miércoles, 7 de diciembre de 2011

El club de París



"¡Hay cuentos...! Lleve su cuento a trescientos... Si prefiere lleve tres por mil... Buenos cuentos... Para señoritas... cuentos... Para calmar la tristeza o el mal de amor... cuentos...".



El club de París


La estación San Francisco es de poca importancia, no obstante que tiene un intenso flujo de pasajeros que convergen o emergen de la estación. De seguro es esto lo que hace que una gran cantidad de comercio ambulante se instale en sus galerías aledañas al área de servicio de pasajeros. Para acceder al sector de la estación se debe sortear a vendedores de sándwiches, de dulces, de joyas de artesanía, músicos que piden colaboración, y un sinfín de comercios raros como ópticas a granel, libros usados y piratas, programas de computador, contratos de televisión por cable, minutos para teléfonos personales, muñequitos de loza, equecos de la suerte, lectores de tarot, de pruebas de personalidad, oráculos de diversos tipos, vendedores de paisajes kitsch pintados en discos de vinilo de Pedro Vargas o Jorge Negrete, también de Ray Coniff, Connie Francis, Gilbert Becaud y otros, juguetitos pequeños para niños, agujas e hilos, cintas, plantas, colgajos de macramé, amuletos, colgantes que emiten perfumes pasosos para el automóvil, botines de guagua (bebé), cuellos de polard, pantaletas de lycra, en fin, más. Entre ellos, los comerciantes, músicos y otros, arrinconado, casi mirando la pared, Rrrrabanito observó a un viejecito pequeño, de aspecto muy tímido, con una barbita desordenada y una gorra de género a cuadros, de esos que abaten la copa hacia adelante y la sujetan con un broche a la visera. Entre las manos tenía tres o cuatro cuadernillos de unas cuantas hojas tamaño carta cada uno, corcheteados por la esquina superior izquierda, impresos en letras enormes. Lo vio mover los labios, como si dijera algo o hablara, quizás, para sí mismo, aunque su voz no se oía en absoluto entre el barullo comercial y el tráfico de gentes. Sintió cierta lástima, mezclada con curiosidad. En lo profundo de sí mismo, se identificó de algún modo con el vejete. En su imaginación no se vio a sí propio sino a su padre, aunque éste había sido más grande y de talante más seguro, pero su sentimiento interior hizo una cierta conversión y se pensó, él mismo, como otro, hijo de aquel viejito y también se vio como ese viejo, solo y desprovisto, quizás necesitado y carente de auxilio. Sintió cierto vértigo o tal vez angustia. Por un momento pensó que la galería estaba más oscura que de costumbre y aunque no era posible, sino sólo en su propia imagen interna, le pareció que se llenaba de pajarotes grises, que no eran palomas, sino alguna especie de rapiña o de mal agüero, que tal vez se tragaban la luz que hacía falta. Se acercó, ciertamente conmovido, al viejecito que vestía ropa muy grande, como si se la hubiera regalado alguien de porte muy superior, de manera que él parecía insustancial dentro de aquel chaquetón y con esos pantalones de lanilla gruesa. Lo imaginó como si estuviera, internamente, hecho sólo de alambritos y que sus únicas partes realmente humanas fueran la nariz, algo grande y los ojos muy claros e inocentes, asomados entre la barbita desordenada, y las manos huesudas de tamaño desmesurado para su estatura o el porte del rostro. Iba a preguntarle si necesitaba ayuda, pero al llegar junto a él, oyó casi un gañido, que decía, con entonación de anuncio, como si voceara a grito pelado: "¡Hay cuentos... Lleve cuentos... Son buenos los cuentos... Llévelos a trescientos, o si prefiere, en oferta de a tres por mil... Lleve cuentos...!". El hombrecito gañía su anuncio vuelto en cuarenta y cinco grados hacia la pared, como si estuviera escondido, superando, a penas a medias, la vergüenza de salir a vender a la calle o en la estación del metro, sus cuentos. Rrrrabanito preguntó:
– ¿Qué cuentos son esos que vende, mi amigo?
El vejete giró apenas el rostro, sin levantar la vista, muy azul, que lanzaba al infinito, paralela al suelo, como si de este modo permaneciera escondido pero presente, con lo que superaba la enorme dificultad que le proponía el desafío de vender a cualquiera, al paso, sus cuentos que la necesidad imperiosa le obligaba a vocear en este lugar. Murmuró:
– Mmmm... mmmm... Eeeeh... mmm... Míos – gañó al fin.
– Sí, claro. Pero ¿de qué tratan?
– ¡Ah! ¡Sí! – dijo como si sonriera con pena, arrepentido de su propia estupidez –. Hay cuentos para señoritas, para niños pequeños, de amor, de misterio, para caballeros, cuentos de ahora y cuentos de antes, de piratas y corsarios, hay cuentos de campo, del güere güere, de la yaquirimolca, el pozo de las cucarachas, cuentos de dioses griegos y de faraones, el cuento de la Pimpolita, cuentos de señores feudales y de batallas míticas, de ladrones, de militares, de aparecidos, de héroes de la historia, la saga del Pepe Tiuque, la historia de Margarita, la del niño de trapo, del loquito del parque, la historia de Anin Gunaparte, la de don Misael, la del millón de la Fe Enorme, la del soldado de palo, la de la amante coja del coronel, hay cuentos de navidad, cuentos para tertulias, cuentos de brujas, cuentos para brujas, cuentos para conquistar enfermeras, cuentos para entretener a los carabineros, cuentos para viejecitas, cuentos para besar y cuentos para olvidar novias esquivas, y así muchos... cuentos verdaderos y del todo falsos y tanto y tanto...
– ¿Y todos esos cuentos tiene en esas poquitas páginas?
– Ah no, no. Es que se ha vendido mucho hoy – dijo, y por primera vez le pareció que el viejecito mostraba una sonrisa pícara y lo miraba fugaz, con inteligencia a los ojos, pero el gesto desapareció de inmediato.
– Pero lo que usted escribe no se transforma muy lentamente en la verdad, al pasar el tiempo – argumentó el viejo recordando al albañil, como si de esta manera, a través de la respuesta del vejete pudiera destruir los argumentos de aquél. Alcanzó a sentir un cierto placer, casi infantil, con esta jugarreta, como si su venganza pueril pudiera llegarle a través del éter a su adversario; no obstante, sintió que cometía un abuso que se presentó en su conciencia profunda como una imagen borrosa y gris, sin definición ni contenido alguno. Sólo después de un momento creyó distinguir ahí, al viejito enroscado y protegiendo su cabeza con los fajitos de cuentos, de algún golpe alevoso a punto de caer sobre él. El viejecillo dejó escapar una risita breve y muy leve. Su expresión cambió definitivamente, haciéndose alegre del todo. El anciano pensó en un gnomo, uno de aquellos que salen en las mañanas, después de la lluvia, cuando amanece con sol y rápidamente van guardando el calorcito y la luz del alba en pequeñas botellitas.
– Por supuesto que sí – dijo y levantó los ojos hasta alcanzar los ojos del otro por un instante muy corto y los escondió de inmediato en el horizonte lejano –, imagine usted a le Chat qui rit, o al miserable Raskolnikov ¿Vamos a negar que son verdaderos? ¿O que París existe sólo porque se ha escrito tanto sobre París? Siempre es esa la maldición de los cuentos de la que uno debe tener buen cuidado, porque... – se quedó inmóvil. Sólo algún gañido dudoso escapó de su boca, como si hablar más fuera terrible, como si cualquier cosa que agregara fuera a revelar una verdad que jamás debería ser conocida por nadie. Después de un momento, en sacrosanto silencio, en recogida quietud, como si estuviera solo, como si nunca hubiera sucedido el diálogo previo, volvió a gritar, a voz en cuello, casi en silencio su gañido: "¡Hay cuentos...! Lleve su cuento a trescientos... Si prefiere lleve tres por mil... Buenos cuentos... Para señoritas... cuentos... Para calmar la tristeza o el mal de amor... cuentos...".
Después de dudar un momento, se metió las manos a los bolsillos, llenos de papeles de colores y raros objetos, y escarbó hasta que finalmente sacó las manos con algunas monedas y papeles que flotaron en el aire. Las miró con calma, las separó sobre la palma de su mano y finalmente escogió tres de cien. Dijo:
– ¡Está bien! deme un cuento –. Y le pasó las monedas al vejete. Este las tomó en su mano enorme, las sacudió un momento como si al moverlas y mirarlas pudiera estar seguro que el precio era el justo. Observó por un instante brevísimo a Rrrrabanito y mostrando las tres monedas preguntó:
– ¿No prefiere llevar tres por mil?... Es una oferta...
– Uno está bien.
– ¿Cuál? – preguntó.
– No importa. Cualquiera.
– ¿De amores? ¿De misterio? ¿De amores?
– Cualquiera – agitó la cabeza subrayando el concepto.
– ¿De amor imposible?
– Cualquiera.
Sacó el del centro y dijo: "Amores prohibidos", lo puso sobre el lote de tres o cuatro que llevaba. Luego tomó el último y dijo: "Misterios incomprensibles" y lo puso sobre los demás. Volvió a tomar el del centro, poniéndolo encima: "Para caballeros solos" y el penúltimo: "Historias de pícaros" y levanto varias veces las cejas con alegría. "Ñññññggg..." gañó, lleno de dudas con el siguiente y encogió, temeroso, los hombros, pestañeando muy rápido.
– ¡Este! – dijo entonces el viejo y se lo arrebató, aunque el viejecillo puso cierta resistencia.
El viejo miró el cuadernillo, mientras se dirigía al andén, sin demasiado interés. El título, en letra negrilla, centrado en la primera línea decía: "El Club de París". Si había albergado una muy mínima ilusión respecto al interés del cuento, o mejor dicho de los cuentos del viejecillo, ahora, al leer un título que imaginó pretencioso para el contenido que un vejete algo loco, algo gagá, habría de darle, la perdió al instante. No obstante, vagamente leyó en algunas líneas que la narración, en primera persona, hablaba de la curiosidad que el narrador habría sentido siempre por París, desde que, muy niño, se le había dicho que ese habría sido su lugar de origen, desde donde habría viajado transportado por un enorme pájaro, de nombre extraño, a cargo de repartir a todos los niños por el ancho y largo mundo. Rrrrabanito imaginó al vejete como un niño pequeño, que sin nunca dejar de serlo, había envejecido del mismo tamaño de niño, con pensamiento de niño, con ingenuidad de niño y con juegos de niño solitario, que lo habrían llevado a escribir cuentos tontos, pueriles, sobre temas infantiles sin médula. Vagamente imaginó el relato, ya sin leerlo, mientras abordaba el tren. En su imaginación apareció la cigüeña, tal como la dibujan en tantas caricaturas donde abusan de esta imagen pobre, con un largo pico, del que cuelga un paño blanco en el cual hay acunado un niño pequeño, al que sólo se ve las piernecitas rollizas y la cabecita rubia. Quizás viaja en un cielo con nubes de algodón y va succionando un chupete más grande que lo natural. La cigüeña lleva calado hasta las orejas un gorro de cartero y las largas patas que flamean hacia la parte posterior de su vuelo, lucen blancas polainas de franela. Sin más que hacer, en su cara se dibujó, dejando evolucionar esta imagen, el esbozo de una sonrisa, mientras comenzaba a divagar elucubrando un posible cuento para el cuadernillo que llevaba en las manos y no quiso leer, creyéndolo pueril. Al ser entregado, el niño a sus padres, la cigüeña timbraba los papeles de despacho con su gran foliador universal, que marcaba (¡Oh! ¡Maravillas!) Exactamente el número once mil ciento once millones, ciento once mil ciento once. "Todos los números mágicos, como este, o cualquiera otro notable: Capicúas, de dígitos secuenciales, redondos, y más y más" aseguraba la cigüeña, "obtenían una beca especial para formar parte del Club de París". Esta membrecía les permitía, al cumplir la edad de merecer, viajar a la ciudad luz y vivir ahí durante nueve meses la aventura de recorrer completa la línea de producción de infantes, que cubría todo el plano de la ciudad, hasta terminar en la desembocadura del Sena, donde las cigüeñas los tomaban, con su inmaculado trapito blanco y los despachaban a su destino, con quienes serían, para siempre sus padres. El niño recorría todo el proceso junto a una procreación bellísima llamada Amanda (o Princesita Amanda, aunque sus amigos sólo utilizaban su nombre sin título de nobleza, lo que en modo alguno disminuía el intenso azul de su sangre regia). Al llegar al día del nacimiento de Amanda, el niño que era plebeyo y pobre, ya se había enamorado de ella y era inocentemente correspondido en lo profundo del corazón de la princesa, aunque sólo como un germen de amor futuro. Ella, rubia y preciosa fue arrebatada por su cigüeña a algún lugar desconocido, en lo profundo de la recóndita Europa, donde quizás, incluso, le cambiarían el nombre por, por ejemplo, Infanta Sobralla, o Duchesse de Montperenciegne, o quizás Lady Dorialle Percifall Bowling, Princess of Burffork y llegaría a ser la futura amante del príncipe viudo, que jamás llegó a ser rey. Él, en cambio, moreno, tosco, quizás basto habría querido encaramarse a lomos de la cigüeña, para seguir a su preciosa princesa Amanda y vivir para siempre con ella, un bello romance, incluso a pesar del propio desprecio que ésta sentiría por él, que lo relegaría a la más vil servidumbre. Por fortuna, o desgracia, no lo sabía bien, el personal de producción y seguridad, habrían impedido su absurdo empeño y lo habrían apresado. La alta directiva del Club de París lo habría sometido a juicio, quitándole su membrecía y cambiando su folio por el nada importante diez y siete mil trescientos doce millones, cuatrocientos ocho mil ciento veintitrés y habría vuelto a su pueblo oscuro, como un ciudadano oscuro, de nombre desconocido, donde estaría condenado a luchar por pequeñas reivindicaciones sociales que lo convertirían en un despreciado rebelde revolucionario, paria de la sociedad. Su empeño, y el odio a la nobleza europea, lo habrían llevado, finalmente a triunfar con su revolución, hasta ser un personaje importante en las configuraciones del poder universal. Así, ya anciano y casi ciego, se habría tomado esa famosa fotografía en la que se veía más hermoso que el retrato de Hemingway, del que se enamoró de inmediato la Archiduquesa Lettice Aurore, por entonces gobernanta absoluta de toda la Europa meridional, que quiso, pues, conocerlo y lo mandó a buscar. Él la habría reconocido en el mismo instante del reencuentro, por su risa cristalina, como su amada Amanda, a pesar que ella a la sazón ya no era joven. Aún cuando tenía casi cuarenta años más que él, ventaja que le había otorgado su rango noble, al pasar de los años; iniciaron un tórrido romance que terminó en un apoteósico matrimonio celebrado en la Catedral de Los Inválidos de París, del cual se avino el mayor imperio jamás visto, donde se instauró el lujo y el abuso de poder, la conquista despiadada y la guerra perenne. En este momento, el tren entró bramando a la estación de la Universidad, donde el viejo se bajó, con el firme propósito de jamás leer un cuento, que juzgó, sin haber leído, tan absurdo.
Convertida en una sílfide, Kaya vuela por los andenes y escaleras, al azar, quizás como haría una mariposa de una a otra flor. Claro está que la mariposa realmente ramonea entre flores. Quizás las sílfides lo hagan también así, caóticas, sin un destino fijo, mientras ella, hoy, es aquella hada elegida, que vuela y brinca jubilosa, con un destino cierto. Deberá entrar por la ventana, cubierta de papel kraft de color beige, en la estación de la Universidad. Ahí estará el escocés, que ahora sólo es joven en su alegoría, quizás por la fuerza de su encanto que convierte todas las cosas con su propio toque, que las llena de magia e ilusión. Mientras vuela por los andenes y carros del metropolitano que brama entre túneles y estaciones, llenándose y vaciándose de comparsa que sólo presta su cuerpo sin expresión a la escena, con las miradas siempre vagas en algún rincón, que sólo excepcionalmente intercambian una sonrisa o la esbozan hacia sí mismos, causada en sus íntimos pensamientos; va pensando en abrazar ese amor nuevo por aquel viejo, que su ensueño transforma en el joven James de la Sílfide.
Una luz interior traspasa, tenue, de color amarillento el papel kraft de las ventanas. La sílfide golpea sobre el vidrio, como si fuera el hada que se estrella, atraída por la luz de una ventana, por la que quisiera entrar en busca del joven al que enamorará y que habrá de envenenarla por conquistar su amor. El escocés se levanta y su silueta se acerca interrumpiendo la luz. La sílfide revolotea en una piroutte, un jeté, un tournement et coup de pied. La puerta se abre y el hada, como atraída por una luz intensa, se precipita sobre el joven escocés, lo abraza y lo besa llena de alegría, encantada por su propio embrujo.
– ¿Qué es esto? – pregunta, atraída por el cuadernillo de hojas blancas en el que reposa París sobre la mesita de velador.
– ¡Tonterías! Me lo dio un vejete en la estación San Francisco, por unas monedas y un consejo... – acompañó la frase con un gesto de la mano que parecía empujar hacia atrás, hacia el olvido, la experiencia con el viejecito y agregó –: Un cuento pueril sobre el niño pobre y la princesa o eso...
Kaya tomó el cuadernillo y lo ojeó, leyendo algunos pasajes a medida que lo hojeaba. Dijo:
– No veo princesas ni niños pobres.
– De seguro se llama Amanda o Aurora... No Aurora no. Esa es la Bella durmiente ¿No es así? – Kaya no contestó. Quizás acuciada por las aseveraciones del viejo volvió las hojas al principio, se sentó a la orilla de la cama y comenzó a leer con atención:
«El club de París
«Por primera vez oí de París siendo tan niño. Decían que los niños venían de París, todos, incluso yo mismo. Nos había traído la Cigüeña. No sabía qué era una cigüeña, la imaginaba una mujer gorda, de blanco, desde la cofia a los pies: Una especie de monja Natividad, que tenía una vocecita muy aguda y nos enseñaba a leer y escribir con letra gladiola, pero blanca en vez de negra, como aquellas que se veía en los hospitales. París lo imaginaba como una sala de algún lugar que no tenía exterior. Sólo una gran sala de cosecha, llena de cunitas de donde la Cigüeña seleccionaba niños, según su estado de madurez, los metía en su bolso blanco y se iba, tranquila, caminando las calles, hasta la casa de la nueva madre. Ahí entraba a la pieza de la mujer, donde todo era encierro y misterio, a esperar, junto a la parturienta, al médico que sería fundamental en la instalación y puesta en marcha del nuevo niño.
«Después supe que París era una ciudad y la cigüeña un pájaro. Me preguntaba: "¿Cómo un pájaro puede traer a un niño de una ciudad a otra?". El más grande de los pájaros que conocía era la paloma y el único lugar que conocía, más allá de donde yo mismo vivía era El Bajo de Orrego, un pueblito pequeño, con una sola calle y unas ocho a diez casas de barro y paja a sus orillas, al que demorábamos muchas horas en llegar en una carreta desvencijada. Me decía a mí mismo que una paloma, con el peso enorme de un niño podría demorar una eternidad en viajar de París, ubicado en algún paraje mágico y por tanto mucho, mucho más lejano que El Bajo de Orrego, hasta, por ejemplo, mi misma casa, conmigo a cuestas. Mucho después conocí al tío Adolfo, que tenía un aguilucho; un pájaro enorme que según contaba podía cargar en sus poderosas patas un corderito que las águilas robaban de los ganados, frecuentemente. Nunca supe si era leyenda o realidad. Se decía, en la familia, que un buen día el aguilucho del tío Adolfo se había robado, de una fiesta de cumpleaños del vecindario, a un niña con globo rojo,  de mirada sorprendida, llamada Luciíta, y lo había traído al tío, como un regalo. Todo esto contribuía a hacer más cierta la leyenda de París: Un pájaro grande podía cargar a un niño pequeño.
«Siempre fui un niño más pequeño que el resto, de manera que nadie quería jugar conmigo, ya que por aquel tiempo todos los juegos eran violentos. Así fue que viví solitario, imaginando amigos intangibles, hablando con ellos en voz baja y escribiendo nuestros juegos y conversaciones para no olvidarlos. Me transformé, de este modo, sin intentarlo, en este escribidor. Si de niño me intrigaba París, ahora anhelaba huir de este mundo solitario y conocer aquella ciudad donde la magia era posible y por tanto ahí vivían todos los artistas: Principalmente los escritores y poetas. Ahí se creaba el universo que se plasma en los libros, que eran, siempre lo fueron, mi único mundo.
«Trabajé de lustrabotas, porque me permitía divagar sobre historias, todas las cuales terminaban conmigo en París. Si los creadores, los artistas, los escritores y los poetas soñaban con París, mi único anhelo tenía que ser París. Leía sobre París, admiraba a quienes iban a París y volvían hablando francés y a los que escribían, en París, extraños poemas sobre algún épico viaje en descenso, mientras bebían la leche de la vaca que habían llevado desde su propia aldea: Eso los hacía universales. También recibía encargos para escribir cartas y poemas de amor, biografías falsas, cartas de presentación, currículos de mentira que parecían verdaderos y era fácil defender, avisos para pegar en los árboles y postes de alumbrado informando del próximo bingo o de una kermesse, a veces de fiestas de disfraces y más, justificativos firmados para hacer la cimarra, cartas a familiares lejanos que mentían sobre el paisaje y las bellezas de ciudades en las que nunca habían estado y todo aquello que requiriera buena letra, correcta ortografía e imaginación para escribir al estilo de lo que creía se usaba en París. Así junté, muy de a poco, dinero para irme. Conocería las factorías y el río Sena desde donde despegan las cigüeñas hacia todos los lugares del mundo. También vería las luces más bellas y relumbrantes de la única ciudad del universo que merece este nombre lleno de brillos: Ciudad Luz. Al fin podría caminar por sus calles con nombres de tanta belleza como Rue de Bertin Poiree que se dice "Gu de Begtán Puagué", o la Rue Royal y la de l'Arbre Sec y también l'Avenue de la Bourdonnais y el Quai Branly donde uno puede estar horas mirando a la tour Eiffel y respirar el mismo aire fragante a sobaco de mujer de la ciudad, que han respirado todos los poetas del mundo, alguna vez.
«Llegué a París en la cola de un avión que tocó tierra de noche. No conozco demasiados aeropuertos, pero imaginaba el de París iluminado como un incendio, de dimensiones sobrecogedoras. Pero todo estaba, o era, oscuro como boca de lobo, excepto la pista misma que parecía tener todo lo necesario para el aterrizaje. A la izquierda se divisaba una torre, parte de un único edificio a penas iluminado, como si fuera una boite más que un aeropuerto. La sensación, toda, era de soledad absoluta. Entonces nos saludó en cuatro idiomas una azafata sonriente que nos dijo: "Mesdames et messieurs, bienvenue à l'exclusif Club de Paris. Il est déjà temps d'informer nos visiteurs pour la première fois que Paris n'existe pas". Los que ya conocían comenzaron a gritar "¡Bravo!" "¡Bienvenidos!" y otras cosas que no entendí en absoluto, mientras aplaudían como si estuviera comenzando una gran fiesta. Entre vítores y aplausos se pararon y salieron por el pasillo, la manga de desembarque y desaparecieron. Los primerizos quisimos imitarlos pero nos detuvieron "seulment un moment". Hablaron de los antiguos Parisiis, primeros pobladores del lugar, de los celtas que tuvieron una aldea llamada París en la "rive droite", de los galos, los germanos y los romanos que intentaron fundar ahí Lutecia y fracasaron. Entonces los habitantes del lugar, como un acto estratégico, hicieron la fundación mítica de París, a la que jamás llegaría enemigo alguno. Quienes quisieron invadir París, para conquistar la Francia, nunca lo lograron, ya que no lo encontraron. París era sólo un club de iniciados. Para la segunda guerra los alemanes fueron astutamente engañados y desviados a Reims. Para cuando se dieron cuenta, el temor de las tropas a las represalias del Führer, los hizo callar y firmar el mismo contrato de confidencialidad que nos pasaron a nosotros. Este nos aseguraba una estadía regia, en cualquier lugar de Francia, luego de aprender el mito y jurar su fidelidad. Muchos de los poetas, escritores, filósofos y pensadores, más avezados y antiguos del club, nos ayudarían a tejer nuestra propia historia de París, la que quedaría archivada en las oficinas de la Leyenda Pública, donde también había una división de pesos y medidas que guardaba la barra de platino e iridio que daba realidad al sistema métrico decimal. Esta última, supe después, se guardaba en el museo del Palacio Papal de Avignon y rara vez era consultada, pues había infinitas copias en un poliuretano muy estable, casi inmune a la dilatación, o al menos, menos que la barra patrón y se había repartido a lo ancho y largo del mundo.
«Pues bien: Firmé; aunque no creí en absoluto lo que me habían dicho. Se me dijo que alguien que creía en la cigüeña a los treinta y tres años (esa edad tenía por entonces) no podía dudar de una verdad tan rotunda y me llevaron a recorrer las inexistentes Tullerías, La Plaza de la Concordia donde sólo había un obelisco regalado por el gobierno del Japón, rodeado de un jardincillo pequeño, el barrio latino que era sólo un peladero donde dormitaban, bajo los árboles, algunas personas con aspecto bohemio, que escribían en libretitas, poemas de vanguardia y existenciales. Visité el Quai de l'Horlogerie desde donde habría atravesado, camino del cadalso, María Antonieta, que se me dijo, secretamente, que había sido guillotinada en un salón privado del Ayuntamiento en Varennes, varios meses antes de lo que cuenta la leyenda. El Quai de l'Horlogerie era sólo un barrial en la isla, al que se llegaba por un puentecito precario, de madera rústica.
«Así fue que descubrí que la verdad y lo objetivo no existen, sino hasta que lo compruebas personalmente: París no existe hasta que conoces París. Entonces te das cuenta que París no existe. Así fue que decidí huir de esa cáscara falsa y contar la verdad. Varias veces me sorprendieron y me detuvieron. Me vigilaban día y noche, durante meses. Finalmente me dejaron ir y me entregaron un certificado de salud pública que aseguraba que "il est malade de la tête" y me dejaron en las puertas del consulado en Amiens. El consulado me acogió con conmiseración. Me subieron a un avión acompañado de un cuidador de locos; este me entregó en la calle Olivos, donde a nadie le importaba que París fuera o no una farsa. Ahí todos eran farsantes felices o ensimismados. Cuando escapé ya no era nadie, y a nadie, nadie le cree que fue a París y París no era nada, entonces recordé a Cartago, enemiga de Roma que fue destruida hasta sus cimientos y desaparecida ciento cuarenta y seis años antes de nuestra era. "¿Cartago?" preguntaban los romanos con irónico sarcasmo, "¿Qué es Cartago? ¿Dónde queda Cartago?". Era tal la enemistad de la cultura romana con la cartaginesa, que los romanos decidieron negar Cartago: Cartago nunca existió. París en cambio existe, hasta que uno enfrenta a París y descubre que nunca ha existido. Pero a quien se lo dijera me decía: "tu es malade de la tête". Por eso he escrito este testimonio, no para todos; sólo para algunos. Sólo para locos.»
Había una firma al pie, con una letra muy extraña e inclinada, casi ilegible, que parecía decir "Barolli" o "Marutti", quizás "Merolli" y podría también decir "Borelli". La primera letra, "M" o "B" muy inclinada, era enorme, mientras el resto, muy aplastado, se lanzaba hacia adelante como si quisiera llegar primero, no obstante que al llegar al final no se lanzaba sobre un objetivo futuro, sino que era del todo regresiva, volvía sobre sí misma, como si quisiera castigar su pasado, de manera que cruzaba como un golpe de látigo la doble ele, transformándola en doble te, o tal vez limitando su propio posible vuelo místico. "De todos modos" pensó Kaya, "esta firma es una atroz admonición".
– ¡Es fantástico! – afirmó. – ¿No será del albañil...?
– Jajaja. El albañil escribe de la vida, de los sueños, de los pensamientos. No escribe cuentitos de niños.
– No es un cuentito de niños, es un cuento de locos.
– De niños y de locos todos tenemos un poco. Este era una especie de viejo niño o quizás de niño viejo, con unas manos enormes construidas de madera nudosa. A parte de eso parecía insustancial y gritaba sus cuentos en voz tan bajita que nadie lo escuchaba y sin embargo no le importaba.
– Quizás sólo esperaba que tú le compraras. Sabía que estarías ahí, que ibas a hacer un esfuerzo y a escucharlo. ¿Cómo sabes si después de venderte este cuento no se fue y desapareció para siempre?
– ¡Ah! Jaja. Cierto... Ya estaba desapareciendo cuando lo encontré; por eso parecía que no tenía cuerpo sino sólo la ropa que lo envolvía, la gorra y los pelos disimulaban que no tenía cara, sino sólo ojos y una boca que casi no podía hablar.
– ¿Donde dijiste que lo habías encontrado? Quiero conocerlo – dijo taxativa.




Kepa Uriberri









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lunes, 28 de noviembre de 2011

La palabra escrita

"Había intentado escribir su desilusión y renuncia definitiva a ese amor. Quería llevar el hilo de la trama a una ruptura. Ella debía decidir que no podía amar, que no amaba, a un viejo." 





La palabra escrita
 Kepa Uriberri desde la hermana república de Chile


Otra vez estaba sin trabajo. Se veía a sí mismo como ese enorme pájaro, quizás un aguilucho o quizás un cóndor, que volaba en el azul infinito, elevado por los vientos sobre los cerros más altos de la cordillera: Libre de todo peso, con todo el espacio a su disposición; pero a la vez el cielo enorme, la altura infinita, la libertad extrema eran su agobiante prisión. No podía, como aquel mismo pájaro, renunciar a su condición; debía vivir en aquella prisión terrible de la aparente libertad del vuelo en los cielos, de la que el pájaro no podía escapar. De ese mismo modo, él no podía escapar de su propia situación. Por eso hoy, aunque no tenía obligación alguna, ni tampoco proyectos que resolver, se veía obligado a alzar el vuelo. Nadie debía saber que no tenía trabajo, que estaba prisionero de su propia libertad. Por eso estaba sentado aquí en el café de siempre, a la hora de siempre, en la estación de La Plaza de los Constituyentes, con un café y su cuaderno Navegante frente a él. Releía y escribía. Avanzaba y validaba lo escrito. Había relatado la caída del viejo en el pasto falso y sus dudas. Escribía y borraba, llenando de manchones los sentimientos de frustración de Tereshita ante la evidencia de su enamoramiento de un hombre ya acabado. Había intentado escribir su desilusión y renuncia definitiva a ese amor. Quería llevar el hilo de la trama a una ruptura. Ella debía decidir que no podía amar, que no amaba, a un viejo. La lucha final por la bailarina, el cisne o la princesa, la muñeca, la elegida, la consagrada, debía ganarla la fuerza joven. Debía comprender que mientras ella había luchado por ser primera bailarina, por triunfar, el viejo sólo buscaba tener un nombre, ser alguien cuando ya había vivido una vida de fracaso. Deseaba que Tereshita se enamorara del verdadero Sigfrido y no de Rotbart, del fauno potente y no de Proteo, dios viejo y acabado pastor de bestias. Quería, tal vez para liberarse de su libertad, entrar él mismo en su cuaderno Navegante, irrumpir ahí, para tomar a Tereshita, para hacerla suya, pero no encontraba aquella puerta que lo introdujera en la escena. Intentaba guiar a la bailarina a esa encrucijada, pero cada intento resultaba fallido y terminaba en un nuevo manchón difuso. Por fin decide tender una trampa al viejo y la bailarina en el parque interior Vista Hermosa. Por eso había hecho caer al viejo y a ella la había cargado de culpas y desazón. Los había llevado al salón de té El Pan Alemán, donde él mismo llegaría después con una mujer más madura, para engañar al anciano. Quizás un cisne negro, una mujer que, siendo atractiva, lo llenara de confianza, lo hiciera sentir que era la mujer que le correspondía, aunque más joven, suficientemente madura. Con ella haría una verdadera pareja y no una zozobra permanente. A la vez él mismo debía ser la trampa para emboscar a la bailarina y ejecutar el enroque que buscaba. Escribió:
«El anciano se puso de pie con dificultad. Cuando al fin lo logró se dijo avergonzado: "¡Qué pareja somos! Una bailarina frágil, con un viejo gordo y cabezón al apa". En el sendero que rodea el parque, a Tereshita le gustó ese saloncito de té de aspecto alemán y quiso sentarse ahí, a conversar. Sin embargo estaban en silencio. Él revolvía su fracaso en el café helado, mirando la crema que se iba concentrando al centro del remolino que formaba la cucharilla al agitarla. La sacaba, entonces, empujaba el montecito de crema hacia el fondo y volvía a revolver en sentido inverso, como si intentara, inútilmente, volver el tiempo atrás. Ella picaba, con sus dedos, pequeñas migas del kujen de manzana, como si sus manos fueran avecitas estilizadas». Se detuvo, leyó la última frase y repitió en voz baja: "... avecitas estilizadas... avecitas... estili...". Sacudió la cabeza. "¡No!" se dijo y tachó, aunque suavemente, como si aún temiera dañar las manos de la bailarina, y escribió, en vez, «pajaritos; palomas claritas.» Volvió a leer y creyó que estaba bien. Continuó, entonces:
«Tereshita se vio, vestida para bailar, sobre el escenario. El viejo estaba al fondo, en la oscuridad de las últimas butacas de la platea. Lo acompañaba otra mujer, de extraña belleza silenciosa. No obstante, el viejo era parte del ballet. Era el mago Rotbart y aquella mujer era el cisne negro que intentaba engañar al príncipe Sigfrido. Este entraba desde la oscuridad de la escena buscando. Las luces lo encandilaban y tomaba a la mujer que Rotbart le ofrecía, creyéndola la princesa encantada, convertida en cisne. Tereshita sentía la desolación del engaño y se daba cuenta, al fin, que el príncipe Sigfrido, lo mismo que el fauno, antes, era...» iba a escribir "yo mismo" pero se detuvo. Pensó en escribir su nombre verdadero, pero se arrepintió. Miró al infinito, más allá de un rincón alto donde remataba una cenefa que cubría un manojo de cables que penetraban en un ducto de la pared, mal disimulado, como si de ahí pudiera surgir algún nombre inspirado. Dijo para sí: "Orgüel" pero no le pareció apropiado. Volvió a repetirlo en su mente: "Orgüel". Le añadió una ele final, alargando el golpe del sonido: "Orgüell... No. No" y le agregó una hache inicial, de modo que el sonido era algo aspirado: "Horgüell". Arrugó el gesto de nariz y boca, a la vez que negaba con la cabeza. Miró la hoja del cuaderno y dijo: "Zhardoff". Luego sonrió. "Idiamel está mejor" dijo en voz baja. Por fin, en un gesto de decisión, tomó el cuaderno y pasó todas las hojas, hasta el final. Ahí, sin razón ni concierto, había trozos de frases, palabras sueltas, pequeños dibujos, todos escritos o trazados en distintas direcciones. Retrocedió una hoja, dos, tres, hasta que encontró una casi en blanco. Ahí comenzó a anotar: «Idiamel, Sárdok, Yaison, Yeison, Beibydoc, Asrramel, Uriel, Huriel, Maikel, Maikol, Yacson, Bristol, Brandon, Gerzam, Brentam, Cerrik, Cerapín, Gérulin, Mátison, Yordan, Yeimibén, Yamitón, Waldo, Yelno, Edualdo, Donardo, Dardo, Lucero, Luzmel, Lucimel, Martel, Mardel, Martisán, Damián, Demian, Délibel, Drúmmell, Chramchrom, Kramkron, Krámizon, Kamarenco, Sigjeil, Jarefor, Yarefort, Latóyico, Espaniol, Alemaño, Niunion, Neperiano, Nerunzen, Noztell, Nortenio, Canio, Conio, Cenio, Suenio, Panio, Escanio, Escarño, Actiño, Heleño, Armeño, Dañel, Albaniil, Ratbon, Kolomaro, Karzon, Oregón, Arizón, Tenesí, Guartington, Páriz, Ñuyor, Ñuyersi, Jiuston, Claid, Elco, Rondal, Dannol, Monreal, Áidajo, Güisconsing, Mizuri, Hontario, Kévek, Grólinber, Fladimir, Múnster, Ulstei, Mónajan, Cástelber, Korke, Homaly, Macuín, Stiv, Clinton, Clín, Isgud, Bandrich, Lenin, Krúcheb, Asorin, Baroja, Valantrade, Orcado, Chetlan, Estálim, Nodgorov, Chérnot, Feodoro, Igor, Grégor, Sámarob, Odlanier, Léugim, Sámot, Oláznog, Zerréitug, Nítnelav, Lúar, Kazán, Racsó, Dimar, Digüén, Artesón, Tucapel, Lircay, Yumbel, Toltén, Maipú, Dermón, Ancud, Angol, Aysén, Anís, Drambuí, Chiguá, Mezcal, Pellótel» y ya no pudo seguir porque la hoja se había llenado con cuatro columnas de nombres. No obstante, en un rincón, de costado, aun anotó: «Maranión» y «Unamuño». Leyó, entonces, varias veces los nombres, primero de corrido, luego al azar. Después marcó algunos con una pequeña ve, en seguida recorrió los marcados y subrayó algunos de ellos y finalmente encerró con un óvalo unos cuantos y por último se quedó con Angol, Albaniil, Baroja y Oláznog. Los repitió mentalmente, muchas veces, en distintos órdenes: Alfabético, por cantidad de sílabas, por longitud en letras, también según sonido y de acuerdo a cómo creía que le gustaban más, aunque se arrepentía y volvía a cambiar. Al fin, de acuerdo a todos estos parámetros, eligió «Baroja», porque lo creyó más literario. Pero al mismo momento de escribirlo sintió que estaba mal; que ese no podía ser el nombre. Ensayó con Oláznog, pero ahora, en el contexto de lo escrito no le pareció un nombre, sino otra interjección, casi como un estornudo o un grito desesperado y eso no daba la idea de lo que quería decir de modo que empujara para siempre la realidad. Finalmente se decidió por Albaniil. Este nombre, además, reforzó la idea, que la profesión del autor de aquella historia, cuya contraparte es este relato, era la de albañil, por cuanto de todas las muchas alternativas que había analizado, sólo esta que refleja, posiblemente, aquella actividad, fue la única que lo satisfizo. Escribió entonces «Albaniil» y se quedó divagando en relación a la importancia de los nombres, o a la psicología que había tras ellos en casi la gran mayoría de los escritores y también otra gente que narra sucesos incluso a modo de ejemplo. Reflexionó que había muchas narraciones, hasta de grandes autores, o reputados grandes, cuyo primer impulso era poner un nombre a un protagonista, que luego, en el desarrollo del relato resultaban humanamente anónimos y que se habrían visto favorecidos sin un bautizo forzado. También pensó en el impulso frecuente, al reiniciar una escena o retomar un hilo narrativo, de escribir por ejemplo: "Baroja miraba por la ventana el gris atardecer..." o también: "Aún no amanecía, sin embargo, en medio de los reflejos color de plata de la madrugada, Osgualdo vio llover mientras planeaba su crimen..." y del mismo modo: "Mariú pensó que lo odiaba. Era cierto que la palabra corneta resultaba tanto más prosaica y menos literaria que trompeta, pero...". No era, de ninguna manera difícil recordar ejemplos como este: "Majestuoso, el orondo Buck Mulligan llegó por el hueco de la escalera..." y este: "-Usted, Cochrane ¿qué ciudad mandó a buscarlo?", o también este otro: "A Mr. Leopold Bloom le gustaba saborear los órganos internos de reses y aves" y sucesivamente: "Martin Cunningham, primero, metió la cabeza con sombrero de copa en el coche...". Y en fin en otros es lo mismo: "Paró  el  coche  frente  a  un bar de aspecto miserable, y Gregory invitó a entrar a su compañero" y lo mismo, sin importar su grandeza: "Durante una pausa en el proceso Melvinski, en el vasto edificio de la Audiencia, los miembros del tribunal y el fiscal se reunieron en el despacho de Iván Yegorovich Shebek y empezaron a hablar del célebre asunto Krasovski"; al fin Ivan Ilich muere gritando de dolor, y nunca se llega a saber quién es Iván Yegorovich, quien es mencionado en la novela la misma cantidad de veces que él lo recordó ahora. A pesar de todo, sostuvo su idea de bautizarse a sí mismo, con la secreta ilusión de hacerse presente en la historia más allá de su horizonte creativo, cuando ya todo fuera así como lo estaba relatando. "Me parece bien Albaniil" se dijo y tomó otra vez el lápiz de pasta transparente, al que había puesto en el reverso su correspondiente tapa, cuyo sujetador había mordido hasta la deformación. Releyó: «Tereshita sentía la desolación del engaño y se daba cuenta, al fin, que el príncipe Sigfrido, lo mismo que el fauno, antes, era Albaniil». Continuó: «Al verlo, ahora, creyó que era mucho más viril y quedó impresionada con su prestancia. Pensó que querría enamorarse de este hombre antes que de aquel viejo, que se ocultaba allá al fondo, entre sombras y artimañas. Pero no era real; sólo era el deseo de un sueño, producto de la frustración de un paseo en el que había fijado demasiadas expectativas. Entonces se presentó, junto a la mesa del Pan Alemán que compartían, silenciosos, ofuscados, Albaniil con aquella mujer cuyos ojos parecían interrogar siempre, aunque nada decían. Contrastando con su silencio, ellos, Albaniil y la Carmen, venían llenos de alegría, pidieron de comer y tomar, a la vez que levantaron la conversación que ahí estaba apagada. El viejo, como esperaba, había puesto los ojos en Carmen, de modo que le preguntó:
«- ¿Tú, eres su mujer?
«Carmen sólo sonrió. Albaniil la había traído, sin que ella lo supiera, para tentar al viejo de manera de distraerlo, mientras él iniciaba un acercamiento con Tereshita, de modo que quiso despejar la duda de inmediato:
«- Ella es la Carmen - aclaró -, sólo es una amiga - y sonriendo con expresión cómplice agregó: - No hay ningún compromiso -. Pero Tereshita quiso saber, por la propia Carmen, si era verdad.
«- ¿Y tú? ¿Qué dices, Carmen?
«- Nada... soy su amiga... Nada más.
«- ¿Y ustedes...? - preguntó Albaniil con ironía al viejo, aludiendo con esta a los progresos de pareja entre ellos, pero sin explicitar la pregunta».
Después sugiere que el efecto habría sido el esperado. El viejo, asegura, habría manifestado interés por Carmen, desatando el enojo de Tereshita que, al fin, habría querido irse, pero él la detuvo, no tanto porque ella se quedara, sino por no tener que irse él mismo; sostiene. El relato de esta escena es largo y lleno de digresiones, cuyo único fin, al parecer, es instalar en la historia al nuevo personaje, Albaniil, definiendo su personalidad de un modo caprichoso y sesgado: «Era sin duda un intelectual, desposeído, por lo que se había visto obligado a ganar el sustento con sus propias manos, y así era notorio en su vestimenta quizás ajada, gastada, pero que sin embargo subrayaba su personalidad y su natural creador, lo mismo que su carisma, por lo que proyectaba la imagen de un hombre luminoso, lleno de atractivo». En otro momento alarga, inútil, una escena en la que habla de los parroquianos del entorno, asegurando que estos se mantienen atentos a su conversación. Más todavía, asume que ellos incorporan la conversación y los conceptos sostenidos por Albaniil, en la tertulia de sus propias mesas. Escribe:
«Hacia las tres de la madrugada, alguien llamado Bagner, o quizás sólo fuera un apodo, debido a su actividad, aunque no tiene importancia alguna, en una mesa vecina, a la izquierda, defendía la realidad del amor emocional, como un fenómeno inevitable, en tanto que en la de ellos, el viejo daba razones para sostener que éste no tenía componente alguno emocional, sino era un proceso colateral de la razón.
«- La atracción entre las personas no es el amor. Este viene mucho después - alegaba -. Si el amor fuera emociones, a la larga siempre perecería. Si existe amor para siempre es por la razón, por el entendimiento.
«Bagner, en tanto, en la mesa vecina, defendía el amor como algo idílico, como la expresión del arte, afincado en la persona: Lo poético, unido a una cuestión misteriosa de orden fisiológico es lo que reconocemos como amor. A la vez parecía imponer su idea elevando la voz por sobre la de sus contertulios que sostenían opiniones diversas. En un momento dado, Albaniil y su propio grupo pasaron por un silencio y todos prestaron atención a los argumentos de Bagner. Carmen hacía algún movimiento por debajo de la mesa y se pudo ver cierta reacción del viejo, de manera que parecía que de algún modo secreto se comunicaban. Albaniil sonrió. Tereshita creyó que lo hacía porque compartía la opinión de Bagner y le dijo:
«- ¡Qué romántico!... Me encanta esa idea...
«El viejo no alcanzó, distraído por la Carmen, a entender con claridad lo que había sucedido y lo interpretó de una manera torcida. Quizás creyó que Bagner coqueteaba con Tereshita, o que ella lo hacía con Albaniil, de manera que en tono contestatario y de indudable desagrado, dijo:
«- Eso es una estupidez»
Esta frase está tachada con una línea, luego, al parecer, fue ovalada alrededor y acompañada de una seña en forma de ve corta que la revalida. Podría ser a la inversa, aunque sería extraño. Finalmente está desechada con tres equis encima da la frase y de la propia marca que la aprueba. En la línea siguiente fue reemplazada por:
«- No, no, no. No es así - y continúa argumentando -: Finalmente, toda manifestación vital encierra un proceso fisiológico, de manera que no existiría ni la razón no los sentimientos, sólo un estúpido flujo de jugos orgánicos -. El tono era claramente apabullante por lo irónico, además que lo había dicho en voz muy alta, para asegurarse de ser oído por Bagner y sus compañeros».
A su vez, esta redacción está llena de enmendaduras; originalmente dice "Por último" en vez de "Finalmente" que cambia un sentido alternativo por otro definitivo. La frase que sigue, desde "toda manifestación..." no está escrita de manera contigua. En ese punto hay un manchón muy empastado que refleja varias posibles sobreescrituras, que en definitiva fueron borradas con mucha presión en el trazo, como si se intentara evitar que un eventual lector pudiera descubrir lo que el escritor quiso decir de modo fallido, o como si se avergonzara de lo escrito. Lo acompaña una seña, un llamado, que apunta al reemplazo definitivo, que está escrito algunas líneas más abajo. Así mismo, la palabra fisiológico que califica al proceso, originalmente fue "químico", luego fue cambiado por "orgánico", el que en definitiva derivó en "fisiológico", al parecer como una manera de levantar una redundancia de la redacción definitiva, ya que más adelante, donde dice "jugos orgánicos" en principio decía "fluidos corporales", donde tanto "fluidos" como "flujo" fueron subrayados, antes de tachar lo segundo y escribir sobre la línea con una letra microscópica la fórmula definitiva. El comentario a la frase del viejo, es a su vez, también enmendado, reemplazando "agresivo" por "irónico". En principio había un punto después de "asegurarse de ser oído" que fue suprimido con una cruz, para luego añadir "por Bagner y sus compañeros".
Según el relato del albañil, se habría hecho un pesado silencio en todas las mesas del entorno, en ese momento el carillón de la plaza habría marcado las tres en punto, después de lo cual pareció que sólo se escuchaba el denso tic-tac de la maquinaria. Después Bagner habría respondido, para su propia mesa, en voz muy alta y de manera despectiva, la idea del viejo. «Se produjo un diálogo sordo, de mesa a mesa, donde argumentos y respuestas no se dirigían de uno a otro, sino cada cual argumentaba para su propia mesa, pero respondiendo al adversario de la otra, hasta que en un momento de máxima tensión, ambos se pusieron de pie y se enfrentaron, dispuestos a irse a las manos. Bagner llegó a levantar un puño amenazador. El viejo sostuvo su mirada durante largos segundos sin intentar defensa alguna. Finalmente, de manera inesperada, sonrió, levantó los brazos y rodeó a Bagner con un abrazo del todo pacífico. Dijo:
«- Hay tantas verdades que se hace innecesario imponerte la mía, cuando la tuya también tiene mucha belleza».
Se sabe que Treshkaya, y también Bagner, se habría emocionado profundamente con esta acción. Ella habría abrazado al viejo y luego habrían abandonado el Die Deutsche Brot. El relato del albañil omite esta parte. Tal vez haya hecho negación porque habría perdido el lance que había intentado.


Kepa Uriberri






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Alejados del Instinto ¡YA A LA VENTA!






                  Manuel Murrieta Saldívar (Ciudad Obregón, Sonora, México), doctor en letras hispanoamericanas por Arizona State University—Tempe y licenciado en literaturas hispánicas por la Universidad de Sonora. Fundador de Editorial Orbis Press (www.orbispress.com) y de la publicación Culturadoor (www.culturadoor.com). 
                Ha obtenido premios como periodista, autor y editor—Premio Estatal de Periodismo en Sonora, tres veces ganador del Concurso del Libro Sonorense, mejor delegación editorial en IX Feria Internacional del Libro de Puerto Rico (2006), premio al editor hispano revista Panorama, Phoenix, Arizona (2000). 
                Actualmente reside en el área de Modesto, norte de California, donde se desempeña como investigador y profesor de literatura chicana, mexicana y latinoamericana en California State University, campus Stanislaus.


 








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Fragamento:


“Y si estoy a tu lado sin cansancios
no esperaré un recuerdo para tocar
tu vientre.
Y si no quieres oír mis ceremonias,
escribiré un libro hueco, sin ámbar,
sin metáforas.”




Alejados del Instinto, un canto a la mujer, al erotismo; una  sublime conexión entre el Ser y el Universo. ¿Y si no es lo sensual, qué es?



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