viernes, 23 de marzo de 2012

El funeral



El funeral


Ese día todos los trenes circularon con crespones negros atados en puertas y ventanas, aún cuando la dirección del ferrocarril declaró no conocer al señor Rrrrabanito Motototo y dijo no tener información de la muerte de ningún supervisor de tráfico, cargo que por lo demás no existiría dentro del organigrama del ferrocarril. El viejo fue subido en un convoy especial en la estación de la Universidad y trasladado hasta la de la Plaza de los Constituyentes donde lo esperaba otro convoy de siete carros, repleto de personal del ferrocarril que le rindió honores, le cantó y lo aplaudió, además de llorarlo, mientras fue llevado al cementerio en los suburbios por la línea del norte. El convoy se detuvo en la estación de la Pérgola, donde las floristas bajaron con cestas llenas de pétalos de rosas blancas, con las que inundaron el tren y cubrieron vidrios y ventanas. Muchas de ellas continuaron en la caravana, dispersas a lo largo del tren llorando al viejo, ya sea porque lo sentían verdaderamente, porque les había emocionado el homenaje, o por encargo. A lo largo de todo el viaje lanzaron pétalos de rosas blancas en los siete carros, de modo que al llegar al cementerio el piso de los vagones estaba cubierto de una alfombra blanca y aromática que los convertía en la imagen de una triste primavera. Todas ellas continuaron en el cementerio, delante de la caravana, sembrando un sendero de blanco por donde iba pasando el cortejo. En el carro donde viajaba el ataúd Treshkaya iba sentada, a su lado, con los ojos rojos demostrando su desconsuelo, vestida de negro y tapada con un espeso velo.
En la estación de Los Olivares, Carmen subió al carro y se quedó de pie al fondo, con la vista baja. A su lado estaban los gitanos, el padre o abuelo del joven con aspecto severo, miraba a algún punto fijo, más allá del otro extremo del carro, como si vigilara atentamente el futuro inmediato y lejano, asegurando el cumplimiento del predestino. Más allá las gitanas conversaban en voz alta en un revuelo de faldas livianas y coloridas que cubrían a ratos las piernas y siempre las caderas amplias, mientras los anchos escotes dejaban ver la piel curtida y sana de los senos y pechos rústicos, de aromas salvajes. A las siete de la mañana habían partido desde su campamento en los aledaños, junto al arroyo de agua negra, donde está la mansión del rey Éspiro Montana, con treinta y siete habitaciones donde conviven sus hijos, nietos y bisnietas, en diferentes carpas acomodadas en su interior. La cuarta generación está sometida a la maldición de su casta: Desde esta en adelante, en su descendencia legítima no habrá varones y el será sucedido por un bastardo, que lo despojará por fuerza. Hace ya años sólo vive esperando que esa maldición se cumpla.
Gabor con su familia caminaron desde el Bajo de Aguas Negras, los diez y seis kilómetros que los separan de la estación de Leyda del ferrocarril metropolitano y abordaron ahí un tren aún vacío, que no se detuvo en ninguna parte hasta la gran estación de transporte, donde combinan buses urbanos, trenes provinciales, buses interurbanos, transfers particulares, taxis, colectivos, carretelas rurales, cochecitos de caballos trotones, bicicletas modificadas, motos con carrito lateral a trescientos pesos, carretones y más, y el propio metropolitano, en Lo Uriarte. Ahí se había reunido el personal del ferrocarril, que ató crespones negros a las ventanas, a las puertas, en los pasadores y en las manillas, y banderas en las cuatro esquinas de todos los carros y en los parabrisas de las máquinas de ida y retorno. Todos los funcionarios vestían sus uniformes de gala con orlas doradas y charreteras, con estrellas en hombros y puños según su grado, además de guantes blancos y grandes quepis de rígidas viseras azules. Todos lloraban, excepto los de rango más alto, que ostentaban flequillo y tres o más estrellas en las charreteras y que no lo hacían no por falta de emoción, sino por necesidades de su función organizadora. Los funcionarios de la guardia del ferrocarril subieron al primer carro, el de los gitanos, y anunciaron a gritos: "Todos los pasajeros deberán descender del tren. Éste no continúa con servicio. Quienes deban continuar su viaje tendrán que abordar el siguiente tren". Gabor no desvió la vista del horizonte cósmico donde la tenía siempre atada. Janikosh, a su lado, aún no tenía la vista tan dura y firme, a pesar que en algún momento incierto aún, aun cuando Gabor ya lo había prefigurado, tendría que asesinar en un duelo justo al anciano rey Éspiro Montana, del que después sería informado, era su propia sangre y él era el único que podía sucederlo. Se dirá, entonces, que Janikosh jamás podría perdonar a Éspiro por haber engendrado a su verdadero padre y a Gabor por no ser su abuelo de sangre. Así pues, la guardia se acercó a las gitanas y gitanos que no intentaban abandonar el primer carro, mientras Gabor no lo hiciera primero, como correspondía al protocolo y seguían parloteando en voz alta. Repitieron: "Todos los pasajeros deberán descender. Éste tren no continúa con servicio" y agitaban las manos como si estuvieran espantando a las gallinas que se hubieran metido en el sembrado, de manera especialmente despectiva, ya que se trataba sólo de gitanos. Como estos no hicieran caso alguno, se acercaron a los hombres del grupo, con cierto temor, aunque intentando alguna prepotencia: "¡Todos deben bajar!" le gritaron en la oreja a Janikosh, porque era más joven y no le tenían, por tanto, tanto temor. Éste miró fugazmente de reojo a Gabor, que tenía la vista firmemente atada al infinito cósmico más allá de las paredes de metal del tren, más allá de los muros de cemento y piedra de la estación, más allá, más allá de la impenetrable oscuridad de lo túneles del ferrocarril, más allá de su intrincada red intestina, más allá de los edificios chatos y los altos rascacielos modernos del exterior, más allá de las moles comerciales que crecían como cáncer en torno al ferrocarril subterráneo, más allá de todos los caminos que conducen a cualquier parte, de manera insensata al hombre, más allá de los accidentes de la geografía que lo limitan, como las cordilleras, los océanos e incluso los firmamentos pletóricos de estrellas e incluso más allá en el más allá; y trató de imitarlo, aún cuando se sabía demasiado joven para tener tanta sabiduría y traspasar siquiera la primera pared de metal con su débil vista. Ante este fracaso, los guardias auxiliares de andén, con sus mejores galas amarillas, intentaron bajar a las gitanas que parloteaban en los asientos del tren en voz alta, estableciendo un barullo tan alegre que parecía imposible de callar. "¡Todos deben descender del tren!" gritaban, pero parecía que la conversación femenina era tanto más potente que acallaba su intención cada vez más apagada, hasta que se dieron por vencidos y fueron a dar cuenta al jefe de estación de su fracaso. Con su quepis bajo el brazo cuyo puño ostentaba tres barras de oro y púrpura en la casaca, con cinco orlas de oro en el pecho que apenas dejaban espacio para las condecoraciones que de él colgaban y gruesas charreteras con flequillo y tres estrellas en cada hombro, subió al carro de los gitanos, meneando molesto la cabeza, el jefe de estación. Se instaló delante del asiento que ocupaban, hierático Gabor y tieso en su intento por imitar al otro, Janikosh; y habló así: "Estimados amigos, apreciadas damas, todos dignos gitanos" y los recorrió en una pausa, no sólo con la mirada, sino con el gesto todo, de todo su cuerpo y las manos enguantadas de blanco, una de las cuales sujetaban su hermoso quepis adornado con el ícono del ferrocarril metropolitano. Primero, durante la pausa, se hizo un silencio que quizás reflejara un instante de atención, luego se dejó oír un murmullo bajo de voces femeninas y luego subió de volumen pleno de expresiones de desprecio, batir de brazos, volar de faldas multicolores y expresiones de rechazo. Janikosh miró muy brevemente a Gabor que seguía con la vista fija en ningún y todos los lugares donde podía apoyarse la de un sabio anciano gitano, frente a sí mismo, como si, sin estar ausente de todo, no estuviera en modo alguno presente, desde el momento que el estado de las cosas era tal, que se mantenía bajo su completo control. Trató de imitarlo. El jefe de estación levantó ambas manos y presentó una palma blanca y el interior de su quepis, que sujetaba con la otra mano enguantada, hacia la zalagarda de las gitanas y suplicó: "¡Por favor! ¡Por favor escúchenme!". Y aunque no hubo disposición a hacerlo, era su deber asumir que sí la había y continuó: "Este tren sólo presta servicios hasta esta estación, no obstante en seguida entrará, a esta, un nuevo convoy, ya dispuesto, para que ustedes puedan continuar con toda comodidad su viaje. En él se ha dispuesto un carro completo para su uso exclusivo, por lo que les suplicamos que, por ahora, abandonen éste, de manera tal que pueda continuar su tarea y ustedes sigan su trayecto como lo desean". Miró en torno sin esperanza alguna, aunque ansioso de que se produjera el inesperado milagro y los gitanos bajaran del tren. En su imaginación pudo contemplar el cumplimiento de su deseo por un instante muy breve, antes que se disolviera incluso ahí. Ahí vio al gitano viejo, con su cabeza atada por un pañuelo de sucios colores cubierto por un sombrero lleno de años, levantarse ante la mirada atónita del joven que lo acompañaba, cuyo rostro lozano era, sin embargo, como un antiguo retrato del viejo, aunque vestido de manera moderna, de modo que visto en otra circunstancia, quizás nadie hubiera sospechado su origen y raza. Lentamente y con la mirada segura, se dirigía a la puerta más cercana del vagón y sin decir palabra descendía seguido del volar de faldas y el bello vaivén de caderas y pechos de sus mujeres. Pero se evaporó tan rápido como su desilusión, aunque creyó que su deseo no había sido del todo inútil. Aquella imagen fugaz le había mostrado con claridad, que la única manera de lograr que los gitanos abandonaran el tren era que lo abandonara su caudillo patriarcal; así pues se dirigió a éste, aunque en el último momento quizás temió agotar este recurso extremo demasiado pronto y prefirió, primero, intentarlo con el joven que lo acompañaba. De todos modos le habló así, en plural: "Estimados amigos; como ya les expliqué, este tren sólo presta servicios hasta esta estación, pues de aquí en adelante esta destinado a una tarea especial respecto de un querido compañero, que nos ha abandonado, razón por la cual les suplicamos, con el mayor respeto que tengan la gentileza de abandonarlo, de manera de no retrasar más su viaje y el de otros muchos pasajeros que esperan afuera de los andenes de la estación". Janikosh miró de reojo a Gabor de modo de saber qué actitud tomar. Gabor seguía mayestático atravesando todos los obstáculos frente a su vista, que pudieran impedirle ver la sabiduría que se acumulaba más allá. Como una fórmula reiterativa que evitaba la repetición, el jefe de estación, dentro de sus muchas galas, se inclinó levemente hacia el más viejo de los gitanos y dijo: "Por favor" y su tono era más interrogativo que propositivo, "se los suplico", completó. Gabor sin desviar una micra la dirección de su vista, respondió: "Losotros, los gitanos, lolos vamos a bajar deste tren porque salimo de madrugá pa llegar al mercao a vender y si los bajamos los atrasamos". Su voz sonaba intensa y profunda y sus razones de un peso indiscutible, aun cuando se considerara que no tenían lógica alguna. "Pero es que es necesario..." alcanzó a argüir el jefe de estación. "Si no vendemos los gitanos no comemos, así que lolos bajamos" porfió Gabor mientras Janikosh, cada tanto, le echaba una mirada y corregía su propia postura según la actitud que veía en él. Cualquiera podría pensar que el joven gitano observaba al viejo con admiración y lo imitaba como se imita a un ídolo, pero no era esa la actitud de éste. Observaba con atención al otro como el aprendiz observa el oficio de su maestro, para hacerlo suyo, según su propio estilo; es decir que no lo imitaba sino que tomaba ejemplo del otro, para templar su propia actitud. El jefe de estación argumentó: "Mientras más tiempo se tomen en cambiar de tren, más se atrasan y este tren está destinado a llevar a nuestro compañero a su último destino, por lo que no presta, desde ahora, servicio de pasajeros". Gabor apartó la vista del infinito cosmos, desde donde no la había quitado hasta ahora y la clavó en el jefe de estación. Pensó que sus galas y arreglos, las orlas doradas, las charreteras e íconos eran absurdos y sólo daban solemnidad aparente. Pensó: "Los gitano losomos así. Somos de verdad no más", y dijo: "Losotros, los gitano, lo que más sabemos es del destino. Demás que vamos a acompañar, entonces, a ese hombre hasta su último destino. ¡No se hable más!" e hizo un gesto definitivo con sus manos enormes y curtidas. Janikosh observó con atención y repitió el gesto, por lo bajo, analizando sus propias manos jóvenes. Pensó que el resultado era satisfactorio. El jefe de estación se quedó mirando sorprendido, por un momento, pero luego pensó que era razonable, aunque no lógico y se argumentó que Rrrrabanito seguramente querría estar acompañado de los gitanos, también, y se dijo: "Muchas veces me habló de ellos", entonces con un encogimiento respondió: "En ese caso: ¡No se hable más! Partimos todos en seguida" y se cuadró como si fuera un militar, antes de partir a dar instrucciones de abordar al personal que esperaba en el andén. Mientras se iba, los tacones de sus botas resonaron rebotando en el eco de los vagones vacíos. Pensando en ellos creyó en la importancia de su cargo.
Carmen había estado de compras en el barrio de Los Olivares. La noche anterior había sentido náuseas y mareos. Primero había pensado que aquel pastel flamboyant con su licor ardiente, le había irritado las tripas; pero habían pasado, ya, tres días. Después sintió hambre y comió. Se dijo: "Fue el hambre", sin embargo comer no le había hecho daño, pensó pues: "No es digestivo", pero seguía con náuseas y mareos, por lo tanto arguyó riendo de su propia ironía absurda: "Estaré preñada" y recordó las vitrinas cubiertas de papel kraft color café con leche. Sabía que no podía manifestarse tan luego una cuestión así y por eso se reía de sí misma, pero de todos modos, quizás en un impulso que pretendía forzar el anuncio de una verdad ineluctable partió al barrio de Los Olivares a comprar ropas de guagua[5]. En el metro le advirtieron que el servicio se suspendería al mediodía por el duelo. "¿Qu...n m...rió?" preguntó más por un automatismo que por verdadero interés. La respuesta le acentuó las náuseas y los mareos hasta el vómito, añadiéndole el presentimiento como una nueva explicación a estos, además de reafirmar la primera. Alcanzó a comprar unas pocas cosas en las tiendas de los árabes y corrió a la estación a abordar el tren del funeral. Ahí le explicaron que este venía con retraso porque en Lo Uriarte habían tenido que esperar que llegaran los gitanos, que venían caminando desde el campamento de Éspiro Montana en Agua Negra.
Gabor y Janikosh, en razón de su rango, siempre viajaban en el primer asiento, mientras detrás venían las mujeres con los niños. En la estación de La Plaza de los Constituyentes subieron el ataúd varios funcionarios vestidos de gala. Abrazado a este, venía Treshkaya de riguroso negro, cubierta de velos del mismo color y sujetando en su manito delicada, como si fuera el ramo de una novia, el pañuelo del viejo, con el nudo que la gitana le había hecho para sujetar las semillas. Cuando dejaron el ataúd en la parte delantera del carro, la bailarina abrió la ventanilla que permitía ver la cara amarilla y chupada del anciano. Gabor, con respeto, se levantó para dejar su lugar "a la viuda" pensó primero, pero al ver al viejo ahí, en la solemnidad de la nada que lo había atrapado, corrigió su juicio y se dijo: "a la hija". Este hecho no tenía importancia alguna para él, no obstante su misión de visionario del destino no podría jamás estar completa si no tenía esta claridad, de manera que sostuvo una breve discusión interior, en la que se impuso el criterio de que no podría ser la viuda, de manera que dándose a sí mismo a la razón, se dijo: "¡Ah sí, sí! La hija. Es la hija por supuesto. El gitano tiene la razón... ¡La hija!".
En torno del ataúd, a modo de guardia permanente viajaban cuatro funcionarios del metropolitano con sus uniformes de ceremonias, en posición de firmes, como rendición de honores. Treshkaya se sentó junto al ataúd con aspecto desolado. Manipulando el pañuelo, enredada en su pena, al enjugar las lágrimas palpaba las semillas sin prestar mayor atención, asumiendo que era sólo suciedad de Erre Erre. Sin embargo el papel doblado, convertido en un bulto rectangular pequeño, en algún momento llamó su atención e intentó llegar a él, buscando entre los pliegues del pañuelo. Recién entonces se percató que este tenía un nudo muy apretado que envolvía la mugre y el bulto cuadrado que sentía. La curiosidad la distrajo de la pena y se vio a sí misma abriendo el apretado nudo; mas antes de convertir la imagen interior en acción, el pensamiento mágico se cruzó por su razón y sintió culpa; esa culpa que se siente no en la conciencia, sino en el miedo de ser sorprendida. De algún modo absurdo pensó en que el anciano podría descubrir que ella había violentado la intimidad de su pañuelo y abierto el secreto que guardaba tan anudado ahí. Quizás por eso se incorporó y miró el rostro verdoso y algo desfigurado de Rrrrabanito. Posó delante de su rostro, en el vidrio que cubría su cara, la mano que sostenía el pañuelo que guardaba el secreto y dijo, en su pensamiento íntimo: "¡Perdóname! No lo voy a hacer". Pero a la vez, superpuesta a esta idea germinaba, quizás acuciada por la misma culpa, la curiosidad y la compulsión de saber: "¿Qué guardaba ahí? ¿Por qué lo escondía de este modo extraño? ¿Era un amuleto? ¿Un recuerdo? Quizás, incluso, haya aquí, escondido, algún indicio de su vida anterior: Su verdadero nombre, su dirección. ¿Qué? Se volvió a sentar y comenzó a dar vueltas entre los dedos el nudo. Lo oprimía con suavidad e interés, intentando descubrir la materia y forma de lo que ahí había. "Son unas pelotillas y un papel doblado" se decía. "Las pelotillas son duras, algo ovaladas y de ellas surge algo, ¿o no? y ¿De qué tamaño es ese papel doblado si se lo despliega?": Lo sentía de algo así como medio centímetro por lado y quizás un poco menos alto. ¿Tendría ocho o diez dobleces?. Calculó sin precisión que podría tener, entonces, unos cinco a seis centímetros por lado: "¿Qué tiene esas dimensiones?: ¿Una servilleta de papel?". No. No podía ser una servilleta de papel porque "se palpa papel duro y una servilleta es blanda". Pensó en una boleta de compra, recuerdo de alguna cita: "¿Qué cita? ¿Con quién? Sería anterior a ella o ¿sería reciente? ¿Una cita con Carmen?" No. No soportaría esa idea y la desechó: "No. ¡Imposible!". Miró el nudo con atención. Si torcía el pañuelo, girando a favor del reloj, a la vez que empujaba contra el nudo, se iría soltando poco a poco. "O bien, si meto aquí las uñas y muevo de uno a otro lado se puede abrir, quizás sin tanto esfuerzo". El tren se detuvo en la estación de Los Olivares. Treshkaya se sobresaltó. El resoplido de las puertas y el anuncio de los parlantes explicando que este tren estaba fuera de servicio tuvo el mismo efecto que si alguien le hubiera preguntado de pronto: "¿Qué haces con ese nudo?". Miró por la ventanilla a su lado y alcanzó a ver a Carmen que abordaba. "¡Qué hace esa mujer aquí!" se dijo con molestia y adoptó una postura tal que impedía cualquier contacto que aquella pudiera intentar. Una vez que el tren estuvo otra vez en marcha, tiró de la manga al guardia que tenía más cerca, de manera que este acercó el oído hasta la bailarina. Le dijo: "Cuiden que esa mujer que acaba de subir no se me acerque, ni pretenda tocar el cajón". El guardia hizo un leve gesto afirmativo y disimuladamente miró hacia donde estaba Carmen, con los ojos atados al suelo. En seguida, Kaya, rompió a llorar a coro con las floristas que llenaban de pétalos blancos el ataúd y se enjugaba las lágrimas con el pañuelo de Erre Erre. En su mundo interior se veía a sí misma desatando el pañuelo, sus dedos luchaban con el nudo, fuertemente atado, pero de algún modo ya sabía que en su secreto encontraría tres semillas rugosas de color castaño sucio o, quizás, tierra tostada y una nota definitiva de Erre Erre, para ella. Finalmente el nudo cedía y el pañuelo se abría como una flor blanca de agua. Ella flotaba libre en el lago con su tutú de plumas negras, mientras anochecía. La música no era el finalle del Lago de los Cisnes y sin embargo no le extrañaba estar danzando una vieja canción folclórica que Rrrrabanito cantaba, allá al fondo de la escena y decía "Yo soy como el ave cisne que canta cuando se muere: Ámame mucho, que así amo yo", pero no se oía como si él la cantara, sino como si el sonido viniera de una vieja vitrola junto a él, cuyo máximo encanto era el ruido de agujas. Rrrrabanito sólo fumaba, apoyado en el mueble del aparato, bajo un sombrero de alas anchas.
Carmen se sentó al otro lado de Gabor. Después de un rato se inclinó hacia él y le dijo:
- ¿... l ...ra uno d... tedes?
Gabor hizo primero un encogimiento de hombros muy leve, casi imperceptible, posiblemente por la corriente suave que el murmullo de la voz de Carmen produjo en su oído. Después cerró los ojos un momento, en tanto que su vista recorría todo el trayecto que media desde el infinito cósmico, hasta detrás de sus propios párpados; después se volvió hacia la mujer y su rostro se iluminó en una rara transfiguración desde el gitano hierático hasta el viejo verde. Dijo:
- ¿Qué me dices tú; reina?
- No, nada... ac... so el difu... tam... én es ... tano.
- ¿Que si él también era gitano? - señaló al ataúd -. ¡Ah! no, no, no. Pero va a su último destino, entonces lo gitano lo acompañamo.
- ¿Pero... cía?
- ¿Cómo me dice?
Carmen se acercó mucho a la oreja de Gabor y dijo en un susurro:
- Que si acaso usted lo conocía - y esta vez el cosquilleo se extendió por toda la espina dorsal del gitano, que hacía mucho que no sentía esta sensación tan erótica.
- Ah no. Yo no lo conocía, pero la Yorka le había visto la fortuna y le ató el pañuelo que tiene la hija, que llora por él - e hizo un gesto con la mano hacia Treshkaya. Después se levantó de su asiento, atravesó el pasillo y se sentó junto a Carmen. Una vez que estuvo ahí le dio, con su mano fuerte y curtida, unas palmaditas muy suaves en el muslo y dejó su mano posada ahí: Sonreía.
Al fondo del último carro, una matrona enorme observaba el movimiento de la guardia de funcionarios del ferrocarril, de las floristas y lloronas, de los supervisores que mantenían todo organizado, dando instrucciones breves y concisas, que eran obedecidas de inmediato, de manera que el cortejo ambulante sobre el tren del metro operaba con la misma rigurosidad que lo hacía el servicio de trenes un día cualquiera. Pensó que la escuela francesa, aunque adolecía de olor a sobacos, defecto que en París siempre se toleró, aunque ella misma no pudo soportar ese glamour, era de una eficacia admirable. "Tal vez", se dijo, "de ahí viene la manía de los franceses de apretar los labios contra los dientes. Las instrucciones, para los franceses siempre tienen una cuota de agresión que obliga a ese gesto". Desde estos pensamientos trepó por sus recuerdos y evocaciones de Avignon, en su taller pobre donde comenzó haciendo vestidos de novia de retazos de encajes de otros vestidos usados, recordó con alguna alegría sus primeros triunfos y también evocó aquellas visitas a París sólo para repartir mamotretos en las editoriales, hasta que logró vender las primeras novelas del marido que había dejado de este lado del mundo, a cargo de una jovencita loca y un grupo de bohemios inútiles. "Si yo hubiera podido, también le habría dado un funeral así a mi hombre" pensó y miró al vejete inútil que tenía ahora a su lado, colgado, como un mal adorno, de su brazo. Honoré era sólo un viejo capricho, del que no pudo deshacerse. "¡Cuántas veces lo intenté!, pero es como los gatos callejeros: Siempre está de vuelta, aunque venga rajuñado[6], arañado, herido, maltratado. Pero vuelve". Con todo, el gato callejero, el inútil, a estas alturas de la vida se había convertido en el único compañero. Camille ya no era la mujer atractiva que había sido. Su porte y figura, que sobresalía con gracia entre las mujeres y se convertía en inmediato deseo para los hombres, cuando era joven, ahora relleno por la buena y mala vida, por los éxitos y muchos fracasos, por la lealtad irrenunciable hacía un hombre que sólo la tuvo cuando era una adolescente y la cambió por todas las otras adolescentes nuevas en tanto pasaba el tiempo, mientras ella lo sustentaba desde Europa o Nueva York; se había convertido en una matrona gruesa de majestuoso porte y gesto hosco. Honoré o "Yac Legromand" como le decía, para burlarse, pagaba todo el amargo costo de su fracaso definitivo, porque era un inútil, "como todos los hombres, pero este es más". Este pensamiento la irritó. Lo miró ahí a su lado, colgado de su brazo, con la cara escondida detrás de todos los pelos hirsutos que la habitaban. La expresión tímida que se barruntaba en esos ojos celestes que quizás ni miraban, aumentó su rabia: "Suéltame que ya estoy cansada de ti" le gruñó, a la vez que le daba en codazo en las costillas. El viejecito de los cuentos se soltó del brazo grueso y áspero de la matrona y gañó una disculpa.
Durante la revuelta del cincuenta y seis era costumbre linchar al enemigo capturado. Muchos morían arrancando calle abajo, mientras eran lapidados por la turba enemiga, especialmente si eran cabecillas de algún movimiento, o de cualquier patrulla enemiga, sorprendida y derrotada en encuentros civiles donde las armas eran garrotes, palos arrancados de los jardines de los parques, o fierros que habían sujetado carteles de tránsito o señales peatonales y más. Con todo, era tanta la rabia acumulada de unos contra otros, de manera irreconciliable que estas batallas o encuentros sangrientos duraban hasta que no quedaba ningún enemigo en pie. No había prisioneros ni rehenes. No obstante, cuando el ministro Ardoainegui, fue sorprendido solo, desarmado, de vuelta de la casa de su amante a altas horas de la madrugada, cerca de la Avenida de la Independencia, la patrulla militar prefirió pedir instrucciones, antes de fusilarlo. "Fusilarlo: ¡De ninguna manera!" sentenció el caudillo de los conjurados. "Quedaría tirado en la calle y sería recogido por los carretones que llevan los cuerpos a la fosa común. Se perdería una oportunidad de escarmentar a los partidarios del dictador supremo" reflexionó. Entonces instruyó: "¡Cuélguenlo de un farol y que muera de a poco!". Cuando finalmente triunfaron y restablecieron la paz, en torno a las ruinas, alrededor del farol donde lo habían colgado hicieron una plazoleta que se llamó "Plazuela del ahorcado", en recuerdo del triunfo de aquella escaramuza en que el ministro de la traición fue capturado. Ahí se construyó, mucho después, la estación del Ahorcado del ferrocarril metropolitano, donde ahora entró bramando el tren del funeral de Rrrrabanito Motototo. Esta era la última de las estaciones donde el tren se detendría para recibir a los funcionarios del tramo de la línea que se agregarían al cortejo fúnebre.
Entre el ir y venir de gente uniformada en el andén, en medio del subir y bajar de funcionarios para reacomodar el espacio que ya ocupaba una multitud en el interior de los vagones, descendió silencioso e ignorado, el viejecito de los cuentos, gañendo: "Con permiso... Por favor... con permiso... disculpe... con permiso". Al salir a la plataforma se arrimó a la pared y se fue bordeándola, en el sentido del movimiento del convoy, hasta llegar al final del andén. Acurrucado contra la esquina vio al maquinista distraído observando la maniobra de abordaje de los funcionarios y los acomodos entre vagones. Quienes estaban en el andén concentraban su atención en abordar o en cómo estaban abordando los demás, de manera que nadie se había fijado en él. A pesar que creyó que esta era una circunstancia favorable, en su pecho y vientre sintió un vacío y un abandono que lo movió a compasión de sí mismo. Sintió por un instante una gozosa lástima de sí y pensó que era absurdo disfrutar del sufrimiento de sentirse solo, abandonado del interés de todos, pero a la vez se daba la paradoja que ésto era lo que él mismo había buscado y deseado. Es decir, su plan se cumplía y eso lo alegraba, aun a pesar de la tristeza de los motivos por los cuales lo emprendía. Caminó por el borde de la pared, perpendicular al tren, acercándose a la esquina donde aquella termina. Una vez ahí, volvió a observar el hormigueo distraído de la gente que subía o bajaba una y otro vez del tren. Como nadie se fijaba en él, bajo la escalerilla de gruesos tablones hasta la berma a la orilla de la línea misma de la gran cuncuna de fierro. Se alejó por esa vía, del tren, observando con alguna fascinación el brillo que despedían a su izquierda los sólidos rieles de metal. A medida que dejaba más atrás la máquina aumentaba el vértigo que sentía, mezclado con tristeza, abandono, dolor, arrepentimiento y compasión de sí mismo y se extrañaba que la resultante de todos estos sentimientos superpuestos fuera un estado de inconmensurable gozo, que llegaba hasta las lágrimas que se enredaban en los pelos hirsutos de su cara.
Por fin todos abordaron. Sonaron los vibradores que anunciaban el cierre de puertas y la voz electrónica que lo advertía. El maquinista observó desde la pisadera de la máquina, hacia atrás que no hubiera acontecimiento alguno fuera de la norma, mientras se escuchaba el soplido neumático del cierre de puertas. Una fracción de segundo después se metió dentro de la máquina y cerró, también su propia puerta. Dio la clave al control central y el tren comenzó a bramar, cada vez más fuerte mientras se ponía en movimiento ingresando en la oscuridad del túnel. Avanzó unos ciento veinte metros antes que el maquinista presintiera que algo ocurría, que no era propio de la rutina. Creía ver a alguien a la orilla de la vía. Pero no alcanzó más que a reproducir en su pensamiento primario, la imagen que veía allá afuera, sin tiempo para validarla. Yac Legromand, u Honoré de Beau Sac, o el viejecito de los cuentos sintió el bramido de su destino y creyó que todas las ideas que burbujeaban al interior de su cabeza eran enormes y no cabían ahí, desbordándose sin que alcanzara a comprenderlas. Sólo una de ellas estaba clara y se esforzaba por no perderla, arrastrada en el tráfago de las otras. Entonces calculó que la máquina que se acercaba a gran velocidad, como un mounstruo de fierro estaba a unos quince metros. Era el momento preciso para saltar.
El maquinista sintió el ruido sordo y después el leve sobresalto en el deslizamiento del tren. Ya no había nada que hacer. Abrió el intercomunicador y dijo: "Zeta trece... Zeta trece... Estación del Ahorcado. Inútil detenerse. Seguimos en ruta".

Continúa: El funela II


Kepa Uriberri

[5] Guagua: En Chile bebé.
[6] Rajuñado: Se usa en Chile rajuñar por rasguñar.





Editamos, publicamos y promovemos tu libro. 




Todo se ha cumplido



Todo se ha cumplido


Se asomó desde la plataforma que da a los andenes y miró, desesperado, con la ilusión de ver a Kaya ahí, aunque había oído partir, en tanto se acercaba a la baranda, a sendos trenes en ambos sentidos. La parte de los andenes que alcanzaba a ver estaba vacía. Alguna gente subía las escalas en ambos lados. Nada más. Con toda la velocidad que podía, aunque escasa, bajó al andén del sur, sin saber por qué. Al llegar abajo divisó a Kaya sentada, mirando al suelo, tal vez con tristeza, en los últimos asientos amarillos adosados a la pared en la plataforma del frente. Sin pensar un segundo gritó "¡Kaya! aquí estoy", pero la magra potencia de su voz pareció diluirse en el ruido del ambiente. Volvió a subir en actitud agitada, aunque ésta no le daba, en absoluto, mayor velocidad, las escaleras y siempre agitado alcanzó las de bajada al andén del frente. Mientras bajaba oyó el bramido de un tren que ingresaba a la estación. "¡No! ¡No! ¡No!" gritó varias veces mientras alcanzaba la plataforma. Intentó ver si Kaya abordaba, pero el tumulto de gente que descendía y subía le cubría completamente la escena. "¡No! ¡No!" seguía gritando hasta que todos pasaron junto a él y el campo visual se despejó. Los vibradores que indicaban el cierre de puertas sonaban al interior de los carros. Kaya no estaba en el asiento en que la había visto. Intentó abordar, pero las puertas se cerraron dejándolo afuera. "¡No! ¡No! ¡Por favor!" gritó, aunque nadie lo oía y el maquinista que pudo haber abortado la partida del tren, si lo hubiera visto, ya había entrado en su cabina. El tren comenzó su estrépito en tanto adquiría velocidad. El viejo alcanzó a dar dos palmazos, inútiles, en su costado y se quedó viendo cómo se alejaba.
- ¡No qué!... ¡Por favor qué!... viejo estúpido - dijo una vocecita, detrás de él, en tono de airado desprecio.
- No te vayas, por favor - dijo el viejo, vencido, y no era claro si respondía a la voz que le había hablado entre el rugido del tren que se alejaba, o era esa súplica absurda que se hace a las circunstancias cuando ya no hay solución alguna. Se dio vuelta con tanta lentitud como si el esfuerzo estéril realizado lo hubiera dejado sin fuerzas. Por fin quedó frente a la voz que lo interpelaba y al ver ahí a la bailarina, con los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud de desafío, la abrazó blandamente como si en ese gesto consumiera sus últimas fuerzas. Ella no respondió al abrazo y continuó ahí enhiesta como una estatua, con los brazos sobre el pecho. En su imaginario interior se vio a si misma como la estatua en fierro negro del ángel de la justicia que con las manos posadas en el puño de la espada de la verdad, defiende la puerta del Palacio de los Tribunales. -Gracias a Dios - murmuró el viejo, - gracias a Dios - y se quedó mucho rato como colgado de la figura del ángel frío de la justicia. Cuando al fin cedió el abrazo y se apartó de ella para mirarla, vio su gesto duro. Kaya dijo:
- Ya no me engañes más. Si te crees que eres algo así como un padre o mi protector, sabe de una buena vez que no. No me interesa. Pero dilo ¡ya! Porque soy lo suficientemente estúpida para haberme enamorado de un viejo que me ve como una jovencita tonta; pero eso se acabó -. En su pensamiento interno veía al viejo sonriendo al sol de la media tarde y la llevaba a ella tomada de la mano, de paseo por un alegre parque. Pero ella no era ella misma sino una niña de no más diez años peinada con dos trenzas, con un vestidito ligero y un delantal de organdí con mangas voladizas, que trotaba con pas de cheval a su lado.
- Perdón... - murmuró. - También estoy enamorado, pero soy un viejo. No creí... No sé que decir... En verdad esa mujer me hace sentir que aún tengo la fuerza erótica del hombre que era, pero no siento nada más que atracción física... Lo reconozco... No debería... -. En su imagen interna se veía a sí mismo joven, abrazando apasionadamente, lleno de ansias, a Carmen. - Es que ella... - intentó explicar. Kaya lo imaginó joven, esbelto, varonil, abrazando a Carmen, lleno de pasión y ansias eróticas y se sintió casi furiosa, casi derrotada.
- Si estás enamorado de ella: ¿Por qué no lo dices de una vez? - le gritó, bajando las manos empuñadas desde el pecho y luego levantándolas bruscamente lo golpeó en los brazos y soltó el llanto.
- No, no es así - intentó abrazarla otra vez pero ella no lo dejó -, ella me atrae como un animal - se daba cuenta que no lo estaba explicando bien, a la vez sentía que no tenía perdón su actitud con Carmen y se veía de algún modo como perpetrando una traición, aunque la imagen que la representaba era absurda: Él mismo se veía escapando tras Carmen, encorvado y ocultando el costado izquierdo de su rostro con los brazos y los puños cerrados, casi como si se protegiera de un golpe que esperara que le cayera en cualquier instante. Sin embargo en esa imagen no se veía a su agresor, de manera que la imagen construía una figura casi cobarde y el aspecto despreciable de la traición parecía trocado por un tono miserable; entonces el traidor: Él mismo, se erguía y en una actitud de cinismo absoluto rodeaba con su brazo a Carmen y se iba caminando junto a ella, mirando por sobre el hombro hacia atrás al punto donde su vista veía esta acción, pero que sin embargo representaba el punto de vista de la traicionada. - Por favor perdóname. No supe defenderme de la traición - concluyó.
- ¡Qué traición! ¿Quién te traicionó a ti? ¿Yo, acaso?
- No. No supe defenderme de mi propia traición. Entiendo tu enojo... Lo merezco... No supe evitar la traición que cometí, pero no me interesa Carmen: Es sólo objeto de un deseo que fue mayor que yo mismo, como si hubiera estado obligado a cometerlo, del mismo modo que a ti te deseo de manera sublime, mientras que a ella la deseaba de manera prosaica. Contigo me elevo como un pájaro en el cielo limpio, mientras con ella cabalgo a lomos del vértigo cayendo en el abismo: Es como una droga que aunque dañe es imposible no...
- Entonces ándate con ella. Yo no quiero ser sublime: No soy la poesía - se vio convertida en la imagen de la virgen María sobre un altar absurdo en el que era venerada y del cual no podía saltar porque su naturaleza era de yeso y le gritó: - ¡Quiero ser la demonia Lilith y ser el vértigo y caer contigo en todos los abismos interminables para siempre! ¿Comprendes? ¿Lo entiendes? - y girando corrió hacia las escaleras.
- ¡Espera! Te amo a ti - suplicó el viejo - Te amo de todas las formas... Prosaicas, sublimes, pasionales, tranquilas, fogosas, poéticas, locas, estúpidas, con entrega, con envidias, sin límites, con vértigos, con risas eternas, con llantos de ausencias, con esta súplica y con más súplicas, con por favor no te vayas y con pedidos de compasión y comprensión, de rodillas para el perdón y de pie con la mirada alta de orgullo de haberte elegido, quizás con agradecimiento si logro que me aceptes y con más y también con más.
Kaya ya estaba en el tercer peldaño. Pareció irse lentamente de bruces sobre la escalera, como si el reclamo de Erre Erre la hubiera botado, y con sosiego posó ambas manos en el peldaño frente a ella, estremecida por un llanto emocionado. De manera pausada se giró hasta quedar sentada y metió la cara entre las manos. Entonces pensó: "Odio haberme enamorado de un viejo que lo sabe todo".
La Carmen, al notar su concentración en el cuaderno que se iba cubriendo de una caligrafía irregular, como si sobre él se fuera desenrollando un hilo que adquiría distintos grosores y dejaba una traza de vueltas y revueltas desordenada y azarosa, preguntó:
- ¿Qué ...crib... tan ...trado en ...rno?
- Nada -; contestó sin dejar de escribir - sólo sobre la araña negra.
- ¿Tanta ...gen... ña ...gra? ¿P... qué? -. El albañil se detuvo, sin soltar el lápiz. Sólo tomó la tapa que sostenía entre los dientes manchados y la acomodó en la parte posterior de aquél. Dijo:
- ¿Sabías que la araña negra después de tener sexo con el macho, una vez fecundada, lo asesina e incluso se lo come?
La Carmen no contestó; nada más se encogió de hombros y sonrió, aun cuando su expresión reflejaba sorpresa o quizás desconcierto. El albañil continuó:
- Créeme que es cierto. Algunas mujeres también son como la araña negra y resultan fatales para el macho.
Ella dejó escapar una risita y dijo:
- Yo no... ja... cosa ...si. ¿... n te ...res?
- Tereshita - contestó, simplemente y volvió a quitar, con los dientes, la tapa del lápiz. Continuó escribiendo con velocidad, como si temiera que de no aplicarse se perdiera el momento creativo.
La Carmen vio en su imaginación una araña muy diferente de la verdadera viuda negra, en algún escarceo con otra de menor tamaño en una telaraña enorme enlazada en un paisaje vegetal. De cierta manera, ahí, la hembra era Tereshita pero el macho no era el viejo Rrrrabanito, sino el albañil y la hembra lo devoraba sin consumar el acto de fertilización. En seguida  giraba en torno a la trampa de hilos pero al volver era ella misma que sellaba su unión con el viejo. Preguntó:
- ¿Y el ma... ficado; qui... s?
- ¿Por qué lo preguntas? ¿Temes, acaso, por el macho o por la hembra? - apenas si levantó la vista del cuaderno Navegante para contestar con estas interrogaciones, sin dejar de escribir.
- Jajaja... - rio ella - de ver... n... lsé -. Continuó jugando con las últimas flamas azules del pastel que aún no se extinguían en el plato, donde apenas había ya unas pocas migas flotando en el licor ardiente.
Mirando, sin ver, el techo rudo del local, tendido en la cama, dijo, tal vez para sí mismo, quizás para Treshkaya, o posiblemente para el universo o para nadie: "Sentí como si estuviéramos flotando en música" y comenzó a silbar el rondó del concierto para violín de Beethoven, a la vez que entrecerraba los ojos. Ella miró su pecho desnudo, verde y lampiño, moteado de pecas típicas del cuero frágil y gastado por la edad y lo comparó con el propio, albo y casi transparente. Pensó: "Ahora, mi nombre es Catalina Pálida". Sonrió, posiblemente por su propia reflexión o bien por la idea de Erre Erre. "Para mi" dijo, "tú eras Rothbart y yo Odile, el cisne negro. Tú Sigfrido y yo Odette, elevados al cielo en el gran finalle". El viejo suspendió su concierto, que emulaba los violines del rondó, mientras entraba en las evocaciones del lago, de las aves blancas desplazándose silenciosas hacia las orillas llenas de juncos y envuelto en ese silencio le pareció escuchar los sonidos de la hora de siesta de su niñez.
La Carmen inclinó el platillo para llenar la cucharilla del último resto de licor donde no terminaba de apagarse la última llamita azul. El albañil dijo:
- ¡Eso es! Así concluye todo - y rayó bajo el último texto escrito una línea que no era recta sino trémula, varias veces repetida de un lado a otro de la hoja. - ¿Quieres conocer la verdad definitiva? - le preguntó girando el cuaderno hacia su lado.
- En ver... no. No ...sta leer - respondió ella, pero alcanzó a ver en la caligrafía irregular, como un hilo desenrollado al azar: «... tap, tap, tap, Tap, TAP; y otra vez tap, tap ... el ruido del martillo desde el patio vecino...» y más adelante «... muy lejos pero nítidamente oyó "Coc co co coc" el canto de un gallo; raro a media tarde». Dejó la cucharilla, paralela al tenedor, sobre el plato vacío y sonrió meneando la cabeza y dijo: - No lo ... y ... rde ... voy - y levantándose se inclinó hacia el albañil, le besó los labios y se fue, dejándolo solo.
En el silencio recordó el martillar de las obras de construcción de la casa vecina, el ruido de voces lejanas, un gallo que extrañamente cantaba a media tarde, el sonido del motor de un avión pequeño que se perdía distante mucho más allá, detrás de los dos frondosos paltos del jardín entre cuyas hojas se colaba la luz del sol fulgurante de las cuatro en punto. Reflexionó que quizás todos los placeres y su sentir profundo provenían de esos primeros recuerdos de la niñez lejana. Miró a esta Catalina Pálida y metió su mano entre su pelo enmarañado, que descansaba sobre su pecho verde. Entonces sintió un vértigo súbito, como si iniciara una caída al abismo y abrió los ojos con terror, deteniendo la caída.
El albañil cerró, con un gesto rápido, el cuaderno en cuya tapa una carabela navegaba sobre un mar encrespado, con sus gallardetes flameando en los tres palos, todos con las cruces de la corona de la muy católica Isabel, y lo dejó frente a sí como si fuera un libro ritual. Cruzó las manos por los dedos, y las posó sobre la mesa y el cuaderno, y se quedó mirando la puerta de entrada del café. El dispensador se acercó y retiró toda la vajilla vacía y sucia de la mesa. "¿Le sirvo otro?" preguntó. El albañil no respondió nada, no obstante el mozo le trajo otro chacarero como el que acostumbraba y un café en taza grande, muy cargado, como si supiera que aún tenía una espera larga. Después de un rato pareció percatarse que los tenía ahí, entonces bebió de éste y comió de aquel. Abrió el cuaderno y comenzó a revisarlo. De repente tomaba el lápiz y hacía una corrección, o anotaba algo al margen. A veces tachaba y reescribía, o marcaba señas indicando cambios de orden del texto, pero todo al azar. De pronto avanzaba diez o quince páginas, o buscaba algo hacia atrás. El café se enfriaba lento a su lado, lo mismo que el chacarero mordido perdía su frescura. Sólo leía, podaba, corregía, enmendaba o pulía sin escribir, ya, nada nuevo.
Entonces llegaron esos dos hombres, con aire distraído, aunque su intención era clara; se notaba en que llevaban ambos, ambas manos en los bolsillos y habían llegado hasta la puerta acompañados por Yac Legromand, el que vendía "cuentos a trescientos y tres por mil, si prefiere la oferta". Ahí el viejecito, con su sombrero calado casi hasta las cejas, como si no quisiera ser visto por nadie se detuvo y con una mano temblorosa señaló al albañil. Después giró y quedó semi oculto por el propio umbral de la entrada al café. Los otros lo dejaron y se dirigieron a la mesa de aquél. Sin decir nada se sentaron ahí, uno a cada lado. Uno de ellos le dijo algo, en tanto que con el dedo índice de una mano golpeaba, señalando, sobre el cuaderno Navegante. El otro sólo observó. Ambos llevaban el pelo muy corto y vestían de gris y azul oscuro, como si la tenida fuera parte de un uniforme, aun cuando no había en ellos seña alguna que indicara pertenencia. El albañil dio alguna explicación, en tanto que la expresión de su rostro era de sorpresa. Con cierta vehemencia mostraba, también, su cuaderno Navegante y luego con ambas manos se señalaba su propio pecho, quizás indicando alguna responsabilidad o tal vez aventurando una explicación. Uno de los hombres usaba un bigote abundante y desordenado que le cubría la boca, como si intentara ocultar lo que hablaba; el otro lo llevaba recortado y recto. Éste se incorporó, en un momento dado y fue al mesón de atención. Ahí habló con el dependiente. Hizo algún pedido y dio instrucciones al mesonero con gestos amplios y autoritarios. El dependiente le sirvió dos cafés en tazas grandes. Luego, con expresión de temor se quitó el delantal, lo dejó ahí encima, habló al cajero y ambos salieron fuera del local. Desde ahí bajaron la cortina metálica hasta la altura de sus rodillas. El hombre con las dos tazas, una en cada mano, volvió lentamente a la mesa, atento al equilibrio del líquido negro. Al dejar una de las tazas junto a su compañero, perdió la estabilidad que sostenía precaria, y salpicó café sobre el platillo. La reacción de desagrado del otro, dejó claro que era su superior jerárquico. Después de sentarse y cambiar las tazas, de manera que se dejó para sí la que estaba salpicada, sacó del interior de su casaca azul, un cuadernillo y un lápiz, sobre el cual comenzó a tomar notas. A ratos se agachaba mucho sobre su taza de café y la sorbía levantándola apenas. El otro, parecía interrogar al albañil, que se veía a cada momento más desolado. Después de un rato hizo un gesto amplio de cansancio y protesta e intentó incorporarse, a la vez que levantó y cerró su cuaderno Navegante. El que lo interrogaba pareció acusarlo con el otro, el que tenía el bigote recortado y tomaba notas. Este último se incorporó, entonces, y tomó con fuerza al albañil de la ropa, a la altura del pecho y lo sentó, de nuevo, de modo brusco. Él mismo no se sentó. Permaneció de pie junto a él, pero inclinándose hacia su oído le gritó algo, furioso, con tanta vehemencia que le salpicaba saliva mientras lo hacía. Después, bruscamente, se apaciguó y sonrió, como si hubiera sido otra persona diferente y de manera casi cariñosa, con una mano oscura y gruesa, le acarició la nuca y le revolvió el pelo. En seguida se ubicó detrás de él siempre sonriendo, con un gesto casi beatífico, y le hacía preguntas y le hablaba, oprimiéndole, a lo mejor bruscamente, el hombro. El del bigote espeso lo miraba con atención y desprecio, mientras se tomaba a sorbitos cortos, como si estuviera muy caliente, su café. En algún momento vio el chacarero, a medio comer y agarrándolo con autoridad y decisión, le dio un enorme mordisco. Masticó y tragó con avidez y le dio otro mordisco haciendo un gesto de aprobación. Después de tragar, distraído, eructó sonoro sobre el pan que tenía en la mano y lo devolvió al plato. Se lo acercó al albañil e hizo un gesto de aprobación e invitación, a la vez que le decía algo. Tal vez lo invitaba a comerse lo que quedaba.
Después de unos cuarenta minutos, el hombre del bigote recortado, que permanecía de pie, detrás del albañil, miró al otro, al del bigote espeso, y negó con la cabeza, abriendo mucho los ojos, como si todo fuera imposible. Entonces el que estaba sentado se incorporó, a su vez, tomó el cuaderno navegante, lo cerró, lo dobló longitudinalmente, y se lo metió en el bolsillo de un costado de la casaca. Ahí mismo tenía tres o cuatro delgados cuadernillos de hojas carta, doblados de la misma forma. En seguida, entre ambos tomaron al albañil de los brazos, por debajo de las axilas y lo sacaron de ahí. El del bigote recortado golpeó la cortina metálica con su dedo cordial y esta se alzó de inmediato. Los empleados del local miraron a los hombres con cierto temor y se apartaron. A un lado, sin levantar la vista, con el sombrero cubriendo casi totalmente el rostro, encogido, y con ambas manos empuñadas temerosamente sobre el pecho, estaba el viejecito que vendía cuentos a trescientos y en oferta a tres por mil. Parecía gemir. El del bigote espeso y desordenado, que le cubría la boca se metió la mano al bolsillo del pantalón gris y sacó un fajo de billetes. Separó tres de color azul y se los alargó al viejecito. Este sólo gimió algo inaudible y no hizo amago de aceptarlos. El albañil, entonces, lo miró hacia abajo y le reprochó:- ¿Por treinta lucas me vendes? Sólo se escuchó un gemido. El hombre del bigote espeso le metió, a la fuerza, los tres billetes en el bolsillo del costado de la chamarra y le dijo con desprecio:- Este fue el trato... - Se alejaron de ahí llevándose al albañil, mientras el viejecito, encogido, gemía apoyado en el portal de la cafetería.
Con los ojos cerrados, mientras seguía el ritmo instintivo de su propio cuerpo, sentía la respiración agitada y áspera en su oído y el fuelle amarillo verde, que subía y cedía bajo sus pechos, cuya ansiedad la llenaba de placer. De repente un gemido ronco, tumultuoso, colapsó el ritmo, y el pecho del anciano cayó vencido, callando el ruido rasposo de su respiración. Kaya se irguió, alarmada y lo miró. Los ojos del viejo la miraron inexpresivos un momento, después se ciñieron levemente a la vez que su boca casi alcanzaba a esbozar una sonrisa, pero de inmediato rodaron hacia atrás y miraron sólo hacia sí mismo, perdiendo toda expresión. Desde el infinito placer del vuelo de los violines en que había flotado en su propio mundo interior al fundirlo al de ella, cayó con violencia al fondo del abismo con el pecho verde partido por el intenso sufrimiento del vértigo extremo que lo asfixiaba. Kaya fue una roca de fino cristal de peso inconmensurable, a pesar de la perfecta belleza de su cuerpo, que lo aplastaba con pasión.
Desde el patio vecino le llegó el sonido de un martillo que golpeaba incesante: Tap, tap, tap, Tap, TAP ¡TAP! y volvía a repetirse otra vez: Tap, tap, tap, Tap, TAP ¡TAP! y otra y otra vez. Por un momento cesó el martillar y sólo quedo el silbido del viento suave que temblaba entre las hojas de los paltos. Antes que comenzara, de nuevo el martillar, oyó nítido, aunque muy lejos, en algún lugar indefinible, el canto de un gallo: Coc co co coooc que se repitió hasta tres veces. Otra vez oyó el trabajo del martillo y pensó que de nuevo era niño, a la hora feliz de la siesta, a las cuatro de la tarde. Recostado, miró por la ventana y vio la luz reverberante del sol de verano, sobre las verdes copas de los paltos que siempre a esa hora se le imaginaban de metal. Entonces le extrañó que aquí no hubiera una ventana mientras todo se iba difuminando y volviendo negro.


Kepa Uriberri







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