sábado, 14 de mayo de 2011

Estrella distante

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Estrella distante

Imagino la vida como una especie de malla de caminos, poblados de nudos en los que confluyen eventos centrales. Estos eventos van marcando destinos y empujan a cada uno por el camino de su destino, ya sea que éste esté trazado de antemano, o se construya de las decisiones tomadas en dichos nudos. Probablemente uno vaya eligiendo la ruta, y el destino nos provea de aquellos eventos para llevarnos, sin importar las decisiones tomadas, siempre a Roma. Tal vez uno no reconozca aquellos enclaves, o no sepa para qué sirven, pero sí son importantes para trazar alguna meta necesaria, de alguna manera atan y quizás obligan.
Tengo cierta aversión a lo francés: Lo reconozco. El francés me resulta antipático, sin importar el mérito que lo francés o algún francés tenga, es una cuestión visceral. Así es que evito leer autores franceses, por ejemplo. Cuando leo a alguno es porque uno de esos nudos que mencioné me ha atado y no me suelta, hasta que me rindo. Así llegué a disfrutar a Flaubert y su Madame Bovary, también a la Eugenia Grandet de Balzac y algún otro. Alguna vez había leído algún trozo de Proust y se me había hecho muy francés, lo que no es raro, porque lo es. Así que siempre lo evité. Pero, aun no la conozco, había alguna razón para que lo leyera, y Marcel Proust se me cruzaba cada cierto tiempo. La definitiva, aunque maduró después de más de un año, la debo a una editora que buscaba alguna manera educada de deshacerse de mi. Me preguntó si era un hombre paciente y después me dijo "Porque a veces se requiere mucha paciencia. Por ejemplo" me aseguró, "a Proust lo rechazaron cincuenta veces antes de editarlo por primera vez". Pasando el tiempo, muchas veces me sorprendí recordando la frase, de manera que comencé a decirme: "Habrá que leer a Proust para entender por qué alguien supuestamente tan universal puede ser tantas veces rechazado por el mundo editorial. A lo largo del siguiente año, si bien no llegué a cincuenta, cada una de las veces que fracasé o me sentí fracasado, la sentencia de aquella editora me ponía otra vez en el camino: "A Proust lo rechazaron cincuenta veces". Llegué a documentarme sobre esos rechazos. Quizás no fueron cincuenta, pero sí es cierto que André Gide fue uno de quienes lo rechazó y luego le pidió perdón por hacerlo. Finalmente, a principios de este año, como Gide, decidí leer Por el camino de Swann para conocer a Marcel Proust.
En fin, tal vez Proust no era mi destino. Quizás era un nudo más en el camino de Bolaño. No se engañe nadie creyendo que Bolaño es Proust, o su discípulo, ni su imitador, ni nada parecido. Los nudos y enlaces que nos guían y llevan son, con frecuencia, raros, absurdos y hasta incomprensibles o completamente tontos. Mientras leía a Proust y sus maravillosas enumeraciones, muchas veces algo bizarras, como la de la introducción del libro, que de seguro espantó a Gide, cuando describe las innumerables posturas necesarias, en la cama, para conciliar el sueño, que relata el autor, o altamente poéticas como la de los campanarios, o las flores en el camino de Swann por el lado de Méséglise; fui interrumpido en la lectura por alguien que me interrogó sobre Bolaño. Ya tenía antes varios encuentros con este autor, en diarios, revistas y hasta promociones de televisión, todos los cuales no lograba comprender. Hablando de Proust y los franceses, me pregunto si Bolaño no tendrá alguna marca constitucional francesa en la que germina mi rechazo. Leí Estrella distante hace tanto tiempo, que no recuerdo si tenía el libro porque me lo regalaron, o porque yo mismo, en un arranque de curiosidad, quizás algún nudo de la malla, lo había comprado. Entonces lo encontré una novela inútil, vacía, sin sustancia. Había encontrado a Bolaño en una entrevista con Cristián Warnken en la Feria del Libro de Santiago en mil novecientos noventa y nueve y lo había encontrado pedante y de un humor hepático, agrio (en ese momento no sabía que sufría un mal de hígado, que lo llevó, por fin, a la muerte) y se me hizo antipático. En algún momento, en alguna tertulia, alguien alabó a Bolaño y yo dije que no le encontraba nada aparte de su enorme antipatía. Su defensor me regaló, entonces, Una novelita lumpen. Recuerdo haberla leído mucho después, no tengo claro el motivo por el que, finalmente, lo hice. Tampoco recuerdo nada de la novela, salvo que son dos hermanos huérfanos que alquilan: Alquilan un auto, alquilan un piso, alquilan videos pornográficos. Me pregunté: ¿Por qué si Bolaño es chileno y los chilenos arrendamos autos, videos o departamentos él, a través de sus personajes, aunque no de sus voces sino de la propia, alquila en vez de arrendar? Encontré muchas otras señas de extranjerismo en Bolaño que me resultaron insoportables. En algún taller, decía quien interrumpió mi lectura de Proust, habrían sostenido algún concepto sobre la renovación literaria amparados en aquella entrevista del autor con Warnken, como si se tratara de doctrina bíblica. Me citó, quien me había interrumpido, una paráfrasis de Bolaño: "La nueva novela latinoamericana no debe parecerse a nada". De mis recuerdos sobre Estrella distante o Una novelita lumpen, pensé que en realidad podía parecerse a todo: A lo policial, a la narrativa de aventuras de misterio, recordaba tonos de lo absurdo y tanto más. Tanto más que su crítico más amigo, Ignacio Echeverría, había dicho en El País de España, que Estrella distante era «la novela que Borges hubiera aceptado escribir», aseverando otro parecido. La conversación sobre Bolaño, su doctrina literaria posible, la entrevista con Warnken y otros conceptos que habían sido adjudicados al escritor, me cautivaron. Entre otros una calificación de la prosa de Bolaño como "infrarealista". Me hizo gracia el término, al punto que imaginé a Bolaño escalando con desesperación el eje de la realidad, y después de denodados esfuerzos, quedar por debajo de ella. Claro, en fin, el Realismo, aunque mágico, estaba ocupado. El Hiperrealismo también, lo mismo el Surrealismo, de manera que sólo quedaba, para él, el Infrarrealismo.
De cualquier modo, hubo ahí un nudo ineludible: La entrevista de Bolaño con Warnken. Así fue que decidí buscarla y repasarla para no juzgar sin antecedentes. La encontré en los archivos del canal de televisión que la emitió, y también en una transcripción escrita. Tal vez porque  esperaba que me fuera antipático, no lo fue tanto, esta vez. De toda la entrevista, tanto al verla como al leerla, rescaté dos situaciones. Una fue, por supuesto, la respuesta sobre la nueva novela que él quisiera proponer, pero más allá de esa respuesta, el tema que ronda en sus respuestas, apunta a la búsqueda de una nueva forma de narrativa que explica lo que recuerdo de Una novelita lumpen y Estrella distante. Más adelante voy a ampliar esta idea. La segunda es la referencia a la poesía que asocia con adolescencia e inmadurez primero, para, en seguida, reconocer que no sabe qué es poesía y finalmente aseverar: «Yo creo que la mejor poesía de este siglo está escrita en prosa. Hay páginas del Ulises de Joyce, o de Proust, o de Faulkner que han  tensado el arco como no lo ha hecho la poesía en este siglo». Es una afirmación extraña, con la que, desde luego, no puedo estar de acuerdo y que habrá entristecido en sus tumbas a nuestros poetas Neruda y Mistral y también a García Lorca y a los Machado, o a Vallejo, también a Oliverio Girondo o a Juana de Ibarbourou y si lo oyeron o vieron, a Nicanor Parra y Gonzalo Rojas; sólo entre los que la hicieron en castellano. Se parece a la frase de alguien que dijo "... es la audacia del ignorante", que no se puede perdonar en Bolaño que al menos parece ser bastante sabido, aunque confiesa que no, que «Qué más quisiera yo, en realidad tengo un diccionario de literatura buenísimo y todo sale de ahí».
Tal vez la mención de Proust lanzó la última línea de la malla que me hizo buscar mi Estrella distante para tenerlo al alcance para cuando terminara de transitar el camino de Swann. También lo reforzaron Joyce y Faulkner, desde luego. Cuando recuerdo a estos tres autores y la nutrida promoción que se hace de Bolaño, no puedo sino recordar el concepto de influencia. Este concepto resume bien la intención de Bolaño. Se trasunta de la entrevista que comento y también de otras. Explica bien, también, la intención escondida detrás de las obras del autor. Habrá que esperar otro siglo para ver si la tuvo; y elijo el plazo a partir del que él mismo da, en la misma entrevista, a los autores latinoamericanos. Sin importar que sea influyente o no, al fin llegó el momento de releer la Estrella distante. Tengo una costumbre que no sé si todos comparten: Cuando leo un libro, lo leo entero, todo, desde los títulos, firmas de las ilustraciones de tapas, pequeños numeritos que pueden aparecer en los bordes de los cuadernillos, notas de imprenta y editorial, propiedades y derechos, y por supuesto las solapas y contratapas. Ahí encuentro la aseveración de Echeverría: «El tipo de novela que Borges hubiera aceptado escribir». Pienso, al leerla, que Echeverría fue un muy buen amigo de Bolaño, o lo admira demasiado, o estaba comprometido, de algún modo, en el éxito de la novela. Para lanzar claridad sobre esto, sólo citaré a Borges, en el prólogo de su libro Ficciones: «Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos». ¿Alguien cree, de veras, que Borges habría intentado, bajo ninguna circunstancia escribir una novela?. Yo no. Pero dejo esta digresión, porque se trata de la Estrella distante de Bolaño y no de la crítica de Echeverría. Tampoco continúo con las otras comparaciones absurdas que se menciona en la solapa del libro, y sólo sigo hasta el curioso epígrafe que el propio Roberto elige para su texto. Dice: «¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?» y asigna la cita a William Faulkner. ¡Maldita curiosidad!: Dicen que mató al gato. No sé quien dice que lo mató, pero es así el dicho. Busco la cita de Faulkner sin fortuna. Quizás mi curiosidad mate al gato, así que retruco a la cita: ¿Qué frase se escribe sin que nadie la lea?. Por desgracia ya no tenemos a Faulkner ni a Bolaño para que respondan. La busqué literal, cambié mirar por ver, la traduje al inglés de diversos modos: What star falls that no one looks?, cambié "looks" por "sees" o "watches", corregí el modo de expresarlo como "What star falls unseen?", pero cada vez que encontré la cita en castellano o inglés, era referida a la Estrella distante de Bolaño. Sólo una vez la encontré en inglés, en preguntas y respuestas de Yahoo!. Alguien quería saber dónde, Faulkner, había dicho tal cosa: Nadie respondió.
Parece, Bolaño, en esta novela, hacer gala de erudición respecto a autores y obras. Cita y enumera con frecuencia, no sólo a nombre propio, sino a veces por boca de sus personajes. Cita equívocamente a Borges, dos veces; en una vagamente habla de todas las biblias mencionadas por el argentino, en una digresión del autor sobre una supuesta cita de Wieder, y en otro momento lo cita confundido con William Beckford, en su obra Vathek. Bibiano O'Ryan, íntimo del narrador, quien siempre le escribe, le menciona las siguientes palabras que serían de Borges: «Yo afirmo que se trata del primer Infierno realmente atroz de la literatura». Refiere el narrador que O'Ryan en algún momento compara a Wieder o su obra con el Vathek, y para ello hace la cita de Borges. Se diría que Bolaño intenta establecer una especie de confusión que logre asimilar a Wieder con la obra de Beckford, o con el califa Vathek para lo cual echa mano del retruécano de tres autores: O'Ryan, Beckford y Borges. Más adelante volveré sobre el recurso utilizado y su por qué. Por ahora me interesa la curiosa asociación que, ya no en el libro, se va haciendo de Bolaño con Borges. El autor cita por primera vez, en esta novela al escritor en cuestión, de modo implícito en su propio prólogo.
Arturo B. (así lo nombra Bolaño en el prólogo) sería el constructor de la novela y su propia función sólo se habría limitado a «... preparar bebidas, consultar algunos libros, y discutir, con él y con el fantasma cada día más vivo de Pierre Menard, la validez de muchos párrafos repetidos». La referencia es mañosa, por no decir equivocada. El Pierre Menard de Borges no lidia con repeticiones. Muy por el contrario, su desafío es escribir el Quijote, pero no haciendo una repetición literal del Quijote de Cervantes, sino escribirlo como un texto nuevo, a través de las experiencias de Pierre Menard, pero que sea perfectamente coincidente con el del español, palabra por palabra. Incluso, dice Borges, que por esa razón excluyó «el prólogo autobiográfico de la segunda parte del Don Quijote. Incluir ese prólogo hubiera sido crear otro personaje» que sería Cervantes. La misión de Menard fue muy distinta de la eliminación de la redundancia.
La novela se deja leer, aun cuando con frecuencia cae en enumeraciones inútiles, en especial de autores cuya única utilidad posible, en cuanto a la novela, puede ser mostrar cierta erudición innecesaria. Hay comentaristas que quisieran catalogarla como una novela de horror. Quizás el mismo autor lo pretendiera y por eso cite a Vathek. Para mi no es primordial el intento a través de los crímenes de Wieder. Casi me pareció absurdo, más que horroroso. En términos generales, la novela me mantuvo interesado, pero no me aportó nada. Al terminar de leer me saltó la pregunta, sin buscarla: ¿Para qué?. No encontré ninguna respuesta. Hasta ahora no la encuentro: ¿Para qué escribe, Bolaño, esta novela? ¿Para que no se parezca a nada?: No. No lo creo. El mismo quiere parecer Beckford y su horror. Para eso utiliza a Borges. También lo utiliza en la técnica narrativa. Es posible que eso sea lo que confunde a Echeverría cuando cree que Borges hubiera aceptado escribir esta novela. En esto habría que reconocer cierto éxito.
El relato está narrado en primera persona, como muchas veces hace Borges, y el autor se asimila, sutilmente, en este caso, al narrador: «Por aquel entonces yo estaba internado en el Hospital Valle Hebrón de Barcelona con el hígado hecho polvo». Este detalle mínimo, junto a la narración en primera persona y varias técnicas que intentan destruir la ficción con una especie de tamiz de realidad es un recurso frecuente en Borges; incluso Borges es a veces más explícito como en el Aleph o en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Pero hay algo que Borges nunca haría, me parece que Faulkner tampoco, aunque tendría que verificar con más detención esta hipótesis sobre el último, pero sí lo hace Marcel Proust, a quien Bolaño no cita en esta novela, pero menciona en la entrevista que describo más atrás: Enumerar latamente, en digresiones que a ratos parecen esas raíces que escapan de los troncos de los filodendros. Mauricio Electorat, en algún artículo reciente en Artes y Letras del diario El Mercurio, asegura que para mantener apropiadamente el oficio, se ha hecho la obligación de escribir al menos quinientas palabras diarias. Desliza que en ocasiones, como una forma de cumplir su propia tarea con cierta rapidez necesaria, recurre a las enumeraciones, como podría ser la siguiente: «... que probablemente constituyó el  mayor de todos los golpes recibidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, peor que el Cerco de Stalingrado o que el Desembarco de Normandía, peor que la Operación Cobra o que el cruce del Dniéper (en donde él estuvo), peor que la contraofensiva  de las Árdenas o que la batalla de Kursk (en donde él estuvo)» o la que sigue de inmediato: «Supimos también que de los ejércitos rusos que participaron en la Operación Bagration (la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro) el que más se distinguió, de lejos, fue el Tercer Frente de  Bielorrusia, que su avance fue imparable y de una velocidad y profundidad hasta entonces nunca vista, que fue el primero en llegar a Prusia Oriental, que perdió a sus padres cuando era un adolescente, que estuvo de allegado en casas que no eran su casa y con familias que no eran su familia, que sufrió el escarnio y las humillaciones que sufrían los judíos, que demostró a quienes lo despreciaron que no sólo era igual que ellos sino mucho mejor, que durante su infancia presenció cómo los seguidores de Petliura (nacionalistas ucranianos) torturaron y luego quisieron asesinar a su padre en la aldea de Vérbovo (en donde las casitas blancas se diseminan por las vertientes de lomas suaves), que su adolescencia fue una mezcla de Dickens y Makarenko, que durante la  guerra perdió a su hermano Alexander y que la noticia le fue ocultada toda una tarde y toda una noche porque Iván Cherniakovski estaba dirigiendo otra de sus ofensivas, que murió solo en medio de una carretera, que fue dos veces Héroe de la Unión Soviética, que obtuvo la Orden de Lenin, cuatro órdenes de la Bandera Roja, dos órdenes de Suvórov de Primer Grado, la Orden de Kutúzov de Primer Grado, la Orden de Bogdan Jmelnitzki de Primer Grado y numerosas, incontables medallas, que por iniciativa del Gobierno  y del partido se erigieron monumentos suyos en Vilnius y Vinnitsa (el de Vilnius seguramente hoy ya no existe y el de Vinnitsa probablemente también haya sido derribado), que la ciudad de Insterburg en la antigua Prusia Oriental se llama ahora, en su honor, Cherniajovsk, que el koljós de la aldea de Vérbovo en el distrito Tomashpolsky lleva también su nombre (hoy ni siquiera existen los koljoses), y que en la aldea de Oksánino del distrito Umanski de la región de Cherkassi se levantó un busto de bronce en celebración del gran general...». Estas enumeraciones no son de Electorat; son de Bolaño y las puede encontrar cualquier lector atento en la página sesenta y uno de la segunda edición de Estrella distante de Anagrama. También, si gusta de la técnica enumerativa, puede leer en la página cincuenta el significado de Wieder e ideas afines, o en la ochenta y dos, algo más logrado y lúcido como digresión, en el suicidio y la historia consecuente de Lorenzo. Borges aborrece, precisamente de esta técnica antisintética. La Estrella distante está muy llena de estas digresiones enumerativas, que a veces sólo parecen destinadas a lograr un volumen que distancie la narración del cuento y la acerque mejor a la novela. Debo reconocer, sin embargo, con una cierta sonrisa cínica, que muchas veces las disfruté más que la propia historia que se escondía entre ellas. A ratos tienen un lustre especial, que evocan más el título de la novela, que la propia síntesis de esta. A pesar de la larga digresión, mía y más aún, la de Bolaño, no quisiera perder la oportunidad de mencionar que junto a aquel detalle, donde éste se identifica como el posible narrador, además de ser el autor, utiliza otros varios recursos, de los cuales se vale muy notoriamente Borges, como el de incrustar autores, obras, y sucesos reales, junto a otros de ficción, en una bien hecha amalgama, para cubrir, como prestidigitador, la ficción y hacer ver ésta como parte de la realidad, añadiendo interés histórico y anecdótico aparente a la narración. La digresión sobre la guerra que transcribo, y las otras mencionadas, en la que se nombra lugares y hechos históricos, apuntan a lo mismo. Son recursos de buen mentiroso, en el sentido positivo del término.
De este modo uno llega, sin dificultad al fin del texto. Habrá que anotar en los apuntes que cumple, entonces, con un requisito básico: Entretiene durante unas tres sesiones de lectura, más o menos, según la velocidad del lector. Pero se sostiene la pregunta: ¿Qué quería postular Bolaño?: ¿El horror?, ¿Postular el nuevo movimiento literario en el género de la novela?; ¿O sencillamente no postula nada, porque no es necesario hacerlo?. Tal vez sólo escribe porque disfruta haciéndolo. ¿Acaso no lo hacemos todos así, sin más ambición, por mero placer de construir otro mundo caótico? ¿Tal vez el discurso de autor nunca existe, sino sólo aparece azaroso en la medida de las cavilaciones literarias al escribir? ¿Está todo dado por un estilo narrativo personal y nada más?. Debería reconocer, aunque no lo haré del todo, que cuando uno ejerce de lector, suele determinar todo aquello que surge de esas preguntas y lo sostiene en la dialéctica que siempre aparece en medio del acto crítico de leer y comentar ya sea con o para terceros o con el propio autor, al que suponemos una postura. Pero, como ya dije en algún punto, antes, Bolaño sostiene una postura, no se si es maciza, o válida, o seria, que establece con Warnken en la entrevista de la Estación Mapocho, en la Feria del Libro del noventa y nueve: Debe haber una nueva novela latinoamericana y ésta no debe parecerse a nada de lo ya hecho. Al leer esta novela y también Una novelita lumpen, sabida la sentencia y asumida como seria, parece haber una explicación del por qué Wieder es asumido poeta, aunque sólo escribe con humo y en el cielo, donde todo resulta efímero y elusivo: ¿Será tal vez una utopía, como hacer poesía con humo, crear la nueva novela, que no se parece a nada, cuando dos novelas propias resultan, en su alma profunda ser idénticas? Sólo cambia una literatura imposible por una caja fuerte inexistente, como torpe objetivo. En ambas, del mismo modo, parece haber un afán sórdido, más que de horror. ¿Debe, la nueva novela, ser sórdida? ¿O Bolaño ve el espíritu latinoamericano como algo sórdido?. ¿Quizás sea que la idea de una nueva novela sea algo que surgió después?
Alguien sostuvo, en algún lugar, en algún momento, con o sin razón, pero yo estuve de acuerdo, que una importante diferencia del cuento con la novela, era que el cuento converge. Todo en el cuento conduce al desenlace. Lo narrado culmina en la última letra del cuento, mientras en la novela puede haber uno o más clímax, o incluso ninguno, pero en algún lugar previo al fin de la narración, ya ha quedado todo dicho. De ahí en adelante, la novela se difumina y diluye lentamente en un epílogo, muchas veces de valor poético o bien de enlace con el mundo real externo a la ficción. Mientras más convergente sea una novela, más se acerca al cuento. En Estrella distante no hay un clímax, casi diría que se mantiene un paralelismo persistente, que se fuerza a una convergencia hacia las últimas instancias. Aparece Abel Romero y transforma la narración en una casi novela policial, recurso muy útil a Bolaño, que en este caso fuerza una convergencia, al estilo del cuento. Hasta usa el recurso de asociar a Romero con E.G. Robinson. Diría que todo concluye en el título de la novela, como última divagación del narrador: «Encendí un cigarrillo y me puse a pensar en cuestiones sin importancia. El tiempo, por ejemplo. El calentamiento de la Tierra. Las estrellas cada vez más distantes». El epílogo que sigue es brevísimo. Apenas separa milimétricamente la novela de un cuento que se convierte en policial.
Para finalizar diré sólo que terminé de leer Estrella distante, por segunda vez, hace más de seis semanas. En el intertanto comencé a escribir algún comentario unas cuatro o cinco veces. Los deseché uno tras otro porque no podía encontrar una sustancia para armar un comentario sobre el autor y su novela. Sigo sin haberlo logrado del todo.
Kepa Uriberri
Visita NaranjaPlátano


 



 

El durmiente, el viejo niño, el volado y la sonriente conservadora...

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El durmiente, el viejo niño, el volado y la sonriente conservadora...

El viejo había abordado el tren justo a la hora de alto tráfico en la mañana, sin embargo en esa estación, cercana al final de la línea, aún era posible conseguir un asiento. Entre una mujer muy gorda que iba hasta la Estación Central, que a pesar de su nombre queda muy alejada del centro de la ciudad y hacia el otro extremo del recorrido; y una mujercita de aspecto temeroso y carita de luna morena, se sentó observando a los pasajeros. Los asientos del tren estaban dispuestos contra los flancos de los vagones, de a cuatro puestos por asiento. Frente a él, al extremo derecho dormía profundamente un joven, posiblemente universitario, despeinado, vestido de manera descuidada, con los faldones de la camisa medio metidos dentro del pantalón o salidos sobre estos, la barba crecida por desidia acentuaba el descuido que reflejaba el cuerpo todo, que parecía abandonado ahí  como si alguien hubiera dejado caer un saco, desparramado, y no una persona que se hubiera sentado en el lugar. Las rodillas bajo las piernas arrugadas del pantalón, que dejaban ver que había estado de juerga con amigos en una parranda intensa hasta horas profundas de la madrugada, invadían el espacio del pasajero sentado a su izquierda, una, y la otra se proyectaba hacia el pasillo entorpeciendo el paso. El viejo pensó que era una imagen fidedigna de la juventud actual, cuyo pensamiento es esencialmente libre, al punto de exigir para si todas las libertades y derechos, aunque, como todas las juventudes de todos los tiempos, no reconocía deberes, sino un mundo del todo propio.
A la izquierda del universitario había un hombre ya viejo. Lo miro un momento con dedicación, analizando su aspecto y facciones. Si bien era muy distinto a él mismo, lo imaginó como una suerte de espejo. Ya desde la primera mirada había tanto en lo que creía, de algún modo, estarse viendo reflejado. Desde luego, aun cuando se veía de menos edad y tenía el pelo cano tanto más abundante, era indudable que compartían la misma generación. Así, entonces, comenzó a analizarlo, como si fuera una ocasión propicia de verse a sí mismo. Pensó que el gesto agrio era diferente al propio. A veces se sorprendía en la imagen de los espejos de las tiendas, en los reflejos de ventanas y vitrinas, y juzgaba que el paso del tiempo iba acentuando en él, un gesto de enorme tristeza, aunque de ningún modo la sentía; ¿O quizás sí?. Aquel hombre viejo frente a él, en cambio, reflejaba un sentimiento amargo que tal vez tampoco lo invadiera hacia adentro, sino que sólo sería, posiblemente, un mero reflejo del mundo exterior. Con todo, el ceño siempre arrugado, la frente surcada, las líneas profundas que recorrían desde la base de la nariz, hasta las comisuras de los labios que señalaban un arco descendente, que simulaba desprecio, la mirada atenta, todo, daba la impresión de observación. De hecho, pudo ver que el hombre recorría, como él mismo, el fragmento de la vida que transcurría en el entorno de este vagón del ferrocarril metropolitano, como si este fuera el centro universal en el cual no se debería dejar escapar detalle alguno. Así por ejemplo, el hombre, tan pronto miraba con atención las manos de la mujer que leía, de pie unos pasos más allá, como también subía la vista hasta su rostro, como si buscara la concordancia entre ellos, para proyectar luego en otras mujeres que leen y también en otras actitudes, a partir de las manos, el pensamiento profundo de ellas. Es posible que quisiera, también, develar el pensamiento secreto que aquella lectura les producía. Más tarde bajaba la vista hasta los pies, o se detenía en la forma redondeada de una rodilla, de la cual parecía haber tomado debida nota antes de abandonarla. Después, quizás, descubría y contaba aquellas mujeres devotas, que rezaban con un rosario escondido entre las manos, cuyo número se le hacía sorprendentemente alto, en tanto que, quizás sólo hubiera descubierto en mucho tiempo tan solo dos hombres en esa actitud. A pesar de todo, y aunque por el reflejo de la propia imagen le asignara actitudes propias a ese viejo, sólo por una cuestión empática, reconoció que, por ejemplo, vestía y tenía una presencia muy diferente. Se imaginó a sí mismo vestido de un modo regular, no elegante, menos aun pretencioso ni tampoco haciéndose cargo de sostener una bella imagen, sino todo lo contrario, de un modo por completo utilitario. Quizás por eso "a veces", pensó, "llevó los bolsillos abultados de papeles y objetos necesarios". Muchas veces sus pantalones, por ejemplo, tenían dos o tres líneas cercanas y notorias, del planchado descuidado, del que había renunciado hacía una eternidad de reclamar, o bien sus zapatos, que solían, sin saber el motivo cierto, durarle años y años, podían haber sido lustrados con un buen betún, tan sólo en un par de ocasiones. Pero debían ser cómodos y funcionales. Por contraste, aquel viejo aún vestía como en su juventud, en la que debió haber sido algo pretencioso. Ahora, tal vez, la renuncia necesaria de aquellas pretenciones, haya contribuido a agriar el gesto del rostro. Vestía una chaqueta de un tono de azul un punto más bajo que el de los jóvenes de su buena época, quizás por un sentido de la realidad de su edad. Los botones de la chaqueta no eran dorados y lisos com la moda de aquel tiempo ido, sino de un dorado tratado con algún elemento que le daba la idea de antigüedad y con surcos concéntricos que producían una textura elegante y sería, que sin embargo no alcanzaba a ser reflejo de finura ninguna. Bajo la chaqueta una camisa con líneas casi gruesas, de color lila, se acompañaba de una corbata de anchas líneas diagonales del color de la chaqueta alternado con el lila de la camisa. El pantalón no era blanco, ni tampoco gris. El gris habría reflejado un sentido de regularidad que lo habría confundido, en su juventud, con otros de menor categoría, aún cuando la propia no era necesariamente demasiado alta, sin embargo implicaba una clase indispensable de conservar. El blanco, por otro lado, hubiera reflejado un afán de notoriedad que no era el deseo de un hombre de inteligencia, que lo acercaba más a lo intelectual que a lo frívolo. Los anteojos, sin embargo, de sujetadores metálicos muy delgados y sin marco, dejaban ver ese rasgo de discreta egolatría, que lo demás de su aspecto buscaba, tal vez con mucho esmero, esconder. La imagen profunda del pensamiento del viejo lo mostró a él y a aquel otro, jóvenes, en alguna instancia de recreo, quizás entre una clase y otra en alguna universidad, tal vez en un encuentro casual y amistoso a la salida de un trámite bancario, o en una reunión social informal: Ahí eran amigos, porque eran, en su tremenda diversidad y contraste, iguales sin embargo. La ironía de aquel, sólo era comprendida por este y a la inversa. La reflexión conclusiva de uno sorprendía al otro por su afinidad de pensamiento. "Pero", pensó en el plano de la reflexión, que nace de aquellas imágenes que la hacen germinar, "eso es mentira, es irreal, sólo fruto del ocio del viaje en un vagón de tren. Aunque es posible que en su interior, ese viejo esté desarrollando un proceso muy parecido al mío".  Le miró las manos, bastante grandes, de dedos gruesos y nudosos aunque no toscos. De algún modo le recordaron las del albañil, a pesar que las de aquél no podían esconder el trabajo rudo cotidiano. Se le ocurrió, al recordar al albañil, que había estado tejiendo una historia supuesta de aquel viejo que se sentaba frente a él y del universitario que dormía a su lado, que quizás no fuera universitario sino un proyecto inútil de artista, mientras aquel viejo podía ser el dueño de una industria de ropa de algodón, en la que se producía calzoncillos y camisetas estampadas, bajo una marca tan absurda y pretenciosa como por ejemplo "Cotton Brotherhood by Paños" o podía ser un arquitecto arruinado por el yugo dominante de su mujer. "Cualquiera de esas alternativas equivale a escribir el cuaderno del albañil" se dijo y pensó que quizás todo en este mundo funcionaba de esa manera: "Cada uno escribimos, en papel o en nuestra mente, una historia del mundo a nuestro alrededor. Cada una de esas historias es como un vector que tira o empuja en algún sentido dimensional a la sociedad toda y cada persona afectada en particular. La suma de esos vectores compone un acuerdo final, que son la construcción de la sociedad que habitamos y también construye la historia personal de cada cual. Por ejemplo, Kaya es una bailarina en tanto la vemos así quienes la juzgamos. Sólo será una prima ballerina en tanto muchos, que la vean bailar, piensen que es la primera. Entonces el empuje de todos esos pensamientos, de todas esas imágenes la determinarán com primera bailarina". Después de cavilar un momento sobre aquello, se propuso en su pensamiento interior que "de seguro por eso mismo huí del mundo de arriba y me refugié aquí, donde creo ser inmune a aquellos vectores torturantes. Cualquier evento que tenga relación, como la muerte del papá, su legado, o más, son sólo justificaciones que tranquilizan la conciencia". Se escandalizó, sólo por un momento, de tener ese pensamiento, pero en seguida se dijo: "En fin, no tengo que revelárselo a nadie, pero en verdad soy igual de ruin que ese viejo que va al frente, enjuiciando a todos, pero sin enjuiciarse a sí mismo primero; o como el universitario que duerme, irresponsablemente, a su lado, invadiendo el espacio ajeno con sus rodillas y su desorden, sin importarle nada".
Al otro lado del viejo, con la espalda curvada hacia adelante, otro joven miraba, ausente, a ninguna parte o a todas, sin ver ninguna. Vestía un polerón o camisón de algodón con bolsillos de canguro y una capucha de tipo monástico, debajo de la cual escondía la cabeza casi rapada, con el pelo restante peinado de modo absurdo, simulando la quilla de una embarcación que se eleva en vez de sumergirse. Su aspecto, es en todo, voluntariamente ordinario. Con intención obtiene ventajas de su tez muy morena, sus facciones toscas, cuya fealdad subraya con un aro atravesado en una ceja y una pelotilla metálica, de unos tres milímetros, ensartada en el labio inferior. El polerón está adornado con figuras de estridentes colores que representan seres monstruosos agrediéndose mutuamente. Usa unos pantalones con muchos bolsillos en lugares ridículos, atados bajo las caderas de modo que parece que se le estuvieran cayendo, o que estuviera cagado, y le llegan a unos diez centímetros bajo las rodillas, dejando a la vista unas piernas oscuras y de pelos hirsutos. Mueve lentamente la cabeza de arriba a abajo, quizás al ritmo de alguna música que ya no suena en su mente como a veces le sucede al viejo con algún tango o bolero, sino en un artefacto electrónico minúsculo que lleva escondido en algún lugar de la ropa. Quizás si su aspecto ausente provenga de la conexión permanente con ese aparato. Una de sus piernas pivotea sobre el pie cubierto de una zapatilla enorme, gruesa, construida tal vez, en vez de manufacturada, a partir de toda clase de materiales sintéticos y modernos como el poliuretano y muchos sucedáneos sintéticos del viejo y noble cuero que se calzaba en otros tiempos. No alcanza a sobresalir demasiado de la zapatilla un calcetín de caña excesivamente corta e incómoda. Pivotea el pie en la misma cadencia que su cabeza. El polerón, el pantalón, los calcetines breves, que apenas alcanzan a verse, las zapatillas y seguramente el artilugio musical conectado a sus orejas, son todos de marcas de alto precio y última moda. Todas se combinan en un conjunto que se torna intencionalmente ordinario, hasta parecer sucio, aún cuando no lo esté y le da al muchachón un aspecto agresivo y rebelde que llega a infundir cierto temor. "Quizás si uno se acercara, olería al más fino detergente y a la más cara agua de colonia" pensó el viejo, "pero da la idea, desde la distancia, de que hiede". Es posible que en algún futuro no lejano, a estos jóvenes se les diga, universalmente, "Flaites" u otro término de significado equivalente, donde se hable de otro modo o idioma. El apelativo es probable que venga de la vulgarización de la palabra inglesa "flight" que expresa el afán de volarse de la realidad.
Al otro extremo del asiento, junto al flaite, una joven sonríe, escuchando a un hombre que le conversa, de pie a su lado. Ella ignora del mismo modo al universitario, al viejo y al flaite, lo mismo que ignora a la gente que sube o baja del tren, a los que se amontonan junto a las puertas, y al anciano que la enjuicia desde el asiento del frente. "Si bien no creo que la felicidad exista como un sentimiento permanente, sí es cierto que es la apreciación de momentos a los que se accede gratamente. De esa manera, ella es feliz" sentenció el anciano. "Es feliz porque tiene un trabajo. Es seguro que viaja hacia allá. Lo es porque puede sonreír al conversar temas de ninguna importancia, porque no necesita cuidarse de otros sucesos importantes. Lo es porque la gente que encuentra en los vagones del tren cada día es gente lozana, joven como ella, comparte la misma ausencia de intereses, porque todo está bien así, de modo que la vida se transforma en una sonriente distracción despreocupada. Ella es libre. Nadie la ata ni la urge y por lo tanto no tiene nada que cambiar. Si la sociedad se construye de los innumerables vectores que cada uno representa, como una fuerza que tira o empuja en algún sentido, determinando una componente de todos que da un rumbo, ellas es un vector nulo. No tiene rumbo ni mirada, tampoco magnitud, sino sólo un peso enorme que impide el movimiento. Si hubiera que ponerle un nombre" pensó el anciano, "sería Déjalo Así".
La mirada no tiene materia, no hay sustancia ni fuerza verdadera en ella, sin embargo, de alguna manera, tiene algo que la hace sentir. El anciano sintió ese peso o esa apelación extraña y volvió la suya hacia la que lo observaba. Se encontró frente a su espejo. Desde el asiento de frente al suyo, el viejo lo miraba, no inexpresivo, porque su rostro estaba siempre lleno de expresión en la acritud de la curva de su boca, en la profundidad de las líneas de la frente, en las arrugas persistentes del ceño y en el mismo peso indefinible de su mirada tras esos anteojos que delataban un rasgo interior, que quizás él mismo no alcanzaba a percibir y que estimaba en un valor meramente estético. Quizás cuando los eligió en la óptica, habrá dicho: "Estos parecen más cristalinos, ocultan menos, a mi vista, lo que me rodea, no lo enmarca ni encierra. Eso me acomoda. Además me veo más bello". Al pensar en estas cosas, añadidas a la atención que descubrió en la mirada del otro, tuvo la certeza que si bien él estaba jugando a analizar a ese viejo, al universitario que dormía, al flaite y la joven que sonreía a la vida y a concluir qué y quiénes eran, sin ninguna duda, ese viejo estaba haciendo lo suyo con él mismo, con la joven luna morena que se sentaba a su izquierda, con la gorda que estaba encajada a su derecha y le había preguntado, si los parlantes avisaban al llegar a la Estación Central, y con la mujer ya gastada, que no alcanzaba a distinguir, en la punta del asiento y que manipulaba algo entre sus dedos mientras parecía musitar fórmulas fijas. Era posible que, como él mismo, ese viejo estuviera componiendo un enorme cuadro en el que relataba minuciosamente el mundo interior de todas las personas que viajaban, indolentes, en los trenes del ferrocarril metropolitano. Al darse cuenta de esto, en su pensamiento profundo, que sólo se compone de imágenes primarias, lo vio, no obstante que seguía siendo un viejo, con rasgos de viejo, con la expresión atenta de viejo, con manos de viejo y gestos de viejo, convertido en un niño que jugaba con todo el mundo de su entorno como si fuera propio y de juguete. "Todos somos sus marionetas" reflexionó. Y de pronto junto a la imagen de ese viejo niño se vio a sí mismo, reflejado en él y convertido en el otro niño, en ese niño que juega con él, sin necesidad de decirse ni una palabra uno a otro, sino sólo compartiendo una complicidad implícita. Es posible que muchas veces antes se lo haya dicho y es seguro que también aquel viejo al frente suyo se lo haya repetido las mismas muchas veces, sin embargo ahora se lo repitió otra vez más y sonrió, como si fuera la primera vez que lo descubría: "Siempre somos niños por dentro. Sólo nos gastamos por fuera hasta convertirnos en ancianos". En ese momento el tren detuvo su bramido en la estación de El Cacique y el viejo del frente tomó un bolsoncito de género de color verde botella y naranja, separados por una línea diagonal, que tenía entre sus pies y apuró ágilmente el paso para descender del tren. El anciano, hasta entonces, no había reparado en el bolsón del otro. Al verlo sintió envidia y deseó tener uno igual.
Kepa Uriberri
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sábado, 9 de abril de 2011

El realismo Mágico

El realismo Mágico

Pareciera que no fuera bueno pensar demasiado en las cosas. Cuando lo hago me doy cuenta, siempre tarde, que quedo atrapado en la magia de los sucesos, en la sincronía ineludible de los eventos. Más aún cuando se cavila en torno a las advocaciones de lo metafísicamente fantástico. Hace algunos días escribí un comentario sobre el Aleph de Borges, a partir de una conversación con mi hijo sobre aquel relato. Hacía ahí, un contrapunto breve entre éste y Alejo Carpentier, debido a que son contemporáneos y que representan, sin embargo, formas tan diferentes de cultivar la literatura. Son tan opuestos, aunque relacionados, como para que uno muriera donde el otro nació. No obstante, comparten una característica tan central en literatura como la erudición y un uso finísimo del lenguaje. Y sin embargo, Borges resulta siempre omnipresente, mientras Carpentier vive casi en el olvido. Recordé en ese comentario al gran influenciador de la literatura del boom latino americano, William Faulkner y como no siempre se escribe de memoria, hube de escarbar mi desordenada biblioteca, de donde saqué a los tres mencionados. Es muy curioso: Al manipular los tres tomos, entre consultas, descubro que los tres tienen aún adheridas las etiquetas del establecimiento donde fueron comprados. No es una librería. No. Es un Hipermercado de una mole comercial. Las tres etiquetas reflejan un precio absurdo para cada libro en cuestión: Ficciones de Jorge Luis Borges, de Editorial Eme Ce, dice dos mil quinientos pesos, unos cinco dólares de la época, El tomo de Alejo Carpentier es una recopilación de relatos realizado por la Editora del Club Internacional del Libro con motivo del Premio Cervantes recibido en mil novecientos setenta y siete, y forma parte de una colección de todos los ganadores de aquél. Su etiqueta de precio dice mil novecientos noventa pesos es decir unos cuatro dólares y Faulkner fue comprado en novecientos noventa pesos: dos dólares. Los tres libros fueron comprados en la misma ocasión, que recuerdo con claridad al encontrar esta seña extraña.
Recuerdo la urgencia de imprimir las copias de algún relato en papel de formato A4, para enviarlas a algún certamen, que, como tantas veces, no gané. Tenía el tiempo justo para enviar la obra en cuestión y no tenía hojas del formato, de modo que salí cerca de las diez de la noche al hipermercado que se encuentra en la mole del Alto de Las Condes donde era posible conseguirlo. Así imprimiría de noche, o a primera hora de la mañana y entregaría en correo al día siguiente temprano. Mi hijo, el mismo que ahora motivó el comentario sobre El Aleph, me acompañó en esa ocasión: "Te acompaño, para que no vayas solo" dijo. Llegamos muy cerca de la hora de cierre. La luces ya estaban bajas. En el sector de materiales de oficina, encuentro, por fortuna una última resma de quinientas hojas de papel A4. Frente al estante había un largo mesón lleno de libros revueltos y desordenados. Me sumerjo en ese mar amarillo de papel de liquidación. Durante el día los parroquianos despejaron de inservibles súper ventas, el mesón de la liquidación. Sólo queda verdadera literatura y algún desecho. Mi hijo encuentra a Faulkner. "¡Mira!" dice; "William Faulkner en novecientos pesos". Él acababa de leer Santuario y había quedado maravillado. Lo hojeo. Trae dos cuentos preciosos: Una rosa para Emily y Miss Zilphia Gantt. Me lo echo bajo el brazo junto a la resma. Más allá encuentro una colección, ya mermada de tomos de una colección de los ganadores del premio Cervantes. Busco a Roa Bastos, pero no lo encuentro, tampoco a Sabato. De repente emerge Alejo Carpentier. Recuerdo cuando en cierto taller de análisis literario la obra a revisar era Los pasos perdidos, de este autor. Seguir los pasos, verdaderamente perdidos, de Alejo, fue un parto. Recorrí todo Santiago, librerías y librerías. Mientras más pequeñas, mientras más familiar, mientras más antigua la librería y más aún si era de usados, más sabían de Carpentier, más se maravillaban e iluminaban las miradas, pero el libro no estaba. Hice muchísima vida social y literaria, siguiendo Los pasos perdidos. Lo encontré después de mucho girar y girar, como un derviche, en un mercadito de libros usados, en una tiendecita atendida por un vejete de aspecto de coleccionista. "Tengo dos" me dijo de inmediato y me dio los precios muy distantes uno de otro: "Es que uno es de colección" me aclaró, "mientras el otro sólo es escaso". Después de darle una mirada rápida, uní al premio Cervantes de mil novecientos setenta y siete a Faulkner y la resma. En ese momento una voz cansada habló por los parlantes del enorme local: "Estimados clientes, estamos e breves minutos del cierre de las cajas. Se les ruega pasar por la más cercana habilitada, para formalizar su compra". Las luces bajaron a un nivel casi íntimo. "¡Vamos!" le ordené a mi hijo. "¡Mira! Borges" me dijo. "Dos mil quinientos" agregó. "Está bien; pero vamos". Se trajo Ficciones de Borges, junto al resto de la compra. Tal vez hay un gran demiurgo general, que ya había imaginado el comentario que escribía hace una semana, y este de ahora, añadidos a mis cavilaciones sobre la magia, la realidad y la sincronía; él nos está creando y planificó desde entonces este momento. ¿Por qué no?.
Por mi parte, quisiera explicar por qué guardo una memoria tan clara de un suceso que quizás a otros le parezca demasiado trivial. Había leído sobre Carpentier una cantidad considerable de material para aquel taller que mencioné más atrás. Artículos de periódicos, biografías, recuerdos de camaradas, mucho más. Hay cosas que no se olvidan porque llaman la atención: Carpentier era, en rigor, Suizo. Nunca perdió ese acento francés característico que le hacía decir "Cagpentieg". Se inició en las letras en Francia, donde vive en varios períodos de su vida. Sus primeros escritos fueron surrealistas y según reconoce después, se los entregaba a Desnos para que se los corrigiera. De pronto se dio cuenta que ese camino no lo llevaría a ninguna parte: El surrealismo estaba ya maduro en Europa y hablaba de Europa, mientras él tenía tanto que contar de la realidad americana. Así, abandona el surrealismo y vuelve a América. Durante mucho tiempo se decía que Carpentier habría escrito obras surrealistas, pero no había ninguna prueba. Al día siguiente de mi compra, mientras se imprimía la obra que mandaría a aquel concurso, tomé el libro sobre Carpentier y leí El estudiante, relato inconcluso de un capítulo, más el comienzo del segundo. El manuscrito original termina abruptamente en el quinto reglón de la quinta cuartilla con el comienzo del segundo capítulo, que dice: «El estudiante tenía una cita con la Albertina de Marcel Proust, a las cuatro, detrás de la Magdalena». Así lo establece en negritas el compilador del libro. Se supone que el encuentro del manuscrito de este cuento terminaba con el mito que el mismo Carpentier había alimentado o había dejado crecer; sobre cuya verdad anduvieron a ciegas sus críticos y biógrafos durante mucho tiempo: ¿Había tenido una incursión real en el surrealismo, este autor?. En ocasiones el mismo lo confirmo y en otras lo negó. En alguna ocasión declaró: «He sentido la tentación de hacer surrealismo, incluso comencé a escribir una serie de relatos con el título de "L'étudiant", que era una transposición al español del surrealismo, pero lo dejé» En otra dijo: «En París escribí relatos surrealistas como "El estudiante", por ejemplo. Los escribía en francés, idioma que hablo desde niño, pero se los daba a a revisar a Desnos, pues nunca he podido sentir el ritmo interior de esta lengua». La historia de este relato inconcluso y las circunstancias de su encuentro, me resultaron fascinantes. Vienen explicadas después del relato mismo, en un artículo de Leonardo Padura. Carpentier había hecho carne y músculo, nervio y hueso, con este misterio, lo que sería su máxima obra literaria: El realismo maravilloso, o realismo mágico. En ese entonces, yo desarrollaba un conjunto de relatos a los que había dado el nombre genérico de Psicodramas y había tenido largas discusiones con varios detractores de mi proyecto. Por cada debate y rebate recopilaba argumentos y recursos para un nuevo Psicodrama. A partir del encuentro del cuento inconcluso de Carpentier y las circunstancias comentadas, diseñé un psicodrama, que aún debe persistir en algún foro, quizás replicado en alguna revista, no lo sé, u otro sitio de internet. Se llamó "Psicodrama La Conferencia". Este raro conjunto de cuestiones coincidentes, que estructuran en mi memoria un sistema mágico, me han hecho persistente el recuerdo.
Así fue como al terminar aquel comentario sobre El Aleph, donde concurren en un solo punto todos los puntos del universo, me maravillé de la magia de la convergencia de estos tres autores tan gravitantes en la literatura de este lado del mundo. También estaban ahí mi hijo y el Premio Iberoamericano Planeta-Casa América de Narrativa cuyo plazo de participación vencía el treinta y uno de diciembre; que es posible que tampoco gane. No importa. Carpentier tiene un sabor especial, tan opuesto a Borges y tan coincidente: Ambos extremadamente eruditos, pero éste lo aplica al argumento mientras aquél lo hace a la riqueza del lenguaje. El manierismo de Borges es contrastado en el bello, libre y barroco lenguaje de Alejo. Sentí, por estos contrapuntos, una compulsión de releer a Carpentier y al terminar mi comentario sobre El Aleph, guarde a Faulkner y Borges, y me senté en mi sillón de lectura frente a la ventana que da al parque.
El libro está dividido entres partes. La primera, llamada La Vanguardia, contiene el relato inconcluso, ya mencionado, y un artículo que lo comenta, además de los cuentos El milagro del ascensor e Historia de Lunas. Estos dos relatos reflejan la influencia surrealista que Carpentier transpone a la geometría de lo real maravilloso, en donde, al revés que en el surrealismo que supone que lo onírico, diferente de lo real, es una cara opuesta pero constitutiva del universo del hombre, aquí pierde su carácter especular o de reverso, y se funde en un solo todo, la fantasía, la realidad, la magia, lo verdadero, lo ficticio y lo onírico. Así es como Atilano, es a la vez un hombre, y como tal ataca y viola a las mujeres de la cofradía de los chivos; y un árbol, cuyo pensamiento está atravesado por las duras raíces de este. La historia está a la vez infiltrada por la cultura militar y religiosa: Una impone el orden sin contrapeso y la otra estructura la cultura y creencias que conforman la trama vital de la gente. No obstante, el pueblo basa su forma de vida en sus propias cofradías: Los chivos que viven en los cerros y los sapos que viven en el llano junto al río. Su rutina primordial, es esperar la llegada del tren cada mañana. En este ambiente se cruza el árbol que posee al lustrabotas Atilano y lo impulsa a la violación de las mujeres de los chivos.
La segunda parte contiene el conjunto de tres cuentos llamado Guerra del tiempo. En Viaje a la semilla el relato parte de la casa familiar demolida que en la ficción, o el recuerdo quizás, en un inverso del tiempo transcurriendo el reloj y el calendario hacia la izquierda y atrás, se va reconstruyendo y repasando su historia, encarnada en la familia que la habitó, hasta llegar otra vez al yermo donde alguna vez, antes, no hubo nada sino la condición primera. Encuentro, casi al terminar este relato, esa palabra que define el terreno donde nada hay, ese que es sólo extensión de tierra: Yermo. Tengo idea de la palabra y su significado, no obstante parece ser un uso forzado, de manera que voy a un diccionario y consulto. Este ejercicio lo voy haciendo cada tanto, mientras leo a Carpentier. Cuantas veces habremos apoyado los brazos en balaustradas literarias o en barandales de cemento. Llega uno a acostumbrarse que en literatura son balaustradas. Quizás cada nuevo autor, temeroso de escribir como no se debe, empujado por la sombra de su maestro en talleres y tertulias, o por libros y libros leídos que van respetando tradiciones, escriben "Allí" cuando dicen "Ahí" y construyen balaustradas en papel, donde vieron sólidos barandales. Cuando leo a Carpentier, comprendo la riqueza que el lenguaje puede tener y adquirir, de la mano de alguien que lo maneja con brillo y lucidez. Una balaustrada no lo es por la onomatopeya del sonido que hace el niño que la recorre, con un palo en la mano, y va golpeando a la carrera cada una de las columnitas que la conforman. No. Cada una de esas columnas es un balaústre. Su conjunto constituye una balaustrada. Siendo así, qué raro haber visto, con varias décadas de lector, tantas balaustradas escritas, para encontrar, por fin, el primer balaústre en Viaje a la semilla. Cada uno de ellos fue construido por sobre el yermo, así como envigados y cornisas, y las jambas de los vanos de las puertas, atadas con tornillos en sus charnelas, o las columnas con sus capiteles de hojas de acanto y más. Tantos, muchos, leen por disfrutar la aventura que relata de un modo u otro el autor. Leer a Carpentier no sólo nos regala ese placer, sino aquel otro, quizás mayor, de ver cómo despliega nuestro precioso castellano, lleno de brillos bajo su pluma diestra. Basta leer unas pocas páginas de este cuento inverso, o de cualquier otro, para entender por qué mereció el premio Cervantes. En El Camino de Santiago, acompañamos a Juan de Amberes, un soldado español, destacado en Flandes, en las aventuras que lo llevan a la romería del Camino de Santiago y lo desvían a las Indias, engañado por los cantos de sirena de un indiano que le promete fortuna si se embarca a América, la que resulta ser diferente de toda promesa, y rutinaria hasta el agotamiento de la dulce bigamia. El mundo gira, el tiempo gira y Juan el romero que se desvió del camino de Santiago para ir a América, vuelve a buscar su vida al lugar que lo vio partir y aquí se transforma, al girar una vuelta entera el tiempo, en Juan el Indiano, que vive de enrolar a Juan de Amberes, a Juan el romero, convenciéndolos de poner rumbo a las Indias, donde hay negros que huelen a garduña, donde se cocina costillares en salsas de achiote y se carga cestas de pargos y jicoteas. No sólo nos pasea Juan, con Alejo, por la América antigua del Caribe, sino, siempre, por el castellano que tantas veces nace al amparo de estas tierras, junto a la magia de lo maravilloso. Concluye el paseo por el tiempo y las formas de sus recovecos, con el relato Semejante a la noche. Son tres relatos, quizás iguales, quizás es un sólo relato que se repite eternamente, circulando en el laberinto infinito del tiempo, que el autor nos cuenta entrelazados, porque los tres son el mismo relato y uno continúa fluyendo en el otro, como si fuera un mismo continuo, aún cuando uno sucede en el mítico tiempo del rapto de Helena de Esparta por los troyanos, el otro en épocas de la conquista de las Indias occidentales y el tercero cuando ya se ha iniciado la civilización de América, que ya lleva este nombre, hacia el mil seiscientos. Quizás el nombre sugiere que este relato está conformado de manera semejante a los relatos de los sueños, donde el absurdo se entrelaza, mágico, haciendo unitarios conceptos y hechos diversos que estructuran una realidad única. Me atrevería a decir que este conjunto de relatos, de la Guerra del tiempo, además de la reflexión primitiva de Carpentier sobre el tiempo y su sustancia, es un viaje en el tiempo al pasado americano, donde nace la semilla, quizás por eso introduce ese concepto en el primer relato, que lleva al lector a recorrer el tiempo en un curso inverso al natural de izquierda a derecha, como en los relojes, como él mismo insinúa. Claro que este ya sería una primera derivada del pensamiento carpenteriano, sobre la que el único que podría dirimir la verdad, sería el propio Alejo. Quizás, así como se encontró, de pronto, entre viejos papeles, el manuscrito El Estudiante, que resolvió el misterio sobre los inicios surrealistas del autor, algún día, de modo mágico, pero real, se encuentre el significado de estos relatos y su motivación, de puño y letra del propio Carpentier. Mientras tanto, me atrevo a sostener esta opinión.
Otros relatos cierran el tomo que muestran al ganador de mil novecientos setenta y siete del premio Cervantes. En oficio de tinieblas, si bien quizás el objetivo es otro, el relato está estructurado en torno a la música, los instrumentos de ella y el significado de una canción para la magia del hombre: La Sombra de Agüero va desovillando toda la fantasía y magia a la que se opone, casi como antídoto una canción popular nacida del folclor. Era inevitable que se mostrara esta veta de Carpentier. El escritor estudia, desde muy joven, teoría musical y es enviado a Francia a complementar esta formación.  Luego vuelve a La Habana y continúa su formación musical. Sólo mucho después deriva en el periodismo y de ahí en la literatura. Este sello es un fuerte cuño en Carpentier. Casi en todas sus obras hay referencias musicales y cuando no es así, un lector atento puede percibir que, siempre, su estructura narrativa es musical, tanto que muchas veces la formación de conceptos no es percibida directamente en el lenguaje, sino en el ritmo, el tono general y los acentos del relato. Como un ejemplo de este concepto, el siguiente de los Otros relatos, Los fugitivos, cuyo protagonista es un perro, llamado Perro, que huye y se une a un esclavo negro, cimarrón, también escapado del ingenio cercano. Todo el relato está hecho de aromas y sonidos: El aroma del celo de alguna hembra en la lejanía, el áspero ladrido de los perros en jauría que la siguen, salvajes. El llamado de la espadaña, con su campana acuciante, urgiendo a los esclavos, el bordón lento de la capilla, sobre el fondo de los sonidos rurales. Por contraparte, el negro escapado tampoco tiene nombre. Sólo se llama Cimarrón, por su naturaleza de refugiado en los cerros. Como en la música misma, los conceptos no tienen nombre, sino sólo su forma de ser sonidos: Perro, Cimarrón. El relato transcurre como si se tratara de una música pastoral. Los sonidos del cascabel de los cascos de caballo despiertan en Perro el ansia de persecución. La calesa tripulada por el sonido de la huasca de cuero y la campanilla del cura párroco se desboca hasta romperse en un puentecillo de piedra, regalando a Cimarrón una sotana negra, las botas del calesero y su chaqueta, cinco duros y una campanilla de plata. Cuando Cimarrón es apresado, Perro se une a la manada salvaje desde donde le llega el aroma del celo de las hembras. Mucho después se vuelven a encontrar. Cimarrón es su olor a negro y el ritmo de las cadenas que le cuelgan de las muñecas y los tobillos. Los últimos dos relatos de estos Otros, son Los advertidos, una alegoría preciosa de los muchos Noé que en distintos lugares enfrentan el diluvio y El derecho de asilo, un cuento que puede pertenecer a casi todas  y a casi cada una de las naciones americanas de origen ibero. Quizás este último sea el más reconocible del género del realismo mágico. Quizás es el más Faulkneriano de todos los relatos, el que pudo ser escrito por Cortázar o García y quizás por Vargas o también Fuentes.
Termino de leer este tomo, lo cierro, lo dejo sobre las rodillas y miro sin ver, al fondo del verde en el parque, tras mi ventanal. Me doy cuenta que estoy sonriendo, que siento un extraño placer, a la vez que un anhelo inexplicable. Son ganas, ganas de seguir leyendo más y más, de Carpentier. Reflexiono que esto sólo me ha ocurrido con unos pocos autores: Günter Grass, Dostoievsky, Tolstoi, Mann que al terminar La montaña Mágica me obligó a comprar Los Buddenbrook y al terminar ambos gruesos tomos no seguí con La muerte en Venecia o Doctor Faustus y otros, aún, por no arruinar mi economía. Concluyo mi reflexión pensando en lo extraño que resulta que un autor de tanto nivel como este, esté casi olvidado y decido recomendarlo: ¡Lectores! ustedes, los que disfrutan el placer de la lectura, busquen a Alejo Carpentier: ¡Léanlo!.
Kepa Uriberri
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Morir solo

Morir solo

Sentada en la esquina, con el gran ventanal detrás, se movía al ritmo del villancico que intentaba repetir sin demasiado éxito. El aparato de música lo reproducía de manera incesante, entre saltos e interrupciones una vez y otra a lo largo de la tarde. Quizás el disco o el aparato de sonido, o los dos, no estaban en muy buen estado, pero a nadie le importaba demasiado. Tampoco a la Teri, que apenas imitaba el canto con su tarareo. No sé por qué le decían Teri si se llamaba Amparo, pero a estas alturas de su vida ya no tenía ninguna importancia. La Teri apenas si vivía el momento, la alegría vaga que alguna reminiscencia del villancico le traía, posiblemente desde su lejana niñez. El bailecito que acompañaba su canto así lo insinuaba: Señalaba con sus dedos nudosos hacia ninguna parte, mientras movía los brazos y las manos como una niña de cortos años. Su sonrisa inocente acompañaba su mirada perdida en ensueños.
Adolfo preguntó: "¿Hace mucho calor afuera?". No se sabía a quién iba dirigida la pregunta, porque no miraba a nadie. Estaba en la otra esquina de la sala y parecía concentrado en la ventana pequeña que había detrás de Catalina. Por ahí sólo se ve las copas de los árboles intensamente verdes y tupidas en pleno verano, y los tejados vecinos. "¡Pasó un pájaro así: Enorme!" agregó con sorpresa, como si nunca hubiera hecho la pregunta previa, o como si ya se la hubieran respondido. "¡No, no, no, no!" intervino la Marta, a su derecha, y resopló con fuerza: "¡Ffffuuuu... ffffuuuu!". Quizás si se refería a que no hacía calor afuera, o también a que no había pasado pájaro alguno. Tenía las manos metidas bajo los sobacos del chaleco de lana gruesa y pateaba el suelo con sus botines forrados de piel, al ritmo de los resoplidos. "Yo tengo los pies helados; ¿y usted?" le preguntó a Adolfo. "Sí, sí; era de este porte. ¿Acaso no lo vio?" y mostró el tamaño, tal vez muy exagerado, como el de una pelota de fútbol. "Pasó por ahí" y señaló hacia la ventana, trazando el curso del pájaro, "y se paró en ese árbol". "¿Usted no tiene los pies helados?" insistió la Marta clavando su mano en el muslo de Adolfo, a la vez que le ponía su cara delante de la de él, con los ojos muy abiertos. Al otro lado, a la izquierda de Adolfo, en el mismo sillón, gorda como un sapo, matriarcal como una reina, con su bastón metálico sujeto como si fuera un báculo, la Lucila meneó con molestia su cabeza blanca, pulcramente cepillada, con el pelo tomado en la nuca: "¡Que mujer más estúpida!" protestó mientras le daba golpecitos, con el dorso de su mano enjoyada de baratijas, en la otra pierna a Adolfo. Después se dirigió a Catalina: "¿Si tiene tan fríos los pies, por qué no camina, digo yo? Yo caminaría. Me encanta caminar, pero me cuesta mucho. Además que no hace frío. Lo que pasa es que esta estúpida quiere coquetear con Adolfo. Está enamorada de él".
"Campani... campa... sincesar... la navidááá..." cantaba la Teri, de espaldas al ventanal, intentando seguir la música que escapaba a tirones del aparato reproductor. A su derecha un gran árbol navideño de utilería, encendía y apagaba unas lucecitas pequeñas de color verde y rojo. Más allá Catalina, en su silla de ruedas, con la ventana por donde pasó el pájaro de Adolfo detrás, parecía murmurar algo, con los ojos semicerrados. Se echaba hacia adelante y hacia atrás alternativamente. Sobre sus faldas tenía una revista femenina, de modas, abierta en cualquier página, y sobre ésta, una caja de lata, de chocolates, llena de papeles metálicos y de celofán arrugados, entre los que todavía había algunos bombones. De pronto Catalina detuvo su vaivén, escarbó entre los papeles y encontró uno. Con cuidado extremo lo desenvolvió y mientras lo deshacía lentamente en la boca, apartó la caja de lata y comenzó a estirar el envoltorio de papel metálico, sobre la revista. Lo repasó una y otra vez, una y otra vez, sin ninguna prisa, otra vez más, aplastando con los dedos y la palma de las manos el papel contra la revista, hasta que estuvo satisfecha. Lo miró durante una eternidad, como si juzgara cada línea quebrada que no había sido posible alisar. Quizás, por fin se sintió satisfecha o bien juzgó que había fracasado irremisiblemente y tomó el cuadro de papel metálico entre ambas manos, para sobarlo con calma hasta convertirlo en una pelotilla. Después lo tiró dentro de la caja de lata y comenzó a musitar una vieja canción romántica: "Mmmm mmm mmmmm mmm...", a la vez que acariciaba la figura de la modelo, impresa en el papel satinado. Después de un momento pasó lentamente la hoja. "Mmmm mmm...". Luego otra y después una más. "Mm... mmmmmm... mmmm...". Poco a poco comenzó a subir el volumen de la entonación, mientras las páginas se sucedían con mayor rapidez. "Mmmm... no se olvida ni se deja...", pasó dos o tres hojas juntas. Al notarlo, trató de separarlas, para pasar sólo una; sin embargo no podía lograrlo. "mmm... nunca dice adiós. Mmmm... mmmm...". Dejó de cantar y se pasó la punta del dedo cordial por la lengua. Volvió a intentar separar las páginas. Se pasó la punta del cordial y la del pulgar por la lengua y cantó: "Ha pasado mucho tiempo..." mientras fracasaba nuevamente con las páginas. Ofuscada gritó: "¿Por qué no apagan esa majadería? ¿Es que acaso no se dan cuenta que estoy cantando yo?" y lanzó la revista sobre el aparato de música que continuaba, persistente, reproduciendo villancicos. La Teri se calló de inmediato, asustada, y escondió las manos entre sus piernas. Adolfo se levantó y recogió la revista. "¡Que mujeres tan lindas!" dijo mirando las hojas despaturradas. Le devolvió la revista a Catalina y le dijo, sonriendo, "son tan lindas como usted". Catalina tomó un grupo de hojas y comenzó a manipularlas entre los dedos, para pasarlas una a una. Adolfo le buscaba la cara y le repetía: "Son preciosas, igual que usted".
La Lucila golpeó el suelo con su báculo. "Déjala tranquila, es una idiota. Cree que porque canta bien es la reina y puede hacer lo que quiere. Si no me costara tanto levantarme, iba y le daba unos bastonazos de una buena vez". Pero Adolfo seguía hablando con Catalina. La Lucila se inclinó cuanto pudo y estirando el bastón, logró dar unos golpecitos en la espalda de Adolfo. "¡Déjala sola y ven a sentarte aquí!" alegó. Catalina continuaba en su faena sin prestar atención a los otros. Pasó todas las páginas de la revista, aunque ocasionalmente lo hizo de a varias a la vez. Cuando hubo terminado, comenzó a tironear el cierre de contacto del cinturón que la protegía en la silla de ruedas. Intentaba separar las partes adheridas, como si fueran páginas de la revista. Al principio no lo conseguía, pero después de un rato logró separar una punta. Entonces se humedeció los dedos con la lengua e intentaba pasar la página que ya comenzaba a ceder. Adolfo, inclinado sobre ella, buscaba su mirada y le decía: "No, Catalinita. Eso no se hace. ¿No ve que puede caerse así: ¡Pum!, hacia adelante?" e hizo el ademán como si estuviera convenciendo a una niña pequeña. La matriarca gesticulaba con sus manos enjoyadas de alhajas falsas, mientras lanzaba palos con su bastón: "¡Deja a esa vieja tranquila y ven a sentarte!" vociferaba.
Casi ágil, con los hombros muy echados hacia atrás y caminando con certeza, apareció en la sala, don Genaro. "¿Como estás Adolfo, hombre?" saludó. "¡Siempre conquistando a las damas!, ¿No?" dijo y le estiró la mano. Éste se rio y preguntó: "¿Hace mucho calor afuera?". "No lo sé. Todavía no he salido, pero de seguro ésta debe ser la navidad más calurosa de todo el siglo" confirmó don Genaro. "¡Ah! sí. Yo vi unos pájaros así, enormes, pasar volando por la ventana hacia allá" y señaló el tamaño, como de una pelota de fútbol, con las manos. La Marta, resoplando, pateaba el suelo con los pies forrados en sus botines de piel: "¡Ffffuuu! ¡fffuuu! ¿Usted no tiene los pies helados, don Genaro? Yo los tengo congelados". "Ya salió la estúpida" protestó la Lucila. "Está enamorada de todos los hombres". Don Genaro la miró sonriendo, contestó: "En Nueva York, en el Parque Central había de esos pájaros. Se llaman tiuques y son tremendamente peligrosos, ¿sabe usted?. Yo vi cómo uno de esos le arrancaba un ojo a una gringa lindísima. En un santiamén se le abalanzó y se le paró en la cabeza. Recuerdo que traté de sacárselo, pero no alcancé a hacer nada cuando de un solo picotazo le arrancó un ojo celeste precioso, y se fue volando. Ahí se paro en lo alto de un álamo y dejó el ojo celeste sobre una rama. Yo creo que no se atrevía a comerlo, porque el ojo lo miraba fijo, fijo, todo el rato. Así estuvo mucho tiempo, hasta que logré darle un piedrazo, ¿sabe usted?, y se fue volando renqueando del ala derecha. Pero el ojo de la gringa quedó arriba del árbol. Es posible que todavía esté ahí, mirando el paisaje. El Parque central es precioso. ¡Así debería haber parques aquí!, pero no tenemos cultura: No tenemos, ¿sabe usted?". "¿No quiere caminar un ratito conmigo, don Genaro? Es que tengo los pies congelados. ¿Usted no los tiene helados?" y la Marta se colgó del brazo de don Genaro. "Caminamos hasta allá al fondo y volvemos para acá. ¿Qué le parece?". "Qué vieja más estúpida. Se anda ofreciendo a todos los hombres" dijo la Lucila, echando hacia atrás, con dignidad su cabeza alba y matriarcal. "Si no me costara tanto levantarme, yo misma iba y le daba unos buenos bastonazos, por suelta". Don Genaro continuó sus recuerdos del Parque Central de Nueva York, como si los pudiera ver allá al fondo detrás del ventanal y de los villancicos de la Teri: "Las gringas en ese parque son todas rubias y bellas, mi amigo, ¡lindísimas!. Y van vestidas así livianitas para hacer deporte cuando es verano. ¡Y que cuerpos, mi amigo! ¡Que cuerpos! Son preciosas ¿sabe usted?". "En aquel árbol se paró el pájaro" señaló Adolfo. "¿Usted dice que lo vio?". "¡Ah! yo viví mucho tiempo en Nueva York, pues. Otros tiempos: No como ahora ¿Sabe?. Pero esas gringas... rubias... De películas ¿sabe?. Ahí si que hacía frío en invierno, pues".
La Marta colgada del brazo de don Genaro insistía: "¿Vamos?" y  lo tiraba hacia allá. "¿Usted no tiene los pies helados?". "Yo me voy a sentar un momentito aquí en este sillon, porque ya he caminado mucho esta mañana, Martita. Acompáñeme hasta allá y lleve a caminar a la Teri que está tan aburrida ahí sola" dijo el viejo, y tomó ese rumbo. Se sentó en el sillón y se quedó mirando la esquina del techo, con los brazos descansando en los del mueble y la boca ligeramente abierta, como si estuviera fascinado con lo que veía en esa arista. La Marta resopló, pateando el suelo, agarró a la Teri de un brazo y comenzó a tirarla. "Vamos, pues Teri. Ya; vamos". La Teri sólo sonreía como una niñita de pocos años, pero no se levantaba. La Marta la tiró con fuerza hasta que logró apartarla de su asiento, aunque ella no quería ponerse de pie y sólo sonreía, agachando el traste hacia el sillón. "Ya" dijo la Marta. "Vamos a caminar hasta allá y volvemos" y la rodeó por la cintura para que no se volviera a sentar. Logró arrastrarla hasta el árbol de navidad. Ahí la Teri dio un giro y se sujetó de las ramazones del pino falso. La Marta trató de agarrarla de las muñecas para que soltara el árbol, pero la Teri con su trasero enorme se oponía a que la alcanzaran, de manera que con el forcejeo, de repente la Marta perdió el equilibrio y para no caerse le dio un empujón a la otra, que se abrazó del pino y fue a dar al suelo enredada en el follaje de plástico del árbol de navidad. De inmediato apareció, de algún lugar fuera de la sala, la cuidadora. "Usted vaya a su pieza de inmediato" instruyó a la Marta. Levantó con esfuerzo a la Teri, que volvió a caer sentada al suelo varias veces, como si fuera incapaz de incorporarse, hasta que finalmente la mujer logró sostenerla a media alzada y dejarla caer sentada otra vez en la esquina del sillón con el ventanal detrás. La Lucila le daba golpecitos en el muslo a Adolfo, meneando molesta la cabeza: "¿No digo yo que esa mujer es idiota?. Tiene suerte que no me levante, porque le daría un buen par de bastonazos". La Marta pasó sin mirar a nadie, resoplando "Ffffuuuuuu... ffffuuu..." con los ojos muy abiertos y actitud de culpa. "Tengo los pies helados" iba repitiendo y desapareció. La enfermera paró el árbol de navidad y arregló algunos adornos. Al momento de irse notó la atención fija y ausente de don Genaro en la esquina del techo. A su vez miró en esa dirección pero ahí no había nada. Sólo el vértice del cielo raso. "¿Qué mira usted ahí, don Genaro?" preguntó, pero el anciano no le respondió. Tampoco parecía oírla. Sólo continúa ensimismado, con la vista fija en la arista del techo. Ella le pasó la mano frente a los ojos, pero don Genaro parece haber descubierto un horizonte infinito y lejano en aquella esquina. La mujer le tomó el brazo por la muñeca, que siente fría, y busca ahí, en la parte inferior, un punto clave con sus dedos. Con suavidad deposita la mano que ha tomado en el brazo del sillón y reinicia su camino. Apaga el aparato de música y va al centro de la sala, da dos palmadas y dice con voz perentoria: "¡Ya, ya! Todos a sus dormitorios".
Adolfo protesta: "Todavía no es hora; antes tiene que venir mi papá". "No es su papá" dice la cuidadora, "es su hermano menor y lo va a visitar en su dormitorio". "Es culpa de esa idiota" dice molesta la Lucila y mete su mano enjoyada de anillos falsos bajo la pierna de Adolfo. "Usted también, Lucita" dice la enfermera: "¡Ya! vamos moviéndonos". Catalina está concentrada intentando abrir el otro extremo del cierre de contacto del cinturón de seguridad de su silla, como si se tratara de las páginas de la revista, que tuviera que separar de una en una. No se da cuenta de lo que sucede a su alrededor. Sólo musita: "Mmm... miraron con desprecio, fríamente y mmm... mm... mmm". La cuidadora le sube los pies a los pedales de la silla y la empuja hacia su destino. Al rato vuelve. Los otros están donde mismo. Adolfo pregunta: "¿Hace mucho calor afuera?". La cuidadora le responde en voz muy alta, como si quisiera que todos se enteraran de la pregunta reiterativa: "Sí, Dolfito, hace una calor enorme afuera. Por eso su papá lo va a visitar en su dormitorio que es más fresquito". "¿Vio el pájaro enorme que pasó volando para ese lado, Corita?". "Sí Dolfito, lo vi. Era un zorzal". "Pero era de este porte" alega Adolfo, mostrando un tamaño muy grande con las manos, como si entre ellas sostuviera una gallina. "Así,no más" responde Corita. "Ahora nos vamos a su dormitorio". "Esta es otra estúpida" dice la Lucila y le da suaves golpecitos con el dorso de la mano en el costado del cuerpo, que más parecen caricias que llamados de atención. La cuidadora le ofrece la mano a Adolfo para que se levante y este la sigue dócil, colgándose de su brazo. La Lucila protesta, como una reina de blanca peluca, golpeando el suelo con su báculo de tres patas: "¡Yo no me muevo! No voy a ninguna parte hasta que no sea la hora. Harto que me costó llegar hasta aquí". En la esquina del otro sillón, delante del ventanal, la Teri repite el villancico que ya no reproduce el aparato de música, a tropezones: "... camino... jaBelén... pastorcitos... su rey... nnn nanina tambor ropopompom",como si fuera una niña de pocos años. Tal vez en su interior haya regresado hasta entonces. Cuando la cuidadora se ha ido, la Lucila le grita: "¡Cállate vieja ridícula!" y luego dirigiéndose a don Genaro: "Don Genaro, dígale usted que no cante más, que no sea idiota". Al rato la cuidadora vuelve y se sienta junto a la Teri. "¿Quiere que la señora Catalina le convide un chocolate, Amparito?". Ella la mira y parece que sonríe. "Vamos entonces" dice y se pone de pie. De inmediato la Teri la sigue. "¡Qué mujer más idiota! Te están engañando, Teri. ¿No te das cuenta?" dice la Lucila. La cuidadora hace caso omiso de ella y empuja con suavidad a la Teri, fuera de la sala. Algo más allá de la entrada está Adolfo. "¿Qué hace usted aquí? ¿No lo había dejado en su dormitorio?". "Sí, Corita, pero es que hay un pájaro enorme que pasó volando por esa ventana" y señala su curso de velo, "y se posó en las ramas de ese árbol". "Está bien, Dolfito, ya lo vi. Venga a contarme de que tamaño era"; y se los lleva a los dos caminando a sus dormitorios.
"Lucita: ¿Se va a quedar ahí sola?". "¡Señora Lucila!. Soy una señora y no le he dado confianza". "Señora Lucila: ¿Se piensa quedar sola aquí?". La matriarca hace un respingo y mira hacia el ventanal. "Estamos conversando con don Genaro. No nos vamos a ir todavía. ¿No es cierto don Genaro?". Don Genaro se había inclinado apenas un poco hacia la izquierda, pero sigue con la vista clavada en la arista del techo, como si estuviera ensimismado en sus cavilaciones. "Como quiera, entonces" dice la cuidadora y se retira. La mujer se quedó sola con don Genaro, entonces le dice: "¿Por qué no se sienta aquí a mi lado un ratito y conversamos?". El hombre no responde nada. Ni siquiera se mueve. La Lucila dice en voz alta: "¡Viejo imbécil! Se quedó dormido" y miró por la ventana las copas verdes del los árboles vecinos. Después de algunos minutos sintió la incomodidad de la soledad y se revolvió en su sitio. Pensó que sería bueno, ya, irse a su dormitorio. Sin embargo, esperó todavía unos minutos que le parecieron eternos. Miró por el vano de puerta de vidrieras de la sala, por si venía alguien, pero todo estaba en calma. Entonces haciendo un esfuerzo enorme, se apoyó con ambas manos en su bastón de fierro de tres patas, e intentó ponerse de pie: Le fue imposible. Se giró, con dificultad, sobre un costado, hasta que quedó casi enfrentando el respaldo del sillón, con el enorme vientre de sapo apoyado en el asiento, entonces se afirmó con un brazo en el respaldo y el otro en el bastón y logró encaramar una de sus enormes piernas hasta subir la rodilla al asiento. Con un quejido estrepitoso, finalmente, se fue empujando en el brazo del sillón hasta que logró ponerse de pie, retrocediendo. Se ordenó, con expresión de orgullo, la ropa, echó la cabeza hacia atrás y se fue caminando pesada y lenta por el pasillo hacia su dormitorio. Al lado de afuera de la sala, sentada en una silla, oculta a la vista del interior, estaba la cuidadora. Pasó junto a ella sin verla, quizás porque no la vio, o tal vez porque quería despreciarla por estúpida. Cuando se hubo alejado unos pasos, la cuidadora se levantó y cerró las puertas de vidriera de la sala y les echó llave con dos vueltas. Después buscó el teléfono y marcó.
"¡Aló! ¿Señora Silvia?... Sí. Soy la Cora. La llamo para avisarle de don Genaro... Lo dejé con llave, en el salón..." dijo, como si hablara de un mueble. "¡Bien!... Sí. La espero".
Kepa Uriberri