aleph». A la vez revela que su opinión es que este de Garay, sería un falso Aleph. ¿O es otro truco del perfecto oficio de farsante, para mejor convencer? Quizás Borges se burla de nosotros todos sus lectores, hasta la saciedad. Lo digo por la postdata de marzo del cuarenta y tres, a este mismo relato, que en parte dice: «Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen». Incluso más allá del relato mismo, Borges insiste en destruir cada traza de ficción del relato, para hacerlo aparecer real. Ahora sólo restaría por investigar si alguna vez el autor escribió una obra titulada Los naipes del tahúr. ¿O quizás, por qué no, Borges nunca existió y sólo es el nombre del personaje, y narrador en primera persona, del Aleph?. Por supuesto que el autor se llame Borges es sólo una rara coincidencia. ¡Nada más!
Kepa Uriberri
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La reina que murió con la cabeza entre las piernas

La reina que murió con la cabeza entre las piernas

María Antonieta de Austria y Lorena en la prisión de la torre del Temple
Cierto día de comienzos de diciembre, no puedo recordar, o no sé cuál, se lo llevaron y ya no lo volví a ver hasta que su juicio terminó con su condena. Durante mucho tiempo quise obligarme a pensar de un modo diferente, pero la primera señal ya la había tenido a mediados de septiembre, cuando oí la algarabía desde la calle, que festejaba la abolición de la monarquía. Recuerdo que entonces sentí un gran peso en el pecho y los hombros, y me acosté intentando dormir, para no pensar. Ese día me dije a mí misma: "Und alles ist verloren!"[1]. Sin embargo él había ignorado los gritos que entraban por las ventanas y siguió leyendo. Cuando fue condenado, lo trajeron con nosotros ya muy entrada la tarde. Había oscurecido hacía varias horas y en la escasa iluminación que se nos permitía, lo vi arrasado. Nos relató, sin orden ni ilación, los sucesos de su juicio, con Luis Carlos sentado en sus rodillas. En algún momento dijo: "Fue terrible. Felipe que es de mi propia sangre, votó por mi muerte" y se quebró. Ya no pudo dejar de llorar. Finalmente dijo: "Mañana a las once me llevarán a la guillotina en la plaza de Luis XV". María Teresa cree que su padre lloraba por nosotros: No lo sé. Le pedí que pasara la noche aquí, porque hubiera querido reconfortarlo, pero insistió: "Preferiría no hacerlo" y fue llevado aparte. No volví a verlo ni a saber de él. Me quedé sumida en una pena seca, sin llantos ni sollozos, pero tal que parecía afectar el color del que veía las cosas y la luz, tanto que no podía ver nada con atención, todo delante de los ojos era como una sola masa construida por los objetos, que vagaban en el espacio, sin contenido alguno. La mañana del veintiuno casi no se veía nubes en el cielo. Había amanecido hacía unas pocas horas cuando llegó a nosotros, de pronto, el griterío: "¡Viva la república!" y los cantos de las gentes. Pensé en ese momento que ya no había esperanzas para ninguno de nosotros: Luis había muerto; ¡sin duda! No obstante, desde entonces me aferraba a la vana ilusión que la oposición de Austria y de otras potencias, lograran nuestra liberación. Imaginaba que mi amado Axel montaba alguna conspiración exitosa y me rescataba, pero sólo eran sueños irrealizables, ¡imposibles!.
Medido en un calendario, o comparado con aquellos tiempos felices de la niñez, en los jardines de Hofburg, cinco meses no son nada, pero comparados con la nada de la torre del Temple resultan una eternidad, que transcurre sin cesar nunca, bajo el peso del persistente peligro de una condena y de la separación de mis hijos. Hasta julio sólo gravité sobre un denso abismo de incertidumbre, que sin Luis Carlos y María Teresa, mis hijos, habría sido insoportable. Ese día un funcionario, acompañado de los carceleros se llevaron al Delfín: Fue como si me hubieran arrancado un brazo. Quise oponerme, con razones, con órdenes, con explicaciones y por fuerza. No fue posible. "El niño Capet no debe estar con las mujeres" fue la única explicación que se me dio. De ahí en adelante todo sería más y más rápido, como si fuera tomando velocidad en el rodado de una montaña. Unos pocos días más tarde me trasladaron a la Conciergerie. Nunca más volvería a ver a mi hija María Teresa, ni a saber de ella. Tampoco de Isabel, la hermana de Luis, compañera necesaria en tanta soledad.
A veces me parecía que mis pensamientos eran como un fluir de barro sucio y espeso, sin significado alguno. Revolcados en ellos aparecían los recuerdos de mis dos hijos de los que había sido despojada, también los de aquellos otros dos que dejé que me arrebatara la vida. Otras veces lograba serenarme y aparecían recuerdos, siempre cargados de culpas por no haber sabido manejar la estela de mis actos. ¿Qué culpa tenía yo en la estafa del collar de la Du Barry urdido por Jeanne de La Motte? o de la imprudencia de las princesas de Lorena: ¿Por qué, si ellas habían roto el protocolo, la culpable tenía que ser "l'Autriche" [2]? Al fin siempre concluía que Francia jamás me quiso o siempre quiso despreciarme, como si sus viejas y rígidas costumbres fueran superiores. Cuando recordaba aquellos tiempos me llenaba de ira. Yo era la hija del emperador y me había casado con un imbécil, como premio a su colaboración en juegos de poder que no comprendía. ¿De qué me valió? ¿De qué le valió a mi madre? ¿Y a mis hermanos que me abandonaron como si me arrojaran a los lobos porque no era bueno para Austria defenderme?. Al fin, Francia, sus franceses, siempre conseguían humillarme. Me hacían sentir su superioridad intelectual y moral, como la nobleza más luminosa de Europa, como la sociedad más refinada, a la que yo no pertenecía en modo ninguno, sin importar mi origen, que por lo demás creían menor. Yo no tenía, para ellos, un nombre. Era "l'Autriche". Siempre que caía en estos pensamientos terminaba en el recuerdo de la abominable Ceremonia de Coucher en la que toda la corte de Francia debía observar y comprobar que la joven austríaca era desvirgada por el Delfín adolescente. Pero el futuro rey de los franceses no era capaz de cumplir su deber. ¡Vaya luces! ¡Miren que príncipe! Y para eso tenía que soportar la humillación.
Fui recluida en una sala menor, apenas amoblada, donde reposaban, antaño, los carceleros que les correspondía descanso. Para estos franceses, los del pueblo, era "Madame Deficit". Me sentía sometida a venganzas que no merecía, estaba enferma y debilitada por una persistente hemorragia, además del peso de la certeza de la suerte que me esperaba sin remedio. Más tarde añoraría, sin embargo, esta celda, como un aposento regio. Aquí fui rehén y moneda de cambio estratégica para Francia en los conflictos con las otras potencias de Europa; quizás con la propia Austria, pero no le sé. No tenía casi noticias. Me parecía que habitaba una pequeña pecera de piedra que sin tocarme me oprimía. Sentía fuego en el vientre y me invadía la obsesión de que me estaba desangrando con aquella hemorragia mía. Tal vez alguien montaba una conspiración para salvarme, quizás habían descubierto una, o sólo fue una forma de tortura: Un día me sacaron de esa celda mísera y me llevaron a otra peor. Ahora estaba separada de mis guardianes por una cortina inmunda y sólo disponía de un catre de fierro una mesa pequeña y una silla de madera. Aquí, se decía, estaría mejor vigilada. Sólo sé que ya no tenía intimidad ninguna. Por una ventana menor, en un rincón alto, alcanzaba a entrar algo de luz de otoño, durante unas pocas horas. Sólo se me permitía leer, pero no tenía velas, de modo que la mayor parte del tiempo vivía encerrada en la piedra y en mí misma. Se me había requisado todas las pertenencias.
Puede ser que hayan creado, ya, un falso expediente para calmar sus conciencias y condenarme, para desprestigiarme ante el pueblo de Francia; cuestión que no necesitan. Cubierta de mentiras y atroces acusaciones, en algunos días podrán, al fin ejecutarme ante el pueblo, ansioso de sangre. Quizás hayan sido dos meses o más, no lo sé bien, lo que habían tardado. Sólo era otoño, quizás fines de septiembre o algunos días entrado octubre, cuando me llevaron por ese lúgubre pasillo al gran salón donde sesionaba el tribunal. Me interrogaron y me asignaron la calidad de acusada, para someterme a juicio. ¡Cuánto coraje! ¡Cómo mentían con descaro! Enredaban las declaraciones que se supone había hecho a mis interrogadores y las mostraban como si yo me acusara a mí misma. Tuve dos abogados que no estaban preparados ni me defendieron. No tuve oportunidad de elegirlos, me fueron dispuestos por el tribunal. Todas las acusaciones fueron infames, pero llegaron al extremo de presentar, y leer, una declaración escrita, firmada por Luis Carlos en contra mía. Con las más soeces palabras, que él mismo no podía comprender, aseguró que Isabel la hermana de su padre, y yo misma, su propia madre, lo obligábamos a participar en juegos impúdicos e íntimos, que practicábamos desnudas con él en el Temple. Le habríamos enseñado a buscar su satisfacción y la nuestra. Ya nada me importó: Podían llevarme de ahí, de inmediato, al cadalso, o podían decapitarme, ahora, ante mis acusadores y jueces, ante todo el público presente, para quienes éste era un espectáculo que los llenaba de gozo. Levanté la voz con ira y decisión, para hablar a las mujeres que ahí había: "Vosotras sois madres, como yo misma lo soy. Ni vosotras lo sois más que yo, ni esta mujer; en desgracia, es más madre que vosotras" les grité. "¿Alguna de vosotras, cualquier madre, ni yo misma ni nadie, puede creer que una madre enseñará esas cosas a un hijo al que se ama con todo el corazón? ¡Esta es una infamia que las mujeres de Francia no pueden permitir! ¡Hacedlo saber así!". Quise creer que todas las mujeres gritaron a mi favor. Quise creer que todas esas voces se alzaban para defenderme, pero no lo sé. Sólo sé que hubo desorden, que el juicio debió suspenderse, y que me sacaron del tribunal mientras la policía intentaba poner orden entre los presentes. Llevaba la cabeza plena de pensamientos encontrados y el corazón rebalsado de furia. Sólo cuando me dejaron a solas en mi celda tuve conciencia de mí misma y de mi cuerpo. Sentí que tenía empapadas; tibiamente empapadas, las entrepiernas.
Fue peor que cualquier tortura. ¿Quién sabe si algún día, ese niño, llegará a ser el rey de Francia o de los franceses? ¿Cuánto tendrá que renegar de mi, su madre, para lograrlo? ¿Para eso lo habían apartado de mi?. Hoy, otra vez, me habían arrancado un trozo del alma. Era como si quisieran quitarme la vida lentamente. Yo nací, creo que así nacemos todos: inmortales. La muerte era algo ajeno, sucedía a otros, mientras una tenía toda la vida eterna por delante. Cuando vi que el golpe que me habían dado, a través de mi propio hijo amado, en el tribunal, había hecho estallar mi vientre, el mismo que lo había parido, y que ahora manaba en un lento río de sangre tibia, supe por primera vez en mi vida que no era inmortal. Sentí, ahora sí, terror: Estaba muriendo, se me escapaba la vida. Nunca antes, ni siquiera cuando se llevaron al rey para decapitarlo, había dejado de ser inmortal, aun cuando sabía que mi destino cierto era la guillotina, de algún modo lo negaba. Quizás abrigaba esperanzas o quizás ni siquiera las necesitaba: La muerte propia no existía. Sólo nació en este río rojo que cristalizaba lento entre mis piernas, llevándose mis fuerzas y señalándome que estaba irremisiblemente rota por dentro. En este momento tuve miedo. Tuve el miedo que no tenía de morir en el cadalso, quizás porque nunca llegaría a suceder, quizás porque la muerte era hasta entonces algo que sólo sucedía a los otros. ¿Qué más conoce una de la muerte, que la de los demás? Sólo ahora sé que una también muere, sólo ahora que la muerte comienza a cubrirme con su sombra y bebe mi vida de mi sangre. Tuve miedo. Y aunque nada podía hacer, sentí que el miedo nacía de la certeza de perder a mis hijos Luis y María Teresa, en la muerte, como si la muerte fuera la de ellos: Yo los perdía, no ellos a mi. "¿Que va a ser de ellos sin mí?" me pregunté, ahora que estaba muriendo. ¿Cuánto tiempo demoraría en vaciarme? ¿Cuánto me duraría la vida que se me escapaba sin remedio?. Cuando entran a mi celda, de nuevo, siento que el vientre se me recoge y me acucia un intenso dolor. Me llevan otra vez al tribunal y siento terror, no de una condena, sino de ser enfrentada, quizás, de manera cruel, con mi hijo y a verme condenada por él; por su inocencia. Quizás hoy él no sepa cómo me estaba dañando, pero llegará el momento en que esta condena, que arroja sobre mi, sin comprenderla, se convierta en un peso atroz en su conciencia.
Fueron muchas horas. Horas inútiles de testimonios ambiguos, a veces pueriles, las más falsos y sin pruebas y sin embargo me eran agobiantes; agotadores. Sentía que me desangraba y que ya no tenía fuerzas. Por fin terminaron los testigos y el acusador público me conminó a presentar mis últimos descargos. "No se ha presentado aquí prueba para acusación alguna en mi contra" aseguré, "Sólo se me acusa de ser la mujer de Luis XVI; como tal me correspondió siempre acatar su voluntad". Y sin embargo sabía que todo era imposible. Ya estaba condenada desde aquel día en que llegué a Francia. No fue sorpresa oír la sentencia, después de la farsa de la deliberación del jurado: Era su deber y su terror. Jamás podrían haber considerado mi inocencia, aún creyendo fervientemente en ella. Pero nada importaba: Yo ya estaba muriendo desangrada lentamente. La muerte ya había tomado mi mano. Esa noche no dormí: No pude ¿o no quise?. Tal vez vi cómo se repetía el destino que tenía trazado desde que entré a Francia, como si fueran ondas concéntricas que hubiera generado una piedrecilla en el agua. Toda la nobleza debía reunirse en torno de mi compromiso con Francia, en el lecho conyugal: Moría como austríaca y renacía francesa por la penetración del Delfín de Francia. Pero no fue posible. Nunca fue posible. Ahora sería francesa para siempre recostada en el lecho de la guillotina y ya había comenzado a sangrar y morir. Se consumaría por la penetración de la guillotina del pueblo en mi cuello: El círculo concéntrico se cerraría.
Aun no ha salido el sol. Un renegado entra a ofrecerme sus sacramentos. ¿Cómo podría, en esta última hora, la hija del emperador cuya misión de vida es la defensa de la verdadera fe, encomendar su alma a Dios, en las manos de un renegado de aquella fe? El hombre insiste. - ¿Puedo al menos acompañaros y orar por tu alma?- Si así es vuestro deseo - digo, y reflexiono: - Ya no soy dueña de nada. ¿A quién podría prohibir o imponer mi voluntad?Se quedó ahí, tras la cortina que me servía de última intimidad mientras me vestía para ser ejecutada. Había vestido, hasta ahora, un luto casi de harapos desde que me habían quitado todo lo que me pertenecía. Aún, sin embargo conservo un vestido, o más bien un camisón blanco y una cofia. Me dejé cortar el pelo como era rigor, por la muchacha que a veces atendía las necesidades que la guardia no podía cumplir, y me vestí de blanco para simbolizar mi inocencia, renunciando al luto debido. Sospecho un sol helado, que a esa hora todavía no entra por la alta ventanuca enrejada de la celda, cuando entra el verdugo. Es un hombre enorme, "demasiado amable para su oficio" considero. Dice llamarse Sansón, "¿o es su apodo revolucionario?". Me pongo la cofia en la cabeza y me dejo atar las manos a la espalda. El verdugo lleva asegurada, consigo, la otra punta de la cuerda y el tricornio bajo el brazo. Al salir de la Conciergerie, la luz del día, que hace meses no he visto, me hiere los ojos. Sin precisión veo una guardia numerosa, que aparta al público de curiosos, y la carreta miserable que me espera. Noto que el caballo, si bien es enorme, está sucio y descuidado. Su cuerpo macizo se ve surcado por las costillas y siento que su sumisión es una alegoría de mi propio sometimiento. El verdugo me ayuda a subir a la carreta mientras me tortura el silencio raro de los murmullos, de quienes han venido a ver mi capitulación, y de las oraciones del apóstata que se sienta a mi lado.
Soy una cáscara vacía: Nada pienso, nada siento. Sólo sensaciones, murmullos de la gente, oraciones de este renegado a mi izquierda, el ruido y la textura de las ruedas toscas al avanzar sobre el empedrado. La luz que me hiere tiñendo todo de gris, convierte las figuras en una sola cascarilla que ondula al ritmo del murmullo, como si fueran un solo ser, así como las siluetas que se traslucen tras las cortinas tenues. Nada tiene individualidad; ni yo misma. También soy parte de esa nada superficial y vacía en su interior, como un inmenso trapo que flameara agitado por un cierto vendaval. La carreta avanza lenta por la Rue de Saint-Honoré, al poco de atravesar el puente desde la Conciergerie. Alguien, quizás un bufón, se ha puesto delante de la carreta y va recitando algo que no escucho con claridad entre los gritos de las gentes. Se refiere a mi con palabras soeces. Sólo una idea me sostiene: "Soy la reina de Francia. Y si no lo soy, soy archiduquesa de Austria y Lorena. ¡Nadie avasallará la dignidad que me corresponde!". El camino se hace eterno, ensordecedor, enceguecedor. A veces veo rostros. A veces gritan. A veces son irónicos, a veces se acompañan de brazos alzados. Todos son iguales, todos son el mismo rostro enajenado y vacío. Yo estoy vacía y soy parte de esos rostros que nada son; avanzo al centro de esta lenta marea que nunca termina. No hay alegría en esos rostros que quizás algún día buscaron libertad, ansiaban alguna extraña igualdad que los igualaba pisando sobre sus superiores, revirtiendo una igualdad imposible, igualdad no deseada: ¡Venganza! ¡Revancha! El pueblo fraterno asesinando a los que no eran iguales en un absurdo sentido de justicia para construir la libertad que me restaban. Para eso, yo debía pagar el precio. El precio no era mi muerte sino ser arrancada de mis hijos. Todo lo demás: ¡Nada! y esos rostros llenos de fervor falso; de fanatismo, ni siquiera sabían cuál era el castigo que me imponían. ¿La muerte?: La muerte todavía era un concepto; no tenía realidad. Para esa muerte aún era inmortal. Iba al patíbulo, me esperaba la decapitación y sin embargo no concebía mi muerte. Mi muerte estaba en ese lento arroyo de sangre que manaba entre mis piernas, sin detenerse nunca. No sabían que no había, para ellos, en mi muerte, premio ninguno. Siempre, desde que llegué a Francia, estuve rodeada: Hoy de este pueblo de sordos rumores y gritos porque me odian. Ayer, rodeada también, de rumores silenciosos. Siempre estuve sola en Francia, pero rodeada de franceses que no me querían. Vuelve a mi, en la soledad tumultuosa, la tumultuosa soledad de la Ceremonia de la Coucher: Toda la noble Francia, hierática, estólida, observando a su Delfín, tan incapaz de restar la virginidad de su joven princesa: ¿Habrá aumentado el odio de los nobles hacia su futura reina, la torpeza de su delfín?. Llegamos al fin a la Rue Royale, donde a la derecha, al girar la carreta, pesada y lenta, vi mi muerte verdadera, al fin. Se veía como una alta y esbelta máquina, casi bella, casi inocente. Entre mi muerte y yo, sobre el pedestal de la estatua de Luis XV, último símbolo de la monarquía francesa y su absoluto poder, divisé la estatua de una mujer, en yeso pintado, imitando piedra, que me daba las espaldas, sentada en un trono, con una lanza en su diestra. Todavía le tomó, al fatigado caballo, tirar la carreta hasta el cadalso, otra eternidad. Cuando al fin llegamos, y el verdugo, con ademanes de ayuda de cámara, con su tricornio, respetuosamente, bajo el brazo y la cuerda que ataba mis manos a la espalda, varias veces enrollada en ese brazo y sujeta firmemente con aquella mano, me ayudó a descender de la carreta, pude ver, de frente, la estatua de la mujer: Tenía la mirada vacía, quizás como yo misma. Su gesto era severo, aunque tranquilo, y si hubiera tenido pupilas en los ojos habría estado mirado un horizonte lejano, en el sur, quizás si en España, o más allá, pero era ciega. Su mano izquierda caía, tranquila, sobre el reposo para el brazo del trono que ocupaba. Vestía una túnica larga y calzaba sandalias, mientras su cabeza no estaba laureada sino tocada con un birrete frigio pintado de rojo. Sin ninguna duda esa estatua era sólo la cáscara de yeso, vacía por dentro, como yo. El verdugo me tomó del brazo y me ayudó a subir al cadalso, mientras yo miraba a la estatua. Casi al llegar arriba, distraída, en mi observación, tropecé en un peldaño y pisé al verdugo. Me disculpé con cortesía:- ¡Oh! perdone usted, fue involuntario -. Lo miré por primera vez, a la cara, con cierta atención. A pesar de su tamaño, su cara reflejaba casi la bondad de un niño y su mirada dulce me sorprendió. Dijo:- Il n'a pas d'importance, Madame.No obstante, una vez arriba del cadalso, sus gestos y movimientos son duros, tensos, y su gesto completamente rígido. Me empuja y me inclina, para recostarme contra el vientre en el tablado de la máquina. Cuando asegura el marco en torno a mi cuello y me quita la cofia que oculta el pelo recortado la certeza de sus movimientos, me aterra y me muestra una imagen contradictoria de este niño enorme, anciano, a cargo de la máquina de matar. Siento un golpe de sangre que me inunda el pecho de horror y percibo, por fin, que voy a morir. Veo el fondo del canasto dispuesto para recibir mi cabeza. No sé qué me hace estudiar el tejido de esa cesta, manchada de sangre seca. Veo su tramado circular, enlazado con el tejido cruzado de mimbre, con tal nitidez que pienso que quisiera ignorar que esa sangre seca puede ser la de Luis. Y después será la mía. Entonces se me ocurre que esa sangre cristalizada y esa nervadura tejida, que la sustenta, allá al fondo, son como la figura en un espejo de mi matriz profunda y desgarrada. Todo, incluso el borbotear de rumores de la gente, empuja la emoción hasta mi garganta, hasta nublar mis ojos. Me resisto y presto atención al trabajo del verdugo que ata mis piernas al tablado, para vencerla. El tiempo es eterno y lento. Cada segundo es inconmensurable, como si viviera la vida eterna en este momento infinito: ¿Cómo es la vida eterna? ¿Quedarán, por fin, en este castigo, purgadas todas mis faltas? Pero estoy en paz: ¿Entonces por qué este instante se hace eterno, como su fuera el único? Sin embargo esta eternidad, de este momento, es así: Metida en esta trama manchada de sangre cristalizada.
De pronto se hace el silencio. Algo, que no alcanzo a ver, ha sucedido, y concita la expectación general. Vislumbro, a mi derecha, difusa, la figura del verdugo y escucho alguna orden militar. Percibo un movimiento brusco de él, a mi lado, seguido de un ruido seco de madera, como si se cerrara bruscamente un cajón. El verdugo ha activado el cuchillo. Durante una eternidad el corazón me golpea el pecho con fuerza, mientras oigo un zumbido como si alguien pasara las uñas sobre madera. Aprieto los dientes con fuerza y la tensión de todo el cuerpo me resulta dolorosa y aunque no alcanza a pasar una fracción de segundo, siento el tiempo detenido, hasta que de repente me cae un golpe seco en la nuca y caigo en el fondo del canasto sobre la sangre seca de quienes fueran ajusticiados antes que yo. Oigo gritos de júbilo y me siento ahogada. Quiero respirar y no puedo. Siento en la frente y la mejilla, la textura de la nervadura del mimbre del canasto. Alguien me tira del pelo, con cierta dificultad, porque me lo han rapado demasiado y me levanta, jalándome del pelo y una mejilla. Veo, en medio de la desesperación de la asfixia, a la gente vociferando y gesticulando con manos y brazos, como si todos fueran un solo ser, como un gran manto que flameara agitado por el viento. Me arrastran de uno a otro lado de la tarima del cadalso, con una extraña liviandad. En algún momento, al exhibirme, alcanzo a ver allá, a un par de metros, mi cuerpo descabezado, aún atado a la plancha de madera del cadalso. Un hombre lo está desatando y percibo que todavía tiene algunas convulsiones suaves de las piernas y las manos, que, todavía, amarradas a la espalda parecen querer agarrar algo que no ven. El soldado que me sujeta y exhibe ante el populacho me lleva más allá y con tristeza pierdo de vista mi propio cuerpo. Siento una pena infinita, llena de sorpresa. El pecho, que ya no está conmigo, se me rebalsa de angustia. Quisiera aspirar aire por la boca pero es imposible y pienso, en medio de la confusión mía y de la euforia de quienes me gritan, que ya estoy muerta y me pregunto si esta será la forma de la eternidad, si ya estoy purgando mis pecados, si jamás veré a Luis, que quizás haya merecido la gloria de Dios y esté a su lado, mientras yo comienzo a purgar esta angustia para siempre. Quizás él esté junto a mis hijos muertos. Quiero llorar pero no puedo.
El hombre que me tiene en sus manos me lleva hacia la escalera del cadalso, ahí dos hombres bajan el canasto donde caí decapitada y lo arrojan en la carreta que me trajo desde la Conciergerie. Me acercan hasta ésta y veo mi propio cuerpo dentro del canasto, descabezado. Todavía agita con suavidad las manos, como si tratara, ciego, de asirse de algo, para no caer. El hombre que me tiene en sus manos me arroja, también, al cesto, donde caigo entre mis propias piernas, mirando al cielo brumoso. El carretero sube al pescante y azuza al percherón flaco que arrastra lentamente la carreta. Veo la espalda y la nuca del hombre. Ya no me angustia el ahogo. Alcanzo a ver mis muslos y rodillas, y acude a mi memoria un recuerdo tan antiguo: Soy una niña de muy pocos años. Juego en los jardines, no sé que jardines son, quizás los recuerdos los han modelado de una manera antojadiza, de modo que no los reconozco. Madame Brandeiss está sentada, vestida de blanco, en una silla a la sombra de un gran olmo. Corro y me abrazo a sus piernas. Descanso mi cabeza en su regazo y veo sus muslos y rodillas del mismo modo que las mías propias, ahora. Siento un sueño pesado. Ya los ojos no me obedecen. Me parece que se quieren ir hacia atrás, como si quisieran ver mi propio ser interior. Me opongo con las fuerzas que aún me quedan, mientras las imágenes de los frisos y techos de algunos edificios en la Rue Royale se desvanecen lentamente y la nuca del carretero baila y se esfuma. Sé que si me duermo ya no despertaré: ¡Jamás!
Kepa Uriberri



[1] ¡Ya todo está perdido!
[2] La Austríaca

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martes, 30 de noviembre de 2010

La perfecta novela por el maestro Kepa Uriberri

La perfecta novela

 


 

 












Una cosa va llevando a otra y se establece en el tablero del pensamiento lo que llamamos una divagación. Quizás los grandes inventos, las más locas ideas, nacen así. Cuando escribo ésto, o cualquier otra cosa, voy echando mano de ciertos recursos que ya manejo, que son como unas especies de piezas de relojería, que crean el texto, el argumento, las ideas, los conflictos y acuerdos, que en definitiva deberían (no lo sé) enganchar al lector. Y recuerdo, ahora, no con nitidez, porque quizás no fue una sino varias, las veces primeras en que ese raro concepto se me atravesó en el camino: "Recursos". Hubo recursos mineros, recursos de programación, estratégicos, recursos literarios y más. De pronto, pero no sé cuándo, el recurso fue mío: Comprendí que era sólo una entidad vacía, susceptible de ser llenada con una cosa, una idea, o lo que sea, deseable, útil. Yo voy coleccionando, en cada divagación, en cada conversación, en los viajes cortos o en los largos, en las discusiones, en las tertulias, en el metro, los restoranes, en conversaciones; voy coleccionando recursos literarios. Por ejemplo, me llega un mensaje a mi teléfono personal, ofreciendo participar en el sorteo de un auto nuevo. Ella, mi mujer, me dice: - Esos sorteos son una estafa.
- Sí -, digo y argumento: - por eso jamás compro números de loterías.
- ¡Ah, no, no! esos sí son serios. Yo he estado ahí varias veces, por trabajo, y he visto gente esperando para cobrar - asegura -. No sólo eso, la recepcionista me ha contado, por ejemplo: "Ese señor ganó tantos millones... Aquel otro acertó a un premio bien bueno..." y así. Así que me consta que esos sorteos sí son serios.
- Bueno - respondo -, esa es gente que trabaja para ellos, en el cargo de "espera por el premio". Están siempre ahí y hacen ese rol por un sueldo pequeño; así la gente cree que es verdad.
En ese momento me doy cuenta que este es un recurso literario y lo guardo en mi colección: El que trabaja de "esperador de premio" en una institución de sorteos de azar. Debe ser capaz de demostrar tranquila ansiedad, una cierta sonrisa perenne que se quiere disimular, ha de aparentar paciencia tranquila, en fin. Debe sonreír cuando se le llama, por un nombre ficticio, por supuesto, y así. Así son los recursos; al menos los literarios.
Así es la divagación. Como un campo fértil donde se siembra y cultiva los recursos del pensamiento y la creación. En mi caso, los recursos literarios. Uno de los momentos mejores para divagar, de mayor fertilidad, estoy seguro que para todos, es el momento del retrete. Un filósofo puede sentarse, por la mañana en su retrete y logra explicarse a Dios, o al menos se hace un buen modelo de Él, que después integra, en su oficina, a una nueva teoría de la creación. El creador literario piensa, también, mucho en Dios, por diversas razones: Es que uno es como un pariente pobre del filósofo. Quizás sea el que lanza, sentado de mañana en el retrete, las ideas bastas, sin pulir, sin embellecer en cuanto ideas, que después divaga el filósofo y las organiza en una teoría, en fin. También el creador literario es como un pequeño dios, en tanto crea universos que envasa en historias, novelas y cuentos, así como el Gran Dios los transcribe en esta materia de la que estamos hechos.
Sentado en el retrete, divagando, he caído en Dios y a través de esta idea divago sobre los ateos, no tan ateos, que no creen en Dios porque si hubiera un Dios no permitiría el mal, ni la desgracia, ni la tristeza y la miseria, tampoco la guerra y tanto más. Doy vueltas en torno de esta idea y me digo que si yo mismo fuera Dios, desde luego el universo no sería único: Habría tantos universos como obras haya escrito. Cuando escribo una novela, por ejemplo, creo conflictos. Creo personajes llenos de desgracias. El protagonista y el antagonista son contradictorios, llenos de pasiones; a veces de maldad y más. Hay ocasiones en que un personaje es tan vívidamente malo, perverso, que resulta magnífico. Ese personaje se gana todo mi amor de creador. No sólo eso, se gana el recuerdo y favor de los lectores. Si somos la obra de un Gran Creador, es natural que estemos llenos de miseria, de conflictos, sufrimientos, guerras, hambrunas y pestes. De no ser así, la creación de Dios sería un fiasco, un fracaso. ¿Qué editorial de los Dioses publicaría un universo donde todo fuera bondad y dulzura, felicidad y alegría?.
En cierta ocasión, aquí en mi retrete, decidí, divagando sobre un creador sólo bondadoso, del talante de lo que cualquier personaje creería que el Autor debe ser; decidí escribir una novela, extensa, intensa, maciza, donde todo fuera bueno; los personajes felices e iguales: Ninguno mejor o peor que otro, sino tan felices unos como otros. Todos ricos y agraciados. Sanos, rosados y rubios. Aquella novela carecía de antagonismos. Todos los personajes eran protagonistas, o ninguno lo era; pero antagonistas no había. Era un cosmos perfecto, donde todos se amaban y respetaban, nadie sospechaba del otro y tampoco las naciones de sus países vecinos. La economía no era global ni local, sino comunitaria y el mercado no era instrumento de abuso, sino por el contrario, ejemplo de justa competencia done siempre se empataba. Por supuesto no había, ahí, en esta novela, el concepto de deportes, o al menos de competencia en el deporte. No se concebía el campeón del mundo, o la reina de belleza, ni la mejor marca, porque todos eran tan bellos y poseían la marca más preciada e idéntica en todo. La gente no era ni más alta, ni muy baja sino precisamente de la estatura de los demás, de modo que no existía la envidia, ni tampoco el afán de prosperar y tener una mejor casa, un auto más rápido y moderno o poseer a una mujer mas bella o sensual, ya que todas eran iguales. Ésto habría sido una aberración cuya idea ni siquiera existía, ni en las más locas teorías, que eran por supuesto todas idénticas, sin ninguna posible preeminencia de una sobre otra. Así, pues, hombres y mujeres eran lo mismo e indistinguibles unos de otros: El sexo y el género eran sólo conceptos ideales que servían, apenas, de instrumento de felicidad y juego.
A qué seguir. Escribí esa mañana, sentado en mi retrete, en un poco rato, aunque sin llegar a traspasar, ni al papel ni al teclado, sino sólo en mi mente, una novela de más de dos mil seiscientas ochenta y tres páginas todas felices y perfectas, donde cada deseo de cada personaje bastaba con ser formulado para hacerse realidad, de manera que jamás hubiera, ahí, en esa obra literaria magna, frustración alguna y todo personaje fuera feliz como se merece al ser la creatura de un creador inmensamente bueno. Cuando después de tanto y tanto crear felicidad y perfección, concluí esta nueva y magnífica novela, me levanté del retrete entusiasmado, pensando que había escrito, al fin esa obra universal que había sido demasiado grande para Tolstoi, Dostoievsky, Thomas Mann, Chakespeare, Cervantes, Proust que fue rechazado tantas veces por los editores, Joyce, que casi lo logra con su Ulises, Kundera, García, Vargas, Fawlkner y sus ovejas convertidas en caimanes, Witold Gombrowickz que era enemigo de Bioy y Borges, estos dos amigos juntos o separados, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Sándor Márai, Bolaño y las de detectives, o José Malgrite, que se hacía llamar Iñaki Irizarri de pura vergüenza y pudor, y tantos otros más que no forman, tampoco, parte de la novela; y me propuse transcribirla de inmediato, en una tarea dura pero epifánica. Ya mientras metía la camisa dentro del pantalón, viéndome en el espejo, tuve una vaga y primera duda, que deseché con el breve argumento de una sonrisa. Al abrochar el cinturón, mi imagen, al frente, me mostro como un hombre vulgar cualquiera, que no conocía la felicidad pura y total y me interrogué entonces, casi como una broma: "¿Y si no la conoces, cómo crees haberla alcanzado para esas pobres creaturas atadas a tus personajes?". Pero de inmediato me respondí: "En el ámbito de esta perfecta novela, yo mismo, como absoluto creador, he creado una felicidad perfecta que lo es como ideal, en el ámbito de la novela. No tiene por qué serlo en el entorno de los seres que a mi me rodean" y recordé cuando al fin entendí lo que era un recurso. Para no alargar: Salí del baño con ciertas dudas vagas y poco importantes, que no quitaban, en absoluto, magnificencia a esta obra perfecta. Me senté ante el teclado y miré por el ventanal, a mi derecha, al parque donde ya se hace verde la primavera y aquel árbol humilde, de ramazones peladas, sin importancia ninguna, comienza al fin a llamarse jacarandá, cuando, azul, ya florece, y pensé que alguien había escrito, tal vez muchas veces, esta novela. Me dije que me la habían entregado antes para leerla y alguna vez me sentí obligado a hacerlo, quizás por apropiarme de unos pechos atractivos y tersos, o por cerrar algún negocio que después fue, como la misma novela, un fracaso, o enredado en los halagos que me ponían varios niveles por encima de mi pobre realidad. Entonces me pregunté: "¿Crees que alguien, o tú mismo, leería una novela perfecta, donde la perfección requiere de la tremenda monotonía de la eterna paridad?". En ese momento comprendí un poco más a Dios, amé algo más lo prosaico e imperfecto y decidí esperar, para pasar por el teclado la novela, a terminar, algún día, quizás, de leer el Ulises de James Joyce.
Kepa Uriberri
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domingo, 17 de octubre de 2010

Tiempos Modernos y Jack, Johnny y Hank en una Bolsa

TIEMPOS MODERNOS Y JACK, JOHNNY Y HANK EN UNA BOLSA


Sí, son tiempos modernos, pensaba mientras caminaba por las calles de un Bilbao bullicioso, gris, aburrido, y al parecer algo agobiado. Jack, Johnny y Hank me acompañaban metidos en una bolsa de plástico.

Había algo en las caras de la gente que te incitaba a pensar que hacía tiempo que no sonreían, pero son tiempos modernos, y los pajaritos cantan y las nubes se levantan porque cualquiera de ellos puede entrar a una tienda y comprarse unos vaqueros.

Yo paseaba desde hace rato con esa sensación de que gran parte de lo que veo se puede convertir en palabras, todavía conmocionado por el poema "¡Adelante!" que había leído de Hank y con ganas de empezar "Los Subterráneos" mientras Johnny sonaba a treinta y tres revoluciones en el salón de mi casa.

Camino entre ráfagas de cuerpos fascinado al comprobar lo capaces que son de mantener un ritmo con el piloto automático sin chocar entre ellos. Me acuerdo del segurata del Fnac y en sus ojos perfilados, me había dejado impactado ver a semejante masa de carne aburrida y encorvada gastando rímel, "¡Ni te me acerques sucia ladrona!" Le grita una señora muy mayor a una rumana que se le acercaba con una mano extendida y la otra escondida.

Entre los cuerpos auto dirigidos hay unos que buscan a otros, llevan un peto de colores y una carpeta y tienen peor cara que los otros, los demás les esquivan antes de que puedan recitar la primera frase de su causa que a veces la proclaman en bajito a un aire sordo. Un señor de aspecto desaliñado y enfermo que anda más perdido y errático que los demás se acerca a una chica con peto y ésta ni le mira, son malos tiempos para los Robin Hood modernos, son tiempos modernos y los pajaritos no cantan y las nubes no se levantan para un mendigo que está sentado muy próximo a los Robin del peto. Malos tiempos para él también en la era de la ayuda a distancia.

El ascensor del metro sube, abre sus puertas, escupe gente y antes de que vuelva a cerrar la boca nuevos esputos van hacia ella corriendo, tres chicos jóvenes y una señora de mediana edad con bolsas dejan a un señor que va en silla de ruedas fuera, la boca tarda en cerrarse pero los mocos se quedan bien pegados a su garganta infectándola de civismo y consideración modernos.

La bolsa de plástico comienza a moverse, noto los gritos y los improperios de Hank maldiciendo contra el universo y escupiendo al viento, la frenética prosa de Jack desmenuzándolo todo y el Boom Chicka Boom de Johnny transformando la atmósfera en algo más sencillo que se pueda solucionar con la espera en el porche meciéndote en tu silla y  bebiendo un vaso de bourbon.

Sigo mi camino saturado de gris y paso por una plaza donde el futuro juega porque así se lo ha indicado el pasado, ahí es la primera vez que veo sonrisas. Yo me dirijo a mi cueva con mi gente y como presente, no puedo hacer más que pedir papel y boli en la barra para apuntar todo esto y que no se borre de mi mente.
Acabo de descubrir que ni si quiera he echado un vistazo a las notas que escribí.

Será porque son tiempos modernos, y los pajarillos cantan y las nubes se levantan.


Asier Triguero es autor de las novelas Me quiero ir e Hijos del amanecer.


Editamos, Publicamos y Vendemos tu Libro.







Muerte en un bar

Muerte en un bar

Ya no lo recuerdo bien, o nunca lo supe del todo, quizás; o es muy probable que no me importara en ese momento, para nada. Asumo entonces que fue el martes o el miércoles. Mi mamá había dejado, providencialmente, su cartera sobre el silloncito de la entrada, con la boca abierta. Me recordó esos sapos de fierro enormes, que hay a veces en las ferias, a los que hay que encajarle tres fichas seguidas y te dan una botella de vino ordinario. Creo, por lo demás, que la vi como un sapo enorme, de cuero color carmín oscuro y deprimido. Metí la mano en su boca y comencé a sacar: Las llaves de su auto, cosméticos diversos, un lápiz labial. Lo abrí, el color era extraño y bello. Raro en ella, que usaba sólo maquillaje de vieja. Saqué pañuelos, más llaves, un lápiz de ojos negro, una libreta, el teléfono personal, la billetera.
Salí de la casa con las llaves del auto, el lápiz labial, el de ojos y la billetera. El sapo de cuero saltó con tristeza o ansiedad detrás de mi y cayó inerte al suelo con un sonido seco, metálico, embolsado. Mi mamá salió del baño, al oír el ruido, y me gritó: "¡Oye! ¡Oye! ¿A donde vas?". Sabía que no tenía que apresurarme. "Tranquila" me dije. "Ándate como si nada". Mientras cerraba la puerta dije, sin apremio: "Vuelvo..." Me subí a su auto mientras, imagino, iba, sospechosa, a ver que había caído y qué había hecho yo. Siempre andaba sospechando de mi y a la falta más pequeña: estupideces como quemar una rebanada de pan, o dejar un plato sucio debajo de mi propia cama; me gritaba insultos atroces: "¡Inmunda!", "¿Quién te enseñó a vivir así? ¿Por qué no te vas de una buena vez?: ¡Puta! ¡Puta!". La imaginé, mientras me llevaba el auto, gritando enfurecida cuando viera que la había dejado sin un cobre: "¡Ladrona! ¡Ratera! Ojalá te pudras: ¡Puta de mierda!". No sé por qué me decía puta o mujerzuela, por cualquier cosa. Pero ya no me importaba. Al llegar a la avenida principal, sin ningún motivo, o sí: porque había cagado a la mamá, porque había tomado una pequeña venganza, me bajó un ataque de risa y bajé acelerando el auto hasta la plaza Italia, riendo sin parar y sin parar. Las luces de colores eran como ojos sorprendidos que me vieron pasar airosa, feliz.
En el barrio Bellavista, en el conventillo del "Mocogordo" (Creo que le decían así porque en invierno, con el frío intenso, siempre le colgaba un moco grueso y acuoso, que sorbía rebelde. Una vez, con mucho asco, le dije: "¿Por qué no te sonái?". Me lanzó una mirada terrible y me dijo: "¿Venís a dar consejos, pendeja, o a comprar?"), cambié el efectivo por dos raciones y por las tarjetas plásticas me dio dos más, porque no me sabía las claves, pero estaba el carnet de identidad de la vieja.
No estoy segura, pero creo que dejé por ahí el auto, o a la orilla del cerro. Pero, el más cercano era el Pub del Yac, donde me metí directo al baño. Cuando salí ya estaba tranquila. Otra vez era yo misma. En las mesas de siempre estaban esos amigos con los que compartía. El Martín con su boina y su bufanda árabe, me miró con esa sonrisa irónica de siempre y meneó la cabeza en ese gesto que parecía decir: "¡Sí, nena! Lo comprendo todo, con sólo mirarte!". Le encantaban esas formas de expresarse siúticas, como de fotonovelas. Esas que eran más antiguas que las teleseries. A mi me gustaba, también, ese juego. Sentía como que me burbujeaba el pecho y me excitaba. Era como si me transformara en la Mariné de la historia. Nadie me pregunte quién era la Mariné. Tampoco se lo pregunten a él. No lo sabíamos. Yo era ella, tal vez inventada por nosotros mismos, entre risas y juegos, y Martín era Tiznerre, el pintor bohemio. Ni siquiera sé si existe un pintor con ese nombre. Al principio yo le decía Gogán y Vangó, también Heminguay. Pero finalmente tomó la personalidad de Tiznerre, que le daba más libertad al juego.
- ¡Hola Tiznerre! De qué viene hoy el texto.
- ¡Nada! Sólo sufro un poco, para poder pintar esta madrugada.
Eran conversaciones idiotas y falsas, que me producían una alegría infinita. A veces pienso que me sentía proyectada en un telón de un cine enorme. Los colores intensamente amarillentos, teñidos por la luz de las velas y las pocas ampolletas ocultas, que jamás iluminaban directamente daban a la escena ese ambiente íntimo, de penumbra cálida. Al frente mío estaba ese amigo de Tiznerre que a veces lloraba recitando largos monólogos y poesías. Ese día canturreaba algo de un circo y una trapecista y me miraba con ojos húmedos. A veces tenía algo lindo y me reía con él. Me miró entrecerrando los ojos y dijo cosas que me alegraron. Me sentí en el centro del telón mientras me vestía de trapecista, paloma loca, sin alas, que el cielo quería tocar. Parece que era de un tango de Gardel o de un corrido mexicano, quizás. Sólo recuerdo que se sentó a mi lado en algún momento y no podía dejar de prestarle atención. Tiznerre se enojó conmigo. Me dijo:
- Desde cuando eres una artista del trapecio - y sus ojos eran como lucecitas de colores que quemaban. Entonces supe que no. Pero Martín ya estaba ofuscado, así es que le respondí:
- Si quieres soy tu modelo ahora mismo Vin -. Le dije Vin porque a veces también lo hacía. Creo que es el diminutivo del nombre de algún pintor excéntrico.
- No sería preciso; ni aunque te atrevieras.
Sentí que esa respuesta era un desafío y me excitó más que si lo hubiera hecho ahí mismo. Se me borran los recuerdos. Tengo alguna imagen de haber ido, después de eso, al baño. Creo que me estimulé y jalé. Creo ver la imagen de Tiznerre y del poeta, ambos muy cerca, ambos queriendo besarme y disputando por mi. Al fin era alguien ese día. Era de cine, era de aquellas novelas a las que jugábamos con Martín, y yo era la estrella. No sé cuánto jalé, pero sé que por seguir el desafío de Tiznerre (¿Era este su apellido verdadero? Nunca me importó) me desnudé. Una vez pilucha me senté sobre la mesa, en ese rincón del Pub de Yac, en Bellavista y todo me palpitaba. Todo el público del cine murmuraba al ver la escena y algunos opinaron en voz alta. Estaba eufórica, feliz.
- Aquí estoy Tulús (algunos también le decían así y a veces hacía ese papel). ¡Píntame ahora! le dije.
Alguien se acercó con escándalo y discreción. Era una mujer con delantal negro y líneas blancas fosforescentes. Tenía el pelo de color calipso y una boca enorme pintada de un tono precioso que no logro recordar, pero sí recuerdo que sus labios eran gruesos y muy sensuales. Unos dientes muy blancos, quizás también fosforescentes, no sé, reían siempre, pero con preocupación.
- Estás en pelota - me dijo - eso no puede ser, no está permitido.
- ¿Y entonces cómo lo hice pa empilucharme? - le respondí riendo. Tengo una vaga impresión de haberle dicho que era bellísima. En verdad que lo era. Pero todo se ponía borroso a ratos, como si las cosas sólo fueran fogonazos de luces de colores que las hacían engordar. Martín se había convertido en un hombre chiquitito, en su sillita, pero tenía una cabezota gorda, gorda, enorme y las mejillas rojas luminosas me parecían esas bolas de navidad que se cuelgan en los árboles. Me reí de él y le dije que de viejo de pascuas se veía ridículo. Me miró sin comprender y le hizo algún gesto al poeta, que podía significar que estaba volada. El poeta lloraba, pero su boca crecía y la mueca era de risa: "Palomita voladora" creo que repetía, "¿donde dejaste tus tristes alas?". Todo esto me produjo una alegría extrema, aunque de repente todo quedó silencioso y de color verde luminoso. Sólo la mujer sensual de pelo calipso estaba al lado mío y trataba de ponerme mi ropa, siempre sonriendo. Intentaba ponerme los calzones, pero yo me excitaba y me reía, recogiendo las piernas. Por fin, parece que lo logró. Le dije:
- Eres tan bella. Contigo no me importaría ser lesbiana -. Tal vez me besó en la boca o así lo quise, sin embargo todo eso está borroso. Podría ser falso, aunque poco importa.
No sé si pasó mucho tiempo, o quizás todo lo soñé; ya no puedo decir nada; de nada estoy segura. Se que en algún momento me desperté porque el universo tremolaba. Temblaba con una fuerza inusitada, pero era extraño, porque abrí los ojos y todos estaban sentados, tranquilos, alrededor de la mesa y no percibían el tremolar. Era como si hubiera un terremoto cuyo epicentro estaba en mi pecho y me presionaba hacia la cabeza por dentro donde las ondas sísmicas se llenaban de ruido sordo, que seguía el ritmo de la conversación de la mesa. A medida que el terremoto crecía, algo se me hinchaba en el interior del pecho, quizás intentando detener, de manera dolorosísima, el tremor. El escenario de la película, que se me imaginaba Casablanca ("Boggie para los amigos" decía Martín cuando tenía que representarlo), se había tornado verde esmeralda y ondulaba a mi alrededor. Al ondular, el techo verde, me oprimía el pecho verde, como una prensa verde que me producía un dolor verde, tan intenso que mi grito verde no salía jamás de mi garganta verde. Entonces agarré de una manga al poeta y le zamarreé el brazo, hasta que me miró. Le dije:
- Neruda; la pajarita se cayó de su trapecio.
Alcancé a ver su sorpresa. No era de esas sorpresas de lo inesperado, que se reciben abriendo muchísimo los ojos y la mandíbula cae, dejando una enorme boca inerme abierta, sino de aquellas sorpresas que se avienen de lo esperado, que al fin sucede, aunque nadie lo desea y todos quisieran que jamás ocurriera, pero se sabe que tarde o temprano sucederá. Era de esas sorpresas de ojos y bocas enormes, pero controlados. La boca no se abre porque la mandíbula cae, sino porque pronuncia, a veces en silencio, la interjección: "¡Oh!". Después no recuerdo nada. Durante un tiempo infinito todo está oscuro y plano. No hubo mas colores, ni más tremolar, el terremoto se detuvo, el aplastante dolor del pecho se detuvo, la cabeza llena de pensamientos palpitantes se detuvo y Casablanca se fue en negro.
Después de infinitas horas, o pocos minutos, no podría decirlo, porque perdí la noción de la medida del tiempo, desperté o recuperé la conciencia, o no sé bien qué. Había una mujer ahí tendida, sobre el asiento de tres sillas, con la piel amarilla verdosa; no sé si sería un efecto de las luces, aunque tal vez no, porque habían encendido ciertas lámparas que borraban la penumbra permanente del pub. El público se había ido. En nuestra mesa sólo estaba Tiznerre, el poeta y la mujer del delantal y el pelo calipso. Los otros se habían ido. Todos miraban a esa mujer amarilla, tendida ahí y cuchicheaban. Yo no la reconocí. No había estado con nosotros antes. Pregunté:
- ¿Quién es?
Pero no me respondieron.
Insistí. Tomé del brazo a la lesbiana de pelo calipso y la interrogué con urgencia:
- ¿Quién es? ¿Qué le pasó? - sentía una compulsión extraña por saber quien era esa mujer y me invadió una angustia feroz. Pero no me respondió. Parecía que no me había escuchado. Quizás, pensé, me tiene temor porque le dije que por ella sería lesbiana. ¿Creería que la podía pervertir?. Bueno: Lo habría hecho, creo. La mujer de las sillas tenía los ojos muy abiertos y hundidos en el rostro cetrino, como ceniciento y una especie de sonrisa irónica, ligeramente idiota, le daba un aspecto como de cine de horror. Tenía la ropa toda desordenada. La camiseta que llevaba encima estaba al revés, el estampado de la espalda se veía absurdo sobre el pecho e imaginé que estaba, como en esas películas de terror, boca abajo pero con la cabeza girada en media vuelta. La nariz era extremadamente delgada y picuda. Me acerqué a Martín para preguntar. Hablaba en voz baja con el poeta. Decía:
- ¡Qué mujer más loca! Quién sabe cuanto había jalado...
- Seguro que se le reventó la cuchara...
- Qué muerte más horrorosa. ¡Te das cuenta, que se te agita tanto el corazón, que te estalla!
- ¿Qué? - pregunté - ¿Está muerta? - pero ninguno me respondió. Ni siquiera me miraron. Me incliné sobre la mujer y la vi parecida a mi, quizás como si fuera una hermana. Eso me sobresaltó y me produjo una pena profunda, aunque sabía que no la conocía. No sé por qué quise llorar, pero a la vez sentí una rara desesperación: ¡Tenía que saber! Le pregunté al poeta: - ¿Quién mierdas es? - sentía una urgencia infinita, pero nadie me tomaba en cuenta, el poeta tampoco.
Después de un rato llegó una médica, con dos enfermeros, que la examinaron. La médica casi apenas la miró y meneó la cabeza, apretando los labios. Martín se encogió de hombros. El poeta hizo unos ruiditos guturales con la garganta y estiró, de manera rara, dos veces la cara. Me hubiera reído de su tic si no hubiera resultado insolente con la muerta.
- Bueno Martín -, dijo el poeta, codeándole un brazo y señalando la puerta con un gesto de los ojos - nosotros no tenemos nada más que hacer aquí.
Uno de los paramédicos advirtió el gesto y le pasó el soplo a la doctora. La mujer consultó con la del pelo calipso:
- ¿Andaba con ellos?
Abrió mucho los ojos y sonrió tontamente levantando los hombros. Sin dudas que era muy bella. Me atraía de alguna forma y recordé qué agradable fue cuando me vestía. La doctora atajó al poeta y a Tiznerre:
- La joven andaba con ustedes - dijo más en tono de confirmación que de pregunta.
Martín abrió los ojos y sonrió como si fuera un niño. Dijo:
- Al menos no lo creo - le encantaba hablar con esa forma de ambigüedad.
-¿Sí o no? - dijo la doctora mirando fijo, con la mirada de las mujeres que han reivindicado su posición frente al macho. Su desafío me encantó, y no sé por qué imaginé que estaba deteniendo una traición de esos machos que huían abandonando a la mujer desvalida, que no podía hablar por sí misma.
El poeta, con su encanto y el manejo de emociones que dominaba bien, dijo taxativo:
- ¡Jamás! Si hubiera estado conmigo nunca habría permitido que esto sucediera - y miró entrecerrando los ojos, a la vez que fruncía el ceño en ese gesto que quería traspasar con la mirada a la otra y que yo encontré tonto, pero lindo.
- Bueno - dijo la doctora sonriendo. Yo creo que la muy idiota había caído subyugada por el poeta. Sólo faltaba que la subiera al trapecio -. Porque si hubiera estado con ustedes, tendrían que quedarse a declarar con la policía.
- ¡Jamás! - reiteró el poeta, no sólo con la interjección, sino con todo el gesto y como el efecto fue el esperado, se fueron de ahí. Yo me iba a quedar, pero me di cuenta que estaba sola y salí detrás de ellos; pero en los quince segundos que me demoré, ya habían desaparecido.
Como una tonta me fui caminando hasta mi casa. Había gastado toda la plata de mi mamá en los paquetitos de droga y no me quedaba ni un cobre. Pensaba en la muerta, que me producía alguna extraña congoja, que no acertaba a explicar, mientras caminaba. No podía rechazarla de mi pensamiento, donde no cabía nada más. En ningún momento recordé que había llegado en auto. Tampoco tenía las llaves, que mucho después, cuando apareció, cerca del cerro, encontraron colgadas de la chapa. Quizás por eso no lo recordé. Tampoco me cansé de caminar tanto, o no sé si lo hice. De pronto, sin saber cómo, estaba entrando en mi casa. Amanecía con colores de plata fría, en ese momento. Al alzar la vista a la cordillera, para ver las luces de la aurora, sentí que estaba llorando, sin saber por qué, pero no podía evitar la angustia. Me tiré en mi cama y lloré, lloré por mi, lloré por la mujer que dejé en el Pub de Yac y no sabía por qué lloraba por ella. Me acongojaba su nariz filuda, sus ojos hundidos y el color amarillo ceniciento de su cara y por eso lloraba. El recuerdo de esa sonrisa tensa, enorme, irónica; me conmovía
Cuando mi mamá entró al dormitorio yo aún lloraba, pero a ella no le importó. Miró a mi cama, hizo un gesto de molestia y salió. Pensé que me iba a gritar como siempre, que me iba a insultar, que diría que ya no me soportaba. Esperé que me dijera puta y mujerzuela y que me pidiera las llaves del auto, pero no lo hizo. Recién entonces recordé que el auto había quedado junto al cerro y que me había vuelto a pie. Que me ignorara me dolió más que si me hubiera gritado como siempre. Como un impulso por desquitarme le grité que su auto estaba en el cerro:
- ¡Tu auto se me quedó allá en el cerro y se me perdieron las llaves!
No respondió.
- ¡Acaso querís; vieja estúpida! - le dije entonces con despecho. La oí salir y entrar. Algo murmuraba y me pareció que estaba exasperada.
Oí sonar el teléfono. Ella contestó. Después que intercambió algunas frases su voz se alarmó. Hacía preguntas cuyas respuestas no parecía esperar: "¿Pero como?... ¿Donde?... Sí pero ¿donde está? ... No entiendo: ¿Qué pasó?... No puede ser". La sentí tan alarmada y descontrolada, que salí de mi dormitorio a escuchar qué pasaba. De algún modo sentí esa sensación como si se me pararan todos los pelos del cuerpo, como si lo que hablaban se tratara de mi. Pregunté:
- ¿Quién es?... ¿Qué pasa?... - pero me ignoró. Esperé que terminara de hablar y volví a preguntar -: ¿Qué pasó? -. Sólo se cubrió la cara con las manos y creo que sollozaba. Se sentó en el silloncito junto al teléfono sin decir nada, con la cara escondida en las manos.
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Dime!: ¿Qué sucede? - pero fue inútil. No dijo nada. Sin embargo sospechaba que se trataba de mi. Le grité -: ¡Dime mierda! ¡¿Que chuchas pasa?! - pero fue como si no me oyera. Salí de la casa y vagué por las calles sin ningún rumbo. Ofuscada porque ella me ignoraba, pero a la vez agobiada por una sensación de alarma y de congoja inexplicable. Sentía que algo pasaba, que se refería a mi y que ella me escondía. No sé por qué, porque era absurdo, estaba segura que se relacionaba con la mujer que había quedado tirada sobre las sillas del Yac, y a la vez conmigo. Cuando volví creí que estaba cansada, pero no. No era cansancio sino agobio. Estaba agobiada por algo que no lograba descubrir, por algo que sucedía conmigo, que me llenaba de angustia y que no podía explicar. Algo era diferente y no sabía qué. ¿Por qué busqué a la mamá, si nunca lo hago?. No importa. No estaba. Me senté a esperarla. ¿Por qué lo hice? No lo sé. Nunca la esperaba, nunca me importó qué hacía o donde iba. Mi mamá era esa persona que estaba ahí. Era mi más vecina, por decirlo de algún modo. El resto del mundo era mi vida, mi diversión, mi sufrimiento, mi búsqueda, mi frustración, mis anhelos y eso. ¡Nada más! Pero, mientras esperaba, mientras nunca llegaba, sin explicación, mientras era más y más necesario que estuviera, para saber, para que me dijera, pensé que ella era lo único que tenía. Era el único ser verdaderamente cercano. Sus gritos me eran necesarios. Sus insultos eran una protesta desesperada porque no me daba cuenta que ella era mi más cercana, o la única que estaba siempre ahí. Era quizás, el final de todo, mi refugio. La solución de mi mundo, pero yo no lo entendía y ella no lo sabía explicar. Por eso me gritaba puta y mujerzuela. Eran gritos desesperados, necesarios, que yo no oía. Pero era el puerto. Era el final del día y del camino. ¿Y donde estaba ahora? y ¿Por qué no estaba, si siempre estaba? ¿Por qué justo ahora no estaba, cuando no sabía qué había pasado?
No sé cuantas horas esperé, con la vista fija en la puerta de calle. No me explico cómo lo logré. Estuve ahí sin distraerme un solo segundo, esperando el sonido de esa puerta, esperando que se abriera y apareciera ella. Esperando su explicación. Por fin, ya de noche, apareció. Tenía la cara demacrada y creo que había llorado. Fue extraño. La había visto explotar, gritar, desesperarse y expresar tantas otras emociones, pero nunca la había visto llorar, jamás la había visto así. Creía que no era capaz de tener pena y ahora había estado llorando, sin duda. Entró, no obstante, sin decir nada, sin mirarme siquiera. Sólo me dejó caer su cartera, esa misma de la que le había robado todo, ayer, sobre la falda. La seguí hasta su dormitorio. Se había dejado caer ahí a oscuras y lloraba en silencio, mirando el techo. Me asusté. Le pregunté:
- ¿Mamita: Qué pasa? - pero siguió con la mirada perdida en el techo, sin decir nada. Me recosté junto a ella y también lloré. Después de mucho, quizás había dormitado un poco, se levantó y llamó por teléfono. No saludó. Sólo dijo, cuando le contestaron:
- Tu hija está muerta - su voz era fría y dura, a pesar que controló un sollozo que se le quería escapar.
- ...
- Una sobredosis de drogas...
- ...
- En la morgue. Tú tienes que retirarla.
- ...
- No. Yo no puedo. Me había robado el auto y los documentos. Yo no puedo hacerlo.
- ...
- Bueno... Me pasas a buscar y vamos juntos. También era tu hija ¿o no?
Yo estaba helada. La sorpresa me paralizó. ¿Qué estaba diciendo mi mamá al teléfono? ¿Acaso hablaba de mí? Si yo no estaba muerta.
- ¡Mamá! No estoy muerta. Esa mujer no era yo. Yo estoy viva aquí. ¡Mírame. Por favor!.
Terminó de hablar, sin escucharme. Se metió en su dormitorio y se encerró ahí.  No quiso escucharme.
Recién entonces pensé, por primera vez, en mi propia muerte. ¿Cómo podía ser que estuviera muerta? Si yo estoy aquí, viva. ¿Acaso creen que yo soy esa mujer amarilla que estaba en las sillas del Pub? ¡No! ¡Esa no era yo!. Recordé, ahora, su cara amarilla y esa mueca de horror, con los ojos abiertos enormes y hundidos y la boca abierta con esa especie de sonrisa atroz. La había encontrado parecida a mí, como si hubiera sido una hermana, pero no era yo. Yo estaba ahí mirándola, no era yo. Yo me fui de ahí por mis medios. ¡Si hubiera sido yo, me habría dado cuenta! ¿Cómo podría estar aquí, si así fuera?. Me fui a mi dormitorio, encendí la luz y me miré al espejo: Estaba ahí. Era yo. Giré a un lado y al otro. Yo estaba aquí y ahí mi imagen, ¿cómo podría estar muerta? De repente me miré la camiseta que llevaba puesta y me di cuenta que era igual a la de aquella horrible mujer amarilla. También la tenía puesta al revés, como ella, con el estampado de la espalda hacia el frente. Sentí un escalofrío. De inmediato me di vuelta la camiseta y negué: ¡No! Es una broma de Martín, o no sé: Del poeta. Pero yo no estoy muerta. Me di cuenta, en ese instante, que en el último minuto había pensado en la palabra "yo" una docena de veces. Sabía de memoria que la gente hacía eso sólo cuando se encierra en sí misma. Es un indicio de la negación de la realidad y una confirmación de una misma, que se empecina en lo único que cree fiable. "¡Estoy muerta!" dije en voz alta, con horror, pero no me escuché. De inmediato rectifiqué: "Imposible: ¿Cómo puedo pensar en que estoy muerta si estoy muerta?".
Al día siguiente, ese hombre pasó a buscar a mi mamá. Era mi padre, pero no lo conocía. De inmediato lo odié.
- ¿Por qué está aquí? - le pregunté a mi mamá, pero no me respondió.
Salieron juntos y los seguí. Llegamos, en silencio siempre, a la avenida La Paz. Entramos en esa casona, a ese absurdo estar. Después de algún rato, a través de una ventana nos mostraron, desnuda y rapada, a la mujer amarilla, con esa mueca de dolor atroz, con los ojos abiertos y hundidos. Mi mamá hizo un gesto y quitó la vista. Ese hombre afirmó con la cabeza. Entonces se la llevaron: Era yo. ¿Era yo?. Ese hombre me había reconocido. ¿Era, acaso, mi padre? Yo sentía una profunda pena, inexplicable. No podía ser esa mujer tiesa y amarilla, con esa mueca de sufrimiento atroz, por mucho que era igual a mí misma, sin embargo sentía esa pena enorme por ella, por mi, por mi muerte imposible. De repente, inexplicablemente pensé: ¿Y ahora: Qué voy a hacer?
Los seguí de un trámite a otro, de un lugar a otro. De un permiso en otro. Mi padre, si es que lo era, me compró un ataúd, si es que yo era aquella muerta. Esa tarde me entregaron dentro de él, desnuda, sellada y arropada de rasos blancos que sólo dejaban ver el óvalo de la cara rígida. Me habían cerrado los ojos, pero el gesto de la boca seguía ahí. Mi mamá dijo:
- Prefiero que le sellen también la cara -. Yo quería decir que no. Que me dejaran así para verme. Me era necesario. Además sentía que si me cerraban me asfixiaría. Quería abrazarme a mi misma, aunque no fuera yo, aunque yo no fuera aquella mujer color cenizas amarillas, de algún modo, quizás morboso, quería seguir viéndome siempre, hasta darme cuenta que yo estaba ahí, muerta. Aun cuando no sabía cómo estar muerta y aun cuando todavía me sentía viva. Entonces volví a sentir rencor por mi madre
Sellada, me llevaron en un furgón negro, conducida por dos hombres de gris, inexpresivos, silenciosos, hasta la iglesia cercana a mi casa, a la que jamás había entrado.  Me pusieron como si yo y mi ataúd fuéramos un altar, en medio de una piececita rodeada de sillas de color negro y se fueron. Quedé sola conmigo misma o con una mujer de color amarillo verdoso, dentro de una caja de palo, convertida en cosa, porque yo estaba aquí, al lado, acongojada, ignorada y viva; aunque nadie me viera. Mi padre y mi madre llegaron después e inspeccionaron la caja. Mi madre se aseguró que no fuera posible abrirla. La congoja que sentía se transformó en rabia. Sentía rabia de su vergüenza, que no quería que me vieran cómo había sufrido para morir. No me importaba si era o no cierto, pero ella no lo sabía: Sólo lo negaba y ocultaba mi sufrimiento posible, con absurdo pudor. Para vengarme le canté en voz alta:
Adiós mamá, reza por mí(*)
sé que fui una oveja negra para ti
y que por eso me morí
Mucha droga y mucho alcohol
era la vida para mi
pero piensa sin embargo
que nunca estuviste aquí
Adiós mamá es difícil morir
si es que te avergüenzas así
pero ahora que no estoy
por fin podrás ser feliz
Pero nadie me escuchaba, aunque gritara. La mamá sólo se estremeció de repente. Dijo:
- No sé por qué sentí tanto frío - y comenzó a llorar. Ese hombre, tal vez mi padre, hizo amago de abrazarla, quizás para consolarla, pero se retuvo. Sólo meneó la cabeza. Después de un rato salieron. Al cerrar la puerta él miró, por última vez el ataúd y me pareció que tenía un gesto resignado. Muy virilmente dijo:
- ¡Qué huevada! - y se fue. No lo volví a ver más. Tampoco yo me volví a separar de mi.
Al día siguiente me hicieron una misa casi solitaria, los mismos hombres grises y silenciosos me llevaron en esa carroza negra y moderna, despacito hasta el cementerio. En una sala absurda se reunió esa gente con caras circunstanciales que no conocía, todos en silencio. Después de un rato todos se miraron, miraron a mi mamá y lentamente comenzaron a irse después de besarla con compunción. Finalmente, otra vez, me quedé sola conmigo, metida en esa caja de palo. Vinieron unos hombres, que cerraron todo, me arrastraron hasta una sala de trabajo y ahí hicieron saltar los sellos del ataúd. Me sacaron, desnuda, sobre el raso blanco. Recordé cuando la gente celebraba triunfos deportivos en la Plaza Italia y subían a alguien a una bandera y lo lanzaban al aire, luego lo recogían y volvían a lanzarlo con jolgorio. Así me sacaron. Me subieron en un latón grande y me metieron a un horno. Entré conmigo en él. Vi cómo se encendía y como se achicharraba mi carne amarilla, mis huesos que no conocía y la humedad que escapó de mí, convertida en un vapor oloroso, "agradable a Dios", como dice la Biblia. Mientras tiritaba de horror me convertí en cenizas. Ya no era yo, ni era esa mujer que se me parecía.
De a poco fui perdiendo el interés y los sentimientos. Ya no se amar ni tener rencor. Nunca disfruté del color de la primavera o de los atardeceres tibios. Creo que jamás deseé o me desearon con lujuria. A veces quise pensar como habría sido y no lo logré. Finalmente me refugié en un viejo reloj de pared que ya no funciona, porque ahí se detiene el tiempo, y a veces, sólo a veces, por ver si me recuerdan, muevo sus manecillas en sentido inverso: De nada sirve.


Kepa Uriberri
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(*) Ver Seasons in the sun de Terry Jacks






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domingo, 5 de septiembre de 2010

Libros que matan.

 "...es posible que todo forme parte de un mismo trauma personal, originado ya en su infancia, que le llevó a ver en sus semejantes la causa de su sufrimiento y en la lectura una fuente de inspiración y autoestima para su alma atormentada. Lo dijo él mismo en cierta ocasión: «Yo tomo cuanto necesito de los libros»"


 
Libros que matan
Juan Francisco Fuentes
Catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense.
 
 
No puedo recordar a Hitler sin libros. Los libros eran su mundo», así lo afirmó un amigo de juventud del fundador del Tercer Reich alemán. En la tipología de los dictadores, no es infrecuente el caso de aquellos que dedicaron a la lectura una buena parte de su tiempo, que buscaron en los libros aliento o consuelo, e incluso que se mostraron hacia ellos mucho más humanos que hacia los pueblos que padecieron su tiranía. Stalin, por ejemplo, que dejó a su muerte una biblioteca de veinte mil volúmenes, fue, como Hitler, un lector compulsivo, capaz de leer hasta quinientas páginas al día. El dato resulta particularmente asombroso, porque cuesta creer que alguien haya podido leer tanto y matar tanto al mismo tiempo. Hitler y Stalin pertenecían sin duda a esa especie, no tan rara, de dictadores que amaban los libros y odiaban a los hombres. En el caso del Führer, que añadía a ello su amor a los animales y sus arraigadas convicciones vegetarianas, es posible que todo forme parte de un mismo trauma personal, originado ya en su infancia, que le llevó a ver en sus semejantes la causa de su sufrimiento y en la lectura una fuente de inspiración y autoestima para su alma atormentada. Lo dijo él mismo en cierta ocasión: «Yo tomo cuanto necesito de los libros».
Si es cierto que somos lo que leemos, nada mejor para conocer la personalidad de Hitler que saber cuáles fueron los libros que le llevaron a ser quien fue. Tal es la pregunta que ha impulsado al historiador norteamericano Timothy W. Ryback a escribir esta sugerente obra, en la que nos ofrece un inventario parcial de la biblioteca del Gran Dictador y un estudio muy detallado de sus lecturas y de la influencia que pudieran haber tenido en su personalidad. En cuanto a la magnitud de la biblioteca de Hitler, Ryback parece dar por buena la estimación de 16.300 volúmenes realizada en 1942 por el corresponsal de United Press en Berlín, Frederick Oeschner, una cifra que representaría un incremento sustancial respecto a los seis mil ejemplares en que una redactora de The New Yorker cuantificaba en 1935 su «magnífica biblioteca». Aunque un buen número de esos diez mil ejemplares incorporados entre 1935 y 1942 serían regalos recibidos por el Führer como prueba de afecto de sus admiradores, todo indica que su colección fue creciendo en paralelo a su poder, como si la cantidad y la naturaleza de los libros determinaran el cumplimiento de su sueño exterminador. Y, en efecto, pese a ser finalmente una biblioteca de aluvión, con muchas obras que llegaron a ella por puro azar, un inventario de su contenido recogido por Ryback en el apéndice de su libro muestra la coherencia de los grandes bloques temáticos que la componían y su estrecha relación con las aficiones intelectuales de su dueño.
Destacan, sobre todo, los siete mil volúmenes dedicados a historia militar y, en particular, a las campañas napoleónicas y a la vida de los principales reyes y generales alemanes. Un segundo bloque de unos mil quinientos ejemplares lo forman las obras consagradas a las bellas artes, desde la arquitectura hasta la pintura, con una significativa incursión en el mundo de la pornografía con pretensiones más o menos artísticas y algunas obras sobre las vanguardias del período de entreguerras que conservan en los márgenes comentarios despectivos de puño y letra de Hitler. El tercer bloque, según este inventario, lo constituyen los libros sobre astrología, espiritismo, ciencias ocultas y nutrición. Tan sólo este último apartado cuenta con cerca de un millar de títulos, muchos de ellos con un fuerte carácter militante en defensa del vegetarianismo. De tal tenor es uno de los numerosos comentarios al margen, en el que Hitler dejó para la posteridad esta profunda reflexión sobre tan importante materia: «Las vacas se hicieron para dar leche; los bueyes, para arrastrar cargas». No deja de ser curioso ese sentimiento compasivo que los animales despertaban en él y del que se encuentran tantas pruebas en los marginalia de su biblioteca. Hay unos cuatrocientos libros sobre religiones, mezclados de nuevo con abundante pornografía, y en torno a un millar de novelas populares –policíacas, románticas y de aventuras–, cuidadosamente forradas para ocultar su contenido. Finalmente, entre las obras «científicas» figuran algunos tratados de sociología de inspiración nacionalsocialista y un estudio sobre la morfología de las manos como fuente de conocimiento de la personalidad humana, una pseudociencia a la que al parecer era muy aficionado. En este apartado de obras prácticas podría incluirse la titulada El arte de convertirse en orador en pocas horas, reveladora de la idea que tenía Hitler de su propia formación, como un proceso acelerado que debía subsanar, a la mayor brevedad posible, sus inmensas carencias intelectuales y hacer de él un agitador profesional. De su «despoblada vida espiritual», como la llama Ryback, da fe asimismo uno de los ochenta libros que tuvieron el raro privilegio de acompañar a Hitler al búnker berlinés en el que encontró la muerte: Die Weissagungen des Nostradamus [Las profecías de Nostradamus], obra de Carl Loog publicada en 1921.
Resulta fascinante la forma en que el historiador norteamericano ha conseguido reconstruir, por lo menos parcialmente, la biblioteca de Hitler, siguiendo la pista a los distintos lotes en que se dividió tras su muerte en 1945. Uno de ellos, de más de mil doscientos ejemplares, acabó en Estados Unidos, desperdigado a su vez entre varias bibliotecas de la costa Este. El minucioso trabajo realizado por el autor con los fondos conservados le ha permitido establecer las distintas interconexiones entre obras, temas y autores y acceder a los elementos más recónditos y tal vez más valiosos de toda biblioteca, como son las anotaciones personales de su dueño. Fotografías, dedicatorias, encuadernaciones, huellas diversas del paso del tiempo: de todo saca partido un autor habilidoso como Ryback. El puzle se hace aún más complejo y sugerente al incorporar retazos del pensamiento de Hitler e insertar todo ello en un conjunto internamente articulado de lecturas y escrituras que se explican mutuamente. No es que el resultado cambie lo que ya sabíamos del personaje, pero añade matices sorprendentes sobre la forma en que fue modelando su espíritu, en un proceso de descubrimiento interior menos caótico de lo que pudiera parecer. No se piense, pues, que otros libros e incluso esos mismos leídos en otro orden hubieran dado un resultado distinto. La impresión que deja la obra de Ryback es que la personalidad de Hitler era previa a sus lecturas y que éstas seguían un itinerario más o menos azaroso, pero con una única desembocadura posible. Si esta impresión sirve con carácter general, se diría que no somos lo que leemos, sino que leemos lo que somos.
Los libros del Gran Dictador ofrece otras provechosas enseñanzas al lector que, venciendo su natural prevención, se acerque a estas páginas. Hay mucho de biografía de Hitler a través de sus lecturas y de su propio testimonio escrito, en particular de su obra Mein Kampf, llena de elementos autobiográficos y concebida como un libro de autoayuda para un pueblo en horas bajas. En la biblia del nacionalsocialismo, sobre todo en los fragmentos del original que han llegado hasta nosotros, se aprecian todas las limitaciones intelectuales de su autor, sus problemas gramaticales, su tenaz lucha con la sintaxis y con algunos nombres propios –Schoppenhauer, así, con dos pes– y su permanente inseguridad de escritor autodidacta, que escribe por impulsos irracionales y en la mayoría de los casos banales. «No soy escritor», le confesó a uno de sus hombres de confianza, al comparar sus ocurrencias con el pensamiento relativamente elaborado de Mussolini. Sólo el estado de desesperación de una buena parte del pueblo alemán a partir de 1929 explica que una obra tan irrelevante, de puro estrafalaria, como Mein Kampf se convirtiera de repente en el libro sagrado de un movimiento de masas que no tardó en alcanzar el poder.
Sorprende menos la estrecha relación entre guerra y lectura en la biografía de Hitler. Los libros lo acompañaron en su azarosa vida en las trincheras en la Primera Guerra Mundial, como si en ellas dieran lo mejor de sí mismos y la brutal experiencia de aquella guerra iluminara la lección escondida en esas páginas que el cabo Hitler leía con fruición. En otros casos, lo escrito sobre las guerras pasadas le instruía sobre la naturaleza de la inevitable guerra futura, esa obsesión que lo acompañaba desde que, según él, los enemigos de Alemania perpetraron en 1918 la famosa «puñalada por la espalda». Las treinta y dos marcas de su puño y letra que dejó Hitler en una biografía del general Schlieffen, autor del plan de ataque sobre Francia ejecutado al comienzo de la Primera Guerra Mundial, son como un mapa en clave de la ofensiva alemana lanzada sobre Francia en 1940 a través de Holanda y Bélgica. Ya se ve, pues, que si es cierto que los libros se escriben a menudo a remolque de los acontecimientos pasados, no lo es menos que en ocasiones anticipan los sucesos futuros.
Este ensayo tiene, además de todo lo dicho, una vertiente fascinante como crónica de la aventura personal del autor, con momentos algo novelescos, a lo Dan Brown, y la sensación final de que, en su recorrido en busca de vestigios de la biblioteca del Führer, Ryback estuvo persiguiendo a un fantasma que iba dejándole señales de su presencia. Un libro de Max Osborn que acompañó al joven Hitler por las trincheras del frente occidental soltó, dice el autor, una «llovizna de arenilla» al abrirlo en medio del silencio sepulcral de la sección de raros de la Biblioteca del Congreso, como si se tratara de un libro momificado que, al volver al reino de los vivos, liberara el espíritu maléfico que llevaba en su interior. Leyendo estas páginas, nos asalta la idea de que el Führer concibiera su biblioteca, más aún que su búnker, como una especie de tumba egipcia, en la que intentó sobrevivir a su derrota aguardando entre sus libros, esparcidos por medio mundo, a que alguien o algo volviera a juntarlos. ¿No dice Ryback que la venganza fue lo que impulsó a Hitler a escribir? Hasta ahora, para explicar la relación que el nacionalsocialismo mantuvo con la letra impresa, parecía bastar con la imagen de libros «degenerados» entregados a las llamas por los nazis y con la célebre frase atribuida al mariscal del Reich, Hermann Göring: «Cuando oigo la palabra cultura, desenfundo mi pistola». La minuciosa investigación de Ryback incide en una vertiente mucho menos conocida de esa relación y nos recuerda que los libros –algunos libros– fueron no sólo víctimas del nacionalsocialismo, sino también motivo de inspiración de una gran venganza contra la humanidad.

Fuente: http://www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=4730


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