lunes, 22 de febrero de 2010

Fracaso (Del Escritor)


"Este sentimiento de fracaso inminente y persistente es tan fuerte que va opacando, continuamente, cualquier efímero éxito, que siempre termina por ser casual, inmerecido y escaso, hasta que llega el momento en que el escritor, o tal vez el artista cualquiera, es incapaz de resistir el peso de la frustración y la pérdida y abandona definitivamente el intento."

Fracaso

Kepa Uriberri, (Escritor Invitado) desde Chile nos obsequia esta reflexión en torno al escritor.

Sándor MáraiTantas veces sucede que un pensamiento absurdo ronda la mente y angustia. Se lo rechaza con la razón y sin embargo, por torpe que la idea parezca, la sensación de realidad prevalece, quizás a través del sentimiento, de una emoción vaga, y se va imponiendo sobre la lógica que la refuta. Finalmente se acoge la idea de manera secreta, reprimida, inconfesada, a lo mejor por temor al ridículo si se la llega a compartir. El conjunto de estas ideas van estructurando un pensar mágico íntimo que a veces marca el carácter y la ruta que se sigue por la vida.

Con sorpresa, muy de vez en cuando, de modo tan casual como puede llegar a verse morir a un pájaro, sin razón ninguna, en pleno vuelo, y caer a su perdición, se encuentra a alguien, posiblemente más audaz que uno mismo, que expresa de manera pública y abierta algún pensamiento que uno atesoraba, temeroso de caer con él en el ridículo, y entonces recién se descubre que ese sentimiento íntimo no sólo se comparte con aquel que lo ha reconocido con valentía, sino con muchos otros que también lo reprimían. Se descubre, ahora, en esa idea, un pensamiento universal siempre callado. Así me sucedió hace pocos días, escuchando al poeta Raúl Zurita, tan parecido a mis hermanos G. y J., pero sin embargo de pensamiento y estilo tan diferentes a los míos. Tan diferentes que fue mayor mi sorpresa cuando dijo algo tan cierto en mi intimidad y tan absurdo en la realidad, tan privado, que jamás lo habría expresado casi como un axioma, así como él lo hizo y que nunca habría sospechado, justo de este poeta, que pensara y sintiera como yo mismo. Fue algo parecido a esto, cuya precisión soy incapaz de recordar, y tampoco tiene mucho sentido hacerlo, de manera que lo cito como una paráfrasis: "Cuando el poema que terminas de escribir hoy, a las cuatro de la tarde, así con tal precisión y singularidad, resulta, a tu propio juicio tan malo, es tan malo que contamina de inmediato toda tu obra pasada y la hace pésima. Más aún: es, ya, tan poderosamente malo que daña toda tu posible obra futura y te deja inmóvil. Nunca más podrás volver a escribir un poema, ni una estrofa, o un simple verso. Quizás nunca vuelvas a decir una palabra poética". No recuerdo si lo dijo en esa ocasión, o si sólo lo proyecté yo mismo en mi propio interior, o si no lo dijo explícitamente pero quedó claro de su discurso consecuente: La actividad del escritor, o quizás si la de todo artista, está sin duda alguna, sin excepción y dramáticamente, marcada por el fracaso. Tarde o temprano el escritor fracasa y en ese fracaso queda comprometida toda su obra, de manera irrecuperable. No sólo aquella que ya ha sido dada a luz, sino también aquella que está aún en la tiniebla del incierto futuro.
Virginia Wolf Este sentimiento de fracaso inminente y persistente es tan fuerte que va opacando, continuamente, cualquier efímero éxito, que siempre termina por ser casual, inmerecido y escaso, hasta que llega el momento en que el escritor, o tal vez el artista cualquiera, es incapaz de resistir el peso de la frustración y la pérdida y abandona definitivamente el intento. Unos no vuelven a escribir jamás; como Rimbaud, otros abandonan la vida como Sándor Márai, Virginia Wolf, o Ernest Hemingway. Algunos más se niegan a mostrar su obra y sólo la producen como una especie de detrito necesario a la economía del ánima, como Franz Kafka. Estos últimos a veces son traicionados por sus amigos. Sólo a veces: bendita traición.
No sabría asegurarlo, pero es posible, aunque más difícil de expresar que lo anterior, a lo mejor por parecer pecado de soberbia, o cuando menos escasez de humildad; es posible que en todo escritor, y desde luego en cualquier artista, pueda darse el caso inverso, y antisimétrico. Quizás sea necesario, para navegar en el fracaso persistente, como el océano cuyas tempestades se debe evitar, que el escritor ame en demasía su obra, su hacer, su estilo, como una manera de alejar la frustración. Con la misma honestidad que se reconoce que se vive rodeado del fracaso y que este es casi la única suerte segura, aun cuando parezca pesimista e irreal, habrá que reconocer que cuando se encuentra, revisando, o corrigiendo, o sólo buscando, ese párrafo singular, escrito cualquier día a las cuatro de la tarde, que se acerca, casi, a una mínima epifanía literaria, se siente un absurdo gozo, que se parece tanto al triunfo, que permite tolerar, muchas veces el rechazo, la soledad y la aparente ignorancia que acosa permanente al escritor y al artista.
Robert Walser Es posible que esta traicionera dicotomía haga más doloroso el fracaso y el abandono que acucia cuando a las cuatro de la tarde no se tiene nada que decir, cuando a las cuatro de la tarde no se es capaz de continuar. Cuando ese relato singular que nos molesta al interior del ánima no logra un curso de acción y permanece como una bruma que oscurece el océano en el que se zozobra y por fin, tal vez, salte la pregunta definitiva: ¿Y para qué escribir?. Entonces tal vez uno se retira como Walser o Rubirosa, a escribir ideas incomprensibles en letras mínimas o enormes una y otra vez repetidas o seriadas, o como Hölderlin se encierra en una buhardilla a escribir relatos extravagantes que firma con seudónimos del todo absurdos. O quizás ya lo haya estado haciendo siempre y sólo ahora, al final, me doy cuenta. 

 Kepa Uriberri

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viernes, 12 de febrero de 2010

boletin


BOLETIN
En esta ocasión queremos presentarte dos textos especiales.

1. El origen de las montañas, escrito por Emilio Díaz, un apasionado de la mitología prehispánica, en especial de las culturas Maya y Azteca, así como de leyendas de distintas geografías. Su primera obra: "La Leyenda Maya de K'uh", se encuentra actualmente en sus últimas revisiones para ser publicado muy pronto, orgullosamente, por nuestro sello editorial.

2. Y para este inmediato Día de San Valentín que tal un pequeño fragmento de literatura erótica, alejándonos un poco de los poemas de amor, novelas románticas y palabras grandilocuentes que prometen amor eterno, y entrar de lleno a la expresión misma del amor.


También queremos recordarte que muy pronto saldrá la convocatoria literaria de nuestro proyecto para este 2010: "Lanza a un Escritor", en el que, de resultar seleccionado, publicaremos tu texto en libro digital, en conjunto con otros autores. Si aún no te has enterado, infórmate aquí.


Editorial Atreyo te desea un feliz día.


 


 

EL ORIGEN DE LAS MONTAÑAS (MITOLOGÍA INUIT)




"…se convirtió en el mejor cazador de su tribu, regresaba a su hogar con diez o doce cuerpos de caribúes, una decena de focas y una vez logró cazar a dos enormes osos, pero desde que escuchó el relato de un viejo Anatkok de una tribu vecina su corazón se desvió al camino glaciar del norte."

 

   
EL ORIGEN DE LAS MONTAÑAS (MITOLOGÍA INUIT)
Enviado por: Emilio Díaz.

 
La tormenta terminó. Las nubes grises se perdieron en el horizonte. Se detuvo frente al camino blanco y recordó a sus compañeros, una tormenta similar había caído sobre esas tierras en aquellos lejanos años.
La nieve se abultaba más de lo normal sobre la helada pradera y los adultos se congregaban alrededor de las fogatas para calentarse y charlar, los siete días de confinamiento resultaron aburridos y tediosos. No se hizo esperar la visita de cuatro infantes al hogar de Itigiaq, su compañero de juegos y al que habían calificado como el más astuto, dándole un gran sentido al significado de su nombre, Comadreja.
Los niños corrieron alejándose de su pequeña tribu rumbo a la entrada glaciar del norte, lugar prohibido para cualquier Inuit, pero el juego era romper las reglas y mostrar quién de ellos era el más valiente. La neblina aún cubría los alrededores y el grupo se detuvo frente a la entrada mientras contemplaban las gigantescas paredes de hielo con tonos azules que se levantaban a ambos lados. Un camino apenas visible se abría entre los bloques como la hendidura de un cuchillo hacia lo desconocido y lo peligroso, nadie se atrevía a avanzar más allá de ese punto. Los cinco niños avanzaron, retándose a sí mismos.
El camino angosto y estrecho se amplió mostrando una pequeña explanada poblada de altos pinos que susurraban al ritmo del viento y continuaba perdiéndose entre las paredes estrechándose nuevamente. Uno de los niños gritó con entusiasmo y el resto se reunió a su lado para observar lo que señalaba con sorpresa.
—¡Miren! El Siku es más delgado y permite ver algo en su interior —el niño señaló el bloque de hielo que formaba parte de la pared—, son plantas y el suelo es verde.
—Tienes razón —indicó Itigiaq—, es igual al tiempo de calor, cuando el sol es insoportable, pero no sé…., es extraño y me da mala espina.
Otro niño tomó una piedra y golpeó el hielo para atravesarlo, el resto imitó al primero y después de un breve momento delgadas y brillantes líneas recorrieron su superficie, varios chasquidos anunciaron que cedía ante la presión. Sin pensarlo, Itigiaq retrocedió un par de pasos hacia atrás, había escuchado incontables veces los relatos de su abuelo acerca de los cazadores de niños, y su instinto lo alejó del grupo. Los pedazos cayeron en sus pies, un aire cálido brotó de su interior y los niños sonrieron al percibirlo, pero antes de brincar, correr o esconderse, una criatura de menor tamaño, de piel y pelo blanco saltó por detrás de ellos y tomó a un niño tumbándolo sobre el suelo, arrastrándolo con facilidad hacia el interior del boquete. Los otros tres, terriblemente asustados intentaron correr pero otra criatura más salió de la nieve y alcanzó a otro niño. Itigiaq tomó su pequeño puñal de piedra tallada y se acercó al único niño que aún no había sido atrapado, los otros dos habían sido arrastrados con tal rapidez que desaparecieron sin gritar.
Tomó las manos de su amigo al mismo tiempo que otra criatura blanca sujetó los tobillos del menor, Itigiaq notó la fuerza sobrenatural de esa horrible y diminuta criatura; sus enormes ojos blancos lo miraban con furia y amenazaba al entrometido mostrando sus dientes largos y filosos. De inmediato atacó con su cuchillo y la criatura respondió con varios manotazos para herirlo con sus largas uñas blancas pero el cuchillo tocó la carne blanca y un liquido azul pintó el pelaje y la nieve.
El viento comenzó a soplar con fuerza empujando el resto de neblina, los rayos del sol golpearon el suelo blanco y varios guerreros Inuit observaron a Itigiaq arrastrando sobre la nieve a uno de sus compañeros.
Después de que el Anatkok de la tribu revisó su estado físico se refugió en el interior de su bóveda de hielo, y cubierto por un abrigo de oso bebió con calma un caldo de grasa de foca mientras su abuelo lo interrogaba.
—Al herirlo soltó a Mauja y lo arrastré fuera del camino glaciar. Eran muchos, salían de la nieve e intentaron alcanzarnos pero creo que nos alejamos de sus nidos, se detuvieron y se perdieron en la blancura del paisaje.
—Te he advertido de ese camino y no fue por asustarte, he escuchado historias de los Ishigaq y sabemos que habitan en ese pasaje.
—¿Ishigaq? ¿El que se esconde? Ahora recuerdo esa historia.
—Son pequeños de tamaño y se esconden en la nieve, aprovechan las nevadas para salir de cacería y su platillo favorito son los niños, rara vez atacan a un adulto —el anciano observó con ternura a su nieto—. Al menos has puesto atención a mis historias y eso te ha salvado el pellejo, recuerda que nosotros somos más sabios e inteligentes que cualquier otra criatura.
A pesar de las heridas profundas en ambos tobillos Mauja logró sobrevivir y pronto se recuperó.
En pocos días la tribu abandonó ese lugar para alcanzar al gran rebaño de caribúes que migraba hacia el sur y con ello se apagó la horrible tragedia.
Antes de partir, algo llamó la atención de Itigiaq en la entrada del camino glaciar, la silueta difuminada de un lobo se dibujó entre la neblina y esa imagen la mantuvo en su mente durante mucho tiempo.
Ahora, en edad adulta, se convirtió en el mejor cazador de su tribu, regresaba a su hogar con diez o doce cuerpos de caribúes, una decena de focas y una vez logró cazar a dos enormes osos, pero desde que escuchó el relato de un viejo Anatkok de una tribu vecina su corazón se desvió al camino glaciar del norte. El viejo le había relatado que un cazador Inuit que perseguía a una manada de diez caribúes cerca de ese lugar se encontró con Amaguq, el poderoso espíritu lobo, indicándole que cerca de ahí las manadas de diferentes animales se agrupaban ofreciendo un gran oasis para cualquier tribu, y así fue, poseía las mejores pieles y carnes de una amplia región hasta que el cazador decidió regresar por más pero jamás se le volvió a ver, no se supo nada de él, ni del lugar exacto de dónde obtenía tan buenas presas.
Al convertirse en el cazador principal Itigiaq decidió que era tiempo de establecerse cerca del camino glaciar del norte, creía que la imagen del lobo era una señal de Amaguq, así que la tribu obedeció y en poco tiempo se asentaron en las abandonadas casas de Siku temiendo por la vida de sus niños, pues recordaron el trágico evento con los Ishigaq.
Tomó dos largas lanzas, un carcaj de flechas con su arco y su antiguo cuchillo de piedra, se cubrió con su piel de oso y los hombres se reunieron a su alrededor
—¿Estás seguro de encontrar alguna señal de Amaguq en el camino glaciar? —preguntó el más anciano—, es peligroso y no podemos esperarte por más de dos días, la manada de caribúes es pequeña y pronto partirá hacia el sur.
—No me esperen, en cuanto la manada avance ustedes la seguirán —sujetó con fuerza una de las lanzas—; yo los alcanzaré.
Los hombres despidieron al cazador con una inclinación de sus cabezas e Itigiaq entró en el camino estrecho. Mientras avanzaba su piel se erizó, ese lugar le provocaba escalofríos y más al recordar a esos horribles Ishigaq.
En poco tiempo llegó a la explanada y se detuvo al observar el preciso lugar del ataque, pero ahora no había bloques delgados sobre las paredes que mostraban en su interior un paisaje verde; nada, todo el lugar seguía intacto y el color blanco lo cubría por completo. De pronto observó un movimiento cerca del camino que continuaba por delante de él, entre los troncos gruesos de los pinos, tomó su arco y preparó una flecha, avanzó con cautela y observó a un hermoso y gallardo caribú, en todas sus cacerías jamás había visto a semejante animal.
El caribú corrió perdiéndose de su vista e Itigiaq lo siguió adentrándose en las tierras extrañas, las paredes de hielo se elevaban cada vez más y el pasaje se oscureció por la falta de luz pero el cazador no disminuyó su paso, continuó por mucho tiempo hasta que el camino se abrió terminando en un magnifico bosque.
Una capa densa de pinos se extendía por varios kilómetros, al final, sobre el horizonte, un gran lago de aguas claras se mezclaba con el azul del cielo, y entre ellos, una discreta extensión de hierba abrigaba a una manada de cientos de caribúes. Extasiado ante el paisaje caminó entre los pinos y helechos pero unos dulces cantos lo sorprendieron, duendes mucho más pequeños que los Ishigaq, de piel verde y prendas azules cantaban y jugaban sobre las hojas de las pequeñas plantas. Temeroso de cualquier extraña criatura preparó su lanza y su cuchillo pero ellos lo ignoraban como si siempre hubiera sido parte de ese bosque.
Oculto entre los troncos observó la manada que pastaba con tranquilidad en la amplia extensión verde, agudizó su oído y el canto se prolongaba en todo el bosque. A su lado, un par de duendecillos jugueteaba empujándose uno a otro.
—¡Bienvenido a nuestras tierras!
Brincó al escuchar esas palabras, giró detrás de él y no había nadie, enfocó su mirada a esos diminutos duendes y estos sonreían.
—¿Cómo es posible que sea el primer Inuit que visite este bosque? —preguntó en voz alta.
—No eres ni el primero ni el último. —mencionó uno de los duendecillos.
—Observa bien humano —contestó el otro—, todos tenemos alimento en abundancia, las ballenas, las focas, los caribúes, nosotros, ustedes y los Tuniq. —y sin más que decir continuaron jugueteando y cantando.
Deseaba preguntar por el último nombre que habían mencionado pero el movimiento brusco de la manada llamó su atención, los caribúes corrieron adentrándose entre el bosque y el canto se detuvo de golpe, el par de duendecillos se pusieron de pie y de un rápido movimiento se escondieron entre unas pequeñas rocas.
Caminó con cuidado y se agazapó entre la maleza, avanzó unos pasos y se acercó a una gran roca. Cientos de esqueletos humanos yacían a su lado, pedazos de huesos y cráneos permanecían a lo largo de la hierba, varios abrigos de piel de oso, flechas, lanzas y cuchillos cubrían parte de esos cadáveres. El suelo se cimbró bajo sus pies y preparó su arco para defenderse, el miedo se apoderó de su cuerpo y no se movió.
Un gigante salió de entre los pinos empujándolos hacia los lados como si no significaran nada para él, caminó sobre la hierba y se detuvo mientras levantaba su cabeza para aspirar el aire que acariciaba su rostro.
Una piel negra y lisa cubría su cintura hasta sus rodillas, probablemente pertenecía a una ballena, pensó el cazador; un vello delgado y oscuro brotaba de su piel protegiendo la parte superior de su cuerpo y dos grandes cuernos se levantaban sobre su cabeza; su quijada prominente mostraba dientes amarillos que no alcanzaban a esconderse entre sus labios.
Olfateó una vez más y observó la roca en donde Itigiaq permanecía escondido. Sin dudarlo, el cazador retrocedió y un olor putrefacto golpeó su espalda acompañado por un gruñido, otro gigante se encontraba a sus espaldas. Estiró su enorme brazo para sujetarlo pero el cazador levantó su lanza, el dolor lo obligó a retroceder y entonces el hombre corrió hacia la llanura para intentar alcanzar los gruesos pinos y ocultarse entre ellos.
El primer gigante que él había visto le bloqueó el camino y el segundo se detuvo a un lado, Itigiaq recordó las palabras de su abuelo, nosotros somos más sabios e inteligentes que cualquier otra criatura.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó con temor en su voz.
—Tengo hambre, te comeré. —contestaron los dos gigantes al mismo tiempo.
—¿Quiénes son?
—Soy un Tuniq y tengo hambre. —contestaron de nueva cuenta al mismo tiempo y entonces el cazador comprendió las palabras del duendecillo, él también era parte del alimento.
—Pero solo soy un cazador y mi carne no será suficiente para alimentar a dos Tuniq ¿Cuál de los dos me comerá?
Los dos gigantes permanecieron en silencio y se observaron con recelo entre ellos. De pronto, ambos se sujetaron con fuerza y se golpearon con sus enormes brazos, en cada golpe los pinos y el suelo temblaban ante su fuerza e Itigiaq intentó alcanzar los troncos pero le fue imposible, las vibraciones de la pelea evitaba que avanzara para protegerse.
Uno de los gigantes levantó al otro y lo arrojó hacia el suelo, fue tal el impacto que la tierra se desprendió y el cazador se tumbó sobre la hierba.
Ambos gigantes se arrojaban, golpeaban, mordían y se levantaban para continuar peleando, y en cada golpe la tierra con pinos, hierba y rocas se hundía unas veces y en otras se levantaba.
El sol se ocultó, la luna avanzó en el firmamento y el suelo no cesó de moverse. Antes de que el sol despuntara nuevamente, ambos gigantes ya extenuados de semejante batalla se golpearon con sus últimas fuerzas. Los dos permanecieron recostados sobre la hierba, incapaces de levantarse; Itigiaq aprovechó el momento y disparó una flecha en el corazón de un gigante acabando con su vida; tomó otra flecha y la clavó en el segundo Tuniq y ambos sucumbieron ante la inteligencia y sagacidad del cazador Inuit.
Cuando el sol iluminó el verde bosque Itigiaq observó los estragos de la contienda entre los gigantes, con cada golpe la tierra se estremeció y cambió de forma, ahora un valle surcaba al viejo bosque y suaves colinas conducían hacia el gran lago.
Volvió a escuchar los cantos de los duendecillos y la manada regresó al claro, señal de tranquilidad en ese hermoso lugar.
Tomó la vida de dos bellos caribúes como prueba de la visita a ese bosque y memorizó el paisaje para relatar su historia, aunque no deseaba que nadie más encontrara ese lugar por temor a que el cazador se convirtiera en la presa.
Contaría la historia de la formación de las montañas y de los valles gracias a la batalla de dos Tuniqs por un pedazo de carne, él.

 
Emilio Arturo Cabrera Díaz, es un apasionado por las culturas prehispánicas y leyendas de distintas geografías. Actualmente se encuentra en las últimas revisiones de su primera obra: "La Leyenda Maya de K'uh" que será publicada bajo el sello de Editorial Atreyo.


 
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Para este día de San Valentín.


Para este día de San Valentín.
Cortesía Libros en Red.

Ni poemas de amor, ni atrapantes novelas románticas, ni palabras grandilocuentes que prometen pasión eterna. Qué tal si esta vez nos ocupamos del Día de San Valentín (o de los Enamorados) con un fragmento de literatura erótica.

Curiosamente, la obra de la que se extrajo un fragmento para compartir no es en sí misma erótica. Pero incluye un episodio, que no dura más que una serie de párrafos, en donde se desentiende por completo de la trama general para detenerse, con soberana morosidad, en el encuentro carnal entre el protagonista y su amante. Y esa pausa en el argumento, esa inmersión en el placer creada con palabras, es la mejor muestra de literatura erótica que encontramos para esta ocasión. El fragmento en cuestión aparece en el capítulo VI de Nadie nada nunca, novela del escritor argentino (1937-2005) Juan José Saer.

Como suele hacer en sus obras, Saer toma estados y situaciones corrientes y las devuelve expandidas, dilatadas, ampliadas a nuestra conciencia de lectores. Examina exhaustivamente los pliegues y las secuencias de la realidad que nos suele pasar desapercibida para volvernos más conscientes de nuestra experiencia vital y para revelarnos la espesura del presente.

Aquí el fragmento:

Va entrando, despacio, como en un pantano, en la mujer de bronce, que lo recibe con un silencio reconcentrado, los ojos cerrados, la boca entreabierta, el labio superior encogido dejando ver cuatro dientes opacos, la cavidad de la boca envuelta en una penumbra rojiza. Su boca se pega a los labios entreabiertos. Las manos, que buscan primero las tetas espesas, blandas, se deslizan a los costados y se reúnen en la espalda sudorosa, se tocan un momento y bajan hasta las nalgas, apoderándose de ellas; las manos oprimen y apelotonan la carne blanda, incitando al cuerpo de la mujer a arquearse de modo tal que ya no se apoya sobre la cama –aparte de la cabeza que reposa sobre la almohada aplastada por el beso inmóvil– más que por los omóplatos y por la planta de los pies: el resto está en el aire, en tensión, sosteniendo el cuerpo del Gato que, como en un pantano, ha entrado en ella.

El ritmo se ha hecho ahora regular: la parte superior de los cuerpos, de la cintura para arriba, está inmóvil, la cara del Gato aplastada contra el hombro izquierdo de Elisa, la de Elisa emergiendo por sobre el hombro izquierdo del Gato, los ojos cerrados, la piel a la que el sudor da un lustre uniforme, los pechos y los vientres aplastados unos contra otros, la cama acompañando con un crujido rítmico el movimiento regular que los cuerpos ejecutan de la cintura para abajo: el del Gato de arriba abajo y de abajo arriba, entrando y saliendo, entrando y saliendo, la mujer un movimiento circular de su abdomen que acompaña y complementa el movimiento del Gato, cuyas nalgas se hunden y sobresalen, dándole la complejidad de un sistema de poleas y de pistolas combinados donde un ligero desnivel de recurrencia no sólo no desentona sino que contribuye a aportar cierta complejidad armónica al conjunto.

Los quejidos de la mujer, cuya frecuencia se prolonga y cuya intensidad va en aumento, resuenan sobre el fondo monótono de los jadeos del Gato hasta que, de golpe, el movimiento circular de vientre de la mujer y el movimiento vertical de vaivén de las nalgas del Gato, durante unos segundos, se detienen, antes del coletazo final, un violento sacudimiento de caderas que se repite tres, cuatro, cinco veces, acompañado de una serie de gritos, de lamentos, de obscenidades, de suspiros, de exclamaciones que llenan el aire lívido de la pieza.

De rodillas, el Gato hunde el mentón entre las piernas separadas de Elisa, entre los pelos negros del pubis. Elisa, parada a un costado de la cama, tiene el cuerpo rígido e inclinado un poco hacia atrás, de modo que es su vientre lo que sobresale, en tanto que la espalda de bronce está como oblicua respecto de su cintura. Sus hombros se sacuden tal vez porque sus manos acarician la cabeza del Gato, hundida entre sus muslos y, por la posición de su cuerpo, sus brazos se estiran al máximo para poder tocar el cabello rubio.

Sobre la cama, Elisa, en cuatro patas, la cara casi tocando la pared, las manos apoyadas sobre la almohada, espera, sin impaciencia, que el Gato, que avanza hacia ella, de rodillas, desde la otra punta de la cama, comience a separar, con manos sudorosas, sus nalgas que presentan en la parte inferior una franja blancuzca horizontal, único contraste en su cuerpo de bronce. Cuando, después de una búsqueda trabajosa, el Gato entra por fin en ella, Elisa emite un quejido ronco, profundo, prolongado, y va dejándose caer, boca abajo, despacio, hasta quedar extendida sobre la cama, con el Gato adherido a ella como una limadura de hierro a la superficie de un imán. 


 
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martes, 2 de febrero de 2010

Proyecto 2010

http://editorialatreyo.yolasite.com                                     http://elblogdeatreyo.blogspot.com


  • LANZA A UN ESCRITOR. Proyecto de Editorial Atreyo y El Blog de Atreyo en el que se pretende promover la participación en el ejercicio de la escritura en este 2010.
Entérate cómo puedes participar y ganar en este enlace.
Textos interesantes:

  • "Ian Macabro" apodo que se le atribuye al Caballero de la Orden del Imperio Británico, Ian McEwan, por sus horrendas historias. Leer más...

  • "El Sueño del Celta" próxima novela del escritor peruano Mario Vargas LLosa. Entérate de qué se trata...

  • La sangre le produce pánico y es incapaz de ver un cadáver; aun así la escritora Teresa Solana se lanza a la yugular del género del cuento negro narrando historias con mucha sangre. Seguir leyendo...

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lunes, 1 de febrero de 2010

“Ian Macabro”


En la vida se atraviesan momentos distintos que cambian y se pasa por "amores, por tristezas, desengaños, decepciones, por diferentes estados del ser humano. No se puede escribir una novela manteniendo permanentemente el amor, porque no está en la naturaleza del ser humano estar en un estado de éxtasis".

 


"Ian Macabro"
Enviado por: Rosalinda Prado.

Ian McEwan, escritor británico, lanzará para marzo su próxima novela "Solar" en la que hace una "comedia sobre la naturaleza humana" teniendo como telón de fondo el polémico tema del cambio climático.

Su personaje principal –adelanta- es un sesentón que ha ganado el premio Nobel de Física en la década de los 80, egoísta, mentiroso y adicto a la comida chatarra que le hace engordar al final treinta kilos, el cual cree poseer el secreto para salvar al mundo sobre los posibles desastres que atraerá el cambio climático.

Considera que no se puede escribir una novela en la que sólo se hable de felicidad y el amor perdure todo el tiempo. "Se puede describir la felicidad como un momento dentro de un poema, pues la poesía es muy buena para definir un sentimiento efímero, pero la novela captura tiempos más extendidos", dijo a Efe.

Explicó que en la vida se atraviesan momentos distintos que cambian y se pasa por "amores, por tristezas, desengaños, decepciones, por diferentes estados del ser humano. No se puede escribir una novela manteniendo permanentemente el amor, porque no está en la naturaleza del ser humano estar en un estado de éxtasis".

McEwan es destacado con el título de Caballero de la Orden del Imperio Británico y conocido por las historias desgarradoras que viven sus personajes. Por tal motivo, sus protagonistas "no pueden ser felices en la página 1 y también en la 200 y en la 400".

"Las novelas siempre tienen que lidiar con los cambios", dijo. De aquí que los novelistas han de interiorizar las alteraciones que suceden en los rincones más oscuros del alma, como son: "las incomprensiones, la violencia, las ilusiones".

El Caballero de la Orden del Imperio Británico se ha convertido en un experto para describir los perfiles de pervertidos, psicópatas y agresores, ganándose el apodo de "Ian Macabro" suscrito por el director de cine Andrew Birkin.

Es autor de las novelas "Expiación, "El Inocente", "Amor perdurable", "Expiación" y "Placer del viajero", en las que implanta su propio concepto dinámico de la vida.

Se ha allegado lectores enfurecidos por siempre escribir sobre personajes a los que les suceden cosas horribles. De hecho, un oficial de aduana británica le dijo: "Seguimos sin quererle por aquí, pero todo esto está atrayendo mucha publicidad desfavorable".

Nace en Aldershot el 21 de junio de 1948. Amor perdurable, es por muchos considerada su obra maestra, mientras que por Amsterdam se le concedió el Booker Prize, premio literario más prestigioso del mundo de habla inglesa.


 
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El Sueño del Celta


"Normalmente la escribo como queda, lo que pasa es que yo rehago mucho, hago distintas versiones y en esas versiones voy ajustando, recortando, añadiendo a veces, pero generalmente la estructura aparece como en la primera versión"


 

El Sueño del Celta.
Enviado por: Ismael Acosta

El escritor peruano Mario Vargas Llosa confiesa estar haciendo las últimas revisiones de su próxima novela: "El sueño del celta", ambientada a finales del siglo XIX y principios del XX en el Congo, la Amazonia, Irlanda y Alemania.

Antes las cámaras de RCN televisión nos revela su particular sistema de escritura donde sus manuscritos atraviesan por varios filtros de edición: las escribe en el ordenador, hace anotaciones en tinta azul, luego en rojo y por fin las publica.

"Normalmente la escribo como queda, lo que pasa es que yo rehago mucho, hago distintas versiones y en esas versiones voy ajustando, recortando, añadiendo a veces, pero generalmente la estructura aparece como en la primera versión", detalló.

"El sueño del celta" está inspirado en un personaje que descubrió en una biografía del escritor Joseph Conrad, un diplomático que trató de combatir la brutalidad de los colonizadores en países productores de caucho. Fue un nacionalista irlandés que trabajó mucho con los independentistas, fue juzgado y hasta ejecutado durante la Primera Guerra Mundial. Irlanda, en aquélla época, formaba parte de Gran Bretaña.

El autor de "La ciudad y los perros" y "La fiesta del chivo", reconoció que para escribir "El sueño del celta" tuvo que hacerse de muchos elementos de ficción, de imaginación sobre una época que desconocía y que le pareció fascinante al irlo descubriendo a través de investigaciones, de viajes, entrevistas y lecturas.

Su última novela, "Sables y utopías", reúne ensayos y artículos sobre Latinoamérica, en los que se observa su evolución ideológica.

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