jueves, 9 de febrero de 2012

La pájara cucu



“Aún sin conformarse del todo, en medio de ese fluido invasivo  que no le permitía pensar o imaginar y que llenaba su intelecto, comenzó a aparecer el concepto.”


La pájara cuco
Kepa Uriberri



Tereshita había escuchado con atención el relato gañido en voz bajita por Yac y había visto cada escena, cada situación en su imaginación: Los cafés que miraban al Sena, con sus sillas de gruesas rayas negras y blancas, los escritores hacinados en racimos, en húmedas buhardillas, hablando en diferentes idiomas en una Babel decadente pero maravillosa, o apoyados en un árbol seco, mirando la desolación de la gran llanura yerma, con la Torre Eiffel al fondo, intensamente iluminada, o Yac haciendo el amor a las puertas de la cárcel con una reina, arrebatada por un matón que la arrastraba al cadalso por una larga avenida de su mismo nombre, entre el griterío de la gente. Yac, no obstante, no era este Yac, este duende, este gnomo, sino aquel de levita y culottes franceses que había construido antes; aunque claramente era el mismo y todo esto quedaba escrito en una pequeña libretita que de pronto, un bohemio vestido con una camiseta un pañuelo rojo al cuello y una boina, arrojaba al Sena por encima de unos gordos que sentados a su orilla lanzaban el sedal de sus cañas de pescar, apretando los labios contra los dientes como si siempre estuvieran maldiciendo: "¡Merde d'un chien!", junto a una cesta con pan y dos buenas botellas de tinto de Burdeos.
― ¿Y entonces cómo es que te llamas Yac Legromand? ― El albañil se rió echando atrás la cabeza, mientras Yac pareció avergonzarse. Aquél dijo:
― Eso está escrito en las obras completas de Rubirosa ―. Si Yac no hubiera tenido tanto pelo en la rostro y tan poca figura en la cara, Tereshita habría percibido que se sonrojaba.
― Camille era una mujer brava, como si hubiera sido una ñññggg... hubier... eer... era sido una francesa legítima, pe... pero quizás era gitana. En aquel tiempo «cabalgué en potra de nácar, sin bridas y sin estribos», hasta que su antiguo amante murió. Ese día me dijo "Ya no Jacques. ¡Nunca podrás hacerme feliz como con él lo fui! Es inútil y tú eres un inútil". Yo protesté: "¡Me llamo Honoré!" dije, "Y bien que lo sabes". "Todos los franceses inútiles se llaman Jacques y tú eres un francés" me contestó, simplemente, y me echó a dormir a la pieza de servicio. A la misma pieza a la que había mandado a su amante con su querida, cuando llegamos de París y ella tomó posesión de la casa. Ggggñññ... De... Desde des... desde entonces me ll... llaaa... me llamo Yac, por Jacques, ¿tu sais? Entonces quise demostrar que no; que no era gññ... un gññññg... inútil y comencé a escribir estos cuentos ― golpeó con el dedo medio sus fajitos de papeles ―. Calculé que si vendía cada uno a trescientos y llegaba a vender mil al mes... ñññ... se... serían trescientos mil mensuales que ga... que gaaanaría y ya no sería... se... eeee... sería un inútil y Camille me llevaría a su cama de mujer gitana, otra vez.
Tereshita lo quedó mirando con infinita ternura, como se mira al niño que regala la más querida de sus piedras del jardín. Así lo vio en ese momento, como si ella y el albañil fueran dos seres enormes, sentados a la mesa del té con su niño pequeño, peludo, anciano y pequeño. En el interior de su imaginario íntimo lo tradujo como un duendecillo peludo y niño, de manera que sintió deseos de abrazarlo y acariciarlo como se acaricia a un niño. El duendecillo dejó escapar una risita, como si percibiera que revelar su intimidad fuera ridículo; no obstante, continuó:
― Cuando se las llevé a Camille; mis historias, me refiero; las miró con desdén y dijo "déjame ver les gromand de Yac" y las miró muy superficialmente. "Son pésimas" dijo y las tiró a un lado y riendo me dijo: "Yac Legromand". Ella no era capaz de pronunciar la ññññg... la gggñññ... la erre francesa y decía "egre", pero yo nunca le dije que era inútil. Así fue que me llamé desde entonces Yac Legromand ―. Después gañó algo más que nadie entendió y se quedó mirando sus fajos de cuentos, mientras con el dedo cordial escribía algo sobre ellos.
Entraron riendo al café. Quizás ella reía de algo que él había dicho, o que había mal entendido de lo que ella, con su voz de silencio, había dicho. Ella se asía del brazo de él y en el impulso de su risa silenciosa, lo jalaba hacia abajo. Quizás él sólo se reía de la situación tan absurda: Carmen decía algo que él no entendía, pero intentaba interpretar y daba alguna respuesta que no se condecía con la pregunta; o tal vez no había habido pregunta alguna. Carmen, entonces, reía de aquel absurdo y Rrrrabanito reía de la situación irreal que estaba viviendo con esta mujer que quizás, por eso mismo, le resultaba encantadora. No sólo la creía encantadora, sino que sentía en su interior profundo que era estimulante, lo que se traducía en escenas, al fondo de su íntimo pensamiento, de enorme gozo en un ambiente que no podía conceptuar sino como pastoral. Se veía a sí mismo como Baco, ebrio y jubiloso y eso lo hacía reír sin necesidad de entender nada más que su propio ánimo. En algún momento llegó a pensar que, quizás, en el hilo conductor del amor, esta era la manera en que uno se enamoraba y veía a Carmen como su Ariadna, a la que él coronaba de luces y estrellas nacidas del ridículo malentendido festivo de sus conversaciones. Entonces llegaron a la mesa del café, donde Yac terminaba el relato de su historia. El albañil elevó las manos hacia ellos y en tono solemne dijo:
― ¡Ya todo lo que estaba escrito ha sido cumplido!
La Carmen y el anciano estaban detrás de Tereshita de modo que esta, frente al albañil, no podía verlos. Primero pensó que hablaba de Yac. Imaginó que el viejecillo habría escrito esta, su propia historia, en algún cuento y que por tanto, de acuerdo al precepto que él mismo predicaba, construía la historia que lentamente debía imponerse como el relato de la verdad. En su imagen interna capturó al viejecillo sentado ahí, a su lado, pero muy pequeño, de manera que como un viejo niño, con los pies colgando, estaba sentado en el pupitre del colegio y no en la mesa del café. Escribía sobre su cuaderno una composición sobre sí mismo, condenado a decir la verdad, quizás como un modo de castigo y tal vez por eso, lo que escribía con su dedo cordial no podía ser leído por nadie, pues aún no había ocurrido. Entonces pensó que si era un castigo, el profesor, encarnado en el albañil, no podía estar señalando hacia lo alto al mencionar una historia que merecía reprobación. Reflexionó, casi sin percibir en que lo hacía, que el albañil señalaba a lo alto por sobre su propia cabeza, en un gesto del todo ceremonial y en su imagen interna apareció, tal como aquí en la mesa del café, el viejecillo como un monaguillo que ayudaba al celebrante con su misma liturgia, y por eso escribía con el dedo las verdades insólitas y permanentes que sus cuentos contaban, tanto que su calidad sagrada no permitía leerlas a los no iniciados, como ella misma. Pero el albañil, como celebrante de la ceremonia señalaba a la eternísima gracia que descendía de lo alto en forma de pájaro sobre su cabeza infundiéndose en ella. En forma del todo inconsciente, antes de unir el pensamiento a la realidad, hasta calzar sus imágenes, elevó la vista sobre sí, mientras se decía que realmente ahí no podía haber pájaro alguno, aunque prefiguró una paloma aleteando sobre ella en afán de posarse sobre su cabeza. Al hacerlo, casi fuera de su campo de visión, vislumbró la imagen del aleteo del ave y sorprendida de la verdad de lo inesperado se agachó y giró hacia atrás para ver la paloma que caía sobre ella. El pájaro se transformó entonces en la mano de Carmen que se agitaba a modo de saludo hacia el albañil y el peso ceremonial que cayó sobre ella no fue el peso físico de una paloma posándose sobre su cabeza, sino el peso moral de la sorpresa de encontrar al anciano sonriendo jovial, con Carmen colgada de su brazo, confirmando la anticipación del albañil a los sucesos una vez más, al tiempo que le demostraba que Sigfrido había sido embrujado por Rothbart y Odile, su cisne negro, mientras ella, encogida y contorsionada, se veía en su propio imaginario interno, otra vez convertida en Odette muriendo a la orilla de su propia magia.
Carmen saludó alegre y retiró la silla que estaba a la derecha de Kaya. Dijo:
― Ve... mos de ... ción ... versi... ive él. ...ible ...guien tro del metro ―. Mientras hablaba se sentaba junto a la bailarina y suavemente insinuaba al anciano que lo hiciera al otro lado, entre ella y el albañil. Kaya no había logrado entender lo que en voz muy, muy, bajita había dicho Carmen, pero creyó reconstruir el concepto: Venían de la estación de la Universidad donde vive de manera increible, en un local comercial abandonado, el viejo. Ella jamás habría pensado que alguien pudiera vivir dentro de las instalaciones del metro. Esta traducción producía en su imaginario la figura de Rrrrabanito con Carmen en la habitación de aquél. Sobre su espíritu cayó un peso de hielo que copó su pensamiento dejándolo lleno de una especie de fluido amarillo negruzco que lo invadía todo, imposibilitando vislumbrar imagen alguna de lo ahí ocurrido. Sólo había dolor moral. Flotando entre aguas en ese líquido perverso, haciéndolo aún más doloroso, de algún modo apareció, sin configurar una imagen, que de seguro ella reprimía impidiéndole aparecer, el concepto "Juntos". "Estaban juntos en casa de él" dijo para sí misma su pensamiento. Aún sin conformarse del todo, en medio de ese fluido invasivo  que no le permitía pensar o imaginar y que llenaba su intelecto, comenzó a aparecer el concepto: "Separación". Mientras, el anciano se había sentado entre el albañil y "La Carmen". En un primer rayo de razón, que atravesaba en el vacío helado que la había llenado por completo, se dio cuenta que con inmensa ira, de modo alevoso e intencional se había dicho a sí misma, para mencionarla a ella: "La Carmen" como lo hacía quizás por rara costumbre el albañil, pero en su lenguaje ese artículo antes del nombre, lo llenaba de odio y desprecio. "La Carmen nos está separando" dijo para sí. Hasta ese instante, y desde que vio la mano de Carmen figurando vagamente una paloma que descendía sobre su cabeza pero se convertía en aquella mujer, había visto todo sin poder reflexionar, como si sólo fuera una proyección en un telón de cine. Sólo ahora casi vagamente conseguía abrir la comprensión, como si fuera un diafragma que iluminaba la escena, a la vez que ampliaba el campo visual: Frente a ella, el albañil la observaba. Su sonrisa, regularmente enorme, cínica, que descubría con franqueza brutal el amarillo de las manchas de sus dientes, ahora era vaga, reflexiva, como si analizara en profundidad los fenómenos de su espíritu. Por primera vez lo vio, no como el albañil basto e inculto, sino como el escritor, analítico, agudo, penetrante, previsualizador, creador y se sintió poseída intelectualmente por él. A su lado, su monaguillo, aún escribía con el dedo cordial, frases invisibles sobre el respaldo de las hojas de sus pocos cuentos, como si estuviera guiando los hilos de los sucesos. Kaya recordó la sentencia del albañil: "Hay alguien que escribe más allá de mí mismo". "¿Tal vez sea el inútil Yac?" pensó. Al otro lado del albañil el anciano huía de la vista de Treshkaya. En la medida que la luz que había penetrado lentamente en el líquido vacío de su alma le devolvía el pensamiento, ella misma se integraba como parte de la escena que veía y el dolor se disolvía en un creciente desdén, que sin empequeñecer físicamente, hacía ínfima la imagen del viejo en tanto él se esforzaba en evitarla. Dijo dirigiéndose a Carmen, como si escupiera un sarcasmo:
― Así que estabas practicando la lujuria con "Erre Erre" en su sucucho ―. No había querido mencionar la interjección que el viejo usaba para evitar revelar su nombre verdadero y la empleaba como un reemplazo de éste, así entonces, en vez de decir Rrrrabanito, con cierta ira había seccionado la parte que convertía dicha interjección en algo ridículo y, sin pensarlo, lo había convertido en un apodo verdadero y válido. En su pensamiento se repitió con cierto placer: "Erre Erre. ¡Eso es!" y sintió que era una venganza verdadera.
― ¡Jajaja! ― rio Carmen con una risilla leve, aunque el gesto era amplio y alegre, como si le satisficiera haber sido descubierta. ― No ...mos ahí. Lo qui... mi sa; p... no treve volv... final... quí ―. Kaya no habría querido, por orgullo, darse por enterada que no había entendido nada de lo que Carmen había dicho, pero era más fuerte el interés de saber, definitivamente, que Erre Erre la había defraudado. No obstante, por un momento se dijo que nada le podía importar a ella; que los viejos debían quedarse con los viejos y ella jamás debería enamorarse de un hombre que pudo ser su padre. Miró al viejo con desdén y lo vio evasivo, disminuido pero al contrario de lo que buscaba: Ver en él una especie de estropajo arrugado y despreciable, que producto de sólo su magia interior, ella había vestido de príncipe encantado; lo vio desvalido, contrito y se dijo contra su voluntad: "Es lindo". Dijo:
― ¿Cómo?
― No; que ... casa ... culpa... por eso nos... ¿Me ...ndes? Ento... fui...s su pe... mos pa... ca. ¿Te ...s ...nta? ―. Kaya renunció a comprender lo que quería decir. "Al fin de cuentas" pensó, "me queda claro que estuvieron juntos; si no, él no estaría tan afectado: Se siente culpable. Y ella está feliz: ¿Por qué? ¿Me entiendes? ¿Te das cuenta?". En su pensamiento subrayó estas preguntas como si estuviera golpeando con ellas a la Carmen, mostrándole cómo hablar claro. Dijo, mirando al anciano:
― ¿Y tú, Erre Erre, qué tienes que decir?
No la miró, en absoluto. Mantuvo la vista baja, porque sentía culpa. Al menos la sentía de no haberse sentado junto a ella y de haber dejado la iniciativa a Carmen, que, creía que con todo, sin ninguna inocencia, había tomado el sitio junto a Kaya. También sentía vergüenza, pero en lo más íntimo, sin embargo, sentía alegría porque se sentía joven aun cuando sabía que ya no lo era. En aquellos vagos pensamientos que aparecen y se van, como pajaritos en las ramazones de los árboles y en los prados de los parques, se superponían las ideas que en contrapunto le mostraban su amor con Treshkaya, sereno, intellectual, donde el deseo es casi la atracción por la perfección de la lozanía y el revés, aunque raro, de su atracción por Carmen, del todo física, que lo devolvía a las ansias eróticas, al impulso sin control de los veinte años, donde no podía evitar pensar en la potencia del placer y el deseo; ese deseo que iba lentamente amainando con los años hasta casi apagarse y transformarse en un concepto intellectual, donde la belleza, la perfección, la atracción erótica eran casi valores de arte, que escondían un significado del todo superior. Por la otra parte, al pensar en Carmen, recordaba sus olores personales, emanados de su calor íntimo, recordaba la redondez de sus caderas que se cimbraban lentas como las de una yegua en la hierba, al caminar. Cuando la imaginaba, junto a la puerta del tren, sonriendo, o intentando llevarlo escaleras arriba en el andén, también cuando abría la boca y adelantaba la lengua, para llevarse un bocado del sandwich, y siempre; todas sus imágenes eran inmediatas, físicas, atractivas en el movimiento, en la carne y se reflejaban en su propio vientre bajo como un flujo irresistible que volvía, ahora, después de muchos años y, sólo se podía asociar al placer de la carne. Esto lo hacía sentir vergüenza, porque las admoniciones de siempre, siempre le habían dicho que el privilegio lo debía tener lo intellectual, lo moral, sobre lo físico y lo material; pero la razón primaria, esa que no requiere ni de juicio ni de conciencia le decía que no; que no era así, porque si así lo fuera y fuera natural, no se requeriría de la admonición ni de la regla moral ni de esta vergüenza obligada. Dijo:
― Mejor sería no responder.
Carmen rio bajito y dijo algo que Kaya no escuchó y que el anciano oyó pero no entendió. En todo caso, Kaya sintió que la enfurecía esa actitud, pero su entendimiento la hizo contenerse; más aún porque no había disimulo en ella sino su silencio consuetudinario que sólo dejaba pasar algunos fragmentos de sus palabras. También recordó alguna admonición recibida en su adolescencia, que le había enseñado que ella debía sostenerse siempre en un alto pedestal, como una reina y, en tanto más difícil era la instancia, más alto debía ser su pedestal y más enhiesta su figura. Así fue que en su imaginario interior se vio en medio de un páramo solitario, subida a un altar, quizás sagrado, vestida con una larga toga ritual, en una pose estatuaria, con una brazo alzado, sosteniendo en aquella mano la luz de la verdad y la honestidad, que caía sobre la sentencia verdadera y final escrita en un grueso legajo, que sin querer asoció por un instante a los cuentos del viejo Yac, o más precisamente al dibujo que había trazado de Camille, a la que, quizás, se sintió encarnando. A sus pies, contrito, la vista baja, estaba Erre Erre. Le dijo:
― ¡Me parece pésimo! Tal vez sólo seas un inútil.
― Mejor es no responder ― la miró sereno, sosteniendo la mirada. La veía bellísima en su furia, como si estuviera en lo alto de un atrio, más allá de un abismo abierto entre ambos, lleno de los ominosos sonidos de la nada, inalcanzable, lo que de algún modo lo llenaba de añoranzas. Anhelaba poseer esa figura perfecta, furiosa, digna, maravillosa, cuya geometría era del todo suave y grata al tacto, por su tibieza y tersura. Más aun sentía en lo profundo de su pensamiento la paradoja de haber perdido la perfección sublime de esa imagen por el deseo físico, por la atracción carnal, por la resurrección del deseo de la juventud que lo alegraba y lo hacía sentirse extrañamente pleno. ¿Qué elegir entonces? Intentaba comparar el perfecto deseo de su espíritu por aquella mujer que en sí y en todo era como un complemento sin defectos de las imágenes más sublimes de la pareja que pudiera concebir, con el deseo intenso y prosaico, con la juventud devuelta, que esta otra mujer producía en él con su voluptuosidad. Sin embargo, sentía que el deseo carnal que sentía por Carmen, que era casi brutal, compulsivo y ansioso, también lo sentía por la bailarina. Quizás había una diferencia sutil que se hacía enorme y contundente. La compulsión del deseo por Carmen era inmediata, física, imperiosa y egoísta: Quería poseerla. Carmen era el objeto del deseo. De algún modo, en su imaginario profundo, se veía poseyéndola y era como el felino que atrapa a la presa y la hace suya. La defiende porque es propia: La presa se debe a él, pero él no se debe a la presa sino en tanto debe proteger lo propio. En cambio Kaya no era la presa del felino. Sino tal vez la conjunción de dos pájaros que se acoplan en el infinito abismo que ahora los separaba, convirtiéndose en un solo ser que llena de música el intenso silencio del espacio abrumador, convirtiéndolos en un solo ser, entregados uno al otro, sin dominio, plenos de libertad. ¿Y qué elegir entonces? Tal vez si el tiempo fuera instantáneo, finito, acotado, no hubiera espacio para el vuelo en el abismo, entonces habría que tomar la presa de ahora de aquí, del presente: Cumplir un anhelo intenso, el deseo, y morir. El futuro, si no es sólo una ilusión, es otra vida, otra oportunidad, otro anhelo, otro abismo y otro silencio ominoso. ¿Pero existe el tiempo? ¿La vida continua existe? ¿Nos pertenece el pasado o ya está perdido? ¿Hay futuro, igual al pasado, pero desconocido? Si el tiempo es una dimensión real y no ilusoria, entonces habría que elegir el deseo persistente, aquel que construye del deseo un vuelo conjunto, el que une a dos para hacer un solo pájaro en vuelo infinito. ¿Pero existe el tiempo? y si el tiempo existe, pensó: ¿Tengo tiempo, o debo realizar ya, ahora, lo que se me ofrece?. Sacudió entonces la cabeza y dijo, otra vez:
― Por ahora: Es mejor no responder ― y pensó, sin saber por qué, que quizás el albañil podía tener una opinión que ayudara en este dilema y volviéndose a él iba a interrogarlo, pero en ese momento se había vuelto hacia el dispensador del mesón, al que le daba instrucciones, según algún acuerdo previo. Decía:
― Ya todo está cumplido. Haz como se te instruyó ―. El dispensador se acercó entonces con una enorme bandeja y sirvió jugo de frutas a Carmen y a Tereshita. Tomó un pastel helado y el albañil le indicó: ― Dulce y fresco para Tereshita ―y le señaló su lugar, sonriendo. Entonces el mozo encendió un fósforo y lo acercó a un pastel bañado en licor que aún tenía en la bandeja. ― El fuego de la pasión, que arde sin consumirse y sin cantar, para la Carmen ― señaló. Después sirvió chacareros y café a los demás. El albañil alzó ambas manos y dijo:
― Coman, coman. Quizás esta sea la única vez que lo hagamos todos juntos ― y para dar el ejemplo, tomó su sandwich y lo mordió; después tomó un sorbo de su café, invitando así a todos a hacer lo mismo: Así lo hicieron. ― La tertulia sólo se hace sagrada cuando se comparte la comida ― concluyó. Todos hablaron al unísono, aprobando. El viejecito de los cuentos comió con avidez, sin hablar con nadie, mientras los otros conversaban entre sí, de modo que terminó el primero. Durante un rato, estuvo capturando las migas de su plato, mojando el dedo cordial en la borra de su café que así le permitía pegar las migajas más pequeñas y llevárselas a la boca, escondida detrás de sus barbas hirsutas. Cuando ya no hubo migas en su plato, metió sus dedos en el del albañil y recogió, de ahí, las migas que mojaba en el jugo de carne y tomate que caían del chacarero de su vecino. El albañil lo vio y lo dejó hacer durante un rato. Cuando todos se hubieron percatado de su maniobra, el albañil le cogió el brazo por la muñeca y mirándolo a los ojos con solemnidad, sin sonrisa alguna, le dijo:
― Recuerda que tienes un compromiso. Anda y haz lo que debes.
Yac abrió mucho los ojos, fijos en el albañil; tanto que quizás por primera vez pudieron ver, todos, el intenso azul que se escondía detrás de las cejas espesas. Su expresión, que todos creyeron de sorpresa, era, más bien, de tristeza y angustia inconmensurables. Después de un momento que, sin motivos, según calcularon los demás; pareció casi eterno, bajó la vista, escondiendo el azul sorprendido y se quedó quieto como si lo hubieran congelado, en absoluto silencio. Todos parecían esperar a ver qué haría Yac y su silencio tomó peso en la mesa, hasta que el albañil le dijo:
― Lo que tienes que hacer, hazlo ya.
El vejete se levantó, con la vista siempre baja, sin mirar a nadie, como si se avergonzara de ser puesto en evidencia y gañó algo que nadie comprendió. Se fue a paso lento. Todavía mucho después, aún no terminaba de disiparse del todo el silencio de la mesa. En la medida que se fue desvaneciendo con la conversación de la Carmen, la bailarina fustigó a Erre Erre, sin mencionar nunca, sin embargo, su relación con Carmen, sino más bien a través de alusiones indirectas e irónicas. Así por ejemplo, con aire de fastidio, le preguntó si conocía al pájaro Cuco. "Es feísimo" respondió él, sin comprender la alusión. Dijo ella:
― ¡Sí! ¡Además! ¿Y sabías que la hembra engaña a otros pájaros y pone sus huevos en los nidos ajenos?
El anciano imaginó la situación. Veía el nido abandonado, veía a la pájara poniendo en aquel nido y volando para no ser sorprendida. Dijo:
― ¿Cómo recupera a su pajarito?
― No lo hace ―contestó Kaya cortante―, no le interesa. Sólo persigue el engaño.
― ¿Acaso engaña a su cuco con otro pájaro?
Kaya hizo un respingo y no contestó. Después de un momento dijo:
― Habría que hablar de lealtad...
Carmen contestó:
― ¿Acas... acus... ltad a al...? ―luego hablo largo y difuso, quizás razonando sobre algún tema o relatando algún suceso. Cada tanto decía: ―¿ntendes tú? ―o bien:― ¿me ...mprendes? ― a ratos sonreía y paseaba la mirada por todos, como si quisiera ver el efecto que su historia o raciocinio causaba en ellos, o también a veces reía, como si lo hiciera a carcajadas, pero en un volumen bajito, y afirmaba: ―¡... y es ...rdad! ¿t... s ...nta? ―y continuaba su relato.
Erre Erre veía en sus pensamientos a la pájara cuco caer aleteando en un nido ajeno y casi sin posarse poner un huevecillo mientras con alegría emitía un canto difuso, diferente del suyo, para no sorprender a los propietarios y luego se alejaba con su canto, tan conocido, que se transformaba en una burla.
Kaya quería gritarle a Rrrrabanito y a Carmen en la cara su frustración, pero en su interior no encontraba una imagen que reflejara su derecho a disponer las cosas según su mejor interés. Sólo veía a Odette muriendo a la orilla del lago, mientras Odile y Rothbart festejaban su triunfo. Oyó que alguien, de manera absurda, cantaba en tono folclórico: "Yo soy como el ave cisne que canta cuando se muere: Ámame mucho, que así amo yo" y pensó que todo aquello era cierto porque así estaba escrito en algún lugar, aun cuando la canción no estaba sonando sino sólo en su mundo interior. Creyó que de alguna rara manera era el reflejo cierto y en contraste de su realidad objetiva. Sintió entonces que había perdido, aunque se objetó que no había competencia alguna sino la que ella misma establecía, pero esto la acongojó todavía más. Entonces se paró y mirándolos alternativamente les gritó, no con ira sino con desprecio: "¡Váyanse a la mierda! y que sean felices". Dio la vuelta y se fue. No había tocado el jugo de frutas y el pastel helado se había derretido sin que hubiera intentado, siquiera, probarlo. El anciano lo notó y pensó que le habría gustado comerse ese pastel. Carmen había concluido su raciocinio y jugaba con su pastel flamboyant que mágicamente seguía ardiendo en pequeñas llamitas azules que ella alimentaba, mojando el tenedor en el licor del fondo del plato que luego dejaba caer a gotas, sobre el pastel. Cuando un trozo se encendía, ella lo tomaba con el tenedor y se lo llevaba a la boca. Al llegar ahí, la lengua encorvada lo tocaba con suavidad, como para saborearlo y con cuidado extremo, para no apagar el fuego azul y lo recibía triunfal. Erre Erre parecía fascinado por esta acción que se contraponía con la pájara cuco que aún revoloteaba en un nido ajeno. De pronto el nido pareció abrirse y florecer. Quedó convertido en su propio dormitorio. Entonces comprendió, aunque de modo vago, la figura de Kaya. Como si una voluntad ajena lo controlara, se levanto y corrió tras Treshkaya que se había ido ya hacía varios minutos. La Carmen miró al albañil sin sorpresa y como si este le hubiera preguntado algo, o le hubiera pedido alguna explicación, hizo un gesto que quizás significaba "No sé" o bien "No tiene importancia", pero el albañil no le prestaba atención alguna; había tomado su lápiz y escribía en el cuaderno, como si temiera retrasarse en reflejar los sucesos que estaban ocurriendo. A ratos levantaba fugazmente la vista y así fue que vio a Erre Erre partir estúpidamente veloz tras Tereshita, que ya quizás, para ese momento habría abordado algún tren.






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lunes, 16 de enero de 2012

Invocaciones y profecías



“Al llegar junto a la puerta, miró a su lado, como si esperara encontrar ahí al viejo. Sorprendida quizás, por su ausencia, lo buscó, con la vista, en el asiento que habían compartido.”


Invocaciones y profecías
 Kepa Uriberri


El horario de alta acababa de terminar, de modo que los trenes de la línea del sur oriente ya no transitaban repletos de pasajeros. El anciano abordó y se sentó distraído junto a una ventana. Sintió el peso de una mirada lanzada desde el otro extremo del vagón. La buscó pero nadie lo observaba. Un hombre de aspecto desaseado dormitaba reclinado sobre el vidrio. Dos mujeres que le daban la espalda conversaban animadamente. Junto a la puerta una mujer, de pie, miraba la oscuridad del túnel. Se quedó viéndola. Pensó que era una mujer de buen porte. "Bien armada. Me gustas" se dijo. Después de un rato, aunque distraído, volvió a sentir el mismo peso. La mujer junto a la puerta ahora lo miraba con atención. Pareció sonreírle muy vagamente. Usaba un vestido de tela liviana, que marcaba sensualmente sus formas. Imaginó que la abrazaba. Percibió, sin el efecto físico, la sensación intelectual de la excitación erótica al pensar en sus pechos de porte justo en contacto con el propio, e imaginar que palpaba todas las formas de su torso. Intentó sugerir un gesto de acercamiento, tan sutil que no resultara insolente, pero suficientemente sugestivo como para poder establecer una secreta complicidad. Ella le devolvió una sonrisa y sus labios dijeron algo, que quizás su voz no proyectó o que el bramido del tren ahogó antes de llegar a destino. La expresión de su rostro, en todo caso, era inocente y tranquila. Quizás lo saludaba. Este pensamiento hizo girar un cúmulo de visiones superpuestas unas a otras, vertiginosas, en su imaginación. De repente la vio desnuda sobre una cama deshecha, con el pelo chorreando sobre el rostro, en actitud de entrega y espera; no obstante, la imagen no era un recuerdo sino un deseo. O bien era el recuerdo de un deseo. Se le añadió la imagen de Treshkaya escapando de él en el Die Deutsche Brot y también una boca que se acercaba, trinchado en un tenedor, un trozo de pan y carne. La boca era roja y sensual, los dientes blancos y perfectos, y al llegar el bocado cerca de los labios, la lengua se asomaba para recibir su sabor esperado. Entonces la reconoció y la saludó, avergonzado, como si todas las imágenes interiores de su mente se hubieran exhibido, en ese momento, públicamente. Se sintió expuesto y estúpido, de manera que su saludo fue casi una disculpa, a la que Carmen respondió con una sonrisa asequible, aunque leve. El viejo se levantó y la invitó a sentarse a su lado, lleno de vergüenza.
Se sentaron, uno junto a la otra, él sin saber que decir, aún enredado en su turbación; ella musitó algo, que el viejo no alcanzó a comprender:
- ... hermoso (¿o quizás buenmozo? ¿o se refería al día y su clima?)... encontrarnos (¿o había dicho: extraños?)... ¿no crees?
El viejo la quedó mirando con una sonrisa estúpida, por un momento. Después, con cierto apremio, sonrió y afirmó con la cabeza. Dijo:
- ¡Ah! Sí. Claro, por supuesto... - Carmen rio bajito, pero expresiva. Posó su mano blanca y larga, de uñas cuidadas en el brazo del viejo. Éste pensó en una paloma blanca que aterrizara en su manga, con un peso leve pero certero y sintió que le agradaba ese contacto. Ella musitó:
- ... perdido... ¿casa? ... siempre creo... ¿no es cierto? - y sus ojos se habían iluminado con la sonrisa alegre, que lo que había dicho, le provocaba.
- ¿Cómo? - dijo el viejo y acercó levemente su cabeza, proyectando la oreja, para oírla mejor. Carmen oprimió un poco más el brazo del viejo y acercó, a su vez, su cara a la de aquél, hasta que su pelo castaño la rozó.
- Que fue tan gradable... junt... dríamos... ¿no te parece?
- ¡Ah! Sí. Por mi no hay problemas. ¡Encantado! - dijo sin saber con certeza qué le había dicho. Sólo pensó que la presión de esa mano tan precisa y blanca, y el roce de ese pelo, del que escapaba un aroma dulce y floral le agradaba hasta hacerlo sentir una liviandad maravillosa. Imaginó que la paloma blanca, posada en su brazo, alzaba el vuelo y lo convertía en el palomo del cortejo. Las palabras de Carmen le sonaron, entonces, como el arrullo de las pajaritas y sólo pensó que ese momento era feliz. De ese modo continuó la conversación, por varias estaciones, se sentía estimulado por la coquetería sutil y vaga de ella, casi silenciosa, de un estilo tal que decía más su expresión que las palabras que apenas se elevaban sobre el silencio, igual que su risa, casi un murmullo cantarín. A ratos, contento, sentía la tentación de abrazarla y acariciarla y decirle: "No te entiendo nada", pero de algún modo creía que hacerlo podía romper un sortilegio que hacía tan grato ese momento.
- Aquí... - musitó - ... bajo (o quizás me bajo o pudo ser bajamos y también pudo haber interrogado ¿bajemos?)... tan agradable... encuentr... - y lo miró a lo ojos, tal vez como si dijera: "¿No te parece?", pero llena de coquetería y se levantó.
El viejo se levantó, también, y espero a un lado del asiento doble, a que ella pasara. Aun cuando no había comprendido con claridad lo que Carmen había dicho, pensaba que se refería a alguna vaga propuesta de juntarse, los mismos cuatro del Die Deutsche Brot, para conocerse mejor, quizás en su casa u otro lugar y ahora comprendía, aunque no con toda certeza, que ella se había despedido y bajaría en esta parada del tren. Carmen pasó a su lado mientras él le posaba, para guiarla, la mano en la cintura que sintió tensa y elástica. Ella se encaminó a la puerta del vagón mientras el anciano juzgaba la cadencia de su caminar. Al llegar junto a la puerta, miró a su lado, como si esperara encontrar ahí al viejo. Sorprendida quizás, por su ausencia, lo buscó, con la vista, en el asiento que habían compartido. El anciano todavía estaba de pie, mirando su figura. Carmen sonrió y le extendió una mano. También lo invitaba con la sonrisa de los ojos y la boca coquetos, musitó algo que él no oyó, pero que quizás decía:
- ¿Qué esperas? ¡Ven; vamos! - en ese momento se oyó el resoplido neumático de las puertas al abrirse, junto con la extinción del estruendo veloz del tren, al detenerse.
- ¿Qué? - preguntó sorprendido.
- ¡... mos! -alcanzó a entender que decía su sonrisa de dientes parejos y muy blancos, mientras su mano pálida, grande, cuidada, se agitaba invitándolo con apremio. Carmen bajó del vagón, siempre apurando al viejo. Cuando los vibradores que anunciaban el cierre de las puertas comenzaron a sonar, el viejo dio dos saltos y salió del tren. En su pensamiento vio su propio gesto, tenso en el rostro, con los ojos muy abiertos y la boca apretada, guiando a su cuerpo grueso, culón y cabezón en un salto más aparatoso que efectivo y se sintió estúpido. Asoció esta imagen a la caída de espaldas en el parque interior Vista Hermosa. Quedó parado en el andén, de espaldas al vagón que ya cerraba sus puertas, a la vez que el tren emprendía bramando, ensordecedor, su nueva carrera. A su lado Carmen reía, encogida, con las manos juntas metidas entre sus rodillas, mientras el pelo le chorreaba sobre el rostro. Después de un momento dijo, bajito:
- ¿... so no ... ba ... nir ... migo? ¿No pe... rse? - el ceño fruncido quería simular un enojo que el brillo alegre de los ojos y la sonrisa desmentían.
- Soy apenas un viejo gordo, chico y cabezón - dijo con cierto agobio. Carmen posó sus manos en los hombros del viejo y acercando la boca a su oído, como si tuviera conciencia que de otro modo no sería escuchada, le dijo:
- No eres ni chico ni cabezón, tal vez un poquito ordo, pero me gusta -. El viejo sintió el aliento tibio que le cosquilleaba en la oreja. Tuvo, por un momento el impulso de preguntar: "¿Qué?", porque no entendió si decía "gordo" o a lo mejor "sordo" y temiendo que hubiera una pillería, prefirió callar. Después de un silencio breve contestó:
- Sobre todo ordo... - y le sonó como "tordo". Recordó el dicho burlesco, entonces; que define el "Mal del tordo: Las patas flacas y el poto gordo" y se arrepintió de haber dicho nada, a la vez que se veía a sí mismo como un pajarote negro, de patas flacas color naranjas, con un enorme culo negro y su propia chaqueta de bolsillos abultados. Agregó, al darse cuenta que podía ser una insinuación malévola:
- Digo sólo estupideces.
Carmen soltó una risa cantarina y tomándolo de la mano emprendió la marcha con él, mientras decía vagamente algo, que se perdía entre sus risas y que se parecía a "canto" o "canta" y quizás había dicho "humor" o "amor". Rrrrabanito se dejó guiar y se perdieron entre la gente.
- No es verdad - contestó Tereshita -. ¿Por qué habrían de estar juntos si apenas se conocen? Además: ¿Por qué habrías de saberlo tú y yo no?
- De modo que sólo existe lo que tú puedes certificar o lo que quieres creer - dijo, siempre sonriendo, el albañil.
- No he dicho tal cosa...
- Ese es el club de París - completó el otro -, tal vez, al fin, cuando llegamos a París, París no existe; sólo está el viejo Yac vendiendo sus cuentos.
Tereshita se quedó pensando. Le pareció que veía un cúmulo de imágenes dispersas y superpuestas: Un viejecito inmaterial, compuesto de alambres y pelos, cuya sustancia era solo ropa gruesa, sin cuerpo por dentro, además de su estatura mínima, un llano desolado en el que se veía un avión abandonado, cerca de un edificio ruinoso. Hacia él corría una pareja a la que no alcanzaba a distinguir bien, pero que sin dudas eran Carmen y Rrrrabanito. Todo el escenario era de algún modo transparente pero sólido, lo más sólido era la figura del albañil que abarcaba toda la escena, rodeándola con su sonrisa, como si todo estuviera envuelto por su figura. Sólo ella misma estaba acá afuera, de este lado y sentía una enorme desazón al ver que todo era de esa manera. Sin embargo aquella "ella misma" era una figura, en la escena, de sí misma y el sentimiento que la embargaba ahí era del todo distinto a cierta rabia que sentía aquí, sentada frente al albañil, al percibir que él la había vuelto a envolver con sus historias en las que insistía en asegurar que anticipaba los hechos, de acuerdo a cómo los escribía en su cuaderno Navegante. Vagamente flotaba en torno a todas las figuras que se formaban y desaparecían en su imaginación, la idea que efectivamente el viejo podía encontrarse en este mismo momento con Carmen, porque ya había sucedido antes que las predicciones del albañil resultaban finalmente verdaderas; pero se hacían verdad en la medida que ella misma se resistía a creerlas, casi como si fuera una burla irónica del albañil. Sentía, por tanto, una cierta responsabilidad en la realidad de los pronósticos del otro, como si ella misma fuera la causa, o al menos un catalizador necesario, para que todo sucediera, de manera que se sintió anticipadamente culpable de que el anciano se burlara de ella con Carmen. Trataba, entonces, de ignorar el pronóstico del albañil y quería pensar en algo diferente, pero no lo lograba. La imagen, en el aeropuerto desolado se hacía más y más patente, en ella corría Carmen, arrastrando al viejo de una mano, que con dificultad la seguía, aunque reía gozoso de ir con ella.
Llevándolo de la mano, Carmen subió las escaleras de la boca de salida de las galerías de la estación a la calle. De pronto vieron la luz exterior, que caía a plomo desde el mediodía sobre el último tramo de peldaños. El viejo vio a la gente que bajaba desde la calle, otros que pasaban junto a la boca sin entrar, había una vieja mal vestida, sentada con un tarro de café vacío en el regazo y una mano estirada, casi al llegar a la calle misma, con voz plañidera pedía limosnas, alcanzó a ver y oír algún vehículo que pasó zumbando por la calzada exterior, cercana a la boca de entrada, divisó las cornisas de los grandes edificios, algunos altos ventanales y sin verlos, sintió en su imaginación el tráfago de personas que deambulaban de un lado a otro, los vehículos que surcaban a gran velocidad la calzada, el ruido urbano diferente, las voces enmudecidas de la gente, transformadas en murmullos confusos, pero ensordecedores. Se detuvo de improviso. Dijo:
- ¡No puedo! ¡Al menos no salgamos del metro!
Carmen lo miró, desconcertada, dijo algo que se perdió en el ruido que ya llegaba  de la calle y chocaba con el de la galería del metro; jalándolo intentó seguir, pero el anciano no se movió.
- Prefiero no salir - insistió.
- No ... gado ... da... pe... caso? - oyó que decía difusamente Carmen.
- No, no, no. Preferiría que no -. Dijo, volviéndose escaleras abajo. Ella lo dejó hacer y poniéndose junto a él le susurró al oído:
- ¿Es ... casono... gusto?
El viejo sintió el soplo tibio de su aliento cosquilleando en el oído y aunque sin certeza alguna, entendió que ella le preguntaba si acaso no le gustaba.
- En fin -, dijo el albañil echándose atrás sobre el respaldo de su silla - basta que digas que no, para que no sea cierto. Toda historia es cuestión de fe; pero tienes que negarlo sin duda ninguna; entonces será como crees mientras no haya algo que te haga pensar lo contrario. De cualquier modo, lo que te doy a conocer siempre será una cadena de plata que mueve la verdad hacia un acuerdo diferente, aunque sea muy lentamente.
Tereshita sintió que perdía el desafío. Al fin, de alguna manera, el albañil lograba hacerla sentirse sometida a sus palabras y conceptos. No podía quitarse del fondo de su imaginario diversas configuraciones de las metáforas que él había anclado ahí y que bailaban suavemente alternando figuras: El avión solitario en la gran planicie, Carmen y el anciano corriendo de la mano y riendo juntos, alegremente, el edificio que quizás en algún momento habría sido el del aeropuerto, ahora era una casona, con ventanales iluminados, desde la cual salía música frívola y romántica. A la puerta había varias mujeres sentadas que conversaban a gritos, de manera vulgar y se empujaban con los hombros entre bromas. Ella misma estaba aquí al borde de la escena e intentaba correr y alcanzar a la pareja, pero no avanzaba porque en la perspectiva de la imagen ella era enorme y pesada y eso la hacía muy lenta, mientras los otros ya estaban llegando al portal de la casa y se veían mucho más pequeños y ágiles. En torno a toda esta escena se veía la risa desbordante del albañil, con sus dientes manchados de amarillo. A la vez decía: "Sé que hay alguien que también escribe más allá de mí, pero él escribe siempre lo que yo le sugiero, pudiendo no hacerlo". - Si puedes definirlo todo, si basta la fe que se vierte en un cuaderno: ¿Cómo entonces no sabes dónde encontrar al vendedor de cuentos? y si tus profecías son verdaderas y determinan lentamente la realidad: ¿Cuánto tiempo necesitas para que ese viejecito aparezca aquí con sus cuentos? y ¿Cuánto para que entren por ese portal la Carmen con Rrrrabanito? - dijo desafiante.
El viejo la rodeó con el brazo por la cintura y la oprimió suavemente contra sí mismo. Dijo:
- Si sólo fuera por gusto; si nada más importara; si todo fuera inmediato, no sólo saldría contigo, sino que no habría compromiso ni existiría la felicidad en el mundo y la vida sería una máquina sin valor. Sólo por eso preferiría no hacerlo.
- ¿De qu... iedo? - respondió.
-¿Cómo?
- Mie... ¿Qué te... sar? -. El viejo se quedó pensando un momento, intentando descifrar lo que Carmen le había dicho, pero no lograba comprender; no obstante sabía que debía referirse a por qué no se iba con ella.
- Allá afuera soy culpable... - Carmen lo miró asustada y dijo algo, extrañada. - Sí. Allá arriba me culparían de asesinar a mi padre, en cambio aquí nadie me conoce de ese modo, aquí he nacido de nuevo y tengo un poco de tiempo para ser libre. Antes yo no existía, sólo era la voluntad de mi padre. Él mismo nunca lo supo, tampoco yo. Pero al fin un día le hice una pregunta y me respondió exasperado que por qué no lo resolvía solo. Entonces entendió que yo no podía. "Ni siquiera has conocido, jamás, el ferrocarril metropolitano", me acusó. "Antes de morir" me dijo, "te voy a llevar a eso". Al llegar a las escaleras mecánicas de la estación de La Plaza de los Constituyentes se apoyó en mi brazo, me lo estremeció como si estuviera despertándome de un largo sueño y dijo: "Esta es la única manera que llegues a ser libre" y empujándose en mi brazo, se lanzó de espaldas por las escaleras. El era un anciano, ya muy frágil. Al caer se golpeó la crisma y murió de inmediato: Yo, sin hacerlo, lo había empujado; lo había asesinado.
Carmen lo miró sorprendida un instante, como si el relato le hubiera causado una honda impresión. Después sonrió dudosa, meneó la cabeza negando y dijo:
- Jaja... No... sible. Nun... lo po... creer! - y explotó en una larga carcajada. Al fin cuando logró controlarse apoyó las manos en el pecho del viejo y mirándolo con alegría dijo: - Es fan... Te ...ro que
... ido al prin... mente - agregó algún otro concepto modulado entre una risa suave, que quizás significara una alabanza al ingenio del otro, que había sido capaz de engañarla por un momento. Finalmente como un premio o recompensa a su inteligencia, lo besó en los labios y le dijo al oído:
- M ... tas mucho.
El viejo sintió la temperatura tibia de ese susurro en su oído y en lo profundo de su pensamiento vio la imagen de aquella lejana despedida en el tiempo: "¡Adiós! Que estés bien". Se dijo que el suave calor de aquel susurro en el oído era como aquella mano entera y suave que se había posado sobre el dorso de la propia, y aquellas palabras, que no alcanzaba a oír, tenían el mismo color y tono que recordaba de las de aquella mujer lejana, no resuelta; entonces recordó esa escena antigua y el rostro de aquel recuerdo era, en su imagen interior, el de Carmen. Quizás en ese entonces no lo había sido, o tal vez sí: Había pasado tanto tiempo que no era capaz de saberlo, sólo sabía que en el recuerdo el rostro de ella se había apoderado de la imagen de aquel tiempo. ¿Es posible que, por eso, tal vez, la haya llevado de la mano hasta la estación de la Universidad, por las galerías que nadie visita, donde se vende revistas de culto, juguetes de colección y está casi lleno de locales vacíos?
- Sólo el tiempo necesario - dijo y levantó las manos hacia el cielo, a la vez que miraba en esa dirección, como si se tratara de una invocación. - Me bastaría con escribirlo - añadió bajando las manos y posándolas sobre su cuaderno Navegante. - ¿Sería un pedido? ¿un desafío? ¿una súplica? - mientras decía esto tomo su lápiz de pasta transparente, con la tapa arruinada por el acoso de sus dientes nerviosos y la quitó. -¡Tú dirás! - concluyó poniendo su herramienta en ristre ante el cuaderno.
- Al menos quisiera comprobar tu magia -, respondió Tereshita, y de inmediato sintió el golpe del vértigo en el pecho. Se formaba, en su pensamiento profundo una vorágine de imágenes donde se confundía el rostro burlón del albañil, ella misma al centro o al interior de aquella imagen que se reía, vistiendo un tutú blanco, como el de Odette, vencida sobre un escenario blanco pero ominoso. Ahora quedaba claro, por fin, que el albañil era Rothbart y su magia: Irreductible. Entonces, aún cuando estaban petrificados, quietos, sin movimiento ninguno, se avenían hacia el centro en el que ella misma, Odette, moría encarnada en la reina de los cisnes, la imagen que se había formado del viejecito de los cuentos, una esmirriada figura de pelo y barbas muy blancas, con un sombrero francés de tiempos de la revolución, levita, gorgueras y encajes en los puños, culottes negros con una trabita sobre el costado de la rodilla y medias gruesas de lana cruda, zapatos enormes protegidos con polainas de material burdo, muy gastadas; en las manos, entre ambas y al frente, tenía un grueso hato de papeles que parecía ofrecer, mientras susurraba con voz gastada: "¡Los buenos cuentos!... ¡Hay ofertas de cuentos!"; también el viejo Rrrrabanito y Carmen entrelazados, mirándose a los ojos, él agitaba con suavidad una mano como si condujera el ritmo de un vals que ellos bailaban aunque estaban quietos en un mismo lugar y sin embargo avanzaban centrípetos hacia el punto donde era avasallada por la magia de Rothbart, que con todo no era amenazante sino que constituía una ofrenda salvífica. Toda la escena, excepto ella misma, giraba en torno a su figura, incluso Rothbart el albañil que reía envolviéndolo todo. "¿Por qué todo gira en torno a mi?" se preguntó, sorprendida "¿Y por qué la fuerza que lo impulsa es el albañil, si no debe serlo en modo alguno?". Vio que este se había inclinado sobre su cuaderno y escribía con velocidad, con letra perfeta, armónica, igual, en líneas clarísimas, como si gozara de un momento de perfecta epifanía y casi como si su mano danzara al hacerlo, mientras su rostro parecía iluminado de una placidez completa. Sus propias imágenes interiores adquirieron colores como si en ellas de pronto se hubiera despejado un cielo tormentoso y quedaran expuestas a un sol alegre de primaveras y le pareció que el albañil escribía, tal vez, el clímax de su obra en esas páginas ya tan trabajadas que las esquinas de las hojas se habían encrespado reviniéndose sobre sí mismas. De improviso se detuvo, dejó caer el lápiz, y tomando con su mano la tapa plástica que había estado torturando entre los dientes, la miró con alegría triunfante y abriendo los brazos dijo:
- ¡Ya está hecho! ¡Nunca se debe tentar al destino! El castigo mayor es que éste te conceda tu deseo: ¡Ahí lo tienes! -; señaló con ambas manos hacia la puerta. Tereshita miró a la puerta; vio como pasaba por la galería la gente de siempre, con la mirada ajena de siempre, con el paso de marcha de siempre.
- ¿Qué? ... - preguntó, porque no había, ahí, nada. El albañil sonreía plácido, como si disfrutara de una broma y sostenía el gesto de ambas manos, como si estuviera concediendo una gracia especial a la escena que ocurría allá en la puerta del café, aunque esta no se presentaba aún. - ¿Qué? - insistió Tereshita - No hay nadie. ¿Entonces...? -. La imagen interior se había disuelto y el vértigo estaba detenido, pero como el otro insistía en señalar con ambas manos hacia la puerta como si de ellas manara un cierto artilugio, con alguna extrañeza pensó: "Este tipo es un idiota" y sin embargo, desorientada, al fin volvió a mirar hacia la puerta del café. En ese momento entraba un personaje que se le antojó un duende raro. Parecía colgar de un gorro a cuadros grises oscuros, de algún tipo de tweed rudo, con la copa abatida hacia la visera y sujeta a ella con un broche. Del interior del gorro salía una mata blanca de pelos que cubría las orejas y se juntaba en lo que parecía una especie de tejido de nido de pajaritos, con una barba tupida e hirsuta. Las cejas muy espesas parecían tener un flujo de continuidad con la barba y el pelo, de manera que entre el desorden blanco y desordenado aparecían los ojos muy claros y clavados en cierto lugar indefinible y lejano donde algo bailaba a juzgar por el rápido y breve movimiento de las pupilas. Tereshita sospechó, por alguna razón inexplicable, que detrás de la barba tupida, de gnomo, sonreía, aunque no podía ver sus labios; pero sabía que era una sonrisa tan ingenua como la mirada de los ojos. A pesar que el clima era caluroso, parecía en extremo abrigado, con un cortavientos acolchado, de color oscuro, muy grande para su tamaño breve, que no superaba demasiado su altura sentada. Remataba la figura, que aparentaba colgar del gorro, unos pantalones de lanilla bastos de color gris oscuro y unos bototos macizos y enormes. Caminó directo hacia ellos, pero sin nunca mirarlos, hasta que estuvo de pie junto a su mesa entre ambos. Tereshita vio que traía bajo el brazo, muy apretado contra el cuerpo, como si temiera que pudieran escapárseles, tres o cuatro fajitos de papeles, que además protegía con la otra mano, como si fuera necesario mantenerlos al abrigo de las inclemencias del frío. Entonces se escucho, apenas, un gañido:
- Hay cuentos... para señoritas - y giró brevemente, aunque sin mirarla, hacia ella - ... para caballeros - y giró hacia el albañil -, para amores, para desengaños, para configurar la felicidad, para prevenir el olvido... cuentos. Los tenemos a trescientos los cuentos... lleve cuentos... y si prefiere: En oferta a tres por mil hay cuentos... - había sacado los fajos de papeles de debajo del brazo y los ofrecía entre ambas manos que Tereshita juzgó enormes. Le preguntó:
- ¿Usted es Yac, el de los cuentos? - el hombre detuvo el gañido de su pregón y la miró con atención. Gañó:
- Mmmmñññ... Güi... Yac... Yac Legromand, señorita. Le traigo cuentos: De París, de Madrid, de Roma, de Atenas, de Constantinopla, de Babilonia, Samarkanda, Alejandría, cuentos de bibliotecas infinitas, ínfimas bibliotecas, privadas, públicas, de un solo libro, de civilizaciones perdidas, de libros de la antigua Grecia, de la Troya arruinada, del Cártago desconocido, bibliotecas simétricas, hexagonales, geométricas, azarosas, con o sin espejos, silenciosas, rumorosas, de todos los libros, incluso los perdidos; cuentos de guerra, de conquista, de revoluciones, de caudillos, de reivindicaciones, de represiones... cuentos para usted - y la quedó mirando, pero como si ella estuviera mucho más allá, quizás en el horizonte más lejano; y parecía sonreír.
- Leí su cuento sobre París... Dice que París es un mito...
- ¡Ahh! ¡París! Amo París, la ciudad más bella, con sus paseos, sus parques, gggñññ... su eter... ete... eterna bohemia, los escritores creando en los cafés, en las buhardillas, en las embajadas, gnn... g g ñññ... bajo los árboles en pequeñas libretas que luego lanzan al Sena, en los banquitos de las plazas, en los retretes de los teatros de vodevil, en los de ópera, en los dormitorios de enamorados y especialmente las celdas de las cárceles y manicomios... ¡Moi... Yo nací en París! ¿Sabe? P... Pe... Pee... pero me vine siguiendo un amor, una pasión enorme... - se quedó pensativo. Sus ojos reflejaban tristeza. -  Ella hacía haute couture, trajes de novias, vestidos de fiesta, gñgññ... de noche, de cocktail, gggñ... de... paseos campestres ¿sí? ¿puede ser?, en fin, toda la sociedad de Avignon y luego de París, también de Lyon y Reims, de provincias y ciudades pequeñas, ñññ todas las mujeres vestían los modelos de Camille y si eran pobres: De las que copiaban a Camille. Entonces ella prefirió ir a París y representar a los escritores y poetas. ¿Sabe que empezó consiguiendo que Gallimard editara a su amante del que había huido a Francia? U... Un... Un buen día decidí ir a verla y entregarle mis cuentos para que me representara. "Son pésimos" me dijo, "pero ten paciencia. A Proust lo rechazaron sobre setenta veces antes editarlo y a Joyce sus Dublineses le costó cuatro años de discusión con su editor". Entonces nos hicimos amantes. Vivimos años de lujuria, en hoteles de gran categoría, en pensiones de segunda donde vivían escritores de tercera, en el metro, en los campos Elíseos, en el café de la esquina de la Avenue d'Arbre Sec al anochecer, en las madrugadas bajo la torre Eiffel, a mediodía en el Quai de l'Horlogerie, al amanecer en la puerta de la Conciergerie por donde sacaron a la reina de los franceses para llevarla al cadalso y en cada tienda de antigüedades que visitó Juan Emar mientras vivió ahí. Pero... n... ñññg... gggñ... nada es para siem... siempre. Un día cualquiera al despertar dijo: "Honoré, ya esta bueno" (en esa época yo me llamaba con mi nombre verdadero: Honoré de Beau Sac). "Búscate otra amante porque yo vuelvo a vengarme del que tuve allá" y pa... partió ñññgg, antes que yo pudiera terminar el desayuno. Le grité, mientras escapaba: "¡P... Pre... Preferiría no hacerlo jamás!" y me vine tras ella.



Kepa Uriberri







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domingo, 8 de enero de 2012

La Peste y Ensayo sobre la ceguera


La Peste y Ensayo sobre la ceguera




"¿Para qué lees tú?" me dijo, casi más como un emplazamiento que como una consulta. "Mira como tienes un montón de libros ahí encima, como si los leyeras todos, pero vas picoteando uno y otro y otro. Después vas a las estanterías y sacas otro más del mismo autor y suma y sigue". Miré la mesita y sin sorpresa, ya estaba acostumbrado, se había vuelto a llenar de libros abiertos boca abajo, o marcados con un clip o un palito, con una servilleta doblada, o con las bases del próximo premio Max Aub, con una regla, o un marcador de regalo de alguna librería. También estaba ahí encima mi pequeño pececito portátil, con una versión en PDF de Rayuela de Cortázar, que a la vez había leído, en ese momento en papel. Detrás, tenía un archivo abierto, donde iba desarrollando este comentario, que no tenía nada que ver con Cortázar ni con Sándor Márai que en ese momento tenía en las manos. Era El último encuentro. Cómo penetra Sándor, lento, persistente, sin descanso, como si fuera un médico con un bisturí, en una herida de cuarenta años hasta llegar al centro mismo de la infección. Escarbo en sus letras varias veces leídas, a saltos, reviviendo la trama, el contenido, las pasiones, amores y venganzas, engaños y despechos, hasta que revivo toda la cita del general y Konrad, todos los recuerdos pulverizados de Krisztina y al final me planteo una pregunta, no sobre las que el general hace a Konrad y éste no contesta, ni sobre el último encuentro de Márai, sino sobre la inmensa distancia que hay entre éste y Cortázar, a quien leí su Rayuela, sin comprender para qué la escribe, ni para qué la he leído. Hace nada, leí el Ulises de Joyce. Quien haya leído mis comentarios habrá visto que con el transcurrir de las páginas, sin voluntad de hacerlo, se me abrió algún sentido para ese día larguísimo de junio; pero Cortázar no es Joyce ni aunque la mitad de su obra no hable sobre nada preciso. Vagamente escribe sobre Morelli, atropellado mientras Oliveira pasea de manera inútil, bajo la lluvia persistente de París a una pésima pianista. ¿Morelli es Cortázar? Al fin sólo rescato una sincronía extraña: Hay un editor de libros de vanguardia que vive en la Rue de l'Arbre Sec. Quizás sea que editó al viejo Yac, el viejo de los cuentos, que en su Club de París menciona esta callecita cercana a la Gu de Begtán Puagué. El viejo Yac sólo vive en un relato del albañil, creador de lo que hoy escribo. En fin, todo esto es la digresión a que me ha llevado una interrupción admonitoria de mi trabajo y el contraste de estilos entre escritores como Joyce o Cortázar con otros como Márai, Faulkner y Camus. Este último es mi motivo verdadero. El otro es el contraste, pero no tan severo como el mencionado, sino justo el inverso: El contraste que bordea y analiza el plagio o al menos la copia.
¿Qué sucede si, de pronto, de manera impensada, la sociedad se ve enfrentada a una situación que la encierra y la limita, que la ataca de modo artero, de manera que nadie sabe, con claridad, como enfrentar la amenaza? Hago esta pregunta, quizás de modo lúdico, en una sobremesa, a pesar que me motiva una cuestión seria, un análisis comparativo que me facilite un juicio contrastado de dos especulaciones. No es necesario el relato de las respuestas. Estoy seguro que coinciden con las que cualquiera obtendría y daría, según el caso. Si las resumo, se centrarían en una expresión grosera, cuyo significado es: "Caos".
Hago la siguiente pregunta, útil para mi, que motiva lo que continúa de este comentario. ¿Conocen alguna novela que trate de este tema? Es triste constatar que la mayoría lee poco o nada, pero de todos modos, algunos pocos mencionan alguna. Unos, los más, recuerdan a José Saramago y su Ensayo sobre la ceguera. Tengo la tentación de decir "sin embargo los mejores recuerdan La Peste de Albert Camus", pero prefiero ser más prudente y afirmar: Unos pocos recordaron La Peste. La gran diferencia entre cualquiera de estas dos obras con El Ulises o con Rayuela, es que estas escarban, quizás si lo hagan, en los mecanismos internos del ser humano. Los imagino abriendo al hombre, despiezándolo para ver cómo es su mecanismo interior; por qué vive lo que vive y cómo lo vive: Debido a qué. Márai, en cambio, también Faulkner quieren desmenuzar las pasiones, los sentimientos: Cómo son, por qué existen y para qué. Albert Camus por su lado, desarrolla una historia. No abre al hombre o a la sociedad para escarbar sus piezas. Los mira desde alguna distancia, a veces desde dentro, pero no como quien sacó ciertos tornillos, violó algún remache y se metió dentro, sino como alguien que estando dentro es un testigo. Camus es testimonial, mientras los otros son inquisitivos, de distintas formas pero su curiosidad es de la misma traza.
La peste de Camus, si bien es ficción, es un testimonio sobre la crisis y las reacciones de sus protagonistas. A sabiendas que no es real, puede ser una referencia para un suceso real, en el que se requiere diagnóstico y pronóstico. En este sentido, el autor es siempre, no sólo en esta obra, sino también, por ejemplo, en El extranjero, un analista certero. En esta última mencionada va mostrando descarnadamente el significado del nihilismo y marca al lector para siempre con la imagen de Meursault, que es llevado por sus avatares sin lucha, sin oposición: Nada le interesa. Es quizás el reverso de la medalla de Bernard Rieux, el doctor de La peste, o de cualquiera de sus personajes; incluso Cottard, que es un egoísta reconcentrado, pero activo aun cuando sólo lucha por sus intereses personales. Así La peste, también El extranjero, de Camus pueden ser paradigmas de una idea central que emerge de la obra.
Hace ya mucho, comenté El ensayo sobre la ceguera de Saramago. No había leído La peste en aquel entonces. Me pareció una novela pobre, escrita con un estilo forzado y un contenido lleno de lugares comunes. Otra sincronía inexplicable la hace coincidir, buscando El extranjero, a su lado, quizás para forzar la comparación. Ambas lecturas pasan a acompañar el comentario sobre La peste y motivan las pregunta que planteo al comienzo. ¿Será la novela de Saramago más nítida que la de Camus? ¿Sólo será más actual? y digo más actual en términos estrictamente cronológicos.
Decido leer por tramos una y otra, a fin de comparar sus contenidos y combatir sospechas. Una rata, o un par, muertas en una escalera, y un hombre que queda inexplicablemente ciego inician en uno y otro caso la misma historia, contada por voces diferentes. El desarrollo de ambas novelas es en lo general, en la historia, idéntico. Es como si José, después de leer atentamente a Albert, hubiera querido hacer suya la frase de Daniel de Foe que Camus escoge como epígrafe: «Tan  razonable  como  representar una prisión de  cierto género por otra diferente es representar algo qué existe realmente por algo que no existe». Entonces decide escribir su propia novela, protegido por el amparo razonable de Daniel. Al repasar, sin embargo, en paralelo, ambas novelas, vuelvo a percibir la inutilidad del relato de Saramago, que me resulta como esas películas de tardes de cine rotativo: Todas iguales, hay policías, hay ladrones, hay un héroe que triunfa y a veces una moraleja repetida. Más allá de los discursos de uno y otro, de sus estilos y formas, se descubre en las diferencias, el valor de ciertos recursos que Camus maneja con maestría y que deben ser recogidos por quienes disfrutan la buena lectura y más aún por quienes quieren, a su vez, sacar lección para escribir. Entre ellos es interesante la digresión. Saramago no la usa, quizás no la conoce. En Camus quisiera destacar al viejecito que escupe a los gatos. Parece ser una escena superpuesta, útil para llenar la escenografía; sin embargo está tan bien integrada que el viejecito se constituye en un personaje de la novela, que la va cruzando con su presencia, a través de otro, que lo observa y sigue. El viejo de los gatos, sin que el lector lo perciba con claridad, se adhiere al sentimiento de éste, tanto que hacia el final, vencida la peste, el viejo no vuelve a abrir su ventana para engañar a los gatos con papel picado, para escupirlos. Entonces, el pesar de su ausencia nos hace notar que era entrañable y esta característica le otorga realidad y vida verdadera no sólo al personaje, sino al relato todo, a la novela completa. En Saramago no hay nada parecido. Nada profundiza el drama ni lo hace veraz. Quizás si en aquel tiempo, cuando comenté El ensayo sobre la ceguera hubiera leído La Peste de Camus, habría añadido a la crítica que era una mala copia de esta.








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jueves, 5 de enero de 2012

Libro: Fragmentos de una especie ya extinguida


Portada de: Fragmentos de una especie ya extinguida
Autor: Alejandro Ferrero
16 € en versión impresa
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¿Y si fuese cierto que la ciencia y la tecnología liberan a la especie humana de las exigentes leyes impuestas por la naturaleza? ¿Y si eso nos convirtiese en dioses omniscientes e inmortales? ¿No podría ser que en nuestra propia fortaleza estuviese nuestra propia debilidad? ¿No es la propia naturaleza la mejor diseñadora y la única posible? ¿Hay algún modo de evitar que la especie humana abandone este mundo del mismo modo que llegó a él, sin grandes aspavientos?

Esta fábula describe un posible futuro del hombre moderno, un hombre que, como el actual, ha conseguido huir de los dictados de la naturaleza, pero que debe adaptarse a vivir bajo las condiciones que él mismo ha definido para su propio bien. Es el recorrido de la humanidad por la historia, desde su tiempo de mayor esplendor hasta su desaparición, que viene dada de manera natural por la decadencia inherente a todo organismo vivo. En una sociedad moral y tecnológica, los seres humanos vivirán en un mundo utópico hasta el mismo día de su extinción. Como dinosaurios, en la propia grandeza del ser humano están las claves de su decadencia.


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