lunes, 12 de septiembre de 2011

Desencuentros


Desencuentros


Con el paso de los días, sin encontrar al viejo en el café, se fue olvidando de evitarlo, de manera que volvió sin temor a su rutina habitual. Sin embargo nunca perdió el vértigo de pasar por ese portal y recorrer con cierto disimulo, con la mirada, a los parroquianos del interior, temerosa de encontrarse de pronto con sus ojos de expresión triste, bajo la carga de los años. Quizás pasaba muy temprano o demasiado tarde. Alguna vez alcanzó a divisar al albañil y un golpe de sorpresa le inundó el pecho, pero alcanzó a huir sin ser vista. "De seguro me habría atrapado, con sus raros conceptos, sus predicciones y sus manos que atenazan los brazos sin remedio" pensó. Sus imágenes interiores lo mostraron sonriente, con los dientes manchados, sentado en el café en frente de ella, proponiéndole una verdad del todo falsa, pero demostrable, al punto que tenía que llegar a creerla, incluso contra su propia voluntad. Todo estaba escrito en el cuaderno con patas de pájaro azules y negras, tachaduras y enmarcados dibujados, que le señalaba con un lápiz de pasta de plástico ordinario, con la tapa muy mascada y arrugada. En otra ocasión pasó frente a la puerta, observando a los clientes, mientras el anciano caminaba algunos metros detrás de ella. Ni ella ni el viejo se vieron uno a otra. Cuando Kaya se perdió entre la gente en un recodo, el viejo entró al café y se sentó en la mesa de siempre, junto a la puerta. En otra ocasión, Treshkaya venía distraída, casi olvidada de su aventura diaria frente a la entrada del café y de pronto, a boca de jarro, se encontró a unos pocos metros de Rrrrabanito que salía del lugar y tomaba, unos pasos delante de ella, su mismo rumbo. Sintió un terror irracional, absurdo, y se detuvo. Se quedó petrificada viendo cómo se perdía en el mismo recodo que cada día la hacía sentirse segura, cuando doblaba en su esquina para bajar a los andenes del tren. Después de un minuto o algo así, giró en sentido contrario y se alejó, pensando que si seguía detrás del viejo era posible que lo encontrara esperando el mismo tren que ella debía tomar. "¡Que horror!" pensó. "¿Qué habría hecho si lo encontrara en el andén? ¿Qué le diría?". Se imaginó entrando a la plataforma: Ahí estaba el anciano en uno de los asientos adosados al muro. Antes de poder evitarlo él la veía. Sus miradas se encontraban. "¡Dios mío! ¿Qué hago?" me preguntaría. Y el me sonreiría. Yo tendría que saludarlo y acercarme a él. El diría:
"- Qué bueno encontrarla - con una sonrisa amorosa" o algo así y yo tendría que decir algo, pero no sabría qué. Entonces, por responder lo que fuera, diría, por ejemplo:
"- Sí. ¡Qué rico! ¿No es cierto? -" y quizás lo tomara de manera equivocada. Puede que no se diera cuenta que estoy nerviosa y pensara que de verdad quería encontrarme con él. O supongamos que es peor: Él cree que yo lo venía siguiendo. ¡Ay! ¡No!. Sería terrible. ¿Y si pensara que él me gusta?, por ejemplo. Este pensamiento se materializó en una imagen de la escena. Ella de pie, junto al asiento del viejo, que la miraba con los ojillos semicerrados y sonriendo casi imperceptiblemente. No la miraba a los ojos sino a la boca, como muchas veces hacía. En esos momentos a ella le gustaba y le parecía sensual. Recordó que ese tipo de gestos y actos eran los que la habían confundido, hasta llegar a pensar que se estaba enamorando de él. "Así es como me hace ponerme colorada" se dijo y se detuvo. Sintió cómo se ruborizaba sola, ahora, y se llenó de vergüenza. "¡Eres una estúpida!" dijo para sí y se sentó en los peldaños de la escalera de la salida de la estación.
En otra ocasión su tren se detuvo, camino a la estación de La Ópera, en la estación de la Universidad. En la vía de retorno se detuvo otro tren. Sentado en su interior, con los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de observar a los pasajeros, uno tras otro, estaba el anciano. Su expresión era de profunda reflexión, como si analizara la postura y leyera los pensamientos de cada uno. Kaya lo vio de un tren a otro y lo encontró bello. Su expresión concentrada y atenta, la mirada que capturaba todo el entorno, con profundidad, le resultó tremendamente atractiva y sintió admiración. "¡Me gusta!" pensó automáticamente, sin evaluar sus sentimientos. Pero en seguida creyó que si continuaba mirándolo, él iba a sentir el peso material de su visión e iba a sorprenderla. Entonces sintió miedo. Era un miedo absurdo, ya que estaban en trenes distintos y era imposible encontrarse físicamente. No obstante pensó: "¿Y si me ve y me hace una seña para que me baje y lo espere?. ¡Ay no! No me atrevo a encontrarme con él". Desvió la vista y giró de manera de no ser reconocida. A la vez algo en su interior le decía que era ridículo. A pesar de todo, aunque en ciertas ocasiones lo vio de lejos, aunque en otras él la vio a ella al pasar, la miró con cariño y añoró aquel tiempo cuando se sentaban a conversar en el café, o cuando la esperaba después de sus ensayos de ballet en la estación de La Ópera, y no trató de acercarse; aunque en tantas otras soñó, llena de miedo, verlo y que él la llamara, pero que no sucediera nunca, aun cuando parecía que nunca iba a ser posible que volvieran a encontrarse y conversar, ella en el fondo lo deseaba y el viejo lo hubiera considerado un regalo de la fortuna; ninguno hacía nada por forzar un encuentro así. Si el viejo la veía, la dejaba ir. Si ella lo veía, trataba, llena de vergüenza y miedo, de no ser vista. Pero de todos modos, en cada una de esas ocasiones, ella disfrutaba imaginando encuentros absurdos y muchas veces románticos, que guiaba hacia un clímax en el que se reconocían uno a otro que se atraían. En ese punto se detenía horrorizada y reprimía la imagen y el pensamiento diciéndose: "¡No! No puede ser. No puedo estar enamorada de un viejo". Y sin embargo la imagen la turbaba y de algún modo raro, siempre comenzaba con un Rrrrabanito atractivo y deseado que en el momento de la entrega última, se convertía en una caricatura del viejo, en la que se subrayaba todos sus defectos, debidos a la edad. De cualquier modo, cada vez que sucedía, aumentaba sutilmente y sin que se diera cuenta, la obsesión de dejarse llevar y a la vez crecía el sentimiento de represión.
El viejo, por su parte, no pensaba en ella ni la recordaba sino sólo cuando a veces la divisaba en la distancia, o también cuando, en otras, se detenía en la estación de La Ópera y la recorría, evocando sus encuentros y conversaciones. De manera ocasional se le aparecía su imagen mientras comía en el café de la estación de la Plaza de los Constituyentes. Para él, la bailarina se había convertido, desde que se despidió fugazmente ese día que le puso su mano suave sobre la suya dura y le dejó la marca de ese contacto y esa despedida; en la imagen de una evocación de aquella otra mujer cuyos rasgos no recordaba, cuya voz no podría describir, pero que sin tener ya, con el paso del tiempo, sustancia alguna, sino sólo ese difuso halo, que estuvo dormido tanto tiempo; se materializaba ahora en Kaya, inexplicablemente. Tal vez por eso, sin haberlo notado antes, la bailarina siempre había despertado en él un ansia que revivía el ansia de lo femenino, como deseo erótico, aunque lo erótico ahora tenía una dimensión del todo racional, que buscaba la fuerza del impulso y el deseo incontenible. Más aún, con la pura fuerza de la razón, intentaba revivir el placer del deseo inmanejable que mueve al hombre potente hacia la mujer como posesión. Sin embargo, Kaya siempre le había sido atractiva, pero de una forma diferente. Si la buscaba desde lo romántico, intentando revivir esa cualidad del romance joven que lleva al hombre a idealizar a la mujer, elevarla a un pedestal, donde se la instala como diosa de belleza, de perfección y anhelo, no lograba la magia que el romance tenía en la juventud, sino una tranquila apreciación estética que envolvía la imagen de ella en una especie de belleza casi de arte, de admiración de la cercanía con la perfección. Admiraba la tersura y suavidad de su piel lozana, la redondez de la curva de los hombros, la longitud precisa de los brazos en relación a su envergadura, la longitud y suavidad del cuello, la rara imperfección de la nariz demasiado recta que se iba sobre el labio superior, que daba la sensación de arremangarse al sonreír y ponía el preciso toque de prosa en la poesía que era el resto de su figura, no sólo estática sino también en movimiento, cuando salía lanzada en un paso de ballet, o cuando se iba caminando con movimientos tan precisos de cadera, que parecía ejecutar una curva geométrica única para resaltar el ancho de éstas y el estrechamiento que llevaba a una cintura casi frágil. Toda ella le producía una admiración de la belleza exacta, un deseo de contemplación de su risa, del pelo desordenado con ondulada precisión, de las manos finas y largas que volaban como zorzales, de los ojos que recordaban los de un zorro joven y atento y por último de la energía que desplegaba en cada actitud, en cada conversación, al escuchar o al hablar. No obstante no llegaba a ese amor absurdo del hombre joven que era arrollado por un hato de cualidades que tantas veces nacían más en la imaginación propia que en la realidad femenina. Para él era como apreciar el arte vivo de la precisión estética. Hubiera sido feliz, sin embargo, si se hubiera enamorado de Kaya como si tuviera quince años, pero sabía que era imposible. También se habría sentido virilmente realizado si la risa femenina, el caminar sensual, los pechos precisos y levantados, la mirada de zorrito, la geografía de su cuerpo elástico, de curvas perfectas hubiera despertado el deseo erótico incontenible, como lo había hecho en ese tiempo pasado, esa mujer que ya no era sino la evocación de un recuerdo parecido a esta realidad; pero tampoco era así. A veces imaginaba que la hacía suya, que presionaba ese cuerpo joven contra el propio, vencido, revivía el recuerdo de las sensaciones que hacerlo habrían provocado en algún pasado, pero no producían las ansias que no hubiera, entonces, podido evitar. Era como si tanto el romance como lo erótico hubieran, al fin, sido vencidos, domeñados, sin saber cómo había sucedido, por la razón. Era como tener un cuerpo sin carne y sin entrañas, solo con la razón y los nervios envolviendo a los huesos. Sabía que si llegara a poseerla, sentiría todos los placeres, sabía que sería delicioso sentir sus pechos excitados sobre el propio o el fuego de sus deseos rodeando al propio, pero sería sólo un placer estético que llegaría por los sentidos a la razón. Sabía que no tendría esa explosión que nace de las mismas tripas y calma, al fin, todos los anhelos irrefrenables que en ese momento sustituyen todo pensamiento, liberando a la bestia que devora con su sangre hirviente. ¡No! ¡Ya no!. Tal vez por eso sólo sentía su ausencia como el recuerdo de aquella otra ausencia voluntaria, que fue necesaria y necesitada, y que ahora volvía al contacto de una mano sobre la propia y de un escrito, con letras desordenadas, en un cuaderno Navegante.
Mientras tomaba desayuno en el café de siempre, en la estación de la Plaza de los Constituyentes, entre un tren y su transbordo, el albañil robaba minutos al viaje, de manera disciplinada, para escribir su cuaderno, donde se trazaba la historia que iba creando.  Releía, mordiendo el sujetador de la tapa del lápiz, lo último escrito, para enlazar las ideas:«No quería; se resistía a obedecer a sus impulsos torpes, pero la emoción del vértigo, de pasar frente a ese portal, la impulsaban al riesgo de ser sorprendida por el viejo. O tal vez era lo único que deseaba: Volver a verlo, ser poseída por lo inevitable, después de haber hecho lo posible por regalarse. Quizás sólo quería que por fin, sorpresivamente, el hombre estuviera ahí y la llamara a gritos, sin pudor, lleno de ansias:
«- ¡Tereshita!, ¡Tereshita!, a donde vas tan de prisa Tereshita -. Ella lo miraría casi con indiferencia, para no parecer que lo había buscado. Sólo se detendría un momento y diría:
«- Tengo ensayo... Ahora que ya soy primera bailarina debo ensayar más...
«- ¿Acaso no tienes un breve momento para regalarme? - diría el viejo.
«- Quisiera... pero... - y haría ademán de seguir su camino con un jeté.
«- Tan sólo un solo momento... breve... al menos nada más... - suplicaría; y entonces ella accedería, como si se sintiera casi obligada.»
Enmendó alguna frase, retocó alguna letra y retorció, con sus dientes amarillentos, el sujetador de la tapa del lápiz de pasta barato, con que escribía. Apoyó la punta, otra vez sobre el blanco del papel. La levantó indeciso. Comenzó a escribir, pero se arrepintió y tachó con intensidad, con varias líneas horizontales, otras tantas sinuosas, unas más en zigzag y luego otra como un resorte. Luego con decisión escribió:
«Sin embargo él nunca estuvo. A veces lo veía de un tren a otro o en el andén contrario. Hubiera querido que el solo peso denso de su mirada lo llamara, de modo que la viera y la recordara, pero jamás sucedía. Imaginaba historias de encuentros irrealizables, que al final terminaban avergonzándola y haciendo que se odiara a sí misma: "No. No quiero pensar en él. El es un viejo y yo necesito un hombre joven, bello, viril" y entonces pensaba en ese otro que le era atractivo, aunque lo consideraba inferior. "Tampoco quiero un hombre pobre o sin futuro, ni uno tosco". Sentía de este modo que odiaba su vida, que no tenía una salida, que sus logros eran todos un fiasco: Un hombre viejo, o un hombre basto, prima bailarina sustituta, una madre soltera, un padre desconocido. "En resumen: ¡Nada!"»
Volvió a leer lo escrito. Tachó "bello" y debajo escribió "hermoso". Apoyó el lápiz sobre "hermoso" para tacharlo a su vez, pero después de un momento trazó un signo de aprobación a su lado. Miró la hora y se sorprendió. Recogió con prisa el cuaderno, el morral, del cual se asomaban varias herramientas cuidadosamente envueltas en papel de diario y atadas con cáñamo plástico y mordiendo el lápiz corrió al andén. Al salir  del café tropezó con una figura femenina, con el pelo desordenado y una mochila colgando de un brazo, con una camiseta canguro atada de uno de los tirantes, que se arrastraba por el suelo.
- Hola - dijo la mujer - tanto apuro...
Recién el albañil vio que era Treshkaya y sin detener su carrera dijo:
- ¡Ah! Hola... se me hizo tarde... ¡Adiós! nos vemos... - Mientras corría al andén con el lápiz mordido con los dientes amarillentos dijo en voz baja, para sí mismo: "Vértigo. Ese es el concepto. Habrá que subrayarlo".
Subió al tren y se apoyó junto a la puerta. Dejó el morral en el suelo y comenzó a escribir con letras desordenadas sobre el vértigo de jugar a caer y no caer en un amor no deseado con el corazón, sino con el desafío del querer y no querer, caer y no caer. A la vez hacía el contrapunto del hombre viejo que querría caer y ya no le era permitido, querría ejercer la imprudencia de la juventud y ya no podía. Pero sus empeños lo empujaban a los recuerdos de un amor olvidado, quizás por prohibido, de su juventud tardía. Escribió:
«No había buscado el amor, sino la satisfacción egoísta del deseo que ya no había en lo propio. A la vez no buscaba que le dieran amor, sino dar el que no le recibían. Quería ser recibido, pero no necesitaba recibir amor. Sin embargo no fue así, no podía durar una relación trunca, coja, y duró lo mismo que la paciencia de la mujer. Al final lo dejó y se llevó su recuerdo tangible. Quizás no necesitaba más». Continuó escribiendo sobre la mujer de hoy y su vértigo y los recuerdos del hombre a través de esta mujer que heredaba los viejos recuerdos. A la vez sugería, casi sin hacerlo, que había un hilo que ataba a ambas mujeres. Siguió:
«En la mujer de ahora quiso encontrar a la de ayer. Pero ésta ama el vértigo de jugar con un amor casi absurdo con un anciano. Es la gata con el viejo gorrioncito que capturó en el jardín. El gorrión ya no tiene fuerzas para resistir el juego, para volar, y lo acepta. Acepta el juego. Además carga en la conciencia la muerte de su progenitor: Entre los gorriones es costumbre dar muerte a los ejemplares viejos o heridos, que son una carga para la parvada; pero eso no los libra del peso de la conciencia. Quizás cree que este es un dulce castigo». Escribió luego varios desarrollos que jugaban con la metáfora de la gata y el pajarito. Se divertía al hacerlo y sonreía con su propio juego, pero siempre llegaba a un punto donde descubría que sólo llenaba su propio deseo de placer en la escritura, pero no conducía al cruce de la trama que deseaba, sino que se alejaba de manera torpe. Intentaba con correcciones adaptar el fragmento a lo que requería, pero era como si quisiera doblar a mano la enfierradura de las cadenas de los muros de la construcción. El tren entró a la estación terminal Parque de las Empresas y calló su bramido. Una voz de mujer automática pidió a los pasajeros que abandonaran el convoy. El albañil, sin apuro, guardó su cuaderno Navegante, el lápiz, y descendió con la imagen de la gata y el pajarito en lugar del pensamiento de donde nacía su relato. Pensó que ya debía apartarla y reemplazarla por Tereshita y el viejo, pero no lograba una conexión apropiada entre las imágenes. Tenía ahí, donde se produce la razón definitiva, a Rrrrabanito abrazando contra su pecho, casi como un juego, a Tereshita. Él sentiría la emoción de presionar su cuerpo esbelto y elástico contra el propio; se sentiría avergonzado al suponer que, a su vez, ella lo sentiría grueso y blando, gastado. Él la miraría, lozana y deseable: Un premio para cualquier hombre joven y desearía merecerlo, mientras ella, creía, lo vería surcado por el tiempo, casi acabado. Querría hacerla sentir la atracción, el deseo de sentir la virilidad del hombre al que se admira, el que protege, que abraza no sólo con brazo fuerte sino con ese halo inexplicable de potencia que fuerza la pertenencia que la mujer desea; pero temía que Tereshita sólo sintiera rechazo, o si lo toleraba fuera por un sentimiento más bien filial.Ella, en tanto, sentiría la densidad de la experiencia del hombre. Admiraría la capacidad de haber transformado, en ella, la imagen del anciano casi inútil, incapaz de comprarse una tarjeta de ingreso al ferrocarril, al que sólo la ternura la llevó a proteger, en la de un hombre fuerte que ya ha recorrido todos los caminos y es capaz de enseñarle a ella, todos los rumbos. De algún modo él, poco a poco, la iba haciendo suya, incluso contra su propio deseo y su única defensa, porque su razón rechazaba al anciano como una pareja posible, era el juego, incluso transformando el deseo en juego, la reticencia en juego. Así, pondría sus manos sobre el pecho del hombre y lo apartaría sin forzarlo. Le diría, aunque no era lo que sentía: "Usted abraza como el papá que no tuve". En su pensamiento profundo se dibujó, como resumen de toda la situación, este abrazo, en el momento en que el viejo iniciaba el movimiento de su rostro hacia el de ella, mirando sus labios que sonreían y el movimiento de rechazo inteligente, que sin herir, derrite la fuerza de la voluntad que avanza. La frase de ella, a su vez, la veía representada por una saeta que se clavaba en el núcleo del corazón del viejo: "... como el papá que no tuve". Esa idea se expandería como un extraño veneno. Recordaría esa mano antigua, posada sobre la propia que decía: "¡Adiós! Que estés bien!" y que se había repetido en la de ella: "¡Adiós! Que esté bien". Se detuvo en su propio relato y se dijo que el anciano no recordaba las palabras de aquella otra despedida, sino sólo el roce de la mano. "No importa" pensó, "la mano de ahora sí le recordó aquella otra. Con eso deberá bastar".
A pesar de todo, cuando entró al café esa mañana y se encontró con su mirada y su sonrisa alegre, con su saludo efusivo, ya no pudo eludirla. Kaya había sentido un salto en el corazón y había reaccionado de manera instintiva. Su propio saludo amplio, notorio, le cerró toda posibilidad de huida. De algún modo se alegró de cómo había sucedido el encuentro, tal que sin intentarlo se había roto una barrera que de alguna forma le hacía daño. Con alegría invitó al viejo a sentarse con ella.
- ¡Qué suerte! - dijo - ¡Qué rico encontrarnos! - y sintió que enrojecía. En sus imágenes profundas, allá al fondo del pensamiento, antes que éstas se conviertan en reflexión, se vio a si misma transformada en una niña de quince años, ruborizada al encontrarse con su joven enamorado. En esa imagen ella no era ella misma sino quizás algún personaje de alguna película antigua y Rrrrabanito no era el viejo, sino un joven precioso, pero igual al viejo, aunque joven. Sólo que vestía como visten los galanes jóvenes de las películas románticas y todo su aspecto era una especie de bello rejuvenecimiento del mismo Rrrrabanito. No supo, entonces, por qué la imagen se transformó en la expresión: "Me gusta mucho" y en una sensación de gozo intenso; no supo si quien le gustaba mucho era el anciano y el gozo se debía al encuentro, o si sólo era el reflejo de aquella imagen profunda la que lo producía.
- Qué bueno. También lo creo. Hace tanto que sólo nos veíamos de lejos, o de ventana a ventana - se sentó a su lado y ella se inclinó hacia él y lo saludo besándolo en la mejilla.
- El albañil también estuvo aquí...
- Pensaba que ya no volveríamos a... -. Sentía un placer interior que su juicio profundo catalogó de absurdo: "No hay motivo para esto" se dijo y se dio cuenta que veía todas las cosas como si tuvieran un relieve nuevo y diferente, como si todas las imágenes fueran más nítidas o más grandes, o quizás sólo más precisas, pero diferentes. "¿Es que la alegría es así?" pensó por un momento y después, sin necesidad de que hubiera palabras de por medio, tuvo la idea que hubiera querido vivir para siempre este momento. Entonces se le escapó una risita torpe - jejeje - y se sintió como un niño absurdo que se sienta a conversar por primera vez con la niña que le gusta.
- Dijo que era demasiado tarde y se fue... Si no, nos habríamos juntado los tres: Raro ¿no?
- ¿Todavía bailas? Bueno... supongo que sí... El otro día me baje en la Ópera. Recordé tus ensayos de La siesta del Fauno... - "Sólo digo estupideces" pensó. "Cómo me gustaría ser más joven y estar así: Nervioso y lleno de deseos. Si yo pudiera abrazarla. Cómo quisiera hacerla mía". Creyó que esos mismos pensamientos los había tenido alguna vez, cuando era joven. Pero aquella mujer de entonces, cuyo rostro no podía recordar y cuando lo intentaba era, extrañamente, el rostro de Treshkaya, había sido su amante, había sido suya y la había dejado porque la mujer que le pertenecía y a la que pertenecía, así como siempre, también, había pertenecido él a su propio padre y a la sociedad que era dueña de todo, tenían una voluntad egoísta y diferente. "También tuve que ser egoísta. No supe tampoco ser libre" pensó.
- No se por qué hoy se me ocurrió venir temprano a ensayar. Que si no lo hago, no nos hubiéramos encontrado. ¿Siempre vienes a esta hora? - Hizo la pregunta y se dio cuenta que no sabía hacia dónde iba el viejo, o si siempre estaba vagando de tren en tren, de andén en andén sin ningún rumbo: ¿Alguna vez salía de los túneles del metropolitano? No lo sabía. "No sé nada de él" pensó entonces. "Nunca me dijo su nombre. Sólo dijo algo absurdo: Aún no me construyo uno" - ¿Por qué no sé nada de usted?
- Fue culpa mía - dijo, pero no le respondía. Hablaba para sí mismo -. Nací cuando entré por primera vez a estas galerías ocultas. Antes alguien vivía por mi: Por eso la perdí. No quisiera que volviera a suceder -. Le miró la mano, que tenía cerca de la suya y con la otra se la tomó y la posó sobra la propia cercana. Mientras ella la mantuvo, extrañada, ahí, sobre la del viejo, él miró esas manos, ensimismado, casi como si fueran ajenas, o pertenecieran al pasado, o a una rara convergencia de ambos tiempos: aquel ido y este.
- Nunca me ha dicho ni siquiera su nombre. ¿Cómo podría hacerlo, si ni siquiera sé eso? - Se preguntó a sí misma si se refería a pertenecerle, sin saber ni su nombre y pensó que se había traicionado con esa frase. Sintió miedo, pero después pensó que del mismo modo que se habían reunido, sorpresivamente, sin quererlo, tal vez era bueno que sin querer se decidiera a aceptar que se había enamorado de este viejo. Pero, además, sintió que el anciano hablaba de otra cosa y quizás no se había dado cuenta de su equivocación. ¿O no era equivocación, sino un tropiezo necesario?. Agregó entonces -: ¿Usted: Qué piensa de mi?
- Si no fuera un cobarde... - y en el interior de su pensamiento dijo: "¿Qué será de ella? ¿Quién será ahora?"
- A veces es difícil ser sincero con uno mismo... Pero si lo intenta... -. No se había dado cuenta que el viejo le había puesto su mano sobre la de él, "¿o quizás no quise darme cuenta?". Pero sintió la indecisión de él y la retiró con suavidad.
- Ya es tarde para lamentarlo. Sólo puedo intentar no cometer de nuevo un error así - dijo y levantó la vista hasta los ojos de ella. Tenía una expresión triste, o quizás melancólica, pero Kaya pensó que era tristeza y creyó que el viejo sentía que todo estaba perdido, justo cuando ella había decidido reconocer que se había enamorado de él, a pesar de todo.
- No - dijo -. No es tarde... No te sientas triste. Desde ahora podemos cambiarlo todo - y le acarició la mano que había dejado. Rrrrabanito volvió a sentir que ese contacto se transfería de una manera casi material, como si la tibieza del contacto pudiera recogerse y guardarse en un relicario.
- ¿A qué hora ensayas? - dijo sonriendo, como si fuera necesario tomar otro rumbo en la conversación.
- De verdad: Estoy atrasada, pero no quisiera irme. ¡Estamos tan bien aquí!
- ¿Te puedo esperar esta tarde?
- A lo menos me encantaría.
Sólo esperaba la hora de encontrarse en la estación de La Ópera con la bailarina, de manera que ir de una estación a otra en este o aquél tren no tenía diferencia alguna. En la línea del sur oriente subió a la máquina, distraído, y contesto vaguedades al conductor que hizo preguntas vagas, de esas que se hace cuando el silencio parece ser una falta, ya sea a la cortesía o a la imaginación. Así comentaron sobre los tejados de industrias y universidades del sector por el cual el tren pasa elevado sobre la gran avenida que hiere a la urbe desde el río hasta que pierde sus contornos en los primeros cerros cordilleranos. El anciano, en tanto, iba consigo mismo. La conversación, la gente que subía y bajaba en multitudes enajenadas en sus mundos propios, a los carros, el contorno de los edificios, los vehículos que se movían allá abajo, todo, era como el telón de fondo de sus propios pensamientos, en los que veía a Kaya bailando para él, plástica, sutil y hermosa. A ratos la veía en sus brazos y la acariciaba, en ocasiones como si fuera un pájaro de cristal que evolucionaba en torno y descendía de pronto a sus manos o a veces como si fuera una ninfa que emergiera de las aguas, pura y entregada, llena de vivacidad que exaltaba sus sentidos al tocarla y recibirla en sus brazos; entonces la veía desnuda e imaginaba su piel blanca y suave como la de un hada y sentía su pelo en la cara que lo enceguecía por un momento de manera que al volar rodeando su cabeza volvía a ver y estaban, ahora, ambos desnudos. El contacto del cuerpo de la bailarina convertida en náyade salvaje, sobre el propio era idéntico al de aquellas manos sobre la suya, que habían quedado marcadas para siempre como un ícono de las ansias de tenerla. Su propio cuerpo quedaba para siempre bendito de ese contacto de tibieza precisa, y suavidad perfecta.
- A veces los imagino como si fueran las cumbres de la cordillera, cuando se la atraviesa desde el aire - dijo el maquinista.
La pájara de cristal se fragmentó en millares de trozos que se esparcieron en inciertas cumbres y picos erizados. Dijo:
- ¿Qué?... ¿Cómo?...
- Los techos de las construcciones, los edificios...
- ¡Ah!...
Sobre las cumbres de cristal se irguió en puntas, como una sílfide, que surgiera de un lago cuya superficie fuera ondeada por la brisa permanente. A cada evolución, en cada vuelo sobre la superficie del agua brillante de luces espejeantes, sentía que aumentaba sus ansias y su deseo. Dentro del pecho sentía una suave corriente vibrátil que irradiante lo inundaba y bajaba por el vientre hasta el centro mismo de su energía. Otra vez en el clímax del baile, ambos se elevaban desnudos en medio del sonido de la brisa, encarnados en el concierto de violines de Beethoven. Ambos eran como hojas amarillas del tiempo, que flotaban sobre el agua llevada por la brisa del solo del violín en el suave allegro inicial.
Quería reír. A la vez sentía vértigo. Aunque los túneles y estaciones parecían todos iguales al pasar junto a la ventana donde se había sentado, tal vez por el vértigo y la alegría de su paisaje interior, no veía la oscuridad de la vía ni la monotonía de las estaciones, sino sus imágenes interiores en las que la ventana del moderno metropolitano se habían trocado en vieja madera noble y afuera transcurría un panorama agreste, rural y verde, donde ella bailaba paralela al movimiento del tren convertida en Odile y el viejo es el barón Rotbart que de algún modo la observa desde el tren y la señala. Dice: "Será mi prima ballerina". Pero, a la vez, el mismo viejo Rrrrabanito es el joven y hermoso Sigfrido. El joven Sigfrido desafía al viejo Rotbart, entonces ella en un jeté cae en sus brazos fuertes y él dice, elevando la voz sobre la cadencia del tren convertido en músicas: "Será mía" de manera que el tutú negro de Odile se trueca por el plumaje blanco de Odette y ambos ríen. Sentada en el asiento plástico del carro del metro Kaya dejó escapar una risa suave, ajena al bramido del tren y a los silencios ensimismados de los pasajeros. No le importó. Algo en su interior, que no alcanzaba a ser una voz, sino quizás unas notas musicales o el fulgor luminoso del reflejo del lago, le decía: "¡Feliz!" y "Sí; ¡lo amo! y qué importa" y era como si el vértigo la llevara más rápido que la velocidad propia del tren. Quería salir y bailar, como si su voluntad diera órdenes a sus miembros y estos quisieran ejecutarlas en un baile amplio y alegre, pero estuvieran atados por la presencia de quienes viajaban en el tren, estáticos y atentos a su comportamiento.
Amarillo rojizos, recostados sobre la suave corriente que la brisa hacía sobre la superficie espejada y trémula del agua, como hojas de otoño, evolucionaban por el larghetto dejándose llevar desnudas, en el flujo que los arrastraba con placer, sin prisa: Suave, acelerado, circular, y luego lento, tranquilo en el agudo del violín. Se acariciaba una y otra hoja, convertidas en cuerpos que se tocan tibios y se esfuman desde su propia materia, convertidos en una especie de líquido placer de color sepia en la plata del agua.- Otra vez hundirse en la oscuridad.
- ¿Oscuridad? - dijo en medio de los reflejos de luz en el agua que purificaba las hojas unidas, abrazadas en la superficie.
- Otra vez se mete bajo tierra... el tren - contestó, al verlo distraído. - ¿En qué va pensando? - se atrevió a preguntar.
Sacudió una mano, en un gesto que podía significar que no tenía importancia, o también que apartaba al otro de sus pensamientos, para no contaminarlos. Pero al entrar en ellos otra vez, concluía el larghetto de manera abrupta, como si hubiera sido suspendido a la fuerza. El rondó con su ciclo: arriba, abajo, arriba, arriba, arriba, abajo, abajo, y agudo y todo otra vez hasta un nuevo clímax, elevó las hojas amarillas, convertidas en un abrazo ansioso en que se fundían los cuerpos de la bailarina y el suyo. Cerró los ojos y la música fue casi real al interior del pensamiento y el deseo se convirtió en imágenes de sueño culminante y casi tangibles. Finalmente abrió los ojos y dijo:
- Nada... Sólo recordaba los violines.
- ¿Aficionado a la música clásica?
- También.
Bailó sintiendo una alegría inmensa de manera que los pasos, las figuras parecían ir adelantadas a su impulso, como si ella misma hubiera sido, no sólo más liviana, sino que su impulso tuviera más bríos. Quería terminar luego para ir a juntarse con el viejo y en su pensamiento las imágenes del futuro encuentro se superponían con las del baile que iba ejecutando. Por fin terminaron los ensayos, las presentaciones, pero no la ansiedad. Corrió a la estación de La Ópera con la imagen del abrazo con que la recibiría Rrrrabanito y cómo ella misma se lanzaría a su cuello. Casi podía sentir en su torso la tensión de los brazos del anciano y el contacto de su cuerpo grueso y grande en su pecho, la aspereza de su barba en la mejilla y la fuerza que la alzaba del suelo como si fuera su deseado compañero de danza. Lo vio desde lo alto de las escaleras, paseando en el andén, con las manos enlazadas en la espalda y mirando las baldosas del suelo. Bajó brincando de a tres escalones y corrió a su encuentro. El viejo sorprendido, salió de sus cavilaciones, en las que las dudas lo atormentaban desde distintos flancos. "Sólo es un sueño equivocado" se decía, "una joven llena de vida nunca se va enamorar de un viejo". Se imaginaba a sí mismo, con su escasa energía, intentando satisfacer a una mujer plena, deseosa de vitalidad y fuerza que el no lograba acopiar. Se veía frustrando a esa mujer tan deseada, con un deseo imposible de acceder. Se veía buscando energías que no tenía, agobiado físicamente por la imposibilidad, quizás recurriendo a trucos que sólo pondrían en evidencia la distancia entre su ansiedad intelectual y su potencia real, y entre su deseo y el de ella, trocado en desilusión. "No quiero correr esos riesgos" se decía y se imaginaba acostado junto a ella, laxo, rendido y avergonzado: Incapacitado y disminuido.
Ella corrió hacia él con el rostro iluminado y los brazos abiertos, como si fuera la pájara del triunfo que volaba al ras a capturar a su presa desprevenida. Abrió, a su vez los brazos, lleno de sorpresa y la recibió, trastabillando hacia atrás. Ella se colgó de su cuello de un salto y le plantó un beso en los labios, que el viejo recibió con asombro. Sólo atinó a decir: "¡Perdón! no quise hacerlo", como si la iniciativa hubiera sido suya y le limpió los labios con el dedo pulgar, lleno de vergüenza. Kaya se ruborizó a la vez que sentía una corriente fría que le bajaba desde los hombros, por la espalda y le penetraba en el corazón. Se separó de él y dijo, casi en silencio: "Soy una tonta...". Pensó que había estado todo el tiempo equivocada y se dijo: "Por supuesto, él me ve como una niñita, algo como su hija, que lo llena de ternura, pero jamás me ha visto como una mujer. ¡Si podría ser mi padre!".
- Estaba tan contenta de volver a... Perdona no... Me equivoqué. Pero te quiero... ¿sabes? Quisiera que me entendieras. Soy una estúpida... Creí...
- No. No. No te culpes. Es que no lo esperaba. Nunca creí que tú quisieras besarme. Pensaba que quizás me vieras como un anciano. No sé. Como tu papá, tal vez... - y se acercó para tomarla de los brazos y acercarla; pero el momento mágico había pasado. Lo habían perdido.
Ella, tensa, se resistió, aunque al fin cedió, pero con la vista baja y el pensamiento repleto de imágenes oscuras, donde el viejo era otra vez un anciano de chaqueta arrugada, con los bolsillos repletos de papeles inútiles, todo sobre un vientre abultado y un poto grueso y plano, que en un todo recordaba a un zapallo. Sus manos nudosas y acartonadas ya no eran atractivas, sino que recordaban el cuero de algún animal áspero, lo mismo que su cara triste en la que tendían a perderse los ojos llenos de fracaso. De pronto había dejado de ser Rotbart y Sigfrido y se había transformado en el anciano al que había tenido que auxiliar en la cola para la compra de la tarjeta del metro.
Como si todo el derrumbe del ánimo de ella hubiera sido un fluido material que lo empapaba, se sintió inundado del mismo fracaso. Intentando revertirlo la atrajo hacia sí, casi con fuerza para vencer su resistencia y la estrechó. Dijo:
- Soy un viejo y tú eres una joven preciosa. Al menos me confundes... Haces que sea como el más tonto de los niños. No sabes como deseo besarte y llegar a quemarte como si tuviera todo el fuego que mereces. ¡La cagué! - y como ella no lo miraba y mantenía sus brazos colgando, vencidos, entonces atrajo su cabeza hasta hacerla descansar sobre su pecho y acarició su pelo como si fuera una niña. Así lo sintió ella con inconmensurable tristeza.


Kepa Uriberri

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martes, 2 de agosto de 2011

Las Ilusiones

Las ilusiones

 

Revolvía el café humeante, mirando las espirales de la tenue espuma que se formaba en la superficie de la taza, con tanta atención que parecía que de esa figura espiral brotara un mensaje primordial, que iba leyendo como un oráculo. Más a la izquierda un trozo de pastel de color tan oscuro como el mismo café, se hacía atractivo gracias al brillo del relleno de color morado que reflejaba, desfiguradas, las luces de fluor del techo del local, y bello por la crema blanca con pequeñas placas de chocolate incrustadas, que atraía desde un costado. Sin embargo estaba ahí, todavía intacto, abandonado. Hacía mucho tiempo; no sabía cuanto, ni era importante para ella, que no entraba al café, escapando de aquellos hombres, o quizás no escapaba de ellos, sino del temor que había llegado a tener de la influencia que creía que habían llegado a ejercer en su vida. En algún momento pensó que entre ambos existía algún pacto para dominarla y someterla. Se decía que era absurdo, que no podía ser, pero de cualquier modo había llegado a sentir, cuando estaban juntos, que ellos eran una especie de enormes gigantes que copaban todo el espacio, no sólo el físico, aunque de un modo raro, con alguna especie de cuerpo inmaterial pero abarcante, sino también los espacios del poder. De algún modo, aquella última vez, en la estación del Fundador, había sentido terror del desafío de uno al otro. El viejo, con su espíritu entero y profundo, con su saber sereno, golpeaba al otro para destruir el sentido de su magia penetrante, que parecía adivinarlo todo. Recordaba la escena como si hubiera habido ahí dos enormes y preciosos animales luchando por la supremacía y por ella misma, que era una niña pequeña e indefensa. La imagen que recordaba de sí misma, completamente falsa y absurda, era la de una niña rubia de pelo ondulado, atado con dos cintas del mismo color del vestido celeste, con mangas de globo y vuelos, ridículamente pequeña, sentada en una silla enorme. Los pies, con calcetines cortos blancos colgaban de la silla con sus zapatitos negros de charol, a varios centímetros del suelo. Cuando Rrrrabanito confrontó al albañil, acusándose del asesinato de su padre, sin temor ni pudor, lleno de ironía, empujando al otro a que demostrara y aceptara esta verdad, o bien la negara para oponer su poder mayor, en vez de seguir el empuje de su línea de argumento, ella había sentido que su tamaño se hacía todavía más pequeño y tuvo pánico de desaparecer en medio de las iras sordas, desatadas entre ellos y había decidido irse antes que aquello ocurriera, a cumplir su propio destino que ya traía, a su vez, trazado. Por eso se había ido a la heladería y no había querido volver a encontrarlos nunca. Pero hoy, había sentido que su camino había tomado un trazado propio y se había dejado llevar de la nostalgia, al perder el miedo de ser envuelta por el poder de los otros. Creía haber crecido, desde entonces, hasta una dimensión que podía contrapesar a esos hombres y a la vez había modelado, quizás falsamente, sus recuerdos del viejo, hasta convertirlo en su mundo propio interior, tanto en esos recuerdos, como en las imágenes espontáneas que surgen de la melancolía que se mece allá al fondo, en un hombre bello, de una belleza metálica desgastada por tantos años que añaden nobleza y un brillo esencial que emana de una sabiduría llena de ternura y comprensión. Este sentimiento la había empujado hasta el café, donde con una emoción indefinible deseaba verlo aparecer.
Había tomado ya casi tres cuartos del café, con tal lentitud que estaba apenas tibio y no había probado más de dos pequeños trozos del pastel. Quizás tenía temor de terminar el pastel y el café antes que el viejo llegara y que entonces fuera tarde, sin disculpas, para esperar más. Pero entonces apareció en la entrada del lugar. No se podría decir, para quien quiera que lo hubiera visto cotidianamente, que hubiera cambiado en nada desde el día que lo vio por primera vez y le pidió que la dejara sentarse a su mesa en este mismo café. ¿Tal vez en esta misma mesa?. No era ese hombre muy alto, casi como un tótem, que había en sus recuerdos, sino de una estatura mediana, sin ser, en todo caso, de ninguna manera de bajo. Tampoco tenía esa mirada serena y segura, que daba certeza a su imagen, sino por el contrario, su mirada tenía una expresión triste, típica de los ojos ya cansados por la edad; ni miraban fijo a su objetivo, sino que vagaban difusos, como si no quisiera atar la atención en nada, o como si de algún modo tuviera temor a comprometerse. Por otra parte su estampa no era como la de su imagen creada en el subconsciente, de un hombre pleno y duro, capaz de enfrentar casi cualquier desafío, ni tenía esa elegancia diferente y propia que ella asociaba al metal noble y envejecido con reciedumbre en la fragua intensa de la vida. No. No vestía con elegancia ni originalidad, sino más bien con cierto honesto descuido. Como siempre llevaba una chaqueta de color innombrable, ni gris ni azul ni verde o café, sino de todos ellos en una mezcla del tejido de tweed, con bolsillos de parche siempre abultados con la cantidad enorme de papeles y cachivaches pequeños que atesoraba en ellos, que parecían subrayar el bulto de su estómago y culo, que recordaban a un gran zapallo, el que no llegaba a disimularse bajo un pantalón amplio y gris, de lanilla, cuya textura daba siempre la impresión de picar en las piernas. Entró caminando ligeramente encorvado, en contraste con la figura enhiesta que Kaya recordaba, o quería recordar, y su estampa general era del todo difusa, como si el ser que la portaba no fuera nadie, ni tuviera valía ninguna: Otro más de los innumerables anónimos que deambulaban como fondo o adorno de la escena cotidiana de los muchos ámbitos del metropolitano. Y no obstante, en todo aquello que no era y que recordaba del todo distinto, había algo indefinible que lo iluminaba y proyectaba una especie de ternura que, todo lo contrario de desmerecerlo, lo hacía atractivo: Sí. Ese era él y ella no sabía por qué le era necesario y por qué siempre, mientras no lo vio, en todo este tiempo, tenía que recordarlo y evocarlo, tanto que llegaba a veces a creer que cuando ella lo recordaba y pensaba en él, él a su vez la estaba evocando y recordando, de modo que era posible hablarle en la distancia y decirle que a pesar de todo, aunque intentaba negarlo y lo rechazaba, tal vez sí lo amaba.
El viejo Rrrrabanito Motototo paseó, sin atención, la vista por las mesas, hizo un saludo vago hacia algún rincón, casi sonriendo, y se fue al mesón de despacho, donde pidió un jugo natural de frutas de color sintético, y un sandwich de jamón y queso derretido, que llamó Barros Jarpa. Siempre lo pedía así y siempre que lo hacía imaginaba que Barros era el jamón y Jarpa el queso. Tenía, también, la vaga idea de que algún viejo caudillo conservador de apellido Barros había accedido a la presidencia de la república, gracias a su prestigio como médico, lo que era frecuente en el país. Casi más de la mitad de los presidentes habían sido médicos. Barros, aparte de una gran muñeca política, no había sido un buen presidente, tanto que su único legado ha sido un sandwich que popularizó con su nombre. Dicen que aquel sandwich tenía carne y resultaba difícil de morder y comer. Del mismo modo, se dice que su gobierno era difícil de tragar por la oposición liberal, de modo que en un golpe de muñeca, había nombrado a Jarpa, un liberal renovador, presidente del partido opositor, como ministro del interior, frenando así a la izquierda que traía ideas populares, que avanzaban lenta y consistentemente, desde la vieja Rusia, donde el pueblo combatía la mano de hierro del imperio decadente. Jarpa habría dado nuevos rumbos al gobierno y al sandwich del presidente, sugiriendo el jamón, más blando y masticable que la carne, y añadiendo el queso, que le daba sabor y ductibilidad. El sandwich se habría popularizado como Barros Jarpa, en honor a la alianza entre conservadores y liberales, que a la larga han conformado las fuerzas de derechas del país. No obstante, muchos conservadores, siempre descontentos con esta alianza, habrían mantenido la carne y añadido el queso, y el nombre del presidente en este sandwich conservador, que se llamó Barros Luco. No obstante, sabía que esa historia era falsa, pero quizás si llegara a ser la verdad aceptada, algún día, aun cuando Barros Luco fue un presidente de la república y Barros Jarpa un ministro de relaciones exteriores de otro presidente veinte años posterior al menos. Mientras discurría esta historia, mil veces repasada y mil veces repetida, aunque con ligeros matices de diferencia, al anciano le prepararon y sirvieron su Barros Jarpa y su jugo de frutas de color sintético, con los que salió en busca de un lugar donde sentarse.
Encontró una mesa vacía cercana a la puerta de entrada, desde donde podía ver pasar a la gente que circulaba, con o sin apuro, por los pasillos del metro. Se divertía analizando, en sus expresiones, en la forma de vestir, en el andar, sus posibles pensamientos o las ideas que los movían en sus vidas. "Aquél es un hombre iluso. Vive de sus sueños. Para él no es importante ganar mucha o poca plata, sólo lo hacen feliz sus logros. No es de esos hombres que necesiten un golpe de suerte, porque un gran premio en dinero quizás sólo fuera otro desafío y no una oportunidad de vivir tranquilo para siempre". Así sacaba conclusiones que podían ser del todo falsas, o proyecciones de sus propios problemas en la vida, o también conclusiones certeras del carácter de las personas: Ni él mismo podía saberlo. "Es que para este hombre, lo noto en su rostro reflexivo y creador, es más importante ganar cinco lucas con una idea novedosa, que un millón con un golpe de fortuna" argumentaba, mientras el hombre seguía, al parecer concentrado en algo, su camino por la galería del metro.
Kaya lo vio sentarse ahí, morder su Barros Jarpa y tomar, distraído, su jugo de frutas y por un rato lo dejó hacer, pensando que no tenía derecho, después de tanta ausencia, a intervenir en su vida. Pero de todas maneras, lo miraba con atención y concentración, intentando dar peso a su mirada, de manera que Rrrrabanito, en algún momento sintiera su silencioso llamado y la viera. Habían comido la mitad del Barros Jarpa y más del pastel. El café ya no tenía trazas de espuma que dibujaran estelas en su última superficie ya fría y el anciano seguía distraído mirando a las personas que pasaban frente a la puerta del local. Le interesaban más, en todo caso, las mujeres que tenían mucha más riqueza expresiva. "Es posible que tengan más y mejores sueños" pensaba, aunque sabía que no era verdad, sino sólo que los hombres tenían mucho más pudor. Con todo, sentía en cada momento que algo lo llamaba desde el interior del lugar, pero no era tan fuerte como para responder a ese rumor intangible. En un momento raro, en que la galería exterior quedó vacía, sin darse cuenta de la razón, ni ser demasiado consciente del llamado, rodó la vista hasta el lugar de su origen y se encontró con la sonrisa, asustada, de la bailarina. Estaba mordiendo el pan cuando la vio. Sintió que la expresión de ella era de sorpresa, de temor que casi la llevaba al rubor y pensó que hubiera preferido no encontrarlo. Había pasado mucho tiempo desde el encuentro en la estación del Fundador. Cuántas veces la había esperado, sin hallarla nunca en la Ópera, cuántas otras la había visto pasar por la galería del café, sin entrar ni mirar, quizás sin querer verlo voluntariamente. Sentía que Kaya había evitado el encuentro y creyó que ahora se había visto involuntariamente atrapada en esta trampa. La saludó con una semisonrisa, tal vez fría, y una seña con la mano, mientras terminaba de morder el pan. La joven sintió un dolor difuso en el pecho al notar el frío en el saludo del otro. Por un momento pensó en hacerle señas invitándolo a venir a su mesa, pero tuvo miedo de la respuesta. También pensó en ir ella a la suya, pero temió el rechazo, entonces se quedó paralizada y avergonzada. En la intimidad de su imaginación vio pasar por el cielo un pájaro gris de invierno, graznando a la tristeza hasta que se perdió a lo lejos. Terminó de comer su pastel, al que no encontró el placer del sabor que hasta ahora había tenido y abandonó su lugar. Al pasar junto a la mesa de Rrrrabanito le tocó una mano, con la suya entera y le dijo con un gesto avergonzado: "¡Adiós! que esté bien". Pensó que hubiera querido decirle algo como: "Lo lamento tanto", o también: "No sabes cuánto quería verte" o algo que le entregara a él el peso de la tristeza que le aplastaba el pecho; pero sólo siguió su camino sintiendo que su vacío interior comenzaba a llenarla hasta hacerse más grande que ella misma. El hombre sólo la miró con sorpresa y la dejó ir, paralizado. En su interior vio pasar por un cielo amenazante, un pájaro gris agorero graznando su triste presagio de invierno.
Se sentó junto a la ventana y se fue mirando la oscuridad exterior del túnel, cubierta por el bramido sordo del tren, imaginando la conversación que no había tenido con el anciano, la que hubiera querido tener:
- ¡Aaaah! miren a quién me encuentro, por fin, aquí. Es mi bailarina más querida - o quizás dijera algo como "la más linda" o "la futura prima ballerina" o "la admirada de todas las bailarinas". Entonces respondería:
- Estoy feliz de encontrarlo. Quería tanto verlo, pero no me atrevía. Me sentía tan fracasada, pero ahora ya no.
Él le habría preguntado algo así como:
- ¿Por qué fracasada? Si eres la bailarina a la que más quiero -. O tal vez -: La mejor bailarina -. Se habría sentido acogida por él entonces. Sus palabras serían como un abrazo lleno de cariño y ternura. Lo imaginó como un abrazo dado por Drosselmeyer a Clara, pero tendría algo diferente, como una inspiración profunda e inevitable, llena de una emoción diferente, íntima, esencial. Por un momento se dijo: "sensual", pero de inmediato retrocedió la palabra y la negó: "No. No. Sensual, no. Es un viejo, no puedo sentirlo sensual. No quiero sentir atracción por un viejo. O no tanta atracción, aunque lo echo de menos". Entonces ella le habría contado cómo había mejorado y que estaba reemplazando el papel principal.
- He tenido muy buenas críticas y el director me ha felicitado. Dice que lo he hecho muy bien. ¡Estoy tan contenta! - El anciano se habría sentido orgulloso de ella y diría:
- Me gustaría verte bailar -. "Yo lo invitaría y lo vería sonreír ahí en la platea mientras bailo. Después nos iríamos caminando despacito, tomados del brazo y pararíamos a celebrar en ese salón de té elegante que hay frente al teatro de la Ópera, a donde van las bailarinas a festejar y la gente fina también. Nos servirían té y azúcar en terrones en moldes cuadrados y en huevitos de paloma y galletitas tibias con mantequilla en bolitas ásperas. La gente nos miraría y diría: Mira, ahí está la primera bailarina del ballet de La Siesta del fauno; entonces yo los saludaría con una inclinación de cabeza mínima y un gesto distinguido de la mano. Él me miraría con admiración y orgullo". En su imaginación pudo ver la escena. El viejo vestía un traje oscuro y una camisa muy blanca, con una corbata de un solo color, quizás lila o azul bien oscuro y satinado. Se vería esbelto y hermoso. Ella estaría de blanco, con manguitas tres cuarto, y guantes de encaje. El vestido sería largo hasta las pantorrillas con un aire demodé, muy fino y tendría borceguíes en punta, de tacos en extremo alto. Veía el lugar iluminado de modo que todo lo imaginaba con una especie de brillo al que llamó "de caramelo". Entonces creyó que era demasiado siútico o cinematográfico, como película de Audrey Hepburn y a la vez que sintió un pequeño gozo en el pecho, se avergonzó de la idea y la destruyó. Con un gesto de cierta molestia consigo misma se dijo: "Bueno... No... pero algo así. ¡Bonito!". Llegó, en medio de estas elucubraciones a la estación de la Ópera y bajó del tren con una sensación de melancólica tristeza.
El anciano sintió el contacto tibio de la mano de ella como si le hubiera dejado una marca indeleble. Cuando su figura ya se había perdido entre la gente que iba y venía, inexpresiva, por la galería sintió que el roce de esa manito larga y delgada se había quedado plasmado en la suya, como si nunca se hubiera retirado de ahí. Recordó otra escena, de otra mano, que ahora se le ocurrió caprichosamente parecida, posada también del mismo modo eventual y triste sobre la suya, en una última despedida. No recordaba las palabras de aquella ocasión lejana, pero sintió que ambas voces tenían el mismo color y el mismo reproche. "Pero es imposible que fuera Treshkaya" se dijo y quiso hacer un esfuerzo para traer esa imagen desde la distancia en el tiempo, sin embargo estaba demasiado lejos y en la distancia se perdían el gesto de la boca, el brillo de los ojos y el óvalo del rostro. Cuando al fin aparecía, era la cara triste de Kaya. "¿Tal vez se parecía?" dijo para sí.
Con su morral colgando de un hombro, atravesaba la Plaza de los Constituyentes, con la vista y el pensamiento perdidos en las líneas que después quedarían trazadas en su cuaderno Navegante. De repente el graznido agorero de un pajarote gris llenó la plaza, invitando la vista de todos los que la cansaban con su paso ausente. El albañil se detuvo y miró el vuelo escandaloso del pájaro que la surcó en diagonal, pasando sobre los mástiles de las tres patrias, hacia el oriente, donde está la estatua ecuestre del Gran Caudillo, hasta que se perdió con su grito raro en el horizonte irregular de los edificios. Bajó sorprendido de esta visión a la estación y se dirigió, buscando un significado, al café, donde el anciano hacía bailar, ensimismado, el vaso del jugo de frutas. Dejó caer el morral en la silla de en frente del viejo y dijo:
- Acabo de ver un pájaro de invierno pasar graznando sobre toda la plaza. Nos dejó helados. Ese pajarote anuncia la mala fortuna. Debe ser un presagio. ¿No?.
El viejo recordó su propio pajarote interno y pensó que quizás nunca tendría otra oportunidad con Kaya y sin saber por qué, sus pensamientos lo traicionaron. Dijo:
- Se acabó...
- ¿Se acabó?... ¿Qué se acabó?
- No. Sólo pensaba en voz alta... En los presagios -; y temió ser descubierto por el otro.
- ¿Cuál sería el tuyo? - preguntó con intención, como si supiera que el viejo escondía algo.
Se encogió de hombros y se miró la mano que ella le había acariciado. En su imagen interna vio la mano de Kaya sobre la suya; sobre ambas revoloteaba el pájaro gris, graznando, y su graznido decía: "¡Se acabó! ¡Se acabó! ¡Se acabó!", pero detrás de toda esta imagen, difuso aparecía un rostro lejano, que era otro rostro, aunque insistía en ser, de alguna manera extraña, el de Kaya, aunque él y el pájaro sabían que no era así. Que no podía ser. Sintió miedo de traicionarse ante el albañil, enredado en estas imágenes, y decir algo inconveniente, entonces prefirió decirlo conscientemente:
- Kaya estuvo aquí.
- Así me parecía. ¿Qué dijo?.
- Nada. No estuve con ella. Se iba yendo - mintió - así que sólo me saludó de pasada.
- ¡Vaya que lástima!... ¿Lo lamentas?
- No.
- ¿Te recordó a alguien?
- No - mintió.
- Me hubiera gustado verla, después de tanto tiempo. Ya debe ser una primera bailarina - dijo perdiendo la vista en alguna lejanía inventada en ese momento, y agregó: - Me recuerda a alguien. Quizás a un antiguo amor pasajero, que un día me dijo: "¡Adiós! Que estés bien" y me acarició la mano. Entonces supe que nunca más la volvería a ver.
El viejo supo que estaba mintiendo. Sospechó que le había tirado un anzuelo, porque su tono casi llegaba a la ironía, sin embargo pensó que no tenía como saber nada y pensó que sólo lo veía de ese modo por un arranque de paranoia. Sin embargo, otra vez se le presentó ese rostro antiguo, detrás de la mano de Kaya, que era igual a Kaya, pero que no era ella. Y la mano era la de ella. Su temperatura, apenas más fresca que la de su propia mano, seguía ahí, como si nunca se fuera a borrar. Dijo:
- El carro sobre rieles y el árbol con sus pájaros - como si estuviera recitando, y en seguida le clavó la mirada achicando los ojos.
- Ja ja ja - se rió, como si hubiera comprendido un código: - El verso no es así, pero así se hace más claro en este caso. Creo que es algo del caballo y una barca, pero igual significa que a cada cual lo suyo, ¿No? -. Hizo un silencio, sonriendo con los dientes manchados y sosteniendo la mirada del otro - Es ingenioso - agregó después -, lástima que Tereshita no estuviera aquí, o esa otra Tereshita...
A pesar que se sentía triste, el baile de ese día lo sintió especialmente logrado. También el director y el coreógrafo lo creyeron así y la felicitaron. Pero la alegría que sentía era vacía. La imaginaba como esos huevos de pascua de resurrección pintados, a los que primero se les drena el contenido por unos agujeritos pequeños en los extremos, y luego se pintaban de colores vivos con figuras de fantasía. Su belleza era sólo cáscara. "De qué me sirve" se sorprendió diciéndose mientras se vestía, sola, en el camarín. Trató de desechar esa idea y de sentirse alegre, triunfante, pero no pudo. Se le atravesaba la imagen de sí misma, elegante, sentada en el salón de té frente al teatro, pero estaba sola. El viejo estaba sentado más allá, en un rincón. A ratos sus miradas se encontraban, entonces él movía la cabeza de arriba a abajo con un gesto tenso que significaba: "Tú lo quisiste así". Y a ella le parecía escuchar que le quería decir: "Ahora ya puedes irte: ¡Sola!". Salió del teatro y caminó en sentido contrario a la estación de La Ópera, hacia el salón de té. Sus pensamientos eran un torbellino absurdo de imágenes y frases truncas, que no alcanzaban a explicar por qué hacía algo tan absurdo. De repente imaginaba que ese hombre que caminaba, al fondo, por la vereda del salón era el anciano, hasta que pasaba de largo frente a la puerta. Su voz interna decía: "Por supuesto. Ese era un hombre joven". Después pensaba en la emoción que sentiría si al llegar a la puerta del salón el viejo estuviera ahí, esperándola. Pero de inmediato la voz interior le rectificaba: "Es una estupidez. ¿Por qué podría estar ahí?", pero ella misma se respondía: "Pero supón, por ejemplo, que después de verme en el café hubiera decidido venir a verme bailar. Ahora, supón que vino y me vio en el papel principal y decidió esperarme ahí en el salón ¿Te imaginas?". Otra voz intervenía: "Es ridículo. ¿Cómo podría suponer que vendrías al salón de té?". "Soy una tonta; una soñadora" se dijo y se detuvo. Después de un instante continuó andando; se argumento: "No importa. No es cierto. Pero por lo menos tengo derecho a soñar. Y si voy a soñar: ¿Por qué no hacerlo bien?" y sintió que recuperaba la alegría; entonces hizo una pirueta con un giro y se fue en la oscuridad de la callejuela peatonal, danzando. Llegó a la puerta del salón, la abrió, miró hacia adentro como si buscara a alguien, aun sabiendo que era irreal, que no iba a estar, sino sólo en su ensueño. Finalmente hizo una reverencia como si agradeciera desde el escenario, y girando con otra pirueta se volvió por el paseo, rumbo a la estación del metropolitano. Se iba riendo de su propio juego, de la reverencia que había hecho desde la puerta del salón. "Soy una niña chica; ¡pero lo hice!" pensó, alegre y se imaginó a sí misma vestida de organdí con falda de campana y vuelos, con las manguitas globo y encajes en el cuello. Iba saltando en un pie y otro, alternativamente, con el pelo al viento y de repente quiso hacer lo mismo. Alcanzó a dar tres pasos y se sintió ridícula. "¡Idiota!" dijo y se detuvo, como si toda la verdad del mundo, a la que le había estado haciendo el quite le hubiera caído encima. "¡Idiota!" repitió, "estás enamorada de un viejo, gordo, chico y cabezón, con un zapallo aquí" e hizo un gesto como si sostuviera, a la altura de su estómago una bola enorme y la cara expresaba el torpe desprecio que sentía su razón por lo que el viejo representaba como galán. "¡Lo odio!" y golpeó el suelo con un pie, siempre sosteniendo el zapallo con las manos y siguió caminando como si lo imitara. Recordó la cara del anciano cuando le tomó la mano y le dijo: "¡Adiós! Lo siento!". ¿Eso le había dicho? ¿Qué le había dicho?. No. Sólo se había despedido y el viejo la había mirado con cara de perro San Bernardo castigado. ¿O no? ¿O ni siquiera la había mirado mucho? Tal vez su cara fue de sorpresa. "Si yo ya soy casi una desconocida para él, que le toma la mano como una idiota". En su mente volvió a dibujarse la escena, pero ahora estaba totalmente caricaturizada. Ella misma se veía muy flaca y desgarbada. Un brazo casi insustancial, con una mano enorme y nudosa escapaba de su hombro y se posaba en una mano de viejo, con pecas de viejo y con la piel ajada de viejo. Ella misma se veía desde atrás, de manera que podía apreciar su melena desordenada, la espalda cubierta por una camiseta de algodón gris, de mangas cortas y una falda enorme, que sólo dejaba ver las canillas cubiertas por unos calcetines arrugados sobre unas zapatillas muy grandes. En cambio el viejo era sólo esa mano y el puño de la manga, que ella veía desde la altura de esa mujer sin sustancia, unida de algún modo a una cabeza con una nariz enorme que miraba sorprendida su mano huesuda, agarrando como una pata de pollo la del viejo, como si se hubiera posado torpemente ahí al igual que cualquier pajarote lo haría en una rama de árbol seco. Apretó los puños y sacudió violentamente los brazos, como si se sacudiera la rabia. Después se clavó las uñas de cada mano en el otro brazo y sintió deseos de arañarse  hasta romperse a sí misma. En su mente dibujó la escena de sus brazos desgarrados y sangrantes, y se detuvo. El pajarote voló de la rama seca con un solo cacareo, como si le hubiera llegado un piedrazo que lo espantara.
La tristeza y el pensamiento vacío, enorme y vacío, se apoderaron de ella mientras viajaba en el tren hacia la estación de la Plaza de los Constituyentes. Sólo el pájaro gris, enorme y silencioso pasaba volando a ratos pos ese vacío. "Lo único es bailar" parecía decir al pasar. "Un viejo casi no es una persona. ¿Para qué, si no, boté de la escalera del escenario a la primera bailarina? ¿Por un anciano que podría ser mi papá? ¿Acaso bailo para él; o para mi mamá; o bailo para mí?". Al bajar en la estación de destino, con decisión se dijo: "Bailo sólo para mi. Todo lo demás sobra" y se fue caminando con paso firme. El pajarote gris de su pensamiento, surcó por última vez sus imágenes interiores; casi al desaparecer en la lejanía dijo, con su último graznido: "Pero igual te gustaría hablar con él y contarle".
- No te entiendo. ¿Cuál otra Tereshita? ¿A qué te refieres? - dijo el viejo, molesto o sorprendido.
- Dímelo tú. Tú hablaste de otra mujer a la que te recordó la mano de Tereshita.El viejo se sonrió con una sonrisa torpe y la sangre le subió al rostro. Dijo:
- Jamás dije eso. Tú lo dijiste y ahora pretendes confundirme. A mi Kaya sólo me recuerda a Kaya - mientras lo decía temía que se le trasluciera la mentira, aun cuando no sabía o no recordaba a quien le había evocado, o si sólo era una imagen melancólica de la propia Treshkaya.
- Esa mujer también se despidió de la misma manera. Lo recuerdo bien - aseguró el albañil, con su sonrisa manchada -. Primero dijo: "¿Por qué nunca me contaste que eras casado, hasta ahora? Y si ya lo estabas, cuando me conociste: ¿Por qué ahora la eliges a ella y no a mí?". Entonces hubo un silencio muy largo; después se levantó y puso su mano sobre la de él y nada más dijo: "¡Adiós! que tengas suerte" y le ocultó que estaba embarazada, ¿o aún no lo sabía?. La huella de esa mano, aunque nunca más supo de ella, quedó para siempre ahí. Muchas veces el hombre la recordó, sólo por el leve peso que dejó su mano.
- ¿De qué estás hablando? - preguntó molesto el viejo. Pensaba en aparentar que era inoportuno que se sentara ahí, en su mesa, a hablar de sus ficciones, pero a la vez temía ser descubierto en su mentira. Pero se preguntó: "¿Cuál mentira? ¿En qué he mentido? ¿Acaso no tengo derecho a mis recuerdos privados?". Su conciencia, ya calmada desde hacía mucho tiempo, necesitaba evitar el remordimiento y dijo: "No hablar de algo, guardarlo para uno, no es mentir".
El albañil lo miró con su sonrisa manchada de amarillo durante un momento. Después se inclinó por sobre la mesa y sacó de su morral el cuaderno Navegante donde escribía. Comenzó a hojearlo y por fin, golpeando sobre él, dijo:
- ¡Aquí está! -. Y empujó el cuaderno hacia el viejo.
Rrrrabanito lo tomó con desagrado. Apenas vio la letra irregular, aunque legible, pensó en un sitio eriazo, cubierto de malezas espinudas, secas. Ortigas urticantes, hinojos mustios, yuyos altos de flores marchitas; todos creciendo en direcciones caóticas. Recordó una vieja fotografía de belleza irreal, en la que el ojo de toma se ubicaba muy abajo, al ras de la línea de floración de las ortigas y se concentraba en el cielo lejano y cubierto de negros nubarrones. Las matas secas, sus espinas y el cielo cubierto, conformaban un raro contraste de amenazas, llenas de belleza. Esa fotografía, pensó sin expresarlo en palabras, sino sólo en imágenes profundas, era una metáfora de la promesa de este cuaderno, o quizás si el cuaderno fuera una metáfora de la amenaza de la fotografía. Leyó:
«Su mujer legítima lo era por ley. A todas las otras las deseaba porque la sangre le hervía. También la suya era una de aquellas otras. El deseo, al fin, terminaba por impulsarlo a ese abismo que, sin serlo, era un peligro. El peligro no estaba en la caída; al fin de cuentas ya había llegado a renunciar a los escrúpulos que conformaban el catálogo del pecado. El verdadero peligro estaba en la reflexión involuntaria de la conciencia, cuyo interés era, al fin de cuentas, la libertad. La de dar curso al deseo, la de traicionar, la de ser leal o fiel, la de buscar placer, la de pensar en sí mismo, la de sentir resentimiento y perdón.
«Siempre terminaba rodando por ese abismo, en cuya sima había una mujer ajena y la lujuria. Nada más. Como el zumo de la fruta o las flores aromáticas. Al estrujarla sólo había placer. Ni una gota de retorno, de deber, de rutina, de cocina, de administración, de cama revuelta, de pelusa en las alfombras que nunca miras, de consecuencia; nada. Agotado el placer, se lava la conciencia, se baña el cuerpo, se enjuaga la boca y se asciende a la cima del buen nombre. A veces se paga aquello en billetes azules, otras, las más bellas, no. Estas son las más peligrosas, las que nunca se lavan bien, las que dejan tiznada el alma y no la conciencia, quizás porque no se pagan sino en el tiempo.
«Así había dejado de ser ajena. Así la había ido adquiriendo; ¿O estaba siendo adquirido? Cuando esta pregunta se repitió cada vez que ascendía de la sima, cuando se hizo cansancio, se sentaron en el salón de té; sin lujuria, sin deseo, en una esquina oculta por las cortinas de cristal de los edificios que multiplicaban la calle, los transeúntes, las mesitas de manteles de cuadros verdes en fondo rojo, las sillas enlacadas, aquel parroquiano que leía el diario, las meseras y a ellos mismos, ocultándolos en la geometría. Otra vez era todo él y aquella mujer era hermosa y su significado era la culpa. Le dijo con pena:(Las patas de pollo, los tallos muertos de las ortigas, la broza y los despojos caóticos de una escritura que a veces era pesada, otras casi tenue, que tan pronto caía o se elevaba, crecía o se hacía mínima, se atrasaba o aceleraba, por fin se hizo ilegible). Creyó entender que decía algo como: «... ese compromiso no sólo me amarra (o quizás decía sujeta, pero en ningún caso ata, aun cuando creyó que así debía ser) a ella...(ilegible) y eso es peor porque ese nudo es el más fuerte». Aquí volvía a leerse bien, sólo en una línea: «... de ella podría librarme; de la sociedad: ¡Nunca!». Lo que sigue estaba borrado, tachado, ensuciado con un pesado dibujo en resorte y otro en zigzag, como si cada tipo de tachadura fuera una densa capa que sepultaba, quizás una idea audaz, pero absurda, que ni siquiera soportaría la vergüenza de ser releída. Tres o cuatro centímetros más abajo, concluido el borrón continuaba:
«La mujer no derramó lágrimas: ¿Para qué? Siempre supo que no servirían. Quizás en ese mismo momento invento su absurda historia, la del marino mauritano, y nunca le dijo que, igual, se lo llevaba dentro. Sólo se levantó, puso su propia mano sobre la de su amante y dijo:
«- ¡Adiós! que estés bien - iba a agregar "lo siento tanto" pero no lo hizo. Sólo se fue dejándole la huella indeleble de su mano tibia, pero más fresca, en el dorso de la de él.»
Los pensamientos y las imágenes se entorpecían en su cabeza. Devolvió el cuaderno sin saber que decir. El albañil lo miraba triunfante, enseñando sus dientes con manchas amarillas en una sonrisa definitiva. Dijo:
- ¡Así es! ¡Nada más! - como si pusiera un sello definitivo a la ficción de su cuaderno.
- ¿Quién eres tú? - preguntó el viejo. ¿Por qué escribes eso? ¿Por qué me lo muestras? ¿Cómo sabes esa historia y los secretos de ellos?
Siempre sonriendo, el albañil abrió los brazos, con las palmas de las manos extendidas hacia el anciano, como si lo fuera a recibir o acoger entre sus brazos. Dijo:
- Tú lo preguntas: ¿Quién soy yo?
- ¡Ja! ¿Acaso quieres insinuar que eres el Cristo? No sé cómo haces para saber lo que escribes, o si eres hábil para encontrar las coincidencias, pero no te creas por eso el último de los profetas -. "Esa no es mi historia" iba a agregar, pero intuyó que el sólo decirlo ya sería una confesión irreversible.
- Tú lo dices - contestó sin bajar los brazos; después, cerrando el cuaderno, lo levantó, se lo mostró y dijo -: Vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron.
En todo momento, pensó el viejo, tenía una expresión burlona en la cara, con esa sonrisa de dientes manchados que, se dijo a sí mismo, "jamás tendría un Cristo". "Pero siembra dudas con la sola ironía de su expresión. Como si quisiera probarme. ¿Será un megalómano? ¿Se lo creerá él mismo? ¿Será un loco? ¿Y cómo parece saber lo que ha sucedido y lo que va a suceder?". En su pensamiento profundo, ese que no tiene palabras, sino sólo imágenes precarias, matrices, absurdas; en el intertanto, se superponía la mujer del relato del albañil, con sus raras letras y tachaduras, con el recuerdo de esa mano lejana, tan parecida a esta mano de ahora, cuyo tacto tibio, delicado, que lo dejó lleno de anhelos y convergían en Kaya y este segundo "¡Adiós!" que quebraba el curso de las cosas para siempre. Dijo:
- Y si tú eres el gran creador y el que construye la historia: ¿Qué hay de esa mujer que viene ahí? - y señaló a una que, ausente, pasaba por la galería exterior - ¿Y qué de esa pareja que vienen tomados de las manos? ¿Y ese hombre y aquel otro y ese? - y señalaba a cada uno que pasaba como autómatas sin alma, hacia alguna parte en la galería - ¿Dónde están ellos escritos en tu cuaderno Navegante seboso y sucio?.
Movió la cabeza de uno a otro lado, con una expresión de lástima o desprecio, que quería decir que no comprendía nada:
- Ellos sólo son comparsa; pertenecen al coro: ¡Nada más! ¡Sólo pasan! ¿Acaso no puedes entender que las cosas son lo que son, sin importar si lo crees o dudas?
Kaya pasó frente a la puerta del café. Se detuvo apenas un momento y miró hacia adentro, casi de reojo. Tenía temor de ser sorprendida. Hubiera querido entrar y esperar, otra vez, a que Rrrrabanito llegara, pero tenía temor o vergüenza. "¿Qué pensaría si me encuentra ahí?: Va a creer que lo persigo". No sabía por qué miraba, por lo tanto. ¿Era para verlo?, ¿Para saber si estaba? ¿Por si estaba y la llamaba?. ¿Qué era lo que quería?: No lo sabía bien. Quizás sólo quería darle una oportunidad al azar. "Como por ejemplo" pensaba después, cuando ya había seguido su camino, cuando ya sabía que no estaba ahí, "si hubiera estado y me hubiera llamado. Supongamos que sigo, como si no me hubiera dado cuenta, entonces él me sigue y me llama y me pide que por favor lo acompañe a tomar desayuno". Se imaginó la escena. El viejo no tenía la chaqueta de tweed que siempre usaba, con los bolsillos hinchados de cosas misteriosas y de seguro inútiles. Tampoco tenía el zapallo que se le formaba con la panza y el culo, sino que sin haber perdido su fisonomía, se veía más esbelto. Incluso, sin dejar de ser un viejo, se veía más joven, más viril y atractivo, no como los viejos, que terminaban por ser anodinos, aun cuando la rudeza de sus facciones, lo nudoso de las manos, los surcos en las rasgos, les otorguen una belleza esencial y distinta, pero que les da un aspecto de sabiduría y serenidad que, a la vez les quita la audacia de la virilidad joven. Pero este Rrrrabanito de su fantasía sin perder esa belleza de la sabia tranquilidad, recuperaba, de algún modo, la atracción viril. "Él me alcanzaba y me rodeaba con su brazo sólido, no por los hombros, como hacen los viejos, sino por la cintura, y mirándome a los ojos, con los suyos chiquititos, me decía: ¿Por qué me eludes?, ¿Por qué huyes, cuando tu única alternativa es elegirme? y me empujaba, suavemente, con ternura pero firmeza,  hacia el café. Yo quería ir con él y sentía un calorcito agradable". La imagen de la escena iba cambiando en su mente en la medida que se relataba su propia historia, de manera tal que el anciano, sin dejar de ser un viejo, o quizás sólo sin perder su identidad, iba trocando su figura, que iba haciéndose más y más joven, hasta que se sentaban, ya, en el café y entonces era un hombre joven e idealizado. Kaya, al darse cuenta de su propio engaño se decía que no tenía importancia, "si total es sólo un sueño, una entretención. Yo sé que no es verdad, aunque igual es lindo. ¿Habrá sentido pena cuando me fui, ese día?". Y recordó el tacto de esa mano como de cuero ajado. Pensó que al acariciarla, al pasar, la había sentido tan llena de texturas, de líneas anchas y aristas, formadas por huesos, coyunturas, nervios, venas, experiencia y se dijo que esas manos de seguro lo habrían experimentado todo. Imaginó que si le tomaban la cara y la acercaban a la de él, al besar, serían tan consistentes y firmes: Sabrían tan bien lo que hacen. En lo más profundo de su pensamiento apareció una escena íntima con el viejo: Lo veía besándola. Su propio rostro le pareció absurdo en esa actitud romántica y abandonada. El anciano, ahora, ya no tenía la juventud mágica del hombre que la había abrazado por la cintura y la había arrastrado tan suavemente al café. Otra vez era un viejo, surcado de arrugas, que se hacían más notorias al acercar su boca, de labios casi colgantes que se tensaban con esfuerzo, haciendo una especie de tubo o trompa corta que avanzaba, jugosa en el interior y seca en los labios, a sorber la suya. Sintió que la escena era ridícula y ese pensamiento rompió el sortilegio, destruyó el embrujo y al despojarla de todos los absurdos filtros románticos, sintió asco. "¡Lo odio!" se dijo. "Viejo asqueroso, no me quiero enamorar de ti. ¿Lo entiendes?... ¿Lo entiendes bien?". Todas las sensaciones convergieron a la rabia. "No quiero... ¡No quiero! ¡No quiero enamorarme de un viejo! ¿Por qué lo hago, si no quiero?"
Cada día que pasaba, se iba repitiendo la escena, no siempre igual, pero similar. A veces al entrar en la estación de la Plaza de los Constituyentes, intentaba hacer una ruta diferente para llegar a los andenes, pero inconscientemente, se encontraba de repente pasando frente al café. Otras veces se engañaba a sí misma y se decía que no podía cambiar sus costumbres por una tontera: "No pienso en perder mi libertad por un capricho de un viejo. Tengo que ser fuerte". Entonces pasaba frente al café y al llegar el momento, el corazón se le aceleraba, quizás no por el viejo, sino por su propio riesgo y su propia emoción, y miraba al interior para ver si estaba ahí. Sentía un raro placer de ejecutar este juego, aunque con él, sabía que perdía su voluntad de no involucrarse y no dejarse enamorar del viejo. Otros días se decía: "¡Bah! y al final: ¿Qué tanto? Me enamoro de un viejo. Si total, no puedo evitarlo" y volvía a comenzar el mismo ciclo, una y otra vez, entre la euforia romántica y la imposibilidad de acceder a amar románticamente a un anciano. "Puede ser", se decía entonces, "que él represente la figura del hombre paternal que nunca tuve. Como no tuve padre, entonces se me confunde su rol y me siento enamorada de él, cuando en realidad el es mi padre ausente y nada más".
Para redondear esa idea, que le pareció, al menos, útil para entender el absurdo de su comportamiento, comenzó a interrogar a su madre sobre su vida, sobre aquel supuesto marino mauritano: ¿Cuánto tiempo se conocieron? ¿Vivían juntos? ¿Se casaron o sólo fueron amantes?. "Menos averigua Dios y perdona". "Pero ¿él me conoció o se escapó cuando supo que yo venía?. ¿Cómo era? ¿Se embarcaba y volvía? ¿Cómo se entendían? ¿Hablaba castellano o no? ¿Qué idioma hablaba?". "¡Qué importa! Desapareció hace más de veinte años y nunca más volví a saber de él. ¿Para qué quieres saber más? ¿De qué te serviría?". "¿Y si se me ocurriera buscarlo? ¿Vive aquí o se fugó del país? ¿Me parezco a él?". Sólo a veces, muy ocasionalmente, ella le contaba algún detalle más íntimo, algún retazo de la historia: "Nos conocimos en la cola del banco, el día treinta y uno; ese día todo el mundo pagaba o cobraba. En ese tiempo las colas eran tan largas que uno podía pasar toda la mañana esperando a ser atendida para cobrar el sueldo. El dijo que a veces uno esperaba a algo durante toda la vida y yo le pregunté: ¿Como qué? y el dijo: Una mujer como usted. Y entonces nos pusimos a conversar y el me esperó cuando a él lo atendieron primero y nos fuimos juntos conversando. Así empezó todo...". "¿Y cómo estaba cobrando un cheque, si era un marino de un barco extranjero?". Se encogió de hombros y dijo, quitándole importancia: "Quizás fue en el correo, echando unas cartas... es lo mismo". Pero Kaya sospechó que había alguna mentira.


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viernes, 29 de julio de 2011

Primera Bailarina


Primera Bailarina

Fotografía original de Bryan Duff
Temprano, a aquella hora en que todo parece entumido y húmedo en la penumbra que escapa lenta y sorpresiva, el albañil entró en la gran estación de intercambio en el sur poniente de la ciudad. Cavilaba sobre la construcción del destino de vida de las personas. Se había enredado en esos pensamientos mientras se aseaba antes de desayunar. Siempre, más tarde, los pensamientos ruedan cuesta abajo hacia la realidad dura, como por ejemplo, el presupuesto familiar o los problemas del trabajo, conflictos con el capataz, el manejo de ciertas supersticiones o creencias que lo entorpecen y más. Pero temprano, en las mañanas, más aún a esa hora en que la mayoría todavía duerme, era posible que él estuviera, aunque despierto, en una especie de extraña vigilia durmiente, que excitaba el pensamiento "elusivo e inútil" decía, "pero altamente creador, que me permite ir hilvanando las ficciones que voy a escribir después". Era como un ejercicio de resolución de problemas, que permitían dar un norte a su obra. Así, de este modo, no sólo necesitaba una motivación para que un viejo abandonara su vida, del todo construida y fácil, y comenzara otra distinta, llena de augurios de fracaso y de horizontes muy lejanos, que tendrían que hacerlo calcular que en el tiempo que le quedaba, sería imposible lograrlo, más aún cuando había instancias de vida, como el amor, la búsqueda de una compañera, incluso el sexo, que ya casi resultaban imposibles de construir en tan poco tiempo; sino también, delinear y estructurar el contenido de ese proyecto, con algún horizonte que permitiera culminar un modelo que posicionara una idea de destino acordado, es decir algo como la motivación para el pensamiento de un eventual lector, que llegara, empujado por la ficción a una convicción de que el destino no era propio, sino construido en la conciencia social. Había buscado los motivos en una vida anterior sometida, insatisfactoria dentro de los logros y comodidades, que se supondría que no serían propios, sino impuestos por la cultura, la sociedad y la personalidad dominante de un padre que no trazaba guías para la realización ajena sino sólo la propia. Enlazar esa realidad con un intento tardío, casi absurdo, había hecho necesario un conflicto tan raro como la muerte del padre dominante en circunstancias en las que era posible hacer al hombre sentir culpa, o incluso dolo, aun cuando esa muerte no fuera inducida por sus acciones directas, pero las fuerzas persistentes de los hechos posteriores, debían reconstruir aquel hecho hasta convertirse, también para él mismo en un parricidio intencional, necesario para rehacer su destino.
El viejo Rrrrabanito conversaba contento con la conductora del tren que entraba a la estación de intercambio. Por sus cálculos, ya que nunca tenía una noción precisa de la hora, sino sólo estimaciones aproximadas, creía que serían cerca de las cinco y veinte de la madrugada y unido ese dato con el de la conductora mujer, había supuesto que quizás las autoridades del ferrocarril habrían decidido que a esa hora se reforzara la conducción de los trenes con mujeres, que resultaban más cumplidoras. Había preguntado a la mujer si ella creía que podía ser así. Ella había sonreído halagada, a nombre de las conductoras; así lo había dicho, pero no creía que los mandamás del metropolitano, todos machos y machistas, tuvieran ese pensamiento. "Es más bien que los conductores hombres, apenas pueden, escapan de este trabajo tedioso, y de mucha responsabilidad, ascendiendo a trabajos de oficina, control, y administración. Nosotras, las mujeres, por nuestro lado, tenemos que aceptar lo que hay. Por eso cada día somos más conductoras". El viejo había bromeado sobre las condiciones laborales de genero, sobre la mirada masculina de ciertas cuestiones y había opinado que "el trabajo de conductor es intrínsecamente proyectivo. Va abriendo el mundo que el tren lleva por delante. ¡Es fantástico!" opinó con entusiasmo, provocando la alegría de la mujer, que por un instante breve, se vio a sí misma como una gran madre que llevaba una caravana de cochecitos donde sus niños, convertidos todos en pasajeros de tren, eran guiados por ella a sus escuelas, paseos y finalmente a cualquiera que fuera su destino futuro. Ella los llevaba, con amor y ternura. En ese momento la cabina pasó frente a la oficina de control de la estación. En el andén opuesto, el viejo vio al albañil con la mirada fija en su morral, que descansaba en el suelo frente a él, y el ceño arrugado, como si meditara en algo que requería alta concentración. Dijo: "¡Miren quien está ahí esperándonos!". La mujer respondió, atenta en el andén de este lado: "Sí, es el conductor que lleva el convoy de regreso" refiriéndose al hombre de azul oscuro que esperaba la detención del tren para abordar la cabina de retorno. "No, no. Es el albañil que está de este lado, concentrado en sus historias de mentiras".
El albañil discurría, recordando el encuentro último con Tereshita, después del estreno del ballet "La siesta del fauno", en que la gente solía proyectar su futuro en torno a los logros y la prosperidad, aun cuando, quizás, la mayoría terminaba construyendo su vida en torno a sus fracasos y en como luchar por superarlos sosteniendo siempre las esperanzas vanas como un motivo de vida. De algún modo concluyó que "el último destino de todos, vistas así las cosas, es en definitiva el gran fracaso de la muerte. Cuando muera Tereshita, sin haber llegado a ser nunca una gran primera bailarina, terminará de construir su gran fracaso, como si su edificio, proyectado, en sus anhelos para doscientos pisos que llegaran, en definitiva, hasta el cielo, sólo se truncara finalmente en el piso noventa y ocho donde se frustran tantos proyectos". El tren entró en el desvío de retorno después de varios minutos y volvió al andén del frente, donde el albañil seguía estructurando sus ideas. "Por eso yo me ocupo del trayecto. Mi afán es decidir cómo se construye el edificio, adelantar el relato del camino, pero no hacerlo. Yo sólo lanzo la mirada en el sentido del movimiento y soy su testigo, pero no me preocupa hacia donde va el camino, me interesa cómo va y que vaya del mejor modo" concluyó cuando el tren finalmente se detuvo frente a él. Se echó el morral a la espalda y entró al primer carro, donde se dejó caer en un asiento sin acompañante y cerró los ojos. Cuando el tren inició, poco después la marcha, él ya había comenzado a ver sus primeras imágenes interiores, lejanas y absurdas, propias del primer sueño: Corría, transversal a las líneas de los ferrocarriles en la estación terminal de trenes de Berlín, algo más allá de la gran techumbre de cristal. Desde ahí gritaba instrucciones a los operadores de las grúas instaladas a ambos costados de la estructura, para que bajaran lentamente unos enormes tramados metálicos que debían encajar a la perfección al centro del espacio de dos torres construidas, una a cada lado del cuerpo principal de la estación, sobre el cristal. Sabía que el ensamble no se iba a lograr. No obstante, su misión era lograr el mejor relato de ese espectáculo, pero desde la posición del jefe del proyecto. Entre sueño y vigilia, sabía que había algo absurdo en su posición, algo no real, y sin embargo no importaba. Lo realmente importante era sortear la carrera lenta y pesada pero inevitable de viejos trenes de vapor, de color óxido, que cada tanto se precipitaban sobre él. No resultaba difícil hacerlo, pero lo distraían de su relato, que debía hacer a viva voz, a la vez que debía hacerse escuchar de los operadores de las grúas. Cuando las estructuras metálicas cayeron sobre los cristales de la estación, haciendo saltar una nube, bellísima, de fragmentos quebrados, desde un tren que expelía un intenso bufido de vapor, saltó, airosa, Tereshita. "Sólo voy de pasada a la heladería de la Conciliación" dijo. Más para los operarios de la obra que para ella, le respondió: "Cualquier triunfo está construido con miles de pequeños grandes fracasos". En ese momento el tren frenó bruscamente, haciendo chirriar sus mecanismos y lanzando a los pasajeros hacia adelante. Mientras el albañil se acomodaba y recuperaba su morral que había sido despedido unos metros más allá, una voz femenina, perfecta, anunció por los parlantes interiores: "Se informa a los señores pasajeros que estaremos detenidos más del tiempo acostumbrado". El albañil pensó que la detención brusca le permitiría recordar el episodio de la estación de trenes de Berlín, con su metáfora del destino construido sobre innumerables fracasos, que de otro modo no habría tenido, jamás, mérito alguno.
Arrastraba la mochila, en uno de cuyos tirantes iba amarrado, por las mangas, el polerón que a su vez también se arrastraba por el suelo de la estación. Llevaba, desde la función de estreno de La siesta del fauno, una sensación de inutilidad y fracaso que le inundaba el cuerpo. Sólo podía superarla, a ratos con locas fantasías imposibles: "Hagamos de cuenta", se decía, "que la primera bailarina al bajar triunfante del escenario" e imaginaba la escena, diferente a la real y llena de elementos falsos, surgidos del germen profundo de su elucubración. La escalera era altísima y estaba rodeada de público que aplaudía su triunfo, aún cuando ese aplauso era de cierto modo hipócrita, nacido de la necesidad de reconocer que el público no podía presenciar medianías, sino sólo éxitos. "Bajaba en ese ambiente, la prima ballerina, saludando halagos que creía sinceros, y por lo tanto los recibía con descuido y arrogancia. De pronto, al bajar en puntas, le fallaba el paso, caía estrepitosamente y se descoyuntaba una rodilla y el tobillo". Treshkaya detiene en este punto su relato, al reconocer que no podía ser real de ese modo y siente una cierta molestia al percibir otra vez la frustración insalvable de su fracaso. "En dos meses de funciones, creo que lo he hecho siempre pésimo. Nadie se habrá fijado en mi, sino sólo para notar mis errores" se dijo apesadumbrada, pero luego, sobreponiéndose a ese pensamiento que la dañaba, continuó, como quien aparta algo que estorba sobre la mesa en que trabaja: "¡Bueno! ¡No importa!. Hagamos de cuenta que de algún modo se rompe una pierna al bajar de escena" y se esforzó por reprimir un cúmulo de imágenes que querían brotar del fondo de sus fantasías, a las que forzó por otro rumbo, que le convenía: "Entonces, no sé por qué, el director... decía que yo era la indicada para reemplazarla". Aunque el relato era interno; aunque esta fantasía no tenía otra misión que calmar la herida de su propia frustración y por tanto, nadie, jamás, podría conocerla, o ni siquiera sospecharla, sintió vergüenza de configurar la narración de este modo y en ella pasar por sobre la reemplazante establecida y las jerarquías que el director, con absoluto conocimiento de los méritos de su cuerpo de baile y de cada una de las bailarinas, había establecido. Se sintió abusando y usurpando una función que no le correspondía, para obligar al director a una decisión que jamás tomaría. Otra vez, sin embargo, forzó los sucesos: "¡Ya! ¡Qué se yo! Así sucedía. Tenía la oportunidad" dijo, como si este paso, esta decisión, fuera dificilísima, aun cuando sólo pertenecía a su mundo interior. "Bailaba entonces, debutando en el papel de la fantasía onírica del fauno, y triunfaba. El público me aplaudía de pie y debía aparecer tres veces a agradecer el aplauso cerrado e incesante". Sintió que se derretía en su espíritu el fracaso y la frustración, y surgían otra vez los anhelos y la alegría. Adoptó la posición de un friso helénico, como si fuera una mujer vestida con una túnica, mirada de costado, que llevaba sobre su hombro un cántaro de vino, que el fauno esperaba recibir. Caminó de costado, sin sobrepasar con un pie la posición del otro sino siempre adelantando el primero para hacer espacio al segundo. Se sintió renovada y creyó que si cultivaba con fuerzas estas fantasías, podían llegar a ser realidad. Este pensamiento la hizo darse cuenta que el fauno de su fantasía no era el bailarín que lo representaba en su cuerpo de ballet, sino el albañil, con su sonrisa aviesa y cínica. Con cierto horror concluyó que quizás no estaba elucubrando su fantasía sino la historia de ficción que el albañil escribía en su cuaderno Navegante. Con un estremecimiento pensó que si sus ficciones podían devenir reales, con sólo pensarlas con intensidad, y ella creía casi firmemente en eso, entonces con mucho más razón deberían ser reales las ficciones de alguien que las ha pensado con tanta fuerza e intensidad que ha llegado a escribirlas dentro de una articulación verosímil. "Entonces no nos espía ni vigila. Sencillamente de alguna manera nos ha poseído con la fuerza de su pensamiento" concluyó, y sólo por un momento se dijo que "tal vez, incluso, somos su creación" pero de inmediato se escandalizó de ese pensamiento y lo reprimió.
Mientras esperaba el tren, en la estación de la Plaza de los Constituyentes, después de evitar el café donde antes se encontraba con Rrrrabanito y el albañil, como venía haciendo desde ya un par de meses, cuando se separó de ellos para ir a la heladería de la Conciliación, huyendo del lance entre ambos; se sentó en uno de los asientos amarillos, adosados a la pared, y pensó que si el viejo podía enfrentar al albañil y ponerlo en jaque, a pesar que él era capaz de anticipar los acontecimientos, quería decir que su poder no podía ser tan grande. "Y por último, qué me importa" se dijo. "Si yo puedo influir en mi destino pensando intensamente cómo sería, y él lo escribe de ese modo, y más todavía, sucede de aquella manera, entonces quiere decir que yo estoy construyendo su historia y no él la mía". Sintió que esta era una buena conclusión que la liberaba del yugo del escritor y con cierta alegría se dijo: "Sigamos entonces. Yo era primera bailarina y lo hacía mejor que la verdadera prima ballerina, así es que el director me dejaba a mi como principal". Vio en su imaginación inconsciente a su mamá, radiante de felicidad junto a Rrrrabanito, entre el público aplaudiendo su actuación. Imaginó que era tal su éxito que el ballet era invitado, gracias a su excelencia, de gira por muchos países, que obvió nombrar; "pero eran europeos". Había cerrado los ojos para disfrutar, en la penumbra de los párpados bajos, la irrealidad de su sueño. Se veía, ahí, proyectada sobre algún escenario desde el cual veía un público vestido de gala en platea e infinidad de personajes elegantes en los innumerables palcos que ocupaban todo el entorno que podía abarcar con la vista. Ella era Odile, en aquella representación, y vestía un tutú negro y vaporoso con el cual parecía un elegante pájaro exótico, que engañaba al príncipe Sigfrido, que corría tras ella en el tercer acto del Lago de los cisnes. El anciano vestía una capa pesada y larga con la que la escondía a los ojos del príncipe. Estaba ahí representando al mago Rothbart. Al darse cuenta que Rrrrabanito estaba en el escenario, fijaba su vista en Sigfrido. Tenía los dientes manchados de amarillo en una sonrisa absurda que no correspondía al papel del príncipe, si no al albañil. Abrió los ojos y el clímax de la orquesta se convirtió en el bramido de un convoy del ferrocarril que se alejaba de la estación. "Ellos no bailan" se dijo. "No son más que sueños: ¡Jamás se harán realidad!" y sintió que la alegría que la había envuelto se nublaba en su viejo fracaso de siempre. Con él subió en el siguiente tren rumbo al teatro de la Ópera.
Mientras llegaba el director, cada uno trabajaba libremente, para calentar el cuerpo y prepararse. Treshkaya, con todo, seguía aún saboreando sus locos sueños sobre el escenario, donde ejecutaba el baile de la primera bailarina. El fauno sonreía y le seguía el juego. Entre ambos improvisaban, también, algunas figuras dentro del estilo del ballet, pero que no pertenecían a la coreografía que representaban en esta ocasión. Al verlos, la primera bailarina subió también al escenario, quizás por celo profesional, tal vez por inseguridad, o bien sólo porque las mujeres son así y la competencia les resulta natural y necesaria. Primero intentó desplazar a Kaya, pero como el fauno se divertía con ella, en la improvisación de figuras, para evitar la apariencia de pérdida se quedó algo más allá ejecutando sus movimientos con precisión, en solitario. "¡Aaah! Muy bien" aplaudió el director al entrar y ver el baile del fauno y Kaya. "¡Muy bien! Tiene mérito... tiene mérito..." aprobó sonriendo, quizás más por simpatía o broma, que por un juicio real. Al menos eso pensó Kaya, cuya autocrítica era muy severa desde que el director le había llamado la atención en el ensayo general. "¡Et bien! y ahora a lo nuestro" dijo palmeando, "Allez!... Vite!". La primera bailarina corrió a la escalerilla del escenario, molesta con lo ocurrido, sintiendo celos de la expresión del director, fuera ésta una broma o no. Más atrás, llena de satisfacción y quizás más metida en sus sueños que en la realidad, Kaya la seguía en estilo griego, como si fuera parte de un friso y llevara un cántaro de vino entre las manos, sobre el hombro. Cuando la primera bailarina llegó al peldaño más alto de la escalerilla, Kaya vio, en su pensamiento profundo, donde sólo se proyectan imágenes inexplicables, sin razón alguna, a la prima ballerina dar un traspié y caer aparatosamente al final de la breve escalerilla, con un tobillo zafado. Al instante la bailarina real dio un mal paso al bajar el  escalón. Kaya soltó su cántaro de vino, bajó del friso y se cubrió el rostro con las manos, llena de culpa: "Yo la boté" pensó. "No sé cómo lo hice, pero yo la hice caer" se repitió mientras miraba a la bailarina, caída, al pie del escenario, sollozando, con el tobillo izquierdo roto, entre sus manos.
Kepa Uriberri
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