sábado, 9 de abril de 2011

Una tarde cultural


Una tarde cultural

Abro mi casilla de correo personal; esa que va a mi nombre y no con el seudónimo que utilizo para firmar cuando me transformo en el señor Hyde literario. Suele haber ahí mucho spam, que me empeño en recibir y borrar, por una cuestión de principios: Odio que alguien más decida qué debo recibir y qué no, de modo que nunca uso filtros y siempre decido uno a uno que correo vale y cuál se rechaza. También hay correos de amigos, del banco, relaciones sociales intimas, formales, indeseadas, en fin. A veces, sólo pocas veces, llegan a esta casilla invitaciones a concursos y premios literarios, ya que alguna participación previa me hace candidato a una nueva versión. En esta ocasión, entre correos de reclamo de mi hija que se encuentra en Canadá y me exige que me comunique: ¡ya!, encuentro uno de un remitente que no conozco y cuya referencia, sencilla, dice sólo "Invitación". Antes de tomar ninguna decisión, examino la casilla del señor Brodsky, quien remite: Pertenece al Consejo de la Cultura. Abro, entonces, el correo: Esperan contar con mi presencia en la Ceremonia de entrega de los Fondos de Cultura, en los que estoy postulando a una Beca de Creación Literaria.
Me reconozco tímido. Suelo no participar de estos eventos, que se hacen tan masivos, tan llenos de figurines y figurones, de artistas semi conocidos, de caras tristes; de lindas actrices de teleseries, que de seguro son tan diferentes a sus papeles en pantalla, y muchos, muchos desconocidos, como uno mismo, que deambulan como pollos en corral ajeno esperando que se cumplan los protocolos ignorados de la ceremonia y quizás sus sueños. Algunos se refugian en grupos de conocidos, donde conversan en voz muy alta, como para afirmar su posible importancia, fuman, comen y toman a placer: Son los iniciados, los conocedores, los cófrades de siempre. En fin, yo, que soy un solitario, prefiero no ir. Mientras pienso en estas cosas, me digo: "Como sea, la invitación, en todo caso, ha de significar que me otorgaron la beca que solicité". Sin embargo, de inmediato rectifico mi apreciación: "No necesariamente. Quizás han invitado a todos quienes postularon a algún fondo". Es que muchos invitados no llegan, y el riesgo de invitar a unos pocos es el fracaso del evento. Esta duda tuvo la virtud, después de varias vueltas por el pensamiento, de inclinar la balanza.
La ceremonia era en una de las cumbres del cerro San Cristóbal, en la plaza Antilén, desde donde se divisa el sector oriente de la ciudad, con sus edificios elegantes y modernos, y se accede por un sector fino y tradicional de Santiago, donde pequeños busecitos van subiendo por turnos a una cantidad enorme de público que no sospeché que hubiera. Además, otros muchos suben en sus vehículos propios, de modo que al llegar a la plaza, ésta está repleta. Pero, como a veces soy afortunado, llego justo cuando los mozos parten cargados de bandejas con bebidas y otros con pequeños sandwichitos, todo lo cual alegra el ánimo. Rápidamente me hago de una copa de pisco sour, espirituoso e industrial, y alcanzo a comer dos pequeños pancitos con alguna pasta casi picante y sabrosa. Los mozos desaparecen entre la gente y me encuentro solo en medio de la multitud, con un trago en la mano. Entonces me desdoblo, por un breve instante, y me miro desde la distancia: ¿Soy un ancianito ridículo, tomando solo, en medio de la multitud, con aspecto perdido?. Me imagino a mí mismo como ese viejo actor cómico inglés, que no voy a nombrar por pudor personal, que solía representar estos papeles.
Al centro de la plaza hay una enorme pelota plástica, transparente, dentro de la cual se ha instalado un proscenio, varias pantallas que exhiben íconos y lemas, equipos de sonido que difunden música ensordecedora, y en un rincón una mesa con un pequeño conjunto de trofeos. Me digo que esa veintena de figurillas de acrílico no alcanzaría para los cientos de fondos aprobados, con seguridad más de un millar. Por su parte, las sillas instaladas frente al proscenio, que calculé en torno a las ciento cincuenta, estaban cubiertas con un paño albísimo, que me hizo pensar que quizás no cualquier culo de poca alcurnia podría posarse, honradamente, ahí: Me imaginé sentado en una de ellas. Veía llegar junto a mí al gran poeta Z, premio nacional de literatura, que me decía, con el inconfundible gesto de su cabeza calva y los ojos enormes, que lo hacen tan igual y tan distinto a mis hermanos: "¡Perdona! Estas sentado en mi silla, ¿podrías hacerme el señalado favor de levantarte de inmediato?". Incluso después de terminar de decirlo, el bailecito de su cabeza, donde cabrá tanta poesía, seguía insistiendo persistente. Me vi avergonzado, devolviendo lo robado. Z sacudía la indignidad que había quedado adherida al asiento, con un pañuelo tan albo como el propio forro protector del tapiz de la silla. Estos pensamientos admonitorios a veces son proféticos. Lo comprobaría dos veces durante la tarde.
Mientras pensaba esas cosas, veo a tres jóvenes, bonitas, vestidas elegantes, peinadas con esmero, con carpetas rojas, papeles, y más en las manos. Evolucionan de un lado a otro en el interior de la pelota plástica. A ratos se juntan, conversan, anotan, miran sus apuntes, comparten datos, ríen y siguen revisando las instalaciones; arreglando detalles del acto que luego se llevará a efecto y que presidirá el propio ministro de cultura, el señor L.C. Ellas se ven contentas; todo ha salido bien hasta aquí. Incidentalmente, de repente, se juntan a conversar a un paso mío. Hago un esfuerzo para vencerme y decido preguntarles: "¡Hola! Quisiera saber ¿cómo es la organización de la ceremonia? ¿quiénes recibieron invitaciones? y más". Una de ellas sonríe alegre, me pone su manito en el brazo en que tengo la copa casi vacía y dice: "Es todo confidencial; pero está lleno de sorpresas. Tómate otro pisco sour y espera. ¡Va a estar todo muy bueno!". "Sí, me imagino" respondo, "pero, por ejemplo, toda esta gente: ¿somos los favorecidos con algún fondo de cultura?". "Confidencial" mueve la cabeza, "pero tómate otro pisco sour. En serio. Hay sorpresas muy buenas para todos". "Y, también" insisto, "estas sillas tan blanquitas, ¿son para la gente más cultural? (subrayo "más cultural" para que se entienda el sentido), porque a juzgar por la cantidad de gente que hay, no alcanzan para todos". "Bueno, en realidad, no pensamos que iba a venir tanta gente. El año pasado apenas si vino público. Pero no. Aquí son todos iguales. No hay lugares reservados". Entonces le expongo mi visión: "¿No va suceder que este sentado en una silla y, por ejemplo, venga el poeta Z y me haga levantarme, dejándome en ridículo ante toda la gente?". Se rio de la idea, pero enfatizó: "¡No!. No debería suceder. Tú tranquilo. Tómate otro pisco sour". Las tres se alejaron, riendo y comentando, a revisar otros aspectos de la organización.
Mi copa ya estaba vacía. La dejé encima de una mesita que había instalada sobre el pasto de la plaza y no quise buscar otra, por temor al efecto del alcohol. Es que sin dudas la ceremonia terminaría ya caída la noche y tendría que caminar muchas cuadras por calles solitarias para llegar al metro que me llevaría a mi casa, incluso debería atravesar un puente, oscuro, sobre el río Mapocho, de fama, al menos, no santa. Recordé al lobo estepario de Hesse y la calle tenebrosa, con el cartel elusivo de letras de oro: «Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera. ¡Sólo para locos!».
Deambulé entre la gente, reconociendo mi previsión: Por ahí estaba el fotógrafo L.P. que conocí hace muchos años, cuando yo mismo me dedicaba a eso; me hablo de sus muchos éxitos, su peregrinaje por el mundo; ¡No! ¡Mentira!, su peregrinaje por todo el universo y también por Chile con su exposición sobre los mapuches vistos con otra mirada. L. es un enorme fotógrafo. Su problema, en cambio es una cierta inseguridad que lo lleva a extremar su autorreferencia; pero por fin, es un buen tipo. "¿También tienes un proyecto fotográfico?" me preguntó. "No. Una aventura literaria" dije. "¡Ah!" se recordó, "vienes como Elgato Pardo". Me dio ternura ese recuerdo. L., tan autorreferente, me demostraba un recuerdo emotivo inesperado. Ni yo mismo recordaba ese seudónimo con el que escribía, ya en esa época tan pretérita, en una revista del club fotográfico en que compartíamos. Al fin miré el aspecto gordo y pequeño de L., tan gordo que los ojos quedan casi ocultos, con simpatía. También vi al escritor G.C., al actor R.B. a P.S. del grupo C, con esa mirada que parece siempre sorprendida tras los anteojitos redondos y también a tanto otro famoso, famosito, algún figurín o figurón y así. Entre todos los muchos presentes que luego excederían con creces las sillas albas, instaladas en la enorme pelota plástica, veo a una mujer joven, preciosa, morena de pelo muy negro, boca justo gruesa que la hacía muy sensual, suficientemente alta para conseguir un aspecto flexible y atléticamente tenso. Su rostro me resulta evocador: Se que es alguien, aunque no fuera nadie. ¿Será porque me gusta?: ¡Quizás!. Sigo ramoneando entre la gente, pasada ya, casi una hora desde que llegué y de pronto evalúo si habrá tenido algún sentido venir a dar vueltas solo y tal vez para nada. ¿Y si me trago una tarde negra, un discurso largo, una tediosa exposición de un ministro nuevo, una cuenta de una directora repleta de números sin valor y eso? Pero ya es tarde. Tendría que ir cerro abajo, en la penumbra de la noche que caía, entre perros vagos y oportunistas de lo ajeno: Es claro que no me puedo ir. Ahí va, sola, de rojo, bellísima, C.M. ¡Qué mujer tan preciosa! Hace unos días la vi en un programa de televisión ajeno a su rol de actriz; simplemente una persona común, sometida a la tensión de mostrar su propia cultura sin trampas, sin maquillaje, nada: Ella y su interrogador. Ahí era sólo una mujer y me encantó. Ahora, me distraje viéndola perderse en la multitud.
Otra vez veo esos ojos enormes, la boca sensual, el porte perfecto; una mujer plena, magnífica: ¿Me miró? o ¿sólo paseaba, distraída, la vista, mientras conversaba con sus amigos?. De nuevo me ronda una idea rara, evocadora: Se parece a alguien. Disimuladamente la miro, la examino y de pronto superpongo varias imágenes. Son de una niña, de su mamá, de varios años, y el resultado al trasluz de todo eso es esta mujer: ¡Claro! ¡Por supuesto! es la hija de la S. Decido acercarme y saludarla, pero recuerdo entonces mi experiencia con Oyarzún, que no era Oyarzún sino Lutero Leiva y detengo el paso. Pero después de un instante lo reanudo y me digo: "Lo primero que tengo que hacer es preguntarle si ella es ella y si no lo es le pido disculpas: ¡Eso! ¡Nada más!". Así lo hago, me acerco y le digo: "Discúlpame, ¿tal vez tú eres la C.A.?". "Sí. Y tú eres José Malgrite" me responde con una suave sonrisa tan linda como ella misma. "Lo que pasa es que ahora soy una mujer grande". En fin, no voy a aburrir con detalles, sólo diré que recordamos a su mamá, la patagua del patio de su casa que se veía desde la ventana de la mía, y esos fragmentos de memoria menores que dan tanto sabor a las evocaciones. También me preguntó si estaba aquí por algún proyecto fotográfico, me contó que ella esperaba la aprobación de uno de comunicaciones y fomento de las artes. Fue grato encontrarla. Encontrarla linda.
Mucha de la gente que estaba en el lugar era muy joven. Su inclinación a lo cultural se reflejaba en la libertad de sus ropas, arreglos, tatuajes y maquillajes, de hombres y mujeres. La marca de la juventud, además de la lozanía que casi todos se esmeraban en perjudicar, se veía en las botellas verdes, de cerveza que la mayoría tenía en las manos. Las generaciones mayores se distribuían entre las bebidas, el vino tinto y nada. Este pensamiento me llevó a acercarme, para soportar una espera ya larga, al mesón donde se servía a los invitados y pedir una copa de vino. En el camino me encuentro a un hombre bajito, pelado, con un moño largo en la cumbre de la coronilla, vestido entero de blanco salvo por unos calzones rojos, a pie pelado y completamente pintado de blanco. En las manos traía una bola blanca bastante grande, como si fuera la pantalla de una lámpara, que hacía evolucionar con la misma lentitud exagerada con que caminaba, de modo estrafalario, con las rodillas dobladas, produciendo un efecto de enanismo extravagante. Su rostro se mantenía, además de blanco, completamente inexpresivo. Lo seguía una mujercita en todo similar, como si fuera su perfecta pareja, ambos disfrazados de extraterrestres u otra especie inidentificable. Los vi atravesar la escena y perderse entre la gente, curioso por descubrir el sentido de su presencia, pero cruzaron la plaza, entera, sin que nadie pudiera aventurar una explicación. Sólo ahora, mientras escribo, quizás, sólo tal vez, haya encontrado el por qué de estas raras figuras; pero lo aclararé más tarde. Seguí mi camino a la mesa de servicio. Fue extraño. Había gente que hacía diversos pedidos, todos con su propio vaso o copa. Yo sin nada, pedí una de vino tinto: "Lo lamento no hay copas" me dijo el mozo que atendía. "No importa. En un vaso" respondí. Sólo estiró el gesto de la cara, para expresar que tampoco había. En la esquina del mesón que nos separaba, sin embargo, alguien había dejado cuatro o cinco copas sucias. Le pedí una, y que me sirviera, apenas un fondo, como si fuera para catar. Con ese concho de vino lavé como pude la copa y me hice servir. No sé si este hecho refleja que se estimó mal la cantidad de gente que habría, o una falla logística o un error de banquetería. No importa. Me fui con mi copa de vuelta a mi paseo.
Había cometido un error de cálculo fatal. La gente estaba entrando, en masa, al interior de la pelota plástica y ocupando, en tropel, las sillas cubiertas de blanco. Resignado, me puse en la cola de entrada y apenas logré quedar dentro, cuando ya todo estaba repleto. Tuve sólo un consuelo: A mi lado, en iguales condiciones estaba la actriz C.M. quizás con la misma cara de desorientación que nosotros los seres comunes, aún cuando a ella la acompañaba, fuera quien fuera,gracias a su belleza y garbo, un glamour que yo jamás podría tener. Alguien que pasó, en sentido inverso, junto a ella, bromeando le dijo: "Los que se quedaron de pie no se les asigna el fondo de cultura". A veces uno hace estupideces, quizás son irreflexivos golpes de audacia. Eso hice. Le dije, en respuesta a la broma del otro: "Tal vez por ser los últimos, sólo nos toque primero... ¡y más!". No fue exactamente así, pero también, si no una profecía, aquí hubo una sincronía interesante, que comprobé después. En fin, no sé si ella, por cierta timidez, parecida a la mía, se adelantó un paso. O yo, por mi propia inseguridad no di el mismo paso. O sólo quiso evitarme.
Después de un rato C.M, retrocedió y salió. La perdí de vista. Adelante, en la primera fila, había algunas sillas vacías. Las miré y recordé a la joven que me había dicho: "No te preocupes; aquí son todos iguales". "Sí" me dije, "pero hay iguales a los que les guardan lugar en primera fila". La imagen de la joven, que era bonita y gentil, y además tenía una risa linda, me volvió a tocar el brazo donde tenía la copa de vino, y dijo de nuevo: "¡Todos iguales!". Esas visiones son las que desatan en mi, la audacia, a pesar de ser un hombre tímido. Avancé, entre la gente y me dirigí a una de esas sillas. Aquí comenzó a insinuarse la primera profecía. Hacia la derecha de donde me senté había un gordito de anteojos, desconocido. Conversaba animado con un ex actor, ahora diputado de la república, que estaba a su lado. "Esos", me dijo, haciendo un gesto hacia los asientos donde me estaba instalando, "están reservados para las autoridades". A la derecha del diputado también había un puesto vacío: "¡En fin!" respondí, "en ese caso me siento en este otro lugar". "No, no" dijo el diputado. "Este está reservado para mi señora". "Ajajá. Si algo se de ti, es que estás separado de tu mujer" retruqué, pues él había estado casado con otra diputada, también ex actriz y se divorció no hace demasiado tiempo. Me miró sonriendo cazurro, con simpatía y dijo, abriendo los brazos: "¡Permíteme! La vida continúa. El asiento es para mi señora actual". Me volví a la silla donde había estado antes y dije: "En ese caso, me quedo en esta, mientras las autoridades llegan". Fue un albur. Fue un audaz albur, por lo demás absurdo, que quizás había sido planeado por la mano del gran profeta universal. Quizás la vida sea así, como la ficción, escrita para diversión de los dioses, de alguno de los cuales uno no es nada más que un recurso. Lo creo, no sólo porque ocupé una de las únicas sillas reservadas, según mi propia admonición y profecía: "Toda silla que uno ocupa en un evento público está reservada para alguien más importante", sino porque C.M. había dado la vuelta por fuera de la gran pelota y había entrado por un acceso lateral. Estaba ahí, de pie, al otro lado, sola y preciosa. ¿Escriben los dioses estas situaciones para reírse de la audacia de sus creaturas? Le hice señas y la invité a sentarse conmigo. "¿Yo?" me preguntó con una seña sorprendida. "Sí, tú" respondí con otra.
Conversamos de nuestros proyectos culturales y alguna cuestión general, durante algunos pocos minutos. De repente llega junto a nosotros un grupo de personas, de entre los cuales aparece el ministro L.C. Con una actitud casi diplomática y fina gentileza saludó a la actriz, que de inmediato, después de responder, desapareció de la escena. En seguida me saludó a mi, casi como si fuera su hermano, o un amigo entrañable: "Hola ¿cómo estás? ¿Qué gusto verte?". Sin ninguna duda el ministro había aprendido de "politesse" con alguna abuela francesa. Jamás diría: "Estos asientos están reservados", por el cotrario utilizará una saeta envuelta en perfume de ironías. Durante los cinco segundos en que ocurrió esta escena, quedé rodeado de la comitiva que lo acompañaba, quizás sólo para que todo se consumara según mi propia profecía. Fue divertido. Al buscar por donde retirarme con discreción, me encuentro, de improviso, frente a un hombre alto macizo de pelo tieso, de sonrisa extremadamente amplia y forzada, que me detiene. Dice: "Por favor, debes retirarte porque estos asientos están reservados para el señor ministro, que viene con la secretaria ejecutiva, el señor (ya no recuerdo el cargo) y el escritor Ampuero". "Por supuesto" digo sorprendido de que uno de los integrantes de la comitiva tenga el cargo de "el escritor Ampuero", mientras los otros eran ministro, secretaria ejecutiva y director de algo. Recordé a un conocido figurón, cuyo cargo era ser él mismo. Más raro aún, porque en el ambiente literario culto, a Ampuero se le suele escatimar su carácter de escritor. Pero eso ya es otra cosa.
¡La primera profecía se había cumplido!.  En todo caso, mi silla la ocupó el propio ministro y la que había estado usando aquel gordito que me quiso echar, le fue asignada al escritor Ampuero. Me retiré a un costado. C.M. estaba ahí, parecía querer ser anónima: Ella no era, en absoluto, como el escritorAmpuero, y no sólo por eso, sé que la puedo estimar mucho más. También estaban ahí las tres jóvenes que organizaban todo. En tono de broma le digo a la que estaba junto a mi: "Bueno, al final no éramos todos igual de iguales". En tono molesto me replica, sin humor ninguno: "¡Es que era el ministro! ¡Comprende!". Me quedé en silencio, pensando en que la vida es como una enorme mina, riquísima en recursos literarios. Mientras pensaba en esto, apareció una mujer muy maquillada, vestida de dorado, muy embarazada, aunque era evidente que su embarazo era falso. Corrió hacia el escenario, entre gritos estridentes, subió con cierta incerteza la escalera a un costado del proscenio, de manera que recordé a mi prima JM que profetizaba (¿o las causaba?) caídas estrepitosas. Decía, por ejemplo, en tono de completa desidia: "Esa huevona que viene con la guagua en brazos, se va a sacar la chucha" (Esa mujer que viene con el niño en brazos, se va a caer). Cuatro, o quizás seis, pasos más allá la mujer daba un traspié y caía, escandalosamente al suelo. En este momento vi la segunda profecía: "Se va a caer" me dije y sentí miedo, aunque creí que era completamente irracional. Una vez en el escenario, entre alaridos y luces, la mujer parió un horrible muñeco, morocho, vestido de azul con aspecto de adulto enano. Lo acarició, le hizo mimos y le musitó canciones de cuna. Más tarde supe que ese engendro era el poeta Vicente Huidobro. Terminado el parto y los mimos, la madre del poeta, con las mismas prisas con que había llegado, emprendió la huida del escenario. Volví a recordar a la JM: "Se va a caer" pensé. "Incluso viene con la guagua en brazos". Corriendo, bajó por los traicioneros escalones del proscenio. En la mitad de la escalera tuvo un traspié, ahí a un metro de donde yo estaba, y se fue de bruces. Salte hacia ella, sintiéndome culpable y la ayudé a incorporarse. No me miró. No me dio las gracias. Sólo miró su ruta de salida predeterminada y emprendió por ahí, su carrera interrumpida, hasta desaparecer. Su actitud no me extrañó en absoluto: Vi, cierta vez, a un hombre recién atropellado, ponerse de pie y salir corriendo para no perder un bus que estaba a unos cuarenta metros del lugar. A esto se le llama inercia.
En fin, la segunda profecía estaba cumplida. Había botado a la madre de Vicente Huidobro, que apareció después, encarnado en un actor que recitó versos de su Altazor. Siguió un interesante fragmento, acrobático, alusivo a los versos de la obra de la cual la compañía en escena ha hecho un montaje de mismo nombre. ¿Me pregunto si los enanos blancos, con las bolas en las manos, que caminaban con infinita lentitud, representaban algún ser espacial de las alturas desde las que habría de caer Altazor? No lo sé responder. Sólo lo imagino. Terminada esta representación, la joven que me había replicado, con enojo: "¡Es el ministro!" llenándolo de una arrogancia que L.C. demostró no tener en absoluto, sino todo lo contrario; subió al proscenio y lo anunció, cediéndole el escenario. Subió con una prisa que me pareció extraña para un actor, quizás también para un ministro y mejor para un ejecutivo. Subió entre pifias y aplausos. Apenas hubo saludado fue interrumpido por un grupo espontáneo que ingresó a la pelota con un largo cartel, llenaron el lugar de volantes y fueron acompañados de un grupo de peludos de negro, con guitarritas de esas pequeñas; comenzaron a cantar canciones proselitistas, alusivas a los despidos en el sector público emprendidos por el gobierno en distintas reparticiones. Con la misma velocidad con que había subido, el ministro dobló su discurso, bajó del escenario y se sentó en la misma silla que yo había dejado para él. Una mujercita pequeña, también de estatura; muy maquillada en blancos y negros, con un cartelito pequeño, alusivo al tema de sus reclamos se paró frente al ministro, mientras los peludos de negro cantaban, y le paseó el cartelito frente a la cara, a unos diez centímetros de distancia, con evidente insolencia. No es este espacio en que escribo un lugar para discutir (sería unilateral) conceptos políticos. Sólo digo que todo el que ha sido despojado, por cuestiones políticas, de su trabajo, tiene una herida tan profunda, no sólo en el orgullo, sino en su vida misma, que debe tener derecho a expresar su dolor y reclamo. El ministro L.C. tuvo un comportamiento tan tranquilo, ponderado y respetuoso, que se ganó mi admiración. Esperó que el grupo agresor (a pesar de sus razones, de su dolores y de sus derechos, sin duda eran agresores, sin importar las simpatias o conceptos de unos y otros) terminara su manifestación, hasta agotar todos sus reclamos y recursos, hasta que se detuvieron los aplausos y algunas, pocas, pifias y silencios, y volvió al escenario. Volvió a saludar, agradeció, como tenía programado, al grupo que representó el fragmento de Altazor y a los manifestantes que lo habían interrumpido, en tanto su protesta había sido una manifestación de arte "y todo arte merece agradecimiento", opinó. Más adelante, de algún modo, introdujo en su discurso el concepto de tolerancia: "El arte debe ser tolerante y comprender todas las expresiones". Diré que lo encontré mejor ministro que actor. Como actor nunca me convenció demasiado. Como político me sorprendió.
En representación de los muchos favorecidos por los fondos de cultura, se eligió a un breve grupo, que recibió los trofeos que había en el escenario. Subieron y bajaron por la escalera por la que había caído la madre de Huidobro, unas cuarenta personas, enfrentando el peligro, pero nada pasó. Entonces la joven que conducía la ceremonia anunció, con gran pompa, el último de los que representaría a los ganadores de algún fondo, quien nos dejaría disfrutar de una de sus piezas musicales, acompañado de su guitarra. Antes de dejarnos con este último acto, nos informó que al término de la ceremonia se nos repartiría un folleto con la lista completa de los favorecidos por los fondos de cultura de este año. "Bueno; espero estar ahí" le dije a la joven que estaba ahora a mi lado, la misma mujer bonita que me había dicho: "Tómate otro pisco sour y espera. ¡Va a estar todo muy bueno!". Con una sonrisa linda me respondió: "Yo creo que sí".
El artista que nos cantaría al cierre se presentó con una guitarra acústica, pintada de un feo celeste, que me recordó el color de los antiguos catres de guagua, de fierro o palo. Fue agasajado con abrazos y remezones de mano, con un ejemplar del trofeo acrílico igual al que habían recibido los otros, y se le dejó el escenario a su disposición. Si los alaridos de la madre de Huidobro habían sido atroces al parir al poeta, que muchos años después viajaría a Francia con un vaca, que su madre insistiría en incluir en su equipaje para que no le faltara leche; los del artista de la guitarra celeste no fueron menores. Además, después de algunas horas de pie, me sentía cansado y adolorido de cintura. A mis pies, un poco más allá, se había sentado la actriz C.M.  La miré con envidia. Pensé entonces: "¿Por qué no?" y decidí sentarme en el suelo. No sé si fue la irregularidad del terreno bajo la alfombra sobrepuesta, algún largo clavo que la sujetaba, un error de cálculo, o todo junto; o quizás fue el pago de la vida que siempre lo equilibra todo, por botar a la madre de Huidobro: Al sentarme me fui de espaldas y quedé, ridículamente tirado como si fuera el Gregorio Samsa de la Metamorfosis de Kafka, junto a la actriz, con las cuatro patas hacia el cielo. En fin, no me quedó más que reírme con ella y decir: "Los gritos del cantante, allá arriba estaban peores".
Por fin el músico terminó su actuación y la actriz a mi lado, haciendo gala del dominio del cuerpo que tiene la gente de teatro, se paró como si fuera un resorte. Me tendió una mano y me dijo: "¿Te ayudo?". El gesto fue grato, pero al menos sombrío para el orgullo. Respondí: "¡No, gracias!. Para pararme soy mucho más airoso". Sonriendo desapareció entre la gente, mientras me incorporaba solo.
Al lado de afuera de la enorme pelota plástica conseguí un folleto con los resultados de la asignación de Fondos de Cultura. De modo falso, aquí se cumpliría otra admonición profética. Estaba demasiado oscuro para  leer nada de manera que aunque me esforcé no me fue posible saber si me habían favorecido con la beca que esperaba. Me rendí. Me acerqué a la ruda competencia por abordar uno de los busecitos que nos bajarían al pie del cerro, mientras intentaba llamar a mi casa para que me vinieran a buscar. Después de muchas dificultades logré ambas cosas. Al interior del bus con la tenue iluminación de este, logré ubicar la categoría "Becas de Creación Literaria", pero la letra que especificaba a cada favorecido era tan pequeña, que apenas distinguía, en las líneas que hurgaba, que ninguno era mi proyecto. Al fin llegamos al pie del cerro. La gente bajó del vehículo y desapareció con increíble velocidad. Me fui a parar bajo un poste de alumbrado para leer la lista de favorecidos mientras esperaba. No estaba ordenada por región, tampoco por nombre de autor, ni por título del proyecto. Tampoco me encontraba a mí mismo de manera azarosa. Recorrí a golpe de ojo la lista, un par de veces. Después descubrí que ese método nunca consulta los extremos de la lista. Bajaron dos, tres pequeños buses, de los cuales descendía la gente y desaparecía casi al instante. Algunos abordaban sus propios autos, otros conseguían que los llevaran y algunos más emprendían el camino en grupos a pie. De pronto los buses no subieron más. Se fueron bordeando el cerro hacia ningún lado. Sólo quedé yo bajo mi farol y una mujer allá a lo lejos, sentada en una piedra junto a la entrada del parque. Aburrido, decidí leer la lista completa buscando nombres conocidos. El primer proyecto de ésta era "Así se muere". ¡Era mi proyecto! Se había cumplido, aunque sin significado alguno, la admonición: Había entrado al último y era el primero. Más abajo estaba el escritor G.C. a quien había visto en la plaza con cierta tristeza en la mirada, que debe haber sido parecida a la mía. También encontré a otros varios escritores y poetas. C.M., estaba entre los favorecidos, lo que me alegró.
Después de un rato apareció, bajando el cerro, un furgón grande, de esos que uno imagina que manejan los hombres, pero siempre son de las mujeres, al llegar junto a mi encendió las luces intermitentes y se detuvo. Se asomó un sonrisa linda que me preguntó: "¿Cómo te fue?". Le hice una seña con el pulgar y le devolví la sonrisa: "Del uno" dije. La joven que me había dicho: "No te preocupes; tómate otro pisco sour" dijo: "¡Bien!" y siguió su camino.
Al día siguiente apareció en internet la evaluación del jurado. Ahí había otro profecía, esta vez del evaluador de mi proyecto. Espero que se cumpla, pero eso ya fue al día siguiente.
Kepa Uriberri
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El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción

El Aleph de Borges, o de cómo invalidar la ficción

Arreglo sobre una fotografía de Diane Arbus, de Juan Luis Pinedo
Hablar de Borges, o más aun, comentar su obra, tiene varias dificultades añadidas, no porque sea Borges, o porque Borges sea más complejo o difícil, sino por su carácter argentino. Tampoco es que él o su obra sean esencialmente argentinos ya que su literatura y quizás especialmente su prosa, son más europeas que propiamente argentinas y él mismo, de argentino no tiene mucho más que cualquier ginebrino. Pero es argentino y siendo argentino es diferente y único: No hay otro Borges en Argentina. Quizás nunca llegue a haberlo y eso es lo que hace difícil comentar a Borges, dada la conjunción de este hecho y el carácter argentino (no el de Borges sino el de los argentinos). Los argentinos tienen una forma peculiar de ser conservadores, que heredan de los españoles, pero que se infunde del espíritu italiano, haciendo del caudillismo una especie de idolatría, a través del carácter pasional de aquél. Mientras el español avanza del caudillismo personal a un tipo de sentimiento regional, quizás por falta de caudillos; no lo sé, que transforma la idea madre a seguir desde la pasión del guía carismático a un sentimiento de cuerpo global que se asienta en lo que se llama las autonomías, que es una forma de sentimiento más amplio, común, pero hasta cierto punto personal y diferenciador; el argentino, en cambio, lo decanta en un ídolo argentino e identificador. Así nacen Perón y Evita. Por eso es posible un Diego Armando, o también por eso se esbozan los Mennemismos y otros, aunque luego mueren al defraudar con sus pies de barro. Así, hoy, Argentina emprende un nuevo camino "K". Y en la literatura no podía ser de otra manera. El ídolo sagrado ahí es Borges. Eso obliga a hacer una introducción tan larga, cuando lo dicho puede llegar a ojos argentinos y tocar una fibra que va más allá del autor y está conectada al sentir nacional de cada uno de ellos.
Borges crece y prospera en el entorno del llamado "Boom latinoamericano" de la realidad mágica, iniciado por Alejo Carpentier con su obra que pretendía contraponer a la gran literatura europea surrealista realzando el carácter americano que él llamaba "Real maravilloso". Nunca he llegado a saber, creo que no, si Carpentier fue influenciado por William Fawlkner como el resto de los latinoamericanos del Boom. Pienso que Borges tampoco. Borges, en términos latinoamericanos, es un lobo estepario. Su literatura no es real mágica sino metafísica, que a ratos puede estar teñida de criollismos, como en El Sur, El Fin y otras obras, pero este está al servicio de una inquietud metafísica y por tanto es un recurso como otro cualquiera. En este sentido Borges utiliza una multiplicidad de recursos, siempre fantásticos, pero no magicorealistas, ni tampoco cosmogénicos como hace, por ejemplo, García Márquez con Macondo y sus omnipresentes generales y caudillos militares, que pueblan su universo literario. Borges en cambio es urbano. Seduce con elementos cultistas, como cuando deja caer la idea que los espejos y la cópula son abominables porque multiplican el número de los hombres, con lo que siempre está pasando un mensaje en algún plano diferente, y metafísico.
Hay dos elementos en Borges, uno declarado y otro él que nunca revelaría, por inconveniente, que le son esencialmente característicos. El primero lo devela, él mismo en el prólogo de su obra Ficciones cuando dice: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos. Mejor procedimiento es simular que esos libros ya existen y ofrecer un resumen, un comentario». Cualquier lector atento del autor irá descubriendo en su obra una pléyade de autores falsos, con sus falsas obras correspondientes, que constituyen el recurso que se menciona aquí; Desde el tomo tercero de Silas Haslam: History of the Land Called Uqbar, de 1874, a algún manual eventual de estrategia de Clausewitz o F.N. Maude. El segundo quizás lo haya derivado Borges del propio primero, al convertirse en comentarista de supuestas obras de terceros, de manera que el relato suele establecer un narrador en primera persona; aún cuando constituye un recurso literario conocido y utilizado desde, tal vez, siempre en literatura, como un medio de invalidación y destrucción de la resistencia a la ficción, para engañar al oyente en la tradición y uso oral, y después al lector. En todo relato existe un acuerdo entre el relator y el receptor relativo a la fe y confianza entre ambos, que establece que el relator no desea engañar al receptor y que si los hechos del relato son ficticios, el receptor los interpretará como ciertos, en beneficio del relato. No obstante, es frecuente que el relator pretenda, para mejor hacer, engañar al receptor, destruyendo el sentido de ficción de un relato a través de un artilugio que lo haga aparecer verídico. En este sentido, el autor muchas veces apuesta su prestigio como aval del relato, a sabiendas que se hace, más fácil, fe de aquello que se relata en primera persona, que lo que se refiere a un relato recibido de otro tercero, o más aun de uno ofrecido por un tercero omnisciente o más. Así, por ejemplo, Borges comienza el relato de El Aleph del siguiente modo: «La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita». Quien lee esto, no tiene dudas que oponer al relato. ¿Quién es Beatriz Viterbo? ¿Podrá ser Beatrice Portinari? ¿O quizás Helena de Troya?. Alguien lo ha pretendido. Hasta este instante introductorio, esta Beatriz no es más que una mujer que ha muerto. Más adelante será un excelente distractor, más aun para la fantasía necesaria de quienes deben entrar al juego pretendido por el autor. Dentro de esta distracción, Beatriz adquiere realidad por dos hechos sencillos: El primero es que si ha muerto, no la conocemos, y el autor avalado por su prestigio dice que es así, no tendríamos por qué no aceptarlo. El segundo es que Borges no sólo lo relata, sino que lo entrega como un hecho de su experiencia personal. Para un lector más avezado, el relato en primera persona es conocido como recurso, por tanto sabe que el narrador y el autor no son la misma instancia ni, por supuesto, la misma persona. Borges lo sabe y se cuida de cubrir este gambito, no de inmediato, lo que sería obvio, sino más tarde en el relato, bastante más tarde, cuando escribe: «No podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le dije: - Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges». Aquí completa la trampa, aquí la cierra y atrapa a su presa, caza a su pajarito fascinado, con sus dotes de hechicero o de audaz embaucador: El narrador es el propio Borges y Borges es digno de toda fe. Somos pocos, muy pocos, los que leemos consultando y analizando cada instancia. Uno suele leer después de firmado irrenunciablemente el pacto de fe con el autor y a estas alturas puede dar fe: Primero en Borges, después en la realidad de Beatriz, secreto amor de aquél y finalmente en todo lo que de aquí en más se relate en esta historia fantástica, aun cuando hasta ahora sólo haya una melancólica historia de amores desgraciados y de muertos desprecios, que a otros analistas los llevaron por Dante o por la antigua mitología griega, en pos de los, con todo, firmes pasos de Borges.
Recién ahora, cuando Borges tiene bien atado y seguro a su lector, cuando Carlos Argentino ya es un pobre aficionado a la poesía, que sólo conocemos por la destructiva descripción de Borges, viejo cazurro, que solía, del mismo modo destruir a muchos poetas y escritores de carne y hueso duro, con lo cual también lo hace casi real y perseguible en textos y enciclopedias; primo hermano de la real Beatriz Viterbo, de la que, quizás, la propia María Codama haya conservado el retrato con el pekinés que le regaló Villegas Haedo, o aquel otro grande, en torpes colores; recién ahora nos revela su Aleph, lugar mágico donde convergen todas las imágenes del universo. En este momento nos lleva, con Carlos Argentino Daneri al cuarto oscuro, en el cual se devela, o se revela, todas las imágenes que han convergido en el Aleph. Al destruir la ficción, a pesar que el lector se da cuenta que ha entrado en un universo fantástico, más allá de la realidad conocida, Borges hace cómplice a su lector de la posibilidad cierta que la fantasía exista en algún punto de realidad. Más todavía, para quien quiera seguir el juego con Borges, la construcción de la historia está trazada y subrayada por varios elementos: La persistente mención de retratos y fotografías, la ubicación del Aleph en un cuarto a oscuras, la mujer que recibe a Borges, que le asegura que: «El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando fotografías» y el propio tamaño del Aleph, que no sería mayor de dos o tres centímetros, como una lente de una cámara fotográfica. A la vez, el Aleph es un punto donde convergen todos los otros puntos, así como en la placa fotográfica converge la luz formando una imagen, punto a punto, en esa convergencia. ¿Quizás, este Aleph de Borges es un homenaje, o un juego en razón de la cámara fotográfica y la fotografía en sí como artilugio? ¿Nos está hablando, el autor, de la fotografía como cuestión genérica, como fenómeno? ¿Eso es el Aleph? ¿O esto es un falso Aleph?. Si así fuera, no habría fantasía ni metafísica alguna, sino sólo el maravillarse ante el fenómeno físico. Ya no habría ficción y la magia quedaría destruida. Hay quienes quieren verlo de este modo.
Sólo por alargar la conversación con Borges, sobre este Aleph: Ya hacia el final, el relato establece que «Por increíble que parezca yo creo que hay (o que hubo) otro Aleph» Quien no crea en el homenaje a la fotografía, siga a caballo de esta frase, y busque el poema épico "La Araucana" de Alonso de Ercilla y Zúñiga, donde en el canto XXVII el poeta encuentra un mago que le muestra un «círculo luciente, donde todas las cosas parecían en su forma distinta y claramente: Los campos y ciudades se veían, el tráfago y bullicio de la gente, las aves, animales, lagartijas, hasta las más menudas sabandijas». Ahí el mago le va mostrando «Mira al principio de Asia a Calcedonia, junto al Bósforo enfrente de la Tracia a Lidia, Caria, Licia y Licaonia, a Panfilia, Bitinia y a Galacia; y junto al Ponto Euxino a Paflagonia, la llana Capadocia y la Famacia, y la corriente de Éufrates famoso que entra en el mar de Persia caudaloso» y así sucesivamente lo hace recorrer todo los lugares en un solo círculo misterioso, donde el mundo entero se refleja. Todo esto escrito más de trescientos años antes que Borges viera el Aleph de la calle Garay.
La sola descripción del Aleph va contra la corriente de la ficción y a favor de la metafísica. Quizás Borges lo relaciona con la fotografía y duda, según se insinúa, motivo de sus propias dudas incrédulas. Quizás este sea uno de los únicos cuentos en que Borges no es categórico y deja al lector una misión: «Creo que hay otro Aleph». A la vez revela que su opinión es que este de Garay, sería un falso Aleph. ¿O es otro truco del perfecto oficio de farsante, para mejor convencer? Quizás Borges se burla de nosotros todos sus lectores, hasta la saciedad. Lo digo por la postdata de marzo del cuarenta y tres, a este mismo relato, que en parte dice: «Carlos Argentino Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura. El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero al doctor Mario Bonfanti; increíblemente mi obra Los naipes del tahúr no logró un solo voto. ¡Una vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen». Incluso más allá del relato mismo, Borges insiste en destruir cada traza de ficción del relato, para hacerlo aparecer real. Ahora sólo restaría por investigar si alguna vez el autor escribió una obra titulada Los naipes del tahúr. ¿O quizás, por qué no, Borges nunca existió y sólo es el nombre del personaje, y narrador en primera persona, del Aleph?. Por supuesto que el autor se llame Borges es sólo una rara coincidencia. ¡Nada más!
Kepa Uriberri
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La reina que murió con la cabeza entre las piernas

La reina que murió con la cabeza entre las piernas

María Antonieta de Austria y Lorena en la prisión de la torre del Temple
Cierto día de comienzos de diciembre, no puedo recordar, o no sé cuál, se lo llevaron y ya no lo volví a ver hasta que su juicio terminó con su condena. Durante mucho tiempo quise obligarme a pensar de un modo diferente, pero la primera señal ya la había tenido a mediados de septiembre, cuando oí la algarabía desde la calle, que festejaba la abolición de la monarquía. Recuerdo que entonces sentí un gran peso en el pecho y los hombros, y me acosté intentando dormir, para no pensar. Ese día me dije a mí misma: "Und alles ist verloren!"[1]. Sin embargo él había ignorado los gritos que entraban por las ventanas y siguió leyendo. Cuando fue condenado, lo trajeron con nosotros ya muy entrada la tarde. Había oscurecido hacía varias horas y en la escasa iluminación que se nos permitía, lo vi arrasado. Nos relató, sin orden ni ilación, los sucesos de su juicio, con Luis Carlos sentado en sus rodillas. En algún momento dijo: "Fue terrible. Felipe que es de mi propia sangre, votó por mi muerte" y se quebró. Ya no pudo dejar de llorar. Finalmente dijo: "Mañana a las once me llevarán a la guillotina en la plaza de Luis XV". María Teresa cree que su padre lloraba por nosotros: No lo sé. Le pedí que pasara la noche aquí, porque hubiera querido reconfortarlo, pero insistió: "Preferiría no hacerlo" y fue llevado aparte. No volví a verlo ni a saber de él. Me quedé sumida en una pena seca, sin llantos ni sollozos, pero tal que parecía afectar el color del que veía las cosas y la luz, tanto que no podía ver nada con atención, todo delante de los ojos era como una sola masa construida por los objetos, que vagaban en el espacio, sin contenido alguno. La mañana del veintiuno casi no se veía nubes en el cielo. Había amanecido hacía unas pocas horas cuando llegó a nosotros, de pronto, el griterío: "¡Viva la república!" y los cantos de las gentes. Pensé en ese momento que ya no había esperanzas para ninguno de nosotros: Luis había muerto; ¡sin duda! No obstante, desde entonces me aferraba a la vana ilusión que la oposición de Austria y de otras potencias, lograran nuestra liberación. Imaginaba que mi amado Axel montaba alguna conspiración exitosa y me rescataba, pero sólo eran sueños irrealizables, ¡imposibles!.
Medido en un calendario, o comparado con aquellos tiempos felices de la niñez, en los jardines de Hofburg, cinco meses no son nada, pero comparados con la nada de la torre del Temple resultan una eternidad, que transcurre sin cesar nunca, bajo el peso del persistente peligro de una condena y de la separación de mis hijos. Hasta julio sólo gravité sobre un denso abismo de incertidumbre, que sin Luis Carlos y María Teresa, mis hijos, habría sido insoportable. Ese día un funcionario, acompañado de los carceleros se llevaron al Delfín: Fue como si me hubieran arrancado un brazo. Quise oponerme, con razones, con órdenes, con explicaciones y por fuerza. No fue posible. "El niño Capet no debe estar con las mujeres" fue la única explicación que se me dio. De ahí en adelante todo sería más y más rápido, como si fuera tomando velocidad en el rodado de una montaña. Unos pocos días más tarde me trasladaron a la Conciergerie. Nunca más volvería a ver a mi hija María Teresa, ni a saber de ella. Tampoco de Isabel, la hermana de Luis, compañera necesaria en tanta soledad.
A veces me parecía que mis pensamientos eran como un fluir de barro sucio y espeso, sin significado alguno. Revolcados en ellos aparecían los recuerdos de mis dos hijos de los que había sido despojada, también los de aquellos otros dos que dejé que me arrebatara la vida. Otras veces lograba serenarme y aparecían recuerdos, siempre cargados de culpas por no haber sabido manejar la estela de mis actos. ¿Qué culpa tenía yo en la estafa del collar de la Du Barry urdido por Jeanne de La Motte? o de la imprudencia de las princesas de Lorena: ¿Por qué, si ellas habían roto el protocolo, la culpable tenía que ser "l'Autriche" [2]? Al fin siempre concluía que Francia jamás me quiso o siempre quiso despreciarme, como si sus viejas y rígidas costumbres fueran superiores. Cuando recordaba aquellos tiempos me llenaba de ira. Yo era la hija del emperador y me había casado con un imbécil, como premio a su colaboración en juegos de poder que no comprendía. ¿De qué me valió? ¿De qué le valió a mi madre? ¿Y a mis hermanos que me abandonaron como si me arrojaran a los lobos porque no era bueno para Austria defenderme?. Al fin, Francia, sus franceses, siempre conseguían humillarme. Me hacían sentir su superioridad intelectual y moral, como la nobleza más luminosa de Europa, como la sociedad más refinada, a la que yo no pertenecía en modo ninguno, sin importar mi origen, que por lo demás creían menor. Yo no tenía, para ellos, un nombre. Era "l'Autriche". Siempre que caía en estos pensamientos terminaba en el recuerdo de la abominable Ceremonia de Coucher en la que toda la corte de Francia debía observar y comprobar que la joven austríaca era desvirgada por el Delfín adolescente. Pero el futuro rey de los franceses no era capaz de cumplir su deber. ¡Vaya luces! ¡Miren que príncipe! Y para eso tenía que soportar la humillación.
Fui recluida en una sala menor, apenas amoblada, donde reposaban, antaño, los carceleros que les correspondía descanso. Para estos franceses, los del pueblo, era "Madame Deficit". Me sentía sometida a venganzas que no merecía, estaba enferma y debilitada por una persistente hemorragia, además del peso de la certeza de la suerte que me esperaba sin remedio. Más tarde añoraría, sin embargo, esta celda, como un aposento regio. Aquí fui rehén y moneda de cambio estratégica para Francia en los conflictos con las otras potencias de Europa; quizás con la propia Austria, pero no le sé. No tenía casi noticias. Me parecía que habitaba una pequeña pecera de piedra que sin tocarme me oprimía. Sentía fuego en el vientre y me invadía la obsesión de que me estaba desangrando con aquella hemorragia mía. Tal vez alguien montaba una conspiración para salvarme, quizás habían descubierto una, o sólo fue una forma de tortura: Un día me sacaron de esa celda mísera y me llevaron a otra peor. Ahora estaba separada de mis guardianes por una cortina inmunda y sólo disponía de un catre de fierro una mesa pequeña y una silla de madera. Aquí, se decía, estaría mejor vigilada. Sólo sé que ya no tenía intimidad ninguna. Por una ventana menor, en un rincón alto, alcanzaba a entrar algo de luz de otoño, durante unas pocas horas. Sólo se me permitía leer, pero no tenía velas, de modo que la mayor parte del tiempo vivía encerrada en la piedra y en mí misma. Se me había requisado todas las pertenencias.
Puede ser que hayan creado, ya, un falso expediente para calmar sus conciencias y condenarme, para desprestigiarme ante el pueblo de Francia; cuestión que no necesitan. Cubierta de mentiras y atroces acusaciones, en algunos días podrán, al fin ejecutarme ante el pueblo, ansioso de sangre. Quizás hayan sido dos meses o más, no lo sé bien, lo que habían tardado. Sólo era otoño, quizás fines de septiembre o algunos días entrado octubre, cuando me llevaron por ese lúgubre pasillo al gran salón donde sesionaba el tribunal. Me interrogaron y me asignaron la calidad de acusada, para someterme a juicio. ¡Cuánto coraje! ¡Cómo mentían con descaro! Enredaban las declaraciones que se supone había hecho a mis interrogadores y las mostraban como si yo me acusara a mí misma. Tuve dos abogados que no estaban preparados ni me defendieron. No tuve oportunidad de elegirlos, me fueron dispuestos por el tribunal. Todas las acusaciones fueron infames, pero llegaron al extremo de presentar, y leer, una declaración escrita, firmada por Luis Carlos en contra mía. Con las más soeces palabras, que él mismo no podía comprender, aseguró que Isabel la hermana de su padre, y yo misma, su propia madre, lo obligábamos a participar en juegos impúdicos e íntimos, que practicábamos desnudas con él en el Temple. Le habríamos enseñado a buscar su satisfacción y la nuestra. Ya nada me importó: Podían llevarme de ahí, de inmediato, al cadalso, o podían decapitarme, ahora, ante mis acusadores y jueces, ante todo el público presente, para quienes éste era un espectáculo que los llenaba de gozo. Levanté la voz con ira y decisión, para hablar a las mujeres que ahí había: "Vosotras sois madres, como yo misma lo soy. Ni vosotras lo sois más que yo, ni esta mujer; en desgracia, es más madre que vosotras" les grité. "¿Alguna de vosotras, cualquier madre, ni yo misma ni nadie, puede creer que una madre enseñará esas cosas a un hijo al que se ama con todo el corazón? ¡Esta es una infamia que las mujeres de Francia no pueden permitir! ¡Hacedlo saber así!". Quise creer que todas las mujeres gritaron a mi favor. Quise creer que todas esas voces se alzaban para defenderme, pero no lo sé. Sólo sé que hubo desorden, que el juicio debió suspenderse, y que me sacaron del tribunal mientras la policía intentaba poner orden entre los presentes. Llevaba la cabeza plena de pensamientos encontrados y el corazón rebalsado de furia. Sólo cuando me dejaron a solas en mi celda tuve conciencia de mí misma y de mi cuerpo. Sentí que tenía empapadas; tibiamente empapadas, las entrepiernas.
Fue peor que cualquier tortura. ¿Quién sabe si algún día, ese niño, llegará a ser el rey de Francia o de los franceses? ¿Cuánto tendrá que renegar de mi, su madre, para lograrlo? ¿Para eso lo habían apartado de mi?. Hoy, otra vez, me habían arrancado un trozo del alma. Era como si quisieran quitarme la vida lentamente. Yo nací, creo que así nacemos todos: inmortales. La muerte era algo ajeno, sucedía a otros, mientras una tenía toda la vida eterna por delante. Cuando vi que el golpe que me habían dado, a través de mi propio hijo amado, en el tribunal, había hecho estallar mi vientre, el mismo que lo había parido, y que ahora manaba en un lento río de sangre tibia, supe por primera vez en mi vida que no era inmortal. Sentí, ahora sí, terror: Estaba muriendo, se me escapaba la vida. Nunca antes, ni siquiera cuando se llevaron al rey para decapitarlo, había dejado de ser inmortal, aun cuando sabía que mi destino cierto era la guillotina, de algún modo lo negaba. Quizás abrigaba esperanzas o quizás ni siquiera las necesitaba: La muerte propia no existía. Sólo nació en este río rojo que cristalizaba lento entre mis piernas, llevándose mis fuerzas y señalándome que estaba irremisiblemente rota por dentro. En este momento tuve miedo. Tuve el miedo que no tenía de morir en el cadalso, quizás porque nunca llegaría a suceder, quizás porque la muerte era hasta entonces algo que sólo sucedía a los otros. ¿Qué más conoce una de la muerte, que la de los demás? Sólo ahora sé que una también muere, sólo ahora que la muerte comienza a cubrirme con su sombra y bebe mi vida de mi sangre. Tuve miedo. Y aunque nada podía hacer, sentí que el miedo nacía de la certeza de perder a mis hijos Luis y María Teresa, en la muerte, como si la muerte fuera la de ellos: Yo los perdía, no ellos a mi. "¿Que va a ser de ellos sin mí?" me pregunté, ahora que estaba muriendo. ¿Cuánto tiempo demoraría en vaciarme? ¿Cuánto me duraría la vida que se me escapaba sin remedio?. Cuando entran a mi celda, de nuevo, siento que el vientre se me recoge y me acucia un intenso dolor. Me llevan otra vez al tribunal y siento terror, no de una condena, sino de ser enfrentada, quizás, de manera cruel, con mi hijo y a verme condenada por él; por su inocencia. Quizás hoy él no sepa cómo me estaba dañando, pero llegará el momento en que esta condena, que arroja sobre mi, sin comprenderla, se convierta en un peso atroz en su conciencia.
Fueron muchas horas. Horas inútiles de testimonios ambiguos, a veces pueriles, las más falsos y sin pruebas y sin embargo me eran agobiantes; agotadores. Sentía que me desangraba y que ya no tenía fuerzas. Por fin terminaron los testigos y el acusador público me conminó a presentar mis últimos descargos. "No se ha presentado aquí prueba para acusación alguna en mi contra" aseguré, "Sólo se me acusa de ser la mujer de Luis XVI; como tal me correspondió siempre acatar su voluntad". Y sin embargo sabía que todo era imposible. Ya estaba condenada desde aquel día en que llegué a Francia. No fue sorpresa oír la sentencia, después de la farsa de la deliberación del jurado: Era su deber y su terror. Jamás podrían haber considerado mi inocencia, aún creyendo fervientemente en ella. Pero nada importaba: Yo ya estaba muriendo desangrada lentamente. La muerte ya había tomado mi mano. Esa noche no dormí: No pude ¿o no quise?. Tal vez vi cómo se repetía el destino que tenía trazado desde que entré a Francia, como si fueran ondas concéntricas que hubiera generado una piedrecilla en el agua. Toda la nobleza debía reunirse en torno de mi compromiso con Francia, en el lecho conyugal: Moría como austríaca y renacía francesa por la penetración del Delfín de Francia. Pero no fue posible. Nunca fue posible. Ahora sería francesa para siempre recostada en el lecho de la guillotina y ya había comenzado a sangrar y morir. Se consumaría por la penetración de la guillotina del pueblo en mi cuello: El círculo concéntrico se cerraría.
Aun no ha salido el sol. Un renegado entra a ofrecerme sus sacramentos. ¿Cómo podría, en esta última hora, la hija del emperador cuya misión de vida es la defensa de la verdadera fe, encomendar su alma a Dios, en las manos de un renegado de aquella fe? El hombre insiste. - ¿Puedo al menos acompañaros y orar por tu alma?- Si así es vuestro deseo - digo, y reflexiono: - Ya no soy dueña de nada. ¿A quién podría prohibir o imponer mi voluntad?Se quedó ahí, tras la cortina que me servía de última intimidad mientras me vestía para ser ejecutada. Había vestido, hasta ahora, un luto casi de harapos desde que me habían quitado todo lo que me pertenecía. Aún, sin embargo conservo un vestido, o más bien un camisón blanco y una cofia. Me dejé cortar el pelo como era rigor, por la muchacha que a veces atendía las necesidades que la guardia no podía cumplir, y me vestí de blanco para simbolizar mi inocencia, renunciando al luto debido. Sospecho un sol helado, que a esa hora todavía no entra por la alta ventanuca enrejada de la celda, cuando entra el verdugo. Es un hombre enorme, "demasiado amable para su oficio" considero. Dice llamarse Sansón, "¿o es su apodo revolucionario?". Me pongo la cofia en la cabeza y me dejo atar las manos a la espalda. El verdugo lleva asegurada, consigo, la otra punta de la cuerda y el tricornio bajo el brazo. Al salir de la Conciergerie, la luz del día, que hace meses no he visto, me hiere los ojos. Sin precisión veo una guardia numerosa, que aparta al público de curiosos, y la carreta miserable que me espera. Noto que el caballo, si bien es enorme, está sucio y descuidado. Su cuerpo macizo se ve surcado por las costillas y siento que su sumisión es una alegoría de mi propio sometimiento. El verdugo me ayuda a subir a la carreta mientras me tortura el silencio raro de los murmullos, de quienes han venido a ver mi capitulación, y de las oraciones del apóstata que se sienta a mi lado.
Soy una cáscara vacía: Nada pienso, nada siento. Sólo sensaciones, murmullos de la gente, oraciones de este renegado a mi izquierda, el ruido y la textura de las ruedas toscas al avanzar sobre el empedrado. La luz que me hiere tiñendo todo de gris, convierte las figuras en una sola cascarilla que ondula al ritmo del murmullo, como si fueran un solo ser, así como las siluetas que se traslucen tras las cortinas tenues. Nada tiene individualidad; ni yo misma. También soy parte de esa nada superficial y vacía en su interior, como un inmenso trapo que flameara agitado por un cierto vendaval. La carreta avanza lenta por la Rue de Saint-Honoré, al poco de atravesar el puente desde la Conciergerie. Alguien, quizás un bufón, se ha puesto delante de la carreta y va recitando algo que no escucho con claridad entre los gritos de las gentes. Se refiere a mi con palabras soeces. Sólo una idea me sostiene: "Soy la reina de Francia. Y si no lo soy, soy archiduquesa de Austria y Lorena. ¡Nadie avasallará la dignidad que me corresponde!". El camino se hace eterno, ensordecedor, enceguecedor. A veces veo rostros. A veces gritan. A veces son irónicos, a veces se acompañan de brazos alzados. Todos son iguales, todos son el mismo rostro enajenado y vacío. Yo estoy vacía y soy parte de esos rostros que nada son; avanzo al centro de esta lenta marea que nunca termina. No hay alegría en esos rostros que quizás algún día buscaron libertad, ansiaban alguna extraña igualdad que los igualaba pisando sobre sus superiores, revirtiendo una igualdad imposible, igualdad no deseada: ¡Venganza! ¡Revancha! El pueblo fraterno asesinando a los que no eran iguales en un absurdo sentido de justicia para construir la libertad que me restaban. Para eso, yo debía pagar el precio. El precio no era mi muerte sino ser arrancada de mis hijos. Todo lo demás: ¡Nada! y esos rostros llenos de fervor falso; de fanatismo, ni siquiera sabían cuál era el castigo que me imponían. ¿La muerte?: La muerte todavía era un concepto; no tenía realidad. Para esa muerte aún era inmortal. Iba al patíbulo, me esperaba la decapitación y sin embargo no concebía mi muerte. Mi muerte estaba en ese lento arroyo de sangre que manaba entre mis piernas, sin detenerse nunca. No sabían que no había, para ellos, en mi muerte, premio ninguno. Siempre, desde que llegué a Francia, estuve rodeada: Hoy de este pueblo de sordos rumores y gritos porque me odian. Ayer, rodeada también, de rumores silenciosos. Siempre estuve sola en Francia, pero rodeada de franceses que no me querían. Vuelve a mi, en la soledad tumultuosa, la tumultuosa soledad de la Ceremonia de la Coucher: Toda la noble Francia, hierática, estólida, observando a su Delfín, tan incapaz de restar la virginidad de su joven princesa: ¿Habrá aumentado el odio de los nobles hacia su futura reina, la torpeza de su delfín?. Llegamos al fin a la Rue Royale, donde a la derecha, al girar la carreta, pesada y lenta, vi mi muerte verdadera, al fin. Se veía como una alta y esbelta máquina, casi bella, casi inocente. Entre mi muerte y yo, sobre el pedestal de la estatua de Luis XV, último símbolo de la monarquía francesa y su absoluto poder, divisé la estatua de una mujer, en yeso pintado, imitando piedra, que me daba las espaldas, sentada en un trono, con una lanza en su diestra. Todavía le tomó, al fatigado caballo, tirar la carreta hasta el cadalso, otra eternidad. Cuando al fin llegamos, y el verdugo, con ademanes de ayuda de cámara, con su tricornio, respetuosamente, bajo el brazo y la cuerda que ataba mis manos a la espalda, varias veces enrollada en ese brazo y sujeta firmemente con aquella mano, me ayudó a descender de la carreta, pude ver, de frente, la estatua de la mujer: Tenía la mirada vacía, quizás como yo misma. Su gesto era severo, aunque tranquilo, y si hubiera tenido pupilas en los ojos habría estado mirado un horizonte lejano, en el sur, quizás si en España, o más allá, pero era ciega. Su mano izquierda caía, tranquila, sobre el reposo para el brazo del trono que ocupaba. Vestía una túnica larga y calzaba sandalias, mientras su cabeza no estaba laureada sino tocada con un birrete frigio pintado de rojo. Sin ninguna duda esa estatua era sólo la cáscara de yeso, vacía por dentro, como yo. El verdugo me tomó del brazo y me ayudó a subir al cadalso, mientras yo miraba a la estatua. Casi al llegar arriba, distraída, en mi observación, tropecé en un peldaño y pisé al verdugo. Me disculpé con cortesía:- ¡Oh! perdone usted, fue involuntario -. Lo miré por primera vez, a la cara, con cierta atención. A pesar de su tamaño, su cara reflejaba casi la bondad de un niño y su mirada dulce me sorprendió. Dijo:- Il n'a pas d'importance, Madame.No obstante, una vez arriba del cadalso, sus gestos y movimientos son duros, tensos, y su gesto completamente rígido. Me empuja y me inclina, para recostarme contra el vientre en el tablado de la máquina. Cuando asegura el marco en torno a mi cuello y me quita la cofia que oculta el pelo recortado la certeza de sus movimientos, me aterra y me muestra una imagen contradictoria de este niño enorme, anciano, a cargo de la máquina de matar. Siento un golpe de sangre que me inunda el pecho de horror y percibo, por fin, que voy a morir. Veo el fondo del canasto dispuesto para recibir mi cabeza. No sé qué me hace estudiar el tejido de esa cesta, manchada de sangre seca. Veo su tramado circular, enlazado con el tejido cruzado de mimbre, con tal nitidez que pienso que quisiera ignorar que esa sangre seca puede ser la de Luis. Y después será la mía. Entonces se me ocurre que esa sangre cristalizada y esa nervadura tejida, que la sustenta, allá al fondo, son como la figura en un espejo de mi matriz profunda y desgarrada. Todo, incluso el borbotear de rumores de la gente, empuja la emoción hasta mi garganta, hasta nublar mis ojos. Me resisto y presto atención al trabajo del verdugo que ata mis piernas al tablado, para vencerla. El tiempo es eterno y lento. Cada segundo es inconmensurable, como si viviera la vida eterna en este momento infinito: ¿Cómo es la vida eterna? ¿Quedarán, por fin, en este castigo, purgadas todas mis faltas? Pero estoy en paz: ¿Entonces por qué este instante se hace eterno, como su fuera el único? Sin embargo esta eternidad, de este momento, es así: Metida en esta trama manchada de sangre cristalizada.
De pronto se hace el silencio. Algo, que no alcanzo a ver, ha sucedido, y concita la expectación general. Vislumbro, a mi derecha, difusa, la figura del verdugo y escucho alguna orden militar. Percibo un movimiento brusco de él, a mi lado, seguido de un ruido seco de madera, como si se cerrara bruscamente un cajón. El verdugo ha activado el cuchillo. Durante una eternidad el corazón me golpea el pecho con fuerza, mientras oigo un zumbido como si alguien pasara las uñas sobre madera. Aprieto los dientes con fuerza y la tensión de todo el cuerpo me resulta dolorosa y aunque no alcanza a pasar una fracción de segundo, siento el tiempo detenido, hasta que de repente me cae un golpe seco en la nuca y caigo en el fondo del canasto sobre la sangre seca de quienes fueran ajusticiados antes que yo. Oigo gritos de júbilo y me siento ahogada. Quiero respirar y no puedo. Siento en la frente y la mejilla, la textura de la nervadura del mimbre del canasto. Alguien me tira del pelo, con cierta dificultad, porque me lo han rapado demasiado y me levanta, jalándome del pelo y una mejilla. Veo, en medio de la desesperación de la asfixia, a la gente vociferando y gesticulando con manos y brazos, como si todos fueran un solo ser, como un gran manto que flameara agitado por el viento. Me arrastran de uno a otro lado de la tarima del cadalso, con una extraña liviandad. En algún momento, al exhibirme, alcanzo a ver allá, a un par de metros, mi cuerpo descabezado, aún atado a la plancha de madera del cadalso. Un hombre lo está desatando y percibo que todavía tiene algunas convulsiones suaves de las piernas y las manos, que, todavía, amarradas a la espalda parecen querer agarrar algo que no ven. El soldado que me sujeta y exhibe ante el populacho me lleva más allá y con tristeza pierdo de vista mi propio cuerpo. Siento una pena infinita, llena de sorpresa. El pecho, que ya no está conmigo, se me rebalsa de angustia. Quisiera aspirar aire por la boca pero es imposible y pienso, en medio de la confusión mía y de la euforia de quienes me gritan, que ya estoy muerta y me pregunto si esta será la forma de la eternidad, si ya estoy purgando mis pecados, si jamás veré a Luis, que quizás haya merecido la gloria de Dios y esté a su lado, mientras yo comienzo a purgar esta angustia para siempre. Quizás él esté junto a mis hijos muertos. Quiero llorar pero no puedo.
El hombre que me tiene en sus manos me lleva hacia la escalera del cadalso, ahí dos hombres bajan el canasto donde caí decapitada y lo arrojan en la carreta que me trajo desde la Conciergerie. Me acercan hasta ésta y veo mi propio cuerpo dentro del canasto, descabezado. Todavía agita con suavidad las manos, como si tratara, ciego, de asirse de algo, para no caer. El hombre que me tiene en sus manos me arroja, también, al cesto, donde caigo entre mis propias piernas, mirando al cielo brumoso. El carretero sube al pescante y azuza al percherón flaco que arrastra lentamente la carreta. Veo la espalda y la nuca del hombre. Ya no me angustia el ahogo. Alcanzo a ver mis muslos y rodillas, y acude a mi memoria un recuerdo tan antiguo: Soy una niña de muy pocos años. Juego en los jardines, no sé que jardines son, quizás los recuerdos los han modelado de una manera antojadiza, de modo que no los reconozco. Madame Brandeiss está sentada, vestida de blanco, en una silla a la sombra de un gran olmo. Corro y me abrazo a sus piernas. Descanso mi cabeza en su regazo y veo sus muslos y rodillas del mismo modo que las mías propias, ahora. Siento un sueño pesado. Ya los ojos no me obedecen. Me parece que se quieren ir hacia atrás, como si quisieran ver mi propio ser interior. Me opongo con las fuerzas que aún me quedan, mientras las imágenes de los frisos y techos de algunos edificios en la Rue Royale se desvanecen lentamente y la nuca del carretero baila y se esfuma. Sé que si me duermo ya no despertaré: ¡Jamás!
Kepa Uriberri



[1] ¡Ya todo está perdido!
[2] La Austríaca

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martes, 30 de noviembre de 2010

La perfecta novela por el maestro Kepa Uriberri

La perfecta novela

 


 

 












Una cosa va llevando a otra y se establece en el tablero del pensamiento lo que llamamos una divagación. Quizás los grandes inventos, las más locas ideas, nacen así. Cuando escribo ésto, o cualquier otra cosa, voy echando mano de ciertos recursos que ya manejo, que son como unas especies de piezas de relojería, que crean el texto, el argumento, las ideas, los conflictos y acuerdos, que en definitiva deberían (no lo sé) enganchar al lector. Y recuerdo, ahora, no con nitidez, porque quizás no fue una sino varias, las veces primeras en que ese raro concepto se me atravesó en el camino: "Recursos". Hubo recursos mineros, recursos de programación, estratégicos, recursos literarios y más. De pronto, pero no sé cuándo, el recurso fue mío: Comprendí que era sólo una entidad vacía, susceptible de ser llenada con una cosa, una idea, o lo que sea, deseable, útil. Yo voy coleccionando, en cada divagación, en cada conversación, en los viajes cortos o en los largos, en las discusiones, en las tertulias, en el metro, los restoranes, en conversaciones; voy coleccionando recursos literarios. Por ejemplo, me llega un mensaje a mi teléfono personal, ofreciendo participar en el sorteo de un auto nuevo. Ella, mi mujer, me dice: - Esos sorteos son una estafa.
- Sí -, digo y argumento: - por eso jamás compro números de loterías.
- ¡Ah, no, no! esos sí son serios. Yo he estado ahí varias veces, por trabajo, y he visto gente esperando para cobrar - asegura -. No sólo eso, la recepcionista me ha contado, por ejemplo: "Ese señor ganó tantos millones... Aquel otro acertó a un premio bien bueno..." y así. Así que me consta que esos sorteos sí son serios.
- Bueno - respondo -, esa es gente que trabaja para ellos, en el cargo de "espera por el premio". Están siempre ahí y hacen ese rol por un sueldo pequeño; así la gente cree que es verdad.
En ese momento me doy cuenta que este es un recurso literario y lo guardo en mi colección: El que trabaja de "esperador de premio" en una institución de sorteos de azar. Debe ser capaz de demostrar tranquila ansiedad, una cierta sonrisa perenne que se quiere disimular, ha de aparentar paciencia tranquila, en fin. Debe sonreír cuando se le llama, por un nombre ficticio, por supuesto, y así. Así son los recursos; al menos los literarios.
Así es la divagación. Como un campo fértil donde se siembra y cultiva los recursos del pensamiento y la creación. En mi caso, los recursos literarios. Uno de los momentos mejores para divagar, de mayor fertilidad, estoy seguro que para todos, es el momento del retrete. Un filósofo puede sentarse, por la mañana en su retrete y logra explicarse a Dios, o al menos se hace un buen modelo de Él, que después integra, en su oficina, a una nueva teoría de la creación. El creador literario piensa, también, mucho en Dios, por diversas razones: Es que uno es como un pariente pobre del filósofo. Quizás sea el que lanza, sentado de mañana en el retrete, las ideas bastas, sin pulir, sin embellecer en cuanto ideas, que después divaga el filósofo y las organiza en una teoría, en fin. También el creador literario es como un pequeño dios, en tanto crea universos que envasa en historias, novelas y cuentos, así como el Gran Dios los transcribe en esta materia de la que estamos hechos.
Sentado en el retrete, divagando, he caído en Dios y a través de esta idea divago sobre los ateos, no tan ateos, que no creen en Dios porque si hubiera un Dios no permitiría el mal, ni la desgracia, ni la tristeza y la miseria, tampoco la guerra y tanto más. Doy vueltas en torno de esta idea y me digo que si yo mismo fuera Dios, desde luego el universo no sería único: Habría tantos universos como obras haya escrito. Cuando escribo una novela, por ejemplo, creo conflictos. Creo personajes llenos de desgracias. El protagonista y el antagonista son contradictorios, llenos de pasiones; a veces de maldad y más. Hay ocasiones en que un personaje es tan vívidamente malo, perverso, que resulta magnífico. Ese personaje se gana todo mi amor de creador. No sólo eso, se gana el recuerdo y favor de los lectores. Si somos la obra de un Gran Creador, es natural que estemos llenos de miseria, de conflictos, sufrimientos, guerras, hambrunas y pestes. De no ser así, la creación de Dios sería un fiasco, un fracaso. ¿Qué editorial de los Dioses publicaría un universo donde todo fuera bondad y dulzura, felicidad y alegría?.
En cierta ocasión, aquí en mi retrete, decidí, divagando sobre un creador sólo bondadoso, del talante de lo que cualquier personaje creería que el Autor debe ser; decidí escribir una novela, extensa, intensa, maciza, donde todo fuera bueno; los personajes felices e iguales: Ninguno mejor o peor que otro, sino tan felices unos como otros. Todos ricos y agraciados. Sanos, rosados y rubios. Aquella novela carecía de antagonismos. Todos los personajes eran protagonistas, o ninguno lo era; pero antagonistas no había. Era un cosmos perfecto, donde todos se amaban y respetaban, nadie sospechaba del otro y tampoco las naciones de sus países vecinos. La economía no era global ni local, sino comunitaria y el mercado no era instrumento de abuso, sino por el contrario, ejemplo de justa competencia done siempre se empataba. Por supuesto no había, ahí, en esta novela, el concepto de deportes, o al menos de competencia en el deporte. No se concebía el campeón del mundo, o la reina de belleza, ni la mejor marca, porque todos eran tan bellos y poseían la marca más preciada e idéntica en todo. La gente no era ni más alta, ni muy baja sino precisamente de la estatura de los demás, de modo que no existía la envidia, ni tampoco el afán de prosperar y tener una mejor casa, un auto más rápido y moderno o poseer a una mujer mas bella o sensual, ya que todas eran iguales. Ésto habría sido una aberración cuya idea ni siquiera existía, ni en las más locas teorías, que eran por supuesto todas idénticas, sin ninguna posible preeminencia de una sobre otra. Así, pues, hombres y mujeres eran lo mismo e indistinguibles unos de otros: El sexo y el género eran sólo conceptos ideales que servían, apenas, de instrumento de felicidad y juego.
A qué seguir. Escribí esa mañana, sentado en mi retrete, en un poco rato, aunque sin llegar a traspasar, ni al papel ni al teclado, sino sólo en mi mente, una novela de más de dos mil seiscientas ochenta y tres páginas todas felices y perfectas, donde cada deseo de cada personaje bastaba con ser formulado para hacerse realidad, de manera que jamás hubiera, ahí, en esa obra literaria magna, frustración alguna y todo personaje fuera feliz como se merece al ser la creatura de un creador inmensamente bueno. Cuando después de tanto y tanto crear felicidad y perfección, concluí esta nueva y magnífica novela, me levanté del retrete entusiasmado, pensando que había escrito, al fin esa obra universal que había sido demasiado grande para Tolstoi, Dostoievsky, Thomas Mann, Chakespeare, Cervantes, Proust que fue rechazado tantas veces por los editores, Joyce, que casi lo logra con su Ulises, Kundera, García, Vargas, Fawlkner y sus ovejas convertidas en caimanes, Witold Gombrowickz que era enemigo de Bioy y Borges, estos dos amigos juntos o separados, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Sándor Márai, Bolaño y las de detectives, o José Malgrite, que se hacía llamar Iñaki Irizarri de pura vergüenza y pudor, y tantos otros más que no forman, tampoco, parte de la novela; y me propuse transcribirla de inmediato, en una tarea dura pero epifánica. Ya mientras metía la camisa dentro del pantalón, viéndome en el espejo, tuve una vaga y primera duda, que deseché con el breve argumento de una sonrisa. Al abrochar el cinturón, mi imagen, al frente, me mostro como un hombre vulgar cualquiera, que no conocía la felicidad pura y total y me interrogué entonces, casi como una broma: "¿Y si no la conoces, cómo crees haberla alcanzado para esas pobres creaturas atadas a tus personajes?". Pero de inmediato me respondí: "En el ámbito de esta perfecta novela, yo mismo, como absoluto creador, he creado una felicidad perfecta que lo es como ideal, en el ámbito de la novela. No tiene por qué serlo en el entorno de los seres que a mi me rodean" y recordé cuando al fin entendí lo que era un recurso. Para no alargar: Salí del baño con ciertas dudas vagas y poco importantes, que no quitaban, en absoluto, magnificencia a esta obra perfecta. Me senté ante el teclado y miré por el ventanal, a mi derecha, al parque donde ya se hace verde la primavera y aquel árbol humilde, de ramazones peladas, sin importancia ninguna, comienza al fin a llamarse jacarandá, cuando, azul, ya florece, y pensé que alguien había escrito, tal vez muchas veces, esta novela. Me dije que me la habían entregado antes para leerla y alguna vez me sentí obligado a hacerlo, quizás por apropiarme de unos pechos atractivos y tersos, o por cerrar algún negocio que después fue, como la misma novela, un fracaso, o enredado en los halagos que me ponían varios niveles por encima de mi pobre realidad. Entonces me pregunté: "¿Crees que alguien, o tú mismo, leería una novela perfecta, donde la perfección requiere de la tremenda monotonía de la eterna paridad?". En ese momento comprendí un poco más a Dios, amé algo más lo prosaico e imperfecto y decidí esperar, para pasar por el teclado la novela, a terminar, algún día, quizás, de leer el Ulises de James Joyce.
Kepa Uriberri
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domingo, 17 de octubre de 2010

Tiempos Modernos y Jack, Johnny y Hank en una Bolsa

TIEMPOS MODERNOS Y JACK, JOHNNY Y HANK EN UNA BOLSA


Sí, son tiempos modernos, pensaba mientras caminaba por las calles de un Bilbao bullicioso, gris, aburrido, y al parecer algo agobiado. Jack, Johnny y Hank me acompañaban metidos en una bolsa de plástico.

Había algo en las caras de la gente que te incitaba a pensar que hacía tiempo que no sonreían, pero son tiempos modernos, y los pajaritos cantan y las nubes se levantan porque cualquiera de ellos puede entrar a una tienda y comprarse unos vaqueros.

Yo paseaba desde hace rato con esa sensación de que gran parte de lo que veo se puede convertir en palabras, todavía conmocionado por el poema "¡Adelante!" que había leído de Hank y con ganas de empezar "Los Subterráneos" mientras Johnny sonaba a treinta y tres revoluciones en el salón de mi casa.

Camino entre ráfagas de cuerpos fascinado al comprobar lo capaces que son de mantener un ritmo con el piloto automático sin chocar entre ellos. Me acuerdo del segurata del Fnac y en sus ojos perfilados, me había dejado impactado ver a semejante masa de carne aburrida y encorvada gastando rímel, "¡Ni te me acerques sucia ladrona!" Le grita una señora muy mayor a una rumana que se le acercaba con una mano extendida y la otra escondida.

Entre los cuerpos auto dirigidos hay unos que buscan a otros, llevan un peto de colores y una carpeta y tienen peor cara que los otros, los demás les esquivan antes de que puedan recitar la primera frase de su causa que a veces la proclaman en bajito a un aire sordo. Un señor de aspecto desaliñado y enfermo que anda más perdido y errático que los demás se acerca a una chica con peto y ésta ni le mira, son malos tiempos para los Robin Hood modernos, son tiempos modernos y los pajaritos no cantan y las nubes no se levantan para un mendigo que está sentado muy próximo a los Robin del peto. Malos tiempos para él también en la era de la ayuda a distancia.

El ascensor del metro sube, abre sus puertas, escupe gente y antes de que vuelva a cerrar la boca nuevos esputos van hacia ella corriendo, tres chicos jóvenes y una señora de mediana edad con bolsas dejan a un señor que va en silla de ruedas fuera, la boca tarda en cerrarse pero los mocos se quedan bien pegados a su garganta infectándola de civismo y consideración modernos.

La bolsa de plástico comienza a moverse, noto los gritos y los improperios de Hank maldiciendo contra el universo y escupiendo al viento, la frenética prosa de Jack desmenuzándolo todo y el Boom Chicka Boom de Johnny transformando la atmósfera en algo más sencillo que se pueda solucionar con la espera en el porche meciéndote en tu silla y  bebiendo un vaso de bourbon.

Sigo mi camino saturado de gris y paso por una plaza donde el futuro juega porque así se lo ha indicado el pasado, ahí es la primera vez que veo sonrisas. Yo me dirijo a mi cueva con mi gente y como presente, no puedo hacer más que pedir papel y boli en la barra para apuntar todo esto y que no se borre de mi mente.
Acabo de descubrir que ni si quiera he echado un vistazo a las notas que escribí.

Será porque son tiempos modernos, y los pajarillos cantan y las nubes se levantan.


Asier Triguero es autor de las novelas Me quiero ir e Hijos del amanecer.


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